Francofacts: desmontando los bulos sobre el franquismo

La editorial Pasado & Presente publica Francofacts, un libro que marca un antes y un después en la historiografía sobre el franquismo y que sin duda tu cuñado no quiere que leas. Su lectura deja un retrogusto de autenticidad y controversia que gustará o no, pero que no dejará indiferente a nadie, y que intenta hacernos llegar, en un virtuoso maridaje entre el humor y la academia, un mensaje a los españoles de bien: tu cuñado miente.

Óscar Herradón ©

Este libro marca un antes y un después en la historiografía sobre el franquismo. Un título que debería ser de obligada lectura en las escuelas. Un catálogo de respuestas a las sempiternas preguntas acerca de nuestro pasado común: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Se ha muerto Paco? El curioso lector podrá exclamar: ¡Esto no venía en mi libro de bachillerato! Su lectura deja un retrogusto de autenticidad y controversia que gustará o no, pero que no dejará indiferente a nadie. Dos jóvenes, aunque sobradamente preparadas, figuras de referencia en sus respectivos campos de creación aúnan esfuerzos para hacer llegar un mensaje a los españoles de bien: tu cuñado miente. Es el fruto del maridaje entre el humor y la academia, un irresistible cóctel que invita a reír y a pensar. 

La guerra incivil

El 18 de julio de este 2026 se cumplieron 90 años del trágico inicio del golpe de Estado que daría pie a la Guerra Civil Española (que en realidad comenzó un día antes, en el norte de África), y casi un siglo después la población española está más polarizada que nunca desde el fin de la dictadura, que siguió al fin de la brutal contienda y duró 40 años. En un tiempo del auge de la ultraderecha en todo el mundo, y también de los movimientos de izquierda radical que han alimentado en parte la llama totalitaria, al igual que los fracasos de las políticas supuestamente progresistas que en muchos lugares han causado el efecto contrario al pregonado por sus gobiernos, el recuerdo de aquella guerra fratricida –y las versiones contrapuestas sobre su origen, desarrollo y final–, en definitiva sus fantasmas, están más vivos que nunca desde hace más de cincuenta años.

Los movimientos de izquierdas utilizan a Franco al más mínimo embate para atacar a los nuevos referentes de la derecha (algunos sí, ultraderecha), mientras que estos mismos suavizan el papel represor del militar nacido en Ferrol (ya no «del Caudillo») mientras extienden versiones alternativas que distorsionan la realidad histórica de una época terrible. Es entonces cuando se hace necesario, en medio de este maremágnum agitado y crispado, poner los puntos sobre las íes, desvirtuar teorías conspirativas sin fundamentos y acudir a las fuentes primarias para confeccionar la historia tal cual fue, nuestra historia, la de todos. No la historia alternativa, ni la sesgada ideológicamente (de una parte u otra del espectro ideológico, que aunque menos, también hay teorías conspirativas que ganan fuerza entre los sectores de izquierda).

En este sentido, y lejos de esa literatura revisionista hoy tan de moda que cala entre los jóvenes como nunca antes (muchos de ellos llegan a afirmar cosas como que «con Franco se vivía mejor» cuando el dictador murió hace más de cincuenta años), o que fue la izquierda la que inició la guerra en el 36, debemos reaccionar. No hay que minimizar, no obstante, algunos desvaríos de esos mismos movimientos de izquierda que ayudaron –que no justificaron, ojo– a abonar el campo de la rebelión: la quema de iglesias, la subversión al orden establecido, los golpes independentistas –como el de Cataluña que puso en un brete a Manuel Azaña–, etcétera. Pero no, no empezó la guerra el Frente Popular ni parece que dieran un pucherazo en las elecciones de febrero, como dicen una y otra vez, hasta la saciedad, los «grandes» conocedores de la historia del siglo XX.

