Urraca. Una reina en el trono de un rey

Urraca I de León desafió a su tiempo, la España a caballo entre los siglos XI y XII,  siendo la primera reina por derecho propio de nuestra historia y de la Europa medieval. Ahora, Desperta Ferro publica la que probablemente sea su biografía definitiva.

Óscar Herradón ©

Alfonso VI.

El personaje que protagoniza este post, y del que el pasado 8 de marzo de 2026 se  cumplieron 900 años de su muerte, ahí es nada, fue la primera reina de pleno derecho en la historia de España (no consorte) y también de la vieja Europa. Urraca Alfónsez (1081-1126) era hija de Alfonso VI (llamado «el Bravo») y de la noble francesa Constanza de Borgoña. Puesto que no tenían hijos varones, fue educada desde su niñez para gobernar León (fundado en 910, cuando los príncipes cristianos del reino de Asturias trasladaron hasta esa ciudad la capitalidad, entonces en Oviedo), que, a diferencia de lo que ocurría por aquel entonces en la mayor parte de la Europa de la Plena Edad Media, no prohibía a las mujeres ejercer la potestad real.

Raimundo.

Cuando alcanzó la pubertad, con apenas 10 años, la infanta Urraca fue desposada con un hombre mucho mayor, el conde Raimundo de Borgoña, a la sazón su primo, pues era sobrino de Constanza, siendo nombrados condes de Galicia tras el enlace, un matrimonio que parece fue bien avenido y del que nacieron dos hijos legítimos: Sancha Raimúndez, en 1095, y Alfonso, en 1105. Sin embargo, Urraca se quedó viuda el 20 de septiembre de 1107.

Campo de Uclés.

Su padre, Alfonso, que no había tenido más que niñas en sus matrimonios y relaciones anteriores (Elvira y Teresa con Jimena Muñoz, a la que describe su coetáneo el obispo Pelayo de Oviedo como «concubina nobilíssima», y con su esposa Constanza a Urraca) sí había engendrado un hijo barón con su nueva amante, la concubina Zaida, una princesa mora, hija del emir de Denia (más tarde bautizada con el nombre de Isabel tras su conversión al cristianismo), que en 1091 había llegado a los Palacios de Galiana en Toledo; el nombre del varón era el infante Sancho Alfónsez, nacido hacia 1903, y estaba llamado a ostentar algún día el cetro castellanoleonés. Sin embargo, el joven moría a los 14 años de edad en la Batalla de Uclés, el 30 de mayo de 1108, en la que las fuerzas almorávides acabaron a golpe de cimitarra –la jineta andalusí aún no había sido forjada– con la flor y nata de la nobleza castellana.

La primera reina hispana

Alfonso el Batallador.

Tras ello, el rey Alfonso se sumió en una gran tristeza y no tardaría en morir, el 1 de julio de 1109. Antes de fenecer, y en vistas de que solo le quedaban hijas, Teresa y nuestra protagonista, llamó a Urraca y la conminó a ser su sucesora. Como condición, para poder proteger sus dominios y arraigarse en el cargo, insisto, la primera vez en nuestra historia que una mujer iba a reinar con todas las garantías y potestades, arregló todo para el casamiento de la viuda con Alfonso I de Aragón y Pamplona, que ostentaba el sobrenombre de «el Batallador» precisamente porque era un aguerrido guerrero y hábil estratega en tiempos de la Reconquista, quien al parecer aceptó el matrimonio con Urraca con el principal objetivo de arrebatarle el reino de León. Las conjuras y luchas por el poder, siempre activas en cualquier siglo, estaban más que presentes en los distintos reinos medievales y el agitado siglo XII, en lucha constante contra los reinos de Taifas (hasta 20 distintos, y en cierto momento de su historia, hasta 39 pequeñas «facciones»), no contribuía precisamente a apaciguar la escena.

Urraca I de León.

Fue un matrimonio difícil y conflictivo, en el que hubo grandes riñas entre ambos e incluso episodios claros de malos tratos (en una ocasión, Alfonso llegó a encerrar a su esposa en el castillo de El Castellar, en Aragón, debido a una conspiración en la que Urraca había ordenado a los tenentes de las fortalezas en los reinos de León y Castilla que no obedecieran las órdenes de su marido; e incluso hay constancia de que la golpeó físicamente); y, si hemos de hacer caso a las crónicas –y no tenemos por qué no hacerlo–, de episodios de fogosas reconciliaciones que no tardaban en volver a quebrarse, hasta el punto de que los ejércitos de ambos cónyuges llegaron a enfrentarse abiertamente en el campo de batalla.

