Al día siguiente de la conquista

Ahora que están las aguas tan revueltas en relación al abuso –o no– del Imperio español durante la Conquista, más de cinco siglos después de que se produjera el que sin duda es uno de los grandes momentos históricos de la historia moderna, La Esfera de los Libros publica un ensayo que pone los puntos sobre las íes a nivel historiográfico en relación a asunto tan controvertido.

Óscar Herradón ©

Felipe VI.

Ayer la web de la Casa Real publicaba un vídeo en el que se veía a Felipe VI decir ante el embajador de México en España, Quirino Ordaz, que «hubo mucho abuso» durante la Conquista de América y que «Hay cosas que desde el punto de vista actual no pueden hacernos sentir orgullosos». Fue en el marco de una visita privada, sin prensa, a la exposición «La mitad del mundo. La mujer en el México indígena». Destacando únicamente estas palabras, suena a disculpa rotunda, pero lo cierto es que en su declaración el monarca dijo más cosas (entre ellas, habló de la legislación a favor de los indígenas que solo tenía la monarquía hispánica en aquel tiempo): «También ha habido luchas, digamos, controversias morales y éticas en cuanto a cómo se ejerce el poder. Desde el primer día, es decir, los propios Reyes Católicos con sus directrices, las leyes de indias, por el proceso legislativo, hay un afán de protección, que luego la realidad hace que no se cumpla como se pretende y hay mucho, mucho abuso y también, como decía antes, valorar el hecho de que de ahí, de ese conocimiento, pues nos apreciaremos más».

Y añadió aún más, insistiendo en la necesidad de que «las dos partes del Atlántico puedan conocer la historia común porque esa cultura mestiza es lo que nos define hoy», porque «conociendo la antigüedad es la manera que tenemos de valor lo que ocurre hoy»; y que «hay cosas que cuando las conocemos, cuando las estudiamos, en nuestro criterio de hoy en día, con nuestros valores, pues no pueden hacernos sentir orgullosos, pero hay que conocerlos, y en su justo contexto, no con excesivo presentismo».

Todo esta polémica comenzó hace unos años, en 2019, cuando el entonces presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, exigió por carta a los reyes de España que pidieran perdón «por la conquista» (exigencia que reiteró en mayo de 2024). Curioso, teniendo en cuenta que uno de sus abuelos era cántabro. La Casa Real no contestó, y como represalia, Felipe VI no fue invitado a la toma de posesión de la nueva presidenta, Claudia Sheinbaum. Estas declaraciones del jefe del Estado se enmarcan en una política enfocada en suavizar las tiranteces con el país hermano en aras de fomentar la concordia, una suerte de gesto de reconciliación que ha sido bien visto al otro lado del Atlántico. ¿Y por qué ahora? Probablemente porque España acoge el próximo mes de noviembre la Cumbre Iberoamericana y existe una intención de acercamiento.

Leyenda Negra VS Leyenda Rosa

Ilustración del siglo XVI de Theodor de Bry.

Sin embargo, las palabras de Felipe VI levantaron un gran polvareda mediática –no parece ser que calibraran muy bien en prensa la repercusión que podrían tener tales declaraciones por parte del Jefe del Estado–, un nuevo encontronazo entre las fuerzas políticas, en este caso entre los partidarios de la leyenda negra sobre la Conquista (particularmente los grupos de izquierda y republicanos, gobierno de Sánchez incluido), y los que abrazan con entusiasmo la versión contraria, la exaltación de las glorias imperiales (que las hubo, claro, y no pocas), en parte engordadas por la llamada leyenda rosa.

Mapamundi de Juan de la Cosa (1500).

No, no todo fue maravilloso, pacífico y altruista, está claro, por mucho que la portavoz de Vox en el Congreso, Pepa Millán, diga que la conquista de América «fue la mayor obra civilizadora de la historia y se respetaron los derechos de los súbditos». El Imperio español, el más grande de su tiempo y uno de los mayores de la historia, se enriqueció muy mucho con el oro de Indias y con el trabajo (o explotación, según se mire), de los indígenas y de sus tierras, hubo matanzas y opresión, como ha sucedido siempre en toda conquista, invasión, colonización, etcétera.

Llegada a América (1923). Óleo sobre lienzo de Camilo Egas.
Virgen de los Navegantes, de Alejo Fernández (1531-1536).

Pero no todo fue masacre, agresión y esclavitud, como quieren hacernos creer diversas facciones políticas y el propio gobierno mexicano actual, cuyos integrantes, no lo olvidemos, son los verdaderos descendientes de esos mismos españoles que se lanzaron a hacer carrera en el Nuevo Mundo. Porque sí hubo mestizaje, cosa que no pasó prácticamente en otras conquistas (o invasiones, depende del discurso) llevadas a cabo por ingleses o franceses un poco más al norte, en territorios que, curiosamente, fueron descubiertos por españoles, aunque la historiografía estadounidense ahora lo olvide, como olvida la crucial colaboración de la Corona española, entonces ceñida por Carlos III, a la Revolución e Independencia del pueblo norteamericano, a unos meses de que se cumpla el 250 aniversario de la Independencia, el 4 de julio de este 2026.

Matanza de Cholula.

Así, las palabras del presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, principal líder de la oposición, tildadas por otros grupos políticos poco menos que de reaccionarias por afirmar que se siente orgulloso de la Conquista, en cierta manera, y lejos de polémicas vacías, tienen sentido, porque efectivamente, no se pueden juzgar el pasado y la historia bajo el prisma de nuestra actualidad o los valores –o falta de ellos– de un hombre del siglo XXI: «Hacer ahora un examen de las cosas que ocurrieron en el siglo XV es un disparate» –al fin y al cabo, un poco lo mismo que vino a decir Felipe VI, cuyas palabras se descontextualizaron por interés partidista, por unos y por otros–.

El encuentro entre Cortés y Moctezuma. Pintura del siglo XVII.

Y es que ni el concepto de guerra ni el de raza ni el de religión eran iguales en los siglos XV, XVI o XVII (ni siquiera a comienzos del siglo XX). Tampoco el de los derechos humanos que, aunque sea muy loable y un deber democrático defenderlos, no existían en la concepción del hombre renacentista, nos guste o no. Hoy tampoco podemos comprender una institución como el Santo Oficio, pero en el marco de una sociedad donde Dios era tan importante como el mismo Estado (o más), tenía su razón de ser –al margen de si eran justos o no sus procedimientos, como la tortura o la delación, por supuesto terribles a ojos de la jurisprudencia actual–. Porque si no, la historia deja de ser una ciencia social y se convierte en una suerte de ucronía más acorde a la ficción que a la realidad.

¿Qué encontraremos en este ensayo?

Para saber qué sucedió realmente justo después de que los españoles pusieran por primera vez sus pies (y sus mosquetes, sus morriones y sus Biblias) en el Nuevo Mundo, eso que descubrió por casualidad (¿o no tanta?) Cristóbal Colón cuando pretendía viajar por una nueva ruta a las Indias, nada mejor que acercarnos a las reveladoras páginas de una de las novedades de La Esfera de los Libros: Al día siguiente de la conquista. La historia de lo que España construyó en América, del historiador e hispanista mexicano Juan Miguel Zunzunegui. 

Vista de la Plaza Mayor de México (1695).

Según se detalla en el libro, castellanos, tlaxcaltecas y texcocanos comenzaron a construir la hispanidad: pueblo mestizo, cristiano y humanista, mágico y místico que dio la vuelta al mundo y engendró la primera globalización, una cultura que dejó un continente sembrado de vestigios de grandeza. Zunzunegui firma su primera obra en España –tras ser un superventas en su país de origen, no, no todos los mexicanos odian el Descubrimiento–, para contar sin odios ni rabia lo que verdaderamente ocurrió en América.

Un ensayo, sí, que desmiente la Leyenda Negra, pero que no teme señalar las faltas cometidas –insisto, un poco lo mismo que ha afirmado Felipe VI–. La historia de cuanto fuimos como imperio, unos y otros: «Qué hermosa civilización construimos, pero qué terrible historia nos contamos. Qué grandeza llegamos a crear, pero dejamos que las narrativas de conquista nos impidan ver las maravillas que están frente a nuestros ojos», escribe.

Pues eso, algo más de imparcialidad, aceptación del pasado y alejamiento de los discursos gloriosos y, por contra, tremendistas, que llevan o bien a la glorificación únicamente de la patria y la bandera frente a la justicia o bien a la decapitación de estatuas de personajes españoles de calado histórico en el Nuevo Mundo como Hernán Cortés,  fray Junípero Serra, Bernardo de Gálvez o el mismo artífice del Descubrimiento, Cristóbal Colón, algo tristemente cada vez más habitual.

El castillo de los animales (Integral 1)

Norma editorial lanza en formato integral (en un primer volumen) el que es considerado por la crítica especializada uno de los mejores cómics europeos de las últimas décadas.

Óscar Herradón ©

Como los propios autores reconocen en la introducción, El castillo de los animales no existiría sin la excelsa obra literaria Rebelión en la Granja, del inglés George Orwell (artífice de la igualmente distópica y sensacional 1984), en la que está basada. Sin embargo, la novela gráfica, aprovechando la materia prima, sin duda oro puro, tiene una importante carga de originalidad teniendo en cuenta el desafío (algo así como convertir el metal dorado en joya en un proceso alquímico a través del lápiz y el papel), y lo que es más importante, transmite con mayor eficacia lo que en la novela se pretende contar, gracias a la potencia de las imágenes, pues no escatima ni en crueldad ni en violencia ni en desolación, tanto, que algunas viñetas te encogen el corazón. Y aún así hay espacio en sus páginas para la ternura y la bondad (cosas de la ambivalencia humano/animal).

Como apunta uno de sus autores, el guionista parisiense Xavier Dorison, en el conciso preámbulo, Rebelión en la Granja puede que sea la novela que mejor describe «a través de una fábula con animales –género por excelencia del relato universal y atemporal– la gran tragedia de su tiempo: el proceso de confiscación de los ideales democráticos por dictadores sangrientos»

Y es que George Orwell estuvo en España en la Guerra Civil, prolegómeno de la Segunda Guerra Mundial (donde luchó en el POUM, origen de su obra Homenaje a Cataluña), viviría el ascenso del nazismo y después sería un «traidor» al comunismo en un episodio un tanto oscuro de su biografía. Vivió entre fascismos y totalitarismos, como queramos llamarlos (de izquierdas y de derechas) y eso dejó una profunda huella en su obra –y en su atormentada alma–.

De hecho, el cerdo Napoleón «no es solo un retrato de Stalin; lo es también de los artífices del Terror de la Revolución Francesa y, premonitoriamente, el de las derivas de movimientos independentistas en Cuba, Libia o Irán». Como apunta Dorison, a pesar de sus sombre, Orwell conocía las dictaduras: «las vio, las combatió y las entendió. El retrato que hizo de ellas fue y es asombrosamente real».

El poder de la determinación

En El Castillo en los Animales el rol del cerdo Napoleón lo representa el toro Silvio, y los perros serán, igual que en la novela original, la «guardia pretoriana» del dictador astado. Esos canes sumisos a su líder y sanguinarios para con el resto eran para Orwell una representación de la NKVD, la policía secreta de la URSS, del «Hombre de Hierro» Stalin, pero bien podrían haber sido reflejo de la Gestapo nazi o cualquier otra policía del Estado totalitaria del pasado siglo XX, abundante en ellas.

Por supuesto, habrá una rebelión, pero no la rebelión que habrían llevado a cabo (y en ocasiones hicieron realmente) personajes que como Stalin acabarían por convertirse en dictadores (la inspiración de los autores va más en la línea de un Gandhi), una lucha no a través de las armas ni de llamadas al odio, a la rabia o a la venganza, sino hecha por héroes anónimos dispuestos a morir por la causa, no a matar.

Como apunta Dorison al final de su elocuente introducción: «Esta fábula espera rendir un modesto homenaje a todos aquellos que mostraron que existía un camino –estrecho, peligroso, incierto, pero muy real– hacia un mundo mejor». La sinopsis de la novela gráfica no puede ser más reveladora: «Érase una vez un castillo en mitad del bosque. Al principio fue una fortaleza, luego fue una granja hasta que los hombres que la explotaban la abandonaron dejando allí, olvidados, unos pocos animales que fundaron una república. Por desgracia, el egoísmo y el paso del tiempo han erosionado esa utopía animal. Hoy es gobernada por una casta privilegiada mientras que el resto se resigna, se indigna o se rebela. Pero ¿cuál es la forma más efectiva de cambiar las cosas?

