La Naranja Mecánica: 50 años de un clásico instantáneo

En julio de este año la controvertida y genial película dirigida por Stanley Kubrick, adaptación de la novela homónima de Anthony Burgess, cumplió 50 años, momento en que se editaron varios libros conmemorativos. En «Dentro del Pandemónium» recordamos algunas de las anécdotas de su rodaje y la intrahistoria del original literario.

Óscar Herradón ©

Stanley Kubrick entró en contacto por primera vez con la novela La Naranja Mecánica a través de Terry Southern, co-guionista de Teléfono Rojo, ¿volamos hacia Moscú? (incomprensible título en castellano para Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb). Southern le envió una copia de A Clockwork Orange tiempo después del rodaje de la magistral parodia de la Guerra Fría. El texto distópico de Anthony Burgess, publicado en 1962, su irreverencia y su humor mordaz, sin embargo, no llamarán la atención del cineasta neoyorquino en un primer momento, precisamente porque su lenguaje plagado de jerga adolescente y suburbial rusa no le convenció.  Sin embargo, cuando fracasó su mastodóntico proyecto de adaptar la vida de Napoleón a la gran pantalla, volvió a fijarse en el contenido de la novela y, según  confesó, cambió de opinión al considerar al protagonista, Alex DeLarge (interpretado por un Malcolm McDowell en estado de gracia que admitiría sufrir mucho durante el rodaje) «un personaje tipo Ricardo III».

Los problemas de tan vanguardista e insurgente cinta, preñada de violaciones, sexo, pornografía, violencia, todo ello sin un ápice de conmiseración con el espectador y una frialdad ajena a las emociones que hace las escenas si cabe más insoportables, comenzarían desde el momento de su estreno en cines. Sobre este punto, Pauline Kael puntualiza en El Cine de Stanley Kubrick, recientemente editado por Cult Books: «El truco de hacer que los atacados tengan rasgos menos humanos que los atacantes, para que el espectador no sienta empatía por ellos, es, creo, sintomático de una nueva actitud en el cine. Esta actitud niega la distinción moral».

Kubrick tuvo que retirarla de las salas de Inglaterra al sufrir amenazas de muerte y tras leer en la prensa acerca del apaleamiento de un mendigo en un suceso muy similar al realizado por los drugos en una de las secuencias más recordadas de la cinta. No permitiría su pase en salas de Reino Unido hasta su muerte, que tuvo lugar el 7 de marzo de 1999, a las puertas del nuevo milenio, violento y desbocado, que parecía vaticinar décadas atrás su legendaria película.

Túnel usado en el rodaje de La Naranja Mecánica.

Pero en su estreno, también se prohibió su pase en Estados Unidos: en el país de las barras y estrellas recibió la calificación X; luego Kubrick cortó 30 segundos y en 1973 fue reestrenada con una calificación R, que alude a «Restricted», en películas que no son aptas para menores de 17 años. También sufrió la censura en otros países, como Francia, Australia y la España del tardofranquismo que, aunque más aperturista que en décadas pasadas, no iba a transigir con una película tan «desafiante» al orden establecido.

Precisamente, en unos días está programado el estreno de un documental en el Festival de Cine de Valladolid (del 23 al 30 de octubre) que recuerda el tardío estreno en nuestro país de la visionaria cinta. Su título es La Naranja Prohibida y evoca su simple título original. Bueno, tan simple y tan inquietante: Burguess comentó en una ocasión que provenía de una expresión cockney (slang del sur de Londres): «as queer as a clockwork orange», cuyo significado es «tan raro como una naranja mecánica». El documental ha sido producido por TCM y dirigido por Pedro González Bermúdez, que lo presentará junto a un invitado de excepción, el propio Malcolm McDowell. Precisamente la película se estrenó en 1975 en la misma Seminci (concretamente en su 20ª gala), durante los días previos al fallecimiento de Franco.

Una novela rara… y visionaria

La historia de la novela es tanto o más impactante que el de la película. No fue precisamente un éxito de ventas: se lanzaron 6.000 copias en 1962 y a mediados de aquella década no había llegado ni a los 4.000 ejemplares vendidos. Aquel vocabulario creado ex profeso por el escritor, el «nadsat», no le hizo especial gracia a la crítica, como tampoco en un primer momento a Kubrick. Y lo más alucinante de todo: aquella novela distópica que muchos calificarían de «profética» nació de una tragedia personal. A Burgess le diagnosticaron un tumor cerebral tras derrumbarse mientras daba clase en un aula de Brunéi, en la isla de Borneo, en el Sudeste Asiático. El diagnóstico: a lo sumo, uno de dos años de vida.

Burgess

Ello provocó en él la necesidad de escribir de forma compulsiva antes de que la enfermedad le impidiera continuar; fruto de lo cual, junto a una ingente cantidad de producción literaria por la que casi nadie le recuerda, nació una extraña novela breve en la que plasmaba esa vivencia personal junto a otras no menos traumáticas como la violación de su mujer, Lynne, en Londres, por soldados desertores norteamericanos durante la Segunda Guerra Mundial que le provocó un aborto y que sería el germen de la violación grupal de los drugos a la mujer del escritor en una de las secuencias más impactantes de la historia del cine. A todo ello, el autor le sumó la impresión que le dio, tras su exilio como docente en las colonias británicas, una Inglaterra profundamente cambiada, invadida por los ritmos pop (que impregnarían la estética de su adaptación cinematográfica), las drogas de diseño y las bandas juveniles violentas, captando así, como pocas obras, el espíritu de su tiempo.

En relación con Kubrick, el hombre cuya decisión de adaptar su cuasi desconocida novela le cambió la vida (y esto no siempre sucede para bien), Burgess sentenció que el cineasta neoyorquino llevó a cabo una «reelaboración radical de mi propia novela, no una mera interpretación». No obstante, para el novelista Kubrick había llevado a cabo «una película tecnológicamente brillante, reflexiva, poética, reveladora». Un clásico de culto instantáneo que se rodó hace medio siglo y no ha perdido un ápice de actualidad.  

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Cult Books publicó hace unos meses un fantástico libro que recorre con magníficos textos de diversos especialistas la filmografía del director neoyorquino, y, claro, dedica un sorprendente capítulo a La Naranja Mecánica. Desde su primer largometraje, Fear and Desire, hasta el último, Eyes Wide Shut, estrenado póstumamente, Stanley Kubrick se esforzó en sondear los rincones oscuros de la conciencia humana. Al hacerlo, adaptó novelas tan populares como ‘Lolita’, ‘La naranja mecánica’ y ‘El resplandor’, y seleccionó una amplia variedad de géneros para sus películas: film noir (El beso del asesino; Atraco perfecto), cine bélico (Senderos de gloria; La chaqueta metálica), comedia negra (¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú), ciencia ficción (2001: Una odisea del espacio)

A lo largo de medio siglo de carrera, Kubrick produjo algunas de las imágenes cinematográficas más evocadoras de la historia del cine. Formado como reportero fotográfico, su control personal de la técnica era apabullante, de un perfeccionismo compulsivo y neurótico. Atraco perfecto deslumbró por su sabia construcción unanimista y acronológica. 2001 fue el primer filme en el que las estrellas no eran los actores, sino los efectos especiales. Barry Lyndon se rodó enteramente con luz natural, o de velas, para reproducir con precisión el ambiente de la época dieciochesca descrita por Thackeray. Y El resplandor ha pasado a la historia por su utilización virtuosa del steadycam en los pasillos de un castillo y de un laberinto vegetal. Desde la primera secuencia de El beso del asesino hasta los últimos fotogramas de Eyes Wide Shut, impresiona el magistral estilo visual de sus películas, sus escenas de tomas fijas, hipnotizantes y fascinantes.

Analizados en conjunto, los textos de Michel Ciment, Roger Ebert, Pauline Kael, Stanley Kauffmann, Dave Kehr, Jonathan Rosenbaum, John Simon y Alexander Walker, entre otros autores, constituyen una lúcida mirada a la visión que tenía el gran director de un universo físico y moral en constante transformación, y aportan profundidad y complejidad a la interpretación de la notable obra de Stanley Kubrick.

He aquí el enlace para adquirir este documentado trabajo repleto de fotografías en La Casa del Libro:

https://www.casadellibro.com/libro-el-cine-de-stanley-kubrick/9788412253870/11932260?gclid=Cj0KCQjwnoqLBhD4ARIsAL5JedKjtT3rXKPmL6MHSQCpV8_g91nOTQy7PvrR3HK_e1nWBPgiMAQcWP4aAiIDEALw_wcB

Y Notorious Ediciones ha publicado recientemente nada menos que el libro del 50 aniversario de esta joya del celuloide. Un volumen editado con mimo (como todo su catálogo) que hace honor a tan insigne título. En un precioso tomo profusamente ilustrado a color y blanco y negro, tres prestigiosos autores (Jesús Antonio López, Jesús Palacios y Jaime Vicente Echagüe) abordan los diferentes aspectos del film. Imprescindible para fans y drogalépticos.

He aquí el enlace de su página web:

Ghost Money: 20 años del 11-S

Aquel día cambió la historia. Fue, para muchos, el detonante del siglo XXI, el inicio de la era contemporánea. Un inicio sangriento, trágico, brutal. Todos los que teníamos ya una edad lo llevamos grabado a fuego en nuestras mentes. Hoy, dos décadas después, continúan muchas preguntas en el aire sobre cuál fue el verdadero detonante para que se cometiera tal acto de salvajismo… y lo que vendría después, esa «Guerra contra el Terror» preñada de errores cuyas consecuencias llegan hasta hoy. Siempre corrió el rumor de que los terroristas habían hecho una fortuna especulando en bolsa antes del impacto de los aviones contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Con esta hipótesis especula una de las grandes novelas gráficas de los últimos tiempos: Ghost Money («Dinero Fantasma»).

Óscar Herradón ©

Hoy se cumplen 20 años de los atentados del 11-S. Recuerdo que aquel día ya lejano de septiembre estaba en la facultad de Ciencias de la Información, en aquellos pasillos en los que pasé las horas muertas en los asientos de hormigón fumando y soñando, para realizar un examen de recuperación de una de las piedras en el zapato del primer año de licenciatura, Economía. Alguien vino y dijo que acababa de estrellarse un avión contra las Torres Gemelas. Entonces casi nadie, o muy pocos, acudían a internet como fuente de información. No había redes sociales (sí, parece increíble, pero no las había), ni el móvil que llevábamos en el bolsillo (en mi caso desde hacía solo un par de años), salvo excepciones, se conectaba a la red. Tampoco había WhatsApp. Parecía la Edad Media –a efectos tecnológicos–, solo que fue hace veinte años. A veces se echa de menos la desconexión de aquellos tiempos.

(Source: Wikipedia)

Uno de esos días que jamás se olvidan, como tampoco lo que sucedería tres años después en nuestro propio país, en nuestros barrios, el 11 de marzo, imágenes terribles que cobran más viveza con el juicio por los atentados de París en 2015, que se celebra estos días en la ciudad de la luz que oscureció el fanatismo, y por ese veinte centenario del ataque sin piedad al corazón de Estados Unidos y, en parte, a la propia sociedad occidental y sus valores –sean éstos buenos o condenables–.

Pues bien, sobre aquel día, lo que sucedió antes y lo que vino después, se ha escrito de todo, se ha especulado mucho y se continuará hablando dentro de cien años, si el mundo azotado por el cambio climático, los extremismos y las guerras, resiste y nuestra civilización también. Al margen de los claroscuros de la Administración Bush, que fueron muchos, algunos jamás aclarados, y de las teorías de la conspiración de que se trató de un atentado «hecho en casa» (o de falsa bandera) para justificar una guerra contra los países ricos en petróleo, continúa siendo un misterio qué pasó con el dinero que Al-Qaeda amasó aquel día nefasto. Según varias teorías (también con cierto tufillo conspiranoico, pero quién sabe), miembros del grupo terrorista especularon a la baja en la bolsa justo antes de que se produjeran los atentados en el World Trade Center y en el Pentágono. Aquella era una gran cantidad de dinero… y se le perdió la pista.

De esta premisa fascinante parte una de las novelas gráficas más reveladoras de los últimos años: Ghost Money, del historietista belga Thierry Smolderen, publicada recientemente en España por Norma Editorial en una edición que corta el aliento, un volumen autoconclusivo en gran formato y a todo color. Partiendo de la hipótesis de la especulación en bolsa, lo que permitió a los terroristas hacerse con una cantidad dineraria increíble que supuestamente serviría para financiar el terrorismo internacional, se muestra un tapiz de la sociedad estadounidense de las últimas décadas y una crítica –no precisamente velada– de cómo la democracia está en peligro no solo por los radicales, sino tambén por el uso ilegal del espionaje por parte de los gobiernos, algo que confirmarían las revelaciones de Edward Snowden. A partir de ahí uno se pregunta: ¿qué sucedió realmente con el dinero del 11-S, si es que existió?

Geopolítica y espionaje cibernético

Smolderen parte de los trágicos atentados para imaginar una historia (por suerte ficticia, al menos en la mayor parte de su trama) en la que se dan la mano emires poetas, oscuros agentes de inteligencia, veteranos pederastas y corporaciones turbias de gran poder, una historia distópica ambientada en un futuro no muy lejano: Londres en 2028. En medio de una manifestación, se produce un atentado y mientras la gente sale despavorida (imágenes que vuelven a traer nefastos recuerdos), una desconocida salva in extremis a la joven Lindsey. Su nombre es Chamza, una multimillonaria excéntrica que viaja en un jet suborbital cuyo padre es nada menos que un dictador de un lejano país asiático.

Pero su fortuna tiene un origen turbio, extraño (y que no proviene del progenitor) que la propia Chamza desconoce. Además, está profundamente enamorada nada menos que del «Emir de las Luces», un rebelde con vocación de poeta y al que Occidente acusa de ser el líder del terrorismo internacional tras la muerte de su padre. ¿Y cuál es el país de nacimiento este personaje? Pues nada menos que Afganistán, el mismo enclave montañoso que tras veinte años de ocupación norteamericana ha sido objeto de una constante atención mediática por la salida del país de las tropas estadounidenses y de la OTAN y el regreso al poder de los talibanes que en su día estuvieron comandados por Bin Laden (entrenado por la CIA, por cierto); las imágenes del aeropuerto de Kabul nos sobrecogieron a todos durante días.

Una de las principales críticas a la gestión de Joe Biden… ¿qué sentido ha tenido estar 20 años en el país, con miles de muertos en tropas, asistentes y traductores, además de la población autóctona, para ahora volver a dejarlo en manos de estos individuos? Para muchos estadounidenses, ha sido la peor afrenta a la memoria de las víctimas del World Trade Center.

En el Postfacio, Smolderen cuenta que terminó la novela en 2008, justo antes de la crisis económica que desangró al país y a medio mundo y de la elección de Obama, tras la que para él fue la época liderada «por el peor presidente que los Estados Unidos habían conocido». No imaginaba entonces que acabaría ocupando el Ala Oeste de la Casa Blanca el magnate populista y provocador Donald Trump. Una América aún peor, y mucho más polarizada.

En definitiva, una novela gráfica vertiginosa (en ritmo), con un guion sólido, violento, y muy directa (por supuesto, no apta para un público menor de edad) que muestra muchas de las miserias de la modernidad: el avance tecnológico utilizado para la guerra a distancia, el Big Data para la financiación del terrorismo, una red de inteligencia artificial que controla la economía bautizada Black Cloud y que recuerda a algunas desarrolladas por la inteligencia estadounidense pero mucho más extrema (y que aventuraba los peligros del Big Data y el uso de algoritmos para el espionaje, transhumanismo y cíborgs, las contradicciones de la globalización o el individualismo feroz de los países ricos.

Una obra maestra que podéis adquirir en el siguiente enlace por 40 euros muy bien invertidos:

https://www.normaeditorial.com/ficha/comic-europeo/ghostmoney

Supersoldados: hombres mejorados para la guerra del futuro (I)

Decir que la tecnología ha avanzado de forma vertiginosa es quedarse corto. Y lo que viene… En medio de esta lucha por alcanzar la mayor eficiencia, y el consiguiente beneficio, con el 5G ya prácticamente implantado tras una guerra comercial sin precedentes cuyos ecos todavía reverberan y experimentos que parecen sacados de una revista pulp de los años 50 a punto de ser aprobados por gobiernos y corporaciones, el terreno militar es uno de los que, bajo el paraguas de Top Secret, está realizando los experimentos más sorprendentes, e inquietantes. Veamos algunos de los que han trascendido, que no son todos los que están en proceso, por supuesto.  

