Vikingos: magia, sacrificios y seres espectrales (III)

29 01 2021

A lo largo de casi tres siglos surcaron los mares y aterrorizaron las costas de Europa. Aguerridos soldados, fueron mucho más que simples bárbaros: llevaron el comercio a Oriente y desembarcaron en tierras desconocidas. Devotos de sus dioses y grandes supersticiosos, la magia y la profecía formaban parte de su vida cotidiana y su universo espiritual estaba poblado de seres aterradores, maleficios y venganzas.

Por Óscar Herradón ©

(Pexels Free License, Erik Mclean)

En las sagas escandinavas se habla de distintos tipos de seres espirituales o «fantasmas». Los más célebres son los llamados Draugr, también llamados aptrgangr –cuyo significado literal es «el que camina después de la muerte»–, aunque el significado original de la palabra en nórdico equivale a fantasma: una criatura que podríamos considerar el equivalente al vampiro –strigoi– en otras culturas como la eslava, aunque con notables diferencias.

Los escandinavos de la Era Vikinga pensaban que vivían en las tumbas de los guerreros, utilizando los cuerpos de los difuntos, que eran enterrados en sepulcros de grandes riquezas, guardando celosamente sus tesoros. Según las sagas, poseían una fuerza sobrehumana, podían crecer de tamaño según su voluntad y les acompañaba la característica pestilencia de la putrefacción. También podían adquirir la apariencia de humo para salir de las tumbas con la intención de matar a sus víctimas de distintas formas: aplastándolas o devorándolas; también podían beber su sangre o volverlas locas. Solían desollar el ganado e incluso matar a los pastores. Como es habitual en esta cultura, a los Draugr también se les atribuían facultades mágicas –un arte conocido como trollskap– similar a la de los hechiceros y las brujas, que les permitían cambiar de forma –normalmente asumiendo la de distintos animales, como las focas–, controlar el clima y predecir el futuro, según la anticuaria y académica inglesa experta en paganismo H. R. Ellis Davidson. Solo un héroe podía acabar con su vida según los mitos, y el método preferido era decapitar a la criatura, quemar el cuerpo y lanzar las cenizas al mar.

Para prevenir que un fallecido se convirtiera en Draugr, se solían colocar un par de tijeras de hierro abiertas sobre su pecho, ataban los dedos gordos de los pies o clavaban agujas en su calzado para que no pudiera caminar o se enterraba el cadáver bocabajo. Además, el sarcófago debía ser izado y bajado tres veces en tres direcciones diferentes para confundir el sentido de orientación del Draugr.

Y es que se debía garantizar que el finado lo estaba en todos los sentidos, ya sea física, jurídica y legalmente, sin dejar ningún cabo suelto que pudiera forzar su regreso a esta vida: un muerto no estaba realmente muerto hasta que sus descendientes o herederos no ponían fin al funeral sino «bebiendo su herencia», el conocido como drekka erfi, como señala el que fuera profesor de literatura escandinava de la Universidad de la Sorbona, en París, Régis Boyer. Otra costumbre era la de escribir palíndromos en las tumbas para que el “retornado” perdiese el tiempo en descifrar una palabra sin comienzo ni final o enterrarlo con recipientes llenos de guijarros para que pasase la noche contándolos.

Cuando alguien fallecía, practicaban un agujero en la pared de la casa del difunto, a través de la cual se extraía su cadáver. Tras ello, se tapiaba el orificio según la creencia de que su «fantasma» –o Draugr– solo podría regresar a su hogar por el mismo lugar a través del cual había salido, la conocida como «puerta maldita». Si aún así no se podía evitar que penetrase en la vivienda, desenterraban su cuerpo y le cortaban la cabeza con una de sus armas, o bien le clavaban una estaca de madera en el corazón. Tras ello, lo quemaban y arrojaban las cenizas al agua.

