Historia de las Cruzadas (Alianza)

Alianza editorial publica en un solo volumen la monumental Historia de las Cruzadas del historiador y medievalista británico Steven Runciman (1903-2000), sin duda la cumbre historiográfica de unos acontecimientos que cambiaron el mundo y cuyos efectos siguen repercutiendo en el presente.

Óscar Herradón ©

Runciman en 1957.

Steven Runciman no escribió una historia de las cruzadas. Escribió, según reconoció él mismo ante Jonathan Riley-Smith durante una entrevista, «no como historiador, sino como escritor de literatura». Esa confesión, recogida por el propio Riley-Smith y difundida después por su discípulo Christopher Tyerman, resume mejor que cualquier reseña académica el problema y la fascinación que sigue suscitando Historia de las Cruzadas –cuyo título original es A History of the Crusades (1951-1954)–, la trilogía que convirtió a un aristócrata excéntrico, aficionado al tarot y a los fantasmas, en la autoridad de referencia sobre las expediciones a Tierra Santa para varias generaciones de lectores anglosajones y que ahora podemos disfrutar en su totalidad en un solo volumen

Un diplomático con vocación de cronista bizantino

Antes de sentarse a escribir el primer volumen –The First Crusade and the Foundation of the Kingdom of Jerusalem–, Runciman había llevado una vida que parecía sacada de una novela de espías de salón. Hijo de un vizconde liberal y de una madre que fue de las primeras mujeres en sentarse en el Parlamento británico al mismo tiempo que su marido, heredó en 1937 una fortuna que le permitió dejar su plaza en Trinity College, Cambridge, y convertirse en un erudito independiente, sin ataduras universitarias.

Guy Burguess.

La guerra lo devolvió a la vida pública: fue agregado de prensa en la legación británica de Sofía –recomendado, no por casualidad, por su antiguo alumno Guy Burgess, luego célebre como espía soviético–, sobrevivió por poco a una explosión alemana en el hotel Pera Palace de Estambul y acabó, entre 1942 y 1945, como catedrático de Arte e Historia Bizantina en la Universidad de Estambul, la única cátedra universitaria que ocupó jamás. Un informe de la embajada italiana de la época lo describía como molto intelligente, molto pericoloso («muy inteligente, muy peligroso»). Fue precisamente en Estambul donde maduró la investigación que desembocaría en la trilogía.

El resto de su biografía pertenece más al anecdotario de la alta sociedad británica que a la historiografía: tocó dúos de piano con el último emperador de China, leyó el tarot al rey Fuad de Egipto, fue nombrado dervише (derviche) honorario, acumuló el título de Gran Orador del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla en 1969 y, ya nonagenario, sobrevoló en helicóptero el Monte Athos para asistir a la bendición de una torre que él mismo había financiado. El biógrafo Minoo Dinshaw, autor de Outlandish Knight: The Byzantine Life of Steven Runciman (2016), reconstruyó minuciosamente esa existencia de esteta trotamundos, obsesionado a la vez por la exactitud histórica y por la videncia, el ocultismo y las historias de fantasmas que gustaba de representar para sus invitados en su torre escocesa de Elshieshields. La crítica de Rosemary Hill en la London Review of Books lo retrató, ya en sus últimos años, como una reliquia de Bloomsbury convertida en personaje casi tan remoto como los príncipes de los que hablaba.

El veredicto que marcó a Bizancio

Asalto a Constantinopla, por Tintoretto (1580).

Si algo ha sobrevivido de la trilogía (ahora, insisto, reunida en un solo volumen por Alianza) en la memoria colectiva, más allá de los especialistas, es una sola frase: there was never a greater crime against humanity than the Fourth Crusade –«nunca hubo un crimen mayor contra la humanidad que la Cuarta Cruzada»–, el juicio que Runciman dedicó al saqueo de Constantinopla en 1204. Esa condena, coherente con su bizantinofilia declarada y con su desprecio por los cruzados latinos, no fue un simple exceso retórico: ha sido citada durante décadas en la historiografía sobre la cruzada, y se invoca habitualmente como telón de fondo de la disculpa histórica que el papa Juan Pablo II ofreció en junio de 2004, ochocientos años después de los hechos, al patriarca ortodoxo Bartolomé.