Pues bien, este libro surge precisamente para echar abajo los muchos bulos sobre la bonhomía de Francisco Franco Bahamonde, por mucho que hiciera pantanos e implantara –mentira, no lo hizo él– nuestra Seguridad Social: cuando el dictador llegó al poder, este servicio llevaba más de treinta años en funcionamiento, iniciado a través de la comisión de reformas sociales de 1883 y comenzada a aplicarse en 1900, quedando la seguridad social institucionalizada en 1908 a través del Instituto Nacional de Previsión, INP. Pasado & Presente editorial, habitual en el Pandemónium por su amor y cuidado a la historia y a la divulgación, está detrás de la publicación de este Francofacts. Desmontando los bulos sobre el franquismo, del historiador y profesor asociado de la Universidad Autónoma de Madrid Fernando Hernández de Sánchez y el historietista español Pedro Vera, que como bien reza su subtítulo sirve para «Desmontar los bulos del franquismo», con mucha ironía, sarcasmo, mala leche y con ilustraciones realmente ingeniosas de Vera.

Patriota, honrado… y austero

Un lugar común de la historiografía revisionista y de los nostálgicos del régimen es que durante el franquismo «pudo haber corrupción, como en todo sistema político. Pero lo cierto es que Franco fue un ejemplo de austeridad y honradez», algo que desmonta sin dificultad Hernández de Sánchez (apoyado en una minuciosa bibliografía), que asegura que aunque la fama de tener las manos limpias es uno de los mitos más queridos por los franquistas: su ídolo entró en la guerra sin sueldo (porque la República le retiró al sublevarse su sueldo de general, de 2.500 pesetas al mes). A pesar de ello, Bahamonde contaba –como el resto de cómplices en la insurrección– con el seguro suscrito a su nombre por el financiero y contrabandista de tabaco Juan March (sí, el mismo que da nombre a la prestigiosa Fundación), por si las cosas salían mal.

Pazo de Meirás.

Tras la victoria, el Caudillo se autoasignó un sueldo de 50.000 pesetas al año, lo que según el autor «en absoluto explica el monto real que acumuló a lo largo de sus cuarenta años de ejercicio en el poder». Al margen de sus honorarios oficiales, Franco se enriqueció de manera fraudulenta por tres vías: la apropiación de donativos efectuados por particulares adictos a su causa; la venta de café regalado por la dictadura brasileña; y el soborno, disfrazado de donativo, de la empresa norteamericana de telecomunicaciones ITT. A o largo de los años de la guerra, Franco recibió en su cuartel general donaciones en metálico y en especie. Según las investigaciones del historiador Ángel Viñas, el Caudillo se habría reservado para sí mismo parte de las aportaciones que sus simpatizantes hicieron a la suscripción nacional abierta para financiar la guerra. Y mucho más: junto a dinero y joyas, el Caudillo recibió otros valiosos obsequios que engrosaron su patrimonio personal, como el Pazo de Meirás (A Coruña), el Palacio del Canto del Pico, en Torrelodones (Madrid); apartamentos en Alicante; fincas en Marbella; y olivares en Mancha Real (Jaén). Suma y sigue.

Spanish illustration of a dictator handling money amid stacks of cash
Imagen creada con la IA de WordPress.
Ley de Responsabilidades Políticas.

Mientras Franco y su entorno prosperaban de forma meteórica, sus principales partidarios se forraban mediante el pillaje autorizado por la Ley de Responsabilidades Políticas de febrero de 1939 que, en palabras del hispanista Paul Preston, fue «en esencia un mecanismo para justificar la expropiación masiva de los vencidos». Incontables patrimonios cambiaron de manos gracias a la delación, la denuncia o la usurpación, al tiempo que los vencidos quedaban en la ruina, ya fuera por las elevadísimas multas y sanciones económicas que acompañaban a las condenas impuestas por los tribunales militares o por la pérdida total de sus ahorros al ser declarado nulo y sin valor el dinero emitido por la República.

Otra fuente de enriquecimiento de los incondicionales de la dictadura pertenecientes a clases modestas fue la concesión de estancos de tabaco, despachos de aceite, licencias de taxi o puestos de portería y conserjería. De esta forma, el régimen generaba un sector social que le debía gratitud y dispuesto a colaborar como adulador entusiasta o como confidente. Las élites, por su parte, se vieron favorecidas por la purga del mundo intelectual, académico y técnico, y la propia familia del patriarca también sacó tajada de su poder: su yerno, el marqués de Villaverde, emprendió un negocio de importación de motos italianas de marca Vespa introducidas en el país a través de una sociedad de la que era presidente el marqués de Huétor de Santillán, jefe de la Casa Civil del Generalísimo, es decir, «uno de los que cortaba el bacalao en El Pardo». Los ejemplos son innumerables, y casi todos están explicados en este maravilloso libro ilustrado con corrosivos dibujos del artista Pedro Vera (uno de los maestros de la revista humorística El Jueves –que hasta no hace mucho, se publicaba los miércoles, cosas de la triste y letal crisis del kiosco–, donde fue creador, entre otros, de Nick Platino y Ortega y Pacheco) y escrito igualmente con cierta mala leche.

Cristóbal Martínez Bordiú

Regresando un momento sobre la familia del Caudillo, cuenta su autor que no se esperaba otra cosa de Cristóbal Martínez Bordiú, un señorito de segunda de la buena sociedad de Jaén con la carrera de medicina; y que una letrilla satírica corrió en los días que rodearon su boda con la única hija del dictador: «La niña quería un marido,/ la mamá quería un marqués, / el marqués quería dinero./ ¡Ya están contentos los tres!». El marqués de Villaverde acumuló gran cantidad de cargos públicos y privados, enriqueciéndose en poco tiempo. Entre 1950 y 1979 fundó, presidió o formó parte de los consejos de administración de diecisiete empresas, e introdujo a sus parientes en palacio, una trama de relaciones que pronto fue conocida como «el clan de El Pardo».

El libro está repleto de frases lapidarias (acompañadas de sus pertinentes e incendiarios dibujos) que deconstruyen la imagen dorada de los nostálgicos –y muchísima información para corroborar la tesis– como esta: «“Nuestra cruzada es la única lucha en la que los ricos que fueron a la guerra salieron más ricos”. Y lo consiguieron hasta el día de hoy». Un libro valiente, provocador (más para unos que para otros) y tremendamente entretenido.

Redimir y adoctrinar: el Patronato de Protección a la Mujer

La Editorial Crítica publica un revelador ensayo que aborda los orígenes, el modo de actuar (a través de la represión y el control moral) y finalmente el ocaso de una institución que durante el franquismo tuvo las vidas de muchas mujeres bajo su larga sombra.

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Trata de Blancas, por Joaquín Sorolla (1894).

Si uno de primeras nunca ha oído hablar de dicha institución, y de cuál era su verdadero objetivo, podría incluso pensar que se trata de un organismo feminista de nuestros tiempos frente a las amenazas del patriarcado, creado, quizá, por el Ministerio de Igualdad, pero no, todo lo contrario: fue de todo menos eso. El Patronato de Protección a la Mujer, que se conoció originalmente como «Patronato Real para la Represión de la Trata de Blancas», se trató en realidad de una institución española pública activa entre 1902 y 1985 que dependía del Ministerio de Justicia.

María Cristina de Habsburgo-Lorena.

Originalmente fue un organismo bajo la protección de la Corona española, presidido por la reina María Cristina de Habsburgo-Lorena (segunda esposa de Alfonso XII y madre de Alfonso XIII) que como bien rezaba su nombre original tenía un cometido filantrópico, organizar la lucha contra la trata de personas, principalmente mujeres, que se distorsionaría notablemente más adelante, y principalmente bajo la dictadura franquista. Se trataba en un principio de una institución abolicionista de la prostitución (y por tanto, muy adelantada a su época), que entró en vigor con un decreto de 11 de julio de 1902. Sin embargo, a pesar de su elogiable intencionalidad inicial, pronto funcionó como una institución de control social y adiestramiento moral.

En 1931, con el triunfo de la Segunda República, se reorganizó bajo el nombre de «Patronato de Protección a la Mujer» y era de carácter laico, y en su junta, entre otras, figuraba la abogada, escritora, diputada y defensora de los derechos de la mujer Clara Campoamor. Sin embargo, la falta de medios económicos provocó su disolución en 1935,  pasando sus funciones al Centro Social de Protección de Menores.

Carmen Polo y Franco.

Con la victoria franquista en la Guerra Civil y la instauración de la dictadura, el 6 de noviembre de 1941 se volvió a crear el Patronato de Protección a la Mujer por Decreto, siendo su presidenta de honor una de las mujeres claves del llamado Movimiento, Carmen Polo, esposa de Franco. A través de dicho decreto se creó también la Obra de Redención de las Mujeres Caídas, cuyo objetivo era «reformar y regenerar a las prostitutas clandestinas reincidentes». Según el artículo, la finalidad del Patronato era «la dignificación moral de las mujeres», especialmente de las jóvenes, «para impedir su explotación, apartarlas del vicio y educarlas con arreglo a las enseñanzas de las realidad católica», un lenguaje muy acorde al régimen nacionalcatolicista.

La autora del ensayo.

Sin embargo, dicha educación apenas era efectiva –ni visible– y las funciones del Patronato se dirigían principalmente al intervencionismo estatal en la intimidad y, en palabras de Carmen Guillén Lorente, en el artículo «El Patronato de Protección a la Mujer: adoctrinamiento moral durante el franquismo», publicado en inglés en The Conversation con fecha 14 de abril de 2024, «la persecución y reclusión de la mujer desviada». Precisamente esta especialista, Carmen Guillén Lorente,  doctora en Historia Contemporánea y profesora en el área de Historia de la Ciencia en la Facultad de Medicina de Albacete (UCLM), es la autora de un revelador –y necesario– ensayo publicado recientemente por la editorial Crítica: Redimir y adoctrinar: el Patronato de Protección a la Mujer (1941-1985), que aborda minuciosamente, con gran rigor documental e ingentes fuentes, en gran parte inéditas, el papel represivo y de control moral de esta institución extrañamente poco conocida hoy.

¿Qué encontraremos en las páginas de Redimir y adoctrinar?

Tras décadas de silencio, Carmen Guillén arroja luz al organismo franquista encargado del adoctrinamiento moral de las mujeres caídas.

Women and children sitting closely together in a worn shelter with distressed expressions
Imagen creada con IA.

De entre todos los fragmentos que componen la compleja historia del siglo XX español, pocos capítulos resultan tan oscuros y reveladores como los vinculados a las instituciones represivas del franquismo. La más longeva y, sin embargo, la menos conocida, es el Patronato de Protección a la Mujer. Desde 1941 hasta bien entrada la democracia, esta institución apuntaló su labor sobre cuatro pilares: trabajo y oración para redimir; disciplina y castigo para adoctrinar. En el cruce de intereses entre Iglesia y Estado, la doctrina católica sirvió para legitimar este control femenino.

Two Guardia Civil officers in uniform escorting a woman detainee beside a police van
Imagen generado con IA.

Miles de mujeres de todas las edades, procedencias y contextos socioeconómicos fueron entonces condenadas sin delito y encerradas sin juicio en nombre de esa moral. Bajo un disfraz de caridad se ocultó una realidad llena de abusos, trabajos forzados, robo de bebés y violaciones sistemáticas de los derechos humanos. Este libro analiza el Patronato como una pieza clave en la arquitectura moral y política del franquismo y examina la huella que dejó en quienes lo padecieron y en una memoria colectiva que aún intenta asumir ese pasado.

10 cosas que (quizás) no sabías… del Imperio Español

Edaf publica un alucinante volumen profusamente ilustrado –e ilustrativo–, Infografías del imperio español, confeccionado a cuatro manos por dos de los mejores divulgadores de nuestro pasado, Carlos Canales y Miguel del Rey. En las próximas líneas, y con este documentado ensayo que ha visto recientemente la luz como timonel, nos sumergimos en algunas curiosidades de aquel tiempo, más o menos por las fechas en las que el insigne Miguel de Cervantes escribió aquello de «la más grande ocasión que vieron los tiempos».

Óscar Herradón ©

Hace unos 20 años que conozco a Carlos Canales. Entonces formaba parte del equipo de «La Rosa de los Vientos» (Onda Cero) y un servidor, que era becario de Año/Cero (y después pasó a engrosar las filas de la redacción de la revista Enigmas), todo un mozuelo de veintipocos ahora cuarentón, acudía a los conocidos como «Sertaos» donde se juntaba una buena panda de periodistas y divulgadores a los que unía la pasión por eso que llamamos misterio y que tiene mil y una bifurcaciones: el propio Canales, Jesús Callejo, Lorenzo Fernández Bueno, Enrique de Vicente, Miguel Blanco, Nacho Ares, Pablo Villarrubia, David Sentinella, Juan Ignacio Cuesta, Miguel Pedrero, Juan José Revenga, Javier García Blanco, Josep Guijarro, Janire Rámila, otro gran conocedor de los temas tratados en este post como Fernando Martínez Laínez y otros tantos amigos (o al menos conocidos) de lo insólito y la historia entre los que de cuando en cuando se dejaban caer compañeros de otras latitudes como Fernando J. López del Oso, Mariano Fernández Urresti o Miguel Aracil, entre otros.

Hace ya muchos años que no veo al señor Canales, y creo que la última vez que hablamos fue para una entrevista que me hicieron en el programa de referencia «La Escóbula de la Brújula» sobre el libro Espías de Hitler, tiempo ha, pero recuerdo las numerosas conversaciones sobre historia (y también desmenuzando la «realidad» que nos rodeaba por aquel entonces); yo con un nivel de conocimientos, por supuesto, a años luz de este hombre de memoria cuántica que contaba tantas cosas que uno era incapaz de asimilarlas todas. Así que lo mejor era acudir a sus numerosos ensayos. Desde entonces –y ha llovido sobre mojado y sobre secano–, su obra ha crecido de forma más que notable, casi exponencial.

Ahora que ha llegado a mis manos su último trabajo, con una editorial bien conocida de un servidor, Edaf (con la que he publicado La Orden Negra. El ejército pagano del Tercer Reich un ya lejano 2011 y La Gran Conspiración de QAnon y otras teorías delirantes de la Era Trump hace poquito, el pasado 2022, sobre un personaje que sigue dando que hablar, y tanto, semana tras semana), me vienen al recuerdo aquellos encuentros y me sirven como nostálgica introducción, de pincelada, a varias curiosidades englobadas en ese gigante con pies de barro pero injustamente tratado por la historiografía más reciente (y, por el contrario, exaltado en demasía por nostálgicos de arcabuz y florete) que es el imperio español. Veamos…

–A finales del siglo XVIII, los dominios del imperio español superaban los 20 millones de kilómetros cuadrados, repartidos en tres continentes, por lo que fue nada menos que el primer imperio global de la historia. Su máximo esplendor llegó bajo el reinado de Felipe II, momento en el que el reino llegó a tener el control de extensos territorios ubicados prácticamente en todo el planeta. Y aunque los ingleses derrotaron a la «Grande y Felicísima Armada», llamaban a nuestro soberano «el demonio del Mediodía»– (en contraposición a como conocíamos por estos lares a la Reina Virgen, «la Jezabel del Norte»), y sufrimos varias bancarrotas, basta con darse un paseo por el monasterio escurialense que el monarca mandó edificar en base a numerosas claves herméticas para ser conscientes de la magnificencia de aquel personaje «más allá de la Historia» bajo cuyos dominios, efectivamente, «no se ponía el Sol».

