Álvaro de Bazán. El invicto

El año en que se cumple el V centenario de su nacimiento, varios libros recuerdan la epopeya del que probablemente fue el mejor marino de la historia de España. Desperta Ferro nos trae Álvaro de Bazán. El invicto, y la editorial Edaf Álvaro de Bazán. Capitán General del mar Océano.

Óscar Herradón ©

Álvaro de Bazán, primer marqués de Santa Cruz, es probablemente el almirante más completo que dio España en toda la Edad Moderna, y sin embargo su figura ha quedado históricamente eclipsada por la empresa que no llegó a mandar: la Grande y Felicísima Armada (llamada posteriormente, con ironía, la Armada Invencible) en tiempos del segundo Felipe. Nacido en Granada en 1526, hijo del también marino Álvaro de Bazán el Viejo, se formó desde joven en la guerra de galeras del Mediterráneo, el escenario que definiría la primera mitad de su carrera y en el que forjó una reputación de mando que ningún oficial español de su tiempo igualó.

Batalla de Lepanto.

Su currículo militar es tan extenso como brillante, pues participó en los sitios de Orán y Mazalquivir, en la conquista del Peñón de Vélez de la Gomera, en el bloqueo del río de Tetuán, en el socorro de Malta durante el gran asedio de 1565 y en la campaña de Túnez. Pero el episodio que consagró su nombre fue Lepanto, en 1571, donde mandó la reserva de la Liga Santa bajo don Juan de Austria, una posición que en la táctica naval de galeras del periodo resultaba decisiva: era la fuerza que se empleaba para explotar la ruptura de la línea enemiga o para tapar los huecos que se abrían en la propia. Bazán ya era, para entonces, uno de los comandantes de galeras más respetados de Europa.

Militar e innovador marino

Lo que distingue a Bazán de otros almirantes de su generación es que no se limitó a dominar la guerra de galeras mediterránea, sino que supo leer el cambio de escenario estratégico hacia el Atlántico y adaptarse a él con éxito. La prueba decisiva llegó en 1582 y 1583, durante la guerra de sucesión portuguesa. En la batalla de la Isla Terceira derrotó a una flota franco-portuguesa que apoyaba al pretendiente Antonio, prior de Crato, y al año siguiente completó la conquista de las Azores, la última resistencia armada a la anexión de Portugal por Felipe II.

Felipe II, por Juan Pantoja de la Cruz.

Fue una campaña de una escala considerable para la época –fuentes contemporáneas hablan de fuerzas hispanoportuguesas muy superiores en número de buques y hombres frente al bando del prior de Crato, pretendiente al trono portugués, que sufrió miles de bajas y capturas– y tiene un valor historiográfico particular: convirtió a Bazán en el único comandante naval de su siglo capaz de ganar batallas decisivas tanto al mando de galeras (Lepanto) como de galeones (Azores), es decir, en los dos sistemas de guerra naval que se disputaban la primacía táctica en ese momento de transición. Así lo subrayó ya en 1972 la tesis doctoral de William E. Matheny sobre Bazán, defendida en la Texas Christian University.

Antonio. Prior de Crato.

Historiadores navales españoles como Agustín Ramón Rodríguez González, que le ha dedicado estudios específicos dentro de su obra sobre la marina de los Austrias y la monografía publicada por Edaf que enseguida abordaremos, han insistido en otro aspecto menos conocido de su legado: Bazán fue también un innovador en el diseño y el empleo de los buques de guerra, y contribuyó de forma decisiva a popularizar el galeón como nave de combate en detrimento de tipos más antiguos, sentando bases que la Armada española explotaría durante generaciones. No fue solo un ejecutor de campañas, sino alguien con criterio propio sobre arquitectura naval y sobre cómo debía organizarse una fuerza oceánica permanente, algo poco habitual entre los mandos de su época, más volcados en la táctica inmediata que en la reflexión sobre medios.

Fue precisamente esa autoridad la que le llevó, en sus últimos años, a convertirse en el impulsor intelectual de la gran expedición contra Inglaterra. Bazán defendió ante Felipe II un plan ambicioso para la que sería la Armada de 1588, y estaba llamado a mandarla. Murió en Lisboa en febrero de ese mismo año, semanas antes de que la flota zarpara, y el mando recayó en el duque de Medina Sidonia, un noble sin experiencia naval comparable. La tradición historiográfica –y la leyenda popular, más que la historia estricta– ha especulado durante siglos con que su presencia al frente de la expedición habría cambiado el desenlace; es una hipótesis imposible de verificar, pero que dice mucho del prestigio que Bazán había acumulado en vida.

