Historia de las Cruzadas (Alianza)

Alianza editorial publica en un solo volumen la monumental Historia de las Cruzadas del historiador y medievalista británico Steven Runciman (1903-2000), sin duda la cumbre historiográfica de unos acontecimientos que cambiaron el mundo y cuyos efectos siguen repercutiendo en el presente.

Óscar Herradón ©

Runciman en 1957.

Steven Runciman no escribió una historia de las cruzadas. Escribió, según reconoció él mismo ante Jonathan Riley-Smith durante una entrevista, «no como historiador, sino como escritor de literatura». Esa confesión, recogida por el propio Riley-Smith y difundida después por su discípulo Christopher Tyerman, resume mejor que cualquier reseña académica el problema y la fascinación que sigue suscitando Historia de las Cruzadas –cuyo título original es A History of the Crusades (1951-1954)–, la trilogía que convirtió a un aristócrata excéntrico, aficionado al tarot y a los fantasmas, en la autoridad de referencia sobre las expediciones a Tierra Santa para varias generaciones de lectores anglosajones y que ahora podemos disfrutar en su totalidad en un solo volumen

Un diplomático con vocación de cronista bizantino

Antes de sentarse a escribir el primer volumen –The First Crusade and the Foundation of the Kingdom of Jerusalem–, Runciman había llevado una vida que parecía sacada de una novela de espías de salón. Hijo de un vizconde liberal y de una madre que fue de las primeras mujeres en sentarse en el Parlamento británico al mismo tiempo que su marido, heredó en 1937 una fortuna que le permitió dejar su plaza en Trinity College, Cambridge, y convertirse en un erudito independiente, sin ataduras universitarias.

Guy Burguess.

La guerra lo devolvió a la vida pública: fue agregado de prensa en la legación británica de Sofía –recomendado, no por casualidad, por su antiguo alumno Guy Burgess, luego célebre como espía soviético–, sobrevivió por poco a una explosión alemana en el hotel Pera Palace de Estambul y acabó, entre 1942 y 1945, como catedrático de Arte e Historia Bizantina en la Universidad de Estambul, la única cátedra universitaria que ocupó jamás. Un informe de la embajada italiana de la época lo describía como molto intelligente, molto pericoloso («muy inteligente, muy peligroso»). Fue precisamente en Estambul donde maduró la investigación que desembocaría en la trilogía.

El resto de su biografía pertenece más al anecdotario de la alta sociedad británica que a la historiografía: tocó dúos de piano con el último emperador de China, leyó el tarot al rey Fuad de Egipto, fue nombrado dervише (derviche) honorario, acumuló el título de Gran Orador del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla en 1969 y, ya nonagenario, sobrevoló en helicóptero el Monte Athos para asistir a la bendición de una torre que él mismo había financiado. El biógrafo Minoo Dinshaw, autor de Outlandish Knight: The Byzantine Life of Steven Runciman (2016), reconstruyó minuciosamente esa existencia de esteta trotamundos, obsesionado a la vez por la exactitud histórica y por la videncia, el ocultismo y las historias de fantasmas que gustaba de representar para sus invitados en su torre escocesa de Elshieshields. La crítica de Rosemary Hill en la London Review of Books lo retrató, ya en sus últimos años, como una reliquia de Bloomsbury convertida en personaje casi tan remoto como los príncipes de los que hablaba.

El veredicto que marcó a Bizancio

Asalto a Constantinopla, por Tintoretto (1580).

Si algo ha sobrevivido de la trilogía (ahora, insisto, reunida en un solo volumen por Alianza) en la memoria colectiva, más allá de los especialistas, es una sola frase: there was never a greater crime against humanity than the Fourth Crusade –«nunca hubo un crimen mayor contra la humanidad que la Cuarta Cruzada»–, el juicio que Runciman dedicó al saqueo de Constantinopla en 1204. Esa condena, coherente con su bizantinofilia declarada y con su desprecio por los cruzados latinos, no fue un simple exceso retórico: ha sido citada durante décadas en la historiografía sobre la cruzada, y se invoca habitualmente como telón de fondo de la disculpa histórica que el papa Juan Pablo II ofreció en junio de 2004, ochocientos años después de los hechos, al patriarca ortodoxo Bartolomé.

De la epopeya literaria a la revisión académica

Asedio de Antioquía durante la I Cruzada.

