La Marca del Maligno (I)

Es una figura intemporal que causa temor allá por donde pasa pero que, a su vez, goza de una legión de seguidores. Con diversas máscaras e identidades a lo largo de la historia y las distintas culturas, el mal se humaniza adquiriendo su forma y tentando a las almas más endebles con sueños de dinero y poder. El diablo, y sus múltiples rostros, ha dejado señales de su existencia que van más allá de meras leyendas. En numerosos lugares aún puede verse y sentirse… LA MARCA DEL DIABLO

Óscar Herradón ©

Agazapado en las sombras, silente –salvo cuando toca el violín–, puede permanecer horas, días y a veces siglos a la espera de una nueva presa, un incauto con ínfulas de grandeza, con sed de enriquecerse en un abrir y cerrar de ojos o de alcanzar la tan ansiada inmortalidad prometida –en vano– por los viejos alquimistas. Le gusta estampar su rúbrica en rojo sangre sobre un grimorio medieval, o su impronta –ya sea la mano o el pie, o más bien la pezuña– sobre el suelo y la piedra de una catedral.

El caso es que, sea cual sea el verdadero origen de su nombre, o si las primeras religiones monoteístas, como el judaísmo, lo adaptaron –y desvirtuaron– de cosmogonías anteriores, lo cierto es que el diablo, Satanás, la Bestia, Lucifer, y en pueblos lejanos Abbadon, Rakhasha, Asura, Vetala… tiene tantos nombres como adeptos, objetos y cultos de un rincón a otro del planeta. Es, por utilizar terminología contemporánea, una suerte de rock-star, más célebre aún que aquellos músicos a los que el folclore atribuye un pacto con el mismo para alcanzar «fortuna y gloria», como decía Indy.

No vamos a realizar un sesudo recorrido antropológico por el origen del mal, el infierno o los ángeles caídos, en cuya historia ya hemos gastado mucha tinta, sino a seguir la pista del «maligno», su fétido aliento y su dañina mirada y a conocer de primera mano los múltiples objetos, enclaves y obras que se atribuyen a su pérfida acción. Allí donde ha quedado grabada a fuego, desde tiempos antiguos, la Marca del Diablo

Los múltiples rostros del maligno

Aunque el miedo al diablo pueda parecer cosa del pasado, pergaminos amarilleados de un grimorio medieval escrito con una mezcla de fanatismo y temeridad ante Dios, lo cierto es que sigue estando muy presente en diversas formas en todo el mundo, tanto, que ahora se le rinde culto en iglesias edificadas ex profeso por grupos luciferinos y el Vaticano ha visto aumentar el número de demandas de exorcismos entre la población.

En la era de la tercera revolución industrial o científico-tecnológica, todavía se descuartiza a personas en África para fabricar amuletos y hacer pociones «mágicas» –principalmente a los albinos, una de las mayores aberraciones de estos tiempos–, en la India se considera que algunas enfermedades mentales o deformaciones son causa de la acción de los «demonios» y, en los países de este mal llamado primer mundo, donde no suelen ser la miseria y el analfabetismo los desencadenantes de la superstición, se realizan exorcismos en grupo que, en ocasiones, acaban en verdaderas desgracias …

Por su parte, la arqueología no deja de sorprendernos con nuevos hallazgos que nos descubren que el miedo al diablo, al demonio, a sus acólitos o a seres malévolos en general, está presente en todos los pueblos desde tiempos inmemoriales, como el descubrimiento en 1994 de representaciones de seres demoníacos y animales protectores en el que podría ser el primer santuario de la historia, Gobekli Tepe, en Turquía.

Más reciente fue un sorprendente hallazgo de 2014, cuando un grupo de arqueólogos ingleses, al levantar los tablones de una mansión abandonada y semiderruida en el condado de Kent, de nombre Knole, encontraron el lugar donde se grabaron líneas entrecruzadas talladas y símbolos indicativos de una «trampa para demonios».

Según Rossell Hope Robbins, los primeros cristianos no siempre concebían al diablo bajo forma humana. En la Vida de San Antonio, obra atribuida a Atanasio alrededor del año 360 d.C., los diablos aparecen bajo múltiples formas, entre ellas las de un muchacho negro y un hombre de gran envergadura. Hacían su aparición ante los aterrados testigos como «¡una bestia parecida a un hombre con patas como las de un asno!», y también como leopardos, osos, caballos, lobos y escorpiones. Curiosamente, para éstos estaban prohibidas –según el texto– las formas de la paloma y el cordero, símbolos de santidad. Era habitual que los diablos se transformaran con frecuencia, «adoptando la forma de mujer, bestia salvaje, seres reptantes, cuerpos gigantescos y legiones de soldados… otras veces asumían el aspecto de monjes y hablaban como hombres santos». Con los siglos, adoptaría formas más sutiles y actuaría de forma menos pendenciera, pero igual de letal…

Siguiendo la Vida de San Antonio, la aparición de los diablos solía ir precedida por un gran estruendo, «con ruidos y gritos como los que hacen los jóvenes toscos o los ladrones», o con «gemidos de niños, aletear de bandadas de pájaros, mugir de bueyes… el rugido de leones, el clamor de un ejército». El propio Atanasio dejaba constancia escrita de que estos seres entraban y salían a voluntad por puertas cerradas, a veces despedían un hedor repugnante, y por su parte san Hilario, con un agudo olfato, aseguraba ni corto ni perezoso que podía «distinguir por el olor de los cuerpos y las ropas (…) qué demonio importunaba al hombre» Esta imagen penetraría con fuerza en el imaginario colectivo de Occidente.

Contenedores de Demonios

La idea de atrapar y confinar a las fuerzas del mal en un “contenedor” u objeto se lleva intentando, de una forma u otra, desde tiempos pretéritos. Cuenta el grimorio anónimo del siglo XVII La Llave Menor de Salomón que el rey Salomón, gran conocedor de la magia, invocó y encerró a nada menos que 72 demonios de alta graduación en una vasija de bronce que selló con símbolos cabalísticos, obligándoles a trabajar para él. Ya en el Antiguo Testamento se menciona que el majestuoso Arcángel Miguel le dio al citado rey un anillo «inscrito con un sello mágico y llamado el Sello de Salomón», que aparentemente le daría el poder de controlar demonios.

Caja Dybbuk

Sería una de las primeras referencias históricas sobre el uso de lo que se ha dado en llamar «contenedor sobrenatural», y que puede que sea también el origen de la caja Dybbuk del judaísmo. Un objeto –aunque también puede ser un ser vivo– que serviría como envase para encerrar a un ser sobrenatural y que éste no pueda hacer ningún mal. Entre los siglos III y IV de nuestra era, los caldeos, los zoroastrianos y los judíos solían utilizar cuencos de terracota rebosantes de hechizos mágicos que después enterraban boca abajo en las esquinas de los cimientos. Se creía que estos cuencos protegían o atrapaban el mal en sus múltiples y espeluznantes formas, como demonios y espíritus malignos.

Pero no es algo particular del judaísmo, el cristianismo o sectas afines; otras culturas tenían objetos similares destinados a espantar o recluir entidades demoníacas, como los «ojos de Dios» de América Central, los Atrapasueños de los nativos norteamericanos, los árboles heint de América del Sur, con botellas en las que los demonios, al no poder evitar entrar –no sabemos muy bien por qué– quedaban atrapados; e incluso en el Tíbet se elaboraban trampas para demonios con cráneos de carnero.

En la Edad Media, cuando comienza la salvaje caza de brujas, la obsesión por los demonios –de todo tipo y pelaje– se dispara, y también se hacen célebres la trampas demoníacas, consistentes en símbolos que supuestamente atraían la curiosidad de un demonio y luego eran sellados mediante una especie de ciclo infinito.

Y sería común en la Europa de los siglos XVI y XVII, el uso de trampas espirituales conocidas como «botellas de brujas» que servían –dicen– para capturar espíritus. Dichas botellas se llenaban con pelos, uñas y otras sustancias como sangre u orina –una suerte de señuelo para hacer creer al demonio, algo ingenuo él, que se trataba de una persona real–, y por lo general se cocían; cuando estos seres entraban en la botella, ésta se cerraba herméticamente, acompañada de vidrios y espejos para mantener encerrado al demonio y luego se quemaba, generalmente cerca de un río. La mención más antigua sobre este objeto la encontramos en un libro sobre brujería escrito en Inglaterra en 1680, aunque se cree que su antigüedad es mayor.