Alfonso VII de León.

En las capitulaciones matrimoniales se estableció, siguiendo las aspiraciones del Batallador, que el aragonés actuaría como rey de castilla, de lo que derivaría uno de los grandes conflictos de la España cristiana medieval: mientras Alfonso deseaba ejercer, con toda su autoridad, el control del reino castellanoleonés, numerosos nobles gallegos se revelarían a favor de los derechos sucesorios del hijo varón de Urraca con Raimundo de Borgoña, Alfonso Raimúndez, el futuro Alfonso VII de León, lo que provocó una incursión de Alfonso, que vencerá a la nobleza gallega en el castillo de Monterroso.

Firma de Alfonso I de Aragón.

A ello se sumarán las continuas desavenencias políticas y personales entre ambos cónyuges, en parte por las fuertes personalidades de uno y otro; una suerte de guerra civil entre los partidarios de Urraca y los derechos sucesorios de su hijo (que, no obstante, no apoyaría en un principio la propia reina, pues pretendía gobernar mientras pudiera), y los de Alfonso el Batallador, salpicada de traiciones, conjuras, cambios de bando de importantes personajes de la corte y hechos dignos de una novela de caballería, pero escrupulosamente reales, con base historiográfica.

Urraca. Litografía del siglo XIX.

Finalmente, algunos miembros de la Iglesia partidarios de las aspiraciones de Alfonso Raimúndez presionarán al papa para que anulase el matrimonio so pretexto de consanguinidad, anulación que se hará efectiva en 1110 por parte del arzobispo de Toledo, Bernardo, en Sahagún de Campos (León), y debido a que en un primer momento los cónyuges, inmersos en esa suerte de relación de amor-odio, no cumplen con la separación, el propio pontífice llegaría a excomulgar a ambos monarcas, la leonesa y el aragonés, algo con importantes consecuencias en tiempos medievales, como hemos visto en relación a otros personajes históricos como Federico Barbarroja o su nieto Federico II de Hohenstaufen en otras entradas del Pandemónium.

Sancho III el Mayor.

Para más inri, Alfonso y Urraca estaban emparentados en línea directa (los dos eran biznietos de Sancho el Mayor), por lo que a punto estuvo de que el papa invalidase su enlace, cosa que finalmente no sucedió. Tras cinco tortuosos años de relación, en los que se hizo célebre la frase, atribuida a la reina (y quién sabe si apócrifa) de «el rey soy yo», usada cuando se cuestionaban sus exigencias frente a su cónyuge, finalmente, debido a las diferencias con su esposa, que esta no le había dado un heredero y la predilección castellanoleonesa por su hijastro Alfonso Raimúndez, sabedor de que la unificación por vía matrimonial de los reinos de Castilla y León y Aragón no se haría efectiva, Alfonso el Batallador repudió a la reina Urraca, centrándose en sus conquistas contra los almorávides, aunque no abandonaría por completo su pugna por obtener el cetro castellano.

Propaganda misógina contra una reina

Urraca I de León, por José María Rodríguez de Losada (1892-1894).

El reinado de Urraca I de León sería de gran importancia para la España medieval y símbolo del poder femenino frente a la opresión masculina en un tiempo profundamente patriarcal. Urraca fue ejemplo de mujer tenaz y fuerte, de gran coraje, que mostró una gran resiliencia cuando todo estaba en su contra. De hecho, fue objeto de forma implacable de la despiadada misoginia de los cronistas de su tiempo, muchos de ellos clérigos, que harían pasar a la soberana a la posteridad con el sobrenombre de «la Temeraria», ensombrecido su reinado por los de su padre, Alfonso VI, «el de la feliz memoria», y el de su hijo y sucesor, Alfonso VII de León, intitulado «Emperador» de España, un singular título que ya había ostentado su abuelo y con el que no todos los soberanos medievales de su tiempo estaban de acuerdo (retomando la vieja idea imperial de Alfonso III y de su abuelo, el 26 e mayo de 1135 fue coronado Imperator totius Hispaniae –emperador de Hispania– en la catedral de León); cuando en realidad, en los dieciséis años que reinó, Urraca lo hizo la mayoría de las veces con templanza y ánimo de reconciliación, perdonando en ocasiones a aquellos que se habían levantado contra ella, como sucedió durante una revuelta de la burguesía en Santiago de Compostela (que se oponía a las medidas tomadas por el obispo Diego Gelmírez, que gobernaba en alianza con el conde Pedro Fróilaz de Traba), donde la reina a punto estuvo de ser linchada por la turba, que la dejó medio desnuda tras rasgar sus vestiduras, la apaleó e incluso le arrancó varios dientes y muelas de una pedrada en pleno rostro, y la soberana acabó perdonando a los cabecillas, lo que dice mucho de su altura moral cuando cualquier otro los habría mandado colgar.

