Richard Sorge: un espía impecable (I)

Fue uno de los grandes agentes de inteligencia del siglo XX, y sin embargo es un gran desconocido en Occidente. De origen alemán, trabajó para los rusos en Japón, donde obtuvo una relevante y delicada información vital para el esfuerzo de guerra aliado, aunque el país del sol naciente sería también su tumba. Ahora, la editorial Crítica publica un ensayo que devuelve al personaje a su justo lugar en la historia contemporánea.

Aunque es difícil rastrear la vida de los espías, que suelen alterar su biografía unas cuantas veces en loor de su cometido, se sabe que Richard Sorge nació el 4 de octubre de 1895 –apenas seis años después que Hitler–, en la ciudad de Adjikend, en los campos petroleros del Cáucaso, el 4 de octubre de 1885. Su padre, Wilhelm Richard Sorge, era un ingeniero alemán de minas que trabajaba para una compañía petrolera y su madre, Lina Kobeller, era natural de Bakú, una localidad no muy lejana de Adjikend.

Wandervogel

Desde pequeño, se impregnó de la ideología patriótica y pangermana de su círculo íntimo, siendo ferviente admirador de la conocida como Organización de la Juventud, la Wandervogel. Sorge tenía dieciocho años cuando estalló la Primera Guerra Mundial que acabaría con su vida aburguesada como la de tantos jóvenes de su generación, y tras presentarse voluntario, fue instruido en el manejo de armas y en la manera de desfilar entonando himnos patrióticos, siendo destinado al Tercer Regimiento de Artillería de Campo, cuya división fue diezmada. Después, durante la agónica guerra de trincheras que caracterizó aquel conflicto, fue herido con metralla en la pierna derecha, permaneciendo en el hospital de Berlín, donde estudió con perseverancia hasta aprobar la reválida.

De regreso en el frente, volvió a ser herido, esta vez de gravedad, en las dos piernas, lo que le serviría para obtener una Cruz de Hierro de segunda clase pero le provocaría una cojera permanente, que hacía muy característicos sus movimientos. Ya entonces, ante los horrores de la batalla y la fragilidad de la vida, comenzó a observar el mundo que le rodeaba con otros ojos. Durante su segunda convalecencia, el joven Sorge permaneció ingresado en el Hospital de la Universidad de Königsberg, donde mantuvo una relación con una enfermera de origen judío que era hija de un intelectual marxista. Pasando horas escuchando acerca de política, Sorge abrazaría la misma ideología con devoción, convirtiendo su ideología, con apenas veintiún años, en el pilar principal de su existencia.

Primeros pasos en la clandestinidad

Así, empezó a devorar los clásicos marxistas y socialistas, en un momento en el que en Rusia se producía la revolución que llevaría al viejo imperio de los Zares a transformarse en el centro neurálgico del comunismo internacional que daría pie a la Unión Soviética. Tiempo después, ya recuperado de sus heridas, aunque con la citada cojera como compañera inseparable del resto de su vida, se matriculó en la Facultad de Economía de Berlín, donde entró en contacto con las organizaciones socialistas y de izquierda. Tras licenciarse, en 1918 ingresó en la Universidad de Kiel, donde ejercería sobre él una marcada influencia el catedrático Kurt Gerlach, un convencido militante izquierdista, en cuya casa se reunían los estudiantes para debatir los problemas políticos.

Aquellos jóvenes habían fundado en 1917 el Partido Social Democrático Independiente de Alemania. Tras ingresar en él, Sorge fundó con otros dos compañeros la sección estudiantil del partido y, a través de conferencias sobre el movimiento obrero, tenía como labor captar a nuevos miembros. Tras ingresar en el Partido Comunista alemán, Richard Sorge se trasladó hasta Hamburgo para ultimar su tesis doctoral en ciencias políticas, que aprobaría con Suma cum laude. Estudiar no le impidió, no obstante, participar en actividades conspirativas y, puesto que el profesor Gerlach se trasladó a Aquisgrán, ofreció a su antiguo alumno el puesto de suplente de su cátedra.

Un periodista y agitador ideológicamente comprometido

Aquisgrán, en el centro de la región del Rin, donde antaño se encontrara el centro neurálgico del imperio de Carlomagno, era un «foco caliente» de lucha revolucionaria y el Partido Comunista aprovechó el cargo de Sorge –al que por aquel entonces todos sus amigos conocían como Ika– para pedirle que realizara actividades políticas en la zona. Allí creó una futura élite del Partido, impartiendo clases de literatura marxista y descubriendo su facilidad para reclutar y convencer, que tan valiosa le sería en un futuro. Dieciocho meses después, el Partido le encargó reclutar en secreto cuadros militares, y realizar actividades subversivas, en las que se estaba convirtiendo en un verdadero maestro.

