Diez «guarradas» históricas que probablemente no conocías…

El ser humano ha sido distinguido y elegante, ha gastado mucho dinero en lujos y joyas, en potingues varios para vencer el paso del tiempo o para combatir la calvicie… pero a lo largo de la historia también ha sido un auténtico guarro, con prácticas que al hombre actual (salvo excepciones) le revolverían el estómago. HarperCollins Ibérica publica Esta historia apesta. Anécdotas de mierda que han marcado a la humanidad, de la profesora y divulgadora Alejandra Hernández (@tecuentounahistoria), un recorrido preñado de curiosidades increíbles (y cochinas) por nuestro pasado. He aquí algunas pinceladas de lo que encontraremos en sus páginas…

Por Óscar Herradón ©

–El emperador Heliogábalo (203-222) murió asesinado con apenas 18 años en una de las letrinas de Roma de una forma nada agradable: asfixiado por una de las esponjas que se utilizaban para limpiar las partes pudendas de los que allí cagaban, la llamada tersorium o xylospongium (literalmente «esponja con palo»), que se iban pasando quienes sentaban sus posaderas y de vez en cuando remojaban en una fuente de agua central para limpiarla de restos de excrementos. No sabemos si la de Heliogábalo había sido previamente desinfectada…

–El caso de Juana de Castilla, mal llamada «la Loca», ha traído de cabeza a los historiadores, que no se ponen de acuerdo sobre hasta qué punto la hija de los Reyes Católicos fue encerrada por su enajenación –fruto de la prematura muerte de Felipe el Hermoso– o por los intereses políticos de su padre, Fernando de Aragón, o los de su hijo, Carlos I de España y V de Alemania. Sea cual fuera la verdadera razón de su cautiverio, lo cierto es que su estado llegó a ser lamentable para una reina, como lo cuentan distintos cronistas testigos de los hechos, como el obispo de Málaga o Francisco de Borja poco antes del fallecimiento de la soberana: no se aseaba ni peinaba (curiosamente, antes de enfermar sus allegados la tenían por inestable ante su afición a darse baños), comía y dormía tirada en el suelo y ocultaba los platos de barro en los que le servían el alimento bajo la cama, por lo que el olor de la estancia tuvo que ser espantoso. Como recoge Alejandra Hernández, «Hasta se atrevieron a afirmar que podía estar poseída por el diablo».

–«La alopecia preocupó, y mucho, a los hombres y mujeres de la Edad Media y aunque les hubiera ido genial tener cerca una clínica turca de injerto de pelo, parece que les bastó con aplicarse toda una serie de ungüentos con ingredientes tan variados como el ajonjolí, leche de perra, cenizas de ramas de olivo, zumo de murta, aceite de mata, polvo de moscas o emulsiones realizadas a base de heces humanas destiladas…», cuenta Alejandra Hernández en el libro. La última opción puede que diera buenos resultados, no lo discuto, pero había que estar muy desesperado…

–Durante el reinado de Carlos IV, la relación de este con su esposa María Luisa de Parma y a la vez con Godoy fue tal que llegaron a llamarlos de forma nada positiva «La Trinidad en la Tierra». Pues bien, parece que María Luisa, que dicen las malas lenguas pasó por la alcoba del ministro, no era lo que se dice una belleza palaciega. Alejandra Hernández cuenta: «Parece ser que los veinticuatro embarazos que tuvo y la vidorra que se pegó como consorte María Luisa de Parma, esposa del pachón Carlos IV, mermaron su salud hasta el punto de dejarla prácticamente sin dientes, por lo que recurrió a unos artesanos de Medina de Rioseco para que le fabricaran una preciosa dentadura postiza de porcelana. Y tan chula que fue la tía a partir de ese momento, sonriendo por la vida, hasta que llegaba la hora de comer, momento en el que se la quitaba sin ningún tipo de reparo delante de todos los comensales».

–El palacio de Versalles es símbolo de ostentación y de lujo. Basta darse un paseo en la actualidad por la Galería de los Espejos o visitar las impresionantes alcobas de Luis XIV y de su reina para imaginarnos el boato del Antiguo Régimen, pero la verdad es que en aquellos tiempos los nobles eran bastante guarros. El duque de Saint Simon, muy habitual en el palacio, contó en sus memorias que algunos miembros de la corte «orinaban sin decoro alguno entre cortinajes y pasillos» y que «las mujeres solían portar una pequeña palangana escondida en sus faldas que utilizaban para orinar cuando sobrevenía el apretón y cuyo contenido vertían automáticamente después en la sala en la que se encontrasen».

–Antes hablábamos de Juana de Castilla, pero el caso de otro rey español también afectado de eso que entonces llamaban «melancolía» (y que probablemente se trataba de una aguda depresión u otra enfermedad mental), Felipe V, el primer Borbón de nuestro país, fue aún más extremo: dormía de día y trabajaba de noche, casi no comía y estaba obsesionado con su propia muerte (…) Además, se dejó crecer las uñas de manos y pies sin control porque, si se las cortaban, le sobrevendrían –creía– todos los males de este mundo; tampoco es que se aseara mucho. Era tan escasa su afición a la limpieza que cuando murió, a los 60 años, al tratar de amortajarle quitándole la ropa que llevaba puesta –y que durante tanto tiempo se negó a quitarse– le arrancaban también jirones de piel.

–La cosa va ahora de esos entrañables bichitos llamados piojos. En la antigua Siberia había un curioso rito de cortejo: las zagalas del lugar lanzaban sus piojos a los mozos en los que habían puesto el ojo como muestra de su afecto e interés. Por su parte, los aztecas tenían por costumbre honrar al dios Moctezuma con una pequeña vasija de oro… repleta de estos pequeños insectos aficionados al pelo, al natural y al artificial, pues cuando los nobles se ataviaban con grandes pelucas no evitaban que están acabasen también infestadas de pediculus que conseguían traspasarlas y llegar hasta el cuero cabelludo.

–A todos nos han dicho desde pequeños lo importante que es la higiene bucal, pero no siempre hemos tenido flúor en forma de pasta dentífrica para cepillarlos (fuera Signal o Colgate, depende de gustos), y sobre prácticas del pasado en este sentido, la autora nos cuenta: «La higiene bucal también tuvo su importancia y para evitar la halitosis surgieron remedios tan interesantes como asquerosos. Uno muy común fue la combinación de ramas de romero quemadas y mezcladas con sus propias hojas, lo que daba lugar a una especie de pasta que se embadurnaba en un paño de lino y se restregaba por los dientes. La menos común y aparentemente saludable, pero no por ello poco conocida en la corte, fue la esencia de orina como sucedáneo del enjuague bucal».

–Y es que ya desde época prerromana la orina se convirtió en un must de la higiene bucal. No desperdiciaban ni una gota (pues era muy valiosa en el tratamiento del color de los tejidos), así que la que no iba a las lavanderías se utilizaba directamente como enjuague. Para hacerla más agradable al paladar, los romanos le añadían un poquito de piedra pómez. En la Antigüedad clásica, además, a la orina le atribuían grandes virtudes y casi facultades sobrenaturales: podría contribuir a curar enfermedades o dolencias tan variadas como la gota, la mordedura de un perro, e incluso, la obtenida de los eunucos servía –dicen– para realizar maleficios contra la fecundidad.

–Y terminamos con el rey inglés Enrique VIII, el que tuvo por afición mandar decapitar a sus esposas. Aunque pueda parecer lo contrario, no fueron aquellas infelices quienes le conocieron en su más grande intimidad, sino el conocido como Groom of the King’s Close Stool, el llamado «mozo del taburete», que era el nombre del mueble usado entonces como cagadero. Creado por Enrique VII en 1495, era la posición más alta en la Cámara Privada del rey, con funciones de atender las necesidades del soberano, pero bajo el octavo Enrique el cargo se amplió enormemente. Un puesto por el que, curiosamente, se daban de tortas los hijos de nobles e importantes señores de la corte. La razón no estaba relacionada con ningún tipo de coprofilia sino con el hecho de que, además de estar bien remunerado (faltaría más…) aquellos mozos acababan por lo general convirtiéndose en figuras poderosas, casi una suerte de secretarios reales que intervenían en importantes asuntos de Estado, incluidas las finanzas, y que cosechaban relevantes títulos nobiliarios y acumulaban propiedades.

El mozo del taburete se encargaba del suministro de agua, toallas y un lavabo para el rey al terminar de hacer sus necesidades (hay dudas sobre si realmente le limpiaba o no el culo…). El mozo de las heces era también el encargado de supervisar las excrecencias intestinales del monarca y de consultar con los galenos para asegurarse de que no estaba afectado de ninguna enfermedad.

Mamás, de Yeong-shin ma

Ponent Mont publica en castellano la novela gráfica que ha catapultado al surcoreano Yeong-shin ma y que además es su ópera prima. Nacido en Seúl en 1982, desde 2015 publica webtoons con enorme éxito y su libro, Mamás, ha aparecido en numerosas listas de éxitos en 2020, haciéndose, un año después, con el premio Harvey que entrega la industria del cómic estadounidense. Ahora podemos disfrutar de su potente mensaje en castellano.

Por Óscar Herradón ©

Su desenfado e ironía –que no ocultan una abierta crítica social y una crisis de valores que afecta a Corea pero que también lo hace en el resto del globo, principalmente en Occidente, cosas de la globalización–, su poderoso sentido del humor (que no comicidad) a partir de la tragedia del día a día, retratan una sociedad moderna que se resiste a abandonar tradiciones y costumbres que parecen más propias del medievo que del siglo XXI. Una eterna dicotomía entre «progreso» –que tampoco hay que entenderlo como algo positivo– y tradición.

Para contar su historia y dar forma a este portentoso Manhwa para adultos, Yeong-shin ma se ha inspirado en la historia de su propia madre. Las «mamás» del título son tres mujeres en la cincuentena, Lee Soyeon, Myeong-ok y Yeonjeong, que, hartas de sus parejas y de sus sacrificados trabajos, y sumidas en el sopor de unas vidas que empiezan a acercarse peligrosamente a su ocaso, deseosas de agarrarse a aquello a lo que habían renunciado –o ni siquiera sabían que existía en la monotonía de sus existencias– desafían las normas de la familia tradicional coreana (que podríamos hacer extensiva, con sus particularidades, a la familia tradicional de la mayoría de países) para lanzarse a una segunda vida de aventuras escandalosas y contratiempos (a cuál más delirante) mientras anhelan conseguir algo más que los mediocres hombres que no han sabido hacerlas felices, lo que tiene una profunda lectura feminista en un país por lo demás abiertamente patriarcal. Mal de muchos…

El difícil camino del empoderamiento

Un precioso y voluminoso tomo en blanco y negro narra la azarosa vida de estas tres singulares mujeres, que podrían ser las madres de cualquier lector, con un guión magnífico, en ocasiones incluso retorcido, que no escatima en exabruptos (insultos, vamos) y en dibujar un sórdido mundo contemporáneo por el que pululan alcohólicos, fracasados y «peterpanes».

Yeonjeong, con cuya historia abre la novela gráfica, tras un matrimonio fracasado y varios noviazgos no mucho más propicios, sale con un camarero sumido en el infierno de la bebida; para ayudarle en el negocio, Yeonjeong se dedica a asistir con sus amigas a la discoteca en la que trabaja y persuadir a «pagafantas» para que les paguen las consumiciones –dando así comisiones a su pareja–. Pero la mujer ha perdido la ilusión y la vitalidad y lo que desea es terminar pronto ese coqueteo absurdo, esa pantomima en la que ha de tratar con personajes a veces repulsivos, con hombres inseguros y repletos de oscuridades en la trastienda de la noche coreana.

Por su parte, Lee Soyeon, otra mujer divorciada de 50 años, trabaja como limpiadora en un edificio de apartamentos en Seúl, aguantando a unos jefes explotadores y despreciables. Su situación en casa no es mucho mejor: su hijo treintañero es un derrochador (no de su dinero, sino del de su madre) y una suerte de parásito, y su novio, Jongseok, es otro perdedor sin horizonte (lo que dice mucho sobre el retrato que el autor pinta del género masculino al que pertenece), un tipo que se tiró tres años engañando a Soyeon y ella, sabiéndolo, es incapaz de dejarle, lo que barniza su vida, si cabe, de una mayor pátina de patetismo, en ocasiones innato al género humano. Myeong-ok, por otro lado, sale con un hombre más joven que ella, pero tampoco vive precisamente en un mundo de ensueño.

Las vidas de las tres amigas son compartidas en sus confesiones, una suerte de terapia psico-emocional en petit comité y vía de escape cotidiana a su infelicidad. En definitiva, un relato gráfico que a pesar de los brochazos de desolación y escepticismo que salpican sus páginas, deja pie a la esperanza de una vida mejor, o de mejorar la propia vida, que no es lo mismo.

He aquí el enlace para adquirir esta recomendable novela gráfica:

https://ponentmon.es/producto/mamas

Nadadores en el desierto

Fue el hombre que inspiró la novela El Paciente Inglés, aunque la verdad histórica dista mucho del personaje al que daría vida Ralph Fiennes en la película homónima de 1996. El conde austrohúngaro Ladislaus E. Almásy fue uno de los grandes exploradores de los años 30 y 40 del pasado siglo, y contribuyó en sus expediciones a abrir nuevas rutas en el desierto norteafricano y a sacar a la luz joyas del pasado de la humanidad olvidadas bajo la arena. Nadadores en el de desierto, que publica Ediciones del Viento, cuenta su particular epopeya.

Óscar Herradón ©

Ladislaus Eduard Almásy nació en el castillo de Bernstein, en territorio de la antigua Hungría, en una zona que hoy pertenece a Austria, y era hijo del célebre explorador de Asia György Almásy, por lo que su pasión le venía de familia. Ladislaus, conde de Almásy (como le gustaba que se dirigieran a él) no tardaría en seguir los pasos de su progenitor. Con una excelente formación y dominando hasta seis idiomas, entre ellos el árabe, no tardó en caer cautivado por el desierto; antes, durante la Primera Guerra Mundial (entonces conocida como Gran Guerra), sirvió en la fuerza aérea del imperio austrohúngaro, las denominadas Tropas Imperiales y Reales de Aviación (Luftfahrtruppen KuK) y fue condecorado por sus acciones. Tras finalizar la contienda, trabajó como representante de la marca de automóviles Steyr Autmobilewerke, para la que realizó tests de resistencia de coches, aviajando con ellos a través del noreste de África, Libia, Sudán y Egipto. A partir de ese momento las arenas del desierto se convertirían en su hogar.

Fue el personaje que inspiraría la novela del canadiense Michael Ondaatje El Paciente Inglés, que sería adaptada al cine en 1996 por Anthony Minghela y protagonizada por Ralph Fiennes, pero el protagonista romántico de la cinta poco tiene que ver con el aventurero y explorador a veces temerario que fuera el astro-húngaro, que en las décadas de 1930 y 1940 exploraría todo el  desierto occidental de Egipto contribuyendo a abrir nuevas rutas hasta entonces desconocidas por el hombre occidental.

A diferencia de otros exploradores que partían con elaborados mapas o información fidedigna, el conde se aventuraba basándose en fuentes documentales de dudosa historicidad, apenas referencias aparecidas en antiguos manuscritos árabes como los textos de Al Bakri, quien hablaba de los djinns (duendes o demonios) que viven en las arenas del desierto y en los árboles de los oasis y cuyos quejumbrosos lamentos Almásy afirmaría haber escuchado, según recogió en su diario, voces nocturnas a las que los beduinos se referían como provenientes de los ghule, los malos espíritus que habitan en las dunas; aunque el aristócrata húngaro bien sabía que se producían por fenómenos naturales que, no obstante, extrañaban incluso a los «europeos de ideas racionalistas» y que, escasos, eran un efecto del enfriamiento de la arena. Para los beduinos, el conde era Abu Ramla, «Padre de la Arena».

Zerzura y el Valle de las Imágenes

Fue en busca también de la llamada «Ciudad de Latón» que se menciona en uno de los cuentos de Las Mil y una Noches y que para él solo podía concordar con el oasis perdido egipcio de Zerzura, cuya búsqueda se convertiría en una obsesión para el explorador y que a día de hoy nadie ha localizado. Finalmente, muy cerca de Jilf al Kabir, sus hombres hallaron un oasis que como él había sospechado era muy real, y no un enclave mítico de relatos medievales. Formaba parte del llamado «Club Zerzura», un grupo de aventureros cosmopolitas que se internaron en el desierto de Libia recorriéndolo en vehículos y aeroplanos en busca de ciudades míticas –pero también con la labor de cartografiar el desierto en misiones de inteligencia, como enseguida veremos–.

Precisamente allí, en el macizo rocoso de Jilf al Kabir, al suroeste de Egipto, cerca de la frontera con Libia, Almasy redescubrió la existencia de antiguos valles (wadis) que bautizó como Wadi Sura (el Valle de las Imágenes en la llamada «Cueva de las Bestias»), unas oquedades en cuyo interior se albergaba un tesoro de la antigüedad: las célebres pinturas «de los nadadores», que darían nombre a sus memorias y que demostraban que aquel hábitat, en pleno siglo XX totalmente desértico e inhóspito, había sido miles de años atrás un vergel por el que se extendían increíbles zonas lacustres que fueron el hábitat de pueblos primitivos de los que apenas sabemos nada. Hombres que tenían por costumbre bañarse en aquellas aguas, algo que apoyan pinturas de cazadores rodeados de jirafas, además de numerosas herramientas , imágenes que sí conocían los beduinos, cuyas indicaciones fueron de gran valor para el equipo de exploradores europeos. Realizó aquellos hallazgos en compañía del explorador y príncipe egipcio Kamal el Dine.

La crónica en primera persona de aquellas apasionantes y arriesgadas expediciones a los lugares más recónditos del Sáhara oriental la publicó Almásy en 1934 en húngaro bajo el título de Sáhara desconocido y vio la luz cinco años después, en una edición ampliada y modificada, en lengua alemana. Precisamente, Ediciones del Viento recupera los capítulos centrales de ambas ediciones en Nadadores en el desierto, vibrantes páginas en las que Almásy narra sus aventuras y hallazgos más sobresalientes, como la búsqueda del mítico oasis perdido de Zerzura y el sensacional descubrimiento de las pinturas rupestres que dan título al libro.

Un espía-aventurero al servicio del Tercer Reich

Su faceta como espía es uno de los aspectos más fascinantes de su biografía, y una de sus muchas oscuridades al haber contribuido a pasar valiosa información a los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando estalló el conflicto, László era un hábil combatiente que tenía un buen currículo como aviador en la Gran Guerra y aceptó vestir el uniforme de la Luftwaffe comandada por Hermann Göring y pasó a servir en las filas del Afrika Korps de Erwin Rommel, el Zorro del Desierto, ese inhóspito paraje en el que el conde húngaro tan bien se movía.

Almásy fue instructor de efectivos procedentes del Regimiento Brandenburgo, un grupo de élite de la Abwehr (el servicio de inteligencia del ejército alemán) en el desierto: atacó con éxito al «Grupo del Desierto de Largo Alcance» (Long Range Desert Group), una unidad de élite británica, y llegó a coordinar a diversos agentes alemanes que desplegó en El Cairo, acciones que le valdrían ser condecorado con la Cruz de Hierro. Precisamente al frente del Long Range Desert Group se hallaba otro explorador y militar obsesionado con dar con el mítico Zerzura, el británico Ralph Bagnold. Aquellos hombres nunca hallaron el oasis perdido, pero el también explorador Théodore Monod escribió en referencia al esquivo enclave: «Un día, quizá el viento del desierto libio, soplando en tempestad sobre los cordones de dunas y levantando en el aire nubes de arena fina, restituirá a los hombres el oasis perdido, revelando su emplazamiento y sus secretos».

El ejército perdido de Cambises

En 1950, Almásy llevó a cabo su última (y fallida) campaña: la búsqueda del ejército perdido de Cambises que, según lo recogido por el historiador griego Heródoto en el siglo VI a.C. desapareció en el desierto sin dejar rastro. Un ejército colosal de 50.000 hombres enviados por el rey persa que partió del oasis de Jarga hacia el norte con el fin de conquistar el oasis de Siwa, célebre por la visita de Alejandro Magno en busca de una respuesta sobre su destino.

Una tormenta de arena enterró a aquellos miles de hombres y, siguiendo diversas fuentes orales y documentales, Almásy se entregó a la exploración del llamado Gran Mar de Arena; y aunque su expedición halló unos Alamat, colosales hitos de piedra erigidos por los hombres de Cambises antes de perecer, jamás hallaron verdaderos restos de los soldados persas. Él mismo escribió en su preciado diario acerca de aquel contratiempo: «los antiguos dioses saben todavía defender los últimos secretos del desierto».

Almásy, el «Padre de la Arena», moría en Salzburgo de disentería el 22 de marzo de 1951. Tan solo tenía 55 años pero había vivido una vida plena y al límite. Quizá su alma descansa ahora con los djinns de las dunas del desierto.

He aquí el enlace para hacerse con Nadadores en el Desierto: