Sor Patrocinio. La consejera iluminada de Isabel II (2)

Fue un personaje anacrónico en una España, la del siglo XIX, abierta a convulsos cambios. Consejera espiritual de Isabel II y su marido Francisco de Asís, provocaría un auténtico vendaval político cuando afirmó padecer en su cuerpo los estigmas de Cristo. Aquel y otros hechos «prodigiosos» desembocaron en un proceso judicial que hizo historia y que fue impulsado por el político Salustiano Olózaga, receloso con esta singular religiosa cuya figura está rodeada, todavía hoy, de claroscuros.

Óscar Herradón ©

Sor Patrocinio –según afirmaría en varias ocasiones, muy a su pesar– se haría célebre por sus estigmas, esto es, por mostrar en su cuerpo las llagas que padeció Jesús durante la Pasión. La primera llaga se le abrió en julio de 1829, aunque al parecer la priora no lo advertiría hasta bien entrado el año 1830, cuando Sor Patrocinio tenía dieciocho años. La religiosa padecerá nada menos que las cinco llagas del «Salvador», algo inaudito incluso para el santoral de la Iglesia.

El 10 de octubre de 1830 nacía la que sería la reina más castiza de nuestra historia, Isabel II, en un tiempo convulso para las Órdenes eclesiásticas y con un enfermo Fernando VII que debido a la aprobación de la Pragmática Sanción –que convertía a su hija en heredera directa al trono– sería el responsable de una terrible guerra civil que asolará España, una España no recuperada aún de las terribles secuelas de la Guerra de la Independencia.

«La muerte de Fernando VII». F. de Madrazo (1833)

La reina niña será afín toda su vida a la Monja de las Llagas, y ésta llegará incluso a ser consejera no solo espiritual, sino en ocasiones también política, de la soberana, cuya imagen con las manos cubiertas con paños para ocultar sus heridas se haría célebre en toda España.

Mientras la religiosa vivía supuestas experiencias místicas y su cuerpo mostraba estigmas sangrantes –hasta el punto de que algunas de sus hermanas afirmaban que en el suelo quedaban charcos de sangre–, el vengativo Olózaga, ahora ocupando el cargo de gobernador civil de Madrid, decidió presionar al Congreso para que se abriera una causa contra Sor Patrocinio, su antiguo amor no correspondido.

El 7 de noviembre de 1835, poco después del mediodía, llegaba a las puertas del convento del Caballero de Gracia un piquete de la Guardia Nacional, y algo más tarde el juez, el secretario, una escolta y muchos curiosos que se arremolinaron en los alrededores del edificio sacro. El día 9, tras el rezo y después de una dura pugna con la abadesa y el prior, que no querían dejar escapar a su religiosa favorita, «la sacaron entre bayonetas», trasladándola no a prisión, sino a una casa que supliría dicha función, en la calle de la Almudena, 119, regentada por doña Manuela Peirote, y donde la visitará el receloso enamorado instándola a que deje, una vez más, la clausura. Ella no cederá. LLa acusada permanecerá cuatro meses en dicho domicilio, entre inacabables rezos y numerosas presiones de los políticos, cuando tendrá lugar el proceso en el que será juzgada por falsificar sus llagas y ser favorecedora de la causa carlista –una acertada estrategia de sus detractores para mancillar su hasta el momento buen nombre–.

El proceso judicial comenzó el 6 de noviembre de 1835, en el que, entre otras cosas, un grupo de facultativos médicos, entre ellos el célebre doctor Diego de Argumosa, debía examinar con minuciosidad las llagas de supuesto origen sobrenatural que nuestra protagonista por aquel entonces mostraba en las manos, los pies, el costado izquierdo –herida abierta que supuestamente reproducía la que el centurión romano Longinos asestó a Jesús en el Gólgota con la famosa “Lanza del Destino”- y en la cabeza, diversas incisiones en forma de corona de espinas. El 21 de febrero, en presencia de varias autoridades, entre ellas el principal impulsor de la causa, Olózaga, los médicos citados certificaron la completa cicatrización de los “estigmas” que desde ese momento y hasta la muerte de la sospechosa serían simplemente mitones –que en ocasiones, no obstante, según el testimonio de varias religiosas, volvieron a sangrar-.

Un proceso judicial atípico

Sin duda el proceso abierto contra Sor Patrocinio fue tan insólito como célebre en toda Europa en aquellos tiempos –lejos quedaban ya los procesos por temas similares en los que el demonio, los estigmas, los vaticinios y los vuelos misteriosos se daban la mano en los tribunales del Santo Oficio–.

Como ya señalé, varios facultativos examinaron las «llagas» de la procesada y siguieron su evolución hasta que fueron curadas. En su declaración, del 7 de febrero de 1837, viéndose acorralada por las evidencias de las pruebas, Sor Patrocinio confesó que un buen día, en los tiempos en los que se encontraba en el convento de Caballero de Gracia, un tal padre Alcaraz, religioso capuchino del Prado, sermoneó a la joven novicia, y viendo en ella una mujer de gran devoción le dijo que «San Pablo en sus cartas exhortaba mucho la penitencia, y en seguida sacó de la capilla una bolsita, en que dijo conservaba una reliquia que aplicada a cualquier parte del cuerpo causaba una llaga, que debía tenerse abierta para seguir padeciendo y teniendo tal mortificación, ofreciendo a Dios los dolores como penitencia de las culpas cometidas y que pudiera cometer, y alcanzaría el perdón de ella».

Y continúan las actas del proceso: «sobre esto la hizo un terrible encargo, mandándola aplicase a las palmas de las manos y al dorso de ellas, a las plantas y parte superior de los pies, en el costado izquierdo, y alrededor de la cabeza en forma de corona, encargándola muy estrechamente bajo de obediencia y las más terribles penas en el otro mundo, que no manifestase a nadie de qué la habían provenido, y que si la preguntaban debería decir que sobrenaturalmente se había hallado en ellas».