Urraca I de León (1892).

No obstante, a mil años vista, y con tanta publicidad en su contra (cronistas de su propio siglo y del siguiente, el XIII, la tildaron de mujer débil, caprichosa y voluble que gobernó «tiránica y mujerilmente»), está claro que muchos aspectos de su vida y reinado quedarán ensombrecidos por la duda y la falta de datos fidedignos, aunque gracias a la labor de los historiadores actuales quizá se pueda aportar algo de luz a su periplo vital. La vida y el reinado de Urraca I de León, al menos los que conocemos con certeza, son tan complejos como apasionante y por supuesto no pueden resumirse en la brevedad de un humilde post, por lo que lo mejor para adentrarse en su multifacética figura y su tiempo es sumergirse en las magnéticas y muy documentadas páginas del ensayo que le dedica la doctora en Historia por la Universidad de Salamanca y licenciada en Historia con Premio Extraordinario por la Universidad de Barcelona, Sonia Vidal Fernández, y que acaba de publicar, con excelente acogida, la editorial Desperta Ferro, cuya labor divulgativa de la historia la convierte en habitual en las entradas del Pandemónium: Urraca. Una reina en el trono de un rey.

¿Qué encontraremos en este ensayo?

Busto de la reina castellana en León.

El siglo XII era un mundo donde la soberanía y el poder eran prerrogativas masculinas, pero en el que Urraca, desafiando convenciones y prejuicios, supo defender sus derechos e imponer su autoridad. Tras su matrimonio impuesto con Alfonso de Aragón, que la sometía nuevamente a una tutela masculina y limitaba su poder, la soberana, sin embargo, decidió reinar en solitario y ejercer de pleno la soberanía heredada, apoyada en una red de alianzas que supo consolidar hábilmente. Sin referentes femeninos previos, construyó una imagen inédita de reina soberana, aunque los prejuicios asociados a su condición femenina marcaron profundamente la percepción posterior sobre su figura.

A pesar de la propaganda en su contra, Urraca ejerció el poder regio durante diecisiete años con eficacia y firmeza, defendió su legitimidad, sostuvo el reino ante presiones internas y externas y no dudó en negociar, forjar alianzas o incluso tomar las armas cuando fue necesario. Una mujer de armas tomar y gran altura política que debe ser dignamente reconocida a 900 años de su muerte.

Las Tríadas: crimen organizado made in China

El gigante asiático está disputando a EEUU y Rusia el primer puesto en el liderazgo mundial, y el crimen, que aunque menos llamativo que en Occidente, hunde sus raíces en la misma historia –muy larga– del país, crece casi al mismo ritmo que su expansión económica. Aunque la globalización hace que sean numerosos los grupos que integran el crimen organizado en China, el puesto de «honor» en la tradición se lo llevan las Tríadas, las más antiguas de sus bandas delictivas. Ahora Ático de los Libros publica el monumental libro Historia de China, del historiador británico Michael Wood, y como aperitivo recordamos uno de los aspectos más oscuros –y fascinantes– del gigante asiático.

Óscar Herradón ©

Como apunta Alejandro Riera en su libro La Mafia China: las Tríadas, «el silencio es una parte fundamental, una de las armas más importantes de esta organización criminal». Si no existes, no te persiguen. No obstante, por mucho dominio que tengan los miembros a la hora de pasar desapercibidos, sus crímenes, en la actualidad muy numerosos, pueden rastrearse casi hasta su mismo origen, un origen rodeado de brumas, eso sí. Hoy, los grupos criminales que conforman la mafia china se han desplazado por todo el mundo junto a los millones de inmigrantes del país, aunque durante siglos se negó su existencia: las autoridades argumentaban que se trataba de bandas desorganizadas, pero no de un auténtico entramado criminal.

No fue hasta 1986 que fue reconocida abiertamente la existencia de las Tríadas, cuando el Comité de Lucha contra el Crimen inglés afirmó que en Reino Unido había una mafia china integrada por al menos 120.000 miembros, aunque continúa siendo la mafia más hermética del planeta, lo que va mucho con la forma de ser de sus gentes. Según la tradición, su origen se remonta a 1671, cuando nacieron las primeras Tríadas en el monasterio Shaolin de la provincia de Fuqiang.

Una historia que combina folclore, realidad y leyenda, casi como la que rodea a todas las grandes mafias. Cuentan las crónicas que aquel año, los monjes budistas –que practicaban una vida de meditación y aislamiento, y fueron pioneros en el arte marcial del Kung-Fu–, se alzaron en armas contra los invasores bárbaros que se acercaban a la capital, Pekín, amenazando con derrocar a la dinastía Qing –o Ching–. Puesto que los ejércitos imperiales no eran capaces de frenarlos, los monjes se unieron a la lucha y consiguieron reducir a los invasores sin perder un solo hombre.

Los Cinco Ancestros

Kangxi

Poco después, aquellos gloriosos guerreros que habían regresado a su retiro monacal, fueron víctimas de la traición de los consejeros del emperador Kangxi, que le hicieron creer que su dominio del arte de la guerra podía volverse en su contra. Así, Kangxi ordenó que el monasterio fuese reducido a cenizas y los monjes asesinados. Hasta el lugar se dirigió un grupo especial, armado con veneno y pólvora. Durante un banquete, los invitados emborracharon a los monjes con bebidas mezcladas con una extraña sustancia. Todos murieron calcinados en un episodio muy similar a otro de la catódica Juego de Tronos, salvo cinco, más tarde conocidos como los Cinco Ancestros, que lograron escapar y fundaron una sociedad secreta, la llamada Liga Hung, que pretendía restaurar la dinastía Ming –pues los Ching eran de origen manchur y no chino–.

Un grupo que poco a poco fue creciendo, con otros que se les unieron, y que acabó transformándose en auténticas células criminales, eso sí, con un rígido código de honor y unas tradiciones llenas de misticismo y elementos simbólicos y mágicos. No obstante, hay historiadores que creen que esta historia es mera fantasía que sirve para dar una pátina de romanticismo a lo que no dejan de ser organizaciones criminales.

La historia oficial nos dice que las Tríadas surgieron en la región de Fuqiang en el siglo XVIII, una época convulsa en muchos aspectos, también económicos. En aquella zona los caminos eran muy peligrosos, estaban llenos de bandidos y ladrones. Era una suerte de «salvaje oeste» chino: estafas, robos, asesinatos, extorsión… Los jóvenes de la zona, que ocupaban el escalafón más bajo de la sociedad, se juntaban en hermandades unidas por juramentos de lealtad para proporcionarse ayuda mutua. Pronto estas sociedades adoptivas comenzaron también a delinquir.

Puyi

No sería hasta el siglo XIX que los británicos bautizasen a estos grupos como Tríadas, debido a que su sello identificativo estaba formado por un triángulo equilátero; cada uno de sus lados representa los tres elementos de la armonía china: el Cielo, la Tierra y el Hombre, lo que hizo que también fuesen conocidos con el romántico nombre de Hermandad del Cielo y la Tierra. Llegaron a tener tal poder en el siglo XX, que en 1911 colaboraron en el derrocamiento del emperador Puyi –que abdicó el 12 de febrero del año siguiente– y ayudaron al advenimiento de la República, y, cuando los japoneses invadieron Hong Kong en 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, tenían que negociar con sus matones para mantener el orden.

Hoy nadie sabe cuánta gente forma parte de esta hermética –aunque gigantesca– sociedad secreta con fines criminales. Su huella se ha dejado sentir desde Nueva York a Toronto, de Sidney a París o Barcelona y Madrid, aunque su base principal está en Hong Kong, Taiwán y la China continental. Se dedican a la falsificación de tarjetas de crédito, al tráfico de personas, la fabricación, venta y distribución ilegal de numerosos productos, el tráfico de heroína, la trata de blancas, clínicas ilegales e incluso muertes por encargo.