Óscar Herradón

Fuente: Pexels. Free License. Author: Cottonbro

«Estamos conduciendo nuestra biología hacia la inmortalidad. O al menos hacia la fuente de la juventud». (David M. Gardiner, Departamento de Desarrollo y Biología Celular. Universidad de California Irvine)

En 1962, en el periodo más virulento de la Guerra Fría, se estrenaba la película El mensajero del miedoThe Manchurian Candidate–, basada en una novela homónima de Richard Condon. Con los años se sabría que aquella historia que parecía salida de una revista pulp tenía ciertos conatos de realidad en los experimentos que la CIA, de manera soterrada y vil, había realizado con miles de ciudadanos estadounidenses en el marco del Programa MK-Ultra, durante mucho tiempo considerado meras habladurías de los conspiracionistas y que los documentos oficiales demostraron una realidad estremecedora sobre la manipulación y la usurpación de identidad. Los ciudadanos eran los conejillos de indias del poder y del Ejército, y en gran parte lo seguimos siendo.

Lejos quedaron aquellos pioneros experimentos para conseguir soldados más letales mediante drogas de diseño y sesiones de hipnosis. Ahora, en plena revolución tecnológica, verdaderamente inquietante, se abren un sinfín de posibilidades nuevas a través la experimentación científico–militar, sin el conocimiento del gran público en la mayor parte de los casos, por supuesto; en eso poco ha cambiado.

Y con avances como los que enseguida veremos, que dan escalofríos, muchos teóricos ya imaginan la «guerra del futuro» –o del presente– sin salir del país, de un edificio, o del salón de casa. Algo que empieza a tomar forma a través de drones no tripulados, un elemento cada vez más inserto en nuestras vidas, vehículos autónomos o robots capaces de utilizar la IA para tomar decisiones in situ, sin control humano. Tiempo al tiempo. Solo queda esperar que no se cumplan los «vaticinios» que planteó hace unas décadas Isaac Asimov en su Yo Robot, base de otros superordenadores que escapan a nuestro control y nos han brindado imágenes inolvidables en el cine. Por ahora, los robots se limitan a actividades menores, pero su campo de acción se amplia a velocidad de vértigo.

El objetivo de las países pioneros en I+D+I, como EEUU o Rusia, parece enfocado a llevar a cabo la batalla desde sus respectivos centros de Defensa, causando daño a miles de kilómetros sin que sus tropas se expongan o reciban daño alguno. Y aunque ahora todo parezca endiabladamente nuevo y extraño, la investigación tecnológica con este fin lleva más de tres décadas activa. Desde 1983. Los primeros diseños de lo que se conocía como «armas autónomas» fueron financiados por la agencia DARPA, como parte de su programa de armas inteligentes. Bautizaron el proyecto con una nominación nada eufemística: «Robots Asesinos», acompañado de un eslogan que está más cerca de cumplirse: «El campo de batalla no es lugar para el ser humano». Pero como la máquina, por muy «lista» que sea, y autónoma, no deja de ser una máquina, lo mejor era retomar el antiguo anhelo de la CIA: crear supersoldados, o soldados mejorados –que suena menos radical–, eso sí, aprovechando los avances tecnológicos, aunque sin renunciar a la experimentación con drogas sintéticas como ya hicieran aquellos en los años 50 y 60 del siglo pasado.

DARPA, una agencia opaca

La Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa, DARPA por sus siglas en inglés –Defense Advanced Research Projects Agency–, es el brazo de investigación avanzada del Pentágono. Fue creada en 1958, en el marco de la carrera tecnológica de la Guerra Fría –en concreto en respuesta al lanzamiento soviético del satélite Sputnik–, y de la que surgirían también los fundamentos de ARPANET, red de computadoras creada por encargo del Departamento de Defensa de los Estados Unidos (DOD) para utilizarla como medio de comunicación entre las diferentes instituciones académicas y estatales. Sí, el origen de nuestra Red de Redes, Internet, sin la que ya no sabemos movernos, y mucho menos tras el confinamiento.

En un principio, la agencia fue conocida como ARPA, adquiriendo su nueva nomenclatura en 1972, siendo la responsable de desarrollar tecnología de gran impacto en nuestras vidas (robots, satélites, redes…), muy relacionada, también, con el espionaje, causando controversia cuando en 2002 la propia DARPA fundó la Oficina de Información y Conocimientos –IAO, Information Awareness Office–, que permitía el acceso y la búsqueda de información personal de ciudadanos sin orden judicial previa, creando así enormes bases de datos de norteamericanos.

Además, como veremos en las próximas líneas, DARPA ha desarrollado y transferido programas de tecnología avanzada que abarcan una gran variedad de disciplinas científicas dirigidas a cubrir las necesidades de la Seguridad Nacional. El premio Pulitzer Robert Stone afirmó que en los años 70 el Pentágono financió un proyecto para relacionar ciertos gráficos de ondas cerebrales con ciertos pensamientos con el fin de que fuera posible a través de un equipo leer los pensamientos de una persona a distancia con fines de Defensa. No hay pruebas que lo corroboren –o al menos no han visto la luz– aunque recuerdan mucho a los ambiciosos proyectos actuales. Veamos…

Financiación gubernamental

La mayoría de los planes para crear un «supersoldado» provienen de EEUU, y una vez más de la Agencia para Investigaciones y Proyectos Avanzados de Defensa –DARPA–. En 2002, la corporación proclamó que «el ser humano se estaba convirtiendo en el eslabón más débil en la cadena de los sistemas de Defensa», en respuesta al nuevo escenario sobre el que teorizaban, a principios del siglo XXI, los estrategas militares USA, quienes creían que, con respecto a las amenazas transfronterizas, la mejor solución era desplegar pequeños grupos de soldados que se infiltraran entre el enemigo en lugar de una gran cantidad de equipo pesado y un ejército más fácil de ponerse a tiro. Las derrotas del poderosísimo ejército de las barras y estrellas en Afganistán y otros rincones, que hicieron perder miles de vidas y que recordaban en muchos sentidos a la sangría y fracaso de Vietnam –donde se realizaron los primeros proyectos para crear soldados mejorados, les vinieron a dar la razón.

En medio de este escenario, los dirigentes de DARPA solicitaron al Congreso una cantidad nada desdeñable para llegar a cabo sus pioneras investigaciones: nada menos que 160 millones de dólares anuales, con la intención de blindar los sistemas de Defensa: «Reforzarla no solo pasa por desarrollar materiales que mejoren su desempeño, sino posibilitar nuevas capacidades humanas». A pesar de las voces críticas, la mayor parte de la financiación fue aprobada. Críticas a las que la multinacional está acostumbrada, y que realmente le importan bien poco a la hora de continuar con sus planes. En plena era Trump, en 2019, el proyecto estrella de la corporación ha sido KAIROS, que busca una inteligencia artificial más avanzada, «que sepa comprender y razonar, a través de los datos, y predecir así eventos mundiales complejos». Parece que no fue capaz de anticipar la pandemia… o no supieron ver sus «advertencias».

Ya a principios de los 2000 los proyectos de DARPA fueron puestos en duda por un amplio sector de la opinión pública y movimientos antisistema. Ante el rumor de que en sus instalaciones parecía que se estaban creando nuevos Frankenstein, el director de la agencia entre 2002 y 2009, Anthony «Tony» J. Tether, salió al paso y afirmó a la revista WIRED que: «Es más habladuría que otra cosa; el ejército estadounidense tiene el mejor entrenamiento del mundo. Nuestra misión es idear la forma de mantener el nivel cuando los soldados están en situaciones difíciles».

Anthony J. Tether

Aquella «defensa» de sus proyectos no convenció a muchos, y no es para menos teniendo en cuenta lo que ha trascendido sobre experimentos para crear soldados mejorados. Veamos…

Supersoldados probeta

DARPA patrocina docenas de proyectos de mejora humana en laboratorios de todos los EEUU y de instituciones en el extranjero. Ahora que la tasa de reclutamiento del Ejército ha descendido notablemente, según varias fuentes de hace un par de años alrededor de un 12%, uno de los objetivos principales es crear un «supersoldado». ¿Cómo? Bueno, todos sabemos que una de las cosas que más vulnerable hace al ser humano es que necesita dormir. Durante la Guerra de Vietnam, campo abonado para la experimentación con drogas por parte de la CIA y otras agencias más opacas, se intentó mantener a los soldados despiertos, y se hizo a través de la ingesta masiva de anfetaminas, algo que también se probó décadas antes en la Alemania nazi. Pues bien, en la actualidad, y por lo que ha trascendido a los medios de comunicación, que como siempre no es mucho, parece que los científicos de DARPA están trabando en un programa conocido como «Prevención de Falta de Sueño» y que permitiría, grosso modo, que un piloto pueda volar ¡hasta 30 horas seguidas! o, incluso, que un boina verde sobrelleve 74 horas de actividad sostenida sin sufrir incapacidades psicomotoras. Ahí es nada… Ni Arnold Schwarzenegger en sus buenos tiempos años ha.

Son varios los experimentos estadounidenses en esta línea: investigadores de la Universidad de Wake Forest (Carolina del Norte) están analizando los efectos de una serie de fármacos bajo la denominación de ampakinas que al parecer podrían evitar el déficit cognitivo relacionados con largos periodos de vigilia. En la Universidad de Columbia han ido más allá y un grupo de científicos está utilizando estimulación magnética transcraneal como forma de contrarrestar la fatiga, además de técnicas de representación por imágenes para analizar los efectos neuroprotectores y neuroregeneradores de un antioxidante presente en la planta del cacao.

Por su parte, en el año 2003, la División de Sistemas Humanos de la Fuerza Aérea norteamericana –USAF–, dio luz verde a la utilización de una droga llamada Modafinilo –comercializado bajo el nombre de Provigil contra la narcolepsia y otros trastornos del sueño–, una sustancia neuroestimulante cada vez más célebre entre los estudiantes que podría mantener a una persona en pie durante más de 80 horas. Una sustancia bastante peligrosa, pues según la Agencia Europea del Medicamento sus efectos secundarios van desde fiebres, mareos, erupciones y problemas para respirar hasta aumento de la agresividad e incluso desarrollo de ideas suicidas, lo que nos recuerda de nuevo a los pobres soldados de laboratorio de The Manchurian Candidate.

Luego está el problema de que un soldado, además de dormir, necesita víveres, de hecho, debido al esfuerzo requerido en un escenario de guerra, las calorías que requiere pueden llegar a las 8.000, frente a las 1.500-2.000 que debe ingerir un adulto medio. Ya que esto, una vez más, ralentiza la función del «supersoldado», lo que pretende DARPA es «lograr el total dominio metabólico». ¿Y cómo? Pues controlando la sensación de hambre usando nutracéuticos –complementos alimenticios naturales de origen marino y vegetal– y otros suplementos nutritivos. Este objetivo incluye también convertir en comestibles cosas que hasta ahora eran impensables, y que el militar pueda hallar fácilmente en su entorno. Un ejemplo: la celulosa de las plantas.

DARPA está desarrollando tan ambicioso plan en el Centro de Sistemas para Soldados en Natick, Massachusetts. Uno de sus laboratorios desarrolló hace tiempo el prototipo de un paquete alimenticio denominado First Strike Ration, que está formado por tres emparedados, un puré de manzana reforzado con carbohidratos y chicles de cafeína; según sus responsables, dichas raciones estarían pensadas «para consumirse en movimiento y el las primeras 72 horas de conflicto».

Pero dicho laboratorio fue más allá, entrando en terreno algo escatológico, e ideando un alimento deshidratado que las tropas podrían rehidratar sin peligro con su propia orina. Sin comentarios. Precisamente en relación con los líquidos, otro equipo a las órdenes de DARPA también ideó un programa de recolección de agua que permitía extraerla del propio aire, evitando así tener que cargar con ella.