Murió, en definitiva, en la cúspide de su carrera y en vísperas de su mayor desafío, lo que ha dado a su figura un aire de héroe truncado que la historiografía posterior (desde el elogio coetáneo que le dedicó Gabriel Lobo Lasso de la Vega hasta los estudios modernos de Rodríguez González) se ha encargado de rescatar frente al peso abrumador que el desastre de la Armada Invencible ha ejercido sobre la memoria naval española del periodo.

Álvaro de Bazán. El Invicto.

En el V centenario de su nacimiento, el libro Álvaro de Bazán. El invicto, que ha publicado recientemente Desperta Ferro Ediciones, de la pluma del consagrado especialista en historia naval Guillermo Nicieza y acompañado por un espectacular aparato gráfico en el que destacan ilustraciones y mapas marca de la casa, rinde homenaje al genio táctico y consejero naval más clarividente de su tiempo, que, además, nunca pidió nada para sí mismo. Al contrario: puso su fortuna familiar en riesgo, repetidamente, para pagar tripulaciones y sufragar naves cuando el rey no tenía un ducado; lideró peligrosos desembarcos cuando otros no se atrevieron a hacerlo; salvó la galera Real mientras otros huían y alzó la voz cuando se quiso desmembrar la Liga Santa. En su lecho de muerte, anciano y enfermo, lo único que pidió fue más tiempo para ver su gran empresa, la Jornada de Inglaterra, terminada. La Fortuna, sin embargo, no quiso concederle este último deseo, pues dispuso que muriera como vivió: invicto.

Un libro que el mismo Arturo Pérez-Reverte, gran conocedor de la historiografía militar marítima, ha definido como: «Impresionante… El trabajo es excelente; y la edición, espléndida». Guillermo Nicieza es también autor de otro libro visualmente impresionante publicado por Desperta Ferro: Blas de Lezo. Una vida al servicio de España, publicado el pasado año 2025.

Álvaro de Bazán. Capitán General del mar Océano

Y también con motivo de la conmemoración de los 500 años de su nacimiento, la editorial Edaf, otro clásico del Pandemónium, recupera uno de los mejores libros de su excelso catálogo historiográfico: Álvaro de Bazán. Capitán General del mar Océano, de Agustín Rodríguez González, Doctor en Historia por la Universidad Complutense y académico correspondiente de la Real Academia de Historia, autor de más de una treintena de obra y poseedor de la Cruz del Mérito Naval con distintivo blanco, una de las personas que más saben sobre el personaje histórico.

Supuesto retrato de Cervantes.

Es excepcional en la Historia naval del mundo que un marino destaque al mando de buques tan distintos como galeones y galeras, en escenarios tan disímiles como el Mediterráneo y el Atlántico y contra enemigos tan variados como temibles. Es inusual que alguien brille igualmente tanto como gran táctico y estratega, como vencedor en batallas puramente navales y en operaciones anfibias, tan hábil en el mando directo de las fuerzas como aconsejando tan modesta como certeramente a sus superiores, tan eficaz como subordinado y como jefe supremo, como diseñador de nuevos modelos de buques y experto en logística, con valor personal en el combate y con la cabeza siempre fría, aparte de que fuera excelente diplomático y se preocupara del último de sus subordinados, hasta merecer el título de «padre de los soldados», que le dedicó Cervantes. 

Muchos grandes han tenido bastantes de esas capacidades y virtudes, lo que es verdaderamente excepcional es que las hayan reunido todas, como en el caso de Álvaro de Bazán. También es cierto que le tocó vivir en una época en que España y su Imperio estaban en fase ascendente, lo que podría rebajar sus méritos si no recordáramos que el ascenso se debió en no escasa medida a él personalmente: el freno a los corsarios franceses, la salvación de Malta, la decisiva victoria defensiva en Lepanto o la rápida y poco costosa anexión de Portugal, que convirtió a España en el mayor imperio oceánico que haya existido.