Dicho religioso, además, instó a Sor Patrocinio a que mantuviese aquello en secreto, «sin que se lo manifestase ni a la abadesa, ni a su confesor, ni a persona alguna (…)». Al parecer, nada sobrenatural rodeó a los estigmas de Sor Patrocinio, que debido a su ciega fe se dejó embaucar por otros religiosos que pretendían sacar provecho de aquellas «milagrosas» llagas. La sentencia fue dictada el 25 de noviembre de 1836, y se condenaba a la religiosa a ser trasladada a otro convento «que se halle al menos a distancia de 40 leguas de esta corte», encargándose a la abadesa del mismo que la vigilase concienzudamente. Finalizaba así uno de los procesos judiciales más extraños de la España decimonónica.

El proceso fue tristemente célebre, dio mucho que hablar en la Villa y Corte y fue el motivo del primer destierro de Sor Patrocinio, que se vería obligada a lo largo de su vida a abandonar en varias ocasiones, y muy a su pesar, la clausura, para, petate en mano, marchar a un destino en ocasiones incierto. La religiosa fue enviada el 26 de abril de 1837 –tras residir hasta entonces en un convento de Arrepentidas de la madrileña calle de Hortaleza– a Talavera de la Reina, a cumplir su pena de destierro, concretamente al convento de Concepcionistas calzadas de la Madre de Dios.

El primer exilio y la Corte

En dicho convento cayó enferma y se solicitó al Gobierno su traslado a otro más cálido y acogedor; gracias a la intercesión de la reina gobernadora, se permitió a Patrocinio trasladarse hasta Torrelaguna, donde permanecería durante cinco años.

Regresará entonces a Madrid, ya con Isabel II como reina de pleno derecho; la reina niña comenzaba a ser comidilla en los mentideros de la capital y daría mucho que hablar durante décadas a los amantes de las historias de folletín.

Isabel II, la Niña «Bonita»

De nuevo en Madrid, Sor Patrocinio, con cuarenta y tres años, vuelve a su comunidad, que ahora está alojada en el Convento de La Latina, ya que el edificio del Caballero de Gracia se cerró con el proceso. Por aquel tiempo moriría su madre y tendría lugar el primer encuentro entre la religiosa e Isabel II, que visitó el edificio sacro junto a su madre y su hermana María Luisa Fernanda. Hasta el 29 de octubre de 1845 Patrocinio permanecería allí, hasta que se traslada al de Jesús Nazareno, cedido por el duque de Medinaceli, donde sería nombrada maestra de novicias.

Isabel y Francisco

Tiempos relativamente tranquilos hasta que tiene lugar el precipitado matrimonio de la reina niña con su primo Francisco de Asís. Se cree que la monja fue quien convenció a Isabel II de que le tomara en matrimonio, algo a lo que Isabel era reticente debido a los rumores de la supuesta homosexualidad de Asís, comidilla de los círculos cortesanos. Después, Sor Patrocinio se convertiría en un personaje asiduo a la soberana y a su esposo, lo que le costaría nuevas críticas y ataques. Junto al padre Claret, confesor de la reina, la religiosa se encargaría de velar por la salud espiritual de aquella llamada a regir los destinos, a menudo tristes, de los españoles. Y falta hacía. Porque vendrían tiempos difíciles…

En 1849, Sor Patrocinio sufrió un atentado con arma de fuego del que saldría ilesa. Años después un segundo encapuchado intentaría de nuevo matarla, sin conseguirlo. Ese mismo año, el 21 de octubre, hubo un cambio ministerial y Ramón María Narváez, jefe de Gobierno, culpó a la monja de ello, quien pagaría sus supuestos tejemanejes con un nuevo destierro, esta vez a Badajoz, aunque poco después reconsideraría su decisión y le permitiría el regreso a la capital. Un continuo ir y venir, alternado con el claustro y la Corte, sería su vida.

Narváez

El día 2 de febrero de 1852, la princesa de Asturias iba a ser presentada a Nuestra Señora de Atocha, cuando tuvo lugar el intento de regicidio del cura Martín Merino sobre Isabel II que asesta una puñalada a la soberana que milagrosamente, gracias a las ballenas de su corsé, sale levemente herida de la que habría sido una incisión mortal. En aquellos tiempos de habladurías y bajezas políticas de todo tipo, algunos quisieron ver la responsabilidad de Sor Patrocinio en el atentado, una auténtica falacia de la que años después de la muerte de la monja hablaría la propia reina española, al igual que de otros asuntos relacionados con la que había sido su consejera espiritual junto al padre Claret. También ella había sido objeto de las iras de los terroristas, pero eso nadie quiso recordarlo entonces.

Algunos no perdonaban a la monja el hecho de que en los tiempos de la reina gobernadora y de la minoría de edad de Isabel II, Sor Patrocinio predijera el triunfo del ejército carlista el día en que el pretendiente al trono español nombró a la Virgen de los dolores generalísima de las huestes rebeldes, virgen que sería bordada en el estandarte de los sublevados, y que sería causa del llamado «Debate memorable», cuando en 1862 el viejo y rencoroso Olózaga incluyó el nombre de su antigua amada en los graves folios del Diario de Sesiones, donde se debatiría, una vez más, el papel de Sor Patrocinio en la vida política del país. Continuaban sin dejarla tranquila en su labor devocional.

Nuevos exilios y penalidades

Nuevos destierros forzosos; debido a su influencia en la corte y a su fama cada vez mayor de visionaria, Sor Patrocinio sería llevada primero a Baeza y después a Benavente, al convento del Sancti Spiritus, perteneciente a la Orden de las dominicas calzadas y donde sería enclaustrada una vez más por orden del Gobierno, ingresando el 19 de septiembre de 1855.

Convento del Santi Spiritu

Desde allí mantendría una fluida correspondencia con palacio, con Isabel II y Francisco de Asís e incluso la princesa de Asturias, a los que seguía asesorando desde su exilio en diferentes asuntos, al parecer, algunos de ellos incluso políticos, al igual que hiciera la venerable madre Sor María de Ágreda, la «Dama Azul» –a quien Sor Patrocinio veneraba y llegaría a afirmar que se le había aparecido en una ocasión–, consejera espiritual del rey Felipe IV. Sor Patrocinio no se sentía a gusto con dicha comunidad, a la que, según sus cartas, consideraba extraña, y con cuyos miembros ni siquiera comía.

En sus misivas solicitaba insistentemente que la trasladaran, debido al clima frío y húmedo del lugar y a que su salud se resentía constantemente, padeciendo extraños vómitos de sangre en los que algunos quisieron ver también la huella divina. Las quejas constantes de la monja aludiendo a su precaria salud hicieron que fuera trasladada al convento de Torrelaguna, más cerca de la Corte y en compañía de sus hermanas, aunque los rigores de este desangelado convento no le iban a la zaga al de los anteriores, un edificio sin muebles, casi en ruinas, al que Sor Patrocinio llamaba «su Portalico de Belén» y que sostenía gracias a donaciones particulares; un buen día Narváez, entonces jefe de Gobierno y responsable de su destierro, quien pensaba que quizá la encontraría rodeada de lujos y comodidades, se presentó de improviso en el mismo y comprobó, conmovido, la lamentable situación de la religiosa, que pasaba un frío terrible en invierno, lo que provocó que el político informase a la reina sobre la conveniencia de trasladarla a un lugar más decoroso, en este caso a Aranjuez.

Isabel II se preocuparía entonces de que su consejera espiritual fundase conventos en los reales sitios de La Granja, el Escorial, El Pardo y Lozoya y reformase conventos como el de Manzanares, en Ciudad Real. La energía vital de la protagonista de este post era sorprendente.

El cambio de régimen, la enfermedad y la muerte

En 1868 triunfó la revolución que envió al exilio a Isabel II, episodio que al parecer había vaticinado años atrás la propia Sor Patrocinio, incluida la llegada al trono –también bastante compleja– de su hijo Alfonso XII tiempo después. En tales circunstancias, el cardenal Cirilia la envió a Francia para ponerla a salvo de los revolucionarios, entre los que tenía mala fama, donde continuaría su labor fundadora a la espera de regresar a España, escribiendo la regla de una nueva Orden que sería aprobada por el obispo de París. En 1870 se desencadenó la guerra franco prusiana que pondría en dificultades a la comunidad de religiosas españolas, que habrían de trasladarse a diferentes conventos. Todo eran sobresaltos.

Nuevas idas y venidas. En 1874, con la Restauración y la llegada al trono de Alfonso XII, se permitiría el regreso de la madre Patrocinio a nuestro país donde, a pesar de su edad, continuaría incansable su labor fundadora.

Alfonso XII

Este singular personaje estuvo en el punto de mira de los más importantes políticos del siglo XIX, Olózaga, Narváez, los propios reyes; a pesar de su deseo de querer pasar desapercibida, fue víctima de todo tipo de difamaciones, escarnios y como hemos visto, constantes destierros, hasta el punto de que llegaría a decir: “¡Pobre de mí, sin meterme en nada, cómo me traen y me llevan cada uno para sus fines particulares…!”. Para otros, sin embargo, Sor Patrocinio nunca fue tan inocente.

Sea como fuere, tan singular religiosa dejó este mundo en 1891, en el convento del Carmen de Guadalajara, tras una dilatada existencia llena de luces y sombras y después de un tiempo muy enferma de disnea. No obstante, hasta el último año de su vida proyectó fundar una comunidad en San Clemente de la Mancha. Poco antes de fallecer recibió un telegrama de León XIII –que sustituyó en el trono pontificio a su amigo Pío Pío IX–, donde el Santo Padre le daba la bendición. Según uno de sus mejores biógrafos, Benjamín Jarnés, besó el papel varias veces. La monja ya estaba más cerca de alcanzar el cielo.

En 1907 comenzó su proceso de beatificación, en el que se consultó incluso a la propia Isabel II, una larga batalla por elevarla a los altares que aún no ha concluido. Actualmente, está considerada «sierva de Dios» y la Congregación para las Causas de los Santos mantiene su proceso abierto en busca de los milagros que atestigüen su carácter «divino».

PARA SABER UN POCO MÁS:

–JARNÉS. Benjamín: Sor Patrocinio, la Monja de las Llagas, Austral, 1971.

–VOLTES, Pedro: Sor Patrocinio, la Monja Prodigiosa, Planeta, 1994.

–Hace un par de años la editorial Almuzara publicaba Isabel II. Historia de una gran reina, una completa biografía de la tantas veces vapuleada –en ocasiones injustamente– reina por antonomasia del XIX español. El autor, Eduardo Rodríguez López, realiza un estudio didáctico, exhaustivo a la vez que ameno y de fácil lectura sobre la vida de la soberana, detallando los avatares políticos del reinado de «la de los Tristes Destinos» y el contexto en el que se tomaron las decisiones y su porqué, huyendo de conclusiones simplistas.

Podéis adquirir el libro aquí:

Sor Patrocinio. La consejera iluminada de Isabel II (I)

Fue un personaje anacrónico en una España, la del siglo XIX, abierta a convulsos cambios. Consejera espiritual de Isabel II y su marido Francisco de Asís, provocaría un auténtico vendaval político cuando afirmó padecer en su cuerpo los estigmas de Cristo. Aquel y otros hechos «prodigiosos» desembocaron en un proceso judicial que hizo historia y que fue impulsado por el político Salustiano Olózaga, receloso con esta singular religiosa cuya figura está rodeada, todavía hoy, de claroscuros.

Óscar Herradón ©

María Josefa de los Dolores Anastasia, más conocida como Sor Patrocinio o «La Monja de las Llagas», sería uno de los personajes más singulares, paradójicos y atractivos de la convulsa España del siglo XIX, un país abierto al cambio y a las libertades que, no obstante, se enfrentaba al viejo orden, aquel marcado por la superstición, la devoción extrema y los añejos y entonces intocables valores del pasado. Nuestra protagonista, que viviría ochenta años y conocería algunos de los episodios más importantes del diecinueve de primera mano, varios reinados y un par de guerras, sufriría en carne propia las consecuencias de esa profunda división espiritual y política del país, una división a la que ella misma contribuyó.

Vino al mundo –un mundo que para ella sería de marcada austeridad y no poco sufrimiento– un 27 de abril de 1811 cerca de la Venta del Pinar, en San Clemente (Cuenca) y su mismo nacimiento ya estuvo rodeado, cuentan, de hechos «prodigiosos», pues como señala con acierto el historiador Pedro Voltes, para intentar comprender a esta singular mujer hay que recurrir en ocasiones a los supuestos prodigios y hechos sobrenaturales que rodearon su devenir vital desde el principio hasta el fin y que serían ensalzados en las numerosas hagiografías que le dedicaron y servirían a sus muchos detractores para ridiculizarla y mostrarla ante el mundo como una farsante.

Un nacimiento «milagroso»

Demos, pues, rienda suelta a la imaginación para hablar sobre su llegada a esta tierra de penurias. Cuentan las historias prodigiosas sobre su vida que debido a que en plena Guerra de la Independencia los franceses iban y venían por los páramos manchegos en busca de españoles que ajusticiar, Dolores Cacopardo del Castillo, acompañada de un sirviente, se adentró en el campo huyendo de las huestes galas y allí, bajo las estrellas, dio a luz a quien sería personaje de renombre en el Madrid decimonónico.

Narra la citada historia, siempre jugando a las damas con la leyenda, que la madre, pensando que la criatura había nacido muerta, la abandonó en el prado; las malas lenguas afirmaban que la había dejado allí para que muriera, pues la señora Quiroga, y esto es cierto, nunca mostraría un gran aprecio hacia su hija; no obstante, y aunque dicho suceso, casi con claridad apócrifo, fuera cierto, dudo que la madre llegara hasta ese punto de retorcimiento tras haberla llevado en su vientre durante nueve meses. Demasiados adornos, unos hermosos, otros siniestros, en torno a la vida de nuestra protagonista.

Al parecer, poco después de quedar «abandonada» en la finca de la Venta del Pinar, apareció allí por casualidad –o más bien por capricho de la Divina Providencia–, a caballo –mientras huía de los franceses–, el progenitor, que según las piadosas crónicas escuchó una voz, tres veces, que le llamaba «padre» –sorprendente teniendo en cuenta que provenía de un bebé recién nacido–, y el señor Quiroga, sospechando que se trataba de su propia hija, se la llevó con ella a casa, para sorpresa de su mujer.

Partida de bautismo de Diego Quiroga

Don Diego Quiroga y Valcárcel, natural de Lugo, era un alto empleado de la administración de las rentas de la Casa Real, lo que explica la huida de los franceses. Anécdotas devocionales aparte, la niña fue bautizada en la iglesia parroquial de Santo Domingo de Silos, en Valdeganga (Albacete), el 5 de mayo de 1811, con los nombres de María Josefa de los Dolores, Anastasia y Cacopardo.

El crédito de la familia Quiroga en la corte venía de antiguo. El abuelo paterno, Fernando Quiroga y Bussón, era personaje de renombre en palacio e íntimo del rey Carlos IV; el soberano recompensaría su fidelidad nombrando a su hijo Diego para un cargo en la Hacienda Real en Madrid.

La infancia de Sor Patrocinio no sería fácil. Tenía otros cuatro hermanos pero al parecer era el ojito derecho del padre, que le prestaba todo tipo de atenciones, algo que no gustaba a la madre ni a su hermana, Ramona, que solían tratarla con hostilidad. En este marco, una historia, otra probablemente apócrifa, afirma que la señora Quiroga intentó envenenar a la pequeña con una tortilla o guiso de setas venenosas que acabaría por ingerir, por casualidad, el gato de la familia, por lo que Don Diego descubrió el complot.

Desde temprana edad Sor Patrocinia mostraba afición por vestir muñequitas con hábito de monja, muñecas que su hermana Rafaela le robaba y tiraba a un pozo atadas por el cuello de una soga. La mayoría de biografías –muchas de ellas muy subjetivas, casi todas piadosas y algunas contradictorias– aluden a que ya desde su niñez el demonio la acechaba, lo que compensaba la devota muchacha con las visiones celestiales que experimentaba. Al parecer, a los dos años «ya dialogaba con la Virgen María». Agraciada ella.

En 1813 Don Diego decidió enviarla con su abuela a San Clemente de la Mancha (Cuenca), mientras él se trasladaba a Cádiz a ponerse a disposición de la Regencia Española. Con Fernando VII de nuevo ciñendo la Corona, seguiría ocupando importantes cargos en la Administración.

San Clemente de la Mancha (Cuenca)

Con tan solo seis años, Dolores recibió la Primera Comunión. El padre Casanova escribiría que «siendo aún muy niña se le apareció la Virgen Santísima a veces y le enseñó a escribir y hacer labores». Sin duda la pequeña Dolores era una privilegiada, con ventaja «divina» sobre los demás niños de su edad. Sus supuestas visiones sacras y su marcada devoción y amor al Santísimo serían una de las principales razones de que reyes como Isabel II o su esposo Francisco de Asís la tuvieran por santa y la elevaran al puesto de consejera de la Corona. Pero no voy a adelantar acontecimientos.

