Otto Skorzeny: un nazi en la corte de Franco (primera parte)

Llegó a ser considerado el hombre más peligroso de Europa. El laureado militar nazi Otto Skorzeny buscó refugio en la España franquista, un régimen que lo acogió con los brazos abiertos y donde el austriaco intentaría revitalizar un ejército de soldados de la esvástica contra el avance del comunismo. Un plan secreto que salió a la luz hace apenas unos años y que muestra los estrechos vínculos de la dictadura franquista con los nazis fugados tras la derrota del Tercer Reich.

Óscar Herradón ©

Cuando el régimen de Hitler estaba siendo cercado por todos sus frentes, muchos fueron los nazis que intentaron escapar a otros países, como el Portugal de Salazar, la Argentina de Perón… y, por supuesto, la España de Franco, cuya diplomacia supo jugar muy bien sus cartas alejándose –al menos en apariencia– de la orbe nacionalsocialista, manteniendo una falsa «neutralidad».

Muchos de los principales allegados al que se hizo llamar Generalísimo eran filonazis, como Serraño Suñer, y el mismísimo Heinrich Himmler, jefe de las SS y la Gestapo, realizó un viaje a nuestro país en 1940 que pronto contaremos en «Dentro del Pandemónium». Incluso en los años finales de la guerra europea, cuando la Alemania nazi comenzaba a perder el conflicto en todos los frentes, ahogada por el invierno ruso, Franco envió a su División Azul, comandandada por el general Agustín Muñoz Grandes, y en el que no todos fueron fervientes voluntarios de la causa fascista.

Himmler en su visita a España en 1940

Pues bien, como el régimen español comulgaba en muchos aspectos con el nacionalsocialista –salvo, principalmente, en el delicado tema de la religión, no olvdemos que España era «nacionalcatolicista»–, y por supuesto con la Italia fascista, no es de extrañar que nuestro país se convirtiera en uno de los lugares predilectos para los prófugos que escapaban de la justicia aliada.

De proteger y trazar una ruta de huida a criminales de guerra, la mayoría pertenecientes a las SS, se encargaría una red secreta que extraoficialmente (no hay documentos desclasificados que se refiera a ella como tal, pero sí suficientes evidencias de su existencia) recibió el nombre en clave de ODESSA, y que permitió a peligrosos personajes del régimen de la cruz gamada como el médico de las SS Josef Mengele, conocido como «el Ángel de la Muerte» o Adolf Eichmann, escapar hacia Sudamérica, algunos de ellos vía España, otros a través de la llamada Ruta de las Ratas, a través del cobijo de varios monasterios que les condujeron hasta el mismísimo corazón del Vaticano.

También esta organización sería la responsable de proteger a uno de los más temibles criminales nazis, Otto Skorzeny, quien llegaría a jactarse de ser uno de los principales impulsores de la red secreta encargada de dar cobijo a los antiguos miembros de la sanguinaria Orden Negra.

Soldado de Fortuna          

El que acabaría siendo considerado por los americanos como «el hombre más peligroso de Europa», nació el 12 de junio de 1908 en el seno de una familia de clase media de Viena, aunque tenía antepasados alemanes. Según su partida de nacimiento, su nombre completo era Otto Johann Bapt Anton Skorzeny, aunque adoptaría distintas identidades tras la caída del nazismo. Al igual que la mayoría de sus compatriotas, en su juventud sufrió los rigores del periodo de Entreguerras y la fuerte crisis que provocó en Austria y Alemania la derrota en la Gran Guerra, caldo de cultivo de los extremismos que desembocarían en el ascenso al triunfo del Partido Nazi.

El Tratado de Versalles

Cuando el dinero austríaco apenas valía el coste del papel en el que estaba impreso, Otto y sus hermanos pudieron sobrevivir gracias a la ayuda de la Cruz Roja Internacional. Su padre grabó a fuego en la mente del joven la necesidad de la autodisciplina y le recomendó una vida austera. A los 18 años, Otto se matriculó en la Universidad de Viena para estudiar ingeniería. Allí se inscribiría en una de las muchas Studentenverbindung, unas sociedades estudiantiles donde se practicaba el Mensur –un combate de esgrima con reglas específicas–, que constituía un paso fundamental (e iniciático) de la adolescencia a la madurez, capital para muchos otros nazis de alto grado como Reinhard Heydrich.

Mensur

Según cuenta el historiador y militar Charles Whiting, Skorzeny tuvo el primer duelo el mismo año en que se matriculó en la facultad. Para él fue un tema angustioso y que puso a prueba sus nervios, pero se convirtió también en una de sus pasiones. Al primer lance seguirían trece duelos más durante los cuales finalmente recibió las llamadas Schmisser, las cicatrices de honor que marcarían su fisonomía de por vida. Con los años, el esbelto austríaco –medía más de un metro noventa– sería conocido como «cara cortada» (scarface en su forma inglesa) por la enorme cicatriz que recorría parte de su rostro hasta la barbilla. Una vez graduado, consiguió reunir el dinero necesario para iniciar un negocio propio en Viena. Entonces toda Europa estaba expectante ante los movimientos cada vez más temerarios de Hitler y su Partido Nazi. Tras el Anchluss, la anexión de Austria, ante la mirada pasiva de los líderes internacionales en el marco de la llamada (y desastrosa) «política de apaciguamiento», Skorzeny no esperó a ser llamado a filas y se presentó en la primera división de las SS, la Leibstandarte-SS Adolf Hitler.

La configuración de un espía

Más tarde, iniciada ya la Segunda Guerra Mundial, pasó a la división Das Reich de las Waffen-SS. Ya entonces destacó por no cumplir estrictamente las órdenes de sus superiores. Sin embargo, la guerra seguía su curso  los acontecimientos se desarrollaban frenéticamente: Skorzeny fue destinado a los Balcanes, participó en la marcha sobre Rumanía y Hungría y después en la Operación Barbarroja, el plan del Führer para invadir la Unión Soviética, entonces su aliada tras el pacto Ribbentropp-Molotov para repartirse Polonia.

La Operación Barbarroja, el mayor despliegue nunca visto hacia el Este

Sería en la gigantesca y helada tierra de Stalin donde recibió la Cruz de Hierro y, tras caer enfermo, enviado de vuelta a Viena. Era diciembre de 1941. Una vez en el Gran Reich, fue ascendido a capitán de Reserva. Su destino: trabajar como una suerte de espía para los Servicios Secretos de Inteligencia de la Oficina Central de Seguridad del Reich (R.S.H.A., por sus siglas en alemán). Aquel trabajo le serviría para desenvolverse muy bien en el campo de la diplomacia durante sus largos años de exilio. Después, fue destinado como Jefe de Comandos con la misión de entrenar tropas especiales cuyo cometido sería la guerra de guerrillas y el sabotaje en el frente, además del secuestro y la tortura. El 25 de julio de 1943, con la guerra ya en contra, gracias a su historial militar Hitler le mandó llamar a la Guarida del Lobo  y lo puso a cargo de la operación de rescate de Benito Mussolini, que acababa de ser arrestado en Italia y del que se desconocía el paradero. Los servicios secretos alemanes dieron con su pista en el Hotel Campo Imperatore, en el macizo de los Apeninos conocido como Gran Sasso, una zona de difícil acceso.

Aquella misión fue bautizada como «Operación Roble» y se programó para el 12 de septiembre de 1943. Al mando de un escuadrón de las Waffen-SS se hallaba el capitán Otto Skorzeny. Doce planeadores DFS 230 sobrevolaron la zona montañosa donde estaba recluido el Duce y un grupo de expertos paracaidistas descendió sobre el complejo hotelero. Los italianos que custodiaban al líder fascista fueron cogidos por sorpresa y parece que no ofrecieron resistencia alguna.

Skorzeny con Mussolini tras la liberación en el Gran Sasso

Este éxito –que en parte el propio Otto le escamoteó a los paracaidistas de la Kurt Student, comandante de la fuerza aerotransportada de la Luftwaffe, la Fallschirmjäger, poniendo incluso en peligro la operación al exigir que Mussolini volase únicamente en su aparato– hizo que Skonerzny pasase del anonimato a convertirse en un auténtico héroe de guerra. Hitler le otorgó, insólitamente, la Cruz de Caballero y lo ascendió a Sturmbannführer –comandante o jefe de unidad de asalto– de las Waffen-SS.

Durante el tiempo que restaba de la contienda, a Skorzeny se le encargaron importantes misiones, como capturar al jefe de los partisanos yugoslavos, el mariscal Tito –misión que fracasó– o doblegar al regente de Hungría, el almirante Miklós Horthy. Después, cuando tuvo lugar el más célebre atentado contra el Führer, la «Operación Valkiria» comandada por el laureado militar Claus von Stauffenberg, Skorzeny ayudó en Berlín a poner fin a la rebelión, estando 36 horas a cargo del centro de mando de la Wehrmacht –llegaría a afirmar, en otra de sus habituales fanfarronadas, que por media hora no fue él mismo quien ejecutó a Stauffenberg– antes de ser relevado de sus funciones.

Este post, con las andanzas del bravucón conspirador que se codeó con lo más granado del espionaje internacional y la flor y nata del régimen franquista, tendrá en breve su continuación en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Para profundizar en la escurridiza figura de Skorzeny, principalmente en sus años en España realizando numerosas intrigas, entramados mercantiles, todo tipo de conspiraciones –incluso la creación de la llamada «Legión Carlos V»–, así como sus numerosos alias, sus documentos secretos y sus contubernios con la CIA y el Mossad israelí –sí, aunque parezca contradictorio, expedientes desclasificados muestran que es así–, nada mejor que sumergirse en las páginas de una de las últimas novedades de la Editorial Almuzara: Otto Skorzeny. El nazi más peligroso en la España de Franco.

Un trabajo que denota dedicación y un amplio manejo de fuentes documentales. Obra del periodista Francisco José Rodríguez de Gaspar, redactor jefe del periódico La Tribuna de Toledo, aclara en ella los muchos matices que rodearon a esta figura capital del sombrío pasado reciente de España.

Uno también puede leer los libros firmados por el propio Skorzeny sobre sus «gestas» (Vive peligrosamente, Luchamos y perdimos, Misiones Secretas y La Guerra Desconocida), otra cosa es creer en su fidelidad a los hechos narrados por quien ha sido considerado por algunos un mentiroso patológico y por los más un calculador y eficiente espía. O visualizar el estupendo documental estrenado en 2020 El hombre más peligroso de Europa, Otto Skorzeny en España, obra de Quindrop Producciones Audiovisuales, con coproducción de RTVE y la televisión balear IB3, codirigido por Pedro de Echave y Pablo Azorín.

La Guerra de Mussolini:

Y para conocer en profundidad el papel capital desempeñado en la Segunda Guerra Mundial por el hombre al que tuvo que liberar Skorzeny, Benito Mussolini, principal aliado occidental de Hitler, La Esfera de los Libros publica la que probablemente sea la monografía definitiva sobre el Duce en la contienda: La Guerra de Mussolini. La Italia fascista desde el triunfa hasta la catástrofe 1935-1943, y que muestra con reveladora precisión el largo alcance de la ineptitud estratégica italiana en la contienda, sin olvidar también el episodio del Gran Sasso en el marco de la Operación Roble.

Hasta el verano de 1940, al mismo tiempo que permanecía estrechamente alineado con Hitler, Mussolini se mantuvo prudentemente neutral. Sin embargo, a raíz del hundimiento repentino e inesperado de los ejércitos franceses y británicos, el Duce declaró la guerra a los Aliados con la esperanza de obtener ventajas territoriales en el sur de Francia y en África. Fue un terrible error de cálculo que abocó a Italia a una guerra prolongada e imposible de ganar.

La Esfera ©

Este nuevo trabajo de John Gooch, catedrático emérito de la Universidad de Leeds y uno de los mayores expertos en Italia y las dos guerras mundiales, es la crónica definitiva de la experiencia italiana en la contienda. Por todas partes (en la URSS, en el desierto entre Libia y Egipto y en los Balcanes), las tropas italianas tuvieron que enfrentarse a enemigos mejor equipados o más motivados. El resultado fue una serie de improvisaciones a la desesperada frente a unos aliados ante los que el país se mostró impotente.

El líder fascista moriría finalmente el 28 de abril de 1945, ejecutado sumariamente por un partisano comunista de un disparo en la cabeza. Existe controversia sobre la identidad de dicho magnicida, y todavía hoy se cuestiona la autoría, aunque comúnmente se acepta la versión dada por Walter Audisio, un hombre que se hacía llamar «comandante Valerio» y que se atribuyó la ejecución.

Mussolini y Hitler. El final de ambos dictadores llegaría en abril de 1945

El 25 de abril de 1945, en los estertores de la guerra en Europa (Hitler se suicidaría unos días después, el 30 de abril, en parte impresionado por la brutal muerte de su antiguo aliado), Mussolini había huido de Milán, donde residía entonces, junto a su amante Claretta Petacci, e intentaron escapar a la frontera suiza. Fueron interceptados y capturados el día 27 por partisanos locales cerca del pueblo de Dongo. Un grupo comandado por Audisio los subió bordo de un Fiat 1100 (el Duce creía entonces que venían a liberarlos), hasta la aldea de Giulino di Mezzegra donde, junto a la vía XXIV Maggio, a las puertas de Villa Belmonte, fueron fusilados el día 28 de abril.

Ambos cuerpos fueron trasladados esa misma tarde en un camión a Milán. Durante el trayecto no se permitió que nadie se acercara a los mismos, pero el día 29 fueron depositados en la Plaza Loreto y sometidos a todo tipo de ultrajes por la muchedumbre. El cuerpo de Mussolini quedó tan desfigurado que era prácticamente imposible la identificación post-mortem. Luego, el servicio de policía, compuesto de partisanos y bomberos, colgó los cadáveres cabeza abajo en una gasolinera de la misma plaza (junto a los de ), algo considerado simbólico por la forma en que los fascistas trataban los cuerpos de sus enemigos.

Una vez trasladados a la morgue, continuaron las vejaciones y se tomaron imágenes del cuerpo de Mussolini y de Petacci, a los que colocaron abrazados; instantáneas terribles que pueden verse en Internet y que muestran la violencia y el ensañamiento de las gentes con el líder fascista. El pasado año se cumplieron 75 años de aquel suceso.

He aquí el enlace para adquirir esta joya historiográfica:

https://www.esferalibros.com/libros/la-guerra-de-mussolini/

Armas «milagrosas» del Tercer Reich (II)

Aviones a reacción, un cañón sónico y otro solar, prototipos «OVNI», una supuesta bomba atómica e incluso un arma eléctrica basada en el Martillo de Thor. Los ingenieros y científicos nazis desarrollaron un arsenal bélico que parecía cosa del futuro, varias décadas adelantado a su tiempo. Un increíble repertorio de «armas milagrosas» que pudo haber cambiado el curso de la guerra, y de la historia.

Óscar Herradón ©

El arma solar nazi

Bien podría recordar al argumento de una cinta de ciencia ficción, pero parece que la idea y el planteamiento fueron reales, al menos si hemos de dar crédito al artículo que publicó el 23 de julio de 1945, muy reciente aún la claudicación del Tercer Reich, la respetada revista Time bajo el inquietante titular «El Arma Solar Nazi».

Este artefacto letal parece que fue ideado no en Peenemünde, sino en otro de los mayores centros de investigación armamentística del Reich, el pequeño pueblo alemán de Hillersleben, en una extensión en medio de un bosque en cuyas instalaciones trabajaban unos 150 ingenieros y físicos en el desarrollo y evaluación de armas experimentales.

Tras la rendición alemana, uno de los proyectos más siniestros que tuvieron que abandonar los nazis fue el Sonnengewehr –en inglés Sun Gun o «Arma Solar»–, consistente en un arma que sería situada en la órbita terrestre y que lanzaría un letal rayo solar, una versión a escala 100.000 veces más grande que el legendario Rayo de la Muerte de Arquímedes. Este ingeniero, matemático e inventor griego fue quien en el siglo III a.C. propuso la construcción de un conjunto de espejos de cobre posicionados de forma que pudieran concentrar y reflejar la luz del Sol sobre las embarcaciones de los enemigos y prenderles fuego.

H. Oberth

Los científicos nazis, no obstante, parece que no escogieron este mito –probablemente falso– para idear su Sonnengewehr, sino los trabajos del físico Hermann Oberth, uno de los padres de la cohetería y la astronáutica y quien trabajaría también en Peenemünde junto a Von Braun en el desarrollo del V-2 –pasando a prestar sus servicios, hacia el final de la guerra, en cohetes antiaéreos de combustible sólido en el complejo WASAG, cerca de Wittenberg–.

En 1929, en su libro Ways to Spaceflight –Modos de vuelo espacial–, presentó una hipótesis científica sobre la construcción de una estación espacial –a la que denominó Raumstation– orbitando a una distancia de un kilómetro de altitud, detallando un método teórico para su construcción basado en módulos prefabricados y describió el concepto para generar gravedad centrífuga en su interior gracias a un sistema de rotación cilíndrica, así como un sistema de aprovisionamiento consistente en misiones periódicas, adelantándose en varias décadas a las estaciones espaciales actuales.

No obstante, Oberth era un pacifista que se vio obligado a trabajar para los nazis bajo coacción. Abogó por que el desarrollo de sus Raumstations estuvieran al servicio de las observaciones astronómicas, realizando retransmisiones a la Tierra sobre meteorología, inteligencia militar e información valiosa para búsqueda y rescate mediante una especie de telégrafo inalámbrico. Hoy, todo normal. Hace más de 80 años, auténtica ciencia ficción.

A los nazis, sin embargo, lo que más le interesaba era otra de las aplicaciones sugeridas por Oberth en su monumental tesis de casi 500 páginas: un espejo cóncavo de unos 100 metros de diámetro con el que se podía reflejar la luz sobre un punto concreto de la Tierra. Por supuesto, las huestes de Hitler lo querían para aniquilar al enemigo, así que el diseño de Oberth se quedó corto y calcularon, de forma algo delirante, como lo era ya todo al final de la contienda –y por ello, mucho más peligroso–, que las dimensiones del espejo espacial debían ser de unos tres kilómetros para que realmente se convirtiera en un arma con un poder destructivo increíble.

Al parecer, la tripulación de la Raumstation recibiría instrucciones codificadas vía radio o telegráfica. Una vez decodificado el mensaje un complejo mecanismo permitiría orientar el espejo hacia el objetivo terrestre que permitiera que los rayos solares que convergieran en un punto focal en la superficie de la Tierra, generando un poderoso rayo que devastaría todo a su paso, una suerte de «Estrella de la Muerte nazi». Una vez que se hubiese alcanzado el umbral de destrucción deseado, el espejo tomaría de nuevo una posición segura, de espaldas a la Tierra.

Con la victoria aliada casi inminente, éste y otros proyectos fueron suspendidos en la primavera de 1945. El teniente coronel John A. Keck, que había sido ingeniero en Pittsburgh (Pensilvania), antes de la guerra, y era entonces jefe de una rama de inteligencia norteamericana instalada en un teatro europeo como centro de operaciones, fue el responsable de la mayoría de los interrogatorios a los científicos alemanes, consiguió que le entregaran los planos y cálculos del Proyecto Sonnengewehr, corroborando que aquel equipo de científicos se habían tomado muy en serio crear aquella arma letal en órbita. Leer para creer.

Los «OVNIs» del Tercer Reich

Desde que el fenómeno nazi moderno tomara forma curiosamente –o no tanto– poco después del fin de la Segunda Guerra Mundial, se han hecho correr ríos de tinta en relación a los supuestos No Identificados del Tercer Reich, tema peliagudo y controvertido donde los haya. Y friki, muy friki –y por ello apasionante–.

Si nos dejamos guiar por algunos esoteristas nazis, nos sumergimos en una trama por momentos delirante que evidencia que estos autores tenían más talento para la ficción ­–una imaginación desbordante– que para la divulgación histórica contrastada, lo que impulsó la creencia en los OVNIs de Hitler, las bases secretas tecnológicamente superavanzadas –una en la Atlántida y otra, según éstos, incluso en la cara oculta de la Luna, nada menos–, y la transmisión de conocimientos por una civilización de origen extraterrestre. Permítanme que manifieste no sólo escepticismo, sino un rechazo abierto a dicha corriente.

Ello no implica que no existan misterios en torno al fenómeno de los No Identificados y diversos avistamientos relativamente bien documentados durante la Segunda Guerra Mundial de los que se hizo eco el mismísimo primer ministro británico, Winston Churchill, quien intentaría ocultar en los años 50 cualquier asunto relacionado con los «platillos volantes». El hecho de que, además, los científicos nazis desarrollaran prototipos de forma circular que pudieran ser confundidos con este tipo de fenómeno es una realidad que enseguida veremos.

El escritor chileno ya fallecido y filonazi Miguel Serrano, señaló en su obra El cordón dorado (1978) que Adolf Hitler era nada menos que un avatar del dios hindú Visnú, y que estaba en contacto con dioses hiperbóreos –los manidos «Superiores Desconocidos»– en una base subterránea en la Antártida a donde, según los teóricos de la conspiración, habría sido trasladado en submarino tras la derrota del Reich. Las tesis de Serrano fue más allá todavía, y afirmaba que Hitler conduciría una flota de OVNIs desde su base secreta hasta Alemania para instaurar un Cuarto Reich. Todavía sorprende que no se haya hecho una película con tan ingeniosos argumentos, más allá de la paródica Iron Sky (2012).

Sabemos que las sociedades secretas tuvieron una gran importancia en la consolidación del nazismo, entre ellas la sociedad ariosofista y antisemita Thule, a la que pertenecía Rudolf Hess, o la importancia del misticismo para figuras como Himmler y en menor medida Hitler, convencidos de que hacerse con artefactos «mágicos» como la Lanza del Destino o el Grial podría contribuir a otorgarles la victoria definitiva. Pero dichos escritores de pseudohistoria, entre ellos Louis Pawels y Jacques Bergier, en su libro El retorno de los brujos (1967) hacían mención a otra organización secreta aún más peligrosa –de la que, todo hay que decirlo, no existe documentación oficial fiable en archivo alguno– llamada la «Sociedad Vril» de Berlín, con vínculos con el ariosofista Guido Von List, la Ahnenerbe de Himmler o la misma Thule, que utilizaba una suerte de energía de una raza superior,  de nombre «Vril», que habría sido la que facilitaría a los nazis el poder desarrollar esos «platillos».

Esta información supuestamente la había revelado un ingeniero alemán, de nombre Willy Ley –que había emigrado a los EEUU en los años 30– en 1947, en un artículo en una revista de ciencia ficción titulado “Pseudociencia en Nazilandia”, donde hablaba de aquella organización clandestina que había sido fundada inspirándose en la novela Vril: el poder de la raza venidera (1871), del escritor británico Sir Edward Bulwer-Lytton, célebre por Los últimos días de Pompeya. En décadas posteriores, escritores como Jan Van Helsing o Norbert Jürgen-Ratthofer, o los citados Pauwels y Bergier, rizarían aún más el rizo de tan enrevesado asunto.

Al parecer, en 1996 el italiano Roberto Pinotti, director del llamado Centro Nacional de Ufología, afirmó que había recibido de manera anónima un legajo con 18 expedientes redactados bajo el régimen de Mussolini en los que se hacía referencia a varios avistamientos OVNIs acaecidos durante el Tercer Reich y que tuvieron a las retorcidas SS como protagonistas de oscuros proyectos a través de un gabinete ultrasecreto de nombre RS/33, señalando que incluso se habrían hecho con un platillo volante.

Más hipótesis alternativas imposibles de contrastar y aún más difíciles de creer, aunque hay ufólogos que incluso relacionan a los nazis con el archifamoso incidente de Roswell de 1947. Y el caso es que la fecha, tan cercana al fin de la Segunda Guerra Mundial, da que pensar. Una teoría alternativa afirma que lo que se estrelló en el desierto de Nuevo México no habría sido una nave extraterrestre –algo, por otra parte, poco probable– sino una aeronave de fabricación nazi que habría formado parte de uno de tantos proyectos secretos del Tercer Reich, conocida con el nombre de The Bell (La Campana) –en alemán Die Glocke–, una suerte de unidad futurista de propulsión, de tres metros de diámetro, que usaba partículas eléctricas y que habría sido la precursora de los aviones furtivos actuales –aquellos capaces de burlar los radares–, construida por varios expertos que habían estado relacionados también con el programa de los V-2, emigrados como Von Braun a los Estados Unidos a través de la denomida «Operación Paperclip», entre ellos, el enigmático oficial de alta graduación de las SS e ingeniero alemán Hans Kammler, cuya pista se perdió en 1945, por lo que todo se basa en conjeturas. Quién sabe.

Cierto es, no obstante, que los científicos alemanes desarrollaron prototipos muy vanguardistas, aviones en forma de disco y con alas circulares y semicirculares –la mayoría no pasaron del papel– que de haber volado de forma habitual habrían podido confundir a muchos, así como el diseño de aviones que décadas después se parecerían mucho a los prototipos norteamericanos. El ms sonasdflkasdfpu9l mn mucho a los prototipos  disco y con alas circularesrcular y semicircular –la mayoras SS como protagonistaás sonado sería el Horten Ho 229, el prototipo favorito de Hermann Göring, jefe de la Luftwaffe, más parecido a una nave espacial que a un avión, cuyos planos caerían en manos americanas en 1945 y fueron enviados a la Northrop Corporation para su evaluación. En 1964, cuando la Fuerza Aérea Norteamericana puso en el aire su avión de reconocimiento Lockheed SR-71, de sorprendente velocidad, su diseño recordaba mucho al anterior prototipo nacionalsocialista.

Este post continuará, con ingenios aún más sorprendentes a medio camino entre la historia y la leyenda de un tiempo de dioses y monstruos.

PARA SABER UN POCO/MUCHO MÁS:

HERRADÓN AMEAL, Óscar: Expedientes Secretos de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga, 2018.

Espías de Hitler. Las operaciones secretas más importantes y controvertidas de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga 2016.

La Orden Negra. El Ejército pagano del Tercer Reich. Edaf 2011.

PRINGLE, Heather: El Plan Maestro. Arqueología fantástica al servicio del régimen nazi. Debate, 2007.

ROMAÑA, José Miguel: Armas Secretas de Hitler. Nowtilus, 2011.

WITKOVSKI, Igor: The truth about the Wunderwaffe. RVP Press 2013.

VVAA: Armas Secretas de Hitler. Proyectos y prototipos de la Alemania nazi. Tikal, 2018.

VV.AA.: Hitler. Máquina de guerra. Ágata Editorial 1997.