Otra variedad de «fantasma» era el haugbui noruego –del nórdico antiguo haugr, que significa «túmulo»–, y cuyo nombre alude a que por lo general solo habitaba dentro de su recinto mortuorio, atacando solamente a aquellos que, según el autor Bob Curran, «ofenden su intimidad», pudiendo ser igualmente violentos, pudiendo también convertirse en piedras o algas.

Bestiario fantasmagórico

El listado de criaturas espectrales es enorme: los Genganger, espectros mensajeros que regresan para exigir que se repare una falta, convirtiéndose en criaturas terribles que drenan noche a noche la sangre de sus víctimas y finalmente descuartizarlas como bestias. Los Skotta, fantasmas femeninos que pueden ser bienintencionados o implacables y crueles, arrancando la cabeza de sus enemigos y bebiendo su sangre. Los Rati, por su parte, son los espectros de los que han fallecido tras presenciar la llamada Caza Salvaje de Odín, convirtiéndose en una suerte de No Muertos o «zombies» que se unen a su jauría, mientras que los Nithgengar daneses son a veces espectros que se aparecen a quienes los han asesinado y otras se convierten en zombies que no descansan hasta darles muerte.

La rica cosmogonía escandinava también cuenta con numerosos seres fantásticos, desde los gigantes –Jotun– que desafiaron a los dioses –AEsir y Vanir– al comienzo de los tiempos, hasta elfos –los álfar de la luz y los álfar oscuros–, enanos, valquirias, Nornas –que fijan el destino con sus decisiones– y toda una serie de bestias, como el lobo gigante Fenrir, la serpiente marina que rodea el mundo, Jörmungandr –ambos hijos de Loki con la gigante Angrboda– o Ratatösk, la ardilla que escala las raíces del árbol Yggdrasil y que sirve como eje del Universo.

Jörmungandr

Águila de Sangre

Era un brutal método sacrificial humano mencionado en algunas sagas y por tanto probablemente legendario. Consistía en la matanza de un guerrero derrotado arrancando los pulmones y las costillas por su espalda, de forma que éstas parecían alas manchadas de sangre. La herida abierta era posteriormente cubierta con sal.

Algunos personajes que se presupone ejecutados de esta terrible manera fueron el rey AElla de Northumbria y Edmundo Mártir, rey de Anglia Oriental. No obstante, a día de hoy no existe evidencia arqueológica alguna que corrobore la realidad de tan terrible práctica. Se puso de nuevo de moda gracias a la exitosa serie catódica Vikingos.

Ritos de paso y magia en el hogar

Las mujeres nórdicas tenían rituales y conjuros para casi todas las actividades de la vida cotidiana. Durante el séptimo mes de embarazo, se pinchaban un dedo con una aguja y dibujaban con la sangre ciertos símbolos protectores sobre un trozo de lino, que guardaban hasta el nacimiento de su vástago. Asimismo, para favorecer el alumbramiento, parece que evocaban runas en forma de cantos mágicos llamados galdr. Y una vez venía al mundo, parece que el recién nacido era asperjado con agua con una rama, una práctica o rito de paso conocida como ausa barn vatni que pudo ser deudora del rito del bautismo cristiano; aunque también pudo tratarse de un antiguo rito de lustración (lustratio). Luego, el padre lo elevaba hacia el cielo como una suerte de ofrenda. Era habitual que el progenitor le hiciera el signo de Thor –una «T» invertida– con el puño, invocando la protección del dios del trueno, entrando así «su espíritu» en el pequeño cuerpo.

Parece que hubo una época, no especificada, en que existió la práctica del utburd o infanticidio: el padre tenía derecho a rechazar a su vástago al nacer y dejarlo abandonado para que lo devorasen los animales salvajes. Luego, podía convertirse en otra suerte de «fantasma».

La Cacería Salvaje

Odín era representado también cabalgando por el aire sobre su corcel de ocho patas a gran velocidad en medio de la tormenta, acompañado de un séquito de espíritus incorpóreos sobre corceles jadeantes con perros ladrando, y era conocido como el Cazador Salvaje. Cuando las gentes oían el estruendo del viento, temerosos, rugían ruidosamente, para evitar ser arrastrados por este suerte de «Santa Compaña» vikinga. Quienes se burlaban de la comitiva, eran arrastrados por la turba espectral.

Incluso tras la implantación del cristianismo, las gentes del norte seguían temiendo las tormentas. ¿Y qué cazaban? Dependiendo de la saga, el trofeo podía ser un caballo salvaje, un jabalí visionario o las Doncellas del Musgo –ninfas de la madera–, simbolizadas por las hojas caídas en otoño.

El post tendrá una parte final protagonizada por los Berserker. En breve, en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS, CONSULTAD:

BOYER, RÉGIS: La vida cotidiana de los vikingos (800-1050). José J. De Olañeta Editor, 2000.

CURRAN, BOB: Vampires: a field guide to the creaturas that stalk the night. Career Press, 2005.

ELLIS DAVIDSON H.R.: The Lost Beliefs of Northern Europe. Routledge, 1993.





Demonios de Babilonia (I)

29 12 2020

En esta amplia y fértil región de Oriente Próximo, regada por los ríos Tigris y Éufrates, se erigieron algunas de las civilizaciones más fascinantes del mundo antiguo. Mesopotamia y sus muchos reinos fueron pioneros en numerosos campos, también en la lucha contra el mal y en la configuración de todo un universo mitológico donde los dioses pugnaban con monstruos antediluvianos, las enfermedades eran causadas por demonios y los oráculos vaticinaban el porvenir. Exorcistas, magos, vampiros y fantasmas jalonan las siguientes líneas.

Óscar Herradón ©

La diosa Ishtar, «la reina de la noche»

Parece una broma macabra del destino que las grandes extensiones de Oriente Próximo y Medio que hoy en día son verdaderos polvorines y campos de la muerte, con Siria como eje central de una guerra que ha durado más de ocho años y que aún da sus últimos coletazos, terminando con siglos y siglos de historia bajo los escombros, y demasiados muertos, la mayoría inocentes, fueran en su día la cuna de las grandes civilizaciones. Damasco, Alepo, Palmyra… han sido recientemente escenarios de luchas fratricidas y territorio de islamitas radicales, sin embargo, durante miles de años gozaron de un esplendor que actualmente costaría imaginar a cualquiera.

Lo mismo sucedió con la hoy caótica y violenta Irak, antaño Babilonia, la más gloriosa capital del mundo antiguo, en la Baja Mesopotamia, una urbe portentosa regada por los ríos Tigris y Éufrates. Más tarde llegaría el Imperio persa… La historia con letras de oro se escribió en estos lugares hoy trágicamente devastados. No vamos a hablar aquí de cuáles fueron los imperios que surgieron aquí, ni cuáles sus conquistas o enfrentamientos, ni sus tragedias, hoy tantas y tan ignominiosas, ni quiénes –grandes potencias occidentales incluidas– son en parte responsables de las mismas. Sí nos centraremos, en cambio, en algunos de sus dioses más temibles, en sus ritos de paso e iniciáticos, en la lucha entre el bien y el mal en unas sociedades antiguas que tenían castas sacerdotales, realizaban exorcismos muy elaborados, ceremonias mágico-religiosas en fechas señaladas y también realizaron sacrificios de sangre.

Viajamos nada menos que hasta el siglo XVIII antes de Cristo, siglos antes del gran esplendor de los faraones egipcios, cuando Hammurabi reinaba en esa misma Babilonia, el gran centro político, religioso y cultural del mundo antiguo, para enfrentarnos a los demonios de horribles formas de Mesopotamia en el tiempo en que los hombres acudían atónitos a la lucha titánica entre Marduk y Tiamat, dioses que presidían los mitos de la creación en Mesopotamia, relatos recogidos –con numerosas variaciones que no vienen al caso– en el Enuma Elish o Poema babilónico de la Creación, y en la Plegaria para la fundación de un templo, entre otros textos cosmogónicos.

Fotografía de Óscar Herradón (Berlín, mayo de 2017)

Durante un viaje a Berlín en 2017 tuve la ocasión de apreciar en el Museo de Pérgamo la reconstrucción de la llamada puerta de Ishtar, y aunque algo fuera de contexto si tenemos en cuenta la capital alemana en pleno siglo XXI y la antigua Babilonia, por mucho que la sala esté acondicionada para aparentar la lejanía de los siglos, lo cierto es que uno puede acercarse –aunque mínimamente– a lo que debió ser el esplendor de una civilización apoteósica. Por soñar que no quede.

Exorcismos y conjuros

En el extenso periodo comprendido entre el 3.000 y el 2.000 a.C. los hombres pensaban que las enfermedades –a las que llamaban shêrtu– no podían ser causadas directamente por los dioses, sino que los culpables de las mismas eran nada menos que un ejército de 6.000 demonios –ni en acadio ni en sumerio existía un término para evocar a los «demonios» o los «diablos», sino designaciones particulares de seres misteriosos y nocivos, tomados de instituciones represivas o de seres zoomorfos o antropomorfos más o menos monstruosos y malvados y que a día de hoy no conocemos bien– dispuestos en todo momento a causar el mal ajeno provocando pestes, fiebres, abortos y todo tipo de epidemias destinadas a castigar a los hombres por sus pecados. En la cosmovisión de los mesopotámicos, la religión nunca podía ir desligada de la vida cotidiana y relacionaban el dolor físico con el más allá al creer que una enfermedad, que conocían como «la mano del espíritu de la muerte», de ahí la importancia de las figuras de las que ahora vamos a hablar.

Fotografía de Óscar Herradón (Berlín, mayo de 2017)

Existían dos especialistas a la hora de paliar la enfermedad, cuyas acciones se complementaban para curar: el asû, el médico propiamente dicho, que prescribía qué tratamientos debía seguir el enfermo para curar sus males físicos o anímicos, y el âshipum o ásipu –sacerdote mesopotámico–, una suerte de mago-exorcista que se encargaba de los enfermedades que consideraban de índole sobrenatural y cuya finalidad era expulsar a los «agentes malignos» del cuerpo. El exorcista –en sumerio, lú-mas-mas– ejercía, en palabras del dominico e historiador francés Jean Bottéro, especializado en el Antiguo Oriente Próximo, «una verdadera profesión sacerdotal, delicada y compleja; ducho en el diagnóstico de los pacientes que iban a consultarle y al corriente de las condiciones adivinatorias en las que cada uno se encontraba, capaz también de elegir para él la fórmula que le convenía exactamente y de organizar y dirigir su ejecución, en el ‘momento propicio’, debía ser a la vez adivino, psicólogo, médico, confidente perspicaz y liturgista».

Debía ser obligatoriamente culto y le correspondía preparar y presidir todo su ritual, disponiendo el material de los ritos manuales y utilizándolos como era debido, recitando él mismo ciertos ritos orales, comisionado –según creía– por los dioses y dotado por ellos de los poderes especiales necesarios. Además, tras la ceremonia, pertrechaba al «poseído» o enfermo de amuletos y consejos protectores, siendo así el miembro más importante del clero en materia de culto sacramental. Siguiendo a Bottéro, «el exorcismo ocupó ciertamente un lugar sin igual en la vida ‘interior’ de los antiguos mesopotámicos».

El primer paso era que el propio enfermo ordenase a los demonios salir de su interior: «¡Salid de mi cuerpo, alejaos de mi cuerpo, que vuestras perversidades suban hacia el cielo como el humo!», y después se pedía a los dioses que intercedieran para llevar la expulsión a buen término.

El dios protector del âshipum era Enki/Ea, divinidad mesopotámica de la sabiduría y del Apsú, la inmensa laguna subterránea de agua dulce y pura en la interpretación cosmogónica de las mitologías sumeria y acadia, del que obtendrían sus aguas todos los manantiales, ríos, lagos y otras fuentes de agua dulce.

Fórmulas mágicas y rituales ancestrales

Esta defensa contra el mal de carácter «mágico» se organizó en fórmulas, procedimientos y rituales, muy elaborados, adaptados cada uno de ellos a los efectos que se querían obtener, o a los inconvenientes que se querían evitar, «mediante el uso calculado de ritos orales y manuales, incluso, preferentemente, de una mezcla de los dos».

Los ritos exorcísticos consistían, generalmente, en actos y palabras en forma de oraciones. Siguiendo el Diccionario Akal de las religiones, estaban divididos en cuatro partes: 1. Descripción del demonio agresor, de la enfermedad o del encantamiento –magia negra– que atormentaba a la persona exorcizada; 2. Declaración de que el dios Marduk, que ha de pedir ayuda a su padre Enki/Ea para que el exorcismo –consistente en la eliminación del demonio atacante o del hechizo injustamente hecho– surta efecto; 3. Conversación entre Marduk y Enki. 4. Por último, la decisión de Enki/Ea de encargar a su hijo la ejecución del ritual, que debía efectuarse siguiendo sus indicaciones exactas. Los conjuros podían ser «lanzado» sobre el agua, el aceite o las plantas.

Como muestra, encontramos un ejemplo de «encantamiento» contra los efectos de una picadura de escorpión, en sumerio, fechado hacia mediados del tercer milenio: arrancaban su cola, rito manual elemental para neutralizar al animal y a la vez el mal presente, y todas las picaduras posteriores de todos los escorpiones posibles. Después venía el rito oral: a través de las palabras halagaban al animal, para «engatusarle»: por medio de esto, creían que quedaban suprimidos el mal de la picadura y sus consecuencias. Mientras, otro rito oral se dirigía a un «demonio» maléfico, al que ni siquiera nombraban, para neutralizar su influencia sobre aquel que había sido picado. Así, existía toda una medicina exorcista, diferente de la fundada en el empirismo, más racional, en la lucha contra la enfermedad.  Constituían un importante recurso religioso y además ofrecía todos los elementos de un amplio ceremonial multiforme, con numerosas ramificaciones.

Uno de los demonios a los que más solían combatir era Lamashtu, del que se creía que atacaba principalmente a niños y a mujeres embarazadas. Las «recetas» para los ritos exorcísticos de los niños solían ser complejas: había que mezclar piel de caballo, grasa de pescado y de un cerdo de color blanco, ceniza, manteca, tierra recogida junto a las puertas de los templos, diferentes tipos de hierbas, etcétera. A su vez, se rodeaba el lecho donde yacía el pequeño enfermo con pasta de harina.

En cuanto a la mujer encinta, se la protegía colgando cerca de ella lo que se conocía como «piedras del parto». Pero también existían conjuros especiales para el dolor de muelas, contra la parálisis, contra enfermedades de diverso género, para expulsar a los demonios que se hubieran instalado en una casa e incluso ¡contra el perro que hubiese orinado sobre una persona!

Trasnporte de los leones alados de Nínive a Londres

Los textos que contienen exorcismos están la mayoría recogidos en las 30.000 tablillas de la biblioteca de Asurbanipal –descubiertas en Nínive en 1841 por el viajero británico y arqueólogo Austen Henry Layard–, de las que unas 800 están dedicadas a la medicina, la sobrenatural incluida. Él fue también el responsable del traslado de los leones alados de Nínive hasta el British Museum, impresionantes monumentos que tuvo ocasión de apreciar en 2014 en la capital inglesa y que te dejan sin aliento… imagináos en su contexto, en época de pleno esplendor de la ciudad asiria.

Divinidad sanadora

A pesar de que conocemos la existencia de la figura del âshipum, se desconoce cómo se transmitían estos conocimientos, aunque algunos investigadores apuntan que podría existir un centro principal en la ciudad de Isin, lugar de la diosa Gula, considerada la divinidad sanadora. Y es que la escritura cuneiforme alberga numerosos secretos en este sentido. En 2007, gracias a textos cuneiformes, la filóloga Barbara Böck, científica titular del Instituto de Lenguas y Culturas del Mediterráneo y Oriente Próximo, logró reconstruir muchos de los métodos de cura que usaban los habitantes de Mesopotamia hace 4.000 años, centrándose también en la parte sobrenatural y mágica, siempre muy presente en estas culturas.

Por ejemplo, gracias a las traducciones de Böck y su equipo, conocemos el libro Mushu’u –«Masajes»–, escrito en las lenguas sumeria y acadia que contiene más de cincuenta conjuros que eran recitados por los exorcistas mientras se aplicaban los tratamientos para eliminar las migrañas o las parálisis. Existe también un libro donde hay recetas y textos médicos que explican el aceite que se usaba para dicho masaje y el mal que conseguía evitar. Lo untaban de un modo centrífugo, desde el torso a las extremidades del enfermo. Finalmente, colocaban amuletos en las muñecas y los tobillos para evitar que el demonio –o los demonios– volvieran a entrar en el cuerpo. Los mesopotámicos celebraban estos ritos por los general durante dos días concretos del mes de agosto de nuestro calendario, porque pensaban que eran los más idóneos para comunicarse con el más allá y poder expulsar de sus cuerpos a esa entidad maligna que formaba parte de toda una legión de seres del inframundo.

Al margen de la enfermedad, los demonios que podían afectar a otras esferas eran combatidos también por medio de la magia. Existían encantamientos específicos como la quema de esfinges para luchas contra seres malignos. Otras veces, se ofrecía a los demonios causantes de cualquier tipo de mal una víctima sustitutoria, normalmente un chivo, acompañado de oraciones y súplicas para que la entidad desistiera de su propósito. También se recitaban encantamientos en los ritos específicos contra los espíritus de los muertos. Toda la sociedad estaba impregnada por esta relación invisible.

Este post continuará escarbando entre la cenizas de la vieja Babilonia…

PARA SABER UN POCO/MUCHO MÁS:

La editorial Trotta acaba de publicar una monumental y absorbente monografía sobre la vieja Mesopotamia y los reinos que configuraron aquella importante región, cuna de la civilización a caballo entre Oriente y Occidente. En Historia del Próximo Oriente Antiguo (ca. 3000-323 a.n.e.), el profesor de Historia en la Universidad de Columbia (EEUU) y fundador de la revista Journal of Ancient Near Eastern History, Marc van de Mieroop, realiza un minucioso y revelador recorrido por el nacimiento, el esplendor y el fin de los pueblos que se establecieron a orillas del Tigris y el Éufrates sentando las bases de una lejana modernidad.

Comienza con una mirada a los pueblos nómadas y sedentarios que acabaron estableciéndose en dicha región para después centrarse en los primeros grandes mandatarios, como Shamshi-Adad I, quien fuera rey de Asiria entre el 1813 y el 1781 a.C. y cuya biografía podemos reconstruir en parte a través de diversas fuentes, como los escritos hallados en las ruinas de Maria, en la actual Siria, la lista real asiria y la llamada Crónica de los Epónimos; luego continúa abordando profundamente la figura de Hammurabi, sexto rey de Babilonia, y cómo sus leyes y su «código» del «ojo por ojo» revolucionaría la legislación babilónica para continuar con el reino hitita y la llamada «Edad Oscura», una época de crisis en la era antigua y punto de inflexión de un nuevo resurgir que acabaría floreciendo en distintos reinos como el Reino Nuevo Hitita o el Reino Medio elamita y, finalmente, en la eclosión de Persia y la creación de un imperio mundial bajo el cetro de grandes reyes como Darío I, Darío III o Jerjes.

Asimismo, en estas alumbradoras páginas De Mieroop nos ilustra sobre los sistemas políticos de los distintos pueblos asentados en esta zona del Próximo Oriente, la diplomacia, la guerra, las organizaciones sociales y, ya en el marco del imperio persa, su ascenso y expansión, los avances políticos, la administración y finalmente la inevitable caída tras siglos de esplendor. En definitiva, una completa obra sobre una de las grandes cunas de la civilización y, a pesar de su destacado papel en el avance humano y la historiografía, una gran desconocida por el gran público occidental frente a civilizaciones como la Grecia clásico o el Antiguo Egipto.





Curiosidades de Halloween (Segunda Parte)

2 11 2020

En plena resaca de Halloween, recordamos en este post unas cuantas curiosidades, algunas realmente increíbles, sobre lo que esconde una festividad «siniestra» que de una y otra forma se celebra en casi todos los rincones de un planeta cada vez más dañado –y no precisamente por espíritus de ultratumba–.

Óscar Herradón ©

Pomona, el festival de la cosecha

Los adornos de frutas para las mesas la noche de Halloween, tales como manzanas y nueces, también tienen su particular significado simbólico. Tres de las frutas sagradas de los celtas eran la bellota, la manzana y la nuez, especialmente la avellana, que era considerad aun dios, y la bellota, considerada sagrada por estar asociada con el roble, algo que parece también estaba relacionado con la fiesta de la cosecha romana de la Pomona, en la que las manzanas servían para ritos adivinatorios. Así, Roma se adueñaba de una fiesta pagana como más tarde lo haría el cristianismo.

Mediante esta festividad, los romanos daban gracias a los dioses por los alimentos recibidos. Pomona era una diosa autóctona de la mitología romana protectora de la fruta, los árboles frutales y los jardines, y simbolizaba la abundancia. El culto de la diosa estaba a cargo de un flamen minor, el Flamen Pomonalis, el cargo más ínfimo dentro de la estructura sacerdotal.

El día 1 de noviembre los romanos celebraban el Día de la Pomona, pero realmente para honrar a los muertos contaban con otra festividad: las Feralia, que se celebraban el 21 de febrero como culminación y punto y final de otra fiesta, las Parentalia –o Fiestas Parentales–.

Ese día los romanos llevaban alimentos a las tumbas de sus seres queridos y es muy probable que se celebrasen festejos en los que no faltase el vino y las orgías. En el trascurso de esta celebración, una vieja hechicera ofrecía a Tácita, diosa del silencio, un sacrificio de connotaciones mágicas muy singular.

Un gato negro… ¡peligro!

Los druidas pensaban que los gatos negros eran seres humanos reencarnados y que el sacerdote tenía la habilidad de adivinar el futuro a través de ellos. De aquel tiempo parte la superstición que acompaña al desdichado minino: si alguno se cruzaba en el camino de una persona, significaba que podía poseerla, un mal augurio, y empezaron a coger mala fama.

Lo peor para ellos llegó con la Edad Media y la fiebre de la brujomanía: empezó a circular la leyenda de que las brujas adoptaban la forma de gato negro –entre otro tipo de teriantropía– para pasear por el vecindario o acudir a los aquelarres, y empezó su matanza indiscriminada. De ahí parte la creencia de que si se cruza uno en tu camino, te espera un cúmulo de desgracias… en Halloween, si esto te pasa, hay solución: caminar siete pasos hacia atrás y ¡maldición conjurada!

Todo aquel que tuviera un gato negro era sospechoso de ser un pagano, o aún peor: de practicar la brujería o de adorar al demonio, creencia auspiciada por la propia Iglesia católica. Debido a que en parte del folclore se atribuía a los mininos poderes psíquicos especiales, era lógico que se eligiese a este tipo de animal –pensaban algunos inquisidores– para que asistiera a la bruja en sus conjuros.

Llegaron a tener tan mala estrella, que incluso se les culpó de influir en la propagación de la Peste Negra, exterminándose a miles de ellos. Paradójicamente, al eliminar a tantos felinos, proliferaron aún más las ratas, verdaderas causantes de la expansión de la pandemia causada por la bacteria Yersinia pestis.

Lo increíble es que a día de hoy persisten muchas de estas prácticas. En 2014, saltaba a la prensa la noticia de que en Budapest se estaba protegiendo a los gatos negros ante la inminente llegada de Halloween. Al menos eso es lo que declaró Kinga Schneider, la responsable del «Arca de Noé», el principal refugio de animales de Hungría: acosados por múltiples peticiones de adopción de gatos negros antes de la festividad, descubrieron que dichas solicitudes procedían en su mayoría de grupos satánicos, por lo que se denegó su entrega: «Esos gatos gustan mucho a los satánicos, que quieren sacrificarlos durante misas negras en el periodo de Halloween».

Si nos remontamos a 2006, una noticia similar tenía lugar en los EEUU, donde se prohibía la adopción de gatos negros hasta que pasara Halloween, pretendiendo así evitar el maltrato durante la festividad. Según Phil Morgan, director ejecutivo de la Sociedad Protectora de Animales de Kootenai, Idaho: «Es como una leyenda urbana. Pero en la industria de las agencias de protección es bastante común que no se de en adopción gatos negros o conejos blancos debido a todo esto de los sacrificios satánicos».

Como curiosidad: en Reino Unido existe la creencia de que los que traen mala suerte son los gatos blancos, no los negros y, por contra, en la Midlands se creía que regalar un ejemplar blanco durante una boda traía buena suerte a la novia. Y en el sur de Francia se conocía a los gatos negros como «matagots» o «gatos magos», aprovechados por el sugerente y mimético universo Harry Potter que, según una tradición local, traían buena suerte a las personas que los trataran con respeto. En Irlanda, sin embargo, cuando un gato negro se interponía en el camino de una persona, anunciaba un peligro de muerte o una epidemia. 

Unas pinceladas más:

–Una tradición arraigada entre las escocesas consistía en creer que la noche de Halloween podían ver el rostro de su futuro marido en el espejo si colgaban sábanas mojadas frente al fuego. Otra versión es que las jóvenes debían pelar una manzana frente al espejo, alumbradas únicamente con la luz de una vela: si lograban pelarla en una única tira, el espejo les mostraba a su prometido. 

–Las primeras calabazas de Halloween eran nabos. Los druidas portaban un gran nabo hueco al que habían esculpido un rostro y que llevaba una vela encendida a modo de linterna o farol, para representar al espíritu maligno del que debían obtener poder o expulsarlo. Cuando esta tradición llegó al Nuevo Mundo, no había nabos, pero sí un vegetal nativo con mucho excedente: la calabaza.

–Los jóvenes estadounidenses suelen acudir a scary farms o «granjas terroríficas» –este ingrato 2020 imagino que en mucho menor número y con mascar(rilla)–, grandes espacios donde se crean escenas especiales como si de platós de rodaje se tratara, una especie de «pasajes del terror» a gran escala, algunos tan célebres como el californiano Knott’s Scary Farm.

–El miedo a Halloween existe, y está catalogado dentro de las patología psiquiátricas: la Samhainofobia.

Las gemelas de El Resplandor (The Shining, 1980)

–Las películas de terror son, claro, las favoritas para estas fechas. Según un estudio realizado por la Universidad de Westminster (Reino Unido), el visionado de este tipo de largos puede hacernos quemar cerca de 200 calorías. Según la compañía de distribución Lovefilm, la cinta que consigue que un espectador queme más calorías –hasta 184– es El Resplandor, de Stanley Kubrick, adaptación de la novela homónima de Stephen King.

–Salem (Massachussetts) –sí, donde las brujas– y Anoka (Minnesota), tienen el dudoso privilegio de ser consideradas capitales mundiales de Halloween.