Operación Overlord: los secretos del Desembarco de Normandía (III)

Fue el episodio clave que daría inicio a la fase final de la guerra en Europa y el principio del fin del Tercer Reich. Dejando al margen las derrotas infligidas por los soviéticos a los alemanes en Stalingrado o Kursk, sin las que el avance por el Este hacia Berlín habría imposibilitado la victoria, los aliados asestaron un golpe mortal a la Alemania nazi el 20 de junio de 1944, el conocido como «Día D». Un impresionante contingente de fuerzas británicas y norteamericanas desembarcaron en el continente para avanzar sin parangón hacia el corazón del régimen nacionalsocialista.

Óscar Herradón ©

Conferencia de Teherán (Fuente: Wikipedia. Free License).

Regresemos de nuevo a lo que sucedió durante la Conferencia de Teherán que a punto estuvo de convertirse en el escenario de un triple magnicidio. Parece que durante la misma, al menos así nos lo ha transmitido la historia de aquel encuentro, Churchill se volvió hacia Stalin y profirió uno de sus típicos comentarios metafóricos que se convertiría en una suerte de mito: «En tiempos de guerra, la verdad es tan preciosa que siempre debería estar protegida por una sarta de mentiras». Stalin le contestó, secamente: «Esto es lo que llamamos astucia militar». La invasión del Día D, efectivamente, iba a estar protegida y ayudada por una campaña gigantesca, un conjunto de mentiras –a cuál más ingeniosa– para ocultar la verdad. En reconocimiento por la observación del premier británico, se bautizó a la empresa con el nombre en clave de «Bodyguard» (Guardaespaldas).

El objetivo principal de la Operación Bodyguard era engañar a los alemanes para que creyeran que la invasión llegaría a un punto que no era, y que no llegaría al lugar que era, en palabras de Ben Macintyre: «Y aún más, para asegurarse de que esas tropas que se estaban preparando para rechazar la falsa invasión no eran desplegadas para repeler la auténtica, el engaño debía mantenerse después del Día D».

Ya vimos en Dentro del Pandemónium cómo la «Operación Carne Picada» sirvió para facilitar los desembarcos en Sicilia en 1943. El objetivo ahora era justo el contrario: un año antes se había logrado convencer a los alemanes de que el objetivo más probable no era el objetivo real. Ahora el propósito era hacer creer a Hitler que el objetivo más verosímil era el verdadero.

En la actualidad el Día D aparece, con cierta aura mítica, como una victoria monumental, algo, en retrospectiva, como históricamente inevitable. Sin embargo, en aquel momento no parecía tan claro y los aliados tuvieron no pocas dificultades a la hora de llevarla a cabo: los ataques anfibios estaban entre las operaciones más difíciles de la guerra y, además, los alemanes habían construido una denominada «zona de la muerte» a lo largo de toda la costa francesa, con una profundidad de más de ocho kilómetros, una pista de obstáculos letal hecha de alambre de espino, cemento y más de seis millones de minas, tras la cuales había emplazamientos de artillería y puestos de ametralladoras y búnkeres.

A. Brooke

El Muro Atlántico parecía impenetrable y no eran pocos los militares escépticos acerca del éxito de la operación. El mariscal de campo sir Alan Brooke, jefe del Estado Mayor imperial, llegaría a decir: «Puede ser perfectamente el más terrible desastre de toda la guerra».  Había que controlar el elemento sorpresa, probablemente el más complicado de mantener, a toda costa. Solo había un puñado de lugares adecuados para un desembarco masivo en aquella zona. En palabras de uno de los planificadores, según recoge John C. Masterman en The Double Cross System in War: «era completamente imposible ocultar el hecho de que el ataque principal tendría lugar en algún punto entre la península de Cherburgo y Dunquerque».

Un despliegue sin precedentes

El volumen de los recursos ingleses y estadounidenses en Reino Unido era enorme: ascendía a más de tres millones de hombres, una gigantesca flota de navíos de guerra, buques mercantes y lanchas de desembarco, así como 13.000 aviones reunidos en los campos de entrenamiento y pistas de aterrizaje de la RAF para efectuar la mayor invasión de la historia. Sin embargo, la amplia campaña de desinformación haría creer a los alemanes que el operativo que se estaba preparando era mucho mayor y los agentes dobles al servicio del Comité XX debían confundir sobre el lugar de desembarco.

El objetivo más obvio era el paso de Calais, en el noroeste, la región más cercana a la costa británica. Además, los puertos de aguas profundas de Calais y Boulogne podían ser abastecidos fácilmente, así como reforzados una vez tomados por los aliados, y la cabeza de puente en Calais ofrecería la ruta más directa para una marcha de los ejércitos invasores hacia París y el corazón industrial alemán en el Ruhr. De hecho, el propio Hitler había identificado aquella región como el objetivo más probable: «Es ahí donde el enemigo debe atacar y atacará, y es ahí –a menos que todos los indicios sean engañosos– donde tendrá lugar la batalla decisiva contra las fuerzas de desembarco». Efectivamente todos los indicios eran engañosos. Sin embargo, el Führer estaba completamente alerta respecto a la posibilidad de volver a ser engañado como en las invasiones del norte de África y Sicilia. Sería mucho más difícil para los servicios de Inteligencia aliados engañarle en esta ocasión.

Bodyguard

Por su parte, en julio de 1944, los planificadores militares aliados habían llegado a la conclusión de que, «en lugar de las ventajas evidentes que proporciona el paso de Calais por su proximidad a nuestra costas», la costa de Normandía al norte de Caen representaba un mejor objetivo: las playas normandas eran largas, anchas y con pendientes suaves, con brechas adecuadas en las dunas a través de las cuales una fuerza invasora podría replegarse rápidamente tierra adentro. La ausencia de un fondeadero de aguas profundas se resolvería de manera ingeniosa mediante la construcción de enormes puertos artificiales conocidos como «Puertos Mulberry».

Puertos Mulberry, fundamentales en el Desembarco

Precisamente para dejar el camino libre a la invasión y paralelamente a los preparativos militares, en un esfuerzo colectivo extraordinario, los servicios secretos británicos en colaboración con los norteamericanos y los de la Francia Libre, llevarían a cabo uno de los más brillantes señuelos de la Segunda Guerra Mundial, utilizando las habilidades de un ecléctico grupo de agentes dobles del Sistema de Doble Cruz, entre ellos, uno de los mejores espías de la contienda: el español Juan Pujol, alias «Garbo».

Garbo

Desde el 17 de abril se impuso una estricta censura en las comunicaciones de los diplomáticos extranjeros y las salidas y entradas al país estaban rigurosamente controladas. Un buen espía enemigo podría dar al traste con la operación más importante de toda la contienda, que serviría para asestar un golpe mortal a Hitler y sus generales. Los agentes al servicio del Comité XX que habían sido «engañados» para transmitir información errónea a sus supervisores alemanes, y que tenían por objetivo generar mucho «ruido» y confusión, era uno de los aspectos fundamentales de la denominada Operación Fortitude (Fortaleza), la medida de distracción más ambiciosa de la guerra, mayor incluso que el proyecto (maskirovka o «decepción militar») que por aquel entonces preparaba el Ejército Rojo para ocultar el verdadero objetivo de la Operación Bagration, la ofensiva militar de Stalin para cerca y aplastar en el verano de 1944 al Grupo de Ejércitos Centro de la Wehrmacht en Bielorrusia.

La Operación Fortitude estaba dividida en dos componentes fundamentales: Fortaleza Norte y Fortaleza Sur. La primera, que tenía como misión crear formaciones falsas en Escocia y el norte de Irlanda a partir del denominado «4º Ejército Británico», fingía estar preparando un ataque contra Noruega. Su intención: que el Führer mantuviera las divisiones alemanas destacadas allí y no las trasladase hasta la costa occidental.

Patton

Fortaleza Sur era la operación de mayor envergadura. Su objetivo consistía en hacer creer al enemigo que cualquier desembarco en Normandía era una maniobra de distracción gigantesca y perfectamente urdida para alejar a las divisiones alemanas de reserva del Paso de Calais, en el norte de Francia.  La verdadera invasión se suponía que iba a tener lugar durante la segunda quincena de julio entre Boulogne y el estuario del Somme. El emblemático general norteamericano George S. Patton, el militar más temido por los alemanes, fue puesto al frente de un hipotético «I Grupo de Ejércitos de los Estados Unidos», una fuerza totalmente ficticia que contaba con once divisiones al sureste de Inglaterra. Aquel ejército no existía pero había que hacer creer a la Inteligencia alemana y por tanto al OKW, el Alto Mando alemán, que sí.

En la misma línea en la que el ilusionista británico Jasper Makelyne y su «Cuadrilla Mágica» crearon en el norte de África ejércitos enteros de cartón piedra en la lucha contra el Afrika Korps de Rommel, una serie de aviones de cartón piedras y tanques hinchables ­–que simulaban a la perfección los M4 Sherman–, junto a 250 lanchas de desembarco falsas, contribuirían a fabricar esa ilusión entre las filas enemigas el Día D.

Tanques falsos de la Operación Fortitude

Para aumentar dicho espejismo, dos cuarteles militares ficticios emitían constantemente mensajes de radio y un ingenioso sistema de sonido lanzaba al éter ruidos que simulaban movimientos de tropas, camiones y excavadoras en funcionamiento e incluso tanques que tomaban posiciones –sonidos que podían confundir a los espías que se hallasen en los alrededores, en un perímetro de varios kilómetros a la redonda–. Asimismo, se crearon formaciones ficticias, como la 2ª División Aerotransportada británica. La Red Garbo sería la encargada de emitir toda una serie de informes a los altos mandos alemanes para dar forma a una gigantesca campaña de confusión. Beevor apunta que. «Esos comunicados ofrecían una serie de detalles que poco a poco iban tejiendo el entramado con el que el Comité de la Doble Equis quería persuadir a los alemanes de que el mayor ataque iba a tener lugar más adelante en el citado Paso de Calais».

Operaciones de desinformación

También se idearon otras tretas para impedir que los alemanes desplazaran a Normandía, el verdadero lugar de desembarco, tropas procedentes de otros enclaves de Francia. Así nació la Operación Ironside, cuyo objetivo era dar la sensación al enemigo de que dos semanas después de los primeros desembarcos se lanzaría una segunda invasión en la costa occidental francesa directamente desde los EEUU y las Azores.

Bronx

Para impedir que los nazis desplegaran a Normandía, como medida de precaución, la 11ª División Acorazada, que se encontraba entonces en Burdeos, una agente doble destinada en Gran Bretaña, controlada por el Comité XX, conocida como «Bronx» –y cuyo verdadero nombre era Elvira «Chaudoir», de origen peruano–, envió el siguiente mensaje cifrado a su supervisor alemán en el Banco Espirito Santo de Lisboa: «Envojez vite cinquante libres. J’ai besoin por mon dentiste», cuyo significado en clave era: «en torno al 15 de junio se llevará a cabo una operación de desembarco en el golfo de Vizcaya». Era mentira, claro, pero puesto que el supervisor de «Bronx» ignoraba completamente que ésta formaba parte del Sistema de la Doble Cruz, envió su información puntualmente a Berlín y el resultado sería que la Luftwaffe de Göering, que evidentemente temía un desembarco en la Bretaña francesa, ordenó la destrucción inmediata de cuatro aeródromos situados cerca de la costa. Aquello daba una ventaja considerable a los aliados. Una mentira dentro de otra mentira, una desinformación que confundía aún más la desinformación anteriormente enviada. Al igual que «Bronx» y Garbo, otra serie de agentes harían campaña común para la mayor operación de engaño (deception) de la historia bélica.