De la vida acomodada a los rigores del claustro

Tras la muerte de su progenitor, la persona que más la había protegido de los tejemanejes de su madre y su hermana Ramona, la familia Quiroga se trasladó, con escasos recursos económicos, a la capital de España, donde la abuela paterna se encargaría de su educación. En aquel Madrid de principios del XIX la hermosura de la joven Dolores, que de niña tocada por la gracia de Dios se convirtió en una preciosa adolescente de quince años, no pasaría desapercibida para nadie; una hermosura que fue digna de elogio en toda la Villa y Corte. Muchos fueron sus pretendientes, y de ello quería aprovecharse su madre.

Cuentan que entre los que cortejaron a Dolores se contaban personajes de la talla de Mariano José de Larra y José de Espronceda, pero el que daría más que hablar y le causaría mayores desdichas sería Salustiano Olózaga, un joven abogado que más tarde alcanzaría los puestos más relevantes del poder en esa España convulsionada políticamente, incluso, en 1843, el puesto más alto, el de Presidente del Consejo de Ministros. Dolores, que tenía clara su vocación, lo rechazó y decidió encaminar sus pasos al mundo eclesiástico.

Ella se casaría, sí, pero únicamente con Dios, para pesar de la madre, que consideraba a Olózaga un gran partido y una ocasión brillante para escalar posiciones en aquel Madrid de zarzuela, taberna y conventículo. A pesar de la insistencia del joven abogado, perdidamente enamorado de la Quiroga, ésta decidió convertirse en novicia. Aquello nunca se lo perdonaría el orgulloso y vengativo Salustiano, con graves consecuencias futuras.

A entrar en la vida conventual contribuyó la tía de la joven, la marquesa de Santa Coloma, que tenía su residencia en la Calle Mayor, la misma en la que vivía la familia Quiroga. Allí, tras enviudar, se recogió como señora de piso en la casa de las Comendadoras de Santiago; precisamente arregló el ingreso de su sobrina en esta Orden, en calidad de «pisadora», donde se refundía el papel de educanda para novicia y el de servidora de la señora a la que acompañaba.

Convento de las Comendadoras de Santiago

La abadesa tenía en el convento una hermana, doña Petronila Zurita, que sería la encargada de su educación y la primera en divulgar la noticia de sus primeros prodigios. Precisamente entre los muros de ese edificio sacro «Lolita» experimentó sus primeras experiencias místicas, o al menos las primeras que han sido registradas documentalmente. No obstante, aunque se convertirá en monja, no lo hará en esta Orden, sino en otra de normas mucho más rígidas, la de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora, en el convento de Jesús, María y José del Caballero de Gracia, también en Madrid.  Para aquel entonces, contaba con diecisiete años. El 19 de enero de 1829 ingresó en el convento, un convento que, perteneciente a los franciscanos, era dirigido por el padre Riaza y por sor María Benita de Nuestra Señora del Pilar. Ellos serán los encargados de convertir a la joven en sor María Rafaela de los Dolores y Patrocinio.

Oratorio del Caballero de Gracia

Será en el Caballero de Gracia donde sor Patrocinio mantenga una pugna cada vez mayor con el «demonio», según las crónicas hagiográficas: un día el maligno la arrojó escaleras abajo, otro, le vertió una olla de lejía hirviendo sobre su cuerpo. Nada menos. Episodios fruto, quizá, de un tiempo teñido por la superstición y la oscuridad, a pesar de hallarnos a las puertas de la modernidad. Lo que parece cada vez más evidente, y contradice a sus numerosos detractores, es que sor Patrocinio no fue una farsante, sino una víctima de las circunstancias y del ambiente proclive a la histeria en el que se convirtió en una mujer, un convento marcado por una regla estricta que incluía el ayuno y una férrea clausura –que, no obstante, le impedirían cumplir sus numerosos destierros, como enseguida veremos–, hasta el punto de que el rigor de la penitencia, según varios registros, hizo sucumbir a varias internas.

En otra ocasión el «demonio» fue aún más allá y elevó por los aires a la beata, dejándola después en un alero; serían sus hermanas de confesión las que la rescatarían del tejado a través de una buhardilla. Palabras textuales de sus cronistas. Leer para creer –o no–. Aquel viaje por los aires sería aprovechado por los detractores de la monja, que pretendieron escuchar en un supuesto diálogo entre Satán y la religiosa, unas molestas declaraciones de esta última hacia la reina gobernadora, María Cristina –madre de la futura Isabel II–, episodio que sor Patrocinio negaría rotundamente, pero que daría mucho que hablar.

Está claro que la monja no comulgaba con los liberales, más amigos de la desamortización que del confesionario –y partidarios de la regente–, pero la verdad es que parece que nunca estuvo demasiado interesada en la política, que consideraba mundana. No obstante, a lo largo de más de sesenta años, desde que cumplió apenas los veinte, se vio inmersa en un torbellino político de facciones enfrentadas, conspiraciones, camarillas y vaivenes ideológicos.

Este piadoso post continuará…

PARA SABER MÁS:

Recientemente, la editorial Ariel (Grupo Planeta) publicaba una detallada y amena monografía: Isabel II. Una reina y un reinado, del catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Sevilla José Luis Comellas, autor de importantes ensayos como Cánovas del Castillo o Los moderados en el poder. En su nuevo ensayo, aborda la figura de la reina «de los Tristes Destinos», como la definió su amigo Benito Pérez Galdós, desde una perspectiva completamente novedosa, recuperando facetas desconocidas o aspectos de la «Niña Bonita» apenas vistos antes, en un intento, claramente logrado, por reconstruir la personalidad humana e histórica de un mujer, contrariamente a la crónica negra, extraordinariamente compleja y llena de matices. Por supuesto, el libro no olvida el importante papel de Sor Patrocinio en la corte y en el reinado.

Hace unos meses Taurus (Penguin Random House) reeditaba una obra emblemática y monumental –por extensión– acerca de la soberana más importante del XIX español: Isabel II. Una biografía (1830-1904), de Isabel Burdial, quien recientemente ha publicado en la misma editorial una biografía de Emilia Pardo Bazán.

Para Burdiel, «la extraordinaria capacidad de desestabilización política y moral de la reina no fue la causa última de la falta de consenso del liberalismo isabelino, sino su mejor exponente». Este exhaustivo ensayo analiza, como nunca antes, la forma específica que adoptó la tensión entre la monarquía y el liberalismo decimonónico, algo que no solo se plasmó en España sino en otros países del Viejo Continente. Por supuesto, en sus casi mil páginas también se aborda de forma detallada la figura de Sor Patrocinio y su relevancia para con el régimen –en contraposición con los vientos liberales y el anticlericalismo de gran parte del sakdfj del país– y la Corona.

Exclusivamente sobre la protagonista del post:

JARNÉS. Benjamín: Sor Patrocinio, la Monja de las Llagas, Austral, 1971.

VOLTES, Pedro: Sor Patrocinio, la Monja Prodigiosa, Planeta, 1994.

Demonios del Siglo de Oro (parte II)

Las crónicas españolas de los siglos XVI y XVII están llenas de extraños sucesos que las gentes de entonces, profundamente supersticiosas, creían de índole sobrenatural. En una sociedad fuertemente jerarquizada y de religiosidad desbordante, el contraste entre el bien y el mal era muy marcado, y el temor a las fuerzas de la oscuridad casi una obsesión.

Fue muy habitual durante el Siglo de Oro que en la clausura de los conventos no pocas religiosas –muchas de ellas obligadas a tomar los hábitos por imposición familiar– dijeran experimentar éxtasis, bilocaciones e incluso mostrar los estigmas de la Pasión de Cristo. Como señalan muchos de los expertos sobre aquel siglo y la mayoría de los antropólogos, era, quizá, una forma de romper con la represión en todos los ámbitos –y principalmente en el sexual– que se vivía dentro del claustro, muchas de las veces entre ayunos, oraciones constantes e incluso mortificación de la carne.

Sor María de Ágreda

Muchos de aquellos casos fueron fingidos por las propias monjas y beatas, que acabaría condenando la inquisición, pero existieron algunos aislados que realmente causaron un gran revuelo, siendo considerados como «milagrosos». Baste recordar el ejemplo de Santa Teresa de Jesús durante el reinado de Felipe II, con sus levitaciones y éxtasis, o el famoso caso de supuesta bilocación de Sor María de Jesús, abadesa de la Concepción descalza de Ágreda, la llamada «Dama Azul», quien se convertiría en consejera del mismísimo rey, Felipe IV, incluso en asuntos de Estado, hacia el final de su reinado, y cuyos «desdoblamientos» son todavía motivo de fuerte controversia.

De bilocaciones, estigmas y prodigios varios 

Felipe IV subió al trono el 31 de mayo de 1621, e inmediatamente ordenó al Inquisidor General, Aliaga, que abandonase sus funciones, nombrando para el cargo a don Andrés Pacheco, arzobispo y consejero de Estado. Para celebrar el nombramiento del nuevo rey, la Suprema organizó un auto de fe que alcanzó gran celebridad en los mentideros de la Villa y Corte por el escarnio público a María de la Concepción, una beata que presumía de santa –a pesar de que los documentos de la época la tachan de «lujuriosa y desenfrenada» con sus confesores y otros eclesiásticos– que decía fingir éxtasis y experimentar revelaciones proféticas.

Felipe IV de Austria

Durante el proceso que abrió contra ella el Santo Oficio  fue acusada de haber hecho «pacto expreso con el diablo» y seguido los dictámenes de diversas sectas y herejías, cometiendo «los errores de Arrio, Nestorio, Elvidio, Mahoma y Calvino», además de los preceptos de materialistas y ateístas.

Fue condenada a doscientos azotes y a cárcel de por vida, después de celebrarse su auto de fe en la Plaza Mayor de Madrid, remodelada por Felipe III y enclave por antonomasia de ajusticiamientos y autos de fe, amén de corridas de toros y festejos populares. Compareció con sambenito completo; la coroza sobre la cabeza y la mordaza en la boca, siendo abucheada e injuriada por el populacho.

No solo el don de la bilocación, la visión profética o la levitación eran atribuidas a beatas y religiosas de toda índole. Uno de los aspectos más célebres de su supuesta taumaturgia era el don de la sanación, don que se atribuyó durante siglos también a los reyes.

Uno de los procesos que más polvareda levantó en el Siglo de Oro fue el de la Madre Luisa de la Ascensión, conocida popularmente como la «monja de Carrión». En Carrión de los Condes la susodicha había fundado una hermandad de devotos que defendían la concepción inmaculada de la Virgen, y en 1625 había alcanzado tal éxito que sus congregantes sumaban 40.000 –entre ellos se encontraba el mismo rey, Felipe IV, sus hermanos, una de las infantas y cinco cardenales– y unos 150 conventos. A la religiosa se le atribuían facultades milagrosas y en Valladolid era considerada santa.

Al parecer, mostraba en sus manos las llagas de la Pasión de Cristo y «sostenía coloquios frecuentes con Dios y con la Virgen» Se le atribuían incontables privilegios celestiales –recogidos en tres libros manuscritos aparecidos entonces–, entre otros «Que la primera leche que mamó se la dio la Virgen» o que «libraba muchas almas del Infierno, salvando a veces 30 de un solo golpe». Además, se afirmaba que Cristo le había dado una manzana del Paraíso «por la cual sería inmortal hasta el Día del Juicio, cuando ella fuese acompañando a Enoch y a Elías en su guerra con el Antecristo (…)».

Por supuesto, no tardó el Santo Oficio en investigarla y en considerar heréticas tales afirmaciones, por lo que se inició un proceso contra ella que duró catorce años, tiempo durante el cual fue recluida en el convento de las Agustinas Recoletas de Valladolid, donde falleció el 28 de octubre de 1636.

Fueron también célebres durante el reinado de Felipe IV algunos procesos por brujería. En 1625 se procedió contra Isabel Jimena, que tenía fama de bruja en la villa y corte. Durante el juicio declaró que «tres gatos negros entraban de noche en su cuarto bailando, y le quitaban las chinelas. Un día amaneció acardenalada».

En 1645, también en Madrid, se acusó a cuatro prostitutas de brujas; de haber entrado en la casa de una familia honrada una noche de invierno para atacar a un niño; por la mañana, según describe Cirac?, cuando los padres despertaron sudando y acongojados tras un sueño largo y profundo, hallaron al pequeño muerto, «con los muslos acardenalados, vacías y negras de sangre sus partes, y tan consumido todo, que parecía chupado de brujas, y apretado con la boca, como es notorio que las brujas matan y hieren, según el testimonio de dos cirujanos».

En una carta de 1619 se señala que sólo en Cataluña tribunales civiles ahorcaron, en dos o tres años, a más de trescientas personas acusadas de brujería. España no fue sin embargo el país en el que se llevó a cabo una caza más encarnizada de las brujas –peor suerte corrieron judíos, moriscos y protestantes–, pues en países como Francia, bajo el reinado de Enrique IV, un tribunal civil hizo quemar a 100 brujas en apenas cuatro meses. Y en Alemania se llevó a la hoguera a 100.000 personas por esta causa.

Demonios, posesas y seres imposibles

En tiempos de superstición, fe exaltada y carencias de todo tipo no es extraño que el maligno hiciese a menudo de las suyas. Eran habituales los procesos en los que se afirmaba la realidad de un pacto demoníaco o se acusaba al reo de conjurar los malos espíritus para provocar el daño ajeno, tener “demonios familiares” o pertenecer a una secta satánica o brujeril.

Se escribieron múltiples tratados y compendios sobre la figura del demonio y la forma de combatirlo, adiestrando a los exorcistas cual soldados de Dios contra las fuerzas infernales. En 1631, diez años después de subir al trono Felipe IV, el doctor Gaspar Navarro, canónigo de Montearagón, publicó un pintoresco y no poco extravagante compendio de supersticiones demoníacas que entonces eran consideradas por muchos de sentido común, en un libro titulado Tribunal de superstición ladina. En él, dividido en 37 capítulos, sus tesis demoníacas, llamadas «Disputas», donde pretendía ridiculizar muchas de aquellas creencias, tenían títulos tan sugerentes como «Del saber que tiene el Demonio para revelar a los adivinos»; «Si puede el demonio conservar un cuerpo vivo sin comer, y de algunas cosas que hacen en los cuerpos muertos de sus amigos los magos, que parecen milagrosas y no lo son, como son hablar y conservarlos sin corrupción alguna»; «Apariciones así de demonios como de almas»; «De los raptos de los hechiceros que vulgarmente llaman arrobos. Y del maleficio que usa el Demonio con las brujas para sufrir los tormentos». Muy sugerente, y ciertamente escéptico en tiempos donde empezaba a decaer la brujomanía en el Viejo Continente, no así en el Nuevo, donde aún faltaban varias décadas para que se celebraran los celebérrimos e ignominiosos Juicios de Salem.

Al maligno y a los que trataban con él se les atribuía la capacidad de provocar tempestades, causar enfermedades, mudar a hombres en animales… El demonio estaba presente en todos los actos de la vida cotidiana del Siglo de Oro. Visible o invisible, juguetón o pendenciero, pero siempre malicioso, para los españoles del XVII su presencia servía para explicar todos los misterios de cualquier índole, principalmente aquellos más morbosos y tétricos. El contagio de las creencias diabólicas alcanzaba a eruditos y teólogos reputados, como el citado Gaspar Navarro, que no creía en todo, pero sí en mucho. Más atrevido fue el doctor Juan Rodríguez, capellán del convento madrileño de la Encarnación Benita, quien llegó a declarar que era lícito tratar al Demonio; mientras, fray Antonio Pérez escribió diversos libros aprobando las consultas con el espíritu del mal, según recogió a finales del siglo XVIII Juan Antonio Llorente en la monumental obra Historia de la Inquisición Española.

Fue célebre durante los siglos XVI y XVII el llamado «Diablo cojuelo», que no sólo dio nombre a una obra de Luis Vélez de Guevara, sino que éste lo tomó como protagonista precisamente porque en aquel tiempo era invocado habitualmente por hechiceras y celestinas, que recurrían a sus «malas artes» para realizar conjuros y filtros amatorios. En 1633 el Tribunal de la Inquisición de Toledo procesó a una mujer llamada Antonia Mexía que declaró que otra acusada, de nombre Beatriz, «habrá seis años que dijo a ésta que tomase un pedernal y le pusiese la mano encima y dijese: Estos cinco dedos pongo en este muro;/cinco demonios conjuro:/a Barrabás, a Satanás/a Lucifer, a Belcebú/al Diablo Cojuelo, /que es buen mensajero,/que me traigan a Fulano luego/ a mi querer y a mi mandar».

Cojuelo, a pesar de tener una pierna algo dañada, era «diablo bullidor y zaragatero, aficionado a bailes y holgorios y a meter en danza a los mortales, haciéndoles ganar el infierno alegremente», según recoge un manuscrito de la época.

Eran comunes en el Siglo de Oro las apariciones demoníacas, o así al menos se deduce de los testimonios recogidos en Avisos y Noticias contemporáneas. Pellicer cuenta un caso que tuvo lugar en 1641, según el cual un hortelano del monasterio de doña María de Aragón, «habiendo hecho voto de castidad, trató de casarse sin obtener dispensación. Y tres días antes de efectuarlo, una noche, 13 de abril, estando acostado con estos pensamientos, vio un demonio que le sacó de la cama y le arrastró grande rato por su aposento, dándole golpes como suyos».

Por su parte, Jerónimo de Barrionuevo refiere que «Un fraile descalzo franciscano, en Granada, que le tenían por santo, le hallaron, según se dice, ahorcado, y oyeron decir en el aire a voces: ‘¡Quítenle el hábito, que nos queremos llevar el cuerpo al infierno, ya que tenemos allí el alma!’, y que lo hicieron así».

El hechizo de Felipe IV

El caso más célebre de hechizamiento regio en el siglo XVII sería el del malogrado Carlos II, que precisamente ha pasado a la historia como «el Hechizado». Sin embargo, parece ser que su padre, Felipe IV, también fue hechizado. Así al menos intentaba explicar el vulgo los veintidós años de privanza que ejercía el conde duque de Olivares sobre el rey.

El Conde-duque de Olivares, por Velázquez

Se acusó al valido de tener haber tenido durante su juventud relación con algunos hechiceros de Sevilla y que ya como primer ministro «leía el Corán», por lo que le delató al Santo Oficio el cardenal Monti.

Fue acusado también –al menos en panfletos y crónicas– de introducir como médico de cámara de la reina al mago don Andrés de León, que «maleficó diez camisas, perfumándolas con polvos muy finos, rojos o cenicientos –dependiendo de la versión consultada–». Además, se le relacionaba con el nigromante Miguel Cervellón, acusado con pacto con el diablo y con una mujer de nombre Leonor que vivía en la calle Barquillo y a la que acusaron dos vecinas de haberles confesado poseer «hechizos sin peligro, probados en la persona del Rey por el Conde-duque, y fabricados por una amiga suya, llamada María Álvarez».

Aunque algunos miembros de la Administración que tuvieron conocimiento del caso intentaron abrir diligencias, el Conde-duque parece que tomó represalias, por lo que el caso quedó en agua de borrajas. No obstante, en los últimos años del reinado de Felipe IV, ya muerto el valido, los rumores de un encantamiento volvieron a resurgir con mayor fuerza y hacia finales de 1661 corrió por los mentideros el rumor del hallazgo de extraños objetos que estaban destinados a hechizar al rey y al valido don Luis de Haro, sobrino de Olivares, recientemente fallecido. Pero sería en 1665 cuando el rumor corrió como la pólvora en las esferas cortesanas y el Inquisidor General, P. González, y el confesor del rey, P. Juan Martínez, después de examinar una bolsita de reliquias y amuletos que el soberano llevaba consigo, hallaron «un libro antiguo, negro, de magia, y ciertas estampas con el retrato del Rey, traspasadas por alfileres. Todo esto fue solemnemente quemado, después de una ceremonia de exorcismos, por el Inquisidor General en la capilla de Atocha».

Nuestra Sra. de Atocha

En la imaginación popular se daban cita demonios, duendes, magos, brujas, nigromantes… personajes y bestias que convivían con las gentes y protagonizaban obras de teatro, novelas y coplillas. Quizá eran el reflejo del sentimiento del pueblo, un pueblo hambriento y desamparado, olvidado por sus gobernantes, que recurría al demonio para explicar los desastres de un imperio gigantesco que se venía abajo por su propio peso. El Siglo de Oro de las letras españolas, de bronce o más bien de hojalata para las miles de personas que intentaban ganarse la vida y pululaban por las calles de las grandes ciudades, debería llamarse, tal vez, el siglo del Maligno. Casi una herejía.

Energúmenas fingidas

No fueron menos los episodios de falsos posesos que recogieron crónicas, avisos e incluso obras literarias –el mismo Quevedo, cronista irreverente del Madrid barroco, hizo alusión directa al tema en La endemoniada fingida–. En la Relación de la endemoniada fingida –que forma parte de la correspondencia entre varios Padres de la Compañía de Jesús–, una carta fechada en Valladolid el 27 de enero de 1635, se habla acerca de una embaucadora que ideó que estaba endemoniada por falta de recursos, quizá porque una de las cosas que solían exigir los «demonios» era que les diesen limosnas para salir del cuerpo del poseso –muy ingeniosos ellos–.

Un sacerdote con diez años de experiencia en materia de «expulsar espíritus» la conjuró en una iglesia de monjas armado de una cruz, un Evangelio y agua bendita, instando a que las «cuarenta y dos legiones» que decía la energúmena tener en el cuerpo, se bajasen todos «a la uña del dedo pulgar del pie izquierdo, adonde por cuatro meses la dejasen comer, beber… sin que la hagan ningún daño, y que mientras él los ligaba la derribasen en el suelo con mucha honestidad». Tras darle muchas limosnas durante varios días, procedieron a exorcizarla de nuevo en otra iglesia,  donde se reunieron más de 200 personas. Al parecer todos sudaban la gota gorda porque habían entrado en el cuerpo de la mujer «tres demonios para ayudar a Belcebú (que hablaba por su boca)». Finalmente, acabó por confesar su engaño.

En Toledo se dio también el caso de un cura que fue llamado para exorcizar a una joven que «decían estar endemoniada, y no había sanado por más exorcismos que le había dicho un religioso». En la sacristía el párroco descubrió pronto que era una farsante y ordenó que le diesen dos docenas de azotes. Aunque empezó negando su culpa, el tormento provocó que finalmente confesara, afirmando que decía tener el demonio en el cuerpo «por miedo de que no la castigasen por cierto mal recaudo que había hecho con un mancebo».