Este post continuará, si los señores que controlan DARPA lo permiten…

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

Ahora que la tecnología ha llegado a un límite en que el hombre puede fusionarse con ella, y que incluso se ha creado un movimiento filosófico-intelectual en torno a este delicado asunto –¿seremos cíborgs? ¿Qué código moral deberemos adoptar? ¿Alcanzaremos a ser inmortales a través de un microchip?–, no está de más sumergirse en las páginas del entretenidísimo libro Cómo ser una máquina. Aventuras entre cíborgs, utopistas, hackers y futuristas intentando resolver el pequeño problema de la muerte, publicado por una de mis editoriales de referencia en relación a temas controvertidos y de rabiosa actualidad, Capitán Swing. Obra del visionario periodista Mark O’Connell, explora en estas páginas las asombrosas –y aterradoras– posibilidades que se presentan cuando se piensa que nuestro cuerpo es un dispositivo anticuado, como postulan los seguidores del transhumanismo –cuyo objetivo es utilizar la tecnología para cambiar la condición huamna, mejorando nuestros cuerpo y mentes–, y de la que son o han sido partidarios en un momento determinado personajes de lo más granado de Silicon Valley como Peter Thiel, Elon Musk o Ray Kurzweil.

En este revelador ensayo O’Connell visita la instalación de criopreservación más importantes del globo, descubre un colectivo de biohackers que refuerza sus sentidos mediante la implantación de dispositivos electrónicos bajo la piel –sí, no es una cinta de Spielberg– y se reúne con miembros de un equipo que investiga cómo proteger a la humanidad de la superinteligencia artificial al estilo Hal 9000 o Skynet. El resultado de tamaña investigación es una sorprendente meditación sobre lo que significa ser humano, y hacia dónde nos encaminamos como «nueva» especie. He aquí la forma de adquirirlo:

NEOEXISTENCIALISMO (EDICIONES PASADO & PRESENTE)

Y en medio de este avance vertiginoso, inexorable –e inquietante– de la tecnología, ahora más que nunca es obligada una lectura filosófica sobre quiénes somos y hacia dónde nos encaminamos. Para ello, nada mejor que sumergirse en las magnéticas páginas del ensayo Neoexistencialismo. Concebir la mente humana tras el fracaso del naturalismo, publicado recientemente por Ediciones Pasado & Presente.

El neologismo que da título a la obra es un marco de pensamiento bautizado así por su autor, Markus Gabriel, niño prodigio de la filosofía occidental, para identificar cómo debemos pensar sobre la condición humana y cómo las posturas ultracientifistas del naturalismo radical, según él, no pueden responder satisfactoriamente a la siguiente pregunta: ¿Qué es el ser humano? Una hipótesis sumamente atractiva que el autor expone de una manera cuanto menos original: tres autores le rebaten las teorías y él a su vez responde a dichos autores, por supuesto expertos en el campo filosófico. Este formato ayuda sin duda a matizar y comprobar lo robusto de los argumentos de Gabriel, haciendo a su vez más amenas la lectura del libro e involucrándonos directamente en el juego filosófico. He aquí la web de la editorial para adquirirlo:

http://pasadopresente.com/component/booklibraries/bookdetails/2020-01-29-12-28-10

LAS CRÓNICAS DE ESTHER: LAS CÚPULAS DE CRISTAL (DOLMEN EDITORIAL)

Y como en ocasiones lo que más apetece es salir de la realidad… evadirse de lo que nos rodea en un ambiente de pura ficción (aunque en este caso completamente posible en un futuro no muy lejano), recomendamos en «Dentro del Pandemónium» un vertiginoso thriller que nos ofrece una visión inquietante (entre distópica y esperanzadora) de lo que podría esperarnos en un futuro no muy lejano gracias al avance de la tecnología (o más bien a pesar del mismo).

En la novela Las Crónicas de Esther: Las Cúpulas de Cristal, publicada por Dolmen Editorial, su autor, Vicente García, nos traslada a finales de nuestro siglo XXI. Entonces los seres humanos, diezmados e incapaces de dirigir su propio destino, han cedido su gobierno a la inteligencia artificial, una IA conocida como IRIS. Instalados bajo cómodas cúpulas de cristal, comenzó una era dorada sin precedentes (pero que en realidad no es sino un gigantesco espejismo) contra la que se alzará un particular grupo de jóvenes inconformistas, el germen de una revuelta de adolescentes contra el establishment creado por sus resignados padres en busca de un futuro en el que esté permitido soñar. La forma de adquirir la novela en el siguiente enlace: