Aleister Crowley: Súper Agente 666

Fue el último de los grandes ocultistas, y uno de los magos más controvertidos y relevantes del convulso siglo XX. Su legado llega hasta hoy, cuando numerosos artistas y magos ceremoniales continúan predicando sus enseñanzas, su conflictiva visión del mundo y su religión oscura, que naciera en la abadía de Thelema. Sus andanzas en Estados Unidos durante la Gran Guerra han sido ampliamente documentadas, pero existe controversia sobre su papel al servicio de la Corona británica –con la que no mantenía buenas relaciones– durante el siguiente conflicto, la Segunda Guerra Mundial, y cómo pudo contribuir con sus habilidades a la lucha contra los ejércitos de Hitler.

Óscar Herradón ©

En el libro Secret Agent 666: Aleister Crowley, British Intelligence and the Occult 666, Richard B. Spence afirma que efectivamente el mago británico Mr. Crowley trabajó –aunque conociendo su vanidad, probablemente a regañadientes–, al servicio de Churchill y junto a Ian Fleming (creador de James Bond y agente de inteligencia durante la Segunda Guerra Mundial) para dar forma a una operación de alto secreto que consistía precisamente en sembrar la discordia en las filas nazis a través de la propaganda negra y preparar una de las mayores conspiraciones de aquella contienda.

No obstante, existen muy pocos datos acerca de la supuesta participación de Crowley en la Segunda Guerra Mundial y cuál fue el verdadero rol que desempeñó en el seno de la SOE (Ejecutiva de Operaciones Especiales). Aún así, gracias a las minuciosas investigaciones realizadas en los polvorientos archivos del MI5 y el MI6 –al menos sobre aquellos documentos que ya han sido desclasificados–, de investigadores como Peter Levenda o del citado Spence, se ha descubierto una de las facetas más desconocidas de uno de los hombres más polémicos del siglo, el mismo al que incluirían los Beatles entre la maraña de célebres personajes de su álbum Sgt. Peppers and the lonely hearts club band y por el que sentiría auténtica veneración Jimmy Page, guitarrista de la legendaria banda de rock Led Zeppelin, quien llegaría a comprar la mansión Boleskine que el mago tenía en el Lago Ness, en Escocia.

Y es que Aleister Crowley fue un personaje fascinante y multifacético, un provocador adelantado a su tiempo, pero también un gran conocedor del mundo de lo oculto, no solo como el investigador que ahonda en los polvorientos manuales de invocación, en los grimorios de otro tiempo para arañar alguna pequeña revelación a los insondables secretos de la historia, sino alguien que vivió de primera mano los entresijos de las sociedades secretas, experimentó con todo tipo de sustancias psicotrópicas cuando éstas eran algo tabú o simplemente desconocidas en Occidente y llegó a sumergirse en invocaciones al demonio y misas negras, entregándose con pasión a la práctica de la llamada «magia sexual» en un tiempo en el que términos como tantrismo eran algo que ni siquiera sabíamos pronunciar por estas latitudes.

Pero, ¿es posible que una persona de la talla moral de Churchill, el premier británico miembro del Partido Conservador y uno de los lores de la Gran Bretaña, aceptara en su equipo de espías a un mago «negro» que en más de una ocasión se había jactado de ser un enemigo del imperio? Sir Winston no dudó un momento a la hora de aprovechar cualquier recurso, por extravagante que fuera, a la hora de hacer la guerra a Adolf Hitler. A un apasionado del espionaje como él, no sería de extrañar que también le hubiese cautivado una figura como Crowley que, a pesar de los numerosos enemigos que se granjeó y su afán de individualismo, también gustaba de codearse con la crème de la crème de la élite británica. Y teniendo en cuenta la importancia de Churchill ya durante la Gran Guerra y sus contactos, muy anteriores, con los servicios de Inteligencia de su país, con seguridad estaba al corriente de las tareas de espionaje que el mago inglés había llevado a cabo durante la Primera Guerra Mundial, y que durante décadas, incluso hoy, continúan rodeadas de interrogantes, como todo lo relacionado con un mundo de mentiras fabricadas y medias verdades.

La Gran Guerra y el tour por Estados Unidos

Haré un rápido repaso por la fascinante existencia de Crowley para centrarme a continuación en su faceta de «mago-espía» en la Segunda Guerra Mundial. Para profundizar en su laberíntica vida, llena de excesos, recomiendo la voluminosa y documentada biografía La Gran Bestia, del biógrafo inglés John Symonds, quien sin embargo apenas se detiene en su faceta como «mago de la guerra». Desde el otoño de 1914 hasta el de 1919, Crowley realizó un errático recorrido por gran parte de Estados Unidos, comenzando su periplo en Nueva York para continuar en Los Ángeles, San Diego, San Francisco, Nueva Orleans, Boston, Detroit, Washington y otras ciudades. Aquel viaje le ocupó precisamente todo el tiempo que duró la Gran Guerra al otro lado del Atlántico, lo que ha llevado a conjeturar que en realidad realizaba tareas de espionaje.

Durante muchas décadas la opinión mayoritaria es que había trabajado como propagandista del Eje durante la Primera Guerra Mundial, pero en la actualidad, diversos documentos desclasificados apuntan a que precisamente realizaba tareas de espionaje para la Inteligencia británica, adoptando ese falso antipatriotismo como brillante tapadera. El mismo John Symonds señala que Crowley escribió propaganda para las Potencias Centrales durante su gira por EEUU –al menos hasta que éstos entraron en guerra al lado de los Aliados–, pero no hay que olvidar que esta biografía fue escrita por primera vez –aunque más tarde revisada– en 1951, cuando prácticamente todos los informes de los servicios secretos continuaban llevando el marchamo de confidenciales, y continuarían llevándolo para que los soviéticos no pudiesen usarlos en su beneficio político.

Por aquel entonces también se hallaba en Estados Unidos otro personaje esencial del ocultismo de principios del siglo XX, Hanns Heinz Ewers, autor de obras que combinaban el terror con el misticismo como La Mandrágora, guionista para la UFA, amigo íntimo del «profeta del Tercer Reich» Erick Jan Hanussen, y también espía, y del que hablaremos llegado en momento en «Dentro del Pandemónium».

Las andanzas que conocemos de Crowley por las Américas se basan en sus propios escritos, recogidos en The Confessions –más bien una auto-hagiografía–, y en las informaciones recogidas en los periódicos cuando el ocultista celebraba alguna conferencia o publicaba algún artículo. Pero cada vez quedan menos dudas acerca de que realmente Aleister, cuyo lema «Haz lo que quieras» incidía en que él no debía rendir cuentas a nadie, no dejó de mostrar una actitud patriótica para con Inglaterra.

Sea como fuere, el mago dejó escritos en sus diarios, como apunta Richard B. Spence, varios «sueños», al parecer de tipo profético –según él creía– con Hitler, sin duda el hombre del momento en la Europa de Entreguerras –la misma revista Time llegaría a dedicarle una portada y el Führer fue barajado incluso para recibi… ¡el Nobel de la paz!, un verdadero sinsentido, como cuando lo obtuvo un personaje como Henry Kissinger por negociar una «paz» –que no fue tal– en Vietnam o en tiempos más recientes, en 2009, el presidente USA Barack Obama, mientras mantenía, como buen presidente yankee, varios frente bélicos abiertos en el planeta–.

Este post tendrá una inminente continuación en el corazón del Pandemónium… Si Perdurabo nos lo permite desde ultratumba.

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

La increíble historia de Aleister Crowley es narrada con detalle en la monumental biografía que, como digo, le dedicó John Symonds –y que publicó en castellano Siruela en 2008, en su colección «El Ojo del Tiempo»–, desde sus excentricidades en magia sexual, sus invocaciones y coqueteos con el mundo espiritual, su pertenencia a sociedades secretas como la Ordo Templi Orientis o la Golden Down, hasta sus años en la abadía de Cefalú o sus reiteradas provocaciones que se ajustaban a su dogma personal de «Haz lo que quieras». Incluso, tangencialmente, Symonds, albacea y editor de la obra literaria del mago, hace alusión a su faceta como espía. No obstante, el papel que el ocultista británico tuvo en el «Asunto Hess» continúa siendo confidencial y su supuesto asesoramiento tanto a Churchill como a Sir Ian Fleming para engañar al viceführer sigue rodeado de brumas.

Sombras Nocturas (Aurora Dorada Ediciones):

Si lo que queremos es adentrarnos en la legión de discípulos que dejaron las enseñanzas de Crowley y en los textos de magia ceremonial y sexual, nada mejor que asomarse a los libros publicados con gran dedicación por una de mis editoriales predilectas de los últimos tiempos, un gran descubrimiento: Aurora Dorada Ediciones, que nos brinda títulos cautivadores, la mayoría inéditos hasta la fecha en castellano, que harán las delicias de los fascinados por lo oculto.

