Algo quedará de nosotras (Galaxia Gutenberg)

La crítica literaria y ensayista especializada en literatura contemporánea, y europea en particular, Mercedes Monmany, licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, publica la estremecedora y valiente historia de diez heroínas de la Resistencia antinazi en el campo de concentración de Ravensbrück, que publica Galaxia Gutenberg.

Óscar Herradón ©

Se hallaba a 90 kilómetros al norte de Berlín y operó entre 1939 y 1945, con la caída del nazismo. El campo de concentración y exterminio de Ravensbrück, como otros KZ (konzentrationslager) del Tercer Reich, fue sinónimo del mal absoluto. En el marco de los aterradores experimentos médicos nazis, este campo ocupó un papel capital en la ignominia de las SS. Para la comprobación del efecto de determinados fármacos (entre ellos las sulfamidas) y de métodos de tratamiento para las lesiones y enfermedades a las que estaban expuestos los soldados alemanes en el frente, se utilizaron mujeres –en su mayoría detenidas políticas de origen polaco– a las que se causaban terribles heridas de forma intencionada que después eran tratadas por los facultativos según el caso.

Karl Gebhardt.

Aquellas desdichadas jóvenes de no más de veinte años la mayoría acabarían siendo conocidas como «las conejillas de Ravensbrück» y habrían de sufrir más que ningún otro paciente de los doctores de la muerte de las SS (y eso es mucho decir, si tenemos en cuenta las depravaciones que se llevaron a cabo en Auschwitz-Birkenau o Dachau, entre otros KZ). Por orden de Karl Gebhardt, al frente de la medicina en los campos siguiendo las directrices del Reichsführer-SS Heinrich Himmler, se les realizaban trasplantes de órganos, nervios e incluso huesos (a una interna se le llegó a extirpar la escápula que se le trasplantó a una paciente del hospital de Hohenlychen).

Lo más habitual era provocarles deliberadamente heridas en las que los doctores y enfermeros nazis inoculaban bacterias causantes de la gangrena y otras enfermedades graves. Después, dejaban a las prisioneras días enteros hasta que la enfermedad se desarrollaba. En ocasiones les administraban fármacos y en otras únicamente veían la evolución de la misma o realizaban la extirpación de los miembros infectados sin usar anestesia.

Muestra de los terribles experimentos nazis en los Juicios de Núremberg.

Algunos testigos afirmaron más tarde en Núremberg que los gritos de las internas eran espantosos, «como si no fueran humanos», y el olor debido a las infecciones insoportable. Y aquellos individuos se hacían llamar médicos… El número de infectadas llegó a las 75 internas; en ocasiones, para simular las condiciones de una herida de bala, se introducían en las heridas abiertas fragmentos de cristales, astillas de madera e incluso tierra, y posteriormente se procedía a realizar torniquetes a ambos lados de la incisión para frenar la circulación sanguínea y ver la reacción en la zona, que se vendaba con apósitos impregnados en diferentes sulfamidas; muchas de las mujeres eran devueltas al trabajo en el campo teniendo que soportar los dolores de las heridas, al menos las que podían aún levantarse de la cama… Murieron alrededor de 65 mujeres en las peores condiciones, y como ya era moneda común en estos laboratorios del horror, el SS Gebhardt tampoco obtuvo resultado positivo alguno, solo cadáveres, aunque demostró a Himmler y a Hitler que había hecho todo lo posible por salvar la vida de Reinhard Heydrich tras sufrir un atentado de la Resistencia en Praga en 1942.

Klauberg.

También en Ravensbrück se llevaron a cabo experimentos de esterilización realizados por el célebre ginecólogo Carl Clauberg, que dispuso de 200 mujeres de entre 20 y 40 años, casi todas judías, a las que inyectó en el útero una especie de cemento líquido, formalina, con la intención de causar su esterilidad, inyecciones que provocaron terribles quemaduras a las víctimas, muchas de las cuales murieron. La esterilización de las «razas inferiores» (como gustaba el régimen en llamar a los que no eran arios sin mácula) era una de las obsesiones de los médicos nazis y del propio Himmler y a conseguirla mediante un método más rápido y eficaz que la vasectomía y la ligadura de trompas se dedicaron también los esfuerzos del profesor Horst Schumann, en este caso en Auschwitz, que en septiembre de 1943 contó con un gran número de mujeres de entre 16 y 18 años para sus pruebas.

Schumann con Clauberg.

Su método consistía en la exposición de las prisioneras a altas dosis de rayos X que eran orientados hacia sus genitales. En un primer momento las mujeres, que desconocían las intenciones de Schumann –quien no les avisaba de la exposición a la radiación–, no sentían nada, pero pocos minutos después empezaban a experimentar dolores atroces en su abdomen y partes íntimas y sufrían violentos vómitos; tras la exposición, Horst solía extirparles los ovarios para verificar sus avances. Solo sobrevivieron seis de estas desdichadas. Estas operaciones también se llevaron a cabo en hombres de entre 18 y 35 años a los que después se extirpaba los testículos. Las fuentes de Núremberg hablan de que entre enero de 1942 y diciembre de 1944, Schumann castró a un millar de hombres. Estremecedor.

Algo quedará de mí                                  

Aunque por el campo pasaron –y sufrieron– hombres, fue el mayor lager dedicado casi en exclusividad a mujeres: por él pasaron durante el tiempo en que estuvo en activo más de 130.000 prisioneras de diferentes nacionalidades, incluidas mujeres opositoras al régimen de la esvástica, judías, gitanas y republicanas españolas, las cuales sufrieron trabajos forzados, abusos y estos deleznables experimentos médicos. Precisamente en el espantoso campo de Ravensbrück se desarrolla la apasionante –y a la vez estremecedora– historia del ensayo que recomendamos en el Pandemónium: Algo quedará de mí. Historia de diez heroínas de la Resistencia en el campo de concentración de Ravensbrück.

La autora es Mercedes Monmany, quien en el título retoma el «non omnis moriar» horaciano y que presenta su contenido como un intento de rescatar del olvido a mujeres de convicciones firmes que enfrentaron dos totalitarismos, el nazi y el soviético, en distintos momentos de sus vidas. Escritora, crítica literaria, traductora y editora, Monmany, especializada en literatura contemporánea europea, es autora, entre otros ensayos, de Por las fronteras de Europas, Ya sabes que volveré (que sigue la misma línea de este último trabajo, sobre las escritoras judías muertas en Auschwitz Etty Hillesum, Irène Némirovsky y Gertrud Komar, publicado también con gran acogida por Galaxia Gutenberg) y Sin tiempo para el adiós. Exiliados y emigrados de la literatura del siglo XX.

Violette Szabo.

La galería reúne perfiles muy dispares: la etnóloga Germaine Tillion, la dramaturga Charlotte Delbo, la aristócrata Anne de Bauffremont-Courtenay, la brigadista Lise London, Geneviève de Gaulle, la testigo de campos nazis y soviéticos Margarete Buber-Neumann, la periodista checa Milena Jesenská, la religiosa ortodoxa Marie Skobtsova, la espía británica Violette Szabo y la joven poeta polaca Grazyna Chrostowska, ejecutada con veintiún años. Cinco murieron y cinco sobrevivieron para dar testimonio, y Monmany construye el libro precisamente sobre esa tensión entre la memoria escrita y el silencio impuesto tras la Liberación, cuando el relato oficial priorizó la épica militar sobre el testimonio de las supervivientes de los campos.

Tillion.

El libro se sostiene sobre todo en dos de sus figuras, Tillion y Delbo, que son también las más trabajadas por la crítica anglosajona y francesa. Tillion reelaboró su testimonio de 1946 en sucesivas versiones hasta 1988, combinando el rigor etnológico con la experiencia directa del campo, mientras que Delbo optó por una escritura más poética y fragmentaria de la memoria traumática; ambas rechazaron, cada una a su manera, la idea de que la experiencia concentracionaria fuera inexpresable.

Mujeres realizando trabajos forzados en Ravensbrück.

Monmany, al reunir a francesas, alemanas, checas, británicas, polacas y rusas bajo un mismo techo narrativo, insiste en que la resistencia femenina europea no fue un fenómeno nacional sino continental, y que buena parte de sus protagonistas siguieron pagando un precio político después de 1945, ya bajo regímenes comunistas. Es un libro de vocación coral y ensayística, escrito con la erudición de crítica literaria que caracteriza a su autora, más cercano en ambición al ensayo histórico-biográfico que a la investigación de archivo, y su mayor logro está en la construcción de esa red de vidas cruzadas de mujeres que hicieron historia, y la padecieron.

Los Ángeles de Auschwitz

Norma Editorial publica una novela gráfica que narra la epopeya de un hombre en el interior del tétrico campo de la muerte del Tercer Reich. Un nuevo canto a la luz frente a la sinrazón y barbarie del Tercer Reich desde una vertiente completamente original y esperanzadora.

Óscar Herradón ©

No por mil veces contada la historia de los campos de concentración nazi deja de estremecernos. Y si se hace a través de una buena novela gráfica, como ya hiciera en su día Maus, de Art Spiegelman (ganadora nada menos que del Premio Pulitzer) o Auschwitz, de Pascal Croci, el mensaje cala todavía más. Es el caso de Los Ángeles de Auschwitz, de Stephen Desberg y Emilio Van Der Zuiden que, a diferencia de Spiegelman, no usan el blanco y negro ni tampoco el recurso a la zoomorfosis, aunque optan por una tonalidad de color apagada y oscura (aunque bella), azules lóbregos, grises y marrones que evocan con gran realismo cómo debió sentirse un reo del más grande campo de concentración de la política primero represiva y más tarde genocida del Tercer Reich.

Sachsenhausen

Su creador, Stephen Desberg, cuenta en el prólogo cómo tras una visita al Lager polaco, a su regreso al hotel en Cracovia, sintió un peso terrible en su conciencia. No he estado en Auschwitz, es una cuenta pendiente para alguien que lleva años sumergiéndose en las múltiples fuentes (algunas, claro, todas sería tarea harto imposible) de la Segunda Guerra Mundial, pero en 2017 realicé una visita de casi todo un día al campo de concentración de Sachsenhausen, el más cercano a Berlín y uno de los primeros erigidos para confinar a enemigos del régimen nazi. También recalaron allí «inadaptados» (según el lenguaje del régimen) y delincuentes varios en un terreno que con el estallido de la contienda se convirtió también en un campo de exterminio en el que los principales ocupantes eran judíos, y en menor medida gitanos y homosexuales y, tras la invasión de la Unión Soviética por las tropas alemanas, prisioneros soviéticos. No se puede describir con palabras, hay que ir, y sentirlo. Es como si el tiempo se parase allí, y un peso tremendo –que parece ir mucho más allá del mero efecto de la sugestión– te aplastase el pecho.

Desberg cuenta así el embrión del proceso creativo: «Me cuesta mucho mostrar mis emociones, y tuve que enfrentarme al significado de todos esos dolores mudos, de todos esos gritos contenidos, de esa danza macabra, de ese canto magníficamente inmundo que es Auschwitz. Como fi fuera necesario y no ingenuo buscar otra salida, darle esperanza». Fue así como imaginó la historia de un hombre judío ficticio, pero tomado de todos y cada uno de los hombres que perdieron primero la identidad y después la vida en aquel campo de la ignominia, un hombre que logra dar vuelco a su sufrimiento.

Zohar

Y para darle esperanza a aquella masacre cobran importancia elementos que podríamos tildar de místicos e incluso de sobrenaturales (aunque solo se encuentren en la fe de los creyentes), entre otros, esos ángeles que dan título a la novela gráfica y que describen los textos sagrados y mágicos, cabalísticos, de la tradición hebrea (como El Zohar, «el Libro del Esplendor»), textos milenarios que uno de los personajes del relato logrará salvar de las principales sinagogas de Polonia que serían presa de las llamas prendidas por la furia nacionalsocialista antes de su conducción hacia Auschwitz-Birkenau con billete solo de ida, con la condena a muerte grabada con unos números en el antebrazo.

Un pequeño resquicio de luz en la oscuridad…

El resultado es un cómic con pasajes escalofriantes, más aterradores de saberse reales, donde nos encontramos al Sonderkommando (unidades especiales de los campos integradas por prisioneros que debían ocuparse de las tareas en las cámaras de gas y los crematorios), los kapos –más terribles aún que los propios guardianes nazis del Lager–, la horca, la valla electrificada sobre la que aquellos que no pueden más se lanzan para mitigar el dolor y alcanzar la otra vida, los golpes y la tortura… y los hornos, quizá el elemento más característico –y estremecedor– de aquella historia que sucedió hace solo 80 años… no hace tanto tiempo.

