Rocky Balboa: The Real American Dream (I)

Ahora que Sly cumple 75 años, anuncia un nuevo montaje de la hiper-vitaminada Rocky IV y se celebra el 45 aniversario del estreno de la primera película, recordamos en «Dentro del Pandemónium» algunas de las anécdotas más suculentas del surgimiento, el rodaje y la repercusión de esta franquicia pugilística que levanta el ánimo al ritmo del icónico «Gonna Fly Now» de Bill Conti.

Óscar Herradón ©

Rocky cambió el cine de deportes y también causó un gran revuelo en la gala de los Premios Oscar de 1977 (la 49 edición). Nadie apostaba por que esta cinta sobre un perdedor de origen italoamericano que luchaba por alcanzar el tan ansiado «sueño americano» y que tenía un acusado aire del cine de Frank Capra (el mismo director de Sucedió una noche y ¡Qué bello es vivir! se declararía fan de la misma) se alzaría con la estatuilla a Mejor Película, algo nada baladí. Sobre todo porque competía con grandes títulos: Network. Un mundo implacable, Todos los hombres del presidente, Cara a cara al desnudo y una película subversiva y violenta, representativa del bautizado como Nuevo Hollywood, Taxi Driver, del también italoamericano Martin Scorsese.

La cinta sería el inicio de una longeva y muy rentable franquicia que dura hasta nuestros días (hemos visto envejecer a Sly a lo largo de 45 años en la gran pantalla, maldito paso del tiempo) y también la plataforma de lanzamiento de un Stallone que acabaría convirtiéndose en uno de los rostros más conocidos de la Meca del Cine. Y es que el guión, firmado por él, posee fuertes dosis autobiográficas. Pasó diez años realizando papeles pequeños e insustanciales, incluida una cinta de alto contenido erótico o soft-porn (que no pornográfica, como asegura la leyenda urbana), cuyas copias intentó destruir sin éxito (hoy se comercializa en DVD incluso en castellano, bajo el título de El semental italiano; su título real es The Party at Kitty and Stud’s), porque no tenía más que 20 dólares en el bolsillo. Y tras aquella insustancial carrera, Sly alcanzó el Olimpo de la cinematografía al ser nominada Rocky, su gran apuesta, al Mejor Guión Original y él mismo a la categoría de Mejor Actor.

No se llevó ninguna estatuilla a casa, pero su cachorro pugilístico se llevó el Oscar como Mejor Película, edición y director, John G. Avildsen, que dejó sin el ansiado galardón de la Academia al citado Scorsese, y también a grandes como Ingmar Bergman o Sidney Lumet. Scorsese se alzaría con el galardón unos años después, precisamente con una cinta de boxeo interpretada por un soberbio Robert DeNiro que encarnaba al púgil –también italoamericano– Jake LaMotta: Toro Salvaje, una cinta de indudable mayor calidad (no por ello más entretenida, ojo), mucho más oscura y violenta que la de Sly –también en el ámbito familiar, pues el protagonista es una auténtico misógino maltratador–.

Controversia racial

Rocky fue acusada de racista y algo reaccionaria. Estaba claro que el personaje de Apollo Creed (interpretado por solvencia por un Carl Weathers renacido gracias a la televisiva The Mandalorian) estaba más que inspirado en Muhammad Ali, el mejor boxeador de las barras y estrellas y también el más polémico y lenguaraz. El propio Stallone confesaría más tarde que la noche del 24 de marzo de 1975 le cambió la vida: el combate entre Ali y Chuck Wepner. El púgil afroamericano ganó por KO técnico, pero para la mayoría Chuck había sido el indudable vencedor del lance. Allí estaba la base de Rocky: se marchó a su casa y en tres días de inspiración desbordada tenía el libreto.

El crítico Peter Biskird definió así la cinta: «Una de la futura cosecha de películas post-Nuevo Hollywood, películas para sentirse bien, una vuelta a los años cincuenta y un atisbo de los ochenta, una bofetada racista a Muhammad Ali y todo lo que él representaba, una bofetada a la generación de negros con ínfulas y de chicos blancos pacifistas y admiradores de los negros, que los idolatraban». Quizá no le faltara razón, de hecho, en el guión original el entrañable personaje de Mickey tenía un fuerte componente racista que Sly se vio obligado a suavizar por consejo/exigencia de la United Artist.

No sé si la cinta desprende cierto tufillo racista, no me lo parece, pero coño, sí hace sentirse bien, muy bien, como escribió Biskird. Te hace creer que todo es posible, al menos cuando eres un mocoso imberbe asustado por el acecho de la adolescencia. Para eso está la magia del cine. Teniendo en cuenta la evolución del personaje de Apollo en las secuelas, o bien Stallone no tenía intención racista alguna cuando escribió el guión o bien cambió de enfoque y así silenció las críticas. Todo es posible. Sí es cierto que Sly había dibujado el personaje de Mickey como una marcada tendencia racial (que lo sea un personaje no quiere decir que lo sea ni el creador, ni el guionista, ni el propio Rocky Balboa, que convierte a Creed en uno de sus mejores amigos y entrenará a su hijo en las dos últimas entregas de la saga). Inolvidable, por cierto, la interpretación de Burgess Meredith.

Muhammad Ali, que era un gran púgil pero también un provocador nato al que le encantaba «chupar cámara» y ser el centro de atención de los medios (¿sería esa la verdadera crítica que se escondía tras el personaje de Apollo más que el color de su piel?), no iba a dejar pasar la oportunidad y dijo sobre Rocky: «No podía ganar el hombre negro. Que ganara estaría en contra de las enseñanzas de EEUU. He sido tan bueno en el boxeo que tuvieron que crear una imagen como Rocky, una imagen blanca en la pantalla, para contrarrestar mi imagen en América. Jesús, Wonder Woman, Tarzán y Rocky». Desde luego no tenía pelos en la lengua. Si tenemos en cuenta la brutal muerte de George Floyd y el consiguiente impulso del movimiento Black Lives Matters (nacido en 2013) en la América de Trump, las cosas no han cambiado tanto en casi cincuenta años en el país de las barras y estrellas.

Uno de los momentos más surrealistas –y disfrutables– de aquella 49 ceremonia de los Óscar, fue cuando Stallone y Muhammad Ali, por obra y gracia de los ingeniosos organizadores, compartieron escenario para presentar el galardón a la mejor actriz de reparto (que se llevó Beatrice Straight por Network). En un número coreografiado, Ali le espeta a un Stallone entre divertido y asustado (que sí, que es buen actor, o al menos decente, me da igual lo que diga la crítica): «Soy el auténtico Apollo Creed. Me robaste el guion». Las cosas no fueron a más, pero seguro que al (verdadero) púgil no le faltaron ganas de asestarle un directo al que sería pronto uno de los rostros más visibles de la gran pantalla gracias a otro personaje (bastante más reaccionario y vitaminado que el boxeador cargado de sueños), John Rambo.

USA: la tierra de las oportunidades

Desde luego, con Sly se cumplió en todo su esplendor esa máxima tan manida –y pocas veces realizada– de Norteamérica como la «tierra de las oportunidades». En 2020, la revista Forbes calculaba la fortuna del actor (también productor, guionista y director) en unos 325 millones de euros. No está mal para un tipo que, según él mismo confesó, cuando escribía el guion de Rocky apenas tenía 100 dólares en el banco y tuvo que vender a su perro Butkus, «su mejor amigo», porque no podía alimentarlo. En una tienda de licores un tipo le ofreció 25 dólares por él y lo hizo. Más tarde confesaría que fue uno de los peores días de su vida y que se marchó del local llorando. No sabemos si lo haría gritando ¡Adrian!…

Stallone con Butkus

Aunque le ofrecieron una cuantiosa cantidad de dinero por el libreto, Stallone se negó a venderlo si no era él quien lo protagonizaba. Podríamos pensar que era un poco pretencioso, pero acertó de pleno. Finalmente, United Artist apostó por él y su exigencia, desechando a posibles candidatos a interpretar al potro italiano de la talla de Robert Redford, James Caan (que en 1972 nos había regalado la interpretación de Sony Corleone en la fundacional El Padrino, de Francis Ford Coppola, harina de otro costal), Ryan O’Neal e incluso Burt Reynolds, el macho alfa del Hollywood setentero. Finalmente, le ofrecieron el papel a Sly cambió de darle solo 35.000 dólares por el guión –mucho menos del dinero ofrecido en un primer momento para que rechazara la idea de protagonizarlo, lo que finalmente se traduciría en un trato muy rentable para la productora–.

Y lo primero que hizo con el dinero en la mano fue intentar recuperar a Butkus. Pasó tres días en la licorería esperando al tipo al que se lo vendió, un hombre no muy comprensivo que no se conmovió con su historia y que no aceptó devolverle el perro hasta que le pagó nada menos que 15.000 dólares. Eso sí que se llama hacer negocio. En los créditos de Rocky I y su secuela aparece el cánido como Butkus Stallone, ese precioso bullmastiff que vive en la tienda de animales en la que trabaja Adrian hasta que el boxeador decide comprarlo. Eso, algo más que toques autobiográficos que le salieron redondos…

Retoques y retoques de guión

Al parecer, el texto original era mucho más oscuro y pasó por hasta nueve reescrituras. Sly tuvo que renunciar a un final en que Balboa abandonaba el combate al querer dejar el turbio mundo del boxeo profesional, y le tocó suavizar el barniz racista del personaje de Mickey por imposición de la UA. Se rodaron escenas en lugares míticos de Philadelphia, como el puerto o los mercados, sin permisos, según confesaría John G. Avildsen, de forma espontánea e improvisada en muchas ocasiones. Uno de los momentos improvisados más sorprendentes e icónicos de la cinta es el monólogo que se marca Stallone cuando rechaza la oportunista colaboración de Mickey. Tenía muchos elementos autobiográficos, de ahí la espontaneidad, pero reitero, no se le puede negar a Sylvester cierto oficio ya en un lejano 1976, mal que le guste a los expertos.

