Payasos asesinos: algo más que una moda pasajera (I)

26 11 2020

Este año no han causado los mismos estragos, quizá porque ya se ha encargado el Covid de desconcertarnos en un grado mucho mayor, y por desgracia más mortífero. No obstante, ante el debate en redes sobre si realmente se está trabajando en el proyecto de It capítulo 3, con regreso delirante del Pennywise de Stephen King, y con la resaca de un Halloween con mascarillas sanitarias en detrimento de terroríficas máscaras de látex o maquillajes imposibles, más por obligación que por placer, el fenómeno de los «payasos asesinos» vuelve a estar de actualidad. Recordamos sus excesos…

Óscar Herradón ©

Lo más remarcable de las últimas semanas en relación a «payasos» conflictivos, incluido este último Halloween, al menos en España, ha sido el juicio a cuatro descerebrados de entre 16 y 23 años que se hacían llamar «los Payasos Justicieros» y que se enfrentan a penas de entre 39 y 75 años de prisión por quemar, robar y dañar varios vehículos en La Rioja y después colgar sus «hazañas» delictivas en sus perfiles sociales entre carcajadas. Al parecer, tomaron prestado el nombre de un grupo ficticio aparecido en la catódica La que se avecina (Mediaset), en más de una ocasión, un buen termómetro de las tendencias y la actualidad patria: en varios capítulos aparecen unos personajes con este nombre que se autoproclaman luchadores contra la injusticia, pero que poco tienen que ver con las acciones delictivas en tres garajes comunitarios de Logroño y en las instalaciones de Bodegas Marqués de Murrieta.

Pexels (Cottonbro. Free License)

Al margen de estos sucesos, no obstante, los «clowns» llevan unos cuantos años de actualidad por el temor que despiertan en RRSS, llegando, incluso, a ser causantes de suicidios e incluso crímenes. En realidad no es un fenómeno nuevo, pues Stephen King escribió It en 1986 y la primera adaptación cinematográfica se estrenó en 1990. Pero ya a rebufo del éxito del best seller del rey del terror, el 27 de mayo de 1988 se estrenó una cinta de serie Z que pasó casi al instante al videoclub: Los payasos asesinos del espacio exterior (Killer Klowns from outer space), Stephen Chiodo, que gozó de cierta repercusión, hoy reivindicada como emblemática por los cinéfagos de material de bajo coste –me confieso, he de reconocerlo, algo devoto también de este tipo de cine–. Tan de moda está el tema tras el reboot de It que, en el momento de realizar este post, se ha anunciado el posible rodaje de una secuela; según diversos medios, Chiodo estaría en conversaciones  con Netflix para ello. Veremos en qué queda el asunto.

En 2016 los «payasos terroríficos» se convirtieron en fenómeno viral, y aunque la cosa parece que no pasó a mayores, todavía, cada Halloween, resuenan los estragos causados por estos seres maquillados y estrambóticos. ¿Qué se esconde tras dicha histeria colectiva? ¿Son realmente una amenaza para nuestra seguridad? ¿A qué se debe el miedo a los payasos…? Nos ponemos una careta grotesca de maquillaje blanco mal esparcido y en las próximas líneas analizamos el fenómeno.

Metiéndose en el papel

Un traje acolchado y hortera a más no poder, con remiendos y cuadros de colores desentonados. Una peluca excesiva de pelo rizado y naranja chillón. Una capa de maquillaje mal esparcida se extiende por su rostro, de enormes pestañas postizas y, como punto de fuga facial, un apéndice rojo y redondo, enorme, por nariz. Unos zapatones varias tallas más grandes que el sujeto, con punta redondeada y algún que otro agujero, otorgan al personaje una apariencia entre lastimosa y risueña, a veces provocadora, a lo que se añade su saber hacer para las muecas imposibles.

Pexels (Nathan J. Hilton. Free License)

Hablo del payaso, claro, ese hombre «triste» que, como en la cinta Zampo y yo, tenía el oficio de hacer reír mientras por dentro lloraba y que tantas carcajadas ha arrancado a niños y mayores de mil y una generación. «¿Cómo están ustedes?», exhortaban a su público los Payasos de la Tele cuando la «caja tonta» tenía un solo canal en una España en blanco y negro, de tricornios y censores grises. Y a pesar de la nostalgia que transmitían, de la sonrisa que tornaba en carcajada bajo la holgada carpa de un circo multicolor –cuando uno los veía in situ, claro, no a través del televisor–, había algo de siniestro en aquellos seres, algo de inquietante y perturbador.

Si a esas figuras que se caían continuamente, gesticulaban y abofeteaban unos a otros en una suerte de género antecesor del slapstick, siempre inocentes a pesar del ladrillazo en la cabeza, les añadimos un hacha o una motosierra, mientras su sonrisa de carmín se emborrona y la oscuridad acecha, la cosa se torna muy diferente. El payaso, como el arácnido Pennywise de la citada It, se convierte en un personaje que inspira miedo, siguiendo la estela de los muñecos de ventriloquía de principios del siglo XX y sucesivos que a pesar de ser creados para entretener, cual autómatas que parecen dotados de alma se tornan inquietantes y casi aterradores per se.

Y este cóctel ya de por sí explosivo, llevado a su máximo exponente, es lo que sucedió precisamente aquellos meses ya lejanos de 2016 que han tenido varias réplicas menores en los últimos tiempos, cuando la fiebre de lo que se dio en llamar creepy clowns –payasos terroríficos–, sembró el caos en numerosos rincones de Estados Unidos, fenómenos con un supuesto origen en Youtube –contagiado más tarde a otras redes sociales como Twitter y principalmente Instagram, donde colgaban sus fechorías precisamente los «Payasos Justicieros» patrios ahora juzgados–, que no tardó en cruzar el charco y llegar a Europa e incluso a nuestro país.

Lo del payaso como personaje grotesco que en lugar de hacer reír causa temor viene de antiguo, y ahí tenemos en los cómics de DC desde los años 50 al antagonista por antonomasia de Batman, Joker, y pasado el tiempo al citado de King o, incluso, en el universo del cartoon, el retorcido Krusty de los Simpson. La lista es extensa, sobre todo en la gran pantalla… los crueles payasos bomberos de la lacrimosa Dumbo ¡de 1941! hasta los más cercanos de Balada Triste de Trompeta, la barroca y excesiva aunque redonda cinta de Álex de la Iglesia y Horny, «el payaso caliente», que en la muy modesta ­–por no decir mediocre– película Fast Food Killer (2007) convertía a un payaso de restauración, alter ego del dulce Ronald McDonald, en una suerte de asesino en serie. Era muy tentador, a pesar del resultado final. Lo peor de todo es que ha habido casos reales. Pero vamos por partes.

Y, curiosamente, en medio de aquella fiebre de «payasos asesinos» que estaba en auge hace un par de años, incluso la cadena norteamericana de comida rápida McDonald’s tuvo que limitar las apariciones públicas de su icónico payaso –sustitúyase por un tipo disfrazado del mismo–, a causa de los llantos desconsolados de los más pequeños ante su bufonesca y amarilla presencia.

De la carpa a la pequeña pantalla

Desde aquel clown de It creado en 1986 por el maestro del horror moderno, y el logrado largometraje para televisión homónimo estrenado en 1990, cuya imaginería ha permanecido en la retina de todos nosotros, a los payasos desgarrados y vengativos del cine actual, han pasado tres generaciones al menos, pero el PAYASO ideado para inspirar miedo sigue siendo un clásico y ha dado mil y un títulos, la mayoría de serie B, cuando no Z, al séptimo arte o a la pequeña pantalla.

Curiosamente, el escritor se inspiró en la primera histeria de payasos que tuvo lugar en 1981 y que se conoció como «The Phantom Clown Scare», cuando se informó de varios incidentes en los que personas disfrazadas de payasos tenebrosos perseguían a niños con la intención de hacerles daño,

En enero de 2018 el multifacético y algo estrafalario director y músico Rob Zombie presentaba su nuevo filme, tras renovar el género de terror con cintas como La casa de los mil cadáveres, Los renegados del diablo o The Lords of Salem. Su último trabajo llevana por título 31 y precisamente estaba centrado en la figura del payaso criminal, de hecho, se acusó al propio realizador y a sus productores de haber generado aquella suerte de psicosis social como forma de promocionar la cinta, una moda, la de generar miedo real para acabar promocionando una película, que ya impulsaron años atrás los creadores del remake de Carrie o de la saga Paranormal Activity.

En septiembre de aquel año llegaba a las salas lo nuevo de Zombie y aquello coincidió con altercados en Greensville, una localidad al suroeste de Carolina del Sur (EEUU), donde hasta en ocho ocasiones fueron avistados grupos de personas ataviados como payasos –a cuál más siniestro– que asustaban a los transeúntes y que, incluso, llegaron a ofrecer caramelos y chucherías a niños de corta edad en las cercanías de un bosque de la ciudad, lo que hizo saltar todas las alarmas –y con razón– entre los padres y las autoridades. ¿Simple broma, amenaza real, campaña de marketing…?

Esta última hipótesis es la que más fuerza cobró, ya que precisamente en un teatro de Greenville se pasó un avance de la terrorífica cinta. De hecho, las leyes de Carolina del Sur prohíben a cualquier mayor de 18 años vestir en público con antifaz o máscara –incluida, por descartado, la de payaso–, una norma previsora para evitar que aquellos que oculten el rostro puedan cometer algún tipo de delito en un país donde los robos a bancos, establecimientos y gasolineras con caretas de presidentes son ya todo un icono. Al menos del cine. Y al que ahora se suman los tumultos del Black Lives Matter, las protestas por los confinamientos causados por el Covid o la pérdida de las elecciones del señor Trump –robo según él y sus fervorosos acólitos–.

Sea como fuere, Ken Miller, jefe de la policía de esta localidad de 61.000 habitantes, declaró entonces que sus agentes desconocían si existía relación alguna entre aquellas siniestras apariciones y el citado filme, según informaba Reuters el 4 de septiembre de aquel año, lo que incrementó el desconcierto, cuando instó a los padres a estar alerta ante posibles amenazas a la seguridad. Varias madres se mostraban aterradas, como Jessie Owen, de 29 años, que declaraba a los reporteros su impotencia con estas palabras: «Es una cuestión de un segundo, solo una promesa de un caramelo y (mi hijo) desaparecerá».

Por otro lado, Zombie y su productora no tardaron en hacer público un comunicado en el que afirmaban no tener relación alguna con los incidentes, mientras que el propio Stephen King, sabedor de su influencia en la coulrofobia actual –sí, así se llama oficialmente el miedo irracional a estos seres–, colgó en Twitter una defensa de la profesión de payaso en USA: «Hey, es el momento de enfriar la histeria de los payasos: la mayoría son buenos, alegran a los niños y hacen reír a las personas». En España también diversos colectivos de clowns, que hacen una importante labor social, elevaron sus quejas por esta visión distorsionada y retorcida de unos personajes creados para despertar la ternura y la risa.

El actor Sid Heig, muerto en 2019, que interpretaba al icónico Capitán Spaulding

La histeria colectiva puede que no estuviese justificada –todo apuntaba a ello, y así quedó evidenciado poco después–, pero se extendió como la pólvora por todo territorio estadounidense, potenciada por la proximidad de las fiestas de Halloween, donde a más de un energúmeno suele írsele la emoción de las manos y donde el disfraz favorito aquel 2018 no podía ser otro que, adivínenlo… el de «payaso terrorífico». A tal punto llegó la situación, que la empresa Target, todo un referente en el mundo del disfraz, anunció públicamente que retiraba sus grotescas y variadas máscaras de clowns de la venta de cara al 31 de octubre. Probablemente este tipo de decisiones contribuyeran a provocar el efecto contrario: que «todo Cristo» quisiera ir ataviado de Pennywise y sus hermanos de farándula. Y así fue también en España, una celebración muy alejada de la de 2020, en la que apenas se han podido juntar las personas y los pocos que se lanzaron a disfrazarse acompañaron su atuendo con la sempiterna mascarilla higiénica. Un año terrorífico de verdad, mucho más que estos pintarrajeados seres.

Jonathan Martin tras ser detenido

Otros aseguran que el fenómeno está relacionado con una campaña de marketing en vistas al estreno entonces del esperado remake de It. Aún así, también su productora desmintió relación alguna con la ola de pánico. Entre los detenidos se encuentraba el joven Jonathan Martin, que aparecía en las fotos policiales de Kentucky posando con un traje de payaso tras ser detenido por los incidentes que tuvieron lugar en la ciudad de Middlesboro. Visto así, aquel joven rubio de entonces apenas 20 años, infundía poco miedo –a pesar de su mirada desafiante al fotógrafo de la comisaría–, pero si uno observa las fotos de su disfraz mientras «bromeaba» con los transeúntes, no es de extrañar que más de uno saliera corriendo: la terrorífica muesca de su payaso alopécico y grotesco lo dice todo.

Aquel año, Carolina del Norte fue el epicentro, pero lo cierto es que la plaga de los creepy clowns se extendió como la pólvora a otras regiones del territorio USA como su vecina Carolina del Sur, Alabama, Georgia o Kentucky, sembrando la alarma entre los más pequeños, que tardarán en volver a pedir a sus padres que un payaso amenice sus fiestas de cumpleaños. De hecho, el nivel de pánico ha aumentado tanto entre los más jóvenes que una niña de 11 años llegó a llevar un cuchillo a su escuela sita en Athens, Georgia. Lo que le faltaba a las escuelas yankees, tristemente acostumbradas al estrago causado por las armas.

Y claro, en un país con una población tan ingente y variada, acostumbrada a los escándalos y a la inestabilidad emocional de gran parte de la población, junto a los informes sobre avistamientos de clowns e incidentes provocados por éstos y su deambular nocturno, también han aparecido falsos testigos que afirmaban haber sido víctimas de la «moda coulrofóbica». Según informaba entonces la BBC, poco después de tener lugar en Waco y Middlesboro los incidentes, en Bardstown (Kentucky), a principios de octubre de 2018, un hombre disparó al aire su rifle AR-15 después de que su esposa le comunicara la presencia de uno de los «payasos horrorosos» cerca de su domicilio. En realidad, se trataba de una mujer que había sacado a pasear a su perro alrededor de la medianoche, según informaba el portavoz del Departamento de Policía de Bardstown, Reece Riley. No sabemos cómo iba ataviada dicha señora para causar tal alarma…

Una alarma que no pararía de crecer los días y meses subsiguientes: algunos portales de noticias, basados en informaciones locales recopiladas de un rincón a otro de los EEUU, afirmaban que se habían producido avistamientos –bautizados como clown sightings– en 40 de los 50 estados del país de las barras y estrellas, llegando los periodistas a preguntar por dicha situación al portavoz de la Casa Blanca, Josh Earnest, quien sin detenerse demasiado en el asunto sentenció: «No sé si el presidente ha sido informado sobre esta situación en particular». En plena campaña para elegir a un sustituto de Obama, no parece que los creepy clowns fuesen algo que quitara el sueño en Washington. Fue la elección de Trump y los cuatro años siguientes los que no dejarían pegar ojo a muchos norteamericanos, y los que no lo eran. A ver qué sucede cuando sea Joe Biden quien finalmente tome posesión del ala oeste de la Casa Blanca. Para muchos, en las altas instancias de la capital se habrán librado del mayor de todos los «clowns».

Este post continuará… Si no nos lo impiden los «payasos asesinos del espacio exterior».


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