Norma Editorial publica el tercer volumen en formato integral de este referente del cómic franco-belga –bande dessinée–, obra compuesta a cuatro manos (tanto el guión como el dibujo) por el pintor y dibujante galo Jean-Louis Tripp, y el también veterano historietista Régil Loisel, célebre por ilustrar la serie La búsqueda del pájaro del tiempo, escrita por Serge Le Tendre. Una obra costumbrista de perfecta factura que saca lo mejor de quien se adentra en sus entrañables páginas.
No era la típica historia que me llamara la atención en un primer momento, pero cuando me la recomendó la jefa de prensa de Norma Editorial estaba claro que me toparía con una buena novela gráfica. Y he de decir que no me decepcionó. Al contrario, caí rendido a su dibujo y su historia. Una narración que tiene lugar a principios del siglo pasado en un pueblecito rural y semi aislado de Canadá, Notre-Dame des Lacs (existe realmente una muy similar, Notre-Dame du Lac, en el municipio regional del condado de Témiscouata, en la provincia de Quebec), pero cuya esencia podría extrapolarse a cualquier rincón del mundo en cualquier tiempo.
Las miserias y grandezas de una comunidad capaz de mostrar su mejor rostro para con el prójimo y el extraño, ayudarle en los momentos más delicados, pero cuando las cosas se tuercen, capaz también de mostrar su lado más sombrío, vengativo e infame. Pero lo más importante: siempre gana –y con fuerza– el perdón. Un mensaje, pues, optimista a partir de las debilidades y carencias humanas.
Descubrí en 2020 el primer volumen de Magasin Général y en 2021 se lanzó en castellano el segundo (tras varios retrasos por culpa de la dichosa pandemia), que esperaba con ansia y que no solo mantiene viva la esencia del primero, sino que arroja mayor complejidad a su trama, aviva el ritmo y mantiene la cadencia del paso del tiempo; quizá un poco menos el efecto sorpresa, por razones obvias, y recientemente el tercero y último, que pone punto y final a la serie. Todo ello aderezado por un dibujo costumbrista, de colores cálidos y trazos realistas que otorgan a los personajes una calidad y cercanía que rápidamente los convierte en alguien más de la familia.
Pequeños-grandes personajes…
Así arranca la historia, en el camposanto…
…que podríamos ser cualquiera de nosotros. La historia comienza con la tragedia de la joven Marie, que se queda viuda sin hijos –un golpe duro en cualquier tiempo y lugar, más en una comunidad rural cien años ha–, y que más allá de su dolor, que se guarda para sus adentros, se siente completamente constreñida y aprisionada por sus responsabilidades para con la comunidad: es la persona que regenta el almacén que aprovisiona a todo el pueblo (ese Magasin Général del título), desde los alimentos básicos hasta las herramientas y maquinaria agrícolas a los materiales necesarios para reformas y construcción.
Tan ardua tarea absorbe todo su tiempo, desde primera hora del día hasta la noche. Un universo reiterativo y claustrofóbico, que neutraliza la ensoñación, hasta que llega al pueblo el cautivador y enigmático veterano de guerra Serge, que guarda un gran secreto –ese al que he aludido más arriba–, y que provocará un auténtico vendaval (en su mayor parte positivo, aunque no siempre) en el seno de la pequeña comunidad rural.
Si en el primer volumen asistimos a la desolación de Marie por su tragedia personal, incrementada por su rutinaria y pequeña vida, hasta el soplo de aire fresco que supone el advenimiento del forastero –eso sí, en un tono algo plano, con los personajes sin desarrollar aun sus facetas más atractivas, oscuridades incluidas–, en el segundo todo adquiere mayor –y justificada– fastuosidad. Ahora las cosas serán todavía más complicadas para la viuda entregada: un desliz provocará que el pueblo se vuelva en su contra (sacando lo peor de muchos de sus lugareños), y decidirá marcharse a la ajetreada Montreal, dejando atrás los fantasmas del pasado, su insípida existencia, en busca de una nueva vida.
La novela gráfica evidencia, sobre todo en el segundo tomo, el marcado contraste entre el mundo rural, ligado a sus costumbres atávicas, más intolerante y cerrado, enjaulado por los límites de su propia pequeñez, frente al mundo urbano, representado por personajes con muchos menos prejuicios (ese mismo universo del que provenía Serge). Sin embargo, no todo es idílico, ni mucho menos, en ese plano cosmopolita: entre la muchedumbre y la vertiginosa vida diaria se pierde la cercanía con el prójimo, la fraternidad, se incrementa el individualismo, se olvidan los orígenes… ¿No es una lectura plenamente actual?
Volumen 3. Un magistral cierra de la trilogía
En el tercer volumen todo vuelve un poco a la «normalidad»: el pueblo ya no está enfrentado a la viuda Marie (que ha regresado de su exilio voluntario en la gran ciudad), sino que la concordia ha vuelto a imponerse, aunque ya nada volverá a ser lo mismo que antes de la revulsiva llegada del veterano de la Gran Guerra que abría la primera entrega. La comunidad ha evolucionado, y a pesar de las reticencias de los más conservadores, se aceptan vientos renovados: hay guiños al travestismo, referencias claras a la homosexualidad (aunque pecaminosa todavía para una comunidad tradicional de hace 100 años, comienza a ser tolerada por algunos de los personajes principales), y lo más importante, asistimos a un claro empoderamiento de la mujer, nuevamente a través de Marie, que se queda embarazada y no sabe quién es el padre, pues ha mantenido relaciones con varios hombres, algo de lo que no le dará miedo jactarse ante su otrora piadosa comunidad, hecho que tiempo antes habría sido impensable en Notre-Dame des Lacs.
Las mujeres de la comunidad comienzan a vestir al estilo de Montreal, abandonando la vestimenta «de andar por casa» y discreta, símbolo de una sociedad patriarcal, poco a poco se instalan las fiestas en las que la evasión toma forma de Charlestón e incluso las personas más intransigentes (como las muy devotas y desconfiadas hermanas Gladu), se unen a la felicidad general. Aunque, por supuesto, habrá algunas sorpresas…
Quizá lo que nos quieren transmitir sus autores es cómo, a pesar de los inevitables conflictos que genera la convivencia (cada uno es hijo de su padre y de su madre, como reza el dicho), a pesar de que cada uno de nosotros tiene sus prejuicios, sus oscuridades y sus pecados (mayores o menores), cómo sería la sociedad actual si nos preocupásemos más del vecino, como hacían nuestros abuelos aún a pesar de aquella terrible guerra fratricida que asoló nuestra piel de toro.
Definitivamente, Magasin Générale es una obra maestra, una novela gráfica imprescindible de nuestro tiempo, un maravilloso relato costumbrista que no tardará en convertirse, sin duda alguna, en un referente para varias generaciones. Al menos, eso espero. En definitiva, un cierre perfecto para una trilogía sensacional, de lo mejor que ha dado la novela gráfica bande dessinée en los últimos años. Ahí es nada.
He aquí el link para hacerse con esta tercera y última parte de la serie en la página de Norma Editorial:
Este 2021 se cumplieron 30 años del lanzamiento del doble disco de Guns and Roses Use Your Illusion, uno de los grandes acontecimientos del rock de principios de los 90 que contenía temas inolvidables como You Could Be Mine, Civil War, November Rain, Don’t Cry o Estranged, y potentes versiones de temas como Knockin’ On Heaven’s Doors de Dylan o Live and Let Die de McCartney. El doble plástico de mi adolescencia, y la banda sonora de toda una generación. Ahora que se publica la biografía en castellano de su bajista, Duff McKagan, de la mano de Libros Cúpula, éste es el particular y humilde homenaje desde las entrañas del Pandemónium.
Su eslogan fue «la banda más peligrosa del mundo» y, de 1988 a 1993, año de su traumática disolución (traumática, se entiende, para sus millones de fans, un servidor incluido), se convirtieron nada menos que en el grupo de rock más importante del planeta. Ahí es nada. Más incluso que sus eternos competidores Metallica –me refiero a entonces, hoy la cosa ha cambiado– y aquella banda que revolucionó la música alternativa desde un lugar tan poco glamuroso como Seattle: Nirvana; grupos con los que, precisamente, los Guns N’ Roses comandados por Axl Rose no tendrían lo que se dice una buena relación.