Revolución: el papel decisivo de España en la Independencia de Estados Unidos

El 4 de julio de 2026 se cumplen 250 años de la Declaración de Independencia de los EE.UU. de la Corona inglesa, y un revelador ensayo que acaba de publicar Edaf revela la trascendental  contribución de la Corona española a la revolución y la financiación de la misma, hechos olvidados e incluso negados durante siglos por la Leyenda Negra antiespañola: Revolución, de Jorge Luis García Ruiz.

Óscar Herradón ©

Carlos III.

En coalición con la Francia borbónica (una «coalición» no siempre fácil y amistosa) el gobierno español, en cuyo trono se sentaba entonces el rey Carlos III, puso una ingente financiación y también envió grandes cantidades de materias primas y armas a los insurgentes americanos, algo generalmente olvidado y desconocido en el país de las barras y estrellas (que sí han agradecido la contribución francesa al proceso) en un tiempo en el que se fue forjando una suerte de «leyenda negra» antiespañola por parte de británicos, franceses y también colonos americanos.

Bernardo de Gálvez.

Entonces perdimos definitivamente Gibraltar (y a punto estuvo de hacerlo Menorca). Algunos congresistas y propagandistas de lo que más tarde serían los Estados Unidos de América (como John Jay, responsable de gran parte de esa publicidad negativa hacia España) o el venezolano Francisco de Miranda (que tras formar parte del Ejército español contribuiría precisamente a la independencia de lo que más tarde sería Venezuela de la Corona hispánica –con relativa ayuda de los congresistas estadounidenses–), intentaron dinamitar la historiografía sobre lo que realmente sucedió en relación con la Corona española y su contribución a la Revolución americana –y hay que decir que lo consiguieron–. En el libro, tiene una importancia capital el personaje, este sí, honorable, de Bernardo de Gálvez.

Navío Santísima Trinidad.

El oprobio fue doble, pues los congresistas estadounidenses volverían a contar más tarde con la protección de sus otrora «enemigos» ingleses invadiendo numerosas tierras que pertenecían a la Corona española (contribuyendo además a la independencia de las colonias) y no devolvieron una deuda que según los historiadores más fiables, no contaminados por el relato tergiversado de la realidad, probablemente habría hecho que España continuase teniendo parte de la hegemonía mundial. La historia, sin duda, sería muy distinta a la actual.

Presidio. El anterior trabajo del autor con Edaf.
El autor.

Es gran parte de lo que narra con una prosa sencilla y cercana, pero a la vez basándose en una ingente documentación (mucha de ella inédita) el autor, Jorge Luis García Ruiz, doctor en Estudios del Mundo Antiguo por la Universidad Complutense de Madrid. Español de nacimiento y norteamericano de adopción, reside en una de las ciudades con más historia hispana de los Estados Unidos de América, San Antonio, en Texas. Arqueólogo e historiador, pero sobre todo investigador, es profesor en la Texas Lutheran University y con Edaf ha publicado, con enorme éxito de crítica y público, el ensayo Presidio. La historia documentada de 300 años en la frontera norte, que también he leído a conciencia y puedo asegurar que arroja información reveladora sobre el papel de España en la configuración de los Estados Unidos y gran parte de la civilización del Nuevo Mundo.

¿Qué encontraremos en Revolución?

Declaración de Independencia.

El 4 de julio de 1776 se firmó la declaración de Independencia de los Estados Unidos. La asistencia española a la Independencia fue de tal importancia y magnitud que lo verdaderamente difícil es comprender cómo pudo haber sido ocultada durante 250 años. La historiografía estadounidense ha logrado, de manera sistemática y con notable éxito, oscurecer el papel de España en su Guerra de Independencia, pese a haber sido la ayuda más significativa que recibió.

Tropas españolas en la Batalla de Pensacola.

Esta obra arroja luz sobre aspectos aún desconocidos y aborda cuestiones de enorme relevancia: la negociación previa entre todas las partes, la siempre compleja relación con Francia y la ambigüedad de sus políticos y mandos militares, llevándonos a preguntarnos si fueron realmente aliados de España o sus peores enemigos y el comportamiento de los enviados estadounidenses ante la corte española. Desfilan por sus páginas todos los protagonistas, no solo las figuras principales, y los acontecimientos más importantes, evitando el triunfalismo y el victimismo, pues ambos son enemigos de la verdad.

Dólar (1804).

Nos aclara qué se pagó, quién lo pagó, a quién se entregó y, sobre todo, quién tuvo que sacrificarse para que hoy los Estados Unidos puedan seguir celebrando su independencia. Y por último, se examina cómo se negoció la paz y quiénes fueron sus artífices, así como los agradecidos por tan oportuno y desinteresado gesto y qué obtuvo España a cambio de tanta generosidad. Si recuperar la deuda financiera es imposible, al menos es necesario seguir exigiendo el reconocimiento de la enorme deuda moral.

El Enemigo de mi Enemigo (Alianza Editorial)

Y con motivo de una efeméride de tal calado, son algunas más las novedades editoriales centradas en el papel de nuestro país en aquel conflicto capital para el desarrollo de la historia moderna y contemporánea. Una de los más destacadas –y recomendables– es El enemigo de mi enemigo. España en la Guerra de Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica (1775-1783), publicado por Alianza Editorial, el último trabajo de Gonzalo M. Quintero Saravia, doctor en Historia de América por la Universidad Complutense de Madrid, doctor en Derecho por la UNED y miembro correspondiente de la Real Academia de la Historia.

Carlos III.

El título resume con precisión la tesis del libro: España entró en la guerra no por simpatía ideológica hacia unos rebeldes que cuestionaban la autoridad monárquica –de hecho, la Corona de Carlos III desconfiaba profundamente de ellos, como vimos en la reseña de Revolución–, sino porque su enemistad histórica con Gran Bretaña convertía a los insurgentes norteamericanos en aliados de circunstancia útiles para sus propios objetivos territoriales y estratégicos.

Quintero Saravia no llega a este libro como debutante en la materia. Antes escribió, directamente en inglés y para una editorial universitaria estadounidense, la primera biografía exhaustiva de Bernardo de Gálvez, Spanish Hero of the American Revolution, un trabajo que recibió reseñas elogiosas en publicaciones académicas como el William and Mary Quarterly o el Missouri Historical Review y que le valió ser fellow del Weatherhead Center for International Affairs de Harvard. Ese itinerario inverso al habitual –publicar primero para el mercado anglosajón antes de escribir para el lector español, algo que también ha hecho con algunos de sus títulos Jorge Luis García Ruiz– explica el rigor documental de El enemigo de mi enemigo, que dedica buena parte de sus más de quinientas páginas a rastrear archivos españoles, mexicanos y estadounidenses para reconstruir un relato que en España sigue siendo, sorprendentemente, poco conocido.

Bernardo de Gálvez.

La estructura, en siete capítulos, sigue un arco clásico: los antecedentes en las tensiones sobre las Floridas y Luisiana, el estallido y desarrollo del conflicto, las operaciones militares españolas en el Misisipi, el Caribe y el asedio a Gibraltar, las negociaciones diplomáticas en las cortes europeas y un cierre dedicado a los tratados de paz y sus consecuencias. Bernardo de Gálvez, gobernador de la Luisiana española y después virrey de Nueva España, es el protagonista casi inevitable: sus campañas contra los asentamientos británicos del Misisipi y sus victorias en Mobila y Pensacola impidieron que Gran Bretaña concentrara todas sus fuerzas navales y terrestres contra el ejército continental de Washington, un dato que explica por qué su retrato cuelga hoy en la sala de fundadores del Congreso estadounidense y por qué ciudades como Galveston llevan su nombre, mientras en España su figura permanece casi anónima.

Una necesaria revisión historiográfica

Sitio de Gibraltar.

El ensayo se inscribe en una corriente historiográfica que en el mundo anglosajón lleva ya una década ganando terreno y que deberíamos adoptar por estos lares: la revisión de la Guerra de Independencia estadounidense como conflicto genuinamente internacional, no como gesta puramente americana. El referente obligado en esa corriente es Brothers at Arms, del historiador y arquitecto naval Larrie Ferreiro, finalista del mismísimo Premio Pulitzer, que sostuvo con cifras contundentes que Francia y España aportaron cerca del noventa por ciento de las armas usadas por los colonos y un volumen de ayuda financiera equivalente a treinta mil millones de dólares actuales, sin la cual la causa americana difícilmente habría triunfado. Quintero Saravia comparte con Ferreiro esa voluntad de sacar a España del papel de comparsa diplomática y devolverla al centro del tablero, aunque su enfoque es más monográfico: donde Ferreiro construye un fresco tríptico de Francia, España y las colonias, Quintero Saravia profundiza específicamente en la lógica interna de la política española, sus reticencias, sus cálculos y su particular manera de entender que ayudar a los rebeldes no significaba, en modo alguno, legitimar la rebelión como principio.

Mapa de la Luisiana y la Florida (1764).

Ahí reside el mayor acierto del libro: mostrar con matices la incomodidad de fondo de la diplomacia de Carlos III, atrapada entre el deseo de debilitar a Gran Bretaña, recuperar Gibraltar y Menorca (cosa que finalmente consiguió con el apoyo francés), y el temor genuino a que el ejemplo americano contagiara a sus propios territorios en Indias. Esa ambivalencia, más que la épica de las batallas, es lo que distingue este trabajo de las biografías puramente heroicas de Gálvez que han proliferado en los últimos años al calor del creciente interés hispano por recuperar su papel en la fundación de los Estados Unidos.

Conde de Aranda.

Como contrapartida, el libro exige del lector cierta paciencia con la acumulación de nombres, cargos y fechas diplomáticas –­condes de Aranda, de Floridablanca, de Vergennes, embajadores, gacetas, correspondencia ministerial– propia de una obra construida sobre archivo denso más que sobre narrativa fluida; no es un libro pensado para la lectura de evasión, sino para quien quiera entender con precisión los engranajes de una política exterior compleja. Dicho esto, la recompensa es considerable: pocas obras en español logran situar con tanta claridad el asedio a Gibraltar, las campañas del Misisipi y las negociaciones de París dentro de un mismo relato coherente, y menos aún con el aparato documental que aquí se despliega, salvo quizá, recientemente, la citada obra de Edaf. El enemigo de mi enemigo cumple así una función doble: divulgar en España lo que la historiografía anglosajona ya había empezado a asumir, y hacerlo con la solidez de quien primero tuvo que convencer a los lectores y revisores más exigentes de la academia estadounidense.

10 cosas que (quizás) no sabías… del Imperio Español

Edaf publica un alucinante volumen profusamente ilustrado –e ilustrativo–, Infografías del imperio español, confeccionado a cuatro manos por dos de los mejores divulgadores de nuestro pasado, Carlos Canales y Miguel del Rey. En las próximas líneas, y con este documentado ensayo que ha visto recientemente la luz como timonel, nos sumergimos en algunas curiosidades de aquel tiempo, más o menos por las fechas en las que el insigne Miguel de Cervantes escribió aquello de «la más grande ocasión que vieron los tiempos».

Óscar Herradón ©

Hace unos 20 años que conozco a Carlos Canales. Entonces formaba parte del equipo de «La Rosa de los Vientos» (Onda Cero) y un servidor, que era becario de Año/Cero (y después pasó a engrosar las filas de la redacción de la revista Enigmas), todo un mozuelo de veintipocos ahora cuarentón, acudía a los conocidos como «Sertaos» donde se juntaba una buena panda de periodistas y divulgadores a los que unía la pasión por eso que llamamos misterio y que tiene mil y una bifurcaciones: el propio Canales, Jesús Callejo, Lorenzo Fernández Bueno, Enrique de Vicente, Miguel Blanco, Nacho Ares, Pablo Villarrubia, David Sentinella, Juan Ignacio Cuesta, Miguel Pedrero, Juan José Revenga, Javier García Blanco, Josep Guijarro, Janire Rámila, otro gran conocedor de los temas tratados en este post como Fernando Martínez Laínez y otros tantos amigos (o al menos conocidos) de lo insólito y la historia entre los que de cuando en cuando se dejaban caer compañeros de otras latitudes como Fernando J. López del Oso, Mariano Fernández Urresti o Miguel Aracil, entre otros.

Hace ya muchos años que no veo al señor Canales, y creo que la última vez que hablamos fue para una entrevista que me hicieron en el programa de referencia «La Escóbula de la Brújula» sobre el libro Espías de Hitler, tiempo ha, pero recuerdo las numerosas conversaciones sobre historia (y también desmenuzando la «realidad» que nos rodeaba por aquel entonces); yo con un nivel de conocimientos, por supuesto, a años luz de este hombre de memoria cuántica que contaba tantas cosas que uno era incapaz de asimilarlas todas. Así que lo mejor era acudir a sus numerosos ensayos. Desde entonces –y ha llovido sobre mojado y sobre secano–, su obra ha crecido de forma más que notable, casi exponencial.

