Pedro el Ermitaño y la Primera Cruzada

Al grito de Deus vult («Dios lo quiere»), las masas cristianas enfervorecidas se lanzaron a reconquistar Tierra Santa tras el Concilio de Clermont, celebrado en 1095. La historia medieval no volvería a ser la misma y constituiría el comienzo del fin del imperio bizantino. Ahora, un libro editado por Crítica nos presenta la Primera Cruzada desde un punto de vista realmente innovador.

Óscar Herradón ©

Uno de los personajes más controvertidos y rodeados de sombras de la Primera Cruzada fue Pedro el Ermitaño. Objeto de airadas controversias entre académicos durante siglos, fue el historiador francés Jean Flori quien escribió la que podríamos considerar la biografía más exhaustiva del monje, no exenta, como apunta el mismo autor galo, de claroscuros bibliográficos. Su obra sería publicada en castellano por Edhasa en un monumental volumen hoy convertido en una auténtica joya bibliográfica difícil de conseguir.

El 27 de noviembre del año 1095, tras el Concilio de Clermont, el papa Urbano II lanzó un llamamiento a la cruzada con la intención de recuperar para la cristiandad los santos lugares de manos «herejes». El pontífice expuso que tras la conquista de Jerusalén por los turcos selyúcidas a los árabes abasidas en el 1073, se prohibía el acceso a los lugares de culto a los peregrinos cristianos, algo que la Santa Sede no podía tolerar. Mientras tanto, el monje Pedro, originario de Amiens, en la región francesa del Somme, predicaba con gran elocuencia y exaltada fe entre las localidades de Bourges y Colonia, consiguiendo el entregado apoyo de más de 12.000 cristianos que al grito de «Deus lo vult» («Dios lo quiere»), una frase extraída de la Vulgata, emprendieron la marcha en mayo de 1096 siguiendo el llamamiento papal y el envío de tropas conformadas entre otros por caballeros de órdenes monástico-militares.

La enfervorecida comitiva de cristianos azuzados por el discurso del monje francés llegó a Constantinopla a finales del mes de julio de aquel año, con un grupo mucho más nutrido de fieles que se fueron uniendo a lo largo de su avance hacia Tierra Santa. En su marcha posterior hacia Nicomedia sufrieron no pocos reveses ante el infiel y Pedro el Ermitaño regresó a Constantinopla para solicitar el apoyo del emperador Alejo Comneno, tiempo durante el cual su ecléctico ejército fue masacrado por los turcos selyúcidas de Rüm en las llanuras de Civetot. Hasta que no recibió el apoyo de los nobles occidentales el monje tuvo que parar su avance; cuando éstos llegaron a lomos de sus espectaculares cabalgaduras, en mayo de 1097, la lucha continuó hasta que Jerusalén fue tomada a sangre y fuego en nombre de Dios (cada uno luchaba por el suyo, como siempre) el viernes 15 de julio de 1099.

Un papel relevante

A pesar del caos generado en su peregrinación y a que algunos autores como el pastor e historiador protestante alemán Heinrich Hagenmeyer (1834-1915) minimizaron su participación en la guerra, Pedro de Amiens tuvo casi con seguridad un papel relevante en la Primera Cruzada, algo que prueba el hecho de que fuera nombrado capellán del ejército que se hizo con la victoria. Su sermón en el monte de los Olivos es un ejemplo de cómo la intolerancia religiosa, del color que sea, empaña cualquier causa noble como pudo ser en un primer momento facilitar a los fieles el acceso a los sitios que la tradición atribuía a la predicación de Cristo, en una tierra que todavía hoy, casi 1.000 años después de aquella guerra, continúa siendo un polvorín.

El Ermitaño dio un sermón en aquel lugar tan sugerente para los cristianos (el mismo en el que según la tradición Jesús predicaba habitualmente y sería apresado por los romanos tras la traición de Judas Iscariote), y exigió a las milicias cristianas saquear Jerusalén y aniquilar a sus «infieles» ciudadanos que estaban desarmados; si no se trata de propaganda del enemigo, que todo es posible para emborronar la historiografía y depende desde qué lado se divulgue (es muy recomendable consultar Las Cruzadas vistas por los árabes, del libanés Amin Maalouf –publicada en España por Alianza Editorial– para descubrir la visión de «los otros» respecto a lo que para ellos fue una invasión y una masacre de Occidente), en dicho llamamiento El Ermitaño señaló a musulmanes y judíos, e incluía a mujeres y a niños. Prometía, como hacen en la actualidad los integristas islámicos, la entrada en el Paraíso por tales atrocidades.

Pedro de Amiens regresó a Europa en 1100, concretamente a la ciudad belga de Huy, donde unos años después fundó la abadía de Neufmoustier, entre cuyas paredes murió el año 1115. En 1147 se inició la Segunda Cruzada para reconquistar Edesa, en Mesopotamia, que en 1144 había caído en manos, nuevamente, de los selyúcidas. Pero esa es otra historia.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Existe una ingente bibliografía de las Cruzadas, entre las que destacan diversos trabajos, desde la decana y monumental Historia de las Cruzadas en 12 volúmenes del historiador francés Joseph François Michaud (1767-1839), a los detallados volúmenes de Steve Runciman, Zoé Oldenbourg, Thomas Ashbridge o Christopher Tyerman, entre otros, y ahora debemos sumarle un exhaustivo y revelador ensayo publicado recientemente por la editorial Crítica, que en la línea del citado título de Maalouf, todo un éxito de ventas desde su publicación inicial en 1983, revela el desarrollo de la Primera Cruzada como nunca se ha contado: a través del prisma de Oriente.

Y es que su autor, Peter Frankopan, mantiene que el principal catalizador de la guerra santa que culminó en 1099 cuando miles de caballeros europeos (y gentes de toda condición) liberaron Jerusalén de la creciente amenaza del Islam, fue el emperador Alejo I Comneno, el mismo al que Pedro de Amiens solicitó ayuda militar cuando su ejército se vio cercado por los selyúcidas. Así, el eje vertebrador de esta célebre epopeya medieval no sería Roma, sino Constantinopla, capital del imperio bizantino.

Frankopan, que como todo autor publicado en crítica goza de las credenciales requeridas para contar el pasado, ha publicado también con la misma editorial otros libros convertidos ya en auténticos bestseller, como Las Nuevas Rutas de la Seda y El Corazón del Mundo. Una Nueva Historia Universal. No es un recién llegado y sabe bien, pues, de lo que habla. Catedrático en Global History por la Universidad de Oxford, institución para la que dirige el Centre for Byzantine Research, es un consagrado investigador y habitual conferenciante, que nos recuerda la importancia que tuvo en su día el imperio cristiano de Oriente.

Según la tesis de Frankopan, en 1095, con su reinado bajo asedio de los turcos y al borde del colapso, Comneno suplicó al Papa que le prestase ayuda militar. La victoria sobre los ejércitos islámicos consolidaría el poder del Vaticano hasta cotas impensables, sin embargo, Constantinopla nunca se recuperaría de la guerra, y la Historia la relegaría a un segunda plano, así como a Alejo Comneno.

El enlace para adquirir este volumen:

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Norsk-Hydro: la batalla del agua pesada (II)

En un post anterior vimos cómo los nazis llevaron a cabo la investigación nuclear en búnkeres secretos bajo tierra que tardaron setenta años en ver la luz. Pero el proceso de obtención de la energía atómica sería diferente al llevado a cabo por los aliados. Un elemento fundamental era el agua pesada. Y neutralizar su uso fue uno de los objetivos de los comandos especiales enviados para sabotear el programa atómico del Reich. El libro «La Brigada de los Bastardos» (Ariel, 2021), del brillante divulgador estadounidense Sam Kean, recupera ésta y otras acciones casi suicidas llevadas a cabo por grupos de la Resistencia financiados por Londres y Washington.

A pesar del fracaso y el amplio coste en vidas humanas, en la central londinense del SOE no se dieron por vencidos y, ante la insistencia de Churchill, se decidió formar un nuevo comando. El coronel John Skinner «Belge» Wilson, quien al comienzo de la guerra dirigía el centro de entrenamiento del SOE en Norgeby House –y fuera jefe de Policía en Calcula, además de estar al mando de los boy-scouts ingleses–, fue puesto al frente de la sección noruega del organismo y se ocupó de instruir a un grupo de seis jóvenes agentes noruegos en técnicas de sabotaje para llevar a cabo un nuevo intento de destruir la fábrica de agua pesada.

Ronnenberg

Al frente de la nueva operación fue designado el joven de 23 años Joachim Ronneberg (quien moriría en 2018, a los 99 años), también en nómina del SOE, organismo conocido por los alemanes despectivamente, aunque no sin fundamento, como la «Escuela de Bandolerismo Internacional». El propio Ronneberg escogió a otros cinco hombres que, con los cuatro de avanzadilla que ya se encontraban en la zona de Hardangervidda, completarían el equipo, entre ellos Knut Haukelid, un neoyorquino cuyos progenitores eran también noruegos.

Operación Gunnerside

Los seis agentes fueron trasladados a una escuela de adiestramiento especial del SOE que había sido desalojada al completo porque era necesario construir en ella un modelo a escala de cada una de las 18 celdas de alta concentración de agua pesada que se hallaban en la Norsk-Hydro, pues era de suma importancia que los saboteadores pudieran identificar correctamente la maquinaria objeto de su ataque. Una vez terminada, Ronneberg y sus hombres practicaron sin cesar la forma de colocar, incluso en la oscuridad, explosivos simulados, familiarizándose con la planta hidroeléctrica.

Miembros de la Operación Gunnerside del SOE

Mientras tanto, llegaba a Londres con su valiosa información bajo el brazo el citado doctor Brun. El nuevo comando dispondría, pues, de importantes planos de la planta facilitados por éste y Tronstad que sirvieron para reconstruir a escala natural las partes más importantes de la instalación, entre ellas, como apunta Janus Piekalkiewicz en su libro de cabecera Espías, agentes y soldados, «las secciones de concentrado y embotellamientos», por lo que los oficiales aprendieron a situar las cargas explosivas con rapidez y de forma segura, incluso en la oscuridad si fuera necesario. 

Acceder a la fábrica no era lo que se dice sencillo; únicamente existían dos vías de acceso: a través de un puente suspendido sobre un barranco de 50 metros de profundidad, que estaba custodiado por dos centinelas, y a través de una línea férrea. Optaron por la segunda de las opciones, pero para llegar hasta las vías, los agentes del SOE debían descender el barranco hasta el río Maan y después escalar la pared contraria. A pesar de que se habían endurecido las medidas de seguridad tras el fracaso de la Operación Freshman, los alemanes, convencidos de que los aliados no intentarían un sabotaje en invierno, relajaron la protección de la factoría. Una vez que acababa la vía, se llegaba a unos cobertizos, ya en terrenos de la Norsk-Hydro y el acceso a éstos solamente estaba bloqueado por un sencilla puerta de alambre provista de un candado y una cadena. Lo más difícil sería escalar y después hacer rappel, pero, como el grupo Swallow, los seis nuevos agentes eran expertos montañeros.

El equipo de apoyo

Haugland

Mientras tanto, en la cabaña reconvertida en centro de transmisiones, el operador Knut Haugland, que al igual que sus compañeros no había dejado de trabajar en la misión a pesar de la tragedia de los planeadores, recibía noticias de Londres, a la vez que un ingeniero que actuaba como su enlace en la fábrica les facilitaba datos sobre la manipulación del agua pesada y qué tipo de medidas de seguridad habían adoptado los alemanes, además del emplazamiento de las baterías antiaéreas y los campos de minas.

