Richard Sorge: un espía impecable (II)

Fue uno de los grandes agentes de inteligencia del siglo XX, y sin embargo es un gran desconocido en Occidente. De origen alemán, trabajó para los rusos en Japón, donde obtuvo una relevante y delicada información vital para el esfuerzo de guerra aliado, aunque el país del sol naciente sería también su tumba. Ahora, la editorial Crítica publica un ensayo que devuelve al personaje a su justo lugar en la historia contemporánea.

Óscar Herradón ©

(Viene de Parte I). Pronto empezaría a trabajar para el Servicio de Inteligencia Ruso. Era abril de 1925 cuando Sorge se alojaba con su esposa en el Hotel Lux. Un mes antes, había ingresado oficialmente en el Partido Comunista Soviético, y en su carnet de militante figuraba el número 0049927, siendo destinado a la División de Inteligencia del Komintern, para trabajar en la Oficina de Organización, el conocido como Orgburó, creado recientemente, sección que se ocupaba de actividades ilegales en el extranjero que pronto contó con una subsección: la Sección de Comunicaciones Internacionales. Su principal tarea consistiría en servir de vínculo entre el comité ejecutivo del Komintern y los partidos comunistas en el extranjero.

Gran mujeriego y bebedor empedernido –al igual que otro de los grandes espías de la guerra, Eddie Chapman–, Sorge se fue alejando cada vez más de su mujer, que se sentía terriblemente sola y aislada en una sociedad como la soviética, lo que provocó que decidiera marcharse de Moscú, quedando su esposo libre para entregarse a todo tipo de excesos y, sobre todo, a la causa ideológica que constituía su razón de ser.

Con frecuencia, los informes que guarda la policía de un país sobre él, varían con los que obran en poder de otra policía, sobre todo en lo referente a sus viajes y a la naturaleza de sus «trabajos». No debemos de olvidar que un espía siempre intenta dejar el menor rastro posible de sus acciones. Así, no se ponen de acuerdo los historiadores acerca de su «misión» a los países escandinavos, pues existen varias versiones de dónde se encontraba en esos momentos.

Sorge y el químico Erich Correns en 1915

Estuviera donde estuviese, en julio de 1928 se hallaba presente en el Sexto Congreso Mundial del Komintern, del que Stalin saldría, en medio de una lucha feroz para suceder a Lenin, el triunfador absoluto. Entonces Sorge recibió instrucciones de viajar a Inglaterra. En las islas, el agente alemán visitó las zonas mineras y tuvo ocasión de descubrir la magnitud del impacto generado por la crisis económica de 1929 que en Alemania aprovecharía el NSDAP para hacerse mucho más fuerte.

Rumbo al gigante asiático

Fue entonces cuando surgió el descontento de Sorge con sus jefes, puesto que el Komintern había sufrido una fuerte remodelación que trajo consigo el apartamiento de casi todos los miembros extranjeros del Partido, convirtiéndose en un kaltgestellt, un miembro «congelado», lo que implicaba prácticamente encontrarse sin empleo y sin salario. Adaptado a la nueva situación, pues no le quedó más remedio, el agente se preparó minuciosamente para un difícil misión secreta en China, bajo el control del Cuarto Buró, que formaba parte de una ofensiva secreta en el Lejano Oriente.

Una victoria revolucionaria en China minaría las bases de la economía de los países capitalistas, que, según creían, perderían el suministro de productos imprescindibles que obtenían en sus colonias. La misión del agente sería estudiar la situación en China, las relaciones con Japón –tan tensas que estaban al borde de la guerra– y la efectividad de la infiltración comunista en aquellas extensas regiones.

Berzin

Su primera reunión giró en torno al espionaje político y durante sesiones posteriores finalmente Sorge fue destinado a China, siendo totalmente independiente de la disciplina del Komintern, dejando de tener contacto con las células del Partido por el peligro que corría de ser descubierto. El Cuarto Buró, dirigido por el general Jan Karlovich Berzin, tenía como misión crear redes de espionaje en países extranjeros, le dio un nuevo nombre en clave, «Ramsay», y fue aleccionado por los mayores expertos del servicio secreto y por especialistas de la Sección del Lejano Oriente.

Su superior en aquella misión era Borovich, un judío soviético, antiguo comisario en la guerra civil rusa, cuyo nombre en clave era «Alex». Los biógrafos de Sorge, Deakin y Storry, apuntan que éste «…tenía que concentrar las encuestas en la estructura político-  social del gobierno de Chiang Kai-chek, con sede en Nanking, en particular sobre su fuerza militar (…) sobre la política de Gran Bretaña y los Estados Unidos en China y, de forma general, tenía que informar sobre la agricultura e industrias chinas», aunque la misión fundamental era la de «estudiar los recursos y política del gobierno de Chiang».

Sorge fue adiestrado en el manejo de la radio y de las claves para transmitir, aunque en dicha tarea sería ayudado por un operador con el que se encontraría en Berlín: Seber Weingarten o Weingart. El agente partió de Moscú rumbo a la capital alemana en noviembre de 1929. Allí estaría a su disposición un pasaporte del gobierno alemán, completamente legal y a su nombre. Se haría pasar por escritor y periodista independiente y así entró en contacto con una revista de sociología y un periódico especializado en agricultura, el Getreide Zeitung, con el que llegó a un acuerdo para enviarles artículos desde Asia.

Shanghái hacia 1930

En Berlín se reunió con Weingart y con un misterioso personaje de nombre «Alex», no el anteriormente citado Borovich, sino un agente experimentado que cargaría con la responsabilidad de la misión china y que sería el superior de Sorge. Los tres hombres desembarcaron en Shanghái en enero de 1930. Aunque no se conocen muy bien los movimientos de Sorge durante sus primeros meses allí, parece que a los siete días de su llegada se personó en el consulado general alemán, entregando la carta de recomendación y manifestando su intención de estudiar la situación agrícola china y escribir artículos que enviaría a Europa. No despertó ninguna sospecha. Se alojó en un humilde apartamento de un barrio retirado y apenas salía del domicilio. Hasta que el 9 de mayo se trasladó a Cantón, donde estuvo cinco meses y realizó varios viajes de investigación por el sur del gigante asiático cuyo cometido era, realmente, el espionaje.

Realizaba su trabajo de recopilación precisa de información para Moscú cuando recibió la orden de regresar de inmediato a Shanghái. Allí conoció a la escritora norteamericana de izquierdas Agenes Smedley, corresponsal en la ciudad del Frankfurter Zeitung, una revolucionaria con numerosos contactos en los herméticos círculos comunistas chinos. Una vez que estuvo seguro de que no se trataba de una espía, le pidió que le ayudase a crear una pequeña red y ésta le puso en contacto con el periodista japonés Ozaki Hotsumi, corresponsal en China del diario Asahi de Osaka, también izquierdista.

La librería Zeitgeist: punto de encuentro

El punto de reunión de europeos y asiáticos simpatizantes del comunismo, así como lugar de transmisión de mensajes secretos y depósito clandestino de correos y documentos era la librería Zeitgeist, que dirigía la señora Irena Wiedemeyer, lugar donde Sorge haría varios contactos que le pasarían información importante.

El ambiente se volvió más peligroso tras el enfrentamiento en Shanghái, el 28 de enero de 1932, entre la guarnición naval japonesa y el Decimonoveno Ejército chino. En aquel momento, Sorge informaba a Moscú que resultaba imposible discernir si los nipones presionarían hacia el Norte, con dirección a Siberia –algo que obligaría a la URSS a intervenir– o hacia el sur, con dirección a China. Descubrir cuáles era los verdaderos objetivos de los japoneses, y estudiar a su vez sus tácticas militares, serían la prioridad: «Pude ver las posiciones defensivas chinas, la aviación japonesas y la infantería de marina en acción (…)».