–Durante los tiempos de Felipe II, la Corona hispánica se planteó conquistar China, entonces bajo la longeva dinastía Ming, como ya hicieran con los imperios mexica e inca. Tan ambiciosa posibilidad tomó mayor entidad cuando se conquistó Portugal, que tenía puertos comerciales en aquella zona de Asia. El jesuita Alonso Sánchez (quien fue enviado por el gobernador de Filipinas a China, realizando dos viajes diplomáticos a Macao en 1582 y 1583) explicó que para la campaña se necesitaban 15.000 hombres venidos de todos los confines del imperio, así como 6.000 soldados de Manila y 6.000 japoneses, enemigos históricos de los chinos, y la incursión se realizaría desde las Filipinas, que debe su nombre precisamente al rey español. Un plan que Felipe II no autorizó finalmente tras la derrota de la Armada (In)vencible, prefiriendo optar por los intercambios comerciales.

–El símbolo del dólar viene del español y procede del siglo XVII, cuando las monedas del imperio eran una parte muy importante del comercio mundial y estaban extendidas por lo que después sería Estados Unidos ante la política monetaria restrictiva del Imperio británico sobre sus colonias. Aunque la mayoría cree que el símbolo del dólar procede de la abreviatura US (United States), una teoría bastante plausible afirma que su origen es el escudo que aparecía en los reales de plata (real de a ocho), la S como representación del emblema «Non Plus Ultra» –límite del mundo conocido en la Antigüedad, Gibraltar– y las dos barras que lo cruzan simbolizando las dos columnas de Hércules.

–Y ya que hablamos de tal expresión, Nos Plus Ultra («No más allá»), tan célebre o más como «Tanto monta» de sus católicas majestades, viene de la antigua Grecia, concretamente donde se sugería que finalizaba el mundo. Expresión que se atribuye al héroe clásico de los Doce Trabajos con la que describía los pilares que marcaban el fin del mundo conocido en el extremo occidental mediterráneo y que erigió, según la mitología, en Gibraltar y en Ceuta. Fernando de Aragón eligió aquel símbolo al conquistar Gibraltar. Aunque sería bajo Carlos V, consolidado el imperio y tras el descubrimiento de América, cuando Plus Ultra (ya sin el Non) se extendió a través de las monedas como símbolo de su poder. 

–En tiempos de Carlos III, durante el último cuarto del siglo XVIII, había una fuerte presencia española en California por medio de las misiones evangelizadoras y, ante los rumores de que los rusos –y también los británicos– estaban realizando incursiones ilegales en la zona helada de Alaska (territorio que según una bula papal de 1493 era de soberanía española, que se otorgó a toda la costa noroeste del Pacífico, derechos contenidos un año después en el Tratado de Tordesillas) desde Madrid llegó la orden de colonizar dicha zona del Pacífico para frenar el avance ruso y a la vez descubrir nuevos territorios para la Corona hispánica. Se impulsó la conquista con la idea de comprobar si existía realmente el llamado Estrecho de Anián, un paso que conectaba el Atlántico con el Pacífico por vía marítima que los exploradores buscaban sin éxito desde el siglo XVI.

Bodega

Hubo varias expediciones, como la de Pérez Hernández, la de Bruno de Heceta y Juan Francisco de La Bodega y Quadra, y la de Ignacio de Arteaga (en la que también participó Bodega y Quadra) cuyas embarcaciones subieron más hacia el norte con varios objetivos: evaluar la penetración rusa en tierras alaskeñas, la búsqueda de un paso del Noroeste y apresar al explorador y cartógrafo británico James Cook si lo encontraban en aguas pertenecientes a la Corona hispánica.

Entonces comenzó una lucha por hacerse con unos territorios ricos para el comercio de pieles de nutria, pero los 10 años de ausencia de los españoles (que se centraron en la evangelización) hicieron perder la oportunidad de conquista. No obstante, el nombre de ciertas localidades de aquellos lares, como Valdez o Cordova, evoca aquel efímero pasado español.

–Felipe II fue conocido como «el Rey Prudente» pero sin duda tal apelativo no se debía precisamente a los títulos que ostentaba. Fue «Duque de Milán» (1540-1598), Rey de Nápoles, Rey de Inglaterra e Irlanda (1554-1558), Duque de Borgoña, Rey de España, Rey de Cerdeña, Rey de Sicilia, soberano de los Países Bajos y Rey de Portugal (1580-1598). Fue también rey de Jerusalén, de las islas y tierra firme del mar océano, del Perú, así como Conde de Barcelona, Señor de Vizcaya y de Molina de Aragón, Duque de Atenas y de Neopatria, Conde de Rosellón y de Cerdaña, Marqués de Oristán y de Gociano, Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Brabante, de Milán, Conde de Flandes y de Tirol, entre otros.

–Como cuenta Infografías del Imperio Español, a comienzos del siglo XIX la Corona perdió áreas de territorio extraordinarias que hoy ni recordamos que le pertenecieron, como todo el oeste de Estados Unidos (de California a Tejas), la citada Alaska, Luisiana, la Florida o las islas Carolinas, Marianas y Palaos. En 1898 se producía el «Desastre» por el que España perdía sus tres últimas ricas colonias, Cuba y Puerto Rico en el Caribe y el archipiélago de Filipinas en el Pacífico, cuyas islas superaban el número de 3.000.

–Uno de los emblemas de la grandeza del Imperio Español (símbolo recuperado del olvido en los últimos tiempos por patriotas y nostálgicos de pro), es la Cruz o Aspa de Borgoña. Fue la enseña de los ejércitos del Imperio hispánico, una representación de la cruz de San Andrés, dos aspas rojas anudadas cruzadas. Puesto que San Andrés era el patrón de Borgoña, fue el emblema utilizado por las tropas de Juan I de Borgoña (que pasaría a la historia como Juan sin Miedo) en la Guerra de los Cien Años (que en realidad duró 116). Luego, sería la cruz que ostentaba en los uniformes y banderas de su séquito Felipe de Borgoña, primogénito de María de Borgoña y Maximiliano I de Habsburgo. Cuando «el Hermoso» contrajo matrimonio con Juana de Castilla (mal llamada «la Loca»), trajo aquel emblema a la península ibérica y fue heredado y adoptado de forma expresa por su hijo, Carlos I de España.

Desde 1785, la Cruz de Borgoña fue el símbolo más utilizado en las banderas españolas. Curiosamente, durante la guerra carlista de 1833-1840 continuaba siendo la bandera del Ejército español, de las fuerzas regulares liberales (que no adoptaron la rojigualda hasta 1843).

–El Imperio español, integrado por un conjunto de territorios europeos, americanos, asiáticos, africanos y de Oceanía, fue desde el siglo XVI al XIX el primero de alcance global, al abarcar inmensas extensiones muy alejadas de la metrópoli imperial. A diferencia de otros grandes imperios anteriores, sus amplias posesiones no siempre se comunicaban por tierra, por lo que exigieron el mantenimiento constante de un importante poder marítimo.  Las llamadas flotas de Indias fueron el sostén de tan inmenso poderío, pues permitieron mantener un despliegue territorial de tales dimensiones y la infraestructura política, económica y militar. Un esfuerzo colectivo que se mantuvo durante casi tres siglos y desarrolló una auténtica revolución a través de las rutas marítimas que conectaron Europa, América y Asia; una suerte de primera globalización geográfica, económica y política. Constituían todo un monopolio comercial controlado a través de la llamada Casa de Contratación de Sevilla, puerto de donde partían y arribaban las flotas, siendo muchas veces acechadas por piratas y corsarios ingleses como el legendario sir Francis Drake o Walter Raleigh.