La iniciación

Solo puede formar parte de ella un varón chino cuyos progenitores, ambos, sean de esa nacionalidad, puesto que consideran que «la sangre buena no sabe traicionar», algo similar a lo que sucede en otras organizaciones como la Cosa Nostra italiana o la Yakuza nipona. Siguen una estructura similar a la familiar, y deben prestar auxilia a sus «hermanos» siempre. El incumplimiento de esta regla es causa de muerte. Se articulan en grupos de tres personas, que se relacionan jerárquicamente con otros grupos a través de uno solo de sus integrantes, lo que implica el desconocimiento de las actividades –y los altos cargos– por parte del resto de miembros de la organización.

El SILENCIO es, como apunté antes, lo fundamental para que su entramado delictivo siga funcionando a la perfección. Para comunicarse entre ellos, los miembros de la Tríada son instruidos en un lenguaje compuesto de saludos secretos y señales sutiles, por ejemplo, la manera en que sostienen o dejan los palillos para comer, el número de dedos con los que sujetan un vaso… un universo de tradiciones donde se reverencia la patria y la sangre.

El solemne ritual de iniciación en la Sociedad solía comenzar cuando los iniciados pasaban por debajo de varias espadas alzadas, que simbolizaban la entrada a una nueva familia. El rito iniciático de las Tríadas fue conocido gracias a William Stanton, autor de The triad Society of Heaven and Earth Association, quien, en 1900, fue testigo de una de esas ceremonias; un testigo privilegiado, ya que ningún otro occidental, que sepamos, ha vuelto a presenciar una de ellas.

Según su testimonio, la ceremonia se iniciaba con la repetición de una serie de frases por parte de los aspirantes: «Que este primer incienso se eleve hasta los cielos, mientras juramos nuestra oposición a los Quing. Nosotros vengaremos el fuego malvado de Shaolin, derrotaremos a los mongoles y restauraremos a los Ming (…)». Después, los iniciados reciben un rollo de papel de color amarillo, por lo general decorado con dos dragones y dos aves fénix que pelean por una perla, donde se encuentran los 36 juramentos que son leídos en voz alta. Todo ello se realiza ante un altar con el Buda de la justicia.

Acto seguido, en un acto similar al de otros grupos criminales secretos, los presentes se pinchan con una aguja un dedo concreto de la mano izquierda, dejan caer su sangre en un cuenco que puede contener o bien sangre o bien vino, mezclados con la sangre de un gallo. Después, se quema el rollo y, tras juntar las cenizas del cuenco, todos beben de él y hacen un juramento de fraternidad. Entonces, los neófitos pagan un dólar como «cuota de entrada» y son declarados hermanos, tras lo cual reciben cuatro sellos envueltos en papel rojo, de los que responderán con su vida.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Si lo que queremos es saber más –mucho y de forma muy amena– sobre el gigante asiático, nada mejor que sumergirnos en las páginas del citado libro que publicó recientemente Ático de los Libros, una editorial muy presente, por su amor a la historia, en los post del Pandemónium. 

China es una de las civilizaciones más antiguas de la Tierra, pero sus cuatro milenios de historia son muy poco conocidos en Occidente. Michael Wood, que ha viajado a lo largo y ancho del país asiático, entreteje en Historia de China una nueva visión del Reino del Centro a la luz de nuevos y apasionantes descubrimientos arqueológicos y nuevas fuentes, que nos permitirán tanto leer cartas de humildes soldados como conocer las reflexiones de un emperador.

Wood (Manchester, 1948) se formó en la Manchester Grammar School y el Oriel College de Oxford. Ha trabajado como periodista, presentador y productor de más de cincuenta documentales de televisión; además, es profesor de Historia Pública en la Universidad de Mánchester. Ha publicado varios libros, algunos de los cuales son auténticos best sellers, como In the Footsteps of Alexander the Great, Conquistadors o In Search of Shakespeare. Su serie documental La historia de China, emitida en la BBC y apreciada en el país oriental tanto como en Occidente, lo ha consolidado como uno de los historiadores más prestigiosos especializados en el gigante asiático.

En Historia de China, veremos la prehistoria del país, sus primeras dinastías y las raíces de su cultura en la época de Confucio. Conoceremos el extraordinario renacimiento de los Song, con sus brillantes descubrimientos científicos, o el vibrante Imperio Qing, quizá el momento en que la rica y diversa cultura china alcanzó su apogeo. La obra explora también el encuentro con Occidente, las guerras del Opio y los extraordinarios debates a finales del siglo XIX que pusieron a China rumbo a la modernidad. Wood, además, ofrece una visión actualizada del periodo posterior a 1949 que incluye revelaciones sobre la crisis de 1989 en Tiananmén y su análisis del nuevo orden del presidente Xi Jinping.

Historia de China es, en suma, una obra imprescindible para comprender el pasado y el presente de un país llamado a ser una de las grandes potencias del siglo XXI. Un texto monumental que el también británico Tom Holland, que tiene en su haber obras de referencia como Rubicón, Milenio, Dominio, Dinastía o Fuego Persa (todas ellas publicadas por Ático de los Libros) ha definido con estas palabras: «Una historia erudita, juiciosa, maravillosamente escrita y compuesta en un solo volumen sobre una civilización de la que sabía que debía conocer más». Y el historiador igualmente británico Peter Frankopan, catedrático en Historia Global por la Universidad de Oxford, para la que dirige el Centre for Byzantine Research, ha dicho: «Magistral y absorbente, con un buen ritmo y tremendamente ameno; llega en el momento oportuno. Una lectura obligada para quienes quieran –y necesiten– conocer la China de ayer, hoy y mañana».

He aquí el enlace para adquirir este más que recomendable ensayo:

Quemar libros: historia de la destrucción del conocimiento (II)

Desde el mismo momento en que el hombre ha compilado el saber, otros se han encargado de destruirlo. La historia está llena de episodios de quema de libros, y ahora un ensayo del bibliotecario de Bodley, en Oxford, Richard Ovenden, publicado por Crítica, nos recuerda ese ignominioso ejercicio de desmemoria a través de los episodios más destacados desde el más remoto pasado hasta la actualidad.

Óscar Herradón ©

En el año 306 a.C. subió al poder Ptolomeo I Sóter en Alejandría (Egipto). Fue la misma época en la que un griego brillante y erudito, de nombre Demetrio de Falera, arribó a la mítica ciudad procedente de Tebas, tras un largo exilio que le había obligado a abandonar Atenas. Ambos personajes trabaron una profunda amistad y el monarca, aconsejado por Falera, procedió a la construcción de un edificio consagrado a las musas y al que dio el nombre de museo que, poco tiempo después, contó con una enorme biblioteca. Fue el germen del futuro gran centro del saber del mundo antiguo.

Falera

Demetrio, según narra la Carta de Aristeas a Filócrates, fechada en el siglo II a.C., recibió grandes sumas de dinero del rey «para adquirir, de ser posible, todos los libros del mundo». De esta forma, la biblioteca más importante de la antigüedad fue reuniendo un inmenso catálogo de libros de las más variadas temáticas. Falera, uno de los hombres más brillantes de su tiempo, profundamente preocupado por el saber, se embarcó en la ardua tarea de traducir al griego todos los textos judíos del Antiguo Testamento. Para ello, contó con un grupo de traductores hebreos procedentes del barrio judío de Alejandría, a instancias de Ptolomeo I y el sumo sacerdote Eleazar. Durante setenta y dos días se tradujeron las Sagradas Escrituras en su totalidad.

Pero no solo los ancestrales conocimientos de la religión judía interesaron al maestro Demetrio, éste intentó almacenar la mayor cantidad posible de saber humano. Por ley, todos los viajeros que pasaban por Alejandría debían donar una obra a la biblioteca del museo, cuya descripción únicamente se conserva en un antiguo documento de dudosa autenticidad. Parece ser que el museo formaba parte de los palacios de la realeza y contaba con un paseo, una gran casa donde se situaba el refectorio y largos pasillos en cuyas paredes se colocaron fantásticas obras pictóricas. Como curiosidad, contaba con un zoológico y un jardín botánico que albergaba los más raros animales y las más extrañas plantas del mundo.

La biblioteca era el edificio más admirado; en un principio utilizada únicamente como sala de consulta, contó con diversas ampliaciones, entre las que se encontraba la conocida como biblioteca del Serapeum, templo edificado en honor de la deidad sincrética greco-egipcia Serapis y que estaba situado a pocos metros del edificio del museo –de esta forma, parece ser que la famosa biblioteca de Alejandría estaba dividida en dos—. Al parecer, las paredes del Serapeum daban cobijo a iluminados que pernoctaban intramuros, consultando los libros en busca de algún tipo de revelación.

Ruinas del Serapeum de Alejandría en la actualidad (Source: Wikipedia)

A pesar de su impresionante labor, Falera no consiguió el puesto de director de la biblioteca que tanto anhelaba. Años después de haberse convertido en uno de los personajes más relevantes de la sociedad alejandrina, el erudito cayó en desgracia cuando el sucesor de su amigo el monarca, Ptolomeo II Filadelfo, lo expulsó de la ciudad como a un perro. Parece ser que hacia el año 285 a.C., en el Bajo Egipto, murió tras ser mordido por un áspid, la famosa serpiente que acabó con la vida de la reina Cleopatra años después. Con la muerte de Falera la historia humana perdía una de sus mentes más brillantes y a uno de los primeros y más importantes impulsores del conocimiento. Nadie sabe cómo llegó la serpiente a morderle; algunos hablan de suicidio, otros de asesinato…

Zenódoto

El primer director de la biblioteca fue Zenódoto de Éfeso (325-260 a.C.) quien fue sucedido más tarde por Apolonio de Rodas y éste a su vez por el enigmático Eratóstenes, en tiempos de Ptolomeo III Evergetés. Son figuras apasionantes de las que la historia, por desgracia, nos ha legado muy poca información. Eratóstenes fue un hombre profundamente sabio y adelantado a su tiempo. Una vez convertido en director del centro, emprendió profundos estudios en los que combinaba la investigación científica con el análisis literario. Uno de sus más misteriosos y afamados descubrimientos fue la medición de la circunferencia de la Tierra, que estimó en 252.000 estadios (unos 39.690 kilómetros). En pleno siglo XX, las más exactas mediciones de la circunferencia terrestre, gracias a la intercesión de satélites y potentes computadoras- está en 40.067’96 kilómetros.

Paradójicamente, el dogma ortodoxo cristiano y su visión del mundo, convirtieron la Tierra en una extensión en planicie a lo largo de muchos y oscuros siglos medievales –y también hoy, cuando el terraplanismo vuelve a ganar fuerza en los cenagales del Big Data–. Los primeros que se atrevieron a afirmar otra concepción de la misma, redonda, girando alrededor del sol, como Copérnico o Galileo, fueron acusados de herejes, algunos de ellos ejecutados (como Giordano Bruno), curiosamente, un hombre que había vivido muchos siglos antes de todo esto ya conocía el verdadero aspecto de nuestro planeta.

¿Qué extraños conocimientos se perdieron en Alejandría?, ¿cómo logró un hombre del siglo II a.C., con los rudimentarios utensilios que se supone había en su época, ajustarse tanto a la longitud real de dicha circunferencia?, ¿pudo haber utilizado oscuras artes mágicas para lograrlo?, ¿quizá algún libro de la enigmática biblioteca? Como tantos otros episodios de la historia humana, continúa siendo un misterio que quizá nunca logremos desentrañar.

La destrucción del Templo del Saber antiguo

La historia de la biblioteca de Alejandría está irremediablemente ligada a los intentos por destruirla, en una interminable sucesión de ataques contra sus pilares y sus libros. Al parecer, la primera destrucción del mítico edificio data del año 48 a.C., cuando el más grande de los emperadores romanos, Julio César, se inclinó a favor de Cleopatra en la lucha por el trono de Egipto. Cuando la flota egipcia fue reducida a cenizas en el puerto de Alejandría, según el testimonio de Dión Casio recuperado por Fernando Báez, se destruyeron unos depósitos de libros que esperaban su entrada en el centro. Al parecer, ardieron 40.000 rollos de pergamino, aunque esta cifra no ha podido ser confirmada. Lo que parece poco probable es que César, que ordenó el ataque, pretendiera destruir libro alguno, pues no parece ser la forma de actuar de un hombre que escribió una obra de la talla de La Guerra de las Galias, aunque fueron varios los eruditos que mostraron una fuerte tendencia biblioclasta, a destruir libros y textos, como el mismísimo Platón, del que se conocen episodios famosos de destrucción y quema de escritos.

Más tarde, parece ser que fueron los cristianos quienes quemaron el mítico edificio. Comandados por Teófilo, atacaron el Serapeum en el año 389 y la biblioteca dos años después, según algunos historiadores, aunque tampoco está claro. Las crónicas recogen que, al concluir el saqueo, las muchedumbres de cristianos enfurecidas demolieron las paredes, destruyeron los iconos paganos y llenaron el templo de cruces. Se sabe que Teófilo mandó destruir el Serapeum, pero no hay consenso entre los historiadores sobre quién ordenó la quema de libros; algunos atribuyen el libricidio a los mismos cristianos comandados por éste, otros, en cambio, a las hordas musulmanas de un servidor de Omar I, algunos siglos después –entre el VI y el VII d.C.– en su conquista de Egipto.

En la actualidad, la tesis de la destrucción árabe de la mítica biblioteca ha perdido fuerza, desviando de nuevo la atención hacia los romanos, que habrían llevado a cabo diversas incursiones en la legendaria ciudad arrasando por completo la biblioteca y el museo. Existen, no obstante, más hipótesis sobre la misteriosas desaparición del mayor registro de libros de la antigüedad: pudo deberse, entre otras cosas, a los efectos de un terremoto, e incluso a la negligencia de aquellos encargados de velar por la seguridad del colosal edificio.

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

BÁEZ, Fernando: Historia universal de la destrucción de libros. Destino (Imago Mundi), 2004.

Ovenden

Recientemente, Crítica publicaba Quemar libros. Una historia de la destrucción deliberada del conocimiento, del bibliotecario de Bodley desde 2014 (y que ocupa el cargo de alto ejecutivo de las Bibliotecas Bodleianas de la Universidad de Oxford) Richard Ovenden. Nadie mejor que él para repasar la historia de la destrucción del saber, pues con anterioridad desempeñó distintos puestos en la Biblioteca de la Universidad de Durham, la Biblioteca de la Cámara de los Lores, la Biblioteca Nacional de Escocia y la Universidad de Edimburgo, siendo además Tesorero del Consorcio de Bibliotecas de Investigación Europeas, Presidente de la Coalición pra la Conservación Digital y miembro de la Junta del Consejo de Recursos de Bibliotecas e Información de Washington D.C. Casi nada.

El autor toma como punto de partida la infame quema de libros «no germánicos» y judíos de 1933 en la Bebelplatz de Berlín (a la que siguieron numerosas quemas en otras universidades del país) instigada por el Ministro de Propaganda de la Alemania nazi Joseph Goebbels. Aquel acto de intransigencia y fanatismo daba una idea bastante inequívoca sobre las intenciones del nacionalsocialismo: se cumplía la máxima de «se empieza quemando libros, y se acaba quemando hombres». En Quemar libros, nos sumergimos en un viaje de 3.000 años a través de la destrucción del conocimiento y la lucha por preservarlo de los biblioclastas de todo color y pelaje.

Así, descubrimos que los ataques a las bibliotecas han sido una constante desde la antigüedad, pero que lamentablemente han incrementado su frecuencia e intensidad en la Edad Moderna. Baste recordar la destrucción de la cultura promovida por el ISIS o la destrucción de un millón de libros en Irak tras la segunda invasión norteamericana. El hombre cometiendo una y otra vez los mismos errores del pasado.

John Murray

Como evidencia Ovenden en estas apasionadas (y apasionantes) páginas, las bibliotecas son mucho más que almacenes de literatura; al conservar documentos legales como la Carta Magna o registros censales, también defienden la ley y los derechos de los ciudadanos –de ahí que numerosos tiranos y dictadores hayan puesto gran empeño y medios en destruirlas–; el libro se traza un análisis completo, desde lo que realmente sucedió con la Biblioteca de Alejandría , como hemos visto en el post, hasta los papeles de la generación Windrush (el denigrante trato a la generación de inmigrantes caribeños que llegaron a Reino Unido tras la Segunda Guerra Mundial), y desde Donald Trump borrando tuits vergonzosos (que normalmente alguién ya había capturado) hasta la compañía editorial inglesa John Murray quemando las memorias de Lord Byron en nombre de la censura.

Quemar libros es también la historia de los que defendieron el saber frente a la intolerancia, la de un sorprendente abanicos de arqueólogos autodidactas, aventureros, filántropos, poetas, activistas y bibliotecarios que recorrieron un heroico camino para conservar y rescatar el conocimiento, también en los grandes conflictos bélicos de la historia, con la noble intención de conservar y rescatar el conocimiento y garantizar así la supervivencia de la civilización, que no es nada si no está respaldada en el saber y la tolerancia.

The Times no escatima elogios hacie el libro: «Apasionante e iluminador. Este espléndido libro revela cómo, en el mundo actual de noticias falsas y hechos alternativos, las bibliotecas se mantienen como desafiantes guardianes de la verdad».

He aquí la forma de adquirirlo en papel y en libro electrónico:

https://www.planetadelibros.com/libro-quemar-libros/329802