De la epopeya literaria a la revisión académica

Asedio de Antioquía durante la I Cruzada.

La trilogía de Runciman marcó un giro deliberado respecto a la visión romántica decimonónica de las cruzadas como guerra defensiva de la cristiandad. El británico las presentó, en cambio, como una intrusión bárbara en un mundo bizantino e islámico culturalmente superior. Ese enfoque, unido a una prosa narrativa de gran vuelo, explica por qué la obra se convirtió, en palabras de Tyerman, catedrático de Historia de las Cruzadas en Hertford College, Oxford, en «una referencia de base para las actitudes populares en todo el mundo anglófono, presente en la letra impresa, el cine, la televisión e internet». Pero el propio Tyerman, en su The Debate on the Crusades, diseccionó con dureza las carencias del relato de Runciman, exponiendo sus fallos de método incluso mientras explicaba su influencia duradera.

Toma de Jerusalén durante la I cruzada.

El prestigioso historiador británico Jonathan Riley-Smith (1938-2016), que dominó los estudios sobre cruzadas desde Cambridge y Londres en las últimas décadas del siglo XX, encabezó junto a su escuela una revisión de fondo que desplazó el foco desde la narrativa épica hacia las motivaciones reales de los cruzados y las estructuras institucionales de la cruzada como fenómeno jurídico y religioso; esa nueva generación historiográfica, resumida por el historiador y medievalista también inglés Giles Constable (1929-2021) en su ensayo sobre la historiografía de las cruzadas, relegó a Runciman a la categoría de clásico literario más que de autoridad de método. El estadounidense Thomas Madden, al incluir un texto de Runciman sobre Bizancio y las cruzadas en su antología The Crusades: The Essential Readings, advertía que su inclusión resultaba casi una rareza dentro del canon académico contemporáneo, justificada por su peso histórico más que por su vigencia interpretativa. Aún así, es una obra fundamental de la historiografía del siglo XX, capital, a pesar de sus carencias que pueda mostrar tantas décadas después, para entender el pasado. En palabras de Gore Vidal: «Leer a un historiador de la talla de Runciman nos recuerda que la historia es un arte literario equiparable a la novela».

Urraca. Una reina en el trono de un rey

Urraca I de León desafió a su tiempo, la España a caballo entre los siglos XI y XII,  siendo la primera reina por derecho propio de nuestra historia y de la Europa medieval. Ahora, Desperta Ferro publica la que probablemente sea su biografía definitiva.

Óscar Herradón ©

Alfonso VI.

El personaje que protagoniza este post, y del que el pasado 8 de marzo de 2026 se  cumplieron 900 años de su muerte, ahí es nada, fue la primera reina de pleno derecho en la historia de España (no consorte) y también de la vieja Europa. Urraca Alfónsez (1081-1126) era hija de Alfonso VI (llamado «el Bravo») y de la noble francesa Constanza de Borgoña. Puesto que no tenían hijos varones, fue educada desde su niñez para gobernar León (fundado en 910, cuando los príncipes cristianos del reino de Asturias trasladaron hasta esa ciudad la capitalidad, entonces en Oviedo), que, a diferencia de lo que ocurría por aquel entonces en la mayor parte de la Europa de la Plena Edad Media, no prohibía a las mujeres ejercer la potestad real.

Raimundo.

Cuando alcanzó la pubertad, con apenas 10 años, la infanta Urraca fue desposada con un hombre mucho mayor, el conde Raimundo de Borgoña, a la sazón su primo, pues era sobrino de Constanza, siendo nombrados condes de Galicia tras el enlace, un matrimonio que parece fue bien avenido y del que nacieron dos hijos legítimos: Sancha Raimúndez, en 1095, y Alfonso, en 1105. Sin embargo, Urraca se quedó viuda el 20 de septiembre de 1107.

Campo de Uclés.

Su padre, Alfonso, que no había tenido más que niñas en sus matrimonios y relaciones anteriores (Elvira y Teresa con Jimena Muñoz, a la que describe su coetáneo el obispo Pelayo de Oviedo como «concubina nobilíssima», y con su esposa Constanza a Urraca) sí había engendrado un hijo barón con su nueva amante, la concubina Zaida, una princesa mora, hija del emir de Denia (más tarde bautizada con el nombre de Isabel tras su conversión al cristianismo), que en 1091 había llegado a los Palacios de Galiana en Toledo; el nombre del varón era el infante Sancho Alfónsez, nacido hacia 1903, y estaba llamado a ostentar algún día el cetro castellanoleonés. Sin embargo, el joven moría a los 14 años de edad en la Batalla de Uclés, el 30 de mayo de 1108, en la que las fuerzas almorávides acabaron a golpe de cimitarra –la jineta andalusí aún no había sido forjada– con la flor y nata de la nobleza castellana.

La primera reina hispana

Alfonso el Batallador.

Tras ello, el rey Alfonso se sumió en una gran tristeza y no tardaría en morir, el 1 de julio de 1109. Antes de fenecer, y en vistas de que solo le quedaban hijas, Teresa y nuestra protagonista, llamó a Urraca y la conminó a ser su sucesora. Como condición, para poder proteger sus dominios y arraigarse en el cargo, insisto, la primera vez en nuestra historia que una mujer iba a reinar con todas las garantías y potestades, arregló todo para el casamiento de la viuda con Alfonso I de Aragón y Pamplona, que ostentaba el sobrenombre de «el Batallador» precisamente porque era un aguerrido guerrero y hábil estratega en tiempos de la Reconquista, quien al parecer aceptó el matrimonio con Urraca con el principal objetivo de arrebatarle el reino de León. Las conjuras y luchas por el poder, siempre activas en cualquier siglo, estaban más que presentes en los distintos reinos medievales y el agitado siglo XII, en lucha constante contra los reinos de Taifas (hasta 20 distintos, y en cierto momento de su historia, hasta 39 pequeñas «facciones»), no contribuía precisamente a apaciguar la escena.

Urraca I de León.

Fue un matrimonio difícil y conflictivo, en el que hubo grandes riñas entre ambos e incluso episodios claros de malos tratos (en una ocasión, Alfonso llegó a encerrar a su esposa en el castillo de El Castellar, en Aragón, debido a una conspiración en la que Urraca había ordenado a los tenentes de las fortalezas en los reinos de León y Castilla que no obedecieran las órdenes de su marido; e incluso hay constancia de que la golpeó físicamente); y, si hemos de hacer caso a las crónicas –y no tenemos por qué no hacerlo–, de episodios de fogosas reconciliaciones que no tardaban en volver a quebrarse, hasta el punto de que los ejércitos de ambos cónyuges llegaron a enfrentarse abiertamente en el campo de batalla.

Alfonso VII de León.

En las capitulaciones matrimoniales se estableció, siguiendo las aspiraciones del Batallador, que el aragonés actuaría como rey de castilla, de lo que derivaría uno de los grandes conflictos de la España cristiana medieval: mientras Alfonso deseaba ejercer, con toda su autoridad, el control del reino castellanoleonés, numerosos nobles gallegos se revelarían a favor de los derechos sucesorios del hijo varón de Urraca con Raimundo de Borgoña, Alfonso Raimúndez, el futuro Alfonso VII de León, lo que provocó una incursión de Alfonso, que vencerá a la nobleza gallega en el castillo de Monterroso.

Firma de Alfonso I de Aragón.

