Superstición y brujería en la España de Carlos III

A mediados del siglo XVIII llegaron a España vientos nuevos, ilustrados. Lejos quedaban ya los tiempos de los cuatro Felipes y de Carlos II el Hechizado, cuando el pueblo de Madrid se reunía en la Plaza Mayor para celebrar un auto de fe en el que se quemaba a algún desdichado acusado de herejía o brujería.

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Pero las creencias supersticiosas, tan arraigadas en la Península Ibérica, seguían vigentes en el imaginario español, y aún bajo el reinado de Carlos III y su despotismo ilustrado, tiempo en que florecieron las ciencias y las artes, el populacho seguía sin resignarse a abandonarlas, circulando todo tipo de leyendas que muchos consideraban reales.

Un buen día, dos guardias de corps que paseaban por las inmediaciones de los que hoy es el Viaducto madrileño, creyeron ver una extraña sombra que salía de entre las nubes y que tenía forma de anciana vestida de luto y montaba sobre una escoba. Asustados, los guardias entraron en una taberna cercana y tras pedir una buena dosis de vino para reponerse, contaron a los allí presentes lo que habían visto. El mozo de la taberna, acostumbrado a cotilleos y supercherías varias, afirmó que se trataba del «espíritu de Andrea», que de un tiempo a aquella parte venía apareciéndose por las cercanías del Palacio Real. Al parecer, Andrea era una mujer de armas tomar en tiempos del rey Fernando VI, que había muerto de forma misteriosa cuando paseaba por aquella misma zona: un remolino de aire surgió de repente y se la llevó en volandas, sin que se volviera a saber nada más de ella. En los últimos meses varios vecinos decían haberla visto a lomos de una escoba, como los mismos guardias de corps.

Pronto circuló aquel suceso, aderezado por la imaginación popular, por todo Madrid y los alrededores del Palacio Real comenzaron a llenarse de curiosos ávidos por observar a la esquiva Andrea. Ésta, respondiendo a la habitual actitud caprichosa de los «fantasmas», no volvió a aparecer, pero entre la multitud no tardó en aparecer un espontáneo que gritó: «¡Allí, allí!», señalando a lo alto del palacio. Y algunos creyeron ver la figura del demonio allí arriba, totalmente rojo y llameante, con el tridente en las manos paseándose de una nube a otra. Al momento comenzó a llover de forma torrencial y los curiosos no tardaron en afirmar que «el Malo» –que así llamaban entonces al maligno– había provocado aquel diluvio para desbaratar la concentración, celoso de la popularidad de la bruja, toda una estrella del Madrid ilustrado. Los presentes se hicieron la señal de la cruz y no tardaron en encontrar a los culpables de aquello: los ministros extranjeros que había traído Carlos III desde Nápoles…

¡Quiénes podrían ser si no!

Y trata de esclavos…

La España de Carlos III y el final del Antiguo Régimen no son un tema habitual en las novedades editoriales fuera del ámbito académico, al menos en comparación con la España imperial, los Austrias o las numerosas publicaciones sobre Felipe II y sus sucesores en el trono hispánico. En el marco temporal de los narrado en este post, aunque de temática completamente diferente, destaca una novedad bibliográfica que ha lanzado hace unos meses Alianza Editorial y de cuya lectura he disfrutado precisamente por la difusión –minuciosa– que hace de un tema poco conocido en relación con nuestro país, y en concreto con su capital: el de la esclavitud por estos lares entre los siglos XVIII y XIX.

El título en cuestión es La esclavitud a finales del Antiguo Régimen. Madrid, 1701-1837. De moros de presa a negros de nación. En sus documentadas páginas, el profesor titular del Departamento de Historia Moderna de la Universidad Autónoma de Madrid, José Miguel López García, reconstruye las peripecias –más bien desdichas– vitales de unos hombres marginados que la historiografía relegó por completo al olvido, mostrándonos la realidad de un Madrid multiétnico cuyos gobernantes promocionaron lo que se dio en llamar «la trata negrera», exhibiendo públicamente a sus esclavos para mostrar su podería ante una sociedad que, a pesar de hallarse a las puertas de la modernidad, estaba todavía marcada por los estratos sociales, la injusticia y la opresión en la que el esclavismo, que siempre suele vincularse con el Nuevo Mundo y en concreto las tierras de Norteamérica, fue uno de sus aspectos más ignominiosos, una práctica que ocurrió hasta bien entrado el siglo XIX.

El desconocido siglo XII: un «Renacimiento» en plena Edad Media

Charles Homer Haskins (1870-1937), fue un historiador fuera de lo común. Nacido a finales del siglo XIX en Meadville, Pensilvania, Estados Unidos, llegó a ser asesor de Woodrow Wilson, vigésimo octavo presidente de EEUU y principal responsable de la entrada de su país en la Gran Guerra…

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Novedad de Ático de los Libros.

De forma indirecta, la entrada de Wilson en la «Triple Entente» contribuiría a extender una de las peores pandemias de la humanidad: la mal llamada gripe española, hoy tan de moda por culpa del azote del Covid-19, pero esa es otra historia. Haskins fue una suerte de niño prodigio que ya a corta edad habla con fluidez latín y griego, algo bastante sorprendente al otro lado del Atlántico hace más de un siglo. A los 20 años consiguió un doctorado en Historia en la Universidad Johns Hopkins; luego fue nombrado instructor en la Universidad de Wisconsin y dos años más tarde obtuvo la cátedra de aquella, donde permaneció como catedrático de Historia de Europa doce años hasta que se marchó a la Universidad de Harvard, donde se convertiría en un profesor legendario durante tres largas décadas.

Llegó a ser considerado el primer medievalista norteamericano, y no se conformó con la tarea del estudio y la divulgación –ardua en relación con los mal llamados «siglos oscuros»–, y con la enseñanza de la forma más ingeniosa, sino que planteó en sus exhaustivos trabajos un planteamiento cuanto menos renovador, por no decir revolucionario: que el Renacimiento no se inició en el siglo XV en Italia, sino en la Alta Edad Media, alrededor del año 1070. Y aunque se topó, como era de esperar, con la oposición de muchos académicos, una postura «oficialista» que perdura hasta el día de hoy, donde los postulados de Haskins siguen tomándose con cautela, su obra desarrolla esta hipótesis de una forma no solo convincente sino verosímil, más allá de que finalmente tenga la razón absoluta en sus planteamientos, cosa siempre abierta, como debe ser, a debate académico.

Erudición y facilidad en la lectura (no son incompatibles)

Hace unos años una de las editoriales abanderadas de la historiografía en nuestro país, Ático de los Libros, publicaba la edición en tapa dura de aquella brillante obra, que fue descrita por The Sunday Times así: «El exquisito y elegante libro del profesor Haskins es sólido y profundo». Una edición que obtuvo un gran éxito entre el público por su profundidad y a la vez facilidad de lectura –no olvidemos la labor pedagógica, largamente loada, del autor– y que se reeditó numerosas veces.

Ahora, en pleno otoño, lanza como novedad la edición en rústica del mismo libro, más asequible económicamente: El renacimiento del siglo XII.

Así, en este magnético trabajo de casi 400 páginas, Haskins se adentra con determinación en el siglo XII, que define como «en muchos sentidos una época de innovaciones y vigor» y concretamente en la alta cultura de entonces, para demostrar que fue un claro periodo de dinamismo y crecimiento, nada que ver con lo comúnmente creído de una época oscura y donde el saber sufrió prácticamente una parálisis, sino un florecimiento determinante para fructíferos periodos históricos posteriores que sí han merecido dichos epítetos.

El autor estadounidense estudió la evolución del arte y de la ciencia de estos años, sus universidades –de gran importancia en Occidente para la divulgación del saber– la filosofía, que tuvo un periodo dorado al igual que el derecho de la antigua Roma o la literatura: hubo, por ejemplo, una recuperación de las técnicas carolingias de iluminación de los manuscritos, que había desaparecido con el siglo anterior, o el importante resurgimiento de los clásicos latinos, tan cruciales en la evolución del pensamiento posterior. Fueron los años también de otras figuras que, contrariamente a la imagen tosca de oscuros monarcas medievales que solo financiaban la guerra o se solazaban con la caza y los festejos, fomentaron el saber, como el rey Enrique II de Inglaterra, o mecenas de las letras como su mujer, la legendaria Leonor de Aquitania, y su hija, María de Champaña, en tiempos del amor cortés y también, es cierto, de derramamientos de sangre que no han faltado en época alguna, de guerras de por la fe y de las Cruzadas, a las que Ático de los Libros ha dedicado monumentales monografías, como Las Cruzadas, de Thomas Asbridge, o una de sus últimas novedades, la edición tempus de La Alexíada. Una historia del imperio bizantino durante la primera cruzada, de Ana Comnena, que pueden encontrarse en su rico fondo editorial.

Enrique II de Inglaterra.