Termina 2021, sacudido todavía por el dichoso Coronavirus (en su variante de ecos lovecraftianos «Ómicron»), el silencio aún humeante del volcán de La Palma y el primer año de decepcionante mandato de Joe Biden (menos tumultuoso, eso sí, que el de Trump, con quien Mr. Rose tuvo abiertos y sonados enfrentamientos en Twitter) y estas líneas las escribo, más con devoción que sabiduría de crítico musical, porque este mismo año se cumplieron 30 del lanzamiento del doble plástico que encumbró a los chicos malos de Hollywood: los Use Your Illusion.
Axl en 1993, cerca del final…
Treinta años… se me pone la piel de gallina, pero no por fascinación por aquel disco en dos partes (que la tengo), sino por hacerse palpable ese dicho tan manido y tan cierto de «qué rápido pasa el tiempo». Acabo de ser papá, y el tiempo, si cabe, pasa todavía más rápido… Qué razón tienen las abuelas. Tres jodidas décadas (no voy a andarme con remilgos y lenguaje comedido cuando hablo de unos tipos que lanzaban exabruptos cada dos palabras). Los mismos que hace que se lanzó otro disco emblemático, «disco de discos», el álbum negro de Metallica, némesis de los Guns por aquellos años y al que dedicaré también su pertinente post, el contundente Nevermind de Nirvana (que cambió el rock alternativo) y el menos ensalzado pero no por ello poco relevante (en lo que a la evolución del «ruido» se refiere), Blood, Sugar, Sex, Magik, de los californianos Red Hot Chili Peppers… y va triplete de la costa oeste, debe ser que el sol de Malibú inspiró a aquellos otrora jóvenes como hiciera décadas antes con Jim Morrison y Ray Manzarek. El trío de Seattle estaba en la costa opuesta, mucho menos soleada y con mayor tendencia a la melancolía. Eso explica algunas cosas.
De comerse el mundo al letargo musical
Fue el grupo de mi primera adolescencia, y de muchos años después. Todavía hoy «uso mi ilusión» cuando escucho cada acorde de aquel LP. Tenía unos doce años, allá por 1992, cuando me quedé paralizado por primera vez ante el irreverente Axl Rose, su voz rasgada y la guitarra hipnotizante de Slash; hacía solo unos meses que habían lanzado aquel disco. Fue gracias a un colega del colegio, Paul, el primer «rockero» con el que me topé en mi vida. Luego, aquel verano, mis primos gallegos mayores que yo tenían el doble cassette del «Illusion» (comprado en Círculo de Lectores, o a través de la revista Tipo, qué tiempos). No dejé de escucharlos una y otra vez. Creo que desgasté algo las cintas, aunque no recibí reprimenda alguna por ello. Y empezó una historia de amor que no terminaría nunca.
Guns and F*** Roses (Imagen promocional de la banda en los Illusion)
Otros tuvieron la suerte de conocer a los Guns antes, con el lanzamiento de un disco debut que hoy se mantiene como uno de los más exitosos (y brillantes) de todos los tiempos, Appetite for Destruccion; pero un servidor tenía entonces 7 años, y no sabía qué demonios era eso de los pantalones de cuero, las botas de vaquero, el pelo cardado o las botellas de Jack Daniels (¡y menos mal!). Podría elucubrar durante horas y llenar este blog de flashes y recuerdos sobre lo que significó para mí Guns N’ Roses. No tendría mucho sentido.
Todo el que me conoce relaciona mi persona con aquel grupo que se merendó el mundo, cautivó a millones de jóvenes (y no tan jóvenes) y que después se quedó más como un recuerdo de otra Era del rock duro. Al contrario que Metallica, que han mantenido el tipo, a pesar de los altibajos, algunos graves, desde entonces hasta el día de hoy. Lo de los Guns tampoco fue un adiós definitivo, aunque quizá hubiese sido lo correcto, como hicieron Héroes del Silencio apenas tres años después, en 1996. Vaya década… de infarto.
Sí, Axl siempre dijo que regresaría. Lo hizo, con él y solo él (y algunos músicos de «sesión») y acompañado únicamente de un Dizzy Reed a los teclados que al margen de los fans no conocía ni su P.M. Trece años y más de trece millones de dólares de producción le costó al oriundo de Laffayette (donde, según su compañero de infancia y miembro fundador de los Guns, Izzy Stradlin, nadie le hacía ni puñetero caso, razón por la que siempre buscó convertirse en un semi dios tras alcanzar la fama), lanzar al mercado Chinese Democracy en 2008, cuando ya ni el mismo Dios al que cantaban las provocadoras camisetas del músico creía que aquello fuera a ser real. Era un disco con algunos temas buenos, trabajado, pero estaba a años luz del Appetite o los Illusion. Y desde luego no necesitaba tamaño desfalco de dinero.
Un par de años antes del lanzamiento, en 2006, se cumplía uno de mis sueños de adolescencia: ver a los dichosos Guns N’ Roses (o lo que quedaba de ellos). Fue en el auditorio del recinto ferial Juan Carlos I, y aunque muy decepcionante en comparación con aquella gira de 1991-1993 con escenarios de vértigo y la atención focalizada de los medios musicales de todo el orbe –otra Era–, que no pude disfrutar debido a mi corta edad (algo que nunca le «perdonaré» a mi madre), hubo momentos en que volví a soñar despierto. Lo hice observando con precisión de cirujano a un Axl entrado en carnes (y con la frente más despejada), que se movía por el escenario en un estilo más parecido al de la Pantoja (sin desmerecer con estas palabras a la folclórica, ni mucho menos) que con la rabia y energía atlética de principios de los noventa.
Madrid 2006, Appetite for Destruction…
Antes de que el señor Rose, mi ídolo de juventud (hoy tengo unos cuantos ídolos más, qué voy a hacerle, soy un mitómano sin remedio), hiciera acto de presencia ante una multitud mucho menos multitudinaria que en los tiempos de un Vicente Calderón ya desaparecido y entonces afectado de aluminosis (lo que obligó a cancelar el ansiado concierto en Madrid de 1992 para tocarlo en 1993), se repitió un mantra de su carrera musical: llegar tarde, cabrear a todo el mundo y erigirse en diva rockera, pero mucho más crepuscular que en los tiempos del accidentado concierto de Chicago del 91 que merece entrada aparte.
Llegó más de dos horas y media tarde cuando una gran parte de la gradería, literalmente hasta los huevos –y algo sobrada de alcohol y lo que se terciara– había comenzado a arrancar los asientos de un auditorio tornado inaudito. Un servidor estaba junto a varios compañeros –otros mitómanos–, «Muis» y Ramón, en la pista, como creíamos que debían verse los conciertos de rock (éramos jóvenes, hoy prefiero el asiento). Desde entonces, el auditorio permanece en ruinas, olvidado por la administración, aunque la concejala madrileña del PP Andrea Levy ha manifestado su intención de rehabilitarlo para 2023.
El caso es que al final el bueno de Axl llegó y dio su concierto; y no fue inolvidable ni nada parecido, pero sí una forma de quitarme media espina del corazón barnizado aún de pintura adolescente. No obstante, los Guns fueron mucho más que un grupo de moda (mal que le pese a algunos) o un fenómenos de masas juvenil. Fue toda una banda de rock en el más amplio sentido de la palabra (algunos críticos hablaban de ella como la última gran banda de esas características), y aunque ahora el señor Rose no sea físicamente ni su sombra (el tipo va para los sesenta, todo un abuelete), muy lejos de aquella imagen de sex-symbol de portadas de revistas (que empapelaban, literalmente, los kioscos, allá por 1992, nunca lo olvidaré, esos mismos que ya apenas existen) y carpetas de instituto, sigue siendo el artífice de aquellas multitudinarias ilusiones. He recortado tantas fotos de revistas y guardado tantos póster que ni me acuerdo. Y los libros de la editorial La Máscara… joyazas hoy muy buscadas (en Wallapop, el «desván de la Red», por un precio considerable, pero asequible, se pueden encontrar la mayoría de números).
Los excesos de la última gran banda de rock and roll los dejo para un siguiente e inminente post, mientras tanto, recomiendo algunas novedades editoriales para saber más de los chicos malos de Hollywood.
Créditos de imágenes: Wikipedia (Free Use), LP covers and magazines & marketing posters.
PARA SABER ALGO (MUUUCHO) MÁS:
En 2007 Slash, con la batuta del periodista neoyorquino Anthony Bouza, publicaba sus memorias, traducidas al castellano en 2010 bajo el título de Slash: de Guns and Roses a Velvet Revolver. La Autobiografía, de la mano de Es Pop Ediciones, y este mismo año ha salido publicada de mano de Libros Cúpula (Grupo Planeta) la susodicha del bajista y también miembro de Velvet Revolver, Duff McKagan: It’s So Easy (Y Otras Mentiras). Sigue la estela de las biografías de los malditos rock-star (qué coño, él fue uno de ellos, y de los grandes), pero sin aditamentos ni ensoñaciones: muchas drogas y demasiado descontrol que no arregla la creatividad (o al menos no siempre). Y aunque pueda parecer más de lo mismo, lo cierto es que es una muy buena traducción, y además se nota que McKagan es un tipo con una importante cultura, y mucha honestidad, algo que se respira en cada párrafo, sin miedo a ser juzgado. En este caso no ha contado (o al menos no oficialmente) con la colaboración –o la autoría– de un periodista musical, sino que todo surge de su inquietud y sus vivencias –muchas y a veces al límite–, y eso se nota a la hora de comprobar la autenticidad de este libro frente a otros similares.
En este sentido, es tanto o más cautivador que la biografía de otro bajista emblemático, Flea, de los Red Hot Chili Peppers, cuyo libro Acid for the Children. Memorias, fue publicado hace unos meses también por Libros Cúpula y de cuyo lanzamiento nos hicimos eco en este blog.
Duff, que originalmente publicó el libro en 2015 bajo el título de How to be a Man (Cómo ser un hombre), no se anda con pelos en la lengua, y narra en primera persona, con gancho y cierta «macarrería», reconociendo sus errores pero sin ningún atisbo de autocompasión, su participación en Guns N’ Roses, sus excesos (y los problemas de salud ocasionados por éstos), las contradicciones de una banda llena de egos comandada por un megalómano (de innegable creatividad y estilo, eso no puede negársele a Mr. Rose) y la dificultad para mantener vivo el colosal mecanismo del grupo, un gigante con los pies de barro.
Duff se encarga de recordar el lamentable episodio que tuvo lugar entre Nirvana y los Guns, que recogeré en el siguiente post, y, caprichos del destino, cómo años después coincidió en un vuelo con Kurt Cobain, compartió asiento con él y charlaron de numerosas cosas. Fue en 1994, apenas dos días antes de que el frontman de Nirvana se descerrajaba un tiro en la cabeza (al menos si no hacemos caso a los conspiracionistas más recalcitrantes, que los hay, sobre que aquello no fue un suicidio…). En definitiva, una autobiografía memorable de uno de los tipos más auténticos , «punkis» y relevantes de la escena rockera de las últimas tres décadas.
He aquí el enlace para adquirirla, una gran idea para regalar en Reyes:
De mano de Redbook Ediciones podemos disfrutar de la historia de Guns N’Roses en versión gráfica, y una versión gráfica de infarto, dentro de su colección «La Novela Gráfica del Rock» (Ma Non Troppo) que a los mitómanos y apasionados del cómic nos ha brindado biografías en imágenes de otros dioses de la música como Metallica, The Ramones, Led Zeppelin, The Who o Sex Pistols, entre otros. A cuál mejor.
Guns N’ Roses. Reckless Life es una delicia para fans que abarca desde los humildes orígenes de William Bruce Rose Jr. (de nombre artístico W. Axl Rose) y su amigo Jeffrey Dean Isbell (alias Izzy Stradlin) en Laffayette, Indiana, o la acomodada vida en Londres de Saul Hudson (Mr. Slash), hijo de una diseñadora afro-estadounidense y del artista inglés Anthony Hudson –diseñador de cubiertas de álbumes musicales de artistas como Joni Mitchell («Court and Spark») o Jackson Browne («For Everyman»)–, hasta los años del grupo malviviendo en las calles de Los Ángeles y Hollywood, a principios de los 80, la fundación de Guns N’ Roses (tras la escisión de dos bandas en las que se movió Axl, Hollywood Rose y L.A. Gun), tomando el testigo de los desenfrenados Motley Crüe, el estrellato y la caída.
Obra del dibujante Marc Olivent (cuyas impresionantes ilustraciones parecen en ocasiones fotografías reales) junto a los guiones incisivos, a veces sarcásticos y nada complacientes de Jim McCarthy, captan a la perfección el espíritu rebelde y peligroso de la banda –principalmente del Sr. Rose–, el ascenso al Olimpo del rock and roll como solo lo hicieron bandas como Led Zeppelin, Black Sabbath, Pink Floyd o Queen, y el colapso de algo demasiado ambicioso para durar. Una historia de excesos y descontrol por cuyas páginas desfilan trifulcas, personajes controvertidos como Charles Manson, las groupies (millones alrededor del globo), y, ante todo, la MÚSICA con mayúsculas. Una novela gráfica épica para una banda de rock legendaria. He aquí el enlace para hincarle el diente:
Hace ya unos años que el escritor israelí Yuval Noah Harari revolucionó el campo de la divulgación científica con la publicación, primero, de su ensayo multiventas «Sapiens», y después, de títulos igualmente exitosos como «Homo Deus» o «21 lecciones para el siglo XXI». Todas las ediciones de sus obras en castellano, más que recomendables si eres un tipo curioso y preocupado por lo que nos espera en un futuro no muy lejano, las ha lanzado la editorial Debate, y la misma se encarga ahora de publicar la novela gráfica de aquella reveladora «ópera prima» ensayística en dos volúmenes.
En su condensada historia de la humanidad, Harari, profesor de Historia de la Universidad Hebrea de Jerusalén, pinta un fresco provocador, ingenioso y nada complaciente con el «animal» de dos patas. Y es que si el mundo se ha ido al garete –léase clima, superpoblación, epidemias– , mucha parte de culpa es nuestra (más de unos que de otros, todo sea dicho). En un mundo que además de herido (algunos dicen que de muerte, otros son algo más optimistas) está saturado de información irrelevante, fake news, memes y basura cibernética, el historiador, profesor y filósofo apoya la máxima de que la claridad es poder, y permite acercarse a lo fundamental del conocimiento sin perderse en un marasmo de datos intrascendentes –o quizá no lo sean, pero distraen del objetivo principal–.
Quitar todo lo superfluo (o simplemente sesudo), pues no se pretende crear un premio Nobel, sino conseguir que el gran público –ese cautivado en el confinamiento con los vídeos de TikTok, las peroratas de influencers y youtubers y los realities delirantes– sienta interés por el saber y aprenda algo, aunque no sea mucho, a retener información y, sobre todo, a PENSAR, cosa que no está muy de moda en nuestro tiempo. Así, el israelí nos entrega una visión panorámica de la especie humana sin caer en el resbaladizo campo de los mil y un detalles. De forma concisa, amena y divertida (y a veces irónica, cuando no directamente mordaz), Harari lo consigue con creces, y no es raro, por tanto, que su libro llegara al número 1 de la prestigiosa lista de The New York Times y que entre sus fans se cuenten el ex presidente Barack Obama, Bill Gates o Mark Zuckerberg.
No es habitual trasladar al cómic un ensayo, porque, por poco sesudo que sea, transmitir su mensaje es tarea harto complicada. El ilustrador belga David Vandermeulen y el francés Daniel Casanave lo consiguen con nota y eso que, evidentemente, el libro de Harari ha tenido que «comprimirse» todavía más para tomar forma gráfica y no era fácil, ni mucho menos, «condensar» a un artista de la condensación. Aún así, mantiene vivo el discurso fresco, sintetizador y directo del original, con el atractivo añadido de un trazo sencillo pero lleno de fuerza y tanto o más ingenioso que el material de partida.
Compromiso con la enseñanza
El propio Harari cobra vida en la viñeta (aún a pesar de sus reticencias iniciales) y aparece en las páginas gráficas de Sapiens en su faceta de profesor y divulgador, contando cosas sorprendentes a su sobrina, sus compañeros de la Universidad o a través de conferencias, narrando al lector en tercera persona, un acierto sin duda a la hora de convertir la temática del ensayo en trazos y color.
Así, asistimos al vibrante y provocador relato de cómo un simio insignificante consiguió imponerse en la lucha por la supervivencia y fue capaz de dominar el planeta Tierra, dividir el átomo, llegar a la Luna (mal que les pese a los conspiracionistas), manipular el código genético… Eso sí, el ser humano, yo, tú, todos nosotros, nuestros antepasados y los que nos rodean, también hemos sido los responsables de llevar al planeta (no tan) azul hasta el límite, causar las mayores masacres a lo largo de los siglos y cometer las peores vejaciones para con el prójimo. Harari lo sabe, y tampoco se muestra excesivamente optimista sobre nuestra especie de homínidos que desbancó a otras tanto o más «fuertes» como el Neandertal (con quien convivimos), el Homo Erectus o el Denisovano.
En El nacimiento de la humanidad (Sapiens. Una historia gráfica 1), Vandermeulen y Casanave adaptan el primer cuarto de Sapiens, el que se centra en la revolución cognitiva que llevó al Homo Sapiens a pesar de ser un homínido nómada y salvaje en sus comienzos, a realizar viajes espaciales o modificar la materia. Pero, como señalé más arriba en este mismo post, no todo son elogios: Harari resalta el papel del Sapiens en la extinción de múltiples especies, homínidas y no homínidas, humanas y no humanas.
Su segunda parte mantiene viva la chispa de la primera, consiguiendo dejar al lector pegado a la hoja entintada cual niño pequeño que descubre el mundo por primera vez. Con el subtítulo de Los pilares de la civilización, de nuevo Vandermeulen y Casanave adaptan (más bien reescriben) otra parte importante del original y se centran en cómo el Homo Sapiens pasó de ser una especia nómada y sedentaria a trabajar más duro, haciendo que el trigo se apoderase del viejo mundo tras domesticar a los animales (sí, hoy ni se nos ocurre pensar en aquello, pero no fue ni mucho menos fácil).
También cómo un improbable matrimonio entre un dios y un burócrata dio lugar a los primeros imperios, e incluso se permiten adaptaciones a los nuevos tiempos, incluyendo el Covid-19 en el relato; en una sugerente viñeta podemos leer: «¡Última hora! ¡Desde el comienzo de la crisis de la Covid-19, la Reserva Federal ha creado billones de dólares extra!», mientras Harari puntualiza a su sobrina, con cierto arrebato contracultural: «Cosas así podrían pasar en cualquier lugar. Todo depende de si la gente confía en el orden imaginado». Como hombre comprometido con los derechos humanos, Harari ha protestado varias veces contra el gobierno de Netanyahu, lo que le ha granjeado la animadversión de los más radicales y brindado la calidad de proscrito en su propio país.
Por supuesto, el israelí no olvida en su discurso cómo la guerra, el hambre, las enfermedades y la desigualdad se convirtieron en parte esencial de la condición humana y por qué solo nosotros mismos somos responsables de ello. En este punto insiste notablemente. Por las páginas de esta segunda entrega pasean de nuevo personajes que hacen más amena la lectura y ayudan a la retención y el aprendizaje de los más jóvenes y de los que no lo somos tanto: Yuval, Zoe, la profesora Saraswati, Cindy y Bill el Troglodita, la detective López y la Doctora Ficción. Todos ellos conforman una prodigiosa continuación de la adaptación gráfica de Sapiens.
He aquí la forma de adquirir este volumen, una muy buena opción para regalar en estas fiestas y a la vez cultivar el saber. Falta nos hace: