Aquí se pudren los reyes de España (II)

Es uno de los rincones más herméticos del majestuoso monasterio de El Escorial, en la localidad madrileña del mismo nombre. Se conoce como el Pudridero Real, y es uno de los lugares que recogen Gorka López de Munain y Miriam Beltrán Valiente en el ensayo España Macabra. La cultura de la muerte entre el Medievo y la Modernidad, que acaba de publicar Desperta Ferro Ediciones.

Óscar Herradón ©

El actor Paul Naschy, referente del cine de terror patrio durante décadas, quien falleció en 2009, refirió en sus memorias una anécdota que tenía que ver con el pudridero. Según dejó escrito, durante un rodaje para una productora japonesa de unos documentales sobre historia de España, se perdió y acabó en aquella tétrica estancia –no cuenta cómo logró entrar allí, si supuestamente estaba cerrada–, en la que recordó haber respirado un olor nauseabundo, el de dos cuerpos en descomposición. Puesto que existe una cancela cuya llave la guardan con mimo los agustinos, sus únicos propietarios, es de suponer que se la enseñaron debido a su prestigio.

Sin embargo, lo que vio Naschy no fue el pudridero en sí, sino una estancia abovedada, porque hay un tabique que nadie puede atravesar realizado por los operarios cuando comienza y culmina el proceso de descomposición. El actor afirmó que olía fatal, y no es de extrañar porque, a pesar del tabique, existe una ventana de ventilación, y en el momento en que hizo aquella «visita», hacía poco tiempo que habían introducido allí el cadáver de la condesa de Barcelona. Quién sabe, aunque en los mentideros de Internet los internautas no se ponen de acuerdo en este punto, ni sobre la fecha ni sobre los cuerpos que debían permanecer en la estancia.

Entonces, ¿por qué se pueden hallar en internet fotos que dicen ser del Pudridero, donde se ven varios ataúdes? La razón es que esa imagen pertenece a la antesala de «pasos perdidos», donde se encuentran los féretros vacíos de los cuerpos que ya han sido depositados en el lugar. Tan solo la pared tapiada del fondo que puede apreciarse corresponde al Pudridero en sí, puesto que está prohibido realizar fotografías, lo que continúa contribuyendo a aumentar su aura de misterio.

Sarcófagos regios

Don Juan.

En 24 de sus 26 sarcófagos descansan todos los soberanos de España fallecidos desde Carlos I, así como las reinas madres de reyes, con algunas excepciones. Los dos que están vacíos esperan para albergar los cuerpos de los condes de Barcelona, Don Juan de Borbón y María de las Mercedes, que en la actualidad se encuentran en el pudridero, ya que su hijo, Juan Carlos I, quiso honrarlos con exequias reales a pesar de no haber ostentado nunca la Corona de España por decisión del dictador Francisco Franco.

La reina Victoria Eugenia.

Los restos de la abuela del rey emérito, Victoria Eugenia de Battenberg, esposa de Alfonso XIII, fueron trasladados en octubre de 2011 al Panteón de los Reyes, ocupando el sarcófago número 24, frente a Alfonso XIII, situado bajo la de su suegra, la reina María Cristina, esposa de Alfonso XII, esposa y madre de reyes ambas, como reza la tradición para ocupar tan luctuoso honor. Su cadáver fue repatriado en 1985 por decreto real, aunque había fallecido en Lausana en 1969, permaneciendo en la antesala del panteón, el citado Pudridero, durante 26 años hasta su traslado al sarcófago. Hoy permanecen en la tétrica sala del Pudridero los cuerpos de don Juan de Borbón y María de las Mercedes, que descansan en el Monasterio de El Escorial desde abril de 1993 y enero de 2000 respectivamente.

Panteón de Infantes.

Por su parte, el llamado Pudridero de los Infantes alberga a día de hoy los cuerpos de Jaime de Borbón – segundo hijo de Alfonso XIII–, Luis Alfonso de Baviera y Borbón e Isabel Alfonsa de Borbón y Borbón –ambos nietos de Alfonso XII–. Los últimos infantes en abandonar aquel sitio de tránsito mortuorio fueron Alfonso de Borbón Dos Sicilias y el hermano de Juan Carlos I, Alfonso de Borbón y Borbón. Estos fueron los últimos en ser trasladados al Panteón de inmaculado mármol blanco destinado a príncipes, infantes y reinas que no fueron madres de reyes. Actualmente aún permanecían 24 tumbas vacías…

Un nuevo panteón en el horizonte

El rey emérito.

En la actualidad, surge el debate de qué ocurrirá con Juan Carlos I y doña Sofía tras su deceso. Y es que el rey emérito, que se encuentra residiendo en Abu Dabi (sitio bastante agitado en medio de la guerra de Irán) y ha manifestado su deseo de regresar a España, ya tiene 88 años de edad, y su esposa 87. Y es que una vez que los padres de don Juan Carlos abandonen el Pudridero y ocupen sus respectivos féretros en el Panteón de los Reyes, los 26 habrán sido ocupados y los reyes eméritos deberán buscar otro mausoleo para su descanso eterno. De momento, no sabemos cuál será la elección, o si se podrá realizar algún tipo de remodelación –poco probable– en el monasterio filipino. Hasta ahora, una de las posibilidades que tiene mayor peso es la de que se decanten por su descanso eterno en la Catedral de la Almudena.