Toneladas de talento

No había nadie mejor que Xavier Dorison para llevar adelante este proyecto: es uno de los guionistas más célebres de la Bande dessinée francobelga y ha firmado joyas gráficas como Undertaker, publicado también en Norma, que hace no mucho sacó un monumental Integral de la serie en blanco y negro, Aristophania o Long John Silver, esta última editada también en España por Norma, con Integral de lujo incluido. Félix Delep, mucho más joven, se graduó en la escuela de Arte Émile-Cohs, quien publicó algunas páginas de cómics de animales en Spirou. Su talento, y quizá la suerte, hicieron que Xavier Dorison lo descubriera, y le pidiera que dibujara El Castillo de los Animales, que lo ha catapultado a la fama internacional gracias a su trazo limpio, una excelente combinación de los colores que genera un impacto visual que tarda en borrarse de la retina y una fluidez que agiliza la trama; los movimientos de los animales, las expresiones tan humanas (en el buen y en el mal sentido) de sus rostros y detalles como su pelaje o su plumaje hacen de este un trabajo minimalista y casi excelso.

Puesto que la historia no concluye con este primer integral, estamos impacientes en «Dentro del Pandemónium» por el lanzamiento del segundo y saber cómo se desenvuelven estos animales personificados cuya epopeya pretende transmitir una revisión de los poderosos mensajes de George Orwell a este también muy incierto y belicoso siglo XXI. ¿No hemos aprendido nada? Teniendo en cuenta la situación en Ucrania, la franja de Gaza, Siria y tantos otros rincones, parece que no.

He aquí el enlace para adquirir esta magnífica novela gráfica que nos hará pensar:

https://www.normaeditorial.com/ficha/comic-europeo/el-castillo-de-los-animales/el-castillo-de-los-animales-integral-1

Las Tríadas: crimen organizado made in China

El gigante asiático está disputando a EEUU y Rusia el primer puesto en el liderazgo mundial, y el crimen, que aunque menos llamativo que en Occidente, hunde sus raíces en la misma historia –muy larga– del país, crece casi al mismo ritmo que su expansión económica. Aunque la globalización hace que sean numerosos los grupos que integran el crimen organizado en China, el puesto de «honor» en la tradición se lo llevan las Tríadas, las más antiguas de sus bandas delictivas. Ahora Ático de los Libros publica el monumental libro Historia de China, del historiador británico Michael Wood, y como aperitivo recordamos uno de los aspectos más oscuros –y fascinantes– del gigante asiático.

Óscar Herradón ©

Como apunta Alejandro Riera en su libro La Mafia China: las Tríadas, «el silencio es una parte fundamental, una de las armas más importantes de esta organización criminal». Si no existes, no te persiguen. No obstante, por mucho dominio que tengan los miembros a la hora de pasar desapercibidos, sus crímenes, en la actualidad muy numerosos, pueden rastrearse casi hasta su mismo origen, un origen rodeado de brumas, eso sí. Hoy, los grupos criminales que conforman la mafia china se han desplazado por todo el mundo junto a los millones de inmigrantes del país, aunque durante siglos se negó su existencia: las autoridades argumentaban que se trataba de bandas desorganizadas, pero no de un auténtico entramado criminal.

No fue hasta 1986 que fue reconocida abiertamente la existencia de las Tríadas, cuando el Comité de Lucha contra el Crimen inglés afirmó que en Reino Unido había una mafia china integrada por al menos 120.000 miembros, aunque continúa siendo la mafia más hermética del planeta, lo que va mucho con la forma de ser de sus gentes. Según la tradición, su origen se remonta a 1671, cuando nacieron las primeras Tríadas en el monasterio Shaolin de la provincia de Fuqiang.

Una historia que combina folclore, realidad y leyenda, casi como la que rodea a todas las grandes mafias. Cuentan las crónicas que aquel año, los monjes budistas –que practicaban una vida de meditación y aislamiento, y fueron pioneros en el arte marcial del Kung-Fu–, se alzaron en armas contra los invasores bárbaros que se acercaban a la capital, Pekín, amenazando con derrocar a la dinastía Qing –o Ching–. Puesto que los ejércitos imperiales no eran capaces de frenarlos, los monjes se unieron a la lucha y consiguieron reducir a los invasores sin perder un solo hombre.

Los Cinco Ancestros

Kangxi

Poco después, aquellos gloriosos guerreros que habían regresado a su retiro monacal, fueron víctimas de la traición de los consejeros del emperador Kangxi, que le hicieron creer que su dominio del arte de la guerra podía volverse en su contra. Así, Kangxi ordenó que el monasterio fuese reducido a cenizas y los monjes asesinados. Hasta el lugar se dirigió un grupo especial, armado con veneno y pólvora. Durante un banquete, los invitados emborracharon a los monjes con bebidas mezcladas con una extraña sustancia. Todos murieron calcinados en un episodio muy similar a otro de la catódica Juego de Tronos, salvo cinco, más tarde conocidos como los Cinco Ancestros, que lograron escapar y fundaron una sociedad secreta, la llamada Liga Hung, que pretendía restaurar la dinastía Ming –pues los Ching eran de origen manchur y no chino–.

Un grupo que poco a poco fue creciendo, con otros que se les unieron, y que acabó transformándose en auténticas células criminales, eso sí, con un rígido código de honor y unas tradiciones llenas de misticismo y elementos simbólicos y mágicos. No obstante, hay historiadores que creen que esta historia es mera fantasía que sirve para dar una pátina de romanticismo a lo que no dejan de ser organizaciones criminales.

La historia oficial nos dice que las Tríadas surgieron en la región de Fuqiang en el siglo XVIII, una época convulsa en muchos aspectos, también económicos. En aquella zona los caminos eran muy peligrosos, estaban llenos de bandidos y ladrones. Era una suerte de «salvaje oeste» chino: estafas, robos, asesinatos, extorsión… Los jóvenes de la zona, que ocupaban el escalafón más bajo de la sociedad, se juntaban en hermandades unidas por juramentos de lealtad para proporcionarse ayuda mutua. Pronto estas sociedades adoptivas comenzaron también a delinquir.

Puyi

No sería hasta el siglo XIX que los británicos bautizasen a estos grupos como Tríadas, debido a que su sello identificativo estaba formado por un triángulo equilátero; cada uno de sus lados representa los tres elementos de la armonía china: el Cielo, la Tierra y el Hombre, lo que hizo que también fuesen conocidos con el romántico nombre de Hermandad del Cielo y la Tierra. Llegaron a tener tal poder en el siglo XX, que en 1911 colaboraron en el derrocamiento del emperador Puyi –que abdicó el 12 de febrero del año siguiente– y ayudaron al advenimiento de la República, y, cuando los japoneses invadieron Hong Kong en 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, tenían que negociar con sus matones para mantener el orden.

Hoy nadie sabe cuánta gente forma parte de esta hermética –aunque gigantesca– sociedad secreta con fines criminales. Su huella se ha dejado sentir desde Nueva York a Toronto, de Sidney a París o Barcelona y Madrid, aunque su base principal está en Hong Kong, Taiwán y la China continental. Se dedican a la falsificación de tarjetas de crédito, al tráfico de personas, la fabricación, venta y distribución ilegal de numerosos productos, el tráfico de heroína, la trata de blancas, clínicas ilegales e incluso muertes por encargo.

La iniciación

Solo puede formar parte de ella un varón chino cuyos progenitores, ambos, sean de esa nacionalidad, puesto que consideran que «la sangre buena no sabe traicionar», algo similar a lo que sucede en otras organizaciones como la Cosa Nostra italiana o la Yakuza nipona. Siguen una estructura similar a la familiar, y deben prestar auxilia a sus «hermanos» siempre. El incumplimiento de esta regla es causa de muerte. Se articulan en grupos de tres personas, que se relacionan jerárquicamente con otros grupos a través de uno solo de sus integrantes, lo que implica el desconocimiento de las actividades –y los altos cargos– por parte del resto de miembros de la organización.

El SILENCIO es, como apunté antes, lo fundamental para que su entramado delictivo siga funcionando a la perfección. Para comunicarse entre ellos, los miembros de la Tríada son instruidos en un lenguaje compuesto de saludos secretos y señales sutiles, por ejemplo, la manera en que sostienen o dejan los palillos para comer, el número de dedos con los que sujetan un vaso… un universo de tradiciones donde se reverencia la patria y la sangre.

El solemne ritual de iniciación en la Sociedad solía comenzar cuando los iniciados pasaban por debajo de varias espadas alzadas, que simbolizaban la entrada a una nueva familia. El rito iniciático de las Tríadas fue conocido gracias a William Stanton, autor de The triad Society of Heaven and Earth Association, quien, en 1900, fue testigo de una de esas ceremonias; un testigo privilegiado, ya que ningún otro occidental, que sepamos, ha vuelto a presenciar una de ellas.

Según su testimonio, la ceremonia se iniciaba con la repetición de una serie de frases por parte de los aspirantes: «Que este primer incienso se eleve hasta los cielos, mientras juramos nuestra oposición a los Quing. Nosotros vengaremos el fuego malvado de Shaolin, derrotaremos a los mongoles y restauraremos a los Ming (…)». Después, los iniciados reciben un rollo de papel de color amarillo, por lo general decorado con dos dragones y dos aves fénix que pelean por una perla, donde se encuentran los 36 juramentos que son leídos en voz alta. Todo ello se realiza ante un altar con el Buda de la justicia.

Acto seguido, en un acto similar al de otros grupos criminales secretos, los presentes se pinchan con una aguja un dedo concreto de la mano izquierda, dejan caer su sangre en un cuenco que puede contener o bien sangre o bien vino, mezclados con la sangre de un gallo. Después, se quema el rollo y, tras juntar las cenizas del cuenco, todos beben de él y hacen un juramento de fraternidad. Entonces, los neófitos pagan un dólar como «cuota de entrada» y son declarados hermanos, tras lo cual reciben cuatro sellos envueltos en papel rojo, de los que responderán con su vida.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Si lo que queremos es saber más –mucho y de forma muy amena– sobre el gigante asiático, nada mejor que sumergirnos en las páginas del citado libro que publicó recientemente Ático de los Libros, una editorial muy presente, por su amor a la historia, en los post del Pandemónium. 

China es una de las civilizaciones más antiguas de la Tierra, pero sus cuatro milenios de historia son muy poco conocidos en Occidente. Michael Wood, que ha viajado a lo largo y ancho del país asiático, entreteje en Historia de China una nueva visión del Reino del Centro a la luz de nuevos y apasionantes descubrimientos arqueológicos y nuevas fuentes, que nos permitirán tanto leer cartas de humildes soldados como conocer las reflexiones de un emperador.

Wood (Manchester, 1948) se formó en la Manchester Grammar School y el Oriel College de Oxford. Ha trabajado como periodista, presentador y productor de más de cincuenta documentales de televisión; además, es profesor de Historia Pública en la Universidad de Mánchester. Ha publicado varios libros, algunos de los cuales son auténticos best sellers, como In the Footsteps of Alexander the Great, Conquistadors o In Search of Shakespeare. Su serie documental La historia de China, emitida en la BBC y apreciada en el país oriental tanto como en Occidente, lo ha consolidado como uno de los historiadores más prestigiosos especializados en el gigante asiático.

En Historia de China, veremos la prehistoria del país, sus primeras dinastías y las raíces de su cultura en la época de Confucio. Conoceremos el extraordinario renacimiento de los Song, con sus brillantes descubrimientos científicos, o el vibrante Imperio Qing, quizá el momento en que la rica y diversa cultura china alcanzó su apogeo. La obra explora también el encuentro con Occidente, las guerras del Opio y los extraordinarios debates a finales del siglo XIX que pusieron a China rumbo a la modernidad. Wood, además, ofrece una visión actualizada del periodo posterior a 1949 que incluye revelaciones sobre la crisis de 1989 en Tiananmén y su análisis del nuevo orden del presidente Xi Jinping.

Historia de China es, en suma, una obra imprescindible para comprender el pasado y el presente de un país llamado a ser una de las grandes potencias del siglo XXI. Un texto monumental que el también británico Tom Holland, que tiene en su haber obras de referencia como Rubicón, Milenio, Dominio, Dinastía o Fuego Persa (todas ellas publicadas por Ático de los Libros) ha definido con estas palabras: «Una historia erudita, juiciosa, maravillosamente escrita y compuesta en un solo volumen sobre una civilización de la que sabía que debía conocer más». Y el historiador igualmente británico Peter Frankopan, catedrático en Historia Global por la Universidad de Oxford, para la que dirige el Centre for Byzantine Research, ha dicho: «Magistral y absorbente, con un buen ritmo y tremendamente ameno; llega en el momento oportuno. Una lectura obligada para quienes quieran –y necesiten– conocer la China de ayer, hoy y mañana».

He aquí el enlace para adquirir este más que recomendable ensayo: