Hoteles en los que se hospeda el mal (II)

10 11 2020

No es precisamente un buen año para el sector hotelero y turístico por culpa de la dichosa pandemia del Covid-19, el peor y más letal inquilino de los últimos 100 años; más bien está siendo nefasto, para olvidar, como en muchos otros sectores, pero seguro que cuando esto se recupere, y lo hará –no me atrevo a vaticinar cuándo, eso sí–, volvemos a viajar a los lugares más sorprendentes… e inquietantes. Si somos de experiencias fuertes, quizá nos atrevamos a alojarnos y pernoctar en alguno de estos establecimientos, aunque dudo que lo recomiende la mayoría de cardiólogos e incluso psiquiatras. NO APTO PARA APRENSIVOS.

Óscar Herradón ©

Fort Garry Hotel (Canadá)

Downtown, Winnigpeg (Manitoba, Canadá). El Fort Garry Hotel fue construido en 1813 por el Grand Trunk Pacific Railway con la finalidad de hospedar a los viajeros del tren, ya que estaba situado muy cerca de la unión de la vía férrea, en el cruce de los ríos Red y Assiniboine. Es uno de los hoteles más grandes del país, reconocido como patrimonio histórico canadiense desde 1981. Pero arrastra también ecos de tragedia: cuentan que en la década de  1940 una mujer fue brutalmente asesinada por un mafioso en la habitación 202. Desde entonces, la habitación estuvo cerrada al público hasta los años 50. Pero como si la estancia estuviera maldita, tuvo lugar un nuevo hecho luctuoso: una joven embarazada esperaba a su marido que había salido a comprar el periódico. Cuando se asomó a la ventana, vio horrorizada cómo un coche lo arrollaba, causándole la muerte. La muchacha, encogida por el dolor, se ahorcó en el armario.

Fort Garry Hotel

Desde entonces, han sido varios los huéspedes que han afirmado ver extrañas siluetas y escuchar lamentos horripilantes en el interior de la 202. Una extraña fenomenología que sería fruto de la tragedia vivida y que, según el testimonio de algunos que han dormido allí –o al menos lo intentaron– se manifiesta en forma de una vieja espeluznante que se lamenta en un rincón. Otros testigos afirman haber visto sangre goteando de las paredes y que alguien o algo invisible les toca los pies cuando están tumbados sobre las camas. Otras de las historias que circulan sobre el Fort Garry Hotel hablan de grotescas apariciones de una mujer gimiendo por los pasillos… ¿la suicida de la 202? Quién sabe…

El delicado asunto «sobrenatural» fue dotado de cierta oficialidad tras el testimonio de la diputada canadiense liberal Brenda Chamberlain –quien se definía escéptica–, que durmió en la 202 durante un caucus en el año 2000 y afirmó más tarde a la prensa que fue despertada a media noche porque sintió dos veces una «presencia» que intentaba meterse en su cama. La noticia copó los titulares nacionales y la duda sigue en el aire.

Fairmont Banff Springs. 405 Spray Ave, Banff, Alberta (Canadá)

También en Canadá se halla el emblemático hotel Fairmont Banff Springs, de una belleza arquitectónica que deja paralizado al visitante, enclavado a su vez en un paisaje circundante espectacular: el de las Montañas Rocosas. Es por eso que se le conoce como «el Castillo de las Rocosas», un lugar de gran confort al que acuden gentes con bastante dinero. Construido en 1888 en el estilo de la arquitectura baronial escocesa. Declarado Sitio Histórico Nacional por la UNESCO, si ocupa un lugar en este post es porque guarda un secreto… bastante oscuro.

Fairmont Banff Springs

Aunque toda parece formar parte de una leyenda muy popular por aquellos lares, lo cierto es que es casi un asunto de «interés nacional» por la repercusión que tiene entre los canadienses. Cuenta ésta que el día en que unos prometidos iban a casarse en el Fairmont, mientras acudían juntos al salón donde tendrían lugar las celebraciones nupciales, tuvo lugar la tragedia. Bajaban agarrados una sinuosa escalera de piedra caliza que aún puede verse en el hotel; los escalones estaban flanqueados por velas encendidas y, en un momento dado, no se sabe si porque la novia pisó con su talón el borde del largo vestido o porque la tela rozó alguna de las velas, se asustó, tropezó y cayó por las escaleras, perdiendo la vida al instante.

La escalerita se las trae…

Trágico, sin duda. Pero la historia de aquella desdichada novia no terminó con su muerte… durante años circularon historias sobre las apariciones en el hotel de una mujer ataviada con vestido nupcial, con su traje blanquísimo y su velo, a la que le gustaba subir y bajar la empinada escalera, incluso, hay quien afirma haberla visto bailando –quizá el baile que nunca pudo celebrar–, para después esfumarse ante los atónitos ojos de los testigos sin dejar rastro.

Lo dicho, suena a leyenda, otra más del tema «lugar encantado», pero lo cierto es que ha calado tanto entre los canadienses que incluso llegaron a acuñar una moneda en 2014 conmemorando tan fatales hechos: en su anverso puede verse la tradicional efigie de la reina Isabel II, realizada por la retratista canadiense Susanna Blunt, con su particular leyenda, pero en el reverso aparece el retrato de una novia con los ojos cerrados.

Gracias al uso creativo de la tecnología lenticular se produce un singular efecto cuando se inclina la moneda de 25 centavos: de repente, los ojos de la novia están abiertos mientras que la luz de las velas se alinea hasta el fondo negro de la escalera… A continuación, el cuello y el pecho de la efigie se transforman en la imagen del majestuoso Fairmont Banff Springs Hotel. Si se gira, vuelve a desaparecer como afirman que hace su fantasma… Aunque solo se trate de una conmemoración de ecos folclóricos, lo cierto es que da bastante yuyu.

La habitación 873   

Y como no podía ser de otra manera, este majestuoso hotel enclavado en las Rocosas canadienses tiene su propio habitación “maldita”, la 873. Eso sí, a diferencia de otros hoteles con reclamo “sobrenatural”, en el Fairmont nadie habla de esta estancia, el personal del hotel tiene prohibido hacerlo –a pesar del bombo que le dan a la «novia fantasma»; afirman que nunca ha existido, pero los «cazadores» de lo insólito han visitado el inmueble varias veces y han encontrado ciertas pistas que indican que la 873 es algo más que un cuento de viejas.

Según la historia recogida en varios libros, décadas atrás una familia fue asesinada en dicha habitación. Tras una larga investigación, los administradores del complejo decidieron renovarla, pero los nuevos viajeros que dormitaban allí –y que en principio desconocían las muertes– aseguraban que eran despertados por horribles gritos y que, cuando encendían las luces, se encontraban únicamente con unas huellas de manos ensangrentadas en los espejos de la estancia… Estremecedor. Eso sí, por muy rápido que avisaran a recepción, en cuanto el personal subía, las marcas habían desaparecido.

En un intento por encubrir aquella horrorosa tragedia y las consecuencias “invisibles” de la misma, se decidió sellar la habitación: retiraron la puerta y la entrada la cubrieron con paneles de yeso, todo ello a ras de suelo para que coincidiera con el resto del pasillo, como si jamás hubiera existido. Pero los amantes de lo oculto afirman que existen indicios de que los empleados siguen un guión cuando les preguntan. Que mienten, vamos. Hay habitaciones que terminan en 73 en todas las plantas, salvo en el octavo piso; también luces encima de cada puerta, y olvidaron quitar las que iluminaban la antigua entrada; si alguien golpea la pared justo ahí se escucha un sonido hueco. El misterio sigue tapiado en aquel pasillo.

Además, el Fairmont Banff cuenta también con otro curioso inquilino, un espíritu amistoso –friendly ghost– que sería el de un ex empleado del hotel de nombre Sam McCauley, un botones que se retiró a principios de 1970. Antes de partir le dijo a sus compañeros que volvería. Lo que no dijo era cómo: parece que eligió para su hacerlo la forma descarnada; cuando murió en 1975 comenzó a observarse su supuesto fantasma en el noveno piso del hotel.

Según varios testigos, es un espíritu que se muestra amable y servicial, pero que viste un traje anticuado. Abre las puertas de las habitaciones y, cuando los inquilinos le van a dar las gracias y una propina, simplemente se desvanece. Todo parece fruto de la leyenda o de la vívida imaginación de visitantes y lugareños, pero lo cierto es que no todo el mundo se atreve a recorrer la novena planta en la soledad de la noche. Existe una fotografía en la que se puede ver a los empleados del hotel en 1965, donde Sam, sentado en el centro –parece que ya le gustaba destacar–, aparece sonriente. Quizá ya intuía que aquel maravilloso paraje sería su hogar por toda la eternidad.





Curiosidades de Halloween (Segunda Parte)

2 11 2020

En plena resaca de Halloween, recordamos en este post unas cuantas curiosidades, algunas realmente increíbles, sobre lo que esconde una festividad «siniestra» que de una y otra forma se celebra en casi todos los rincones de un planeta cada vez más dañado –y no precisamente por espíritus de ultratumba–.

Óscar Herradón ©

Pomona, el festival de la cosecha

Los adornos de frutas para las mesas la noche de Halloween, tales como manzanas y nueces, también tienen su particular significado simbólico. Tres de las frutas sagradas de los celtas eran la bellota, la manzana y la nuez, especialmente la avellana, que era considerad aun dios, y la bellota, considerada sagrada por estar asociada con el roble, algo que parece también estaba relacionado con la fiesta de la cosecha romana de la Pomona, en la que las manzanas servían para ritos adivinatorios. Así, Roma se adueñaba de una fiesta pagana como más tarde lo haría el cristianismo.

Mediante esta festividad, los romanos daban gracias a los dioses por los alimentos recibidos. Pomona era una diosa autóctona de la mitología romana protectora de la fruta, los árboles frutales y los jardines, y simbolizaba la abundancia. El culto de la diosa estaba a cargo de un flamen minor, el Flamen Pomonalis, el cargo más ínfimo dentro de la estructura sacerdotal.

El día 1 de noviembre los romanos celebraban el Día de la Pomona, pero realmente para honrar a los muertos contaban con otra festividad: las Feralia, que se celebraban el 21 de febrero como culminación y punto y final de otra fiesta, las Parentalia –o Fiestas Parentales–.

Ese día los romanos llevaban alimentos a las tumbas de sus seres queridos y es muy probable que se celebrasen festejos en los que no faltase el vino y las orgías. En el trascurso de esta celebración, una vieja hechicera ofrecía a Tácita, diosa del silencio, un sacrificio de connotaciones mágicas muy singular.

Un gato negro… ¡peligro!

Los druidas pensaban que los gatos negros eran seres humanos reencarnados y que el sacerdote tenía la habilidad de adivinar el futuro a través de ellos. De aquel tiempo parte la superstición que acompaña al desdichado minino: si alguno se cruzaba en el camino de una persona, significaba que podía poseerla, un mal augurio, y empezaron a coger mala fama.

Lo peor para ellos llegó con la Edad Media y la fiebre de la brujomanía: empezó a circular la leyenda de que las brujas adoptaban la forma de gato negro –entre otro tipo de teriantropía– para pasear por el vecindario o acudir a los aquelarres, y empezó su matanza indiscriminada. De ahí parte la creencia de que si se cruza uno en tu camino, te espera un cúmulo de desgracias… en Halloween, si esto te pasa, hay solución: caminar siete pasos hacia atrás y ¡maldición conjurada!

Todo aquel que tuviera un gato negro era sospechoso de ser un pagano, o aún peor: de practicar la brujería o de adorar al demonio, creencia auspiciada por la propia Iglesia católica. Debido a que en parte del folclore se atribuía a los mininos poderes psíquicos especiales, era lógico que se eligiese a este tipo de animal –pensaban algunos inquisidores– para que asistiera a la bruja en sus conjuros.

Llegaron a tener tan mala estrella, que incluso se les culpó de influir en la propagación de la Peste Negra, exterminándose a miles de ellos. Paradójicamente, al eliminar a tantos felinos, proliferaron aún más las ratas, verdaderas causantes de la expansión de la pandemia causada por la bacteria Yersinia pestis.

Lo increíble es que a día de hoy persisten muchas de estas prácticas. En 2014, saltaba a la prensa la noticia de que en Budapest se estaba protegiendo a los gatos negros ante la inminente llegada de Halloween. Al menos eso es lo que declaró Kinga Schneider, la responsable del «Arca de Noé», el principal refugio de animales de Hungría: acosados por múltiples peticiones de adopción de gatos negros antes de la festividad, descubrieron que dichas solicitudes procedían en su mayoría de grupos satánicos, por lo que se denegó su entrega: «Esos gatos gustan mucho a los satánicos, que quieren sacrificarlos durante misas negras en el periodo de Halloween».