Precisamente uno de sus últimos lanzamientos es otra de las grandes biografías sobre Crowley, mucho más actualizada que la de Symonds, y de la que hablaré en un próximo post: Perdurabo, del autor estadounidense Richard Kaczynski. Asimismo, lanzan también una obra muy relacionada con el legado del mago británico.

Es el caso de Sombras Nocturnas. Una guía turística del lado oscuro, firmada por Jan Fries. El autor es un escritor ocultista, neochamán y mago rúnico alemán –ahí es nada– que acuñó el término «chamanismo freestyle» con la intención de difundir una forma de magia que enfatiza el trance y la cercanía a la naturaleza, aunque basada en la experiencia individual. Autor también de Visual Magick: A Manual of Freestyle & Shamanism, publicado en 2007 en el mundo anglosajón por la editorial Mandrake, cita como sus principales influencias al Zos Kia Cultus, la Makgia de Maat, el Tantra Kaula, la programación neurolingüística y el daoísmo o taoísmo.

Precisamente, el creador del Zos Kia Cultus (que también daría título a un disco de la banda de black/death metal Behemoth en 2002) fue el pintor y escritor ocultista londinense Austin Osman Spare, contemporáneo de Aleister Crowley y que, como éste, formó parte de la Orden de la Golden Dawn y más tarde de la Astrum Argentum fundada precisamente por la Gran Bestia y el químico y ocultista británico George Cecil Jones, también adepto de la Golden Dawn, en 1907.

En Sombras Nocturas, bellamente editado por Aurora Dorada, con prólogo del estudioso del ocultismo y la egiptología, así como experto en Crowley, Mogy Morgan, Fies explora las regiones inversas del Arbol Cabalístico de la vida y sus Qlifot –las sefirot malignas–, mientras Liber 231 de Aleister Crowley proporciona el mapa para la aventura y Nightside of Eden («El lado nocturno del Edén»), publicado en 1977, del ocultista británico y creador de la corriente mágico-esotérica «Tifoniana» Kenneth Grant (1924-2011), un hipnótico diario de viaje.

En la primera parte de este absorbente volumen ocultista el autor nos ofrece un ensayo donde se exploran conceptos tifonianos como las Qlifot, los Túneles de Set –senderos del árbol en la sombra– o el Abismo, y disciplinas orientales como el taoísmo o el tantra, los Grandes Antiguos del maestro del horror de Providence H. P. Lovecraft y los Olvidados de la ocultista, maga ceremonial y escritora estadounidense Nema Andahadna (nacida en 1939, año del estallido de la Segunda Guerra Mundial), cuya obra también ha publicado Aurora Dorada. El resultado es un texto que sorbe tu alma.

He aquí el enlace para adquirirlo en la web de la editorial:

https://www.auroradoradaediciones.com/product/sombras-nocturnas-una-guia-turistica-del-lado-nocturno

La Luftwaffe: la implacable fuerza aérea del Tercer Reich

La Luftwaffe nació en 1924, en el marco de la Reichswehr, como se conocía a las fuerzas armadas del imperio alemán tras la Primera Guerra Mundial. Con el ascenso de los nazis al poder, Hitler, cuyo objetivo siempre fue declarar la guerra en el marco de la llamada política del espacio vital o Lebensraum, dio luz verde al rearme del nuevo Reich. Un completo ensayo, publicado por Cult Books y obra del veterano historiador militar alemán Cajus Bekker (lanzado originalmente en castellano en 1968), narra con detalle y buen pulso narrativo el desarrollo de esta temible fuerza aérea de vanguardia.

Óscar Herradón ©

Bastaba con haberle hecho caso a lo que escribió en su testamento político, Mein Kampf, publicado por primera vez el 18 de julio de 1925, para conocer las intenciones bélicas del antiguo cabo austriaco, que muchos ignoraron, un error fatal para el mundo libre. Ya en el poder, el nuevo Führer encargó a Herman Göring –quien era diputado en el Reichstag, hasta que éste se quemó en un ataque de falsa bandera casi con seguridad orquestado por el mismo Partido Nazi– reorganizar su estructura y modernizar la flota aérea, todo ello en el más absoluto de los secretos para evitar sanciones de otros países europeos, los vencedores de la Gran Guerra que habían redactado el Tratado de Versalles (entre ellos, Inglaterra y Francia).

Göring en 1917, en plena Gran Guerra.

Göring no era un cualquiera, sino un as de la aviación de la Primera Guerra Mundial que en 1918 tomó el mando del mismo Escuadrón de Caza (el número 1) que había pertenecido al célebre «Barón Rojo» hasta su muerte en abril sobrevolando Francia; por lo que encargarle la dirección de la fuerza aérea no carecía de sentido práctico, y sobre todo simbólico, recuerdo de la grandeza de ese otro imperio «traicionado». 

El objetivo de aquella fuerza de élite era atacar y defenderse ante cualquier tipo de hostilidad de las potencias europeas, aunque realmente respondía al objetivo nazi de desencadenar una contienda y conquistar el Viejo Continente. Sus primeras intervenciones tuvieron lugar en el trágico escenario de la Guerra Civil Española, de mano de la llamada Legión Cóndor, con el bombardeo sobre Guernica (donde los aparatos alemanes escenificaron su capacidad destructiva) y también en otras regiones de nuestra piel de toro. En la Península, sus pilotos adquirieron una enorme experiencia y destreza que desplegarían durante la Guerra Relámpago.

La Península Ibérica y su guerra fratricida serían, pues, el campo de ensayo de aquellos que habrían de enfrentarse en la Segunda Guerra Mundial, a pesar de la existencia del llamado Comité de No Intervención: alemanes e italianos del lado franquista, y soviéticos –y las Brigadas Internacionales– del lado republicano, que desplegaron parte de sus carros de combate y aparatos aéreos, aunque con mucha menos eficiencia que las potencias del Eje, lo que influiría notablemente en la victoria de las fuerzas reaccionarias.

Organización y operaciones de éxito

Su estructura interna se dividía en grupos, integrados a su vez por Alas, cada una con un color dependiendo del escuadrón. Cada aparato recibía unas marcas especiales y un número concreto para poder identificarlo fácilmente y recibían actualizaciones debido al avance de la guerra y las particularidades de cada momento. Dentro de la jerarquía militar, los pilotos se dividían en Comandantes de Ala, Ayudantes u Oficiales de operaciones. La Luftwaffe utilizó diversos tipos de aviones durante la Segunda Guerra Mundial, manifestando estrategias de combate y tecnología nunca vistas hasta entonces.

Su número abruma: casi 90.000 aviones construidos, 4.500 unidades del multifuncional Junkers Ju 52, 15.000 aviones Junkers Ju 88 como aparato pesado (utilizado principalmente durante la Batalla de Inglaterra) y 6.000 aviones Junkers Ju 87 o Stukas, (del alemán Sturzkampfflugzeug, «bombardero en picado»), aviones de ataque a tierra biplaza que se caracterizaban por los bramidos de su sirena Jericho-Trompete («trompeta de Jericó»), un símbolo de la propaganda del poder aéreo alemán y de las victorias de la «Guerra Relámpago», que fueron probados sobre el terreno en el citado bombardeo de Guernica.

Un Stuka en plena acción.

Su primera gran demostración de fuerza sería tras la invasión de Polonia el 1 de septiembre de 1939 que dio inicio a la Segunda Guerra Mundial. Durante la llamada Blitzkrieg –Guerra Relámpago–, su efectividad y letalidad darían los primeros grandes éxitos de conquista al Tercer Reich. También mantendrían en jaque al Reino Unido durante la Operación León Marino y el intento de invasión de las islas que finalmente lograrían repeler desde Londres con mucho sacrificio. Después, el escenario cambiaría notablemente y, aunque los ases de la aviación alemana continuarían haciendo mucho daño a los aliados, sería precisamente Alemania y el territorio del Reich donde más se sufrirían los bombardeos británicos y estadounidenses hasta quedar prácticamente media Europa reducida a escombros.

Como anécdota, señalar que uno de los pocos edificios que permanecieron a salvo de los bombardeos y prácticamente intactos fue precisamente el Ministerio del Aire nazi. Durante un viaje a Berlín en 2017 pude ver –con mayor precisión que a través de Google Earth– cómo dicho edificio está en perfecto estado en la Wilhelmstrasse y hoy es sede del Ministerio de Finanzas de la capital alemana. Y se encuentra precisamente frente a lo que fueron los siniestros cuarteles de la Gestapo que hoy es museo de la ignominia nacionalsocialista.

La intención de este post no es realizar un sesudo análisis de una organización tan compleja y decisiva en la contienda como ésta, para ello existe el magnífico ensayo (junto a numerosa bibliografía precedente y posterior) que ha publicado recientemente Cult Books: La historia de la Luftwaffe. La aviación alemana en la Segunda Guerra Mundial. Me centraré en el final del hombre que estuvo al frente de aquel organismo y que a punto estuvo de sustituir a Hitler en la cancillería del Reich en los estertores del imperio nazi, aunque el Führer lo destituyó de sus cargos, como a Himmler, por traición, poco antes de su suicidio en el Búnker de Berlín, dejando como sucesor en su testamento al comandante de la Kriegsmarine Karl Dönitz (¿una bofetada al orondo Göring?).

Núremberg, la última parada de un vividor

El mariscal Göring, antiguo as de la aviación, tuvo una muerte digna de una novela de Le Carré. Al ex jefe de la Fuerza Aérea Alemana se le pudo ver muy desmejorado y mucho más delgado durante las sesiones de los Juicios de Núremberg que sentaron a los criminales nazis en el banquillo. Göering estuvo presente junto a otros destacados gerifaltes nazis como Rudolf Hess, Joachim von Ribbentropp o Alfred Rosenberg. Condenado a morir en la horca, la noche anterior a la ejecución, el 15 de octubre de 1946, el último en entrar en la celda del viejo mariscal fue el doctor Ludwig Pflücker, para administrarle los sedantes que tomaba por su adicción a la morfina, de la que estaba casi curado (se hizo adicto tras el impacto de bala que recibió en el lejano Putsch de Múnich, en 1923) y otras dolencias, o quizá para que tuviera su última noche en paz sobre una tierra que dejó regada de sangre.

A las 23.15 horas, el centinela de la policía militar que custodiaba las celdas de los jerarcas nazis hizo su ronda y miró por la trampilla: Göring estaba relajado y tendido bocarriba, como si estuviera dormido. Un rato después, el mismo soldado volvió a mirar durante la siguiente ronda y vio al reo en medio de grandes convulsiones, agarrándose la garganta con las manos y con el rostro desencajado, sudoroso y azulado. El mismo doctor únicamente pudo certificar su muerte. Pero él no había sido quien le facilitó el veneno, una cápsula de cianuro, la «vía de escape» preferida de los hombres de la esvástica (lo mismo que ingirieron Eva Braun y Hitler antes de descerrajarse un tiro, la familia Goebbels al completo o Heinrich Himmler tras ser detenido por las fuerzas aliadas norteamericanas en Lünwerg, todos en 1945).

Impactante imagen del cadáver de Göring tras su suicidio.

Entonces, ¿y el origen de la cápsula que causó un auténtico revuelo internacional? Se trataba un asunto muy grave y pestilente, teniendo en cuenta que el señor Göring era uno de los principales responsables de la mayor matanza de civiles y crímenes de guerra de la era contemporánea. Es más, aunque siempre se asocia el Holocausto con las SS, que fueron las que lo llevaron a cabo, la primera directriz que aludía, en el eufemístico lenguaje del régimen nacionalsocialista, a que había que aplicar ya «la Solución Final de la cuestión judía», estaba rubricado precisamente por el mismo Göring, en julio de 1941.

Pues bien, existen indicios de que la cápsula de cianuro pudo habérsela pasado subrepticiamente el teniente del Ejército de los EEUU Jack G. Wheelis, que entabló amistad con el nazi durante el juicio… ¡a cambio de un reloj de oro! Otra posibilidad es que se la facilitara Herbert Lee Stivers, un soldado de la guardia del 26º Regimiento de Infantería que en 2005 admitió haberle dado a Göring una pluma estilográfica por orden de una mujer alemana desconocida… ¡a cambio de un encuentro sexual! Dicha pluma habría contenido el cianuro. Pero existe otra hipótesis más: que el propio criminal la llevara oculta en un bote de crema para tratar su dermatitis que sus carceleros le permitieron quedarse. A día de hoy, más de 80 años después, aquel misterio de la posguerra permanece vigente.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

El citado libro de Cajus Bekker, pseudónimo de Hans Dieter Berenbrok, que edita Cult Books bajo el título de La historia de la Luftwaffe. La aviación alemana en la Segunda Guerra Mundial y con una sugerente portada. Cuando la primera edición de este libro imprescindible vio la luz en Alemania, la extensa bibliografía existente sobre la Segunda Guerra Mundial ganó en calidad y sobre todo amenidad: contaba la historia militar –en este caso de la fuerza aérea germana– de forma más clara y objetiva, también más dramática y fiel a los hechos. Y Bekker lo hizo entrelazando de forma magistral todos los aspectos que configuraban la Luftwaffe.

Todo ello con gran amenidad. Y es que, aunque no olvidó el detalle técnico que durante décadas hasta hoy ha hecho las delicias del aficionado a la aviación y por ende a la historia militar, se volcó con especial intensidad en su fascinante anecdotario, las crónicas de las batallas y estampas de heroísmo y generosidad que se vieron empañadas por las atrocidades del Tercer Reich y el camino de sangre de otras fuerzas bélicas como las Waffen-SS. Aunque pueda reprochársele a Berenbrok cierta nostalgia para con aquella fuerza aérea (nació en 1924 y por tanto vivió en su propia carne aquellos hechos), éste es un libro de investigación riguroso que satisfará tanto al estudioso como al lector curioso. He aquí la forma de hacerse con él:

Solo muere el olvidado (Editorial Actas)

La Luftwaffe tuvo un papel preeminente en los primeros momentos del ataque a gran escala que supuso la Operación Barbarroja, la invasión de los extensos territorios de la Unión Soviética por los ejércitos de Hitler. En aquella ambiciosa empresa en la que el Führer pretendía conquistar el Este para repoblarlo con alemanes y que significaría el principio del fin del Tercer Reich, tuvo un papel muy destacado la División Azul española, enviada por el primer gobierno de Franco en ayuda de sus «camaradas» del Eje.

Precisamente sobre la epopeya de estos soldados –no todos voluntarios, como se nos ha hecho creer durante décadas–, el teniente de Infantería de Marina José Manuel Estévez Payeras, en su faceta de divulgador y gran conocedor de la historia militar, nos ofrece un monumental ensayo novelado sobre el segundo batallón del Regimiento 262 de la Wehrmacht y los españoles que la integraban en las gélidas estepas rusas, un episodio bastante desnocido en la historiografía patria. El libro en cuestión es Solo muere el olvidado. El batallón II/262 en la campaña de Rusia. 1942-1943, y ha sido publicado recientemente en una cuidada y preciosa edición por la Editorial Actas.

El 10 de febrero de 1943, en el frente del Este, el matadero de Europa, un grupo de españoles resisten aislados la ofensiva soviética que pretende romper el cerco de Leningrado. De orígenes muy diversos y clases sociales diferentes, sus historias personales, eclipsadas por un acontecimiento de tal envergadura, no pueden ser más distintas. Pero al margen de ideologías y culpas, desde la tronera de una trinchera cada miembro del segundo batallón del citado Regimiento 262 aporta su granito de arena para construir una historia de sacrificio, sentido del deber y camaradería.

Mil y una microhistorias de personajes hasta ahora anónimos, se entretejen vertebradas a partir de la correspondencia del comandante Payeras con la mujer que le espera en Mallorca, Conchita, y el diario de operaciones de la unidad, un mosaico de vida de un batallón que se convertirá en el auténtico protagonista de la obra. Una obra basada en una minuciosa labor de investigación que da a conocer de forma amena y desenfadada la difícil y arriesgada vida diaria de unos españoles que combatían a miles de kilómetros de su tierra con el telón de fondo de una guerra ajena e inmisericorde, en medio de un frío paralizante, el hambre y las enfermedades, en una tragedia de ecos wagnerianos de la que nadie puede escapar.

He aquí la forma de hacerse con esta importante obra:

El mago personal de Heinrich Himmler

Existió un personaje, fundamental en el círculo íntimo de Heinrich Himmler (jefe de la Gestapo, las SS y el mayor obseso del régimen por el ocultismo), que ha sido llamado con acierto por algunos historiadores «el Rasputín nazi», el artífice de los rituales secretos y los símbolos esotéricos de las SS.

Óscar Herradón ©

Respondía al nombre de Karl Maria Wiligit, uno de los personajes más extravagantes, oscuros y silenciados de aquel tiempo. Sin sus delirantes teorías, herederas de los grupos secretos völk de principios de siglo que influirían poderosamente en el ideario nacionalsocialista, y que asumió sin rodeos el Reichsführer, las SS nunca habrían sido lo que acabaron siendo. Pero vayamos por pasos… ¿Quién fue ese singular individuo que suelen pasar por alto los libros «serios» de historia? ¿Cuál fue su papel en el inmenso aparato político nazi? Y es que, mal que le pese a algunos que subestiman su papel en los acontecimientos, los postulados ocultistas de Wiligut se convirtieron en ideología política, con nefastas consecuencias a nivel global.

Karl Maria había nacido en Viena en 1866, siendo hijo de un oficial del Ejército con problemas mentales. En  1906 se casó con Malwine Leus von Teuringen of Bozen, con quien tuvo dos hijas, Gertrud y Lotte. Durante la Primera Guerra Mundial sirvió en el ejército y cuando finalizó la conflagración, con las nefastas consecuencias de la derrota para Alemania, como tantos otros de sus compatriotas se afilió a una organización paramilitar de derechas en Austria. Entonces ya era  un hombre violento con un marcado alcoholismo que iba armado de una pistola y maltrataba continuamente a su esposa; sobre su persona planeaba también la sospecha del abuso sexual a sus dos hijas pequeñas que llevaría a la madre a cerrar con llave la habitación de las niñas.

Recluido en un psiquiátrico

Su peligroso comportamiento y sus costumbres extravagantes hicieron que finalmente fuese internado en una institución mental en Salzburgo, donde  le fue diagnosticada psicosis, esquizofrenia y megalomanía y donde permanecería recluido hasta 1927. En el hospital mental, Weisthor haría gala de su diagnóstico, jactándose entre sus compañeros y los celadores de que él mismo había sido capaz de evitar un golpe de estado comunista en Alemania y de que nada menos que miembros del Ku Klux Klan, organización racista estadounidense a la que admiraba, le sacarían pronto de su reclusión.

Totenkopfring

Más extravagante sin embargo era que recogía piedras de una granera cercana al edificio de manera obsesiva, guijarros que pulía y cuidaba como si fueran diamantes; tantos pedruscos recopiló –cerca de un millar– que ocupaban casi toda su habitación. Según uno de los psiquiatras que lo trataron, Karl Maria consideraba cada pieza un amuleto y creía hallar en sus formas diversas figuras que consideraba que representaban una serpiente, un falo, una parte de un trono antiguo germánico…

Völkish

A pesar de su evidente distorsión de la realidad, cuando salió del hospital se convirtió en una especie de místico, un visionario muy respetado en los estrechos círculos de los ultranacionalistas alemanes, las sectas Völkisch. Afirmaba que su linaje se remontaba al dios nórdico Thor y que entre sus antepasados se contaba Arminio, el caudillo germánico que había vencido a las legiones romanas en Teutoburgo. Según sus propias declaraciones, recogidas por Nicholas Goodrick Clarke, sus antepasados habían conservado «el sagrado conocimiento de las tribus germánicas» durante milenios; afirmaba ser el último descendiente de un antiguo linaje de sabios alemanes cuyas raíces se perdían en la Historia, los Uiligotis, del clan de AsaUana.

Creía además poseer poderes extraordinarios y decía ser clarividente. Gracias a sus supuestas dotes visionarias, su «memoria ancestral» le permitía recordar las experiencias vividas con su tribu hace más de 300.000 años. Afirmaba que en aquel período brillaban tres soles en el cielo y la Tierra estaba poblada por seres mitológicos, gigantes y enanos, «visiones» que recordaban a los escritos teosóficos de la ocultista rusa Madame Blavatsky que tanto influyeron en los círculos esotéricos prenazis y en la mentalidad de Himmler.

Madame Blavatsky

Wiligut hablaba de luchas entre diferentes razas y de una reconciliación promovida por sus antepasados, los Alder-Wiligoten. En el año 9600 a.C. Estalló una guerra entre Irministas y Wotanistas, quienes obligaron a los primeros a exiliarse a Asia, donde se hallarían los vestigios de los últimos arios. El abuelo de Wiligut, según él mismo decía, le había enseñado los antiguos símbolos rúnicos –que adoptarían las SS– y su padre le había narrado la historia de la familia «cuando cumplí los 24 años», algo innecesario si tenemos en cuenta que decía tener «capacidades» precognitivas.

Símbolo del ariosofismo nazi

Fuera del pabellón psiquiátrico cambió su apellido Wiligut por el de Weisthor, según él, derivado del alemán Weise –sabio– y de Thor, el célebre dios nórdico del trueno al que tanto admiraba también el Reichsführer. En ocasiones entraba en trance, en medio de convulsiones, y otras veces recitaba dichos primitivos que afirmaba haber recibido de sus ancestros. Cuesta creer para una mente racional que un personaje de estas características, notablemente enajenado, fuera tenido en cuenta por alguien, pero lo cierto es que poseía fervientes seguidores entre los grupos ultranacionalistas, que lo consideraban un maestro en las tradiciones de las tribus germánicas desde su pasado más remoto.

No era de extrañar, con dichas “habilidades”, que pronto llamara la atención de Himmler, tan obsesionado o más que él con las sagas germánicas y el pasado mítico. El líder de la Orden Negra lo conoció en el transcurso de un congreso de la Sociedad Nórdica y se sintió rápidamente fascinado por su elocuencia y su “conocimiento” del pasado. Weisthor era ya un hombre mayor –tenía 67 años– pero con un gran entusiasmo y no menos carisma.

Darré

Así que Himmler lo convirtió primero en SS-Standartenführer y más tarde en SS-Brigadeführer y le ofreció un puesto en la RuSHA de Walter Darré, elevándolo a jefe de la «Sección de Prehistoria e Historia Antigua» del organismo. Muchos, no obstante, consideraban a Wiligut un charlatán, pero no es menos cierto que una gran parte de los SS veían también en Himmler a un iluminado de creencias extravagantes y aún así debían someterse a sus órdenes sin contemplaciones, siendo, como era, uno de los hombres más poderosos e implacables de su tiempo.

PARA SABER MÁS:

GOODRICK-CLARKE, Nicholas: Las oscuras raíces del nazismo. Editorial Sudamericana, 2005.

HERRADÓN AMEAL, Óscar: La Orden Negra. El ejército pagano del Tercer Reich. Edaf, 2011.

NARRATIVA:

Hace unos meses la editorial Alfaguara publicaba un absorbente thriller histórico ambientado en la Alemania nazi escrito por Fabiano Massimi (que acaba de publicar con la misma editorial su nueva novela, que próximamente reseñaremos en las entrañas del Pandemónium).

Hitler y Raubal

Su título es El Ángel de Múnich y en la más pura tradición del noir historiográfico (en una línea muy similar de Philip Kerr y su saga ambientada en la misma época), se centra en un episodio fundamental de la biografía íntima de Adolf Hitler: la extraña muerte de su sobrina, Angela «Geli» Raubal, a la que veneraba y con la que, según algunas fuentes, pudo incluso mantener una relación de tipo incestuoso. Raubal se descerrajó un tiro con la pistola del líder nazi (la misma que utilizaría él para suicidarse 14 años después en el bunker de la Cancillería, sentenciando su «glorioso» Tercer Reich) en el domicilio que compartían el 18 de septiembre de 1931.

Con tan apasionante –y real– punto de partida comienza el relato. Tras el mismo, hay una ardua tarea de investigación que bien podría haber dado origen a un monumental ensayo. Pero tamaña cantidad de datos Massimi los sabe conjugar con maestría y sin que entorpezcan en ningún momento el pulso narrativo, fluido y poderoso.

En un máximo de ocho horas, y en medio de un gran secretismo decretado desde las altas instancias, los comisarios Siegfried Saber y el adjunto Helmut Forster deberán cerrar el caso que ha tenido lugar en una dirección de sobre conocida por todos en Múnich: el número 16 de la Prinzregentenplatz, donde vivía el líder del NSDAP. Aunque el cadáver de Raubal se encontraba en su habitación cerrada desde dentro, los investigadores observarán algunas contradicciones en la versión oficial del suicidio con la pistola del «tío Alf».

La investigación posterior y la búsqueda de la verdad se verán ensombrecidas por las injerencias de personajes poderosos, de intereses creados y de la poderosa máquina propagandística del partido que no alcanzará el poder definitivo hasta 1933, cuando Hitler se convierte en canciller, pero que ya tenía una gran influencia en Alemania y Austria. El autor italiano enriquece la trama de esta novela ya convertida (con razón) en bestseller mundial con una serie de extraños «suicidios» que se suceden entre supuestos testigos del suceso.

He aquí el enlace para adquirirlo en papel y también en eBook y Audiolibro:

https://www.penguinlibros.com/es/literatura-contemporanea/7250-el-angel-de-munich-9788420454290