Fue también la época del redescubrimiento de la ciencia tras siglos de invasiones y destrucción de todo lo anterior, gracias, por ejemplo, a la labor llevada a cabo en la Península Ibérica por los traductores de la escuela de Toledo –no olvidemos que apenas unas décadas después sería el tiempo de reyes hispánicos tan cultivados como Alfonso X el Sabio (1221-1284), quien potenció la labor de dicha escuela donde se dieron la mano las «Tres Culturas» en tiempos de la Reconquista, lo cual era algo más que atrevimiento–. También tuvo gran importancia la labor llevada a cabo en la corte de Sicilia, que en unos años se hallaría bajo el cetro de uno de los soberanos más sorprendentes del Medievo: el emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico Federico II de Hohenstaufen (1194-1250), que fue conocido como «el Asombro del Mundo» (Stupor Mundi).

Un tiempo plagado de contrastes, donde a la vez que veía su culminación el arte románico surgió el estilo gótico, se levantaron hacia el inabarcable azul del cielo algunas de las catedrales más impresionantes construidas por el hombre, se hizo fuerte la enigmática y heterodoxa Orden del Temple o aparecieron las primeras universidades en el viejo continente, las cuatro que marcarían el desarrollo de todas las demás: la de Bolonia (1088), la de Oxford (1096), la de París (1150) y la de Montpellier (1220).

Una época, en definitiva, de puro «Renacimiento» en numerosos campos que Haskins se ocupó de elevar al lugar que merecía entre los historiadores, impulsando la labor investigadora posterior: «El siglo XII dejó su impronta en la educación superior, en la filosofía escolástica, en los sistemas europeos de derecho, en la arquitectura y escultura, en el drama litúrgico, en la poesías en lengua latina o vernácula…».

Para conocer a fondo dicho esplendor, nada mejor que sumergirnos en las páginas del libro citado. Historia, con mayúscula, reveladora.   

Los 16 «mártires» sangrantes del Partido Nazi

Una vez que Adolf Hitler se hizo con el control del Partido Obrero Alemán fundado por el cerrajero Anton Drexler y lo reconvirtió en el NSDAP –Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores–, se entregó por completo a crear toda una simbología de ecos trágicos y grandilocuentes, con un fuerte componente místico-religioso. La temible esvástica fue su emblema, y la religión de la sangre, esbozada por el racista y teórico nazi Alfred Rosenberg, su credo.

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Fiesta del Partido Nazi en 1935.

El nuevo régimen necesitaba, como nueva religión, sus propios mártires, y éstos fueron, además del «camisa parda» Horst Wessel, los 16 miembros del NSDAP caídos el 9 de noviembre de 1923 durante el fracaso del Putsch de la Cervecería, símbolo del sacrifico para la redención del pueblo alemán.

En palabras de Éric Michaud, director de estudios en la École des hautes études en sciences sociales (EHESS) de París, autor de La estética nazi, un arte de la eternidad: «esa sangre confiscaba progresivamente la de los mártires de la Gran Guerra».

Se convirtieron en los 16 mártires sangrantes –Blutzeugen– y la conmemoración de su muerte se convirtió en una de las festividades más importantes del Tercer Reich junto al cumpleaños del Führer, el 20 de abril. En 1933, en la Feldherrnhalle de Munich, donde cayeron sus hombres, Hitler hizo erigir una gran placa de bronce con el nombre de los muertos caídos en el combate por la «libertad».

Feldherrnhalle (Múnich) durante el III Reich.


Precisamente a los «mártires del Movimiento», Adolf Hitler había dedicado el primer volumen de Mein Kampf, cuyas primeras ediciones reproducían sus nombres y sus correspondientes retratos, señalando que habían caído «en la fiel creencia en la resurrección de su pueblo».

El día 9 de noviembre se conmemoraba a la vez la muerte y la resurrección de los caídos. Se celebraba una marcha solemne que recordaba a las procesiones cristianas con los «Viejos Combatientes» del Partido, ataviados con sus vestidos de 1923 –que una tienda especial se había encargado de fabricar iguales–, que partían de la Bürgerbräukeller y llegaban hasta el Feldherrnhalle, recordando el recorrido hecho aquel ya lejano día del Putsch muniqués en que Göring fue herido y el ahora todopoderoso Hitler huyó y estuvo a punto de suicidarse. ¡Qué rápido olvida el hombre sus miedos y debilidades pasadas cuando está en la cima de su poder!