Si nos remontamos a 2006, una noticia similar tenía lugar en los EEUU, donde se prohibía la adopción de gatos negros hasta que pasara Halloween, pretendiendo así evitar el maltrato durante la festividad. Según Phil Morgan, director ejecutivo de la Sociedad Protectora de Animales de Kootenai, Idaho: «Es como una leyenda urbana. Pero en la industria de las agencias de protección es bastante común que no se de en adopción gatos negros o conejos blancos debido a todo esto de los sacrificios satánicos».

Como curiosidad: en Reino Unido existe la creencia de que los que traen mala suerte son los gatos blancos, no los negros y, por contra, en la Midlands se creía que regalar un ejemplar blanco durante una boda traía buena suerte a la novia. Y en el sur de Francia se conocía a los gatos negros como «matagots» o «gatos magos», aprovechados por el sugerente y mimético universo Harry Potter que, según una tradición local, traían buena suerte a las personas que los trataran con respeto. En Irlanda, sin embargo, cuando un gato negro se interponía en el camino de una persona, anunciaba un peligro de muerte o una epidemia. 

Unas pinceladas más:

–Una tradición arraigada entre las escocesas consistía en creer que la noche de Halloween podían ver el rostro de su futuro marido en el espejo si colgaban sábanas mojadas frente al fuego. Otra versión es que las jóvenes debían pelar una manzana frente al espejo, alumbradas únicamente con la luz de una vela: si lograban pelarla en una única tira, el espejo les mostraba a su prometido. 

–Las primeras calabazas de Halloween eran nabos. Los druidas portaban un gran nabo hueco al que habían esculpido un rostro y que llevaba una vela encendida a modo de linterna o farol, para representar al espíritu maligno del que debían obtener poder o expulsarlo. Cuando esta tradición llegó al Nuevo Mundo, no había nabos, pero sí un vegetal nativo con mucho excedente: la calabaza.

–Los jóvenes estadounidenses suelen acudir a scary farms o «granjas terroríficas» –este ingrato 2020 imagino que en mucho menor número y con mascar(rilla)–, grandes espacios donde se crean escenas especiales como si de platós de rodaje se tratara, una especie de «pasajes del terror» a gran escala, algunos tan célebres como el californiano Knott’s Scary Farm.

–El miedo a Halloween existe, y está catalogado dentro de las patología psiquiátricas: la Samhainofobia.

Las gemelas de El Resplandor (The Shining, 1980)

–Las películas de terror son, claro, las favoritas para estas fechas. Según un estudio realizado por la Universidad de Westminster (Reino Unido), el visionado de este tipo de largos puede hacernos quemar cerca de 200 calorías. Según la compañía de distribución Lovefilm, la cinta que consigue que un espectador queme más calorías –hasta 184– es El Resplandor, de Stanley Kubrick, adaptación de la novela homónima de Stephen King.

–Salem (Massachussetts) –sí, donde las brujas– y Anoka (Minnesota), tienen el dudoso privilegio de ser consideradas capitales mundiales de Halloween.





Curiosidades de la celebración de Halloween (I)

2 11 2020

En plena resaca de Halloween, recordamos en este post unas cuantas curiosidades, algunas realmente increíbles, sobre lo que esconde una festividad «siniestra» que de una y otra forma se celebra en casi todos los rincones de un planeta cada vez más dañado –y no precisamente por espíritus de ultratumba–.

Óscar Herradón ©

Ir de puerta en puerta, vociferando y haciéndose con regalos, era la práctica druida previa a las grandes fogatas, aunque esta práctica tan común hoy en los EEUU y otros países anglosajones, y cada vez más implantada en todo el mundo, también parece estar relacionada con el concepto católico del purgatorio y la costumbre de mendigar un «ponqué» o pastel de alma –soul cake–.

La costumbre de la burla –Trick– en Halloween, está relacionada de nuevo con la creencia de que los espíritus y las brujas hacían un daño esa noche especial desde tiempos pretéritos. Por ello, se creía que si el vivo no proveía comida o dulces –treats– a los espíritus, entonces éstos se burlaban de él. Las gentes creían que si no se honraba a los espíritus, podrían sucederles terribles desgracias; asimismo, los druidas estaban convencidos de que al fracasar adorando al Señor de la Muerte sufrirían desastrosas consecuencias.

De hecho, los sacerdotes celtas iban de casa en casa demandando todo tipo de comidas extrañas para su propio consumo y como ofrenda tras el Festival de la Muerte. Si las gentes se negaban a sus demandas, les hablaban sobre una maldición demoníaca que caería sobre su hogar: en el transcurso del año, alguno de los miembros de la familia moriría…

Así, en la actualidad los niños, cuando llaman a tu puerta y reclaman ese «Truco o trato» sugieren que si no les dan un dulce, te jugarán una mala pasada, una suerte de amenaza velada como en el antiguo Samhain.

La linterna de Jack

Los inmigrantes irlandeses que desembarcaron en la isla de Ellis, en Nueva York, EEUU, llevaron consigo algunas de sus tradiciones y las extendieron por aquellas tierras tomando la forma de leyendas y cuentos populares. Uno de los más singulares de Halloween es la historia de Jack O’Lantern. Cuentan que éste era un hombre ruin y malvado, aficionado a la bebida –y no precisamente la Casera– y bastante retorcido, que siempre lograba salirse con la suya. En una ocasión, el diablo se le apareció para reclamar su alma, pero el mezquino Jack engañó al maligno: le pidió que se convirtiera en unas monedas para pagar su último trago. Cuando el diablo se introdujo en su bolsillo, Jack metió una cruz de madera y lo atrapó, obligándole a darle diez años más de vida.

Pasada una década, el diablo volvió para cobrar su deuda, pero, como debía cumplir siempre la última voluntad de una persona para sesgar su alma, Jack le pidió que trepara a un manzano y le trajera el fruto que se hallaba más alto de todos. Cuando el maligno estaba en lo más alto, O’Lantern grabó una cruz en el árbol y lo rodeó con pequeñas cruces de madera, atrapando de nuevo a su anfitrión. La exigencia del retorcido Jack fue que esta vez dejase su alama para siempre.

Sin embargo, al final el destino le devolvió el golpe: al morir, el espíritu de Jack fue expulsado de los cielos por sus múltiples pecados. Entonces, buscando refugió bajó a los infiernos para convencer al diablo de que lo acogiese. Pero éste no había olvidado su afrenta: le recordó que no podía poseer su alma y lo expulsó de allí. Cuando abandonaba el infierno, comiéndose un nabo, el diablo le arrojó unas brasas que no dejarían de arder. Jack las introdujo en el nabo y desde entonces vagó por la tierra con su «linterna de Jack», buscando reposo. Con el tiempo, los nabos que usaban también los druidas serían sustituidos por calabazas, debido al excedente de esta hortaliza en el Nuevo Mundo, hasta el día de hoy.

Otra versión de la historia apunta que Jack se negó a ayudar a obtener los ingredientes para preparar una sopa de Halloween a una bruja y ésta, como castigo, le impuso una maldición: una calabaza gigante lo engulló y desapareció para siempre, mientras la hortaliza adoptaba rasgos similares al rostro humano.

Es posible también que la calabaza hueca se hubiera originado por la costumbre de las «brujas» de llevar una calavera con una vela encima para iluminar el camino hacia el aquelarre.

El disfraz… imprescindible

¿Por qué las gentes se disfrazan la noche de Halloween? Pues hay, como no podía ser de otra manera, varias versiones al respecto. Los disfraces se vienen usando desde tiempos celtas para mantener alejados a los espíritus, y las máscaras para asustarlos o impedir ser reconocidos por estos seres del inframundo. Como es evidente, hoy se ha desvirtuado este significado hasta prácticamente desaparecer, tornándose en algo completamente lúdico.

Sin embargo, los disfraces y mascaradas de Halloween también podían estar relacionados con el intento de ocultar la asistencia a un festival pagano e, incluo, con en el chamanismo tradicional y otras formas de animismo, cambiar la personalidad de quien los viste para la comunicación con el mundo espiritual o, por el contrario, el que usaba tal disfraz en la creencia de que absorbía el poder del animal representado por la máscara y el atuendo.

La Máscara de Michael Myers

Su origen es cuanto menos extraño, o rarito más bien. Cuando a finales de los setenta a John Carpenter se le ocurrió crear al serial-killer de La Noche de Halloween, icono del slasher, su equipo encontró en una tienda una máscara del del rostro del capitán Kirk de Star Trek –William Shatner–, que se habían sacado del molde de los actores para el rodaje de la cinta The Devil’s Rain, realizadas por Don Post Studios y que más tarde se comercializaron.

El equipo de Carpenter modificó la máscara, ampliando los agujeros de los ojos, y pintándola del inmaculado blanco que haría célebre el protagonista de la saga, encarnado por Nick Castle en la original. Es por eso, quizá, que Mike Myers tiene un aire al vecino… ¡Pobre capitán Kirk!

Este post continuará…