Pero también la esperanza transmitida por un hombre que no tiene nada que perder (toda su familia, incluida su esposa, ha sido eliminada en el marco de la eufemística «Solución Final del Problema Judío» impuesta por el régimen nazi) pero que en lugar de entregarse con los brazos abiertos a la muerte, optando por la vía suicida que eligen quienes no aguantan más, prefiere desafiar los terrores del averno nazi e inculcar esperanza a sus compañeros presos a través de la mención a esos «ángeles» que lloran por todos nosotros, aunque no se manifestaron precisamente con todo su esplendor en aquel tiempo de sangre y fuego.

El resultado es una novela gráfica enmarcada en la Bande dessinée que sigue la estela de otras como la citada de Pascal Croci, pero cuyo acierto es precisamente introducir ese elemento sobrenatural y trascendental que arroja luz a la sinrazón humana y que brinda, una vez más, esperanza frente a la barbarie. Incluso aquellos que no creen en dichos ángeles, como el comandante del Lager, los temen…

Sin duda, es portentoso el epílogo, casi otra novela gráfica donde el color, como la vida misma, cobra vida y luminosidad, y que, ya en la posguerra, muestra la pasividad de las autoridades de la Alemania occidental para con los antiguos oficiales nazis que ocuparon cargos en la administración (no tan) democrática y devuelve a los descendientes de los judíos primero de los guetos y más tarde de los campos de exterminio la capacidad de ser libres (libres de verdad, no a través del trabajo, como rezaba la eufemística y terrible frase en alemán que daba la bienvenida a los «sin nombre» en la verja de Auschwitz, «Arbeit macht frei») mirando para ello cara a cara al enemigo, enfrentándose con el pasado y haciendo justicia en el presente, honrando así como merece la memoria de los que se marcharon para no volver jamás; pues no hay más injusticia que mirar para otro lado. Quizá los ángeles guían a esos descendientes… Quién sabe.

Norsk-Hydro: la batalla del agua pesada (I)

En el anterior post vimos cómo los nazis llevaron a cabo la investigación nuclear en búnkeres secretos bajo tierra que tardaron setenta años en ver la luz. Pero el proceso de obtención de la energía atómica sería diferente al llevado a cabo por los aliados. Un elemento fundamental era el agua pesada. Y neutralizar su uso fue uno de los objetivos de los comandos especiales enviados para sabotear el programa atómico del Reich. El libro «La Brigada de los Bastardos» (Ariel, 2021), del brillante divulgador estadounidense Sam Kean, recupera ésta y otras acciones casi suicidas llevadas a cabo por grupos de la Resistencia financiados por Londres y Washington.

Óscar Herradón ©

En los prolegómenos de la investigación nuclear, el agua pesada resultaba un elemento imprescindible. Formalmente óxido de deuterio, se denomina así a una molécula de composición química equivalente al agua, en la que los dos átomos del isótopo más abundante del hidrógeno, el protio, son sustituidos por dos de deuterio, un isótopo pesado del hidrógeno, y que, grosso modo, lo que hace es que este agua sea un poco más densa y se emplee como moderador en reactores nucleares. El agua pesada se encuentra en cantidades muy pequeñas en el agua normal, por lo que su producción requiere una amplia y avanzada infraestructura.

Puesto que éste no es un post de física ni lo pretende, teniendo en cuenta, además, mi escaso conocimiento en la materia, me centraré en la operación que la denominada «Sección Noruega» del SOE (Special Operations Executive) llevaría a cabo en aquella planta de producción de agua pesada en manos de los nazis desde que ocuparan el país nórdico.

Comandos especiales en Noruega

Poco después de la ocupación nazi de la planta de Norsk-Hydro, lugar clave para el desarrollo del plan, un equipo alemán compuesto de medio millar de especialistas se puso a trabajar de forma intensiva para decuplicar la producción de agua pesada anual de 500 kilos a 5.000. Gracias a los informes de la resistencia noruega, muy fuerte en el país, el servicio secreto británico supo de los delicados trabajos realizados en las instalaciones e inhabilitarlas se convirtió en el principal objetivo de éstos, captando la atención del mismo Churchill, temeroso de que su gran antagonista se hiciera con un poder que podría brindarle la victoria, con lo que ello suponía para el resto del mundo.

La noche del 17 de junio de 1942, Churchill tomó un hidroavión Boeing con rumbo a Hyde Park, en Nueva York, donde se reuniría con el presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt, del que era gran amigo, para tomar una decisión definitiva sobre las operaciones aliadas en 1942 y 1943 que definirían el rumbo de la guerra. Cito este viaje no solo por su relevancia para los futuros acontecimientos sino porque el premier británico mostró entonces gran preocupación sobre la cuestión nuclear y los posibles avances de los nazis en este sentido. En The Hinge of Fate («La bisagra del destino»), el propio Churchill resaltó: «Había otro asunto que me preocupaba mucho. Era la cuestión de los tubos de aleación, como llamábamos en lenguaje cifrado lo que más tarde fue la bomba atómica».

Sobre aquel encuentro y tan delicado asunto escribió: «Ambos sentíamos intensamente el peligro de la inacción. Sabíamos de los esfuerzos que hacían los alemanes para procurarse agua pesada: expresión siniestra, aciaga, antinatural, que comenzaba a aparecer en nuestros documentos secretos. ¿Y si el enemigo lograra elaborar una bomba atómica antes que nosotros? Por escépticos que nos sintiéramos ante las declaraciones de los científicos, no podíamos exponernos al peligro mortal de ser aventajados en tan terrible campo».

Adiestramiento de un grupo del SOE
Puente de Vemork

Poco después de su regreso a Inglaterra, el premier tomaría la decisión de impulsar la misión de sabotaje en la factoría de agua pesada. Su primera idea era que la RAF bombardease la fábrica, pero las dificultades orográficas que presentaba el lugar, rodeado de altas montañas –lo que haría prácticamente imposible una incursión aérea– y el hecho de que el estallido de los depósitos de amoniaco podía suponer, en opinión de los expertos, un grave riesgo para la población del lugar –al lado se levantaba la localidad de Rjukan, un importante foco de la Resistencia–, hizo que se desestimara, muy a pesar de la insistencia del primer ministro, que quería ganar la guerra a toda costa, aún a costa de las bajas civiles.

Skinnarland

Así, se optó por una operación de comandos que estaría coordinada por el Grupo de Operaciones Combinadas en colaboración con la citada «sección noruega» del SOE, la Ejecutiva de Operaciones Especiales creada con la intención de provocar sabotajes en las filas enemigas. Para llevar a cabo su misión secreta, los británicos contaban con un as en la manga: a principios de marzo de 1942, un grupo de miembros de la Resistencia, tras capturar el barco de cabotaje Galtesund y llegar al puerto escocés de Aberdeen (tras orquestar un falso naufragio del que informaría la prensa noruega), había logrado trasladar al ingeniero Einar Skinnarland a Gran Bretaña para que realizase un curso especial de entrenamiento por cuenta del SOE. Este científico trabajaba en la construcción de una presa en Rjukan, destinada al servicio de Norsk-Hydro, con lo que así podrían introducir a un topo en el corazón mismo de las fuerzas de ocupación.

Leif Tronstad

Una vez adiestrado, Skinnarland fue lanzado en paracaídas sobre las cercanías de Rjukan, reanudando su anterior trabajo sin despertar sospechas por su breve ausencia. Después, comenzaría a obtener informes clasificados y a enviar información a la central en Londres. Una información que causó nerviosismo y que aceleró la misión del Grupo de Operaciones Combinadas, que contaba con datos de primera mano sobre la planta de Norsk-Hydro. Además, el SOE disponía de los informes del doctor Jomar Brun, ex ingeniero jefe de la planta, que poco después llegaría a Londres con un microfilm con fotografías de toda la instalación y sus alrededores, suministrando a su vez detalles de gran valor acerca de los puntos más vulnerables de la fábrica; y con la información dada por el físico noruego Leif Tronstad, quien había sido asesor técnico en los trabajos de construcción de la misma.

Un plan fallido

Hardangervidda

Los informes facilitados por Einar Skinnalard indicaban que la Norsk-Hydro estaba produciendo agua pesada en grandes cantidades, y que numerosas reservas se habían acumulado para su envío a Berlín. El Gabinete de Guerra sabía que debía entrar en acción y así, el SOE reunió un pequeño grupo de cuatro soldados noruegos instruidos en Inglaterra que serían comandados por el teniente Jens-Anton-Poulsson, todos ellos brillantes esquiadores y montañeros, habilidades necesarias para su trabajo en un terreno tan escarpado e inhóspito como la meseta de Hardangervidda. Aquel grupo de cuatro intrépidos hombres constituiría la avanzadilla de las fuerzas aerotransportadas de la RAF que llegarían después en planeadores a las cercanías de Rjukan (otra versión de los hechos apunta que en el mismo grupo regresaría Einar Skinnalard a Noruega, y no antes).

Jens-Anton-Poulsson

Tras varios intentos frustrados de dejar en tierra al equipo, los hombres de Poulsson –grupo bautizado con el nombre de Swallow («Golondrina») y a la Operación con el de Grouse– aterrizaron el 19 de octubre de 1942 en una colina en el valle del Sogne, a muchos kilómetros de distancia del punto acordado, lo que provocaría que tuvieran que realizar una dura travesía en medio de las condiciones climáticas más adversas y cargando un equipo que pesaba en torno a los 250 kilos. Tres semanas después, el 6 de noviembre, instalaban su base en una cabaña deshabitada, y conseguían establecer contacto por radio con la central de Londres, que les dio la orden de salir al encuentro de los hombres que formaban las tropas aerotransportadas, momento en que tendría lugar uno de los mayores fracasos del SOE que se saldó con el coste de numerosas vidas humanas.

Rediess

Era el 17 de noviembre de 1942, hacia las seis de la tarde, cuando dos bombarderos, cada uno de ellos remolcando un planeador, despegaban, con veinte minutos de diferencia, de la base aérea de Wick, al norte de Escocia. 43 hombres iban a bordo de ambos aparatos. El nombre en código de su operación era Freshman. Sobre media noche, una señal de radio interceptaba un SOS en el que uno de los aviones informaba de que su planeador se había estrellado contra una montaña, en las proximidades de Egersund. Murieron tres agentes y seis resultaron heridos de gravedad. Poco después, los alemanes, alertados, se personaban en la zona. El jefe de las SS y de la Policía en Noruega,  Wilhelm Rediess, informaba después a Berlín de la muerte de tres de los ocupantes del aparato, y de seis heridos graves. Apuntaba que se sospechaba que eran agentes y que, tras registrarlos –hallando en su poder «gran cantidad de billetes noruegos», según reza un telegrama oficial de la Oficina Central de Seguridad del Reich, la RSHA–, la Wehrmacht ejecutó a los supervivientes.

La Operación Freshman sería todavía más trágica. El otro aparato había logrado aterrizar de forma violenta en lo alto de una montaña: ocho agentes murieron, cuatro resultaron gravemente heridos y solo cinco quedaron ilesos, pero fueron detenidos al día siguiente por los alemanes. Tras ser interrogados, también los ejecutaron. Hoy descansan, como héroes de guerra contra la ocupación y el totalitarismo nazi, en un cementerio situado al oeste de Oslo.

Von Falkenhorst

El capitán general Nikolaus von Falkenhorst, tras tener en su poder las confesiones, comunicó a Berlín que los agentes enemigos pretendían sabotear la planta de agua pesada y ayudar a la Resistencia local. Von Falkenhorst se trasladó de urgencia hasta Rjukan acompañado del Comisario del Reich en Noruega, para ponerse al frente de los trabajos de reforzamiento: la guarnición recibió importantes refuerzos y los alrededores de la Norsk-Hydro fueron minados, lo que dificultaría un nuevo intento de sabotaje.

Este post tendrá una inminente continuación.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Este episodio se recoge, junto a muchos otros vinculados al trabajo de sabotaje de los aliados para frenar el proyecto atómico nazi, en el vibrante ensayo La Brigada de los Bastardos, publicado recientemente por la editorial Ariel. En realidad, la «batalla del agua pesada» fue uno más (aunque relevante) de los episodios que se encuadraron en un plan mucho más ambicioso que partió de reuniones secretas en Washington y que fructificó gracias a la estrecha colaboración entre los servicios secretos estadounidenses y los británicos.

Mientras se planificaba de forma reservada el Proyecto Manhattan en Los Álamos, la Oficina de Servicios Estratégicos –OSS, antecesora de la CIA–, ideó un plan secreto que recibió el nombre de Operación Alsos. En griego dicha palabra significa «arboleda», equivalente en inglés a «grove», en alusión al jefe de la operación, el general Leslie R. Groves, director general del Distrito Manhattan de Ingeniería (popularmente conocido como Proyecto Manhattan), un personaje con gran importancia en la novela gráfica «La Bomba» que destaqué en la entrada anterior.

Su objetivo era rastrear y entorpecer las investigaciones sobre energía nuclear llevadas a cabo por los potencias del Eje, principalmente el Tercer Reich. El corazón de la misión Alsos estaba conformada por el grupo que da nombre al ensayo: la llamada «Brigada de los Bastardos», un equipo de soldados, científicos y agentes secretos que se infiltraron entre los físicos, químicos y militares alemanes para detener la amenaza más aterradora de la guerra: que Hitler dispusiera de una bomba nuclear.

El resultado fue, como hemos visto en esta entrada, un complot digno del mejor thriller, pero rigurosamente real, y documentado con mimo por el divulgador científico Sam Kean, con ese estilo claro, directo y en ocasiones cercano al humor que le caracteriza y que le ha hecho merecedor de una gran notoriedad y una legión de seguidores. Es colaborador de medios como The New Yorker, The Atlantic, The New York Times Magazine o Science, y ha publicado obras convertidas en auténticos bestseller con sugerentes títulos como: La cuchara menguante. Y otros relatos veraces de locura, amor y la historia del mundo a partir de la tabla periódica de los elementos (2011); El pulgar del violinista. Y otros relatos veraces de locura, amor, guerra y la historia del mundo a partir de nuestro código genético (2013); El último aliento de César. La épica historia del aire que nos rodea (2018) y Una historia insólita de la neurología. Casos reales de trauma, locura y recuperación (2019), todos ellos publicados por la editorial Ariel.

Moe Berg

Aquellos hombres de la «brigada» que bien pudieron inspirar a Quentin Tarantino su película Malditos Bastardos, arriesgaron sus vidas en pro de la libertad, orquestaron todo tipo de sabotajes, impulsaron el espionaje a una escala nunca antes vista y cometieron incluso asesinatos para frenar las aspiraciones del Führer. Entre ellos destacaron con luz propia el ex jugador de béisbol Moe Berg, el físico nuclear Samuel Goudsmit o el citado general Leslie R. Groves, pero hubo muchos más, y todos tienen su momento de gloria en estas páginas (prolongación en papel de su verdadera actuación en el curso de la HISTORIA con mayúsculas).

Un relato vibrante y en ocasiones increíble (aunque sucedió) que podéis adquirir en el siguiente enlace:

https://www.planetadelibros.com/libro-la-brigada-de-los-bastardos/331525

Comandos y operaciones especiales en la II Guerra Mundial (Susaeta):

Y si lo que queremos es realizar un acercamiento, ameno a la vez que instructivo, al gran teatro de operaciones secretas y clandestinas que tuvieron lugar en aquella brutal conflagración, nada mejor que sumergirnos en las páginas, profusamente ilustradas a todo color y acompañadas de mapas y gráficos, de Comandos y operaciones especiales de la II Guerra Mundial, una joya gráfica editada por Susaeta Ediciones. Un recorrido vertiginoso por las unidades de comandos de ambos contendientes que, alcanzando un desarrollo y perfeccionamiento colosal, se desplegaron por desiertos, mares, selvas, acantilados, montañas y urbes asediadas como Stalingrado o Berlín…

Esta magnífica selección –pues fueron tantas que harían falta miles de páginas para detallar cada una de ellas– contempla operaciones famosas como la Operación Fortitude (que permitió el Desembarco de Normandía, el gran asalto a la Fortaleza Europa), o la Operación León Marino, que planeó la invasión –frustrada– de Gran Bretaña por la Wehrmacht, y otras menos conocidas, como la Operación Gleiwitz (una operación de falsa bandera que atribuyó a los polacos el ataque a la frontera alemana y justificó la invasión del país por los ejércitos de Hitler) pero que contribuyeron, algunas de manera decisiva, al resultado final de la mayor sangría conocida por el hombre contemporáneo.

He aquí el enlace para hacerse con este volumen:

https://www.editorialsusaeta.com/es/libros-de-guerra/11847-comandos-y-operaciones-especiales-en-la-ii-guerra-mundial-9788499284859.html