Gracias a la labor de Osaki obtuvo otros informes, como noticias secretas sobre el régimen de Chiang Kai Chek o los sentimientos anti-japoneses de los comerciantes chinos–; otras fuentes de documentación eran los contactos con periodistas, con comerciantes alemanes, los asesores militares y los funcionarios consulares, documentación secreta que Sorge enviaba a Moscú y que habría de caracterizar notablemente la actitud del Komintern hacia el Partido Comunista Chino.

Después de pasar tres largos años en China, durante los cuales realizó una importante labor de espionaje que satisfizo a los altos cargos del Cuarto Buró, consiguiendo reunir información, incluso, de la industria de armamentos y obtener la heliografía del arsenal de Nanking, además de granjearse gran prestigio como periodista, dejó Shanghái en diciembre de 1932. Había sido reclamado desde Moscú. Instalado en el Hotel Novaya Moskva, cuando se reunió con sus superiores éstos ya le habían designado una nueva misión. Pero antes, debió responder a numerosos interrogatorios del Cuarto Buró, conversando igualmente con representantes del Ministerio de Asuntos Exteriores y del GPU (Directorio Político Unificado del Estado, más tarde conocido como OGPU).

Le preguntaron también si tenía alguna preferencia a la hora de elegir el nuevo país en el que debía actuar. Al parecer, el espía, que había realizado un viaje a Japón durante su estancia en Asia que le había impresionado, señaló que no le importaría viajar hasta Tokio. Aquello marcaría su trágico destino.

Este post tendrá una inminente continuación en «Dentro del Pandemónium»

PARA SABER UN POQUITO (MUCHO) MÁS:

–HERRADÓN, Óscar: Espías de Hitler. Las operaciones de espionaje más importantes y controvertidas de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga (Gruplo Planeta), 2016.

–MATAS, Vicente: Sorge. Los Revolucionarios del Siglo XX. 1978.

–WHYMANT, Robert: Stalin’s Spy: Richard Sorge and the Tokyo Espionage Ring. I. B. Tauris and & Co Ltd, 2006.

UN ESPÍA IMPECABLE:

Y para ahondar en la figura de Sorge con datos completamente actualizados (basados en informes confidenciales recientemente desclasificados y nueva documentación reveladora), nada mejor que sumergirnos en las páginas de Un espía impecable. Richard Sorge, el maestro de espías al servicio de Stalin, que acaba de publicar Crítica en una alucinante edición en tapa dura. Su autor, Owen Matthews es un periodista de dilatada trayectoria que ha estado en primera línea de fuego en diferentes conflictos como corresponsal de la revista Newsweek en Moscú. Nadie mejor que él, pues, para hablarnos de un agente secreto en nómina del Kremlin que también fue un aventurero y también arriesgó su seguridad en pos de un ideal.

Con formación en Historia Moderna por la Universidad de Oxford, antes de entrar en Newsweek, al comienzo de su carrera periodística, Matthews cubrió la guerra de Bosnia y ya en las filas de dicha publicación cubrió la segunda guerra chechena, la de Afganistán y la de Irak, así como el conflicto del este de Ucrania. Ha sido colaborador también de medios tan importantes como The Guardian, The Observer y The Independent y ganó varios premios con su libro de 2008 Stalin’s Children. Un espía impecable ha sido elegido libro del año por The Economist y The Sunday Times. He aquí el enlace para adquirirlo:

https://www.planetadelibros.com/libro-un-espia-impecable/324957

Richard Sorge: un espía impecable (I)

Fue uno de los grandes agentes de inteligencia del siglo XX, y sin embargo es un gran desconocido en Occidente. De origen alemán, trabajó para los rusos en Japón, donde obtuvo una relevante y delicada información vital para el esfuerzo de guerra aliado, aunque el país del sol naciente sería también su tumba. Ahora, la editorial Crítica publica un ensayo que devuelve al personaje a su justo lugar en la historia contemporánea.