Doña Sofía.

Según se hacía eco en 2018 el diario El Español, al parecer Patrimonio Nacional ya está buscando una solución a este problema. Mientras, como digo, se baraja la posibilidad de habilitar un espacio en la cripta de la catedral de La Almudena para albergar el cuerpo de Juan Carlos I. En cuanto a su esposa, la reina emérita, doña Sofía ha manifestado en alguna ocasión que le gustaría que sus restos fuesen repatriados a su tierra natal, Grecia. La incógnita sigue en el aire.

Sepulcro de los Reyes Católicos, y de Felipe el Hermoso y Juana I.

Informaciones más recientes, de marzo de este 2026, sugieren que el Rey Emérito ha manifestado su deseo de ser enterrado en la Capilla Real de Granada, junto a los Reyes Católicos, según han confirmado fuentes de su entorno y sus últimos biógrafos. El debate sobre qué pasará con sus restos en relación con el Escorial se avivó de nuevo cuando, en septiembre de 2024, durante una de sus escalas en España, Juan Carlos I realizó una visita «secreta» al monasterio. Curiosamente, según revelaba a El Español Marina Fernández, directora del Grupo Escuela Internacional de Protocolo, el mismo Rey Emérito «sentó un precedente cuando aprobó que su padre, don Juan de Borbón, el conde de Barcelona, fuera enterrado en la Cripta de El Escorial sin haber sido formalmente rey de España».

Ahora mismo Juan Carlos I no es rey reinante, sino formal king (rey emérito), pero según sus directrices en relación con su progenitor, debería ser enterrado allí. El problema, como ya hemos señalado y también matizaba al citado rotativo Marina Fernández, es la falta de espacio: «el problema es que el Panteón de los Reyes del Monasterio de El Escorial está completo. No hay sitio. Y, además, es esa decisión de don Juan Carlos, la de enterrar a sus padres en el Panteón de los Reyes, la que le deja sin sitio a él y a la reina Sofía»; y añade: «Hay que buscar otro sitio y no hay nada cien por cien definido. Se baraja la posibilidad de ampliar el Panteón, de hacer una especie de cripta adyacente porque no caben Juan Carlos, Sofía, ni tampoco Felipe y Letizia… ampliar sería la idea primaria, pero de momento nada se sabe».

Y es la propia experta quien matiza que, efectivamente, los cuerpos de los condes de Barcelona, padres del Emérito, continúan en el Pudridero, probablemente a donde sean trasladados los restos de Juan Carlos I. Se calcula que entre 25 y 40 años es el tiempo que se necesita para que sea eliminada la humedad y el mal olor de los cuerpos, con el objetivo final de momificarlos finalmente.

¿Qué encontraremos en España Macabra. La cultura de la muerte entre el Medievo y la Modernidad?

La muerte siempre ha generado angustia, miedo e incertidumbre. Es inevitable, impredecible y, por encima de todo, indomable. Sin embargo, los seres humanos tenemos a nuestro alcance una herramienta poderosa y que no hemos dejado de utilizar a lo largo de los siglos: las imágenes. Con ellas podemos materializar nuestros miedos, exorcizarlos e incluso escenificar el destino que nos aguarda más allá de la vida. España macabra. La cultura de la muerte entre el Medievo y la Modernidad recorre las diversas estrategias con las que las personas nos hemos enfrentado a la muerte a través de una amplia selección de obras de arte medievales y modernas, tratando así de responder a una pregunta que no dejará de sobrevolarnos: ¿por qué se puso un énfasis tan marcado en crear imágenes sangrientas y crudas en lo formal y de tono melancólico en lo emocional?

Los autores de este libro, Gorka López de Munain y Miriam Beltrán Valiente, buscan desentrañar los mecanismos de lo macabro, comprender qué hay detrás de los cuerpos lacerados, las vísceras desparramadas o los borbotones de sangre que han salpicado las pinturas de vanitas o las esculturas de los santos mártires a lo largo de la historia. Para ello, hemos propuesto un viaje por la España más macabra, atravesando claustros, capillas, conventos, museos y cementerios, o panteones como el citado de El Escorial, con su singular Pudridero, tras los ecos de una estética que, a través de mecanismos cambiantes y refractarios a una definición cerrada, sigue agitando nuestras emociones. Veremos así cómo, de manera inesperada, el recurso a lo macabro terminará por encima de todo siendo una llamada de esperanza: Ubi est, mors, victoria tua? «¿Dónde está, muerte, tu victoria?».

*Texto publicado en su forma original en la revista Historia de Iberia Vieja.

Aquí se pudren los reyes de España (I)

Es uno de los rincones más herméticos del majestuoso monasterio del Escorial, en la localidad madrileña del mismo nombre. Se conoce como el Pudridero Real, y es uno de los lugares que recogen Gorka López de Munain y Miriam Beltrán Valiente en el ensayo España Macabra. La cultura de la muerte entre el Medievo y la Modernidad, que acaba de publicar Desperta Ferro Ediciones.

Óscar Herradón

No está clara la fecha precisa en que se habilitó el llamado pudridero, pero no fue durante el reinado de Felipe II, el Rey Prudente, artífice del monasterio escurialense, cuyos arquitectos no contaron con un habitáculo apropiado para tal fin cuando erigieron el edificio, a la vez palacio y a la vez centro religioso. Sería con Felipe IV y la creación del Panteón Real, que se inauguró en 1654, cuando este lugar que aún hoy permanece en funcionamiento tomó forma.

La Cripta Real del monasterio, conocida como Panteón de los Reyes, sería construida por Juan Gómez de Mora, artífice también de la Plaza Mayor de Madrid, siguiendo los planos de Juan Bautista Crescenzi. Pero en tiempos de Felipe II, el espacio, mucho más reducido, fue ideado por el arquitecto Juan de Herrera siguiendo las indicaciones del soberano que, a su vez, quería cumplir la última voluntad de su padre Carlos V. El arquitecto y divulgador Juan Rafael de la Cuadra Blanco afirma en un artículo publicado en ABC en 1998 que «Carlos V dejó claro en su testamento que quería estar medio cuerpo debajo del altar y medio debajo de los pies del sacerdote».

El principal cronista de la época de Felipe II, el padre fray José de Sigüenza, ya dejó escrito que el monarca «quiso hacer un cementerio de los antiguos donde estuviesen los cuerpos reales sepultados y donde se les hiciesen los oficios y misas y vigilias, como en la primitiva Iglesia se solía hacer con los mártires». El lugar original donde Felipe II quiso enterrar a sus progenitores, a sus tías, a tres de sus mujeres y a su hijo Don Carlos –trágicamente fallecido a los 23 años tras una conducta muy inestable–, fue en una pequeña bóveda bajo el altar y bajo las estatuas orantes del presbiterio, y ligeramente encima del actual Panteón de los Reyes. Así descansaron sus restos hasta 1654, año del traslado y creación del nuevo espacio fúnebre, tal y como se encuentra en la actualidad. Aunque en las memorias de aquellos tiempos no se menciona el pudridero ni el origen de su construcción.

Acceso a la cripta.

En las mismas escaleras que bajan al Panteón Real, un espacio dotado de un ambiente y luminosidad que invitan al recogimiento y al misterio, en el segundo descanso, a mano derecha, se halla un pasadizo cerrado por una puerta de madera que da a un espacio cerrado, incluso hoy, para el común de los mortales; más aun para el visitante; y eso que el monasterio recibe una media de 700 mil visitantes cada año. Se conoce desde hace siglos como el Pudridero Real: las paredes son de piedra, el suelo de granito y el techo abovedado, 16 metros cuadrados por donde han pasado los restos mortales de la mayoría de los soberanos después de Felipe IV y donde todavía se encuentran los restos de los dos últimos Borbones fallecidos.

Leyendas macabras

Aquel espacio dio lugar a numerosas leyendas y rumores durante siglos que intentó desmontar fray José Quevedo, bibliotecario del edificio, en su Historia y descripción de El Escorial, en 1849, siendo el primero en hablar del pudridero propiamente dicho: «Las puertas que están en el segundo descanso de la escalera conducen a los pudrideros, cuyo uso explicaré para desvanecer las muchas patrañas que sobre ellos se cuentan. Son tres cuartos a manera de alcobas, sin luz ni ventilación ninguna. Luego que se concluyen los Oficios y formalidades de entrega del Real cadáver que ha de quedar en uno de los panteones, el prior, acompañado de algunos monjes ancianos, baja al panteón del cadáver llevando consigo los albañiles y algunos otros criados».

En este punto, cabe reseñar que solo los 51 miembros de la comunidad de los agustinos que custodian el monasterio desde 1885 tienen acceso a este habitáculo que parece salido de un cuento de Poe, en una ceremonia que se repite desde hace siglos y de la que estaban encargados antiguamente los monjes jerónimos, un ceremonial que comienza así: «Padre prior y padres diputados, reconozcan vuestras paternidades del cuerpo de (…) que conforme al estilo y la orden de su majestad que os ha sido dada voy a entregar para que lo tengáis en vuestra guarda y custodia».

Momia de Carlos V.
Vista del Panteón, 1830.

Una vez cerrado de nuevo el féretro y levantada un acta de entrega, los monjes agustinos correspondientes se hacían cargo de la llave del ataúd y el cuerpo pasaba al pudridero. Quevedo continúa afirmando que «estos –los criados– sacan de la de tisú o terciopelo que la cubre, la caja de plomo sellada que contiene el cadáver y la conducen junto al pudridero. Mientras los albañiles derriban el tabique, los otros abren cuatro o más agujeros en la caja de plomo