A ello se sumarán las continuas desavenencias políticas y personales entre ambos cónyuges, en parte por las fuertes personalidades de uno y otro; una suerte de guerra civil entre los partidarios de Urraca y los derechos sucesorios de su hijo (que, no obstante, no apoyaría en un principio la propia reina, pues pretendía gobernar mientras pudiera), y los de Alfonso el Batallador, salpicada de traiciones, conjuras, cambios de bando de importantes personajes de la corte y hechos dignos de una novela de caballería, pero escrupulosamente reales, con base historiográfica.

Urraca. Litografía del siglo XIX.

Finalmente, algunos miembros de la Iglesia partidarios de las aspiraciones de Alfonso Raimúndez presionarán al papa para que anulase el matrimonio so pretexto de consanguinidad, anulación que se hará efectiva en 1110 por parte del arzobispo de Toledo, Bernardo, en Sahagún de Campos (León), y debido a que en un primer momento los cónyuges, inmersos en esa suerte de relación de amor-odio, no cumplen con la separación, el propio pontífice llegaría a excomulgar a ambos monarcas, la leonesa y el aragonés, algo con importantes consecuencias en tiempos medievales, como hemos visto en relación a otros personajes históricos como Federico Barbarroja o su nieto Federico II de Hohenstaufen en otras entradas del Pandemónium.

Sancho III el Mayor.

Para más inri, Alfonso y Urraca estaban emparentados en línea directa (los dos eran biznietos de Sancho el Mayor), por lo que a punto estuvo de que el papa invalidase su enlace, cosa que finalmente no sucedió. Tras cinco tortuosos años de relación, en los que se hizo célebre la frase, atribuida a la reina (y quién sabe si apócrifa) de «el rey soy yo», usada cuando se cuestionaban sus exigencias frente a su cónyuge, finalmente, debido a las diferencias con su esposa, que esta no le había dado un heredero y la predilección castellanoleonesa por su hijastro Alfonso Raimúndez, sabedor de que la unificación por vía matrimonial de los reinos de Castilla y León y Aragón no se haría efectiva, Alfonso el Batallador repudió a la reina Urraca, centrándose en sus conquistas contra los almorávides, aunque no abandonaría por completo su pugna por obtener el cetro castellano.

Propaganda misógina contra una reina

Urraca I de León, por José María Rodríguez de Losada (1892-1894).

El reinado de Urraca I de León sería de gran importancia para la España medieval y símbolo del poder femenino frente a la opresión masculina en un tiempo profundamente patriarcal. Urraca fue ejemplo de mujer tenaz y fuerte, de gran coraje, que mostró una gran resiliencia cuando todo estaba en su contra. De hecho, fue objeto de forma implacable de la despiadada misoginia de los cronistas de su tiempo, muchos de ellos clérigos, que harían pasar a la soberana a la posteridad con el sobrenombre de «la Temeraria», ensombrecido su reinado por los de su padre, Alfonso VI, «el de la feliz memoria», y el de su hijo y sucesor, Alfonso VII de León, intitulado «Emperador» de España, un singular título que ya había ostentado su abuelo y con el que no todos los soberanos medievales de su tiempo estaban de acuerdo (retomando la vieja idea imperial de Alfonso III y de su abuelo, el 26 e mayo de 1135 fue coronado Imperator totius Hispaniae –emperador de Hispania– en la catedral de León); cuando en realidad, en los dieciséis años que reinó, Urraca lo hizo la mayoría de las veces con templanza y ánimo de reconciliación, perdonando en ocasiones a aquellos que se habían levantado contra ella, como sucedió durante una revuelta de la burguesía en Santiago de Compostela (que se oponía a las medidas tomadas por el obispo Diego Gelmírez, que gobernaba en alianza con el conde Pedro Fróilaz de Traba), donde la reina a punto estuvo de ser linchada por la turba, que la dejó medio desnuda tras rasgar sus vestiduras, la apaleó e incluso le arrancó varios dientes y muelas de una pedrada en pleno rostro, y la soberana acabó perdonando a los cabecillas, lo que dice mucho de su altura moral cuando cualquier otro los habría mandado colgar.