Aunque es difícil rastrear la vida de los espías, que suelen alterar su biografía unas cuantas veces en loor de su cometido, se sabe que Richard Sorge nació el 4 de octubre de 1895 –apenas seis años después que Hitler–, en la ciudad de Adjikend, en los campos petroleros del Cáucaso, el 4 de octubre de 1885. Su padre, Wilhelm Richard Sorge, era un ingeniero alemán de minas que trabajaba para una compañía petrolera y su madre, Lina Kobeller, era natural de Bakú, una localidad no muy lejana de Adjikend.

Wandervogel

Desde pequeño, se impregnó de la ideología patriótica y pangermana de su círculo íntimo, siendo ferviente admirador de la conocida como Organización de la Juventud, la Wandervogel. Sorge tenía dieciocho años cuando estalló la Primera Guerra Mundial que acabaría con su vida aburguesada como la de tantos jóvenes de su generación, y tras presentarse voluntario, fue instruido en el manejo de armas y en la manera de desfilar entonando himnos patrióticos, siendo destinado al Tercer Regimiento de Artillería de Campo, cuya división fue diezmada. Después, durante la agónica guerra de trincheras que caracterizó aquel conflicto, fue herido con metralla en la pierna derecha, permaneciendo en el hospital de Berlín, donde estudió con perseverancia hasta aprobar la reválida.

De regreso en el frente, volvió a ser herido, esta vez de gravedad, en las dos piernas, lo que le serviría para obtener una Cruz de Hierro de segunda clase pero le provocaría una cojera permanente, que hacía muy característicos sus movimientos. Ya entonces, ante los horrores de la batalla y la fragilidad de la vida, comenzó a observar el mundo que le rodeaba con otros ojos. Durante su segunda convalecencia, el joven Sorge permaneció ingresado en el Hospital de la Universidad de Königsberg, donde mantuvo una relación con una enfermera de origen judío que era hija de un intelectual marxista. Pasando horas escuchando acerca de política, Sorge abrazaría la misma ideología con devoción, convirtiendo su ideología, con apenas veintiún años, en el pilar principal de su existencia.

Primeros pasos en la clandestinidad

Así, empezó a devorar los clásicos marxistas y socialistas, en un momento en el que en Rusia se producía la revolución que llevaría al viejo imperio de los Zares a transformarse en el centro neurálgico del comunismo internacional que daría pie a la Unión Soviética. Tiempo después, ya recuperado de sus heridas, aunque con la citada cojera como compañera inseparable del resto de su vida, se matriculó en la Facultad de Economía de Berlín, donde entró en contacto con las organizaciones socialistas y de izquierda. Tras licenciarse, en 1918 ingresó en la Universidad de Kiel, donde ejercería sobre él una marcada influencia el catedrático Kurt Gerlach, un convencido militante izquierdista, en cuya casa se reunían los estudiantes para debatir los problemas políticos.

Aquellos jóvenes habían fundado en 1917 el Partido Social Democrático Independiente de Alemania. Tras ingresar en él, Sorge fundó con otros dos compañeros la sección estudiantil del partido y, a través de conferencias sobre el movimiento obrero, tenía como labor captar a nuevos miembros. Tras ingresar en el Partido Comunista alemán, Richard Sorge se trasladó hasta Hamburgo para ultimar su tesis doctoral en ciencias políticas, que aprobaría con Suma cum laude. Estudiar no le impidió, no obstante, participar en actividades conspirativas y, puesto que el profesor Gerlach se trasladó a Aquisgrán, ofreció a su antiguo alumno el puesto de suplente de su cátedra.

Un periodista y agitador ideológicamente comprometido

Aquisgrán, en el centro de la región del Rin, donde antaño se encontrara el centro neurálgico del imperio de Carlomagno, era un «foco caliente» de lucha revolucionaria y el Partido Comunista aprovechó el cargo de Sorge –al que por aquel entonces todos sus amigos conocían como Ika– para pedirle que realizara actividades políticas en la zona. Allí creó una futura élite del Partido, impartiendo clases de literatura marxista y descubriendo su facilidad para reclutar y convencer, que tan valiosa le sería en un futuro. Dieciocho meses después, el Partido le encargó reclutar en secreto cuadros militares, y realizar actividades subversivas, en las que se estaba convirtiendo en un verdadero maestro.

Rosa Luxemburgo

En 1921 pasó a formar parte del periódico comunista La Voz de los Mineros y publicó a través de las prensas del mismo su primer libro, un breve comentario sobre el texto La acumulación del Capital, de la emblemática líder comunista germana Rosa Luxemburgo. Sorge frecuentaba con regularidad el hogar de Gerlach, donde impartía muchas de sus charlas políticas. Aquello acabó provocando la mutua atracción entre Sorge y la esposa del profesor, Christiane, quien un día confesó a su marido que amaba al otrora estudiante y que iba a pedir el divorcio. Como un caballero, Gerlach aceptó la situación al parecer sin estridencias y llegaron a un acuerdo los tres manteniendo una amable conversación. Nueve meses más tarde, Ika y Christiane contraían matrimonio y se instalaban en la zona minera de Solingen, donde Sorge continuaba al frente del periódico obrero.

A caballo entre Berlín y Fráncfort

Corría el 28 de septiembre de 1922 cuando éste, que probablemente estaba fichado por la policía como agitador comunista, se trasladó a Berlín, momento clave en su vida cuando el comité central de su partido le ofreció un empleo con sueldo. No obstante, Sorge pretendía terminar sus estudios, su formación era fundamental para él, y llegaron a un acuerdo: realizaría ciertas actividades políticas mientras desempeñaba su nuevo cargo de auxiliar del departamento de ciencias sociales de la Universidad de Fráncfort.

Aquel era un importante foco de vida intelectual y Gerlach se relacionaba con un grupo de intelectuales y con un tal Félix Weil, un millonario judío cuya gran fortuna era fruto del comercio de grano con Iberoamérica. Inspirado por la revolución rusa, Weil deseaba crear una fundación privada para realizar investigaciones socio-económicas, y Sorge pasó a formar parte del grupo como socio, donde pudo ampliar sus conocimientos académicos en los campos de la política y la economía, tan vinculados entre sí.

Félix Weil

Pronto, Sorge comenzó a desarrollar actividades clandestinas, consistentes en realizar labores de entrenamiento y trabajar de asesor para un periódico comunista, dentro de las funciones del departamento de «instrucción» al que pertenecía. Además, hacía de enlace secreto entre Berlín y la organización comunista en Fráncfort, responsabilizándose además de los fondos del partido y del material propagandístico que, corriendo, gran riesgo, escondía en su propio estudio o en la biblioteca científico-social del instituto. Mientras, Richard Sorge vivía con Christiane en una casita de campo que hacía las veces de punto de encuentro y reunión.

Camino de Moscú

Fue por aquel entonces cuando nuestro protagonista entraría en contacto con los rusos, momento que decidiría la suerte que correría en el futuro. Fue en 1923, a través de D.B. Riazánov, director del Instituto Marx-Engels de Moscú. Eran tiempos difíciles para los comunistas en Alemania; de hecho, en noviembre de 1924 el partido sería declarado ilegal por las autoridades de Weimar.

Instituto Marx-Engels de Moscú

Entonces los círculos comunistas alemanes –que ya eran objeto en sus mítines del fanatismo y la ira de los camisas pardas–, debatían la dependencia de Moscú, tras el fracaso de la revolución comunista en Alemania, que había estado alentada –y ayudada con armamento– por los rusos. En medio de estos problemas, el Komintern envió a Fráncfort seis altos delegados para negociar. El encargado de servirles de cicerone y alojarlos fue el mismo Sorge, que impresionó sobremanera a uno de los más notables miembros del Comité Ejecutivo del Komintern, Zacharovich Smitri Manuilsky.

Una vez terminadas las reuniones al más alto nivel, los delegados soviéticos le pidieron a Sorge –según el mismo dejaría escrito– que se personase en el Cuartel General del Komintern en Moscú antes de que terminara el año, para trabajar con ellos. La propuesta de la delegación rusa fue encargarle la creación de una oficina de Inteligencia para la Internacional Comunista, algo que aprobarían en Berlín con unanimidad los dirigentes del Partido. Así, a finales de 1924 éste partió de la capital alemana hacia Moscú acompañado de Christiane. Empezaría a trabajar directamente para los rusos en 1925. Su vida no volvería a ser la misma. Comenzaban los primeros pasos en inteligencia del que sería uno de los más grandes espías de todos los tiempos.

Este post continuará de forma inminente en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER UN POQUITO (MUCHO) MÁS:

–HERRADÓN, Óscar: Espías de Hitler. Las operaciones de espionaje más importantes y controvertidas de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga (Gruplo Planeta), 2016.

–MATAS, Vicente: Sorge. Los Revolucionarios del Siglo XX. 1978.

–WHYMANT, Robert: Stalin’s Spy: Richard Sorge and the Tokyo Espionage Ring. I. B. Tauris and & Co Ltd, 2006.

UN ESPÍA IMPECABLE:

Y para ahondar en la figura de Sorge con datos completamente actualizados (basados en informes confidenciales recientemente desclasificados y nueva documentación reveladora), nada mejor que sumergirnos en las páginas de Un espía impecable. Richard Sorge, el maestro de espías al servicio de Stalin, que acaba de publicar Crítica en una alucinante edición en tapa dura. Su autor, Owen Matthews es un periodista de dilatada trayectoria que ha estado en primera línea de fuego en diferentes conflictos como corresponsal de la revista Newsweek en Moscú. Nadie mejor que él, pues, para hablarnos de un agente secreto en nómina del Kremlin que también fue un aventurero y también arriesgó su seguridad en pos de un ideal.

Matthews

Con formación en Historia Moderna por la Universidad de Oxford, antes de entrar en Newsweek, al comienzo de su carrera periodística, Matthews cubrió la guerra de Bosnia y ya en las filas de dicha publicación cubrió la segunda guerra chechena, la de Afganistán y la de Irak, así como el conflicto del este de Ucrania. Ha sido colaborador también de medios tan importantes como The Guardian, The Observer y The Independent y ganó varios premios con su libro de 2008 Stalin’s Children. Un espía impecable ha sido elegido libro del año por The Economist y The Sunday Times. He aquí el enlace para adquirirlo:

https://www.planetadelibros.com/libro-un-espia-impecable/324957

Virginia Hall: una mujer «sin» importancia» (II)

Fue calificada por los nazis como «la espía más peligrosa de Francia». Ahí es nada, si tenemos en cuenta que la Segunda Guerra Mundial fue la edad dorada del espionaje internacional, al menos hasta la Guerra Fría. Entre los superespías que engañaron a Hitler no se la suele incluir, y sin embargo, fue una de las piezas clave para el triunfo del desembarco aliado en las playas de Normandía el 6 de junio de 1944, entre otras muchas hazañas que ahora reivindica el ensayo Una mujer sin importancia, editado por Crítica.

Óscar Herradón ©

Tras su liberación de las autoridades españolas por la intervención de EEUU, Virginia dejaría de trabajar para el SOE y pasó a formar parte de la OSS, embrión de la futura CIA. Su viaje hacia la frontera con la Península había sido toda una odisea, pero logró huir a pesar de la pierna de madera –a la que ella misma se refería con el mote cariñoso de Cuthbert– y del dolor que le causaba caminar en exceso. Antes de la llegada a la frontera, escribió a sus superiores en Londres: «Cuthbert está dando problemas». El agente que leyó el mensaje desconocía su minusvalía, así que le aconsejó que si Cuthbert daba problemas «debía eliminarlo». El SOE no se andaba con tonterías.

Tras regresar a Reino Unido, y tras pasar un buen espacio de tiempo trabajando para el SOE en Madrid, en julio de 1943 la nombraron en secreto Miembro de la Orden del Imperio Británico por sus logros. Querían haberle brindado mayores honores pero sus superiores tenían miedo de comprometer su identidad, ya que seguía en activo. Lo mejor era pasar a engrosar las filas de otra organización clandestina, en este caso la OSS yankee, trabajando para sus compatriotas. Su misión: regresar de nuevo a la boca del lobo, la Francia ocupada, donde asumiría la identidad de una vieja campesina del pequeño pueblo de Crozant, en el centro del país.

Como buena espía, para evitar ser reconocida después de que la Gestapo empapelase las calles de las ciudades francesas con su imagen, tiñó su pelo de gris cenizo y se pintó arrugas en el contorno de sus ojos. Además, acudió a un dentista londinense para que estropeara su dentadura (hasta ese momento impoluta) para que se asemejara a la de una persona mayor. La noche del 21 de marzo de 1944, un bote hinchable lanzado al agua por una torpedera de la Marina Real británica recaló en la playa de Beg-an-Fry, en la Bretaña francesa. A bordo iba Virginia, de entonces 38 años, y otro espía estadounidense de 62. Aquella «mujer sin importancia» iba envuelta en ropas desgastadas y portaba una raída maleta en cuyo interior escondía un radiotransmisor.

Playa de Beg an Fry

De nuevo en la Francia ocupada

Los dos agentes infiltrados atravesaron una zona rodeada de arbustos y maleza hasta que desembocaron en una sinuosa carretera que les llevó hasta la estación de tres más próxima. Si eran interceptados por la Gestapo su destino habría estado escrito con sangre.

Virginia encontró refugio en la discreta finca de un granjero situada junto a los escarpados desfiladeros de granito del río Creuse, en el pequeño pueblo de Crozant, en el centro de Francia. Su nombre era Marcelle Montagne y allí cuidaba vacas, hacía queso y ayudaba al propietario. Era habitual verla por los caminos pastoreando ovejas. Su trabajo clandestino lo realizaba en el granero, donde colocó el radiotransmisor: se había convertido en operadora de radio y enviaba mensajes con el nombre en código de «Diana», aunque tenía otros alias, como «Marie Monin», «Germaine» y «Carmille», mientras que los alemanes, que desconocían su identidad, la apodaban «Artemisa»; formaba asimismo parte de la Red Saint.

Hall bajo la identidad de Marcelle Montagne

Las órdenes que había recibido de la OSS era entrenar a grupos de combatientes franceses para ejecutar operaciones de sabotaje contra infraestructuras alemanas, para lo que Churchill había contribuido al ordenar a la RAF que lanzara en paracaídas más de 3.000 toneladas de armas y provisiones para la Resistencia. Durante ese tiempo, mientras establecía contacto con los resistentes, enviaba a sus jefes al otro lado del Canal de la Mancha información vital sobre los movimientos de las tropas alemanas. Y aunque su tapadera era solvente, fue interrogada y varios agricultores locales asesinados. Ante el riesgo de ser finalmente descubierta, transmitió por radio a Londres el siguiente comunicado in extremis antes de huir: «Los lobos están en la puerta».

Preparando el Día D

Pero ese no fue el último acto de espionaje de Hall, pues tendría un papel clave nada menos que en Día D que allanaría el camino hacia la victoria aliada contra Hitler. Las semanas previas al Desembarco de Normandía estableció su red clandestina de Resistencia en la ciudad de Cosne, dividiendo la organización en cuatro grupos de resistencia de 25 hombres cada uno a los que encargaron diversos actos de sabotaje contra las unidades alemanas, retrasando así su avance hacia Normandía: dinamitar puentes y carreteras, descarrilar trenes de mercancías, derribar líneas telefónicas y capturar a varios prisioneros alemanes.

En aquella misión contó con la ayuda de otros valientes espías, algunos con nombre de mujer como las agentes del SOE Diana Hope Rowden, Violette Szabo y Lilian Rolfe, que corrieron peor suerte que ella (fueron detenidas por la Gestapo y ejecutadas en el campo de concentración de Rävensbruck), así como el grupo de superespías que engañaron a Hitler sobre el verdadero punto de Desembarco, entre ellos el español Juan Pujol «Garbo».

Violette Szabo

A pesar de los numerosos intentos y la inquina que le tenía Klaus Barbie, que convirtió el asunto en personal, la Gestapo nunca la capturó. Al acabar la Segunda Guerra Mundial fue condecorada por el gobierno de Francia, siguiendo los pasos de lo que hizo el británico en 1943, y le concedió la Croix de Guerre avec Palme, mientras que el gobierno de Estados Unidos le hizo entrega de la Cruz por Servicio Distinguido, la única mujer que recibió dicha distinción en tiempos de 007 con pelos en el pecho y mucha testosterona y continuó trabajando para la OSS y posteriormente en su reconversión en la CIA, siendo una de las primeras mujeres empleadas por la agencia, donde ejerció como analista de inteligencia sobre asuntos franceses hasta su jubilación en 1966, cuando se retiró a una granja de Maryland. A pesar de que su epopeya es apenas recordada en Europa, la sede de la CIA tiene una instalación que lleva su nombre en reconocimiento a sus importantes servicios.

Virginia Hall, la espía coja que mandaba mensajes a Londres con el nombre en clave de «Diana», como la diosa romana de la caza (una auténtica «cazanazis») y que trajo de cabeza a los servicios secretos alemanes, moría en su país natal, en Rockville (Maryland), el 8 de julio de 1982 a los 76 años.

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

De mano de la editorial Crítica (Grupo Planeta) nos llega este soberbio ensayo firmado por la autora y periodista británica Sonia Purnell, una monografía que devuelve a la espía norteamericana al lugar que le corresponde en la Historia, una Historia que la ha mantenido en el olvido demasiado tiempo como a otras combatientes por la libertad que, al ser mujeres, fueron, por desgracia, mucho menos reconocidas por sus hazañas.

En Una mujer sin importancia. La historia de Virginia Hall asistimos al nacimiento de una heroína que desafiará las normas imperantes de su época y que realizará, como vimos en el post, una amplia formación académica que completará dando el salto al Viejo Continente desde su Norteamérica natal. Una auténtica aventurera que se colocará en el servicio diplomático hasta que viaja a Turquía, donde tendrá lugar el accidente que marcará su vida y que la convertirá en la «dama coja» para los Boches.

En las vibrantes páginas de este ensayo que se lee como el mejor thriller histórico comprobaremos también el nacimiento de una espía: cómo es reclutada, su entrenamiento y su primer lanzamiento sobre territorio de la Francia ocupada, desafiando al peligro y consiguiendo valiosa información primero para el SOE y más tarde para la OSS. La persecución implacable de la Gestapo, la evasión (tras rechazar en varias ocasiones la huida ordenada por sus superiores), su retención en la frontera española, su vuelta a Inglaterra y su casi temerario regreso a territorio francés para facilitar, entre otras, el Desembarco aliado en las costas de Normandía y la liberación de varias zonas francesas de mano de los nazis tras el Día D. La epopeya justamente reivindicada de una mujer «con mucha» importancia. Podéis adquirir el libro en el siguiente enlace:

https://www.planetadelibros.com/libro-una-mujer-sin-importancia/320334