Ahora que ha llegado a mis manos su último trabajo, con una editorial bien conocida de un servidor, Edaf (con la que he publicado La Orden Negra. El ejército pagano del Tercer Reich un ya lejano 2011 y La Gran Conspiración de QAnon y otras teorías delirantes de la Era Trump hace poquito, el pasado 2022, sobre un personaje que sigue dando que hablar, y tanto, semana tras semana), me vienen al recuerdo aquellos encuentros y me sirven como nostálgica introducción, de pincelada, a varias curiosidades englobadas en ese gigante con pies de barro pero injustamente tratado por la historiografía más reciente (y, por el contrario, exaltado en demasía por nostálgicos de arcabuz y florete) que es el imperio español. Veamos…

–A finales del siglo XVIII, los dominios del imperio español superaban los 20 millones de kilómetros cuadrados, repartidos en tres continentes, por lo que fue nada menos que el primer imperio global de la historia. Su máximo esplendor llegó bajo el reinado de Felipe II, momento en el que el reino llegó a tener el control de extensos territorios ubicados prácticamente en todo el planeta. Y aunque los ingleses derrotaron a la «Grande y Felicísima Armada», llamaban a nuestro soberano «el demonio del Mediodía»– (en contraposición a como conocíamos por estos lares a la Reina Virgen, «la Jezabel del Norte»), y sufrimos varias bancarrotas, basta con darse un paseo por el monasterio escurialense que el monarca mandó edificar en base a numerosas claves herméticas para ser conscientes de la magnificencia de aquel personaje «más allá de la Historia» bajo cuyos dominios, efectivamente, «no se ponía el Sol».

–Durante los tiempos de Felipe II, la Corona hispánica se planteó conquistar China, entonces bajo la longeva dinastía Ming, como ya hicieran con los imperios mexica e inca. Tan ambiciosa posibilidad tomó mayor entidad cuando se conquistó Portugal, que tenía puertos comerciales en aquella zona de Asia. El jesuita Alonso Sánchez (quien fue enviado por el gobernador de Filipinas a China, realizando dos viajes diplomáticos a Macao en 1582 y 1583) explicó que para la campaña se necesitaban 15.000 hombres venidos de todos los confines del imperio, así como 6.000 soldados de Manila y 6.000 japoneses, enemigos históricos de los chinos, y la incursión se realizaría desde las Filipinas, que debe su nombre precisamente al rey español. Un plan que Felipe II no autorizó finalmente tras la derrota de la Armada (In)vencible, prefiriendo optar por los intercambios comerciales.

–El símbolo del dólar viene del español y procede del siglo XVII, cuando las monedas del imperio eran una parte muy importante del comercio mundial y estaban extendidas por lo que después sería Estados Unidos ante la política monetaria restrictiva del Imperio británico sobre sus colonias. Aunque la mayoría cree que el símbolo del dólar procede de la abreviatura US (United States), una teoría bastante plausible afirma que su origen es el escudo que aparecía en los reales de plata (real de a ocho), la S como representación del emblema «Non Plus Ultra» –límite del mundo conocido en la Antigüedad, Gibraltar– y las dos barras que lo cruzan simbolizando las dos columnas de Hércules.

–Y ya que hablamos de tal expresión, Nos Plus Ultra («No más allá»), tan célebre o más como «Tanto monta» de sus católicas majestades, viene de la antigua Grecia, concretamente donde se sugería que finalizaba el mundo. Expresión que se atribuye al héroe clásico de los Doce Trabajos con la que describía los pilares que marcaban el fin del mundo conocido en el extremo occidental mediterráneo y que erigió, según la mitología, en Gibraltar y en Ceuta. Fernando de Aragón eligió aquel símbolo al conquistar Gibraltar. Aunque sería bajo Carlos V, consolidado el imperio y tras el descubrimiento de América, cuando Plus Ultra (ya sin el Non) se extendió a través de las monedas como símbolo de su poder. 

–En tiempos de Carlos III, durante el último cuarto del siglo XVIII, había una fuerte presencia española en California por medio de las misiones evangelizadoras y, ante los rumores de que los rusos –y también los británicos– estaban realizando incursiones ilegales en la zona helada de Alaska (territorio que según una bula papal de 1493 era de soberanía española, que se otorgó a toda la costa noroeste del Pacífico, derechos contenidos un año después en el Tratado de Tordesillas) desde Madrid llegó la orden de colonizar dicha zona del Pacífico para frenar el avance ruso y a la vez descubrir nuevos territorios para la Corona hispánica. Se impulsó la conquista con la idea de comprobar si existía realmente el llamado Estrecho de Anián, un paso que conectaba el Atlántico con el Pacífico por vía marítima que los exploradores buscaban sin éxito desde el siglo XVI.

Bodega

Hubo varias expediciones, como la de Pérez Hernández, la de Bruno de Heceta y Juan Francisco de La Bodega y Quadra, y la de Ignacio de Arteaga (en la que también participó Bodega y Quadra) cuyas embarcaciones subieron más hacia el norte con varios objetivos: evaluar la penetración rusa en tierras alaskeñas, la búsqueda de un paso del Noroeste y apresar al explorador y cartógrafo británico James Cook si lo encontraban en aguas pertenecientes a la Corona hispánica.

Entonces comenzó una lucha por hacerse con unos territorios ricos para el comercio de pieles de nutria, pero los 10 años de ausencia de los españoles (que se centraron en la evangelización) hicieron perder la oportunidad de conquista. No obstante, el nombre de ciertas localidades de aquellos lares, como Valdez o Cordova, evoca aquel efímero pasado español.

–Felipe II fue conocido como «el Rey Prudente» pero sin duda tal apelativo no se debía precisamente a los títulos que ostentaba. Fue «Duque de Milán» (1540-1598), Rey de Nápoles, Rey de Inglaterra e Irlanda (1554-1558), Duque de Borgoña, Rey de España, Rey de Cerdeña, Rey de Sicilia, soberano de los Países Bajos y Rey de Portugal (1580-1598). Fue también rey de Jerusalén, de las islas y tierra firme del mar océano, del Perú, así como Conde de Barcelona, Señor de Vizcaya y de Molina de Aragón, Duque de Atenas y de Neopatria, Conde de Rosellón y de Cerdaña, Marqués de Oristán y de Gociano, Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Brabante, de Milán, Conde de Flandes y de Tirol, entre otros.

–Como cuenta Infografías del Imperio Español, a comienzos del siglo XIX la Corona perdió áreas de territorio extraordinarias que hoy ni recordamos que le pertenecieron, como todo el oeste de Estados Unidos (de California a Tejas), la citada Alaska, Luisiana, la Florida o las islas Carolinas, Marianas y Palaos. En 1898 se producía el «Desastre» por el que España perdía sus tres últimas ricas colonias, Cuba y Puerto Rico en el Caribe y el archipiélago de Filipinas en el Pacífico, cuyas islas superaban el número de 3.000.

–Uno de los emblemas de la grandeza del Imperio Español (símbolo recuperado del olvido en los últimos tiempos por patriotas y nostálgicos de pro), es la Cruz o Aspa de Borgoña. Fue la enseña de los ejércitos del Imperio hispánico, una representación de la cruz de San Andrés, dos aspas rojas anudadas cruzadas. Puesto que San Andrés era el patrón de Borgoña, fue el emblema utilizado por las tropas de Juan I de Borgoña (que pasaría a la historia como Juan sin Miedo) en la Guerra de los Cien Años (que en realidad duró 116). Luego, sería la cruz que ostentaba en los uniformes y banderas de su séquito Felipe de Borgoña, primogénito de María de Borgoña y Maximiliano I de Habsburgo. Cuando «el Hermoso» contrajo matrimonio con Juana de Castilla (mal llamada «la Loca»), trajo aquel emblema a la península ibérica y fue heredado y adoptado de forma expresa por su hijo, Carlos I de España.

Desde 1785, la Cruz de Borgoña fue el símbolo más utilizado en las banderas españolas. Curiosamente, durante la guerra carlista de 1833-1840 continuaba siendo la bandera del Ejército español, de las fuerzas regulares liberales (que no adoptaron la rojigualda hasta 1843).

–El Imperio español, integrado por un conjunto de territorios europeos, americanos, asiáticos, africanos y de Oceanía, fue desde el siglo XVI al XIX el primero de alcance global, al abarcar inmensas extensiones muy alejadas de la metrópoli imperial. A diferencia de otros grandes imperios anteriores, sus amplias posesiones no siempre se comunicaban por tierra, por lo que exigieron el mantenimiento constante de un importante poder marítimo.  Las llamadas flotas de Indias fueron el sostén de tan inmenso poderío, pues permitieron mantener un despliegue territorial de tales dimensiones y la infraestructura política, económica y militar. Un esfuerzo colectivo que se mantuvo durante casi tres siglos y desarrolló una auténtica revolución a través de las rutas marítimas que conectaron Europa, América y Asia; una suerte de primera globalización geográfica, económica y política. Constituían todo un monopolio comercial controlado a través de la llamada Casa de Contratación de Sevilla, puerto de donde partían y arribaban las flotas, siendo muchas veces acechadas por piratas y corsarios ingleses como el legendario sir Francis Drake o Walter Raleigh.

–Los célebre tercios, que alcanzaron una mayor popularidad gracias a la saga de novelas del capitán Alatriste, fueron la piedra de toque de la hegemonía terrestre del imperio español y los amos de la guerra de la Europa moderna. Creados por Carlos I de España en 1536 a través de la llamada ordenanza de Génova, constituyeron la élite de los ejércitos españoles entre los siglos XVI y XVII al ser la primera fuerza que combinó en una misma unidad armas blancas y de fuego, lo que convirtió a sus soldados prácticamente en invencibles durante más de un siglo en los campos de batalla del viejo continente.

Los tercios (los primeros fueron el Tercio Viejo de Sicilia, el Tercio Viejo de Nápoles y el de Lombardía) estaban formados íntegramente por soldados profesionales, en su mayoría hijos no primogénitos de la baja nobleza (aunque su grueso procedía de todos los dominios hispánicos) que solían hacer gala de un marcado orgullo y un concepto del honor que no concebía la rendición y buscaba permanentemente la gesta militar. Y aunque alguna sonada derrota eclipsó sus hazañas, como la de Rocroi, frente a las tropas francesas al servicio de Luis XIV (el 19 de mayo de 1643), lograron muchas de las mayores victorias de aquel tiempo: la batalla de Pavía (1523), la de Mühlberg (1547), la de San Quintín (1557) o la de Breda (1624).

PARA SABER MÁS (DE AQUELLA ÉPOCA):

Puesto que el Imperio Español y sus siglos de historia se encuadran dentro de lo que se denomina «Historia Moderna», nada mejor que acercarnos a este concepto a través de las páginas de un particularísimo ensayo recientemente publicado por Alianza Editorial: Historia moderna. Siglos XV al XIX, hecho a cuatro manos por Manuel Rivero Rodríguez y José Martínez Millán.

El concepto de Historia Moderna ha tenido distintas interpretaciones a lo largo de los siglos. En este documentado trabajo se estudia el periodo que va de los siglos XV al XIX, estructurado en cuatro bloques que proponen una relectura de la cronología tradicional. En primer lugar, «La crisis de la estructura de la Cristiandad», partiendo de Italia, como antiguo campo de batalla entre los poderes universales del Papado y del Imperio en las guerras de las investiduras, porque el vacío que ambos provocan permite que se produzcan los cambios culturales, sociales y políticos de la modernidad, la importancia decisiva de sus comerciantes y navegantes en la expansión ultramarina y su centralidad política, pues fue el campo de batalla en el que las potencias compitieron para hacerse con la hegemonía en Europa.

La segunda parte, «La Lucha por la Monarchia Universalis», analiza y describe la evolución de estas premisas, el desarrollo de las cortes europeas y la complejidad que va adquiriendo el gobierno de los estados, la división religiosa y la compartimentación de Europa en confesiones, el alcance y efecto de la expansión europea en el mundo en la manera en que América, África y Asia se transforman con el contacto de los europeos.

La tercera parte estudia el comienzo del cambio de paradigma a finales el siglo XVII, «La ruptura del concepto Monarchia Universalis y la búsqueda de un equilibrio político», el sistema post westfaliano que afecta en su ideal de equilibrio tanto al orden interno de las monarquías y su reconfiguración como a la creación de los cimientos del moderno sistema internacional de estados. Los seis últimos capítulos constituyen un bloque marcado por la crisis del Antiguo Régimen, un término empleado para significar un nuevo modelo de sociedad, la sustitución del «sistema cortesano» por el paradigma del «Estado nacional». Lo que se sitúa entre los años 1735 y 1820 en que concluye esta «Historia Moderna».