Vikingos: magia, sacrificios y seres espectrales (I)

A lo largo de casi tres siglos surcaron los mares y aterrorizaron las costas de Europa. Aguerridos soldados, fueron mucho más que simples bárbaros: llevaron el comercio a Oriente y desembarcaron en tierras desconocidas. Devotos de sus dioses y grandes supersticiosos, la magia y la profecía formaban parte de su vida cotidiana y su universo espiritual estaba poblado de seres aterradores, maleficios y oscuras venganzas.

Óscar Herradón ©

(Pexels Free License. Meik Schmidt)

Han pasado más de mil años pero sus sanguinarias hazañas siguen despertando la curiosidad y el temor a partes iguales. Pertrechados con toscas pero implacables armas de combate, aquellos considerados los mejores navegantes de su tiempo asolaron numerosas poblaciones costeras de la vieja Europa a golpe de hacha y espada.

Considerados poco menos que salvajes, los señores del Norte eran, sin embargo, un pueblo con elaboradas creencias, cultura propia y una rudimentaria escritura, las runas, muy vinculada con la magia y la adivinación. Ahora que los vikingos están más de moda que nunca gracias a exitosas películas y series que reivindican su papel en la historia, aunque con elevadas dosis de ficción, el misterio en torno a su figura continúa sin ser completamente desvelado, acumulándose los interrogantes sobre muchos aspectos de su existencia: sus túmulos funerarios, los sacrificios humanos, sus ceremonias iniciáticas o sus sorprendentes expediciones. En las próximas líneas, intentaremos arrojar algo de luz a su sorprendente peregrinaje en la oscuridad de los tiempos medievales. 

El misterio en torno a nuestros protagonistas empieza por su mismo nombre. El origen de la palabra vikingo es ya de por sí discutido. En textos en escritura rúnica se usa la forma «fara í víking» en el sentido de «ir de expedición», aunque textos más tardíos como las sagas irlandesas se refieren exclusivamente a este término como sinónimos de piratería o saqueo, aunque parece que las connotaciones negativas le fueron atribuidas tiempos después de la llamada Era Vikinga –aproximadamente entre los años 789 y 1100–; aunque las teorías sobre el origen etimológico de la palabra son variadas y confusas: en nórdico antiguo vik significa «bahía pequeña, cala o entrada», que puede estar relacionada también con la teoría de que la palabra vikingo haría alusión a una persona que proviene de Viken –un antiguo reino cuyas fronteras, no muy claras tampoco, parece que abarcaban parte de Noruega, Dinamarca y Suecia–. Vikingo, no obstante, fue el principal nombre dado a los pueblos nórdicos originarios de Escandinavia durante la Edad Media en general. Sea como fuere, los enigmas se multiplican en relación a sus formas de vida, sus ceremonias, saqueos y creencias en general.

Ataque vikingo de Guérande, en Francia

Fuentes documentales 

Puesto que los vikingos no dejaron escrito nada en referencia a sus creencias, ni poseían una religión revelada ni tenían un libro sagrado, hemos de basarnos en las sagas escritas posteriormente que supuestamente recogen la tradición oral de varios siglos, y también acudir a la rica mitología de los pueblos escandinavos. Ante la falta de certezas que expliquen la cosmogonía de una cultura, el origen del mundo y del Universo, el hombre suele ocupa ese vacío existencial recurriendo a la mitología, historias y leyendas que se dan la mano y se confunden, transmitidas oralmente de generación en generación, mitos que permiten en parte entender la forma de ser y actuar de estos pueblos; una mitología que alude al destino, al más allá o al fin del mundo en la mayoría de relatos. Las más célebres son la llamada Edda menor, que el noble islandés Snorri Sturluson compuso entre los años 1220 y 1230, una obra en prosa que mostraba el panteón de dioses vikingos y su cosmogonía desde la óptica cristiana, y la llamada Edda poética, una colección de 29 poemas sobre dioses y héroes escrita en Islandia entre 1250 y 1300; también tenemos los versos compuestos por los poetas o escaldos cortesanos, que componían los cantos heroicos, a través de unas “agudezas” o metáforas llamadas kennings que ofrecen valiosa información religiosa y mitológica.

Casa de Snorri Sturluson en Reykholt (Islandia)

Además, en el siglo XIII el monje danés Saxo Grammaticus compuso la Gesta Danorum, una historia de ecos legendarios de los reyes de Dinamarca que incluía también importante información mitológica, sin olvidar los cronistas de otras religiones que tuvieron algún contacto con los vikingos, como el monje y cronista cristiano del siglo XI Adán de Bremen o el escritor y aventurero árabe Ahmad ibn Fadlán. La fuente más antigua sobre estos pueblos nórdicos es la obra que compuso en el siglo I de nuestra era el historiador romano Tácito, Germania.

Ritos y culto ancestrales

En relación con sus ritos, los investigadores señalan que no existe religión escandinava antigua en el sentido que le damos hoy, abstracto y conceptual. El término que aludía a lo que llamamos religión era «sidr», que tenía el significado literal de «práctica» o «costumbre». Salvo casos aislados, parece que no existían sacerdotes como tales, que pasasen una iniciación particular ni que formaran una casta. No obstante, en fuentes islandesas posteriores se alude a una clase sacerdotal llamada Godar –cuyo significado era «Aquellos que hablan la lengua de los dioses»–, que albergaba responsabilidades religiosas y civiles. Los Godar pertenecían a la comunidad «sacerdotal» de Ásatrú, y podían ser un gothi (sacerdote) o una gythia (sacerdotisa). Parece un hombre era libre de elegir a qué dios adorar. Y es que la libertad, incluso de culto, era una de las características fundamentales del vikingo.

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Su religión se reducía principalmente al culto a distintos dioses de una mitología pagana muy rica pero igualmente confusa debido al sincretismo con otras religiones –los pueblos germanos de raíz indoeuropea que se instalaron en Escandinavia y los pueblos ya asentados allí, y más tarde con el cristianismo– y a la confusión entre diferentes mitos de diversas procedencias, aunque en su panteón, de numerosos dioses, destacaban Odín y sus hijos Thor y el maléfico Loki, además de Freyja, la diosa del amor y la belleza, o Tyr, el dios del valor, entre muchas otras divinidades.

El momento más solemne de esta «religión» era el llamado sacrificio –el Blót–, principalmente de animales, por lo general cerdos y caballos, muy frecuente en sus prácticas, que consistía en hacer una petición a sus dioses –brindándoles un tributo de sangre– a cambio de que les fueran propicios en la cosecha, la guerra o la enfermedad.

El primer paso del Blót era el sacrificio en sí, mientras que el segundo era la consulta a los augures o rituales de adivinación, de gran importancia para un pueblo regido por las determinaciones del destino; y el tercero consistía en un banquete sacrificial conocido como blotveizla, durante el cual los invitados –que podían ser unos pocos o cientos– consumían la carne del animal inmolado, a la vez que realizaban libaciones –normalmente de hidromiel o cerveza– destinadas a sus antepasados, a sus dioses y a las personas presentes más importantes de la comunidad, haciéndose a la vez juramentos constrictivos –para los vikingos era muy importante un juramento sobre un anillo sagrado, en honor al anillo Draupnir– y probablemente, aunque existen lagunas documentales, rituales de tipo adivinatorio como el seidr.

Así se conocía a un tipo de hechizos o brujerías practicado por los nórdicos paganos que implicaba el encantamientos con hechizos y que tenía un fuerte componente chamánico. Solía ser realizado mayoritariamente por mujeres –la völva o seidkona, “mujer que ve”–, pero también lo podían llevar a cabo hombres –aunque no era muy bien visto–, una práctica que, según la creencia, realizaba Freyja y algunas otras diosas del panteón nórdico e incluso Odín. Fue Snorri Sturluson quien recogió en qué consistía el seidr: éste incluía tanto adivinaciones como la llamada “magia manipuladora”. En las sagas escandinavas es descrito para afectar a una persona, ya sea para maldecirla, sanarla o cambiar su pensamiento e incluso su destino.

Este «maleficio» se realizaba mediante un tipo de trance conocido como spae, durante el cual se utilizaba, según recogen algunas sagas, una suerte de trono conocido como seidrhjallr, proveniente del nórdico antiguo hjallr, cuyo significado es plataforma. No se sabe con certeza cuál era su uso exacto, aunque parece que venía a simbolizar una suerte de unión entre lo que había en el cielo y en la tierra y otros mundos de su cosmogonía.

Parece que también las hechiceras utilizaban un bastón o cayado llamado seidrstafr, del que se han hallado restos arqueológicos. Cuando una bruja, una völva, moría, era enterrada con este instrumento, que solía llevar grabados varios hechizos con runas, el lenguaje adivinatorio de los nórdicos, y ornado con vidrios y piedras semipreciosas.

Cánticos para invocar el otro mundo

A través de un canto conocido como vardlokkur, que la völva –o sus ayudantes– interpretaba para su propia protección mientras practicaba el seidr –ya que mientras tanto se encontraba en “el otro mundo” y podía sufrir algún percance–, parece que los espíritus del más allá le brindaban información. De hecho, es popular el mito del viaje que las Völur han de realizar a Hel –el inframundo nórdico– para contactar con las almas difuntas, que son quienes les narraban el porvenir. Queda patente pues que la adivinación y la predestinación están presentes en la gran parte de los cultos religiosos vikingos.

Junto a los seidr, en las sagas se atribuye a las völva la capacidad de hacer otro tipo de magia como cambiar el clima a su antojo, invocando por ejemplo grandes tormentas –en una suerte de «hacedoras de lluvias» que existen en otras culturas–, un rito para el que la oferente incluso se preparaba ingiriendo una serie de alimentos especiales.

Además de las seidkona y las völva, existían también curanderas que utilizaban las fuerzas o espíritus de la naturaleza, según el autor Manuel Velasco, “para ayudar a recuperar o mantener la salud de la gente”. Estas mujeres eran denominadas «Hijas del Cuervo» y estaban bajo la advocación de Eir, diosa de la sanación.

Y aquí llegamos a un punto controvertido sobre el pasado de este pueblo… ¿cometieron sacrificios humanos? Lo veremos en el siguiente post, que está a punto de caramelo, o tan dulce como el Hidromiel…

PARA SABER UN POCO / MUCHO MÁS:

Ático de los Libros nos regala una joya historiográfica sobre los protagonistas de nuestro post: Vikingos. La historia definitiva de los pueblos del norte. Un exhaustivo recorrido, profusamente documentado y contrastado por interminables fuentes, no así complejo en su lectura, que firma el prestigioso historiador y arqueólogo inglés Neil Stuppel Price, uno de los investigadores mundiales que más saben sobre los vikingos de Escandinavia y la apasionante arqueología del chamanismo, que es actualmente profesor en el Departamento de Arqueología e Historia Antigua de la ciudad sueca de Uppsala.