Para no poner sobre alerta a los nazis, que podían tener interceptadas las líneas, hasta el último momento no se informó a los agentes que partían de Londres del lugar exacto del aterrizaje. Se les entregó, junto al equipo, una píldora de cianuro, por si acaso debían tomar la salida rápida. La noche del 16 de febrero de 1943, un bombardero Halifax trasladó a los seis oficiales noruegos, que saltaron en paracaídas sobre la meseta de Hardangervidda. Tras varios días de búsqueda en medio de una condiciones climáticas muy adversas, se unieron al grupo de avanzadilla y todos se ocultaron a unos tres kilómetros de Rjukan, en otra cabaña abandonada, donde perfilaron los últimos detalles de la misión de sabotaje.

Poniendo en práctica lo que tantas veces habían ensayado en la escuela del SOE en Inglaterra, procedieron a llevar a cabo la misión en la fábrica de Norsk-Hydro. Tras retener a un trabajador noruego en la factoría, colocaron las cargas explosivas en las cámaras de electrólisis de agua pesada, abandonando en el lugar, de forma deliberada, un subfusil británico para dejar claro que se había planificado en plan en Londres y que los nazis no tomaran represalias contra la población civil. No querían que sucediera lo mismo que en Praga tras el atentado y posterior muerte del implacable Reinhard Heydrich.

Josef Terboven

Poco después de que los saboteadores huyeran, las cargas comenzaron a detonar. Al día siguiente se produjo en Rjukan una reunión de urgencia entre el comisario del Reich en la zona, Josef Terboven, y el jefe de las SS y de la policía de ocupación en Noruega, Wilhelm Rediess, que ordenaron la detención de medio centenar de personas en calidad de rehenes. Sin embargo, pocas horas después el general de la Wehrmacht, Nikolaus von Falkenhorst, célebre por ejecutar la Operación Weserübung –nombre en clave del asalto alemán sobre Dinamarca y Noruega– ordenó poner en libertad a los prisioneros, alegando que se trataba de una operación de índole militar, ajena a la población civil, aún a sabiendas de que la Resistencia local debía estar de una u otra forma involucrada en el acto de sabotaje. Sin duda, sabía que una represalia sobre los habitantes del lugar tan solo serviría para aumentar la tensión en un país donde los grupos opositores eran muy activos ante la ocupación alemana.

Nikolaus von Falkenhorst

Aún así, Von Falkenhorst decidió peinar la meseta de Handargevidda con unos 3.000 hombres en busca del grupo de comandos británico que creían se encontraba oculto. Quemaron las cabañas y los refugios pero no los encontraron. Seis de los diez hombres del comando que llevó a cabo la Operación Gunnerside ya habían conseguido huir a Inglaterra vía Suecia, tras haber recorrido 300 kilómetros en apenas dos semanas, mientras otros cuatro, comandados por Haukelid, permanecieron en el país para continuar al servicio de la Resistencia.

Última misión en el lago Tinn

La zona de la fábrica donde se producía el agua pesada sufrió grandes daños, pero ello no impidió que apenas seis meses después la planta de Vermok ya estuviera reparada y el agua pesada volviera a producirse. Enterado de ello Churchill, para detener la carrera atómica nazi esta vez hizo oídos sordos a las reticencias de los noruegos y dio luz verde al bombardeo de la planta. Sería la Fuerza Aérea Norteamericana, con sus Fortalezas Volantes B-17, las que lanzarían más de setecientas bombas sobre la planta de Norsk-Hydro el 16 de noviembre de 1943, con la lamentable pérdida de la vida de veinte civiles noruegos.

Haukelid

Debido a los daños causados en la fábrica, los alemanes decidieron trasladar las reservas de agua pesada que aún poseían hasta Alemania: nada menos que 39 barriles que contenían catorce toneladas del preciado líquido. En cuanto tuvo conocimiento de ello, Einar Skinnarland informó a Londres. Fue de nuevo Winston Churchill quien dio la orden a la Ejecutiva de Operaciones Especiales para que se tomaran medidas drástica para acabar con aquel cargamento. Sería Knut Haukelid quien recibiría el encargo de llevar a cabo la nueva misión.

Sabedores de que podían ser objeto de un nuevo sabotaje, los nazis blindaron el tren que debía transportar los barriles hasta Alemania con un centenar de centinelas. Sin embargo, en un punto del trayecto, concretamente donde se situaba el lago Tinn, la vía férrea se cortaba y los barriles debían ser trasladados a bordo de un transbordador ferroviario que realizaba un trayecto de unos treinta kilómetros sobre el agua entre las localidades de Mael y Tinnoset.

El plan era hundir el ferri, concretamente el SF Hydro. Debido a que el lago Tinn, uno de los más grandes de Noruega, alcanzaba una profundidad de hasta cuatrocientos sesenta metros, los alemanes no podrían recuperar los barriles de su fondo. Era, no obstante, una misión muy arriesgada que conllevaba, a su vez, la pérdida de vidas civiles como graves «daños colaterales» de la guerra secreta. No obstante, gracias a varios empleados de la Norsk-Hydro que trabajaban en secreto para la Resistencia, se pudo retrasar la salida del ferri un día, del 19 de febrero, sábado, al 20, domingo, el día de la semana que la cantidad de pasajeros era menor.

SF Hydro

La madrugada del día 20 de febrero de 1944, Haukelid y otros tres saboteadores penetraron en el HMS Hydro y colocaron ocho kilos y medio de explosivo en la sentina del ferri. A las 10.30 horas de la mañana la carga hizo explosión y al cabo de unas horas la embarcación descansaba en el fondo del lago Tinn. Habían muerto catorce civiles, entre tripulantes y pasajeros, pero gran parte del cargamento de agua pesada destinado al esfuerzo nuclear del Tercer Reich quedó inservible.

En 1965, Anthony Mann dirigía la cinta Los héroes de Telemark, protagonizada por Kirk Douglas, una versión con algunas inexactitudes históricas como la mayoría de películas gestadas por Hollywood, aunque de buena factura y muy entretenida. Tuvieron que pasar cinco décadas hasta que se recuperaran los primeros restos de aquel naufragio que puso punto y final a la Operación Gunnerside, que pasaría a la historia como «la Batalla del Agua Pesada».

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Este episodio se recoge, junto a muchos otros vinculados al trabajo de sabotaje de los aliados para frenar el proyecto atómico nazi, en el vibrante ensayo La Brigada de los Bastardos. La apasionante historia de los científicos y espías que sabotearon la bomba atómica nazi, publicado recientemente por Crítica. En realidad, la «batalla del agua pesada» fue uno más (aunque relevante) de los episodios que se encuadraron en un plan mucho más ambicioso que partió de reuniones secretas en Washington y que fructificó gracias a la estrecha colaboración entre los servicios secretos estadounidenses y los británicos.

Mientras se planificaba de forma reservada el Proyecto Manhattan en Los Álamos, la Oficina de Servicios Estratégicos –OSS, antecesora de la CIA–, ideó un plan secreto que recibió el nombre de Operación Alsos. En griego dicha palabra significa «arboleda», equivalente en inglés a «grove», en alusión al jefe de la operación, el general Leslie R. Groves, director general del Distrito Mahattan de Ingeniería (popularmente conocido como Proyecto Manhattan).

Su objetivo era rastrear y entorpecer las investigaciones sobre energía nuclear llevadas a cabo por los potencias del Eje, principalmente el Tercer Reich. El corazón de la misión Alsos estaba conformada por el grupo que da nombre al ensayo: la llamada «Brigada de los Bastardos», un grupo de soldados, científicos y agentes secretos que se infiltraron entre los físicos, químicos y militares alemanes para detener la amenaza más aterradora de la guerra: que Hitler dispusiera de una bomba nuclear.

El resultado fue, como hemos visto en esta entrada, un complot digno del mejor thriller, pero rigurosamente real, y documentado con mimo por el divulgador científico Sam Kean, con ese estilo claro, directo y en ocasiones cercano al humor que le caracteriza y que le ha hecho merecedor de una gran notoriedad y una legión de seguidores. Es colaborador de medios como The New Yorker, The Atlantic, The New York Times Magazine o Science, y ha publicado obras convertidas en auténticos bestseller como La cuchara menguante, El pulgar del violinista, El último aliento de César y Una historia insólita de la neurología, todos ellos publicados por la editorial Ariel.