Urraca I de León (1892).

No obstante, a mil años vista, y con tanta publicidad en su contra (cronistas de su propio siglo y del siguiente, el XIII, la tildaron de mujer débil, caprichosa y voluble que gobernó «tiránica y mujerilmente»), está claro que muchos aspectos de su vida y reinado quedarán ensombrecidos por la duda y la falta de datos fidedignos, aunque gracias a la labor de los historiadores actuales quizá se pueda aportar algo de luz a su periplo vital. La vida y el reinado de Urraca I de León, al menos los que conocemos con certeza, son tan complejos como apasionante y por supuesto no pueden resumirse en la brevedad de un humilde post, por lo que lo mejor para adentrarse en su multifacética figura y su tiempo es sumergirse en las magnéticas y muy documentadas páginas del ensayo que le dedica la doctora en Historia por la Universidad de Salamanca y licenciada en Historia con Premio Extraordinario por la Universidad de Barcelona, Sonia Vidal Fernández, y que acaba de publicar, con excelente acogida, la editorial Desperta Ferro, cuya labor divulgativa de la historia la convierte en habitual en las entradas del Pandemónium: Urraca. Una reina en el trono de un rey.

¿Qué encontraremos en este ensayo?

Busto de la reina castellana en León.

El siglo XII era un mundo donde la soberanía y el poder eran prerrogativas masculinas, pero en el que Urraca, desafiando convenciones y prejuicios, supo defender sus derechos e imponer su autoridad. Tras su matrimonio impuesto con Alfonso de Aragón, que la sometía nuevamente a una tutela masculina y limitaba su poder, la soberana, sin embargo, decidió reinar en solitario y ejercer de pleno la soberanía heredada, apoyada en una red de alianzas que supo consolidar hábilmente. Sin referentes femeninos previos, construyó una imagen inédita de reina soberana, aunque los prejuicios asociados a su condición femenina marcaron profundamente la percepción posterior sobre su figura.

A pesar de la propaganda en su contra, Urraca ejerció el poder regio durante diecisiete años con eficacia y firmeza, defendió su legitimidad, sostuvo el reino ante presiones internas y externas y no dudó en negociar, forjar alianzas o incluso tomar las armas cuando fue necesario. Una mujer de armas tomar y gran altura política que debe ser dignamente reconocida a 900 años de su muerte.

Sueños proféticos de reyes y emperadores

Uno de los aspectos más desconocidos y apasionantes relacionados con algunos grandes soberanos, que a su vez fue crucial en la evolución de su política y sirvió para su exaltación como personajes semidivinos y sagrados, fueron los denominados sueños premonitorios o proféticos que muchos de ellos dijeron experimentar, generalmente antes de emprender una importante batalla.

Óscar Herradón

Para consolidarse en el poder y legitimar el origen «sagrado» de su estirpe, muchos reyes recurrieron a la exaltación de los hechos providenciales a través de los denominados somnia imperii, experiencias oníricas que éstos, según sus propagandistas, experimentaron cual si de profetas se tratara, demostrando y consolidando de esta forma la «descendencia divina» de todo su linaje. No está claro a día de hoy si alguno de estos sueños premonitorios tuvo lugar realmente, lo que cuesta creer, aunque es evidente que el interés político planea por toda crónica o escrito que recoge tal evento. Es, sin embargo, muy interesante analizar estos supuestos hechos sobrenaturales para comprender la mentalidad de aquellos personajes que ostentaron el cetro y la corona a lo largo de los siglos y del mismo pueblo, que veneraba a sus reyes como si de auténticos dioses se tratara de uno a otro punto del planeta. Ahí residía en gran parte su lealtad hacia el mismo.

Sila

Como apunta Alicia Miguelez Cavero, de la Universidad de León, fue en Roma donde, al parecer, se sentaron las bases de este tipo particular de sueño, de carácter claramente político, que alcanzaría una gran trascendencia principalmente en los años de la Edad Media. Al margen de la tradición bíblica, prolífica en este tipo de manifestaciones oníricas, la mayoría de los estudiosos coinciden en atribuir al general romano Sila la creación de este tipo de sueños para utilizarlos como forma de legitimación ante su pueblo, verdadera razón, más allá del elemento sobrenatural y providencialista, de que surgieran. Sin embargo, estas peculiares experiencias no fueron exclusivas de la República y el Imperio romanos, ni siquiera de Occidente, pues podemos encontrar ejemplos en las monarquías orientales y también en el mundo helenístico, de donde probablemente fue heredada tal forma de legitimación, a pesar de que no contamos con datos fiables para afirmarlo con rotundidad, como apuntaron ya en su día investigadores como Marc Bloch o Jacques Le Goff.

Tras la experiencia de Sila, los sueños de reyes fueron utilizados por varios emperadores para justificar sus acciones políticas o las decisiones de índole militar, como una batalla o un asedio, principalmente en los años de inestabilidad y desmembración del Imperio Romano, cuando las luchas por el poder, los pronunciamientos, las revueltas y las traiciones estaban a la orden del día. Vamos, como a lo largo de casi toda la historia de la (des) humanidad.

La excelsitud de Constantino

Fue con el emperador romano Constantino «el Grande» cuando los somnia imperii alcanzaron su mayor esplendor. El soberano, que permitiría el libre culto de los cristianos en el Imperio, experimentó su primer «sueño» en el año 310 de nuestra era, «milagro» que utilizó para legitimar sus acciones tras la muerte del general Maximiliano. Sin embargo, el más decisivo de sus somnia, si hemos de creer a las crónicas, se produjo tres años después de experimentar el primero, en el año 313, en vísperas de la batalla de Puente Milvio, en la que Constantino se enfrentaría a Majencio. En aquella visión onírica, el emperador vio una cruz, junto a las palabras In hoc signo vinces –(«Con este signo vencerás»), que le llevaría a la victoria. Y así fue. Al parecer, aquel vaticinio influyó en la posterior conversión de Constantino al cristianismo y en la configuración del llamado «crismón».

El sueño de Constantino (Piero della Francesca, 1455. Fuente: Wikipedia)

Con la llegada de Carlomagno al poder a finales del siglo VIII y su coronación como emperador en el 800, los carolingios pretendieron crear en Europa un imperio que emulase el antiguo esplendor romano, y para ello no había nada mejor que utilizar repetidamente los somnia imperii para «acreditar su condición de hombres inspirados por Dios en los actos llevados a cabo». Ésta era la fórmula idónea para hacerse ver ante sus súbditos como verdaderos sucesores de Constantino, –considerado durante la Edad Media el auténtico vencedor del paganismo–, principalmente a falta de una auténtica estirpe regia y sacra, ya que los carolingios, cuya dinastía comenzó con Pipino el Viejo y Arnulfo de Metz, ocupaban el puesto de mayordomos de palacio en la corte de los reyes merovingios, pero por sus venas no corría auténtica sangre real (si es que ha corrido por la de alguien alguna vez). Sería Pipino el Breve, padre de Carlomagno, quien, tras destronar al rey merovingio Childerico III con el apoyo del Papa, se convirtió en rey de los francos.

El rey de los francos

Carlomagno es uno de los mejores ejemplos de rey sagrado —(o mejor sacralizado)– medieval, que supo afianzar su poder no solo a través de sus victorias militares, que fueron muchas, sino también haciendo creer a sus súbditos que era el salvador elegido por Dios para unificar Europa bajo el credo cristiano. Él mismo seguramente estaba convencido de ello. Quiso recuperar, además, el antiguo esplendor del desaparecido Imperio romano. Y nada mejor para ello que mostrarse ante su pueblo como un nuevo Constantino. Al igual que éste, el emperador carolingio también experimentó o utilizó las experiencias oníricas como forma de afianzar su poder y justificar sus acciones. Al parecer, fue el apóstol Santiago quien se apareció al nuevo césar germánico instándole a reconquistar los territorios ocupados por los musulmanes en España, gesta cuasi legendaria que, según las crónicas carolingias, costó la vida a uno de sus más valerosos caballeros y gran amigo del rey: Roldán.

Este sueño se recoge en el conocido como Codex Calixtinus, conservado en el archivo de la catedral de Santiago de Compostela, hasta que fue robado en 2011 por un electricista, peculiar historia del expolio arqueológico patrio que un día abordaremos en «Dentro del Pandemónium».

El sueño profético de Carlomagno en el Codex Calixtinus

El texto narra que Carlomagno vio en el cielo un camino de estrellas que tenía su punto de partida en el Mar de Frisia y que, extendiéndose entre Alemania e Italia, entre la Galia y Aquitania, pasaba por Gascuña, Vasconia y Navarra hasta Galicia, donde se ocultaba por aquel entonces, sin que nadie lo supiera, el cuerpo de Santiago. Fue entonces cuando se le apareció en sueños el apóstol, que hizo un llamamiento al emperador para que combatiera a los infieles musulmanes en España. Supuestamente, Santiago se apareció por tres veces al rey de los francos cuando aún no era emperador, quien, en el año 778, envió una expedición contra el norte de la península Ibérica que tomó Pamplona y llegó hasta la plaza fuerte de Zaragoza, sometida tras un largo asedio.

No obstante, la leyenda en torno a la figura de Carlomagno permaneció muchos siglos tras su muerte, siendo modelo de monarca sagrado a imitar por todo soberano católico. Muchas de las acciones que se le atribuyen forman parte únicamente de la leyenda y de la intencionalidad propagandística de convertirlo en prácticamente un santo, –como sucedería más tarde con monarcas como Eduardo el Confesor o Luis IX de Francia (apodado «Ludovico Nono» o San Luis)–, como, por ejemplo, la peregrinación que realizaría el soberano franco a Tierra Santa, donde, entre milagros varios y señales divinas, se consolidó como «salvador» de la cristiandad y rey profundamente piadoso; viaje que, por cierto, jamás llevó a cabo, pero que fue recogido en una crónica siglos después de su muerte. Sin embargo, a juicio de los propagandistas defensores de la realeza sagrada en general, y de la santidad de los carolingios en particular, cualquier rey encargado de defender la «verdadera fe» no debía dejar de conquistar Jerusalén de nuevo para los cristianos.

San Luis de Francia por El Greco

Siguiendo esta tendencia, los monarcas medievales no solo tomaron a Constantino como modelo a seguir, sino a los reyes bíblicos que también experimentaron sueños de tipo profético, entre ellos Salomón o Nabucodonosor. Esta identificación simbólica de los monarcas medievales con los bíblicos sobrepasa el plano meramente político –de identificación con los emperadores romanos– para «adentrarse en el plano religioso», en palabras de la citada Miguelez Cavero.

Reyes españoles y sueños proféticos

La península Ibérica no fue una excepción en relación con estas experiencias oníricas. Existen varios ejemplos de reyes españoles que supuestamente las experimentaron. La Crónica Najerense narra cómo, una vez más en vísperas de la batalla, el rey García VI Navarra tuvo un sueño tras quedarse dormido en una cueva, donde se le apareció nada menos que la Virgen María. Según el viejo texto, gracias a esta aparición mariana el monarca tuvo plena convicción de que saldría victorioso al día siguiente, lo que efectivamente sucedió. Como homenaje, García VI mandó construir un monasterio en honor de Nuestra Señora en el mismo lugar en el que había tenido lugar la revelación, el monasterio de Santa María la Real de Nájera, que sirvió de panteón a la dinastía navarra y que en el siglo XV fue sustituido por una iglesia gótica que aún se conserva.

Pero quizá el sueño profético más famoso sea el que experimentó el emperador leonés Alfonso VII en el año 1147, sueño recogido tardíamente, en el siglo XIII, por el cronista Lucas de Tuy. Según escribió, mientras el ejército de Alfonso VII se detenía en su marcha hacia Almería, en vísperas del levantamiento del cerco a la ciudad de Baeza, al rey se le apareció San Isidro, y gracias a su intercesión los cristianos ocuparon la misma. En homenaje a la victoria y en recuerdo a la prodigiosa revelación, se realizó el llamado Pendón de Baeza.

Con este tipo de visiones oníricas de tipo profético los reyes se convertían no solo en responsables del poder temporal sino en auténticos «enviados» de Dios en la Tierra, cuya misión era salvaguardar la verdadera fe, para ellos, claro, el catolicismo, frente al Islam que representaba la antigua Al-Ándalus.

OTRAS FORMAS DEL SUEÑO (Para saber un poco / mucho más):

–El poder del sueño. Relatos antiguos y modernos reunidos y presentados por Roger Caillois.

Ediciones Atalanta vuelve a brindarnos una obra literaria tan extraña como perturbadora y a la vez magnética, una joya bibliográfica publicada originalmente en 1962 por el Club Français du Livre tutelado por el ensayista y sociólogo galo Roger Caillois y que por primera vez podemos disfrutar en este lujoso formato y en castellano.

El autor reúne en el presente volumen los mejores textos sobre los sueños y el misterioso poder que evocan sus imágenes, su difícil disección, el significado oculto que los envuelve y la importancia que tienen con nuestra realidad, siendo así otra suerte de segunda realidad que nos configura e impulsa. Como señala con acierto Caillois, algunos durmientes acceden a imágenes oníricas premonitorias que luego son constatadas con toda exactitud en el mundo de la vigilia. Esta magnética antología se inicia con un sugerente corpus inédito de antiguas narraciones chinas y continúa con una impecable selección de autores occidentales tan cautivadores y heterogéneos como Apuleyo, Mérimée, Poe, Gautier, Bierce, Kipling, H. G. Wells, Somerset Maugham, Nabokov, Borges, Cortázar o Groethuysen, entre muchos otros. Una delicia… que nos invita a SOÑAR.

–Por qué dormimos. La nueva ciencia del sueño, de Matthew Walker.

Una pregunta que casi todos nos hemos hecho alguna vez… y que ninguno somos capaces de resolver, ni siquiera los expertos en el campo de la neurociencia. ¿O sí? Este magnífico ensayo editado por Capitán Swing arroja luz sobre tan relevante y esquivo tema. Dormir es uno de los temas más relevantes y menos comprendidos de nuestra vida; relevante porque pasamos al menos un tercio de ella dormidos, siendo parte indesligable de nuestra existencia –al menos hasta que seamos cyborgs–; incomprendido por las múltiples manifestaciones del acto onírico y sus implicaciones, desde los sueños dulces a las más terribles pesadillas o problemas mentales relacionados con dicho proceso.

El preeminente neurocientífico inglés y experto en el sueño de la Universidad de California, Berkeley, Matthew Walker, nos propone en estas páginas una deslumbrante inmersión en el propósito y el poder del sueño, explicando con claridad y elocuencia cómo un buen sueño no solo nos hace descansar, sino que dentro del cerebro el sueño reafirma nuestro sistema inmunológico, recalibra nuestras emociones, mejora nuestro metabolismo y regula nuestro apetito, pero además puede hacernos más inteligentes, atractivos y saludables.

De forma casi visionaria, Walker ofrece en este libro ya convertido en bestseller internacional, con razón, una exploración revolucionaria de la actividad de la mente durante el acto de dormir, examinando cómo influye en cada aspecto –ninguno irrelevante– de nuestro bienestar físico y mental. Una obra capital del sueño que podéis adquirir aquí, en versión en papel y también en formato digital, en la web de la editorial.