En esta voluminosa monografía de casi setecientas páginas, Price nos muestra un retrato fidedigno de los pueblos del norte pero alejado de una óptica distorsionada muy presente en la historiografía que pretendía satisfacer los gustos de cronistas medievales, dramaturgos de la Inglaterra isabelina o potenciales imperialistas y que ha permanecido en gran parte hasta el día de hoy. Basándose, como buen conocedor de su campo, en las últimas investigaciones y descubrimientos arqueológicos –aunque ha sido duramente criticado en diversos medios por el apoyo a la teoría de los denominados «vikingos queer»–, el arqueólogo nos traslada en un épico recorrido desde la caída del imperio romano a manos bárbaras hasta el siglo XII, rastreando los oscuros orígenes, aún colmados de claroscuros, de los guerreros de Odín, descubriéndonos su rica cultura y compleja cosmología –que influyó desde a los nazis más iluminados hasta las últimas y más colosales producciones de Hollywood marca Marvel–, explicando, con rigor, qué demonios –nunca mejor dicho– les impulsó a realizar saqueos por media Europa desde que asolaron en un primer momento las costas inglesas. Un pueblo salvaje a la vez que instruido en numerosos campos, contradictorio y multifacético.

Una historia monumental, y como bien reza el título, probablemente definitiva sobre este pueblo guerrero.

Otra de las más importantes novedades bibliográficas en torno a los guerreros nórdicos es este ensayo publicado por Ediciones Rialp: Los Vikingos. De Odín a Cristo, escrito a cuatro manos por Martyn y su hija Hannah Whittock, dos de los mayores conocedores de la historia europea. Martyn es profesor de historia –labor que desarrolla desde hace más de 35 años– y autor de una abultada lista de ensayos en los que aúna un ameno y preclaro estilo divulgativo así como una minuciosa labor de investigación y documentación. Por su parte, Hannah es experta en cultura anglosajona, nórdica y celta, por lo que su aportación a esta monografía es más que considerable. Juntos nos ofrecen una apasionante mirada global sobre este pueblo de feroces guerreros que recorría las costa del Viejo Continente saqueando y prendiendo fuego a la flota enemiga durante el siglo VIII. Lo más apasionante del ensayo es que se acerca a una visión mucho más amplia de los vikingos que su faceta «salvaje», y es que tres siglos más tarde de sus recordadas incursiones incluso contra monasterios (como el de Lindisfarne, en Northumberland, el 8 de junio del 793, fecha considerada el inicio de la Era Vikinga), los miembros de este pueblo ya se habían convertidos al cristianismo, y eran devotos fervientes que ya no destruían iglesias sino que las edificaban y ornamentaban con cruces de oro. En estas vibrantes páginas se explica esta radical transformación de la sociedad vikinga y cuál fue su legado para la historia. He aquí el enlace de la editorial para adquirir el libro (disponible en papel y en versión electrónica):

https://www.rialp.com/libro/los-vikingos_99672/

Por su parte, la Editorial Actas ha publicado recientemente un soberbio volumen en cartoné con sobrecubierta de casi 400 páginas: Vikingos. Historia de un pueblo guerrero. Está firmado por la joven investigadora María de la Paloma Chacón Domínguez, egresada en Historia por la Universidad Complutense de Madrid y especializada en Historia militar. Un ensayo en el que, con buen pulso narrativo y lenguaje sencillo la autora nos muestra quiénes eran, de dónde venían y cuáles eran las creencias y costumbres de este pueblo guerrero con orígenes nórdicos que pondrían en jaque durante tres siglos –a partir del año 793, que realizan su primera gran incursión, en la isla inglesa de Lindisfarne– a campesinos, clérigos y reyes de gran parte del Viejo Continente y del Próximo Oriente. Pueblos (o más bien pueblos, en plural) lleno de claroscuros, salvajes guerreros cuasi demoníacos para unos, fueron sin duda también grandes navegantes (y descubridores), fructíferos granjeros y hábiles artesanos; colonos natos que expandieron las fronteras del mundo conocido más allá del Atlántico varios siglos antes de que lo hiciese Cristóbal Colón, de lo que dan cumplido testimonio yacimientos vikingos como L’Anse aux Meadows, en Canadá. Un viaje trepidante –y voluminoso– al corazón del pueblo guerrero. He aquí la forma de adquirirlo:

Y si lo que queremos es una visión menos ortodoxa, cargada de anécdotas y «sorpresas» sobre el pueblo guerrero nórdico, lo mejor es sumergirnos en las páginas de otra novedad de la Editorial Almuzara, un nuevo título de su exitosa colección «Eso no estaba en mi libro…», en este caso de los vikingos, claro. Firmado por Irene García Losquiño, Doctora en Estudios Escandinavos por la Universidad de Aberdeen y máster en Estudios Medievales y que, por tanto, sabe bien lo que cuenta, y lo cuenta fenomenal, con rigor, gracia y espíritu divulgativo.