Leslie R. Groves

Aquellos hombres de la «brigada» que bien pudieron inspirar a Quentin Tarantino para su película Malditos Bastardos, que arriesgaron sus vidas en pro de la libertad, orquestaron todo tipo de sabotajes, impulsaron el espionaje a una escala nunca antes vista y cometieron incluso asesinatos para frenar las aspiraciones del Führer. Entre ellos destacaron con luz propia el ex jugador de béisbol Moe Berg, el físico nuclear Samuel Goudsmit o el general Leslie R. Groves, pero hubo muchos más, y todos tienen su momento de gloria en estas páginas (prolongación en papel de su verdadera actuación en el curso de la HISTORIA con mayúsculas). Un relato vibrante y en ocasiones increíble (aunque sucedió) que podéis adquirir en el siguiente enlace:

https://www.planetadelibros.com/libro-la-brigada-de-los-bastardos/331525

Comandos y operaciones especiales en la II Guerra Mundial (Susaeta):

Y si lo que queremos es realizar un acercamiento, ameno a la vez que instructivo, al gran teatro de operaciones secretas y clandestinas que tuvieron lugar en aquella brutal conflagración, nada mejor que sumergirnos en las páginas, profusamente ilustradas a todo color y acompañadas de mapas y gráficos, de Comandos y operaciones especiales de la II Guerra Mundial, una joya gráfica editada por Susaeta Ediciones. Un recorrido vertiginoso por las unidades de comandos de ambos contendientes que, alcanzando un desarrollo y perfeccionamiento colosal, se desplegaron por desiertos, mares, selvas, acantilados, montañas y urbes asediadas como Stalingrado o Berlín…

Esta magnífica selección –pues fueron tantas que harían falta miles de páginas para detallar cada una de ellas– contempla operaciones famosas como la Operación Fortitude (que permitió el Desembarco de Normandía, el gran asalto a la Fortaleza Europa), o la Operación León Marino, que planeó la invasión –frustrada– de Gran Bretaña por la Wehrmacht, y otras menos conocidas, como la Operación Gleiwitz (una operación de falsa bandera que atribuyó a los polacos el ataque a la frontera alemana y justificó la invasión del país por los ejércitos de Hitler) pero que contribuyeron, algunas de manera decisiva, al resultado final de la mayor sangría conocida por el hombre contemporáneo.

He aquí el enlace para hacerse con este volumen:

https://www.editorialsusaeta.com/es/libros-de-guerra/11847-comandos-y-operaciones-especiales-en-la-ii-guerra-mundial-9788499284859.html

Piratas y filibusteros: los saqueadores del océano (II)

Hermandades secretas, maravillosos tesoros escondidos, mapas imposibles, barcos encantados… y al margen de la leyenda, mucha historia. Hace tiempo que el tema de la piratería pasó de ser un recurso romántico de la literatura y el cine a convertirse en objeto de estudio de los historiadores más prestigiosos. Ahora, la editorial Crítica publica el que puede ser el ensayo definitivo sobre estos «outsiders» del pasado… y del presente, pues la piratería vuelve a ser algo trágicamente común en ciertas partes del planeta.

Por Óscar Herradón ©

Uno de los piratas más conocidos es sin duda Francis Drake, quien abordó las naves españolas y francesas al servicio de la reina inglesa Isabel I. A él se atribuyen saqueos en las colonias de la costa de Panamá y la captura de hasta cien buques de nacionalidad española su devastación fue tal que el monarca Felipe II llegó a ofrecer 20.000 ducados por su cabeza. Una de sus acciones más famosas fue el asalto al puerto Nombre de Dios, conocido también como «el almacén de los tesoros del mundo», aunque el sabotaje que le haría pasar a la historia de la piratería fue la captura del navío «Nuestra Señora de la Concepción» en el Pacífico, llamado también «cagafuegos», por ser el barco mejor equipado de la escuadra española en la zona.