Hellboy, el «demonio rojo» de Mignola

En la ficción, el «contenedor sobrenatural» es un recurso bastante utilizado. Por citar un ejemplo del gusto de quien esto escribe, en la saga Hellboy de Mike Mignola, el demonio Samael permaneció encerrado dentro de la estatua de un santo hasta que fue revivido. Por cierto, sumergirse en las páginas de esta saga es algo que supongo que todo amante del cómic y de lo sobrenatural ya habrá hecho hace unos veinte años, pero si no es así, invito con vehemencia a hacerlo a todo neófito.

Norma Editorial publica en castellano los títulos que en EEUU lanza Dark Horse Comics. Desde los volumenes en rústica a los de tapa dura hasta lujosos volumenes en cartoné de Hellboy Integral, AIDP Integral –la Agencia para la Investigación y Defensa Paranormal en la que trabaja el «demonio rojo», en inglés BRDP– y desde hace poco la saga Abe Sapien en formato completo. Sus últimos títulos han sido AIDP. Demonio conocido 2. Pandemónium –me encanta el subtítulo– y AIDP Integral 7.

Y hablando del Malingo en estado puro, Mike Mignola –creador de Hellboy y otro largo abanico de (monster)héroes–, en colaboración con Johnson-Cadwell, Warwick, extiende un spin-off de este universo: Nuestros encuentros con el mal, que también acaba de publicar este mismo mes Norma Editorial, donde recupera a los personajes de El Sr. Higgins vuelve a casa. Con la ayuda de otra intrépida cazadora de vampiros, la señorita Mary Van Sloan el profesor J. T. Meinhardt y su ayudante el Sr. Knox continúan su lucha incesante contra no muertos, hombres lobo y otros horrores difíciles de explicar y que uno tiene que ver.

Volviendo tras este breve impás a las «botellas de brujas», lejos de pensar que esta práctica es algo del pasado, hoy en día hay gente que continúa fabricándolas, principalmente en el ambiente New Age, vendiéndose, incluso, por Internet a golpe de tarjeta. Se elaboran con jarras de cristal y en lugar de orina o sangre, introducen en el recipiente vinagre o vino purificador, añadiéndole agujas y clavos o incluso hojas de afeitar oxidadas, inciensos, flores, cenizas o monedas… Tras su sellado con cera o con lacre suelen ser enterradas en el jardín de la casa o en una maceta, siempre con el cuello de la botella o jarra hacia abajo.

V-Wars (Drakul)

Y si lo que queremos es acercarnos a unos de los grandes colaboradores del maligno desde tiempos pretéritos, los vampiros, nada mejor que sumergirnos en las páginas del cómic que ha inspirado una de las series de Netflix: V-Wars, editado por Drakul, cosecha de uno de los autores superventas del New York Times, Jonathan Maberry , junto con Alan Robinson y el artista visual Jay Fotos, un primer volumen que recopila los números 1 al 5 de la novela gráfica.

Con un dibujo descarnado y violento, y unos personajes muy bien perfilados, no es la típica historia post-apocalíptica, pues en ella se entreteje también una trama de intriga política y se aprecian claros elementos del género bélico. Como sucede con la exitosa e interminable The Walking Dead, según avanza el relato se evidencia cómo planea en el ambiente el miedo, los extremismos, la intolerancia e incluso el racismo; el hombre mucho más peligroso que la criatura. Sin embargo, personalmente me parece más adictiva que la saga creada por Kirkman y Moore.

La trama cobró todavía más interés con el trágico estallido de la pandemia de Covid que mostró lo vulnerables que somos los seres humanos a los virus (aunque éstos no nos conviertan, por suerte, en no muertos), al que se une el implacable azote del cambio climático. El deshielo del Ártico ha liberado un virus muy contagioso que desata una pandemia global que convierte lo que hasta entonces era un mito de algunos pueblos en una terrible realidad: el vampirismo. Para luchar contra la mayoría de personas cuyos genes han mutado en este sentido, convirtiéndose en criaturas depredadoras ansiosas de sangre fresca, el presidente de los sempiternos Estados Unidos contrata al profesor universitario Luther Swann, especialista en estas criaturas y toda la mitología –ahora realidad– que las envuelve. Sin embargo, el propio gobierno USA parece estar detrás de una compleja conspiración política en la que el investigador se verá envuelto.

Toda una guerra «sobrenatural» en la que se evidencia un discurso antibelicista (por parte no solo de humanos, sino también de algunos vampiros) y una advertencia sobre lo que puede avecinar un futuro no muy lejano. Una nueva lectura sobre la corrupción, la destrucción del planeta, las enfermedades y los miedos ancestrales compartidos por todos los pueblos.

He aquí el enlace para adquirir este sangriento volumen:

https://www.drakul.es/component/virtuemart/v-wars-1-la-reina-escarlata-detail

Este post continuará… al capricho del Innombrable.

Los Warren: su historia contada por ellos mismos

Me apasiona el cine de terror. No es extraño teniendo en cuenta el nombre del blog «Dentro del Pandemonium». El cine de terror bueno, añadiría, cual cinéfilo –o más bien cinéfago– pedante, que soy un poco…

Óscar Herradón ©

…pero, ¿cuál es el bueno? También disfruto con el cine de serie B, y con el de serie Z… y otro más inclasificable, y no son cintas que gocen precisamente de una posición envidiable entre la crítica más exigente –no así entre el público, menos encorsetado y sometido a los cánones de lo «políticamente correcto»–. En las próximas líneas no entraré en esa discusión que daría para varios post y de la que otros de mis colegas de profesión saben mucho más, infinitamente más.

Comienzo así esta entrada porque lo cierto es que hacía años que me daba pereza visionar nuevos lanzamientos del género (con numerosas aristas que escapan a dicha clasificación, insisto) porque, salvo una o dos excepciones, me parecía más de lo mismo, abuso de las nuevas tecnologías, los primeros planos o los travelling hasta volverte loco, de lo que ya se había hecho en este campo.

Es más, sigo disfrutando mucho más viendo El Exorcista de Friedkin o La Profecía de Donner –sí, lo reconozco, algo de nostalgia– que de estar a la última en cintas slasher, de zombies y derivados, algo imposible ahora que las plataformas de streaming te ofrecen un catálogo infinito, producciones propias incluidas. Y eso que ver, veo unas cuantas.

Cine de terror de nuevo cuño

Hace unos años, no obstante, y cuando aún no pegaban tan fuerte, al menos en España, HBO y otras, ni se oía hablar de Netflix o Amazon Prime, y tras negarme a ir al cine casi por convicción personal a ver algo que llevase el marchamo de «terrorífico» en el cartel, decidí ver en DVD Expediente Warren: The Conjuring, del malayo-australiano James Wan.

Sabía, por supuesto, que aquella cinta se basaba en unos personajes de carne y hueso que conocía bien de mis muchos años trabajando en el periodismo llamado «de misterio», en la redacción de mi añorada revista ENIGMAS y en las filas de Año/Cero. Pero aparte de eso, no esperaba mucho de un título de gran presupuesto con el sempiterno recurso de «basado en hechos reales» que explotaban hasta la saciedad los telefilmes y las cintas generalmente limitadas al servicio del espectáculo en los que aquella historia «real», gerny las cintas generalmentedesvirtuados en los que aquella historia «real saciedad los telefilmes y las cintas generalmente» se desvirtuaba por completo. No fue el caso.

No es Expediente Warren una de mis películas favoritas, pero me gustó bastante, y desde ese momento puse el foco en el trabajo de Wan y seguí con atención su ristra de secuelas, precuelas y spin-off… que, todo hay que decirlo, ya saturan. A Expediente Warren le siguió una secuela muy loable, a la misma altura de la primera cinta, y aún más inquietante, también inspirada en los periplos de esta pareja de investigadores del misterio de la que enseguida hablaré: El Caso Enfield se basaba, pues, en «hechos reales» –que fuesen fruto de una manipulación o no es algo que no me compete, ni tampoco me importa en este caso– sobre unos estremecedores fenómenos poltergeist que de forma continuada acosaron a una familia de clase trabajadora en la Inglaterra de finales de la década de los setenta.

Pues bien, ahora podemos conocer mucho mejor la trayectoria vital del matrimonio formado por Ed y Lorraine Warren gracias a la publicación de sus obras en castellano por Ediciones Obelisco, títulos fascinantes –seamos crédulos o escépticos a más no poder– que hasta ahora solo era posible devorar en inglés. Escepticismo y acusaciones de fraude aparte, esta pareja de norteamericanos investigó durante nada menos que cincuenta años más de 4.000 casos relacionados aparentemente con lo sobrenatural, algunos tan sonados que removieron conciencias y sacudieron la prensa de la época –por supuesto con una ristra de acólitos y aún mayor de detractores– y que son la base de las citadas películas y algunas otras que no forman parte del repertorio productivo de Wan, quien elevó al matrimonio de demonólogos al nivel de superestrellas.

Ed y Lorraine Warren en tiempos no tan mozos

Pioneros y valientes para quienes creen en el más allá y lo sobrenatural, o al menos lo temen –la actitud más recomendable–, gracias a la saga cinematográfica los Warren, ya conocidos, como digo, en los ambientes del misterio, saltaron a la fama internacional, trascendiendo con mucho los límites de su Connecticut natal.

Lucha a muerte contra las fuerzas del mal

Ed Warren no llegaría a ver la adaptación a pantalla grande de sus (des)venturas con el otro lado, y no disfrutaría del éxito que sí experimentó unos cuantos años su esposa. Ed murió el 23 de agosto de 2006 tras sufrir un accidente cerebro vascular en su mítica casa rural. Lorraine, por su parte, moría hace relativamente poco, en abril de 2019, a los 92 años, tras haber hecho mil y una entrevistas gracias al empujón mediático de la saga.

Annabelle, la joya de la corona

En The Conjuring tiene gran relevancia el museo de «objetos malditos» del matrimonio, sito a buen recaudo –o no tanto– en el sótano de su hogar de Connecticut. Un museo de los escabroso y lo singular que existe realmente y que, a pesar de los caprichos de los diseñadores de producción –como en el caso de la réplica de la famosa muñeca Annabelle–, se muestra bastante fiel al verdadero. Una colección digna de la AIDP de Mignola, pero real, en la que se dan la mano el espejo «maldito» de la Plantación Myrtles, pedazos de la lápida de la bruja Bathsheba Sherman –responsable al parecer de los terribles sucesos en Rhode Island–, el vestido de novia «embrujado» de la difunta Anna Baker o el inquietante muñeco Shadow, entre mil y un artefactos recogidos por sus viajes por medio mundo.

Y al fondo, dentro de una vitrina de cristal con candado y la advertencia «¡No abrir!» («Warning! Positively do not open»), la estrella de la corona: la muñeca Annabelle, con muy poco parecido a la aterradora figura con ecos de ventriloquía de las cintas, una muñeca de trapo enorme, marca Raggedy Ann, que fue creada en 1915 por Johnny Gruello y luego comercializada con mucho éxito. Muy risueña y de tosco diseño, pero casi más aterradora que la de la película, y eso sin conocer previamente su historia –ver imagen–. Se haría tristemente célebre en 1968 cuando Donna, una estudiante de enfermería, la recibió como regalo de su madre. La joven, que vivía con su compañera Angie y que verán cómo la inquieta Annabelle cambia de postura y lugar sin que nadie la toque y empieza a causar un verdadero quebradero de cabeza a las chicas, cada vez más desesperadas. Tras solicitar, sin mucho éxito, la ayuda de un sacerdote, aparecieron los Warren, que estaban convencidos –y lo estarían hasta su muerte– de que en la muñeca moraba un espíritu maligno que pretendía poseer a la desdichada Donna. Tras combatir el mal, la encerraron en su Museo del Ocultismo.

Un romance atípico

Ed y Lorraine, que se conocían desde los 16 años, se casaron en un momento de permiso del primero, que combatía nada menos que en Europa en la Segunda Guerra Mundial, y Lorraine no tardaría en desarrollar su «don», afirmando, como se muestra en las películas con el rostro de la actriz Vera Farmiga, que encarna a la demonóloga, que era capaz de saber si una casa estaba o no encantada, entablando contacto con entidades espirituales y fantasmas y experimentando una suerte de revelaciones que han dado, y siguen dando, mucho que hablar. Era médium y clarividente. Casi nada. Así se complementaba con Ed, quien afirmaba también ser capaz de ver fantasmas –aunque no interactuar con ellos– y comenzó la historia de amor más prolífica del mundo de lo paranormal.

En 1952, ya con cierto renombre, fundaron la Sociedad para la Investigación Psíquica de Nueva Inglaterra –NESPR por sus siglas en inglés–, que sería la primera fundación dedicada ex profeso a investigar fenómenos paranormales, en palabras de Ed Warren, «a investigar fantasmas y a buscar demonios». Luego vinieron sus grandes investigaciones, que se recogen en los films y con mucho más detalle en los libros recientemente editados en castellano y que desmenuzo –grosso modo– en las próximas líneas.

Sus investigaciones más notables, en sus propias palabras

Uno de los casos estrella investigado por los Warren y que ya fue llevado al cine con cierto éxito en 1979, apenas tres años después de los sucesos, y que ha tenido varios remakes, a cual más mediocre, fue el que tuvo lugar en la ya celebérrima casa de estilo colonial sita en el 112 de Ocean Avenue en la localidad estadounidense de Amityville en 1976. Los hechos se narran en Cazadores de Fantasmas (Obelisco, 2019), un libro publicado con la colaboración del periodista Robert David Chase, que reúne otras investigaciones como las que dieron lugar a Expediente Warren y también a Annabelle y sus juegos caprichosos.

En La Casa Embrujada, editado por Obelisco en febrero de este año, en colaboración con el periodista Robert Curran, Ed y Lorraine Warren cuentan la historia que vivieron en casa de Jack y Janet Smurl en West Pittston, Pensilvania (EEUU): una infestación aterradora que incluía, según los testigos y más tarde los investigadores, sonidos, olores y apariciones inexplicables. Tras instalarse allí, los Warren declararon que la casa estaba «ocupada por tres espíritus menores y también por un demonio» que aparentemente abusó sexualmente del matrimonio Smurl, en una historia que recuerda a la cinta El Ente, también basada –supuestamente, como siempre– en hechos reales, los escalofriantes sucesos experimentados por Carla Moran, que en la película de 1982 era interpretada por una bellísima y atormentada Barbara Hershey.

La sinopsis de La Casa Embrujada no puede ser más atractiva –o aversiva si eres miedoso–: «Insoportables olores de matadero. Ruidos ensordecedores. Una criatura con pezuñas que recorre el pasillo. Ataques físicos, despiadados estrangulamientos, exorcismos fallidos, súcubos… y el terror definitivo que continúa atormentado a la familia Smurl».

En El Cementerio. Apariciones reales en un antiguo cementerio de Nueva Inglaterra, escrito en colaboración también con Robert David Chase, recogen hechos sobrenaturales investigados en camposantos como el de Unión o el de Hillpointe, ambos en dicho estado norteamericano, a través de la Sociedad para la Investigación Psíquica de Nueva Inglaterra: desde aterradores «demonios sexuales» y apariciones fantasmagóricas a historias de venganza de ultratumba. Nada menos.

El último libro editado, En la Oscuridad, al que los Warren dieron forma con la colaboración de Carmen Reed, Al Snedeker y Ray Garton, se centra en la historia del caso más aterrador de posesión demoníaca que azotó los EEUU y que serviría de base para el argumento de otra película que no forma parte de la saga Wan: Exorcismo en Connecticut, dirigida en 2009 por Peter Cornwell. El ensayo recoge aquellos hechos: los que experimentó otra familia más, en este caso los Snedeker, cuando se mudaron a una nueva casa que había sido una antigua funeraria –algo que desconocían–: siniestras presencias, incidentes salvajes, oscuras fuerzas supuestamente «infernales»… una historia sobrecogedora que tuvo lugar en 1986 y que consistió, según los autores, en una infestación demoníaca.

Lo dicho, los Warren desde su propia óptica, con sus palabras en un testimonio de primera mano que puedes amar u odiar –también no creer–, pero que no te dejará indiferente. Para echarse a temblar.

La ubicación del Museo del Ocultismo de los Warren: 30 Knollwood St, Monroe, CT 06468, United States.

La brujería en la Inglaterra Isabelina

Fue un tiempo de modernización del que acabaría convirtiéndose en un gran imperio, pero el gobierno de la llamada Reina Virgen no escapó a la superstición y el miedo, extendiendo la brujomanía –que en los países del orbe protestante era más feroz que en los países católicos– y la persecución de las artes mágicas en las islas británicas.

Óscar Herradón ©

A Isabel I, que daría los primeros pasos para convertir Inglaterra en una gran potencia, le tocó vivir una época conflictiva, políticamente tumultuosa. Digna sucesora de su padre, Enrique VIII, cuya memoria veneraba –a pesar de que había ordenado la ejecución de su madre, Ana Bolena–, reinstauró el anglicanismo que había derribado su hermana, la católica María Tudor, a la muerte de ésta, y su reinado supuso un periodo de gran avance en numerosos campos y también en la cultura y las artes. No obstante, y teniendo en cuenta la época que le tocó vivir, el siglo XVI, la llamada Reina Virgen –por la ambigüedad sexual y la falta de descendencia– no se vio exenta del miedo al maligno, a la superstición y a la brujería, llevando a la «pérfida Albión» a una persecución notable de la heterodoxia.

Aunque en Inglaterra el número de acusadas de brujería y ejecutadas por ello sería mucho menor que en el Viejo Continente –apenas alcanzaba, además, la cuarta parte que en Escocia, entonces católica–, y los métodos de tortura estaban estrictamente prohibidos por la Corona, Isabel I promulgó en 1563 una ley aprobada por el Parlamento y cuyo título rezaba: Ley contra los conjuros, de la hechicería y brujería. Se prohibía el conjuro de espíritus malignos para cualquier fin; se prohibían los presagios acerca del paradero de bienes robados y tesoros ocultos –una práctica muy arraigada entonces–, las hechicerías amorosas y perjudicar a través de sortilegios el ganado, los bienes ajenos o provocar enfermedades en el prójimo.

Walsingham

Aquel que cometiera tales delitos por primera vez sería recluido durante un año y expuesto al escarnio público; y aquellos que, por parte de encantamiento, causaran la muerte de una o varias personas, serían condenados a la pena máxima, en este caso la horca, y no la hoguera, mucho más cruel, como se acostumbraba a ejecutar a los acusados en el continente.

Aristocracia conspirativa

Lo que más aterraba a la culta soberana inglesa no eran las brujas típicas de las que hablaban los llamados «Martillo de Brujas», ancianas conocedoras del poder de la naturaleza –y por ende, para los inquisidores, la representación viviente de las fuerzas del mal–, sino los conspiradores nobles que por medio de encantamientos pudieran causarle algún daño, e incluso la muerte, algo lógico teniendo en cuenta los numerosos complots pergeñados contra su persona en aquella corte, en gran parte por los católicos escoceses y por los espías españoles, comandados por el embajador de Felipe II en las islas, Bernardino de Mendoza, y su antecesor en el cargo, Guerau de Espés, que llegarían a ser expulsados de tierras inglesas por mandato de la propia Isabel.

Bernardino de Mendoza

Gracias al brillante servicio de información y espionaje de su secretario de Estado, Sir Francis Walsingham, se contravinieron a tiempo varios atentados proyectados contra Isabel. En medio de este miedo al complot, se prohibía expresamente que cualquiera trazase un horóscopo de la soberana, con el que se pudiera movilizar a los descontentos contra ella ante un mal augurio –por ejemplo, vaticinar una muerte prematura de la reina–.

No sorprende, por tanto, que pocas semanas después de su coronación Isabel I mandara detener a una aristócrata por haber intentado calcular su vida a través de los astros: la condesa de Lennox. Ésta, y cuatro de sus cómplices, fueron acusados de traición. La preocupación creciente de la soberana por los atentados mediante procedimientos mágicos creó en ella un estado de verdadero terror a la hechicería usada como arma política, aunque ello no impidió que su principal consejero fuera precisamente un mago, el doctor John Dee, del que me ocuparé en otro post, quien sí estaba autorizado a elegir los momentos más propicios para los actos oficiales mediante el escrutinio de las estrellas, conjurar a los espíritus –fue el padre del denominado «lenguaje angélico o enoquiano»– o encontrar mediante artes mágicas tesoros ocultos, a pesar de la prohibición expresa de la ley citada.

John Dee realizando magia ante la Reina Virgen

En aquel país acosado por las luchas políticas y todavía sumido en la superstición a pesar de su incipiente florecimiento, salieron a la palestra nombres de personajes obsesionados con la manía persecutoria, auténticos cazadores de brujas como el exorcista John Darrell, ávido propagandista y autor de opúsculos contra la brujería, aunque la voz de la razón también se hizo escuchar con nombres como el escéptico Reginald Scot, quien en su obra Descubrimiento de la Brujería (Discoverie of Witchcraft) impreso en Londres en 1584, tildó de absurda la ley promulgada por la reina y la mentalidad de la que era fruto.

Las crónicas apuntan que durante el largo reinado de Isabel I (1558-1603), fueron acusadas de brujería 535 personas y condenadas a muerte 82, aunque parezca paradójico tratándose de algo tan terrible, una cifra casi irrisoria en comparación con las ejecuciones que se llevaron a cabo en países como Alemania, Francia o Suiza.

La cifra de personas ejecutadas por esta causa en las islas británicas aumentaría exponencialmente con la llegada al trono de su sucesor, Jacobo Estuardo, fanático azote de brujas y autor de un «Martillo de Brujas» que sería tristemente célebre en la vieja Europa.