Rosa Luxemburgo

En 1921 pasó a formar parte del periódico comunista La Voz de los Mineros y publicó a través de las prensas del mismo su primer libro, un breve comentario sobre el texto La acumulación del Capital, de la emblemática líder comunista germana Rosa Luxemburgo. Sorge frecuentaba con regularidad el hogar de Gerlach, donde impartía muchas de sus charlas políticas. Aquello acabó provocando la mutua atracción entre Sorge y la esposa del profesor, Christiane, quien un día confesó a su marido que amaba al otrora estudiante y que iba a pedir el divorcio. Como un caballero, Gerlach aceptó la situación al parecer sin estridencias y llegaron a un acuerdo los tres manteniendo una amable conversación. Nueve meses más tarde, Ika y Christiane contraían matrimonio y se instalaban en la zona minera de Solingen, donde Sorge continuaba al frente del periódico obrero.

A caballo entre Berlín y Fráncfort

Corría el 28 de septiembre de 1922 cuando éste, que probablemente estaba fichado por la policía como agitador comunista, se trasladó a Berlín, momento clave en su vida cuando el comité central de su partido le ofreció un empleo con sueldo. No obstante, Sorge pretendía terminar sus estudios, su formación era fundamental para él, y llegaron a un acuerdo: realizaría ciertas actividades políticas mientras desempeñaba su nuevo cargo de auxiliar del departamento de ciencias sociales de la Universidad de Fráncfort.

Aquel era un importante foco de vida intelectual y Gerlach se relacionaba con un grupo de intelectuales y con un tal Félix Weil, un millonario judío cuya gran fortuna era fruto del comercio de grano con Iberoamérica. Inspirado por la revolución rusa, Weil deseaba crear una fundación privada para realizar investigaciones socio-económicas, y Sorge pasó a formar parte del grupo como socio, donde pudo ampliar sus conocimientos académicos en los campos de la política y la economía, tan vinculados entre sí.

Félix Weil

Pronto, Sorge comenzó a desarrollar actividades clandestinas, consistentes en realizar labores de entrenamiento y trabajar de asesor para un periódico comunista, dentro de las funciones del departamento de «instrucción» al que pertenecía. Además, hacía de enlace secreto entre Berlín y la organización comunista en Fráncfort, responsabilizándose además de los fondos del partido y del material propagandístico que, corriendo, gran riesgo, escondía en su propio estudio o en la biblioteca científico-social del instituto. Mientras, Richard Sorge vivía con Christiane en una casita de campo que hacía las veces de punto de encuentro y reunión.

Camino de Moscú

Fue por aquel entonces cuando nuestro protagonista entraría en contacto con los rusos, momento que decidiría la suerte que correría en el futuro. Fue en 1923, a través de D.B. Riazánov, director del Instituto Marx-Engels de Moscú. Eran tiempos difíciles para los comunistas en Alemania; de hecho, en noviembre de 1924 el partido sería declarado ilegal por las autoridades de Weimar.

Instituto Marx-Engels de Moscú

Entonces los círculos comunistas alemanes –que ya eran objeto en sus mítines del fanatismo y la ira de los camisas pardas–, debatían la dependencia de Moscú, tras el fracaso de la revolución comunista en Alemania, que había estado alentada –y ayudada con armamento– por los rusos. En medio de estos problemas, el Komintern envió a Fráncfort seis altos delegados para negociar. El encargado de servirles de cicerone y alojarlos fue el mismo Sorge, que impresionó sobremanera a uno de los más notables miembros del Comité Ejecutivo del Komintern, Zacharovich Smitri Manuilsky.

Una vez terminadas las reuniones al más alto nivel, los delegados soviéticos le pidieron a Sorge –según el mismo dejaría escrito– que se personase en el Cuartel General del Komintern en Moscú antes de que terminara el año, para trabajar con ellos. La propuesta de la delegación rusa fue encargarle la creación de una oficina de Inteligencia para la Internacional Comunista, algo que aprobarían en Berlín con unanimidad los dirigentes del Partido. Así, a finales de 1924 éste partió de la capital alemana hacia Moscú acompañado de Christiane. Empezaría a trabajar directamente para los rusos en 1925. Su vida no volvería a ser la misma. Comenzaban los primeros pasos en inteligencia del que sería uno de los más grandes espías de todos los tiempos.

Este post continuará de forma inminente en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER UN POQUITO (MUCHO) MÁS:

–HERRADÓN, Óscar: Espías de Hitler. Las operaciones de espionaje más importantes y controvertidas de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga (Gruplo Planeta), 2016.

–MATAS, Vicente: Sorge. Los Revolucionarios del Siglo XX. 1978.

–WHYMANT, Robert: Stalin’s Spy: Richard Sorge and the Tokyo Espionage Ring. I. B. Tauris and & Co Ltd, 2006.

UN ESPÍA IMPECABLE:

Y para ahondar en la figura de Sorge con datos completamente actualizados (basados en informes confidenciales recientemente desclasificados y nueva documentación reveladora), nada mejor que sumergirnos en las páginas de Un espía impecable. Richard Sorge, el maestro de espías al servicio de Stalin, que acaba de publicar Crítica en una alucinante edición en tapa dura. Su autor, Owen Matthews es un periodista de dilatada trayectoria que ha estado en primera línea de fuego en diferentes conflictos como corresponsal de la revista Newsweek en Moscú. Nadie mejor que él, pues, para hablarnos de un agente secreto en nómina del Kremlin que también fue un aventurero y también arriesgó su seguridad en pos de un ideal.

Matthews

Con formación en Historia Moderna por la Universidad de Oxford, antes de entrar en Newsweek, al comienzo de su carrera periodística, Matthews cubrió la guerra de Bosnia y ya en las filas de dicha publicación cubrió la segunda guerra chechena, la de Afganistán y la de Irak, así como el conflicto del este de Ucrania. Ha sido colaborador también de medios tan importantes como The Guardian, The Observer y The Independent y ganó varios premios con su libro de 2008 Stalin’s Children. Un espía impecable ha sido elegido libro del año por The Economist y The Sunday Times. He aquí el enlace para adquirirlo:

https://www.planetadelibros.com/libro-un-espia-impecable/324957

Los Protocolos de los Sabios de Sión: la farsa que cambió la historia de Europa (I)

Las teorías de la conspiración no son inocuas. Algunas pueden ser muy dañinas, e incluso criminales. En estos tiempos cibernéticos de trolls, foreros de doble identidad, fake-news e información globalizada muchas veces sin control, éstas campan a sus anchas por la Red…

Óscar Herradón ©

…desde las clásicas, algunas con cierto asomo de verdad, pues la conspiración ha existido, existe y existirá siempre mientras el hombre campe sobre la tierra, léase las oscuridades en torno al asesinato de Kennedy, los gobiernos en la sombra o lo que oculta el Vaticano, a otras de nuevo cuño, una mezcolanza de ideas absurdas y pseudoverdades que hablan de que la tierra es plana, la vacuna del Covid contienen metales pesados o que a una pizzería de Washington da cobijo a una oscura red de pederastas satánicos. Puede parecer algo moderno, lo de usar la conspiranoia para cosechar poder y derrocar al adversario, pero lo cierto es que es algo bien antiguo, y unos de los máximos exponentes a la hora de utilizar falsas historias para sacar rédito político fueron los nazis, desde sus misma configuración ideológica.

Leyes de Núremberg

Una de las bases de su ideario (y semilla de lo que con el tiempo acabaría tomando la siniestra forma de la Shoa), fue un texto envenenado con rimbombante título que algunos vuelven a reivindicar hoy en las RRSS como «la verdad» en lo que no es sino una reavivación de viejos y retorcidos fantasmas. 

Los orígenes de estas actas bautizadas como Los Protocolos de los Sabios de Sión son oscuros y dudosos; existen mil y una teorías sobre el mismo pero estudiosos de la talla de Norman Cohn, que en los años sesenta llevó a cabo la más minuciosa investigación sobre su origen y difusión a través del análisis de miles de documentos y de numerosas entrevistas a miembros de las SS y a antiguos nazis (fruto de la cual nació su trabajo El mito de la conspiración judía mundial), han contribuido a arrojar algo de luz sobre su forja e inusitado éxito posterior, rodeados, no obstante, insisto, de múltiples sombras. Ahora han sido publicados importantes trabajos que recojo al final del artículo.

Cuando los nazis llegaron al poder en 1933 comenzaron a distribuir de forma masiva ejemplares de los envenenados Protocolos, extendiendo su fama por toda Europa; hasta tal punto se desató la alarma que la comunidad judía de Suiza, sintiéndose amenazada, denunció a la dirección de la organización nazi en Berna y en 1935 se inició una investigación sobre la autenticidad o falsedad del texto sobre el que se interesaron periodistas y estudiosos de todo el mundo.