–Los célebre tercios, que alcanzaron una mayor popularidad gracias a la saga de novelas del capitán Alatriste, fueron la piedra de toque de la hegemonía terrestre del imperio español y los amos de la guerra de la Europa moderna. Creados por Carlos I de España en 1536 a través de la llamada ordenanza de Génova, constituyeron la élite de los ejércitos españoles entre los siglos XVI y XVII al ser la primera fuerza que combinó en una misma unidad armas blancas y de fuego, lo que convirtió a sus soldados prácticamente en invencibles durante más de un siglo en los campos de batalla del viejo continente.

Los tercios (los primeros fueron el Tercio Viejo de Sicilia, el Tercio Viejo de Nápoles y el de Lombardía) estaban formados íntegramente por soldados profesionales, en su mayoría hijos no primogénitos de la baja nobleza (aunque su grueso procedía de todos los dominios hispánicos) que solían hacer gala de un marcado orgullo y un concepto del honor que no concebía la rendición y buscaba permanentemente la gesta militar. Y aunque alguna sonada derrota eclipsó sus hazañas, como la de Rocroi, frente a las tropas francesas al servicio de Luis XIV (el 19 de mayo de 1643), lograron muchas de las mayores victorias de aquel tiempo: la batalla de Pavía (1523), la de Mühlberg (1547), la de San Quintín (1557) o la de Breda (1624).

PARA SABER MÁS (DE AQUELLA ÉPOCA):

Puesto que el Imperio Español y sus siglos de historia se encuadran dentro de lo que se denomina «Historia Moderna», nada mejor que acercarnos a este concepto a través de las páginas de un particularísimo ensayo recientemente publicado por Alianza Editorial: Historia moderna. Siglos XV al XIX, hecho a cuatro manos por Manuel Rivero Rodríguez y José Martínez Millán.

El concepto de Historia Moderna ha tenido distintas interpretaciones a lo largo de los siglos. En este documentado trabajo se estudia el periodo que va de los siglos XV al XIX, estructurado en cuatro bloques que proponen una relectura de la cronología tradicional. En primer lugar, «La crisis de la estructura de la Cristiandad», partiendo de Italia, como antiguo campo de batalla entre los poderes universales del Papado y del Imperio en las guerras de las investiduras, porque el vacío que ambos provocan permite que se produzcan los cambios culturales, sociales y políticos de la modernidad, la importancia decisiva de sus comerciantes y navegantes en la expansión ultramarina y su centralidad política, pues fue el campo de batalla en el que las potencias compitieron para hacerse con la hegemonía en Europa.

La segunda parte, «La Lucha por la Monarchia Universalis», analiza y describe la evolución de estas premisas, el desarrollo de las cortes europeas y la complejidad que va adquiriendo el gobierno de los estados, la división religiosa y la compartimentación de Europa en confesiones, el alcance y efecto de la expansión europea en el mundo en la manera en que América, África y Asia se transforman con el contacto de los europeos.

La tercera parte estudia el comienzo del cambio de paradigma a finales el siglo XVII, «La ruptura del concepto Monarchia Universalis y la búsqueda de un equilibrio político», el sistema post westfaliano que afecta en su ideal de equilibrio tanto al orden interno de las monarquías y su reconfiguración como a la creación de los cimientos del moderno sistema internacional de estados. Los seis últimos capítulos constituyen un bloque marcado por la crisis del Antiguo Régimen, un término empleado para significar un nuevo modelo de sociedad, la sustitución del «sistema cortesano» por el paradigma del «Estado nacional». Lo que se sitúa entre los años 1735 y 1820 en que concluye esta «Historia Moderna».