Nag-Hammadi: los evangelios apócrifos (la Palabra de Dios se tambalea, parte 2)

En diciembre de 1945, cuando el mundo comenzaba a despertar de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, el pastor Mohammed Ali Samman realizó un descubrimiento sin precedentes en la ciudad egipcia de Nag-Hammadi (nombre que en árabe significa «Pueblo de Alabanza»), solo al que dos años después tendría lugar en Qumrán, a orillas del Mar Muerto.

El conjunto de libros de Nag-Hammadi estaba formado por textos religiosos y herméticos, de claro corte gnóstico, algunas obras de sentencias morales, reescrituras de textos clásico –curiosamente La República de Platón- y lo más importante: parte de los llamados Evangelios Apócrifos. Su descubrimiento significó una revolución en la historia de las religiones y, según muchos historiadores, obligaba a una reescritura del cristianismo. La Iglesia católica, sin embargo, se mantuvo firme y condenó estos textos como falsos, apócrifos y no inspirados por el Espíritu Santo.

A pesar de transcurrir 1600 años desde que los cristianos perseguidos los escondieran, y de hallarse en pleno siglo XX, Era supuestamente de la razón y el pensamiento científico, los textos siguieron tildándose desde las altas esferas de la ortodoxia como malditos. No importaba que ofreciesen información vital sobre las enseñanzas de los cristianos primitivos; que, probablemente, fueran escritos algunos de ellos incluso antes que los Evangelios Canónicos -lo que les dotaría de una verosimilitud mayor que la de estos últimos- o que revelasen la verdadera existencia de Jesús en la Palestina de su época. Cuestionaban diecisiete siglos de normas, leyes y «mandatos divinos». Para la Santa Sede eran, y siguen siendo, textos heréticos escritos por personajes ajenos a la divinidad.

Algunos recogían parte del conocimiento hermético proveniente de Egipto y que pasaría a llamarse, los siglos posteriores, Corpus Hermeticum –en el Asclepius se recogen parte de estos dictados-. De claro corte gnóstico, con enseñanzas esotéricas reservadas a unos pocos elegidos, al igual que la mayoría de los Evangelios encontrados, y con un lenguaje difícil, poseían una fuerte inspiración egipcia. El Códice IV de Nag-Hammadi está compuesto por la Ogdoada y la Enneada, y un tercer tratado de título desconocido. Los tres textos exponían el corpus de la doctrina hermética y hablaban sobre el camino iniciático cuya finalidad era la «iluminación divina».

Sin embargo, a pesar del interés que puedan suscitar dichos textos esotéricos y herméticos, los más relevantes de todos los manuscritos encontrados en Nag-Hammadi fueron los Evangelios Gnósticos de Tomás y Felipe, cuyo contenido, desconocido u olvidado por la ortodoxia, ofrece una visión muy distinta de las enseñanzas de Jesús a sus discípulos.

Antes de adentrarnos en sus desconcertantes páginas, veamos una lista completa de los escritos «malditos» hallados en el Alto Egipto:

Códice I (también conocido como Códice Jung):

  1. Oración del apóstol Pablo
  2. El Libro secreto de Santiago
  3. El Evangelio de la verdad
  4. El Tratado de la resurrección
  5. El Tratado tripartita

Códice II:

  • El Libro Secreto de Juan
  • El Evangelio según Tomás
  • El Evangelio según Felipe
  • El Hipostas de los arcontes
  • Sinfonía de la herejía 40 del Panarion de los arcontes
  • La Exégesis del alma
  • El Libro de Tomás el Atleta

Códice III:

  1. El Libro secreto de Juan
  2. El Evangelio de los Egipcios
  3. Eugnosto el Dichoso
  4. La Sofía e Jesús Cristo
  5. El Diálogo del Salvador

Códice IV:

  1. El Libro Secreto de Juan
  2. El Evangelio de los Egipcios

Códice V:

  • Eugnosto el Dichoso
  • Apocalipsis de Pablo
  • Apocalipsis de Santiago
  • Apocalipsis de Santiago
  • Apocalipsis de Adán

32. Fragmento de Asclepio

Códice VI:

  • Los Actos de Pedro y de los doce apóstoles
  • El Trueno, intelecto perfecto
  • Authentikos Logos
  • Aisthesis dianoia noèma
  • Paso paráfrasis de la República de Platón
  • Discurso sobre la ogdoada y la enneada
  • La Oración de acciones de gracias
  • Apocalipsis de Pedro
  • Enseñanzas de Siluanos
  • Las Tres Estelas de Set

Códice VII:

     33. La Paráfrasis de Sem

     34. El Segundo Tratado del gran Set

Códice VIII:

     38. Zostrianos

     39. La Epístola de Pedro a Felipe

Códice IX:

     40. Melquisedeq

     41. El Pensamiento de Norea

     42. El Testimonio de la Verdad

Códice X:

     43. Marsanès

Códice XI:

     44. La interpretación del conocimiento

     45. Exposiciones valentinianas

     46. Revelaciones recibidas por Allogene

     47. Hipsifrones

Códice XII:

     48. Las Sentencias del Sexto

     49. Fragmento central del Evangelio de la Verdad

     50. Fragmentos no identificados

Códice XIII:

     51. La Protennoia trimorfa

     52. Fragmento del 5º tratado del códice II

Lo más destacable de todos estos manuscritos -algunos repetidos en distintos códices-, además de su importante contenido histórico, es la forma en que fueron redactados, siguiendo los dictados de la doctrina gnóstica, que impregna la totalidad de los textos. En el próximo post reflexionaremos sobre lo que en el seno de las religiones mistéricas de la antigüedad se entendía por gnosticismo.

TO BE CONTINUED…

Nag-Hammadi: los evangelios apócrifos (la Palabra de Dios se tambalea)

En diciembre de 1945, cuando el mundo comenzaba a despertar de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, el pastor Mohammed Ali Samman realizó un descubrimiento sin precedentes en la ciudad egipcia de Nag-Hammadi (nombre que en árabe significa «Pueblo de Alabanza»), solo al que dos años después tendría lugar en Qumrán, a orillas del Mar Muerto.

Óscar Herradón ©

Eran los últimos días de un año en que había sido derrotado el nazismo y Estados Unidos arrojó la bomba atómica, cuando Samman y un compañero cavaban la pedregosa tierra del desierto en busca de sabakh, un fertilizante natural necesario para su trabajo. En cierto momento, la pala del pastor topó con algo duro: al desenterrarlo descubrieron una vasija de terracota de un metro de alto que parecía esconder algo en su interior. En principio dubitativo de si debía o no romperla, pues en la zona estaba arraigada la creencia de que podía habitar en su interior un genio o un demonio –Djinn–, la codicia de encontrar oro en su interior empujó a Samman definitivamente a romperla. Pero allí no encontró oro ni ningún otro tipo de piedra preciosa, tan solo una docena de libros encuadernados en cuero marrón que poco le servían en su quehacer diario. Los llevó a su casa de al-Qasar y durante cierto tiempo algunos pliegos sirvieron de leña para el horno del hogar –estremece el cuerpo pensar que todas aquellas líneas de la antigüedad podrían haber corrido la misma suerte-. Mohammed no era consciente del incalculable tesoro que tenía entre sus manos, mucho más valioso que todo el metal precioso del mundo.

Mohammed Ali Samman con su familia

Los dos pastores habían encontrado nada menos que cerca de mil páginas en papiro –quizá alguna más, pues parece ser que algunas se perdieron para siempre en las llamas de un horno casero-, 53 textos repartidos en 13 códices, cuya antigüedad, aunque profundamente discutida, parece datar del siglo IV d.C. -y algunos de ellos incluso mucho antes-. Los manuscritos estaban escritos en copto sinahídico y fechados en el siglo IV, al parecer, traducciones de textos griegos bastante más antiguos. La zona en que fueron hallados, actualmente conocida como Nag Hammadi, fue en otro tiempo llamada Xhnobockeion, lugar en el que San Pacomio, en el año 320 d.C. fundó el primer monasterio cristiano de Egipto. 67 años después, el obispo Atanasios de Alejandría, siguiendo la ortodoxia impuesta por Roma, emitió un decreto en el que prohibía las escrituras no reconocidas por la Iglesia central. El Concilio de Nicea, donde fueron purgados los Evangelios a instancias del emperador Constantino, convertido al cristianismo, estaba surtiendo su efecto y los evangelios apócrifos corrían el peligro de ser totalmente destruidos. Esto provocó que algunos monjes locales copiaran unas 45 de estas escrituras en los citados 13 volúmenes, las sellaran en una urna y las escondieran en el desierto, donde permanecerían olvidadas durante la friolera de casi 1.600 años.

Una vez que Samman dio con ellos por casualidad, la suerte que corrieron los textos no fue demasiado buena. Además de perderse parte de ellos en el fuego, cuando el autor del hallazgo, asustado por posibles represalias, entregó los códices a las autoridades locales, los manuscritos fueron rápidamente vendidos en el mercado negro, y su historia, a partir de ese momento, recuerda a la de cualquier escrito maldito codiciado por todos. Los códices fueron dispersados divididos en tres partes. La primera fue confiada al religioso Basyl Abd el Masih, y tras varios sobresaltos –terminaron siendo confiscados– depositada más tarde en el Museo Copto del Cairo, actual propietario de los textos, donde fueron estudiados por el egiptólogo francés Jean Doresse, quien resaltó la necesidad de encontrar el resto de los manuscritos perdidos para realizar un análisis en profundidad de los mismos.

Jean Doresse

Una segunda parte de los escritos de Nag-Hammadi cayó en manos del forajido Bahij Ali, quien vendió los mismos por una buena cantidad de dinero al anticuario Phocion Tano. Más tarde fueron comprados por una coleccionista italiana de nombre Dattani. Finalmente, los manuscritos perdidos fueron encontrados, pero aún faltaba una tercera parte. Esta última, también vendida en el mercado negro, fue comprada por el anticuario Albert Eid, quien no la entregó a las autoridades egipcias. Tras años ocultos en una caja fuerte de Bélgica, fueron adquiridos por la Fundación Jung de Zurich, gracias a la intervención del profesor Gilles Quispel. Tras largos años en manos de traficantes y anticuarios, por fin los códices de Nag Hammadi podían ser traducidos y ofrecidos a la opinión pública. La irrefutable verdad de la ortodoxia cristiana iba a tambalearse…

Este post continuará…

Yeshua, Qumrán y la manipulación de los Evangelios. Los manuscritos del Mar Muerto (IV)

A pesar de los tiempos inciertos que vivimos y de que la pandemia y el confinamiento hayan provocado que muchos yacimientos estuvieran inactivos durante meses –algunos todavía permanecen cerrados–, la arqueología está de enhorabuena: hallan nuevos fragmentos de los Manuscritos del Mar Muerto por primera vez en 60 años. El descubrimiento no es baladí, y nos sirve para recordar en «Dentro del Pandemónium», en plena víspera del Domingo de Resurrección, la historia y el valor de estos documentos capitales de la antigüedad.

Por Óscar Herradón ©

La figura de Jesús –Yeshua, según su antigua forma- y sus andanzas como predicador también muestran ciertas similitudes con lo expuesto en los rollos de Qumrán, si bien estas comparaciones están abiertas a una mayor polémica entre los estudiosos y en el seno de la Iglesia católica que la figura del Bautista, ya que esta institución no acepta como válido ningún posible indicio de vínculo entre su máxima figura y el grupo de los esenios.

Será difícil encontrar paralelismos si, como señala el estudio llevado a cabo en 1993 por 200 eruditos bíblicos, no pueden ser consideradas como auténticas más del 20 por ciento de las palabras atribuidas a Jesús en el Nuevo Testamento, lo que vendría a corroborar la teoría de una manipulación histórica iniciada con Pablo de Tarso –al que algunos estudiosos como Robert H. Eisenman relacionan con el personaje del Mentiroso que aparece recogido en los rollos- y más tarde con Constantino en el Concilio de Nicea. De ser cierto, lo que parece muy probable cuando es analizado y verificado por los más reputados investigadores, algunos de ellos católicos, es probable que muchas de las coincidencias entre Yeshua y los esenios no respondan sino a una adaptación de los textos cristianos. Ya sabemos que muchos de los escritos de Qumrán desaparecieron hace siglos –muchos de ellos incluso pocos años después de ser escondidos en las cuevas- lo que convierte en nada descabellada la teoría según la cual algunos de estos escritos pudieron ser utilizados por los primeros cronistas del cristianismo: ahí podría radicar la razón por la que no existe mención alguna a la comunidad de los esenios en el Nuevo Testamento, cuando es demostrado que tuvieron cierta relevancia en los tiempos del primer cristianismo.

Qumrán y los primeros cristianos, extrañas coindicencias

Pero centrémonos en las sospechosas coincidencias entre los seguidores del Mesías y los escritos de la Comunidad, unos escritos que siguen manteniendo para muchos su carácter maldito, sin duda por lo que su contenido implica en parte para el dogma establecido. Aunque, como señala Hodge, Jesús fue un hombre devoto y santo que habría compartido muchas de las ideas de su doctrina con los hasidim, existen ciertas similitudes que llevan a pensar que Yeshua estaba más cerca de las enseñanzas de los esenios que de cualquier otro grupo de la Palestina de la época.

Hasidim en la antigua Israel

Hemos señalado que la Comunidad de Qumrán promulgaba la colectividad y una forma de vida que excluyera la posesión de bienes y riquezas. Del mismo modo, Jesús advertía a sus seguidores que una riqueza excesiva no servía sino para corromper al hombre –algo que debieron olvidar muchos de nuestros queridos obispos y cardenales-. Parece ser que, además, los primeros cristianos seguían la costumbre de colectivizar sus bienes. En los Hechos de los Apóstoles, Lucas (2, 44-45), podemos leer lo siguiente: «Todos los que creían vivían unidos y tenían todo en común: vendían las posesiones y haciendas y las distribuían entre todos, según la necesidad de cada uno». Casi un guiño ancestral al comunismo.

Ambos grupos seguían la concepción de lo que Stephen Hodge ha dado en llamar «dualismo escatológico», según el cual la humanidad estaría dividida entre el bien y el mal, entre la luz y la oscuridad, idea que se desprende tanto del contenido de La Regla de la Comunidad encontrada en Qumrán como del Evangelio de Juan y el Libro de la Revelación. No obstante, existe una marcada diferencia entre la forma en que los esenios actuaban respecto de sus enemigos y lo predicado por Jesús. Mientras los primeros incitaban a odiar y maldecir a los «Hijos de la Oscuridad», a sus enemigos –tanto los romanos como los sacerdotes del Templo-, Jesús abogaba por todo lo contrario: «…pero yo os digo esto: ama a tus enemigos y reza por los que te persiguen» (Mateo 5:43). Parecen existir, sin embargo, algunas controversias sobre la actitud de Jesús respecto a este tema, pues en uno de los episodios más célebres de su vida fue el ataque a los mercaderes a las puertas del Templo, lo que contradice profundamente la enseñanza de «poner la otra mejilla». Asimismo, en uno de los textos de Nag-Hammadi se describe al Jesús de la infancia como un niño vengativo y cruel, lo cual no hace sino avivar enormemente la polémica sobre este punto.

Volviendo a la posible relación del Mesías con la Comunidad, existen aún más paralelismos entre lo que se afirma en los rollos y en el Nuevo Testamento: ambos condenaban el divorcio y los segundos casamientos como algo impuro, una actitud que se creía original de los primeros cristianos pero que el Documento de Damasco, encontrado en Qumrán, revela como propia también de los esenios. En cuanto a la comida ritual, a pesar de los añadidos posteriores que existen en las Escrituras sobre la Última Cena, tema en el que tampoco se ponen totalmente de acuerdo los literalistas bíblicos, sabemos que Jesús bendecía el pan y el vino, al igual que la comida era bendecida por el sacerdote o Maestro de la Luz en los ritos gastronómicos de la Comunidad: «Y el sacerdote será el primero en extender la mano y bendecir los primeros frutos»(extraído de La Regla de la Comunidad). Sobre este punto, el cardenal y jesuita francés Jean Danielou se atrevió a señalar en su obra Los Rollos del Mar Muerto y el cristianismo primitivo que «Cristo debe haber celebrado la Última Cena la víspera de la Pascua según el calendario esenio».

El documento de Damasco

Pero aún hay más, y este es el punto de encuentro más relevante entre ambos grupos: los exorcismos. Sabemos por los Evangelios que Jesús realizaba estos rituales de expulsión de los demonios como forma de sanar a los enfermos. Los esenios creían, al igual que los fariseos –de cuyas enseñanzas también bebió profundamente el Mesías cristiano- que existían ángeles buenos y malos, y que conocer su nombre permitía parcialmente controlarlos, de manera que creían poder curar a un enfermo si expulsaban a los «ángeles malos» o demonios que se habían instalado en su mente. Los esenios, por tanto, con fama de grandes sanadores, realizaban exorcismos como Jesús, lo que se desprende de documentos como el Génesis Apócrifo, también encontrado en Qumrán, una práctica que, al igual que la condena al divorcio, se atribuye como originaria a Jesús, a pesar de que ya en el Antiguo Testamento encontramos relatos sobre posesión y exorcismos.

Demasiados paralelismos que deben ser considerados, no obstante, con mucha cautela, pues ninguna similitud permite relacionar a Yeshua ni a Juan de forma definitiva con Qumrán y los esenios. Quizá los últimos encontrados por el equipo de arqueólogos israelíes en nuevas cuevas arrojen algo más de luz sobre aquel fascinante periodo de nuestro pasado. Seguiremos informando.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

The Nag-Hammadi Library.

–DANIELOU, Jean: Los Manuscritos del Mar Muerto y el cristianismo primitivo. Ediciones Criterio, 1960.

–GREZ, David: Los Evangelios Gnósticos. Las enseñanzas secretas de Jesús. Editorial Sirio, 2004.

–HODGE, Stephen: Los Manuscritos del Mar Muerto. Edaf, 2001.