Los Templos de los Héroes

Para la conmemoración de estos «caídos», ritual que el Führer inauguró en 1935 y que permanecería inmutable hasta los años de la guerra, se erigieron los dos templos de los Héroes (Ehrentempel) sobre la Königsplatz, edificios concebidos por el propio Hitler y el arquitecto Ludwig Troost, destinados a recibir cada uno ocho sarcófagos de bronce, templos que simbolizaban «el pueblo resucitado y redimido». El recorrido hasta allí estaba jalonado de 240 altos pilones envueltos en paño rojo, coronados de vasos donde ardía la «llama del recuerdo». A medida que avanzaba la solemne comitiva, los nombres de los muertos del Movimiento eran recitados mientras se escuchaban cantos solemnes y una vez en la Köningsplatz se depositaban los ataúdes ante los dos templos.

Ehrentempel

Hitler, que en Mein Kampf plasmaba su indignación porque el Gobierno de Weimar hubiera rechazado una sepultura común para estos «héroes» (lo cual no era de extrañar, pues pretendieron precisamente acabar con ese Gobierno por la fuerza), hizo exhumar sus cuerpos y exponerlos en la Feldherrnhalle el 8 de noviembre, el día antes de la procesión. Ya entrada la noche, acudió al lugar en un imponente descapotable, pasando lentamente por la puerta de la victoria, atravesando las obligadas antorchas, las banderas con la esvástica y la multitud reunida.

En silencio subió, solo, los peldaños tapizados de rojo que separaban a esa multitud del recinto sagrado. Se recogió durante bastante tiempo ante cada uno de los féretros en un momento de gran solemnidad, incrementado por los pilones hinchados en lo alto de los dieciséis catafalcos y las teas de las SA y las SS que emanaban un humo eterno. Una vez allí, retumbaban dieciséis cañonazos, uno por cada caído, y se recordaban los nombres de los «mártires».

Hitler, que había comparado en 1923 la Alemania vencida al Cristo moribundo sobre la cruz, en palabras del citado Michaud, «reaparecía entonces transfigurado. Restauraba la gloria de los mártires y, providencial sobreviviente escapado del reino de los muertos, llevaba con él la salvación del Reich eterno». La edición del día siguiente del Völkischer Beobachter decía: «Él se yergue ante nosotros, como una estatura, ya más allá de la dimensión terrestre».

La Bandera de la Sangre

Así, Hitler volvía a traer del reino de los muertos los mandamientos de la sangre para que su pueblo los obedeciera. Setenta mil miembros del Partido desfilaron después como su séquito ante los caídos. Como reliquia por antonomasia del NSDAP estaba la llamada «bandera de la sangre» (Blutfhane), conducida por la Orden de la Sangre, una bandera recogida el día del Putsch fallido y salpicada por la sangre de los mártires. Desde el segundo Congreso del Partido en 1926,  a la bandera se atribuía la virtud de transmitir fuerzas por contacto, aunque eran pocas las veces que tal reliquia –tan importante– era mostrada en público. Cada vez que se consagraba una nueva bandera del partido o de organizaciones como la Orden Negra, con sus runas sieg (SS), ésta debía ser consagrada por Hitler con la Blutfhane en un ritual de fuerte contenido simbólico.

Hitler con la Blutfahne consagra otras banderas.

Como colofón a la solemne ceremonia, Goebbels hacía un último recital de los nombres de los caídos que imitaba el ritual de los fascistas italianos, uno tras otro, como si hubieran resucitado, seguidos de un ¡Presente! que entonaba el coro de las Juventudes Hitlerianas. Luego los ataúdes eran bajados al corazón de los dos templos y Hitler, visiblemente emocionado, decía: «Para nosotros ellos no están muertos. Estos templos no son sepulturas, sino una Guardia eterna. Ellos están allí para Alemania y velan por nuestro pueblo. Reposan aquí como los verdaderos mártires del Movimiento».

Los nacionalsocialistas ya tenían la liturgia y los lugares de rezo del régimen, sus propias reliquias y símbolos. La Sangre y el Suelo proclamada por Rosenberg era su religión, la esvástica su emblema, Hitler su dios reencarnado. Necesitaban también un enemigo atávico en consonancia con su visión dualista de la historia y ese no podía ser otro que el judío, al que culpaban de todos los males de Alemania.

PARA SABER MÁS:

–HERRADÓN AMEAL, Óscar: La Orden Negra. El ejército pagano del Tercer Reich. Edaf 2011.

–MICHAUD, Éric: La estética nazi, un arte de la eternidad. Adriana Hidalgo Editora 2009.

–SALA ROSE, Rosa: Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo. Acantilado 2003.