El navío transportaba tres cofres con monedas, unos cuarenta kilos de lingotes de oro y al menos veintiséis toneladas de plata. Tres años después arribó al puerto inglés de Plymouth tras una dificultosa y larga travesía, con el botín intacto. A bordo del Golden Hind, capitaneado por Drake, la mismísima Isabel I le concedió el título de Sir. Durante años el corsario trabajó a las órdenes del conde de Essex, servidor de la Corona inglesa, y hay quien afirma que mantuvo una relación amorosa secreta con la llamada Reina Virgen, aunque no existen pruebas que demuestren dicha hipótesis.

Gracias a sus incursiones y a su servicio al gobierno británico logró reunir una de las fortunas más grandes de toda Inglaterra. En uno de los episodios más cruciales de la historia naval, la lucha contra la «Armada Invencible» filipina, Drake comandó como vicealmirante una de las escuadras inglesas que echaron por tierra las ambiciones del rey español y los sueños hegemónicos de todo un país. Murió de malaria en las cercanías de Portobelo al regresar de su última misión, en la que, extrañamente, había fracasado.

5 tesoros perdidos que aún puedes encontrar…

El Mapa de Lüe

Un supuesto códice masónico y uno de los «mapas del tesoro» más controvertidos que aún no se han desvelado. Es conocido como «Mapa de Lüe» y al parecer se trata de un galimatías que, debidamente decodificado, llevaría hasta un ostentoso tesoro nazi formado por cien toneladas de lingotes de oro que Hitler y sus esbirros habrían enviado a sus seguidores al otro lado del Atlántico, una suerte de quintacolumnistas. Supuestamente, este enigma histórico lo sacó a la luz el cazatesoros alemán Karl von Mueller, que sería el autor del libro The Mater Hunter Manual, aunque es casi seguro que se trata de una farsa. Un texto cifrado en símbolos masónicos a lo Dan Brown a la espera de que un «lumbreras» los desentrañe que incluso fue nombrado en la película La Búsqueda (2004).

El botín de Jesse James

Leyenda inmortal del Lejano Oeste, al forajido Jesse James (1847-1882) se le atribuyen numerosas riquezas acumuladas durante sus numerosos atracos que habría escondido antes de ser asesinado a traición por su compinche Robert Ford. El minero Ben Morton, que falleció en 1930, dedicó muchos años de su vida, algo ya habitual, a buscar el tesoro del bandido en las montañas de Missouri. Cuando murió, entre las pertenencias de Morton se encontró un extraño documento que tomó el nombre de «Mapa de Wolf» –debido a que está encabezado por la imagen de un lobo–. Al parecer, el viejo minero lo obtuvo del sacerdote que dio la extremaunción al hermano de Jesse, Frank James. Al menos eso reza la leyenda. Hasta hoy, el mapa –un diseño tosco e incluso algo infantil– no ha llevado a ningún sitio. Todo apunta a un fraude.

El tesoro de Yamashita

En 1944, el general japonés Tomoyuki Yamashita, el «Tigre de Malasia», asumió el mando de las tropas niponas en Filipinas, y recibió un extraño encargo: poner a salvo un tesoro fruto de la confiscación de bienes y del expolio en Malasia, China o Taiwán; una ingente cantidad de oro que previamente habría ocultado en Singapur la sociedad secreta Kin no Yui («Lirio Dorado») con la colaboración de la Yakuza. Yamashita debía trasladarlo a Filipinas para desde allí embarcarlo hacia Japón, pero ante la inminente invasión aliada tuvo que enterrarlo en 157 lugares distintos de la isla Bacuit Bay y otras zonas de Filipinas, junto a los soldados japoneses y prisioneros que mandó ejecutar para que no revelasen el secreto.

El 23 de febrero de 1946 Yamashita fue ejecutado por los estadounidenses sin revelar su paradero, aunque fuentes de aroma conspiracionista apuntan a que la OSS –antecesora de la CIA– supo de su ubicación y se lo comunicó al presidente Truman, un botín que serviría para financiar la lucha anticomunista de posguerra. Es más probable que parte del oro lo hubiera confiscado el dictador filipino Ferdinand Marcos (1917-1989) al cerrajero Rogelio Rojas, quien dijo haber tenido acceso a un mapa que había pertenecido a un soldado japonés. Fuera cual fuese la verdad, muchos filipinos continúan buscando el tesoro enterrado en su territorio.