No se olvida tampoco, algo bastante usual en la historiografía escrita por el «patriarcado», de las mujeres vikingas, y nos cuenta la epopeya de Helga –u Olga– de Kiev, y su apasionante conversión al cristianismo ortodoxo, siendo la primera persona del pueblo rus en ser proclamada santa. No se olvida Losquiño de mujeres guerreras que hicieron historia aun a la sombra de los rudos varones escandinavos, vikingas a medio camino entre la realidad y la ficción –que sí tienen protagonismo en sagas nórdicas medievales– y que la televisión ha hecho célebres a través del personaje de Lagertha de la serie Vikingos. No faltan los dioses y los demonios, los monstruos y los Berserker, de los que pronto hablaremos en «Dentro del Pandemónium»… Un completo repaso, lleno de guiños cinematográficos y culturales, por los pueblos del Norte. La web de la editorial:

Armas «Milagrosas» del Tercer Reich (III)

Aviones a reacción, un cañón sónico y otro solar, prototipos “OVNI”, una supuesta bomba atómica e incluso un arma eléctrica basada en el Martillo de Thor. Los ingenieros y científicos nazis desarrollaron un arsenal bélico que parecía cosa del futuro, varias décadas adelantado a su tiempo. Un increíble repertorio de «Armas Milagrosas» que pudo haber cambiado el curso de la guerra, y de la historia.

Óscar Herradón ©

¿Qué sucedió cuando los bombarderos aliados de la RAF destruyeron las instalaciones de Peenemünde? Los proyectos de «Armas Milagrosas» no se detuvieron, ni mucho menos, y los nazis continuaron innovando en este campo, esta vez en laboratorios construidos en búnkeres bajo tierra que no podían localizar los rastreadores enemigos.

Aunque no todas las instalaciones fueron destruidas –el llamado «túnel del viento», la planta de medición y los terrenos de prueba, quedaron intactos–, la Operación Hidra retrasó notablemente el proyecto y obligó a trasladar las investigaciones y a algunos de sus más brillantes científicos a otro lugar secreto para continuar la lucha a la desesperada.

Laboratorios bajo tierra

Los bombardeos aliados contra Hamburgo, o las fábricas de cojinetes de Schweinfurt y las de Peenemünde citadas, obligaron a trasladar los equipos de investigación hasta Nordhausen, en Turingia, en el interior de las montañas Hartz, donde la empresas Mittelwerk GmbH se dedicaría a fabricar y montar las bombas voladoras V-1 y los cohetes V-2, así como motores de propulsión para los aviones Messerschmitt 262 –el primer avión de combate a reacción del mundo en estar en servicio– y otros modelos vanguardistas.

Me-262 (USAF, Wikipedia)

Las nuevas instalaciones fueron situadas una caverna de 23 metros de altitud, construida ex profeso para aquella tarea. Los presos del campo de concentración cercano de Mittelbau-Dora, que hoy permanece en pie como museo del horror, fueron trasladados hasta su interior y utilizados como mano de obra esclava. Llegaron a trabajar allí hasta 20.000 hombres en régimen de esclavitud. En la impresionante instalación secreta de Nordhausen se fabricaron más de 30.000 proyectiles V-1, de los cuales al menos una quinta parte cayó sobre Londres.

Hasta finales del verano de 1944, la fábrica consiguió permanecer oculta a los aliados gracias a que todas las entradas y conductos de ventilación estaban eficazmente camuflados y los misiles, una vez fabricados, eran cargados en grandes camiones o en vagones de tren dentro de los mismos túneles, de donde partían las vías hacia la red ferroviaria alemana hasta llegar a las bases de lanzamiento, situadas cerca del Canal de la Mancha. En diciembre de 1944, la fábrica subterránea había producido un total de 1.500 V-1 y 850 V-2, por lo que comenzaron a ampliar su superficie excavando nuevos túneles, uno de ellos destinado a una fábrica de oxígeno –necesario porque era uno de los combustibles empleados por los V-2–, una nueva fábrica de motores de avión y una refinería para producir petróleo sintético.

Cuando la derrota era inevitable, se habían lanzado sobre Londres unos 1.403 misiles que acabaron con la vida de 2.754 personas y causaron 6.532 heridos y también sobre otros objetivos, como Amberes, donde cayeron 1.214 misiles. De haber contado con más tiempo, el V-2, unido a otros diseños y armas «milagrosas» nazis, habrían sin duda influido de forma decisiva en el desenlace de la guerra. El 11 de abril de 1945, las tropas norteamericanas llegaron a los túneles, liberaron a los prisioneros –que habrían muerto si se hubiera dado vía libre al plan de bombardear las cuevas con napalm, que se barajó– e inspeccionaron minuciosamente el lugar antes de dejarlo en manos de los soviéticos, haciéndose, casi con seguridad, con importantes y secretos diseños de última generación.

Campo de concentración de Mittelbau-Dora

Nordhausen no sería el único refugio subterráneo donde los nazis llevarían adelante sus proyectos técnicos y sus «armas milagrosas». En diciembre de 2014 saltaba a los medios una sorprendente noticia: «Desentierran el laboratorio nuclear de Hitler», titulaba el rotativo español El Mundo, que se hacía eco de las investigaciones del historiador alemán Reiner Karlsh, quien decía probar la existencia de varios lugares de ensayos y laboratorios nucleares, pruebas que se habrían realizado el 3 de marzo de 1945 a las 21.20 horas y en octubre de 1944. La CIA parece que también poseía información de un espía que señaló que existían varios campos de tiro e identificó la entrada a una compleja red de túneles.

Túneles que cuya existencia fue corroborada por excavaciones en una zona bastante inaccesible de la población de St. Georgen an der Gusen, que formaba parte de Alemania durante el Tercer Reich y hoy es territorio austriaco, según hacía público en el semanario Der Standard el periodista Markus Rohrhofer. Una zona que despertó la curiosidad al detectarse niveles de radiactividad excesiva y aparentemente inexplicable.

Entonces, el documentalista Andreas Sulzer, al frente de la investigación, señalaba que en base a exploraciones geoeléctricas parece que las instalaciones fueron edificadas aprovechando una cavidad de la montaña rocosa: una extensión total de más de 75 hectáreas cuyos accesos estaban sellados y rodeados de muros de granito de gran espesor; las investigaciones sobre el terreno han dividido a los expertos: algunos creen que allí ser realizaron pruebas nucleares, laboratorios que estaban conectados con el campo de concentración de Mauthausen-Gusen y la fábrica subterránea B8 Bergkristall –donde se fabricaba el Messerschmitt Me 262, mientras que otras corriente mantiene que los nazis nunca llegaron a ser capaces de construir un reactor nuclear, ni tampoco sabían cómo calcular la masa crítica de una bomba, según se determinó en las denominadas «conversaciones de Farm Hall» en 1945 tras los interrogatorios a varios científicos atómicos alemanes.

B8 Bergkristall

Y poco antes de dar forma a este reportaje, se hacía pública en Alemania la investigación del historiador Rainer Karlsch sobre unas galerías inexploradas de un búnker en Brandemburgo que pudo haber sido utilizado con fines bélicos. Aunque el polémico estudioso ya había «patinado» al sostener que los físicos nucleares habían logrado construir tres bombas nucleares, lo cierto es que las mediciones geomagnéticas parecen ahora darle la razón.

La historia cuenta que en el pequeño pueblo de Genshagen, junto a Ludwigsfelde, existían unas instalaciones de Daimler-Benz, concretamente una planta de fabricación de motores de avión. A comienzos de los años 40, en medio de la contienda, cuadrillas de trabajadores construyeron cerca de allí un complejo subterráneo que serviría de refugio antiaéreo durante los bombardeos. Pero parece que había algo más… En abril, con el avance del Ejército Rojo, un comando de las SS decidió volar los cinco accesos al búnker, «un despliegue excesivo» en palabras de Karlsch, que baraja que allí se ocultaran documentos secretos y también que al mismo fueron trasladados los materiales y proyectos que hasta entonces habían estado escondido en el espectacular castillo de Hakeburg, a unos 15 kilómetros de distancia.

El propietario de aquella antigua mansión señorial era Wilhelm Ohnesorge, ministro de Correos del Reich desde 1937 y que convirtió en su residencia después de que Hitler, en 1938, le otorgara 250.000 marcos como regalo de bodas. Ohnesorge, uno de los más entusiastas defensores de la producción de una bomba atómica, hizo construir en la finca de Hakeburg unas instalaciones de investigación y un centro de pruebas, donde un número indeterminado de científicos parece que trabajó en la construcción de material militar, precisamente en el momento de mayor auge de las denominadas «Armas Milagrosas», en los últimos meses de la guerra.

Frank Thadeusz, siguiendo la tesis de Rainer Karlsch, apunta que en dichas instalaciones se llegaron a producir verdaderos ingenios: desde aparatos de infrarrojos para visión nocturna hasta cohetes teledirigidos. A pesar de que el ministro enseñaba personalmente al Führer los maravillosos diseños que salían de sus laboratorios secretos, a éste parece que no le entusiasmaban demasiado, llegando a comentar en su círculo íntimo: «Hasta ahí íbamos a llegar, que ahora la guerra me la tenga que ganar el ministro de Correos…».

Wilhelm Ohnesorge

Sin embargo, los aliados serían poco después testigos de los avances que se habían llevado a cabo en los laboratorios armamentísticos tutelados por Ohnesorge: llegaron a fabricarse misiles antiaéreos guiados a distancia a través de monitores de televisión, algo increíble en su tiempo. Además, sus científicos desarrollaron diminutas cámaras que podían instalarse en los cohetes y convertirlos así en bombas dotadas de visión.

En las entrañas de la tierra los nazis cobijarían sus arsenales secretos que tantas décadas después del final de la guerra aún salen, de vez en cuando, a la luz, gracias al tesón de investigadores que a día de hoy continúan desempolvando los expedientes secretos del Tercer Reich, trazando un puzle cada vez más completo de aquel tiempo de verdugos y héroes, científicos y esclavos, cuya última línea aún está por escribir.  

PARA SABER UN POCO/MUCHO MÁS:

HERRADÓN AMEAL, Óscar: Expedientes Secretos de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga, 2018.

Espías de Hitler. Las operaciones secretas más importantes y controvertidas de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga 2016.

La Orden Negra. El Ejército pagano del Tercer Reich. Edaf 2011.

PRINGLE, Heather: El Plan Maestro. Arqueología fantástica al servicio del régimen nazi. Debate, 2007.

ROMAÑA, José Miguel: Armas Secretas de Hitler. Nowtilus, 2011.

WITKOVSKI, Igor: The truth about the Wunderwaffe. RVP Press 2013.

VVAA: Armas Secretas de Hitler. Proyectos y prototipos de la Alemania nazi. Tikal, 2018.

VV.AA.: Hitler. Máquina de guerra. Ágata Editorial 1997.

Armas «milagrosas» del Tercer Reich (I)

Aviones a reacción, un cañón sónico y otro solar, prototipos “OVNI”, una supuesta bomba atómica e incluso un arma eléctrica basada en el Martillo de Thor. Los ingenieros y científicos nazis desarrollaron un arsenal bélico que parecía cosa del futuro, varias décadas adelantado a su tiempo. Un increíble repertorio de “armas milagrosas” que pudo haber cambiado el curso de la guerra, y de la historia.

Óscar Herradón ©

El Tercer Reich, el mismo régimen que había puesto en jaque a las democracias occidentales y derramado ríos de sangre a su paso desde que los ejércitos de la Wehrmacht invadieron Polonia el 1 de septiembre de 1939 con su Guerra Relámpago, comenzaba a claudicar frente al avance aliado. Ya cerca del final de la contienda, llegaron al Alto Mando aliado informes muy inquietantes sobre el armamento enemigo, que era cada vez más extraño y sofisticado, por lo que comenzó a tomar forma el rumor de que existían toda una serie de Armas Maravillosas o Milagrosas (Wunderwaffe) que estaban causando grandes estragos.

Los reportes eran enviados por pilotos de bombarderos que sobrevolaban Europa y destruían las ciudades alemanas sin piedad, y también por simples soldados de infantería que contemplaban con sorpresa, en el frente, artilugios que parecían venidos del futuro. Aunque, en parte, aquello de «Armas Maravillosas» fue un mito creado y potenciado por el eficaz Ministerio de Propaganda nazi –el Promi–, comandado por el viperino Dr. Goebbels, quien ya había creado el término de «Armas de Represalia», lo cierto es que no estaba tan alejado de la realidad.

Los pilotos que hablaban de artilugios imposibles no mentían. Existieron algunos proyectos que hoy creeríamos fruto de la mente de algún conspiracionista alucinado, elementos de una novela sci-fi con toques pulp, si no fuera porque tantas décadas después por fin se han hecho públicos diversos archivos de aquel tiempo de sangre y fuego, cobijados con celo por distintos organismos aliados que se hicieron con los mejores científicos e inventos nazis en 1945.

El súper laboratorio del Báltico

En una pequeña y remota isla alemana, de nombre Usedom, en la desembocadura del río Peene, a orillas del mar Báltico, se levantaba un complejo secreto de laboratorios y campos de aviación donde los científicos nazis realizarían asombrosos avances técnicos, entre ellos, el primer misil de crucero de la historia. Se trataba de instalaciones militares fuertemente protegidas en el apacible pueblo costero de Peenemünde, donde comenzará, en medio de fuertes medidas de seguridad, la era de la aviación a reacción y los primeros pasos de la era espacial. Era una zona muy remota del país donde los alemanes podían hacer lanzamientos de misiles al mar Báltico asegurándose de que ningún espía pudiera informar a los aliados acerca de aquellas armas milagrosas. Su existencia era un secreto de Estado cuya revelación se pagaba con la muerte.

Base hoy no tan secreta de Peenemünde

Según el experto en armas Scott Marchand, los programas americanos de desarrollo de misiles durante la guerra eran muy primitivos en relación con los que los alemanes ya habían desarrollado antes de 1944. Realizaron un desarrollo aeroespacial tan avanzado que situaban a Alemania muy por delante de las demás naciones: miles de brillantes ingenieros, físicos, químicos y otros técnicos contaban con la tecnología más sorprendente en varias instalaciones del que sería conocido como el súper laboratorio del Báltico, el más moderno de Europa a pesar de la escasez a que obligaba la contienda, siendo generosamente financiado por el Tercer Reich. Su misión: desarrollar un armamento letal, armas de destrucción masiva que nadie había visto hasta ese momento, adelantándose en varias décadas a la tecnología que utilizarían más adelante, con éxito, otras potencias.

Von Braun y sus hombres del Reich

Al frente de aquel complejo se hallaba el coronel de la Wehrmacht y SS Wernher von Braun, director técnico del centro investigación, que más tarde, aunque parezca increíble, se convertiría en el padre de la aeronáutica y en un héroe en los EEUU tras su paso por la NASA. Von Braun y el mayor Dr. Walter Dornberger, experto en misiles, descubrieron la idoneidad del lugar –allí cazaba patos el abuelo de Von Braun– y se lo comunicaron a los Ministerios del Ejército y del Aire para habilitar una zona reservada para sus experimentos secretos. Bajo la pantalla de la organización propagandística nazi «Fuerza a través de la Alegría» –Kraft durch Freude–, fueron trasladados a dicha península centenares de obreros y técnicos con la misión de construir una «colonia de descanso veraniega» para los trabajadores alemanes, pero en realidad edificaron, a partir de 1937, talleres, barracones, alojamientos para los científicos y sus familias, laboratorios y zonas de prueba.

En 1939, tras haber gastado el Tercer Reich unos 300 millones de marcos, Peenemünde ya era una realizad y los científicos (ingenieros, físicos…) fueron llevados en secreto desde el polígono de pruebas Kummersdorf, en Berlín –cuyas instalaciones eran demasiado limitadas para realizar vuelos y ensayos con motores avanzados, una zona más expuesta a los espías enemigos–, en vagones de tren, hasta las nuevas instalaciones –construidas de forma muy similar al tipo de casas de otros pueblos de la zona para evitar rumores– donde comenzaría la carrera armamentística más feroz del Tercer Reich.

Cartel de «Fuerza a Través de la Alegría»

Era una metrópoli autónoma cuyo diseño había corrido a cargo de Albert Speer –con una capacidad para 30.000 científicos y  con la intención de que, una vez ganada la guerra, se convirtiese en centro espacial mundial– que contaba con instalaciones metalúrgicas, centrales eléctricas y zonas de pruebas de armamento, siendo el equivalente alemán a la base norteamericana de Los Álamos y a la soviética de Akademgorodok, el epicentro de la tecnología rusa en plena Siberia. Peenemünde sería una de las cinco instalaciones militares de pruebas que dependían de la Oficina de Armas del Ejército y sin duda en la que se desarrollaron los proyectos más innovadores.

El aspecto más siniestro del que sería conocido como Centro de Investigación Armamentística de Peenemünde fue la utilización de mano de obra esclava en la fabricación de prototipos y artefactos. Cuando los prisioneros estaban demasiado débiles para continuar, eran asesinados para que ninguno pudiese revelar los secretos de la base. Aunque los científicos no tenían la condición de prisioneros, lo cierto es que muchos fueron presionados también por los nazis con colaborar a cambio de su seguridad y la de sus familias. La Gestapo acechaba en cada esquina.

Mientras en las instalaciones que pertenecían a la Fuerza Aérea –Luftwaffe– se centraron en el desarrollo de aviones cohete y otros artefactos sorprendentes, el Ejército –la Werhmacht– puso su empeño en producir grandes cohetes de combustible líquido. Finalmente, consiguieron hacer realidad un extraño avión sin piloto propulsado por un pulsorreactor que llevaba una tonelada de explosivos y que fue bautizado como V-1, al que seguiría tiempo después el V-2 (bautizados como pomposidad por Goebbels simultáneamente como «Represalia 1» y «Represalia 2»).

Fritz Kolbe

Sin embargo, en 1943, gracias a un audaz plan orquestado por la inteligencia aliada en Londres, se consiguió identificar la zona de Peenemünde. Y se hizo, curiosamente, también utilizando una tecnología muy adelantada a su tiempo: un estereoscopio, según la BBC, a través de unas gafas especializadas –muy similares a las utilizadas en la actualidad en el 3D–, que permitieron visualizar con gran precisión desde el aire la remota ubicación de los misiles nazis; una información que los aliados conocían gracias a las escuchas a prisioneros de alto rango de la Wehrmacht retenidos en Inglaterra y a los informes enviados por uno de los mejores agentes dobles de la guerra, injustamente mancillado: el berlinés antinazi Fritz Kolbe, alias «George Wood», asistente especial del embajador Karl Ritter con acceso a información vital sobre operaciones militares.

Entre los miles de documentos que entregó, Allen Dulles, futuro primer director de la CIA –entonces operaba en una estación espía en Berna al servicio de la OSS–, señaló que había descrito los trenes blindados en los que se refugiaban algunos peces gordos del NSDAP, como Heinrich Himmler y que estaban dotados de defensa antiaérea, e informó sobre los tipos de aviones entonces desconocidos que estaban operando en el frente del Este, tanto alemanes como soviéticos.

Los pilotos aliados tomaron las fotografías en el marco de la Operación Crossbow –Ballesta–, que no fue ni mucho menos fácil: debían sobrevolar a bordo de un Spitfire –el caza monoplaza británico diseñado por R. J. Mitchell que dio una gran ventaja a la RAF– la zona alemana totalmente desarmados, pues no podían cargar con más peso que las cinco cámaras que llevaban y que lograron decenas de millones de fotos y 36 millones de impresiones.

Más tarde, con el material sobre la mesa, el mariscal sir Arthur T. Harris –también conocido como «Carnicero Harris»– planificó la «Operación Hidra» (Hydra), que durante la noche del 17 al 18 de agosto de 1943, lanzó un multitudinario bombardeo aéreo sobre Peenemünde: 598 bombarderos de la RAF dejaron caer en tres oleadas 2.000 toneladas de bombas sobre la zona, principalmente en los barracones de los científicos y los edificios de proyectos.

Wasserfall

A pesar del éxito de la operación, unos 300 pilotos ingleses fueron asesinados o detenidos al saltar de sus aparatos en llamas. Durante la operación Hidra se acabó con la vida de cientos de científicos de Hitler, entre ellos el director de la base, el general Wolfgang von Chamier-Gliczinski y el Dr. Thiel, decisivo en el desarrollo del motor A-4, y que a punto estuvo de hacer realidad un arma supersónica basada en la figura aerodinámica del misil balístico V-2, el Wasserfall –«Caída de Agua»–, contra la que probablemente los aliados no hubiesen tenido defensa alguna. Otro artilugio cuasi futurista.

El martillo eléctrico del Reichsführer

Obsesionado por el martillo de Thor –Mjolnir– del que hablaban los mitos nórdicos que le habían fascinado desde niño, distorsionando, junto a las teorías raciales, su visión de la realidad, se sabe que Heinrich Himmler ordenó a miembros de su Orden Negra –las SS– que lo buscaran, asunto corroborado en una carta que aún se conserva y que está rubricada por el propio Reichsführer-SS; debían hacerlo a través de la Deutsches Ahnenerbe o «Sociedad Herencia Ancestral Alemana», cuyo fin era rastrear cualquier vestigio del pasado ario en el mundo conocido. Junto al Mjolnir, distintas expediciones más sonadas de SS irían tras la pista del Santo Grial, la Mesa de Salomón, la escritura de los antiguos arios o la Lanza del Destino, llegando incluso hasta el lejano Tíbet o hasta tierras islandesas.

Pero cuando era evidente que el frente del Este acabaría finalmente con el poderío nazi en Europa, Himmler se autoconvenció –lo que puede darnos una idea de hasta qué punto llegó a desvirtuar el mundo que le rodeaba– de que el arma mágica del Dios del trueno nórdico, el martillo letal que fulminaba a sus enemigos del que hablaban los Eddas, era en realidad un complejo artilugio basado en la electricidad que habrían desarrollado los antiguos arios. Sin duda, se había dejado influir poderosamente por los escritos de Rudolf John Gorsleben y otros ariosofistas.

Ahora, destinaría todos sus esfuerzos a desarrollar una máquina que utilizara ingeniería eléctrica, una versión moderna del «Martillo de Thor» que sirviera para asestar un último golpe mortal, cual héroe nórdico en gesta final por su pueblo elegido, a la amenaza del «bolchevismo judío».

Eddas

Como una de sus últimas extravagancias, a las que tan acostumbrados tenía a sus subordinados, transmitió a la Oficina Técnica de las SS la descabellada propuesta para la construcción del arma eléctrica «milagrosa» que salvara a la gran Alemania de las garras de sus adversarios «subhumanos», utilizando si era necesario los últimos avances en fisión nuclear que en 1942 debatían los miembros del Consejo de Investigación del Reich como una posible vía para la construcción de la bomba atómica nazi, un proyecto que nunca fructificó debido a su alto coste y a la dificultad para llevarlo a la práctica, a pesar de la insistencia del entonces Ministro de Armamento del Reich, Albert Speer, por convencer a Hitler de destinar importantes fondos al asunto. Pero Hitler quería resultados casi instantáneos, y el avance aliado no permitía dedicar un tiempo que no tenían a la experimentación que, por otra parte, se estaba llevando a cabo también en la base blindada de Los Álamos, el denominado Proyecto Manhattan, precisamente comandado por un norteamericano de origen judío y ascendencia alemana, Robert Oppenheimer. Paradójicamente, cuando los nazis ya habían paralizado casi por completo las investigaciones en este sentido, los aliados pensaban que Hitler estaba a punto de tener lista una bomba atómica, lo que aceleró los trabajos de los yankees.

Volviendo al «conductor eléctrico del dios del trueno», Himmler recurriría a varias empresas para que realizaran un diseño del artefacto, y sería la oscura empresa Elemag, según la periodista Heather Pringle, quien le presentó un proyecto para su construcción en noviembre de 1944. Según sus expertos, se podía emplear tecnología actual para construir un arma capaz nada menos que de transformar «el material aislante de la atmósfera en un conductor eléctrico»; a través de un complejo proceso, los ingenieros de Elemag pretendían lograr esto con la intención de bloquear la señal de todos los aparatos eléctricos de los aliados, desde frecuencias de radio a controles remoto.

El Reichsführer se mostraba eufórico con el proyecto de su arma definitiva, su nuevo “Martillo de Thor que se abatiría implacable sobre las fuerzas enemigas; llegó a transmitirle a su masajista, Felix Kersten, su confidente entonces, que «Muy pronto empezaremos a usar nuestra última arma secreta. Y eso cambiará completamente la situación de la guerra». Kersten dejaría por escrito la estupefacción que le causaron las palabras de su superior años más tarde: «El país estaba en ruinas, el bombardeo era cada vez más intenso, Alemania estaba casi derrotada, ¡y Himmler hablaba de victoria! Apenas podía creer lo que oía».

Cuando los técnicos de las SS, tras analizar minuciosamente los bocetos del conductor eléctrico presentados por Elemag, comunicaron a Himmler que aquello era inviable, apenas una fantasía para la que Alemania no tenía medios, y mucho menos en el estado de avanzado desgaste y escasez en los que la guerra había sumido al país, éste no quiso aceptarlo, y recurrió también al jefe de la oficina de planificación del Consejo de Investigación del Reich, el mismo que había realizado las investigaciones con uranio enriquecido, en busca de una segunda opinión, quien le corroboró la imposibilidad de llevar a cabo tan gigantesco y fantástico proyecto.

Con Berlín bombardeado por las fuerzas aliadas y el ejército soviético apostado a apenas 100 kilómetros de la capital alemana, a Himmler ya sOlo le quedaba intentar sellar una alianza con el enemigo como única forma de mantener en pie «Reich de los Mil Años» que ya era incapaz de sostenerse. Ningún arma milagrosa, ni los dioses atávicos de la mitología nórdica, ni siquiera el ardor guerrero que creía le transmitía el emperador Enrique I, su avatar en la imaginería fantástica que se había forjado a lo largo de los años, podían ya salvarle a él ni a su Orden Negra, trasunto siniestro de la Alemania «purificada y superior», de la derrota a manos del adversario.

Si en torno a Himmler todo había sonado extravagante desde sus primeros tiempos en el poder, cerca del desastre final adquiría ya tintes estrafalarios que dejaban entrever la incompetencia en el campo militar del que había sido, por otra parte, un excelente burócrata y organizador del aparato de terror nacionalsocialista.

Este post continuará.

PARA SABER UN POCO/MUCHO MÁS:

HERRADÓN AMEAL, Óscar: Expedientes Secretos de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga, 2018.

Espías de Hitler. Las operaciones secretas más importantes y controvertidas de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga 2016.

La Orden Negra. El Ejército pagano del Tercer Reich. Edaf 2011.

PRINGLE, Heather: El Plan Maestro. Arqueología fantástica al servicio del régimen nazi. Debate, 2007.

ROMAÑA, José Miguel: Armas Secretas de Hitler. Nowtilus, 2011.

WITKOVSKI, Igor: The truth about the Wunderwaffe. RVP Press 2013.

VVAA: Armas Secretas de Hitler. Proyectos y prototipos de la Alemania nazi. Tikal, 2018.

VV.AA.: Hitler. Máquina de guerra. Ágata Editorial 1997.