ROSER 1

No fue el primer intento de desvelar el fraude. En 1921, cuando los Protocolos gozaban de gran éxito en Estados Unidos principalmente gracias al multimillonario fabricante de automóviles Henry Ford, virulento antisemita, que se dedicó a divulgarlos, un periodista del rotativo británico The Times, Philip Graves, descubrió en Estambul –o eso afirmaba en una historia digna de una novela de espionaje– la obra Diálogo en el Infierno, de Maurice Joly (uno de los textos seminales de los Protocolos), y la similitud excesiva de la conspiración judía con ésta. Durante tres días seguidos, en agosto de 1921, el diario publicó una serie de artículos en los que informaba, entre otras cosas, que «los Protocolos (…) son solo un torpe fraude producido por un plagiario inconsciente que parafraseó un libro publicado en Bruselas en 1865».

Maurice Joly

Pero aquello no preocupó a los nazis, que siguieron considerando el texto como verídico. Joseph Goebbels, maestro de la contrainformación y la propaganda, llegaría a decir del texto: «Los Protocolos de los sionistas son tan actuales hoy como lo fueron el día en que fueron publicados por primera vez». Palabras cuasi proféticas que hoy cobran notoriedad si tenemos en cuenta que, con matices y actualizaciones, son la base de las nuevas conspiraciones de la ultraderecha populista.

Según las pesquisas –los demandantes obtuvieron las declaraciones de varios emigrados rusos de ideas liberales–, todo apuntaba a que Los Protocolos de los Sabios de Sión habían sido creados por la temible policía secreta zarista, la Okhrana –u Orjana–, tristemente célebre por llevar a cabo brutales interrogatorios y torturas (hacía desaparecer a sospechosos sin dejar huella alguna) que sería la base del NKVD soviético y serviría de fuente de inspiración a la mismísima Gestapo, la policía secreta nazi.

Pero debemos remontarnos tiempo atrás para ver el origen de un texto deliberadamente falseador de la historia que mostraba a los judíos como seres cuasi infernales, integrantes de siniestras organizaciones secretas cuyo cometido era acabar con el mundo conocido e instaurar el judaísmo internacional en todo el orbe, visión apocalíptica que asimilaría profundamente Hitler en su cosmovisión.

Dudosos orígenes

Siguiendo el trabajo de Norman Cohn, parece que la raíz del mito de una conspiración judía mundial, en su forma moderna (no medieval), se la debemos a un clérigo francés, el abate Barruel, que en su alucinada y extensa obra –en cinco volúmenes– Mémoire pour servir a l’histoire der Jacobinisme, presentaba la Revolución Francesa como la culminación de la más secreta de las sociedades secretas. Como en la actualidad afirman muchos conspiracionistas en historias similares, Barruel culpaba a los templarios, cuya Orden –según él– no había sido aniquilada por completo en 1314, sino que había sobrevivido como sociedad secreta cuya misión era abolir las monarquías, derrocar al Papado y fundar una república mundial bajo su control.

Voltaire

La imaginación de Barruel era desbordante y afirmaba que también la masonería estaba controlada por estos conspiradores natos, que habían creado una academia literaria secreta formada por personajes tan notorios como Voltaire, Diderot o D’Alembert y cuyas publicaciones socavaban la moral y la verdadera religión –el catolicismo, claro– de los franceses. Ni qué decir tiene que Barruel incurría en mil y una falacias históricas, la mayoría relacionadas con la masonería, cuya organización y pretensiones no comprendía en absoluto, pero poco le importó.

Ahora sí, los judíos

Sin embargo, aunque el sacerdote francés culpaba a los masones de todos los males, apenas hacía referencia a los judíos. Sería en 1806 cuando un extraño personaje entró en escena y envió un documento al religioso que parece ser la primera de una serie de falsificaciones que culminarían en los Protocolos.

Visión del judío como un ser demoníaco

El documento era una carta escrita por un tal J. B. Simonini, un supuesto oficial del ejército italiano que ponía a Barruel sobre aviso del peligro que suponía la «secta judaica», sin duda, «el poder más formidable, si se tiene en cuenta su gran riqueza y la protección de que goza en casi todos los países europeos». Aquel fue el detonante de una de las mayores falsificaciones, y más dañinas, de la historia moderna.

Edición de Los Protocolos de 1912 con símbolos ocultistas

El tal Simonini afirmaba que en una ocasión se había hecho pasar por judío de nacimiento ante unos poderosos judíos del Piamonte que le mostraron grandes sumas de oro y plata a quienes «abrazaran su causa»; le prometieron además hacerle general si se hacía masón y le revelaron todos sus secretos, como que Manes y el Viejo de la Montaña eran también judíos –lo que era deliberadamente falso– y que la Orden de los francmasones y los Illuminati habían sido fundadas por judíos, una verdadera falacia, ya que en el siglo XVIII los masones eran generalmente hostiles a los judíos y muchas logias no los aceptaban entre sus miembros.

Él solito, Simonini, había «descubierto» que solo en Italia más de 800 eclesiásticos eran judíos, entre ellos obispos y cardenales, al igual que sucedía en España, y que se esperaba que dentro de poco, incluso, hubiese un Pontífice judío. Simonini avisaba del peligro que suponía que en algunos países se hubiera concedido todos los derechos civiles a los judíos (lo que recordaba notablemente a lo que pasaría tiempo después en la Alemania de Hitler) y que éstos acabarían haciéndose con todas las tierras y las propiedades, dejando a los cristianos sin nada.

En menos de un siglo –continuaba el misterioso remitente– los judíos serían los amos del mundo, «convertirían todas las iglesias cristianas en sinagogas y reducirían a los cristianos restantes a un estado de total esclavitud»; además, los judíos aniquilarían a la Casa de Borbón, el último impedimento para alcanzar su objetivo.

Barruel, como era de esperar, dio pábulo al que sería el embrión del mito de la conspiración judeomasónica que tanto daño causaría a partir de entonces. El eclesiástico galo ideó una nueva obra en la que hablaba de una conspiración revolucionaria que duraba siglos, desde Manes hasta los masones, pasando por los templarios medievales y en la que el mismo Napoleón Bonaparte –a sugerencia de Simonini– era también judío, pues debido a la defensa que hizo de los principios de libertad, igualdad y fraternidad, dondequiera que llegó su poder se emancipó a éstos.

Sociedades secretas en Alemania

Durante décadas estas fantasías no tuvieron mucho eco, pero a partir de 1850 reapareció el mito en Alemania como un arma de la extrema derecha en su combate con las nuevas ideologías del liberalismo, la democracia y el secularismo. En ese ambiente, contribuirían a enredar aún más la madeja y a aportar su retorcido granito de arena diversos personajes que fueron haciendo más grande la teoría de la conspiración. Por ejemplo, la novela Biarritz del ex oficial de correos Hermann Goedsche, que firmaba con el pseudónimo Sir John Retcliffe.

Retcliffe

Uno de sus capítulos se titulaba «En el cementerio judío de Praga» que, en el lenguaje romántico de la época, describía una reunión nocturna, secreta, que se celebraba cada siglo en el cementerio de la ciudad checa durante la fiesta de los Tabernáculos. A ella –decían– acudían los doce jefes de las tribus de Israel que se reunían en torno al representante de la casa de Aarón, al que informaban sobre sus actividades subversivas durante el siglo transcurrido y que conspiraban para que Israel volviese a convertirse en dueño absoluto de la Tierra.

El inquietante viejo cementerio judío de Praga

Aquel ejemplo de pura ficción romántica y antisemita comenzó a divulgarse como cierto y sería origen del conocido como «Discurso del Rabino». Curiosamente, serían los antisemitas rusos los primeros en divulgar dicha historia como un episodio real; después lo haría Francia, Alemania… en periódicos y publicaciones vinculados a la extrema derecha y al catolicismo. En 1887, Theodor Fritsch lo publicó en su «catecismo» para agitadores antisemitas, así como diferentes periódicos de Austria. Su carrera de popularidad era ya imparable.

Fritsch

Fritsch dedicaría un capítulo entero a las «sociedades secretas judías» en su Manual de la cuestión judía, que durante el Tercer Reich sería, junto a los Protocolos, texto de cabecera en las escuelas. Un año después de que Goedsche publicara su novela, el francés Gougenot des Mousseaux publicó otro que se consideraría la Biblia del antisemitismo moderno y que vincularía, como en la Edad Media, a los judíos con la adoración a Satanás.

Mousseaux

Mousseaux estaba convencido de que el mundo estaba cayendo en las garras de un misterioso grupo de adoradores del maligno, a quienes llamaba «los judíos de la Cábala», y consideraba este culto maligno como práctica habitual también de los maniqueos, los gnósticos, los Hashshashin, los templarios y los masones. En la línea de Barruel, apuntaba que pretendían la dominación mundial. Mousseaux dejaría el camino abonado para el abate Chauty, canónigo honorario de Poitiers y Angulema, autor de la denominada «Carta de los judíos de Constantinopla». Según ésta, a lo largo de toda la Diáspora habría existido un gobierno judío único y secreto, con un plan inmutable de dominación mundial.

Este post tendrá una inminente continuación en «Dentro del Pandemónium».

PARA INDAGAR MUCHO MÁS:

Recientemente, con la reactivación de tamaña farsa en el universo cibernético por grupos extremistas y herederos del viejo nacionalsocialismo, se han publicado nuevos y documentados trabajos sobre el asunto. Uno de los más importantes es Los Protocolos de los Sabios de Sión. Una historia infame, y salió hace apenas unos meses al mercado de mano de una de las editoriales que más cuidan las publicaciones de historia, Marcial Pons.

Su autor es el profesor de la Universidad Carlos III José Ramón Cruz Mundet. Allí dirige el Máster en Archivística. Es, además, Doctor en Historia y experto en gestión de documentos, autor de una extensa bibliografía y responsable de proyectos de digitalización en organizaciones públicas y privadas. Nadie mejor que él para unificar los numerosos textos –algunos incluso dispares– que acabaron dando forma a la conspiración antisemita de los Protocolos y para guiarnos en el rastreo de los antecedentes de una gigantesca conjura que serviría para justificar un odio que perdura todavía hoy bajo distintas formas. He aquí la forma de adquirirlo:

https://www.marcialpons.es/libros/una-historia-infame/9788417945220/

El otro es el último trabajo de uno de los mayores expertos en historia contemporánea y en la Segunda Guerra Mundial, el británico Richard J. Evans y se centra en exclusiva en ese pensamiento tendente a la conjura que invadía toda la ideología nazi y que le serviría para justificar sus atrocidades con los judíos y otras minorías, entre ellos, principalmente, una creencia férrea en el contenido de los Protocolos.

En Hitler y las teorías de la conspiración. El Tercer Reich y la imaginación paranoide, Evans propone una mirada crítica a la era de la «posverdad» en la que los «hechos alternativos» han ido ganando terreno, algo muy similar a lo que sucedió en la Europa de Entreguerras y en la Alemania nazi. Para situarnos en la materia, el autor escoge cinco de las teorías conspirativas más duraderas sobre el Tercer Reich y las analiza con el rigor que le caracteriza para explicar cómo éstas puedes no solo movilizar a las masas, sino instalarse como verdades históricas oficiales de un régimen.

Por supuesto, comienza con la de mayor envergadura, Los Protocolos de los Sabios de Sión, esa supuesta conspiración del pueblo judío para socavar la civilización –y que recuerda, mucho, a discursos actuales sobre el inmigrante y el diferente–; sigue con el mito del «Puñal por la Espalda» (en alemán, Dolchstosslegende), según el cual los socialistas y los judíos fueron los responsables de impulsar al ejército alemán de aceptar la derrota en la Gran Guerra, en base a oscuros intereses creados.

El tercer lugar lo ocupa incendio del Reichstag, que aunque se trató realmente de una operación de «falsa bandera» (fue realmente provocado por los nazis para instalarse en el poder, pero se acusó del mismo al joven comunista Marinus van der Lubbe, drogado y puesto en el lugar de los hechos) estuvo siempre rodeada de un aura de conjura y complot que se instaló con fuerza entre los alemanes.

Otra de las teorías de la conspiración más importantes –y persistentes– es el misterioso vuelo del viceführer Rudolf Hess a Reino Unido en 1941 supuestamente con la intención de firmar la paz con el imperio británico a espaldas (o no) del Führer. Hess permanecería en la prisión alemana de Spandau hasta 1987, año de su (supuesto) suicidio a los 93 años, que levantó todo tipo de interpretaciones y sospechas.

Y finalmente, Evans se centra en el eterno rumor de que Hitler huyó del Führerbunker en 1945, en un Berlín sitiado, y escapó a Sudamérica para vivir el resto de sus días oculto y sin ser juzgado, rumor que impulso por interés estratégico el propio Stalin y el Kremlin y que llegaría a barajar como posible el mismo FBI, que posee un informe en dicho sentido. Evans, con una quirúrgica observación de los hechos, investiga sus orígenes y la causa de su permanencia para demostrar que «la explotación consciente de los mitos y las mentiras con fines políticos no resultan ser una creación del siglo XXI». De hecho, se remontan mucho más atrás de los nazis, hasta la antigüedad, al origen de las civilizaciones y al ansia del hombre por mantener o alcanzar el poder. He aquí la forma de adquirirlo:

https://www.planetadelibros.com/libro-hitler-y-las-teorias-de-la-conspiracion/330637

Virginia Hall: una mujer «sin» importancia» (II)

Fue calificada por los nazis como «la espía más peligrosa de Francia». Ahí es nada, si tenemos en cuenta que la Segunda Guerra Mundial fue la edad dorada del espionaje internacional, al menos hasta la Guerra Fría. Entre los superespías que engañaron a Hitler no se la suele incluir, y sin embargo, fue una de las piezas clave para el triunfo del desembarco aliado en las playas de Normandía el 6 de junio de 1944, entre otras muchas hazañas que ahora reivindica el ensayo Una mujer sin importancia, editado por Crítica.

Óscar Herradón ©

Tras su liberación de las autoridades españolas por la intervención de EEUU, Virginia dejaría de trabajar para el SOE y pasó a formar parte de la OSS, embrión de la futura CIA. Su viaje hacia la frontera con la Península había sido toda una odisea, pero logró huir a pesar de la pierna de madera –a la que ella misma se refería con el mote cariñoso de Cuthbert– y del dolor que le causaba caminar en exceso. Antes de la llegada a la frontera, escribió a sus superiores en Londres: «Cuthbert está dando problemas». El agente que leyó el mensaje desconocía su minusvalía, así que le aconsejó que si Cuthbert daba problemas «debía eliminarlo». El SOE no se andaba con tonterías.

Tras regresar a Reino Unido, y tras pasar un buen espacio de tiempo trabajando para el SOE en Madrid, en julio de 1943 la nombraron en secreto Miembro de la Orden del Imperio Británico por sus logros. Querían haberle brindado mayores honores pero sus superiores tenían miedo de comprometer su identidad, ya que seguía en activo. Lo mejor era pasar a engrosar las filas de otra organización clandestina, en este caso la OSS yankee, trabajando para sus compatriotas. Su misión: regresar de nuevo a la boca del lobo, la Francia ocupada, donde asumiría la identidad de una vieja campesina del pequeño pueblo de Crozant, en el centro del país.

Como buena espía, para evitar ser reconocida después de que la Gestapo empapelase las calles de las ciudades francesas con su imagen, tiñó su pelo de gris cenizo y se pintó arrugas en el contorno de sus ojos. Además, acudió a un dentista londinense para que estropeara su dentadura (hasta ese momento impoluta) para que se asemejara a la de una persona mayor. La noche del 21 de marzo de 1944, un bote hinchable lanzado al agua por una torpedera de la Marina Real británica recaló en la playa de Beg-an-Fry, en la Bretaña francesa. A bordo iba Virginia, de entonces 38 años, y otro espía estadounidense de 62. Aquella «mujer sin importancia» iba envuelta en ropas desgastadas y portaba una raída maleta en cuyo interior escondía un radiotransmisor.

Playa de Beg an Fry

De nuevo en la Francia ocupada

Los dos agentes infiltrados atravesaron una zona rodeada de arbustos y maleza hasta que desembocaron en una sinuosa carretera que les llevó hasta la estación de tres más próxima. Si eran interceptados por la Gestapo su destino habría estado escrito con sangre.

Virginia encontró refugio en la discreta finca de un granjero situada junto a los escarpados desfiladeros de granito del río Creuse, en el pequeño pueblo de Crozant, en el centro de Francia. Su nombre era Marcelle Montagne y allí cuidaba vacas, hacía queso y ayudaba al propietario. Era habitual verla por los caminos pastoreando ovejas. Su trabajo clandestino lo realizaba en el granero, donde colocó el radiotransmisor: se había convertido en operadora de radio y enviaba mensajes con el nombre en código de «Diana», aunque tenía otros alias, como «Marie Monin», «Germaine» y «Carmille», mientras que los alemanes, que desconocían su identidad, la apodaban «Artemisa»; formaba asimismo parte de la Red Saint.

Hall bajo la identidad de Marcelle Montagne

Las órdenes que había recibido de la OSS era entrenar a grupos de combatientes franceses para ejecutar operaciones de sabotaje contra infraestructuras alemanas, para lo que Churchill había contribuido al ordenar a la RAF que lanzara en paracaídas más de 3.000 toneladas de armas y provisiones para la Resistencia. Durante ese tiempo, mientras establecía contacto con los resistentes, enviaba a sus jefes al otro lado del Canal de la Mancha información vital sobre los movimientos de las tropas alemanas. Y aunque su tapadera era solvente, fue interrogada y varios agricultores locales asesinados. Ante el riesgo de ser finalmente descubierta, transmitió por radio a Londres el siguiente comunicado in extremis antes de huir: «Los lobos están en la puerta».

Preparando el Día D

Pero ese no fue el último acto de espionaje de Hall, pues tendría un papel clave nada menos que en Día D que allanaría el camino hacia la victoria aliada contra Hitler. Las semanas previas al Desembarco de Normandía estableció su red clandestina de Resistencia en la ciudad de Cosne, dividiendo la organización en cuatro grupos de resistencia de 25 hombres cada uno a los que encargaron diversos actos de sabotaje contra las unidades alemanas, retrasando así su avance hacia Normandía: dinamitar puentes y carreteras, descarrilar trenes de mercancías, derribar líneas telefónicas y capturar a varios prisioneros alemanes.

En aquella misión contó con la ayuda de otros valientes espías, algunos con nombre de mujer como las agentes del SOE Diana Hope Rowden, Violette Szabo y Lilian Rolfe, que corrieron peor suerte que ella (fueron detenidas por la Gestapo y ejecutadas en el campo de concentración de Rävensbruck), así como el grupo de superespías que engañaron a Hitler sobre el verdadero punto de Desembarco, entre ellos el español Juan Pujol «Garbo».

Violette Szabo

A pesar de los numerosos intentos y la inquina que le tenía Klaus Barbie, que convirtió el asunto en personal, la Gestapo nunca la capturó. Al acabar la Segunda Guerra Mundial fue condecorada por el gobierno de Francia, siguiendo los pasos de lo que hizo el británico en 1943, y le concedió la Croix de Guerre avec Palme, mientras que el gobierno de Estados Unidos le hizo entrega de la Cruz por Servicio Distinguido, la única mujer que recibió dicha distinción en tiempos de 007 con pelos en el pecho y mucha testosterona y continuó trabajando para la OSS y posteriormente en su reconversión en la CIA, siendo una de las primeras mujeres empleadas por la agencia, donde ejerció como analista de inteligencia sobre asuntos franceses hasta su jubilación en 1966, cuando se retiró a una granja de Maryland. A pesar de que su epopeya es apenas recordada en Europa, la sede de la CIA tiene una instalación que lleva su nombre en reconocimiento a sus importantes servicios.

Virginia Hall, la espía coja que mandaba mensajes a Londres con el nombre en clave de «Diana», como la diosa romana de la caza (una auténtica «cazanazis») y que trajo de cabeza a los servicios secretos alemanes, moría en su país natal, en Rockville (Maryland), el 8 de julio de 1982 a los 76 años.

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

De mano de la editorial Crítica (Grupo Planeta) nos llega este soberbio ensayo firmado por la autora y periodista británica Sonia Purnell, una monografía que devuelve a la espía norteamericana al lugar que le corresponde en la Historia, una Historia que la ha mantenido en el olvido demasiado tiempo como a otras combatientes por la libertad que, al ser mujeres, fueron, por desgracia, mucho menos reconocidas por sus hazañas.

En Una mujer sin importancia. La historia de Virginia Hall asistimos al nacimiento de una heroína que desafiará las normas imperantes de su época y que realizará, como vimos en el post, una amplia formación académica que completará dando el salto al Viejo Continente desde su Norteamérica natal. Una auténtica aventurera que se colocará en el servicio diplomático hasta que viaja a Turquía, donde tendrá lugar el accidente que marcará su vida y que la convertirá en la «dama coja» para los Boches.

En las vibrantes páginas de este ensayo que se lee como el mejor thriller histórico comprobaremos también el nacimiento de una espía: cómo es reclutada, su entrenamiento y su primer lanzamiento sobre territorio de la Francia ocupada, desafiando al peligro y consiguiendo valiosa información primero para el SOE y más tarde para la OSS. La persecución implacable de la Gestapo, la evasión (tras rechazar en varias ocasiones la huida ordenada por sus superiores), su retención en la frontera española, su vuelta a Inglaterra y su casi temerario regreso a territorio francés para facilitar, entre otras, el Desembarco aliado en las costas de Normandía y la liberación de varias zonas francesas de mano de los nazis tras el Día D. La epopeya justamente reivindicada de una mujer «con mucha» importancia. Podéis adquirir el libro en el siguiente enlace:

https://www.planetadelibros.com/libro-una-mujer-sin-importancia/320334