Dudley Clarke

A finales de mayo se puso en marcha otro plan de desengaño conocido con el nombre en clave de Operación Copperhead, una pequeña parte de Bodyguard, ideada por el brillante y excéntrico oficial de la inteligencia británica Dudley Clarke. La idea, que parece sacada del guión de una película, era que un actor, concretamente el australiano Meyrick Clifton James, se hiciera pasar por el general Montgomery, con el que tenía un asombroso parecido. El teniente coronel J. V. B. Jervis- Read, director del OPS (b) –el departamento de información británico–, vio una foto suya en el News Chronicle y supo que el intérprete australiano, con 25 años de interpretación a sus espaldas cuando estalló la guerra, era su hombre. Cuando se reunieron con él le transmitieron el ingenioso plan de desinformación. James aceptó, aunque la misión no fue tan sencilla como aparentaba.

El falso Montgomery visitó Gibraltar y Argel para hacer creer al Eje que se preparaba un ataque contra la costa del Mediterráneo.

Las informaciones «Ultra» despejan la incertidumbre


Por su parte, el complejo secreto de Bletchley Park que tantos éxitos había cosechado en la sombra contra los alemanes, adoptó un nuevo sistema de observación, minucioso, para el éxito de Overlord; los expertos, a través de las interceptaciones «Ultra», estarían preparados para descifrar cualquier cosa importante en cuanto tuvieran noticia de ella. Gracias a este sistema, los oficiales de Inteligencia destinados en la campaña británica también podrían comprobar el éxito de la desinformación elaborada en el marco de Fortitude y transmitirla por Garbo y los principales agentes de la Doble Equis, como Dusko Popov, alias «Triciclo» y el polaco Roman Garby-Czerniawski, alias «Brutus», entre otros.

El actor Clifton James, clavadito a «Monty»

Era evidente que los alemanes habían mordido el anzuelo: el 22 de abril fue descifrado en el complejo de Bletchley un comunicado alemán que identificaba al «4º Ejército», con su cuartel general cerca de Edimburgo y dos de sus divisiones situadas en Stirling y Dundee. Otros mensajes secretos interceptados evidenciaban que la Wehrmacht creía que la División Lowland se estaba preparando para lanzar un ataque contra Noruega, como preveía el plan Fortaleza Norte. Ello condujo a que los alemanes –según se dedujo una vez más a través de las informaciones «Ultra»– llevaran a cabo ejercicios de maniobras antiinvasión, basándose en el supuesto de que los desembarcos tendrían lugar entre Ostende y Boulogne.

El 2 de junio, considerando que tenían los datos suficientes, los oficiales al mando de la mansión en la campiña inglesa donde trabajaban Alan Turing y otros eminente criptoanalistas y matemáticos en la lucha contra Hitler, emitieron el siguiente comunicado: «Las pruebas más recientes indican que el enemigo supone que los aliados ya han finalizado todos los preparativos. Espera que un primer desembarco tenga lugar en Normandía o en Bretaña, y que a continuación se materialice el grueso de la operación en el Paso de Calais». El camino hacía el Día D parecía estar completamente despejado… ¿o no?

Eisenhower y Monty antes de la invasión

Las cosas se complicaban con los informes meteorológicos citados. A primera hora del 2 de junio, Eisenhower se subía a su caravana, oculta en el parque de Southwick bajo redes de camuflaje, y a la que llamaba «mi carromato de circo», esperando los últimos informes. Allí, en los escasos momentos que tenía libres, intentaba mitigar sus nervios leyendo novelas del oeste –que, curiosamente, también apasionaban a Hitler–, o fumando echado en su camastro. Churchill, bajo su búnker de la City, hacía lo propio, apurando su coñac y fumando sus puros, a veces pintando, una de sus grandes pasiones, a la espera del momento definitivo, el momento en el que la Historia, con mayúscula, decidiría el porvenir del mundo libre. El orondo premier mantenía un contacto continuo con el ya muy enfermo presidente estadounidense Roosevelt, a través de su línea secreta en su «Sala del Teléfono». La espera comenzaba a hacerse cada vez más angustiosa. El Día D tomaba forma definitiva.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

BEEVOR, Antony: El día D. La batalla de Normandía. Crítica, 2010.

CARDONA, Pere y P. Villatoro, Manuel: Lo que nunca te han contado del Día D. Principal de los Libros 2019.

HERRADÓN, Óscar: Expedientes Secretos de la Segunda Guerra Mundial. Luciérnaga,

MACINTYRE, Ben: La historia secreta del Día D: la verdad sobre los superespías que engañaron a Hitler. Crítica, 2013.

BREAKING NEWS!

Hace unos días, la editorial La Esfera de los Libros contraatacaba con una nueva y suculenta novedad nada menos que del prestigioso historiador británico Max Hastings, que ya va por su segunda edición. El libro es Overlord. El día D y la batalla de Normandía y el título hace referencia al nombre en clave de aquella colosal operación de desembarco y conquista, «Señor Supremo», orquestada por los servicios de inteligencia británicos y norteamericanos para engañar a la Wehrmacht. Esta monografía se suma a una lista de magníficos trabajos sobre el asunto, entre los que destacan principalmente dos, los de Antony Beevor y Ben Macyntire, y podríamos decir que se trata, al menos de momento, del trabajo definitivo sobre el Desembarco, completamente actualizado con datos e informes –algunos recientemente desclasificados– y una contrastación de fuentes ingente e impecable. Un texto monumental que abarca tanto los preparativos como analiza los escenarios (cada una de las playas, los parapetos, los búnkeres, el camino francés hacia el continente…), las operaciones de inteligencia desplegadas por ingleses y estadounidenses para facilitar el Desembarco y engañar a los ejércitos de Hitler con otro punto de invasión (entre otros, Calais), la contraofensiva alemana y el coste indescriptible en vidas, así como la enorme destrucción material.

Una completa edición que incluye un prólogo a la edición española, numerosos mapas que muestras los desembarcos aliados entre el 6 y el 9 de junio, y otros momentos clave como la batalla por Villers-Bocage, la Operación Epsom (la ofensiva británica también conocida como Primera Batalla del Odón), la Operación Goodwood (ya en julio) o la Operación Cobra (nombre en código de la operación aliada lanzada por el Primer Ejército de Estados Unidos siete semanas después del Día D), entre otras. También incluye exhaustivos apéndices con una cronología detallada, el Orden de batalla aliado, las Fuerzas disponibles en el llamado Teatro Europeo de Operaciones (ETO por sus siglas en inglés) para la operación Overlord Día D e incluso las Fuerzas terrestres alemanas encontradas por los Aliados en Normandía. Imposible brindar una mayor fuente documental.

Como la historia es cambiante, y sobre todo en un asunto tan descomunal como la guerra más devastadora de todos los tiempos, no dejan de aparecer nuevos testimonios o de desclasificarse documentos que se creían perdidos, o blindados, o simplemente se desconocía su existencia, lo que nos obliga a cambiar una y otra vez lo comúnmente aceptado sobre un asunto, sobre un hecho (por decisivo que fuera, como es el caso de aquel «Día más largo»). Por ello, en un escenario vivo y cambiante aunque sucediera hace 80 largos años, con el tiempo no será extraño que surjan nuevos trabajos reveladores. Por ahora, éste de Hastings (autor de obras emblemáticas como Armagedón. La derrota de Alemania, 1944-1945, La Guerra de Churchill: la historia ignorada de la Segunda Guerra Mundial o Némesis. La derrota del Japón, 1944-1945, entre otras), es el más completo y novedoso hasta el momento.

La voz autorizada de John Keegan, de The New York Times Book Review, ha dicho de él: «El relato de Max Hastings sobre la batalla no sería indigno de coincidir con el de los mejores periodistas y escritores que la presenciaron. Un homenaje a sus habilidades como historiador».

He aquí la forma de adquirirlo:

http://www.esferalibros.com/libro/overlord/

La Batalla por los puentes

Y para conocer con qué dificultades se encontraron los aliados en su marcha hacia el corazón del Tercer Reich, nada mejor que hacerlo de la mano nuevamente de Beevor (del que hemos citado varias veces su obra capital sobre el Desembarco, el bestseller El Día D: la batalla de Normandía). Crítica recupera uno de los últimos trabajos del que es, junto a Hastings, el más notable de los historiadores militares contemporáneos. En La Batalla por los puentes. Arnhem 1944, con su habitual pulso narrativo y su profusión de detalles y valiosa información (ingente cantidad de datos que en ningún momento ralentiza el vibrante relato, he ahí parte de su maestría como narrador de la Historia), el inglés se centra en un episodio que a punto estuvo con dar al traste los planes aliados.

En septiembre de 1944, menos de tres meses después del Día D, las tropas británicas y estadounidenses comandadas desde Londres avanzaban por Holanda y se disponían a cruzar el Rin para invadir una Alemania atenazada por la cruz gamada (y sacudida, para más inri, por continuos bombardeos del enemigo), y cuando todo parecía estar hecho, tuvo lugar el desastre de Arnhem, la última victoria germana, que iba a alargar la contienda más allá de lo previsto, con el consiguiente número de bajas y pérdidas materiales por ambas partes. Gracias a esa valiosísima documentación citada, que en muchos de los casos era inédita hasta ahora, así como diarios y numerosos testimonios personales en un incansable –y habitual– trabajo de campo de muchas décadas, Beevor desvela la verdad de lo que sucedió cuando el batallón del militar británico John Frost se topó con una resistencia del enemigo que no habían previsto, un desastre que «Monty» quiso convertir en victoria y al que ahora la historiografía bélica pone en su justo lugar. Aquí podéis adquirir esta joya de la Segunda Guerra Mundial que el editor y columnista Jay Elwes ha definido con estas palabras: «Otra obra maestra del más célebre de los historiadores militares de nuestro tiempo». Ahí es nada.

«GUERREROS»:

Y precisamente del «más célebre de los historiadores militares de nuestro tiempo», una de las editoriales de nuestro país que más devoción y cuidado muestra por la historiografía, Desperta Ferro, publica uno de sus últimos y más singulares trabajos centrados en el ámbito bélico: Guerreros. Retratos desde el campo de batalla. Una narración absorbente y con un original punto de vista sobre esas historias individuales (pero que acaban trascendiendo a nivel colectivo) y que por regla general quedan difuminadas por los grandes hechos, los nombres de oficiales de alta graduación o la épica (que nunca es tal) de las batallas.

Así, Hastings, en una meditada y difícil selección, acertada sin duda (aunque podría haber sido muy diferente teniendo en cuenta el amplio espectro temporal tratado), aborda las hazañas en el campo de batalla –ya sea en tierra, mar y aire– de dieciséis «guerreros» que dan título a la obra, de distinta extracción social y nacionalidad que abarcan los tres últimos siglos. Comienza con las Guerras Napoleónicas, donde aborda la figura del singular general y escritor napoleónico Marcellin de Marbot, y también de sir Harry Smith y su esposa española (y compañera de armas) Juana María de los Dolores; también recoge la guerra anglo-zulú, que retrata a través de la figura del ingeniero reconvertido en soldado John Chard, en la batalla de Rorke’s Drift (historia retratada en la cinta Zulú, de Cy Enfield).

Vann

Y no se olvida de Vietnam, conflicto que recrea a través de los ojos del enérgico Teniente Coronel y asesor militar estadounidense John Paul Vann, un «verso suelto» dentro del ejército con una historia personal digna de una novela. Su decisión de intentar llamar la atención de la opinión pública sobre los problemas de Vietnam a través del New York Times (gracias a su contacto, el combativo periodista e David Halberstam), sacando los trapos sucios del grupo de operaciones especiales Comando de Asistencia Militar en Vietnam (catalogado como de ultra-clasificado), provocaría su expulsión como asesor en 1963 y su abandono del ejército pocos meses después, convirtiéndose en una suerte de «traidor» cuando en realidad fue todo lo contrario.

Y junto a otras contiendas (como las operaciones en los Altos del Golán), Hastings viaja al escenario que nos interesa más en este post: el de la Segunda Guerra Mundial. Los personajes de esta contienda, para mi satisfacción, son los que engloban la mayor parte del volumen. Hastings comienza con la epopeya de John Masters, oficial británico del Ejército Indio (y célebre novelista), que penetró en las líneas enemigas en Burma, luchando junto a los gurkhas en la campaña de Birmania. El historiador británico cuenta después la historia del jefe de escuadrón Guy Gibson, piloto de la RAF que protagonizó un increíble raid sobre las presas del Ruhr (en el marco de la Operación Chastise), y que inspiraría la película de 1955 Los destructores de diques. También otros personajes fascinantes como Audie Murphy, James Gavin o la australiana integrada en las filas del Grupo de Operaciones Especiales (SOE) de Churchill, Nancy Wake, alias «Ratón Blanco», que ayudó a la Resistencia francesa durante la ocupación nazi, llegando a ser la mujer del bando aliado con más condecoraciones por sus acciones en la guerra.

Nancy Wake, alias «Ratón Blanco»

Guerreros es un estudio sobre el coraje pero también sobre la hipocresía del concepto de «héroe» estipulada por gobiernos y administraciones (siempre de los países vencedores), que endiosan a unos personajes, condecorándolos con todos los honores, mientras sepultan en el olvido (a veces deliberadamente) a otros «guerreros» cuyas acciones fueron tanto o más decisivas que los primeros.

Podéis adquirir esta maravilla de la historiografía contemporánea, pinchar en el siguiente enlace:

Stalker: la distopía soviética de los hermanos Strugatski

La publicación en nuestro país de varios libros recientes, novelas distópicas que en Occidente permanecieron en el olvido durante décadas, sitúa por fin a la ciencia ficción soviética en el lugar que merece entre el público no especializado. Durante la Guerra Fría, en EEUU y otros países de la órbita de la OTAN, leer a todo escritor que proviniese del otro lado del telón de acero era hacer concesiones al enemigo ideológico (con todo lo que ello implicaba), también en el selecto círculo de los expertos del género. Ahora, podemos disfrutar en castellano, en nuevas traducciones escrupulosas con los textos originales y libres de censura, de unos títulos que transcienden las barreras doctrinales.

Óscar Herradón ©

Fotograma de Stalker (1979) de Andrei Tarkovski.

Me sumergí por primera vez en la magnética prosa de los hermanos Arkadi y Borís Strugatski tarde, he de reconocerlo, cuando llegó a mis manos una joya editada por Sexto Piso, Mil Millones de Años hasta el Fin del Mundo (libro que en su momento reseñamos como merecía en las páginas de la revista Enigmas). Fue en 2017 (aunque los hermanos la publicaron originalmente en 1974) y su lectura me dejó una profunda huella. Me pareció una obra minimalista, de ambiente ciertamente onírico, lejano a la frialdad habitual del género, aunque en ella subyacía un profundo pesimismo, como si en cada una de sus líneas latiera una crítica al mundo, al de entonces –el régimen comunista que, aunque era, al menos de cara a la galería, abrazado por sus autores, expurgaría gran parte del texto original– pero también a la propia existencia humana, y sobre todo, y eso era para mi fundamental, diferente a todo lo que había leído. Aquella distopía doméstica me cautivó, vamos, y por ello, cuando supe que otra de las pequeñas grandes editoriales de nuestro país relanzaba una de las novelas cumbre de los rusos, me lancé a devorarla sin contemplaciones.

La editorial en cuestión es Gigamesh y la obra Stalker. Pícnic extraterrestre, subtítulo más ajustado –y sugerente– al título original. Publicaron la obra por primera vez en 2015 (ahí se me escapó, he de reconocerlo), y ahora la relanzan en una preciosa edición, minimalista, con un interior de cubierta que ya quisieran muchas de las grandes, en su colección «Breve». Y su lectura volvió a remover algo en mi interior. Conocía la obra por la adaptación –muy libre y personal– que el cineasta también ruso Andrei Tarkovsky hizo del texto, con la complicidad de sus autores (co-firmantes del guión). La película es sin duda una obra maestra (vilipendiada y adorada a partes iguales por cinéfagos de todo pelaje), pero el texto es aún más redondo, y por supuesto clarificador (suele suceder con este tipo de obras y su adaptación al cine por genios irreverentes, como pasó con Kubrick y su visión de 2001. Una odisea del espacio, inspirada en el cuento El Centinela de Arthur C. Clarke, no obstante, coguionista del filme).

Stalker se sitúa en la Tierra en un futuro distópico se entiende que no muy lejano –ni preciso–, tiempo después de que unos extraterrestres, en un primer contacto sui géneris, hicieran una parada en el planeta (no tan) azul y, como buenos excursionistas (léase seres humanos), durante su breve incursion dejasen restos de basura tras ellos. Los lugares sembrados por dichos despojos tecnológicos son conocidos como «Zonas», seis concretamente. El protagonista es una suerte de antihéroe desencantado, un hombre corriente y hasta vulgar, con malas pulgas,  de nombre Redrick Schuhart, un ayudante de laboratorio en el instituto internacional que estudia el fenómeno pero que tiene, cual agente secreto de esos que tanto abundaban en la Guerra Fría, una doble vida. Por la noche se convierte en un «stalker»: entra a la Zona para obtener de contrabando tecnología extraterrestre (corriendo el peligro de morir, o de sufrir –él y su progenie– graves malformaciones), y con el anhelo de conseguir la denominada «Piedra o Bola Dorada», una suerte de Grial sideral que concede todos los deseos.

Un discurso que cobra renovada importancia en el mundo pandémico de 2021, asolado por la enfermedad y el cambio climático, es esa «desconexión» entre el hombre, el individuo, y su entorno, un planeta que maltrata y que se revuelve contra su rapiña. ¿Lecturas? Múltiples, tantas como nos permita nuestra imaginación, que jamás será tan portentosa como la de sus autores.

En el prólogo, la renombrada Ursula K. Le Guin, una voz más que autorizada en el género, en relación al sci-fi como vehículo de crítica (velada) político-social, escribe: «La ciencia ficción se presta a subvertir cualquier status quo mediante la imaginación. Burócratas y políticos, que no pueden permitirse cultivar la imaginación, tienden a asumir que todo son pistolas de rayos y tonterías graciosas para los críos».

Los visionarios hermanos Strugatski

Los censores del Kremlin, experimentados y responsables de que obras de gran calidad nunca llegaran a nuestras manos (y que algunos autores acabaran de forma precipitada y trágica su existencia), no supieron –o no quisieron ver– que la fantasía, esos evocadores mundos del sci-fi plagados de alienígenas, naves espaciales, universos de cartón piedra y luces de neón psicodélicas no eran tan inocuos: ofrecían un vehículo inmejorable para criticar al propio sistema y reflejar (con matices) la oscura realidad distópica (pero real) del día a día tras el telón de acero. Otros grandes como el «traidor» George Orwell o Aldous Huxley, muy comprometidos ideológicamente –y luego desencantados– lo supieron ver mucho antes, e inspirarían con fuerza la trayectoria de los rusos menos conformistas. Y eso que los Strugatski, a diferencia de otros compatriotas como Yevgueni Zamiatin (cuya pionera novela distópica Nosotros, principal inspiración de la orwelliana 1984, le costaría una férrea persecución del Estado soviético en los años 20), no cuestionaron nunca al régimen comunista, y fueron habituales de las revistas y publicaciones soviéticas. No obstante (premeditado o no, y cuesta creer que temas tan capitales surgieran per se) por toda su narrativa planea la importancia de la duda y la toma de decisiones individuales (frente a la colectividad) y las numerosas incongruencias del poder absoluto. ¿Les suena?

Operación Overlord: los secretos del Desembarco de Normandía (II)

Fue el episodio clave que daría inicio a la fase final de la guerra en Europa y el principio del fin del Tercer Reich. Dejando al margen las derrotas infligidas por los soviéticos a los alemanes en Stalingrado o Kursk, sin las que el avance por el Este hacia Berlín habría imposibilitado la victoria, los aliados asestaron un golpe mortal a la Alemania nazi el 20 de junio de 1944, el conocido como «Día D». Un impresionante contingente de fuerzas británicas y norteamericanas desembarcaron en el continente para avanzar sin parangón hacia el corazón del régimen nacionalsocialista.

Óscar Herradón ©

Para preparar la que acabaría por ser la operación estratégica más importante de la historia bélica, la Marina Real Británica tomó posesión del edificio de Southwick House, una soberbia mansión con fachada de estuco y entrada porticada, en 1940. Se hallaba a unos 8 kilómetros al sur de la base naval de Portsmouth y en sus fondeaderos había todo tipo de embarcaciones destinadas al que habría de ser conocido como «el día más largo», programado, en un principio, para el 5 de julio de 1944: buques de guerra, barcos de transportes y centenares de barcas de desembarco que inmortalizaría años después el cine bélico, que encontró en aquella colosal operación un verdadero filón.

Los hermosos jardines de la mansión estaban ahora plagados de barracones, tiendas de campaña y caminos de ceniza. Se trataba del Cuartel General del almirante sir Bertram Ramsay, comandante en jefe de las fuerzas navales para la invasión de Europa, así como el puesto de mando avanzado del SHAEF (Supreme Headquarters Allied Expeditionary Force, «Cuartel General Supremo de las Fuerzas Expedicionarias Aliadas»). En las estribaciones de Porsmouth se habían colocado estratégicamente baterías antiaéreas cuya misión era defender la zona, así como un arsenal naval a los pies de la montaña, ante posibles incursiones de la Luftwaffe, que tantos estragos había causado hasta entonces.

Sir Bertram Ramsay

El general Eisenhower ordenó al equipo meteorológico al servicio del Cuartel General, bajo las órdenes del Dr. James Stagg, recién nombrado capitán de grupo de la RAF (fuerza aérea británica) para evitar conflictos por «intrusismo» entre los herméticos cuadros militares, previsiones meteorológicas para tres días que debían consignarse todos los lunes para ser contrastadas posteriormente con la realidad. Nada podía quedar al azar, puesto que la marejada en el Canal de la Mancha a causa del mal tiempo podía mandar a pique las lanchas de desembarco, atestadas de soldados apiñados a bordo. De hecho, el día 1 de junio, un día antes del fijado para que los buques de guerra zarparan de Scapa Flow, en el noroeste de Escocia, las estaciones meteorológicas indicaban que se estaban formando áreas de depresión al norte del Atlántico que podrían dificultar mucho las cosas. Para más inri, los expertos meteorológicos ingleses y norteamericanos no se ponían de acuerdo sobre sus previsiones en un tiempo en el que no había satélites capaces de arrojar informaciones certeras.

Tanto Eisenhower como Churchill estaban sumidos en un estado de «nerviosismo previo al Día D», razonable teniendo en cuenta lo que se jugaban en aquella ofensiva secreta: si triunfaba, asestarían el primer golpe mortal a Hitler; si fracasaba, todo sería incierto y casi con seguridad la guerra se prolongaría mucho más tiempo, una guerra que ya había costado millones de bajas.

Preparativos de Overlord (Source: Wikipedia).

Lo más importante en todo momento, la mayor preocupación, había sido mantener el secreto de las operaciones. Gran parte de la costa meridional inglesa estaba cubierta de campamentos militares conocidos como «salchichas», donde las tropas de invasión permanecían aisladas, sin contacto con el exterior, aunque solo en la medida de lo posible, puesto que muchos soldados saltaban las alambradas para encontrarse con sus novias y esposas o tomar una última copa. La posibilidad de que se produjesen filtraciones era muy elevada. Por ejemplo, un general estadounidense de las fuerzas aéreas fue enviado a casa con deshonra por haber revelado la fecha de la denominada «Operación Overlord» en el curso de una fiesta en el Claridge.

Según refiere el historiador Antony Beevor en su exhaustivo estudio sobre aquellos días previos al que sería denominado por Rommel como «el Día más Largo», entonces existía el riesgo de que en Fleet Street se notara la ausencia de los periodistas británicos invitados para acompañar a las fuerzas invasoras y cubrir e inmortalizar aquel glorioso momento. Tanto ingleses como alemanes sabían que el Día D era inminente, pero existía la duda sobre cuál la fecha exacta y dónde tendría lugar el desembarco, algo que había que ocultar al enemigo a toda costa. Era la conocida como «Operación Boydguard» (Guardaespaldas), que contaría con distintas ramificaciones orientadas a confundir a los ejércitos de Hitler para que culminara con éxito la invasión de Europa.

Tanques falsos de la operación de engaño Bodyguard.

El origen de esta operación puede rastrearse hasta la conferencia de Teherán, en noviembre de 1943, el primero de los encuentros de los «Tres Grandes» donde se reunirían Churchill, Roosevelt y Stalin para orquestar el ambicioso plan de invadir el Viejo Continente que en principio tendría lugar en mayo de 1944 (finalmente se retrasaría un mes), con el general Eisenhower como comandante supremo aliado y Montgomery como comandante de las fuerzas terrestres aliadas para el ataque a través del Canal de la Mancha.

Operación Long Jump

Skorzeny

Precisamente, durante dicha reunión, que debía celebrarse en la Embajada de la Unión Soviética en Teherán, estuvo a punto de producirse un atentado contra figuras de tal envergadura del mando aliado. Hitler, a través de sus servicios secretos, había planeado minuciosamente el golpe durante la cumbre: la idea principal era asesinar a Churchill y a Stalin y tomar como rehén a Roosevelt para poder pactar condiciones en caso de que el Tercer Reich lo necesitara –y por aquellas fechas ya era cada vez más evidente que la contienda estaba en contra de los alemanes–, en una operación clandestina de nombre en clave «Salto de Longitud» (Long Jump en inglés, Weitsprung en alemán), orquestada por Ernst Kaltenbrunner, tras haber interceptado un codificado de la Armada estadounidense. El comando encargado del magnicidio, que sería comandado por un oscuro personaje, el jefe superior de unidad de asalto –Obersturmbannführer– SS Otto Skorzeny, conocido ya de los lectores de «Dentro del Pandemónium», a la desesperada, tenía también autorización para acabar con la vida del presidente estadounidense. Sin embargo, el plan alemán para la conferencia se puso en conocimiento de los servicios de Inteligencia soviéticos, uno de los más efectivos en la contienda, que eran los responsables de controlar y garantizar la seguridad en suelo iraní en virtud del Tratado de amistad rubricado entre la URSS y Persia de 1921.

Los «Tres Grandes» en la Conferencia de Teherán.

El encargado de sabotear el plan fue el joven espía de 19 años Gevork Vartanián, que llevaba desde los 16 trabajando en las filas del NKVD –su propio padre trabajaba como espía soviético bajo la fachada de rico comerciante armenio en Persia (actual Irán)–. Vartanian, de nombre en clave «Amir», conocía bien el oficio y en 1943 ya había ayudado a descubrir a más de 400 espías nazis camuflados entre los alemanes que vivían en Irán. El joven ruso fue capaz de interceptar una señal radiofónica en la que detectó los mensajes que se entercambiaban entre el Estado Mayor alemán y los seis paracaidistas alemanes, liderados por «Caracortada», que habían sido lanzados sobre suelo iraní para perpetrar el doble magnicidio y el secuestro.

Vartanian

La orden que Gevork y sus compañeros de equipo habían recibido de Moscú era peinar todo Teherán hasta dar con la emisoria de radio clandestina que recibía las consignas desde Berlín, en agotadoras jornadas de 18 horas. Fue tan minucioso el registro que llevaron a cabo los rusos, que los alemanes se sintieron acorralados. Cuando se produjo la detención de varios colaboradores de los nazis, y Gevork Vartanián logró localizar todas y cada una de las frecuencias utilizadas por los germanes en sus comunicaciones, el plan fue cancelado, y el comando alemán decidió esperar a que se celebrase la Conferencia, entre grandes medidas de seguridad, e intentar llevar a cabo el atentado in extremis, en el transcurso de la vuelta de los mandatarios a sus respectivos países, el 2 de diciembre. Sin embargo, tampoco aquí pudieron lograrlo y varios miembros del comando fueron apresados gracias al espía soviético y a su grupo. De esta forma, los «Tres Grandes» se salvaron de la que podría haber sido una muerte segura que probablemente hubiese cambiado el curso de la guerra.

La identidad de Vartanián, condecorado como Héroe de la Unión Soviética, se mantuvo en secreto hasta el año 2000, en que recibió el merecido reconocimiento por haber detenido el complot del atentado. Moría el 10 de enero de 2012 en Moscú, según recogía el diario El Mundo el día después del suceso.

Este post tendrá una inminente continuación en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

BEEVOR, Antony: El día D. La batalla de Normandía. Crítica, 2010.

CARDONA, Pere y P. Villatoro, Manuel: Lo que nunca te han contado del Día D. Principal de los Libros 2019.

HERRADÓN, Óscar: Expedientes Secretos de la Segunda Guerra Mundial. Luciérnaga,

MACINTYRE, Ben: La historia secreta del Día D: la verdad sobre los superespías que engañaron a Hitler. Crítica, 2013.

BREAKING NEWS!

Hace unos días, la editorial La Esfera de los Libros contraatacaba con una nueva y suculenta novedad nada menos que del prestigioso historiador británico de la Segunda Guerra Mundial Max Hastings, que ya va por su segunda edición. El libro es Overlord. El día D y la batalla de Normandía y el título hace referencia al nombre en clave de aquella colosal operación de desembarco y conquista, «Señor Supremo», orquestada por los servicios de inteligencia británicos y norteamericanos para engañar a la Wehrmacht.

El señor Hastings

Esta monografía se suma a una lista de magníficos trabajos sobre el asunto, entre los que destacan principalmente dos, los de Antony Beevor y Ben Macyntire, y podríamos decir que se trata, al menos de momento, del trabajo definitivo sobre el Desembarco, completamente actualizado con datos e informes recientemente desclasificados y una contrastación de fuentes ingente e impecable. Un texto monumental que abarca tanto los preparativos como analiza los escenarios (cada una de las playas, los parapetos, los búnkeres, el camino francés hacia el continente…), las operaciones de inteligencia desplegadas por ingleses y estadounidenses para facilitar el Desembarco y engañar a los ejércitos de Hitler con otro punto de invasión (entre otros, Calais), la contraofensiva alemana y el coste indescriptible en vidas, así como la enorme destrucción material. Una completa edición que incluye un prólogo a la edición española, numerosos mapas que muestras los desembarcos aliados entre el 6 y el 9 de junio, y otros momentos clave como la batalla por Villers-Bocage, la Operación Epsom (la ofensiva británica también conocida como Primera Batalla del Odón), la Operación Goodwood (ya en julio) o la Operación Cobra (nombre en código de la operación aliada lanzada por el Primer Ejército de Estados Unidos siete semanas después del Día D), entre otras, así como exhaustivos apéndices con una cronología detallada, el Orden de batalla aliado, las Fuerzas disponibles en el llamado Teatro Europeo de Operaciones (ETO por sus siglas en inglés) para la operación Overlord Día D e incluso las Fuerzas terrestres alemanas encontradas por los Aliados en Normandía. Imposible brindar una mayor fuente documental.

Como la historia es cambiante, y sobre todo en un asunto tan descomunal como la guerra más devastadora de todos los tiempos, no dejan de aparecer nuevos testimonios o de desclasificarse documentos que se creían perdidos, o blindados, o simplemente se desconocía su existencia, lo que nos obliga a cambiar una y otra vez lo comúnmente aceptado sobre un asunto, sobre un hecho (por decisivo que fuera, como es el caso de aquel «Día más largo»). Por ello, en un escenario vivo y cambiante aunque sucediera hace 80 largos años, con el tiempo no será extraño que surjan nuevos trabajos reveladores. Por ahora, éste de Hastings (autor de obras emblemáticas como Armagedón. La derrota de Alemania, 1944-1945, La Guerra de Churchill: la historia ignorada de la Segunda Guerra Mundial o Némesis. La derrota del Japón, 1944-1945, entre otras), es el más completo y novedoso hasta el momento.

La voz autorizada de John Keegan, de The New York Times Book Review, ha dicho de él: «El relato de Max Hastings sobre la batalla no sería indigno de coincidir con el de los mejores periodistas y escritores que la presenciaron. Un homenaje a sus habilidades como historiador».

He aquí la forma de adquirirlo:

http://www.esferalibros.com/libro/overlord/

UN MUNDO EN LLAMAS

Y para una visión global no solo del Desembarco y del conjunto de la gigantesca –y compleja– Segunda Guerra Mundial, sino del origen de su desencadenamiento: la Gran Guerra, el auge de los totalitarismos, el Tratado de Versalles, la humillación de los vencedores de la Primera Guerra Mundial a los alemanes, las desorbitadas reparaciones de guerra (que se hayan en la base mismo del nacimiento del Partido Nazi), nada mejor que sumergirse en las amenas páginas del ensayo Un Mundo en Llamas. Una breve historia entre 1914 y 1945, del veterano periodista Fernando Cohnen, un libro introductorio y de muy fácil lectura para tener una idea global de la turbulenta historia de la primera mitad del siglo XX.

Un recorrido por episodios clave como el Crack bursátil del 29 y la devastadora crisis que causó (agudizando, en países como Alemania, una decadencia largamente instalada en la sociedad y la economía) o el auge de populismos en países como Alemania e Italia, pero también en España (que acabarían desencadenando, en gran parte, la Guerra Civil, cuyo certero análisis también tiene cabida en este completo libro) que recuerda a lo que hoy vivimos en pleno siglo XXI. Un ensayo breve pero contundente recientemente editado por Crítica (Grupo Planeta) y que podéis conseguir en el siguiente enlace:

https://www.planetadelibros.com/libro-un-mundo-en-llamas/320860