Por otro lado, Stallone quería contar con actores a los que no podía pagar el caché: pensó en Harvey Keitel (inolvidable proxeneta de la coetánea Taxi Driver, a la que arrebató el galardón a Mejor Película) para el papel del cuñado Paulie, que finalmente recayó en Burg Young, y aunque no cabe duda de que Keitel nos habría brindado un papelón, fue un acierto, pues es uno de los personajes más carismáticos de la longeva franquicia.

Para el papel de Adrian la primera opción que se barajó fue Susan Sarandon, a la que se descartó… ¡por ser demasiado guapa!, y también a Carrie Snodgress, célebre por Diario de una esposa desesperada (1970), con la que no se llegó a un acuerdo económico. Al parecer la actriz rechazó la propuesta para participar en la película Búfalo Bill y los indios en la que tampoco participaría. Finalmente se hizo con el papel Talia Shire (cuyo nombre real es Talia Rose Coppola, algo a tener en cuenta), la emblemática Connie Corleone que compartió pantalla con James Caan en El Padrino, un papel diametralmente opuesto al de la entregada y servicial novia de Balboa.

Solo en Estados Unidos la película, que tardó tan solo 28 días en rodarse, recaudó más de 115 millones de dólares. Ahí es nada.

Este post tendrá una inminente continuación.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Antes del potro italiano, mucho antes, se hicieron joyas de la gran pantalla, más admiradas por los que se dedican a tan honorable y violento deporte, joyas que recoge de forma detallada (y entretenidísima) –así como las subsiguientes, hasta el día de hoy– Alfonso Bueno López en Sangre, sudor y puños. El boxeo en el cine, una de las novedades de una editorial que me encanta, porque adora también el cine en general, y el ochentero en particular, como ya mostré en un post sobre la saga Regreso al Futuro: Diábolo Ediciones, novedad de la que ya hablamos en otro post: El cuadrilátero en la gran pantalla. Todo lo relacionado con el pugilismo y el celuloide se cuenta en sus páginas con pelos y señales, guantes, sangre, sudor, puños y mucho espectáculo. Del mismo autor, también en Diábolo, podemos disfrutar de los títulos ¡Desenfunda, forastero! Clásicos perdidos y nuevas joyas del wéstern y Más allá del arco iris. Clásicos perdidos y nuevas joyas del cine musical.

He aquí el enlace para adquirir Sangre, Sudor y Puños:

https://www.diaboloediciones.com/sangre-sudor-y-punos-el-boxeo-en-el-cine/

Y para quien pueda permitírselo, la lujosa edición XXL que lanzó Taschen sobre la saga: Rocky. The Complete Films, limitada a 1.926 ejemplares y de 1.250 dólares (hasta que se agote, que subirá mucho más).

MUHAMMAD ALI. LA VIDA DE UNA LEYENDA (LIBROS CÚPULA, 2021)

Y si lo que queremos es conocer a fondo la historia de una leyenda (real) del pugilismo, Libros Cúpula ha publicado recientemente la que probablemente sea la biografía definitiva de Muhammad Ali. La vida de una leyenda, de Fiaz Rafiq, centrada en el mismo púgil que se enfrentó (simbólicamente, en la gala de los Oscar) a Sylvester Stallone. Todo un personaje dentro y fuera del cuadrilátero que también tendría su propia adaptación cinematográfica, la épica cinta Ali, dirigida por Michael Mann en 2001 y con un soberbio Will Smith en la piel del boxeador.

Ali, un hombre de proporciones míticas, ha llegado a convertirse en uno de los personajes más idolatrados de todo el mundo. Su figura pública está bien documentada pero, sin embargo, la cantidad de pequeños momentos que salen a la luz en esta obra demuestran exactamente por qué era tan admirado. A través de los relatos exclusivos de familiares, amigos íntimos, colegas y rivales, Fiaz Rafiq ha construido una perspectiva irresistible y fascinante que nos permite comprender mejor a esta inmensa leyenda del deporte, y en el que muestra los pensamientos, recuerdos y anécdotas de una figura pública de primera magnitud en una historia épica, de valentía, coraje, esperanza, aptitud y voluntad indomable.

Así, entre los entrevistados en exclusiva para el libro, se encuentran personajes tan destacados del boxeo como George Foreman, Larry Holmes, Chuck Wepner, Joe Bugner, Angelo Dundee, Don King, Jim Brown, Lou Gossett Jr., Harry Edwards, Butch Lewis, Sugar Ray Leonard o Evander Holyfield, miembros de su familia —con recuerdos de primera mano de los hijos de Ali, algunos de los cuales nunca habían hablado antes en público de su padre— y algunos de los principales y más destacados periodistas deportivos que trabajaron y vivieron al lado de Muhammad Ali.

Los atletas pueden ser recordados en sus respectivos deportes, pero a muy pocos se les recuerda por haber cambiado el mundo. He aquí el enlace para adquirir esta joya en papel o en libro electrónico:

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