La trilogía de Runciman marcó un giro deliberado respecto a la visión romántica decimonónica de las cruzadas como guerra defensiva de la cristiandad. El británico las presentó, en cambio, como una intrusión bárbara en un mundo bizantino e islámico culturalmente superior. Ese enfoque, unido a una prosa narrativa de gran vuelo, explica por qué la obra se convirtió, en palabras de Tyerman, catedrático de Historia de las Cruzadas en Hertford College, Oxford, en «una referencia de base para las actitudes populares en todo el mundo anglófono, presente en la letra impresa, el cine, la televisión e internet». Pero el propio Tyerman, en su The Debate on the Crusades, diseccionó con dureza las carencias del relato de Runciman, exponiendo sus fallos de método incluso mientras explicaba su influencia duradera.

Toma de Jerusalén durante la I cruzada.

El prestigioso historiador británico Jonathan Riley-Smith (1938-2016), que dominó los estudios sobre cruzadas desde Cambridge y Londres en las últimas décadas del siglo XX, encabezó junto a su escuela una revisión de fondo que desplazó el foco desde la narrativa épica hacia las motivaciones reales de los cruzados y las estructuras institucionales de la cruzada como fenómeno jurídico y religioso; esa nueva generación historiográfica, resumida por el historiador y medievalista también inglés Giles Constable (1929-2021) en su ensayo sobre la historiografía de las cruzadas, relegó a Runciman a la categoría de clásico literario más que de autoridad de método. El estadounidense Thomas Madden, al incluir un texto de Runciman sobre Bizancio y las cruzadas en su antología The Crusades: The Essential Readings, advertía que su inclusión resultaba casi una rareza dentro del canon académico contemporáneo, justificada por su peso histórico más que por su vigencia interpretativa. Aún así, es una obra fundamental de la historiografía del siglo XX, capital, a pesar de sus carencias que pueda mostrar tantas décadas después, para entender el pasado. En palabras de Gore Vidal: «Leer a un historiador de la talla de Runciman nos recuerda que la historia es un arte literario equiparable a la novela».

La guerra del opio (Desperta Ferro)

Publicado originalmente en 2011, Desperta Ferro publica en castellano un absorbente ensayo de Julia Lovell, profesora de historia y literatura china moderna en Birkbech, Universidad de Londres: La guerra del opio: drogas, codicia y la forja de la China moderna, un libro que se propone algo más ambicioso que narrar la contienda de 1839-1842, y es explicar cómo ese conflicto, relativamente menor en términos militares, se convirtió en el mito fundacional del nacionalismo chino contemporáneo.

Por Óscar Herradón ©

Chiang Kai-shek.

Ese doble movimiento –la guerra como hecho histórico y la guerra como construcción memorística retroactiva– es lo que distingue este título de una historia militar convencional y lo que ha generado, a la vez, sus mayores elogios y sus críticas más serias. Lovell escribe desde una posición poco común, al trabajar directamente con fuentes chinas y británicas del periodo, algo al alcance de muy pocas autoras occidentales. Buena parte de la originalidad del libro reside precisamente en el detalle con que Lovell reconstruye cómo el régimen nacionalista de Chiang Kai-shek, ya en el siglo XX, instrumentalizó el recuerdo de la guerra para forjar sentimiento patriótico, mucho antes de que el Partido Comunista heredara ese relato.

¿Qué encontraremos en el libro?

La Guerra del Opio es uno de los episodios más infames de la historia de Gran Bretaña, arrastrada por los intereses de empresarios de dudosa reputación, corporaciones privadas, lobistas sin escrúpulos y halcones del imperialismo más depredador a un conflicto inmoral por un negocio que generaba formidables fortunas a costa de diezmar a la población y destruir la economía del Imperio Qing: el derecho a vender opio y, en última instancia, el sometimiento de China a la supremacía occidental.

El libro de la historiadora y sinóloga Julia Lovell, que, insisto, lleva décadas estudiando las fuentes chinas, va mucho más allá de la perspectiva occidental tradicional al otorgar protagonismo y voz propia al Imperio Qing, explorando sus intensas interacciones con el mundo más allá de sus fronteras –desterrando el mito de un país cerrado e impermeable–, su idiosincrasia interna, así como la incomprensión mutua que empujó a ambas partes hacia la guerra; un conflicto tan brutal como asimétrico condicionado por la abrumadora superioridad tecnológica occidental y la falta de realismo militar de China, no exento de episodios tragicómicos, hipocresía victoriana, tropiezos burocráticos, errores militares y oportunismo político.