La mina del Holandés Perdido

En las Montañas de la Superstición, en Arizona, un escenario que ya de por sí invita a la ensoñación, circulan numerosas leyendas aborígenes. Lugar icónico del Viejo Oeste, esta árida región es el epicentro de una historia bautizada como la «mina del holandés perdido» –o del alemán, depende de la versión–, un episodio supuestamente verídico aderezado de tantos condimentos que ya es difícil discernir la realidad de la mera quimera. Una mina descubierta en el siglo XVI que al parecer explotaron primero los jesuitas hasta que fueron pasados a cuchillo por los apaches. Aunque este punto no está muy claro. A mediados del siglo XIX, la mina perteneció al español Miguel de Peralta, quien descubrió oro en la misma y la explotó hasta que él y sus trabajadores fueron masacrados también por los apaches.

En 1862, el aventurero alemán Jacob Waltz, que exploró gran parte del territorio estadounidense y tuvo conocimiento de aquella historia, dijo haber encontrado la mina y solía mostrar como prueba una cantidad de oro equivalente a unos 60.000 dólares. Nunca quiso regresar por miedo a los apaches –decía–, pero dibujó un mapa que vendió por mucho dinero. Aquellos que fueron en su busca jamás regresaron, al parecer, víctimas de una maldición… Aún hoy, son numerosas las personas que se aventuran a las Superstition Mountains en busca de la mina perdida.

El tesoro del Olonés

El Olonés era el apodo con el que se conocía al sanguinario pirata Jean-David Nau, que, cuentan, era capaz de arrancar el corazón de sus prisioneros y comérselo crudo y que hizo acopio de un gran botín durante sus abordajes. Un anciano pescador de nombre Joaquín Garrido, que afirmaba descender de algunos miembros de la tripulación del Olonés, tuvo su momento de gloria cuando, en 1924, le dio a unos americanos de vacaciones en Cuba un mapa que señalaba el lugar donde había escondido sus riquezas: mil libras en lingotes ocultas en algún lugar de la isla cubana de Cayo Francés –Villa Clara–. Un mapa que parece claramente falso, e incluso tosco y un tanto infantil, pero que animó a muchos cazatesoros a ir en su busca.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

La editorial Crítica lanzó recientemente un vibrante ensayo que lleva ya varias ediciones. Se trata del libro Piratas. Una historia desde los vikingos hasta hoy. Su autor es Peter Lehr, profesor de estudios sobre terrorismo en The Handa Centre for the Study of Terrorism and Political Violence de la Universidad de St. Andrews, en Escocia. Ha firmado otros exitoso ensayos, como Counter-Terrorism Technologies: A Critical Assessment o Militant Buddhism: The Rise of Religious Violence in Sri Lanka.

En su último libro, de espíritu fundamentalmente divulgativo, lo que logra gracias a su facilidad de lectura y un ritmo que no cae en ninguna de sus páginas, aunque aportando la precisión del especialista, aborda la piratería desde tiempos inmemoriales hasta la misma actualidad, donde, debido a diversas circunstancias de este tumultuoso siglo XXI, ha resurgido con fuerza. Y Lehr sabe de lo que habla, pues uno de sus trabajos más exitosos se centraba precisamente en este punto, el terrorismo marítimo: Violence at Sea: Piracy in the Age of Global Terrorism.

Desde los vikingos y los piratas Wako medievales hasta los asaltantes somalíes de la actualidad, Lehr analiza la motivación que lleva a algunos individuos a convertirse en piratas, así como su organización, la violencia en el mar y las tácticas de terror utilizadas para saquear barcos y regiones costeras. También se ocupa del papel del Estado en el desarrollo de la piratería desde los corsarios que actúan bajo una autoridad legítima hasta los piratas que operan tomándose la justicia por su mano, y explora cómo la combinación de factores estructurales como la debilidad de la vigilancia marítima y la liberalización del comercio ha hecho posible que la piratería persista hasta nuestros días.

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