A lo largo de los últimos dos siglos, esta guerra desatada por la droga y la codicia –motivos que resuenan en conflictos actuales– se ha convertido en el episodio fundacional del nacionalismo chino, una humillación que ha moldeado las interacciones de Pekín con el resto del mundo, y una memoria y unos prejuicios que han enturbiado su relación con Occidente hasta el día de hoy.

Leído en conjunto, La guerra del opio funciona mejor como historia de la memoria que como historia militar propiamente dicha: su aportación más sólida no es el relato del conflicto en sí, sino el análisis de cómo un episodio bélico relativamente contenido fue transformado, generación tras generación, en la piedra angular del relato de humillación nacional que sostiene buena parte del nacionalismo chino actual. Un ensayo que ha merecido, y no es para menos, el Jan Michalski Prize for Literature y ha sido finalista del Guggenheim-Lehrman Military History Prize, y ha sido elogiado por figuras como el prestigioso historiador escocés William Dalrymple: «El gran libro sobre la Primera Guerra del Opio […] Julia Lovell ha pasado décadas de su vida estudiando las fuentes chinas, ningún otro trabajo alcanza el extraordinario nivel de comprensión de la China de esta época. Lo he disfrutado a lo grande y lo recomiendo encarecidamente».  Pues eso.

Orquestando el Día D. Los secretos del Desembarco de Normandía (III)

Fue un momento crucial en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial y a la hora de doblegar a las fuerzas de Hitler en el viejo continente. Ahora que Ático de los Libros publica el ensayo Normandía 1944, del prestigioso historiador y escritor británico James Holland, recordamos algunas anécdotas de aquella sangrienta y heroica jornada que cambió la historia para siempre.

Óscar Herradón ©

Desde el 17 de abril se impuso una estricta censura en las comunicaciones de los diplomáticos extranjeros y las salidas y entradas al país estaban rigurosamente controladas. Un buen espía enemigo podría dar al traste con la operación más importante de toda la contienda, que serviría para asestar un golpe mortal a Hitler y sus generales. Los agentes al servicio del Comité XX que habían sido «engañados» para transmitir información errónea a sus supervisores alemanes, y que tenían por objetivo generar mucho «ruido» y confusión, eran uno de los aspectos fundamentales de la denominada Operación Fortitude (Fortaleza), la medida de distracción más ambiciosa de la guerra, mayor incluso que el proyecto (maskirovka o «decepción militar») que por aquel entonces preparaba el Ejército Rojo para ocultar el verdadero objetivo de la Operación Bagration, la ofensiva militar de Stalin para cerca y aplastar en el verano de 1944 al Grupo de Ejércitos Centro de la Wehrmacht en Bielorrusia.

Operación Fortitude

Patton y Montgomery.

La Operación Fortitude estaba dividida en dos: Fortaleza Norte y Fortaleza Sur. La primera, que tenía como misión crear formaciones falsas en Escocia a partir del denominado 4º Ejército Británico, fingía estar preparando un ataque contra Noruega. Su intención: que Hitler mantuviera las divisiones alemanas destacadas allí y no las trasladase hasta la costa occidental. Fortaleza Sur era la operación de mayor envergadura. Su objetivo consistía en hacer creer al enemigo que cualquier desembarco en Normandía en una maniobra de desinformación gigantesca y perfectamente urdida para alejar a las divisiones alemanas de reserva del Paso de Calais.  La verdadera invasión se suponía que iba a tener lugar durante la segunda quincena de julio entre Boulogne y el estuario del Somme. El emblemático y controvertido general norteamericano George S. Patton, el militar más temido por los alemanes, fue puesto al frente de un hipotético I Grupo de Ejércitos de los Estados Unidos, que contaba con once divisiones al sureste de Inglaterra. Aquel ejército no existía pero había que hacer creer a la Inteligencia alemana y por tanto al OKW, que sí.

En la misma línea en la que Jasper Makelyne y su «Cuadrilla Mágica» (Magic Gang) crearon en el norte de África ejércitos enteros de cartón piedra en la lucha contra el Afrika Korps de Rommel, una serie de aviones de cartón piedras y tanques hinchables ­–montados sobre camiones, la mayoría similares a los Mark-I británicos–, junto a 250 lanchas de desembarco falsas, contribuirían a fabricar esa ilusión entre las filas enemigos.

Para aumentar dicho espejismo, dos cuarteles militares ficticios emitían constantemente mensajes de radio y un ingenioso sistema de sonido lanzaba al aire ruidos que simulaban movimientos de tropas, camiones y excavadoras en funcionamiento e incluso tanques que tomaban posiciones –sonidos que podían confundir a los espías que se hallasen en los alrededores, en un perímetro de varios kilómetros a la redonda–. Asimismo, se crearon incluso formaciones ficticias, como la 2ª División Aerotransportada británica.

La Red Garbo

La Red Garbo emitió hasta unos 500 mensajes. Estaba formada por 27 subagentes totalmente inventados que bombardeaban la central de inteligencia alemana en Madrid con informaciones minuciosamente preparadas por los servicios secretos aliados en Londres y que enseguida eran retransmitidas a Berlín.

Beevor señala que «Esos comunicados ofrecían una serie de detalles que poco a poco iban tejiendo el entramado con el que el Comité de la Doble Equis quería persuadir a los alemanes de que el mayor ataque iba a tener lugar más adelante en el citado Paso de Calais». También se idearon otras tretas para impedir que los alemanes desplazaran a Normandía, el verdadero lugar de desembarco, tropas procedentes de otros enclaves de Francia. Así nació la Operación Ironside, cuyo objetivo era dar la sensación al enemigo de que dos semanas después de los primeros desembarcos se lanzaría una segunda invasión en la costa occidental francesa directamente desde los EE.UU. y las Azores.

Elvira Chaudoir.

Para impedir que los nazis desplegaran a Normandía, como medida de precaución, la 11ª División Acorazada, que se encontraba entonces en Burdeos, una agente doble destinada en Gran Bretaña, controlada por el Comité XX, conocida como «Bronx» –y cuyo verdadero nombre era Elvira Chaudoir–, envió el siguiente mensaje cifrado a su supervisor alemán en el Banco Espirito Santo de Lisboa: Envojez vite cinquante libres. J’ai besoin por mon dentiste («envíe rápidamente 50 artículos. Necesito para mi dentista»), cuyo significado en clave era: «en torno al 15 de junio se llevará a cabo una operación de desembarco en el golfo de Vizcaya». Era mentira, claro, pero puesto que el supervisor de «Bronx» ignoraba  completamente que esta formaba parte del Sistema de la Doble Cruz, envió su información puntualmente a Berlín y el resultado sería que la Luftwaffe comandada por Hermann Göering, que evidentemente temía un desembarco en la Bretaña francesa, ordenó la destrucción inmediata de cuatro aeródromos situados cerca de la costa. Aquello daba una ventaja considerable a los aliados. Una mentira dentro de otra mentira, una desinformación que confundía aún más la desinformación anteriormente enviada. Al igual que «Bronx», otra serie de agentes harían campaña común para la mayor operación de «decepción» de la historia bélica.

Operación Copperhead

Clifton James caracterizado como Montgomery.

A finales de mayo se puso en marcha otro plan de desengaño conocido con el nombre en clave de Operación Copperhead, una pequeña parte de Bodyguard, ideada por el oficial de inteligencia Dudley Clarke. La idea, que parece sacada del guion de una película, era que un actor, concretamente el australiano Mayrick Clifton James, se hiciera pasar por el general Bernard Law Montgomery, con el que tenía un asombroso parecido. El teniente coronel J. V. B. Jervis-Read, director del OPS (b) (Departamento de desinformación británico) vio una foto suya en el News Chronicle y supieron que el intérprete australiano, con 25 años de interpretación a sus espaldas cuando estalló la guerra era su hombre. Al reunirse con él le dijeron que se buscaba a un actor para una serie de películas propagandísticas que el Ejército tenía pensado rodar, un ingenioso plan de decepción. James aceptó, aunque la misión no fue tan sencilla como aparentaba. El falso Montgomery visitó Gibraltar y Argel para hacer creer al Eje que se preparaba un ataque contra la costa del Mediterráneo.

Dusko Popov.

Por su parte, el complejo secreto de decodificación de mensajes de Bletchley Park que tantos éxitos había cosechado en la sombra contra los alemanes, adoptó un nuevo sistema de observación, minucioso, para el éxito de Overlord; los expertos, a través de las interceptaciones «Ultra», la gallina «de los huevos de oro del premier», estarían preparados para descifrar cualquier cosa importante en cuanto tuvieran noticia de ella. Gracias a este sistema, los oficiales de inteligencia destinados en la campaña británica también podrían comprobar el éxito de la desinformación elaborada en el marco de Fortitude y transmitirla por Garbo y los principales agentes de la «Doble Equis, como Dusko Popov, alias «Triciclo» o el polaco Roman Garby-Czerniawski, alias «Brutus», entre otros.

Bletchley Park.

Era evidente que los alemanes habían mordido el anzuelo: el 22 de abril fue descifrado en el complejo de Bletchley un comunicado alemán que identificaba al «4º Ejército», con su cuartel general cerca de Edimburgo y dos de sus divisiones situadas en Stirling y Dundee. Otros mensajes secretos interceptados evidenciaban que la Wehrmacht creía que la División Lowland se estaba preparando para lanzar un ataque contra Noruega, como preveía el plan Fortaleza Norte. Ello condujo a que los alemanes –según se dedujo una vez más a través de «Ultra»– llevaran a cabo ejercicios de maniobras antiinvasión, basándose en el supuesto de que los desembarcos tendrían lugar entre Ostende y Boulogne.

El final de la cuenta atrás

Alan Turing.

El 2 de junio, considerando que tenían los datos suficientes, los oficiales al mando de la mansión en la campiña inglesa donde trabajaban Alan Turing y otros eminente criptoanalistas y matemáticos en la lucha contra Hitler, emitieron el siguiente comunicado: «Las pruebas más recientes indican que el enemigo supone que los aliados ya han finalizado todos los preparativos. Espera que un primer desembarco tenga lugar en Normandía o en Bretaña, y que a continuación se materialice el grueso de la operación en el Paso de Calais». El camino hacía el Día D parecía estar completamente despejado… ¿o no?

Sala del Teléfono.

Las cosas se complicaban con los informes meteorológicos citados. A primera hora del 2 de junio, Eisenhower se subía a su caravana, oculta en el parque de Southwick bajo redes de camuflaje, y a la que llamaba «mi carromato de circo», esperando los últimos informes. Allí, en los escasos momentos que tenía libres, intentaba mitigar sus nervios leyendo novelas del oeste –que, curiosamente, también apasionaban a Hitler–, o fumando echado en su camastro. Churchill, bajo su búnker de la City, hacía lo propio, apurando su coñac y fumando sus puros, a veces pintando, una de sus grandes pasiones, a la espera del momento definitivo, el momento en el que la Historia, con mayúscula, decidiría el porvenir del mundo libre. Mientras llegaba la hora, el orondo premier mantenía un contacto continuo con el ya muy enfermo presidente estadounidense Roosevelt, a través de su línea secreta en su «Sala del Teléfono». La espera comenzaba a hacerse cada vez más angustiosa.

Como ya hemos señalado, el Día D, el momento decisivo de la invasión de Europa, se programó en un momento para el 5 de junio, cuando se consideró por los informes meteorológicos que era la fecha más probable para poder contar con aguas tranquilas, así como luna llena y marea baja con las primeras horas del sol, sin embargo, una serie de tormentas obligó a retrasar la ambiciosa operación un día, por lo que las tropas se movilizaron finalmente el 6 de junio, la fecha que pasaría a la Historia. Era el final de la cuenta atrás: el Día D desembarcaron simultáneamente centenares de decenas de miles de tropas británicas, estadounidenses y canadienses (y algunas francesas)  en cinco playas separadas de Normandía.

¿Qué encontraremos en el libro de James Holland Normandía 1944. El Día D y y la batalla por Francia?

En esta nueva historia del Día D y las batallas en Normandía (que Ático de los Libros publica en rústica con solapas tras el éxito de su edición en tapa dura), James Holland, el principal exponente de la nueva generación de historiadores que están reinterpretando la Segunda Guerra Mundial, nos ofrece una visión global que cuestiona mucho de lo que creemos saber sobre esta campaña. Muchos relatos anteriores han ignorado la escala y complejidad del esfuerzo bélico aliado, así como las limitaciones tácticas, operativas y estratégicas de las fuerzas alemanas.

A partir de archivos y testimonios inéditos que van desde soldados rasos hasta generales, pasando por pilotos de bombarderos, enfermeras o miembros de la Resistencia, el autor nos brinda, con una prosa palpitante, el relato épico de la campaña que supuso el principio del fin de la guerra en Europa. Normandía 1944 es una historia de lucha y superación, un relato del Día D y la campaña de los Aliados en Normandía que integra los niveles operacional, estratégico y táctico en una obra escrita con el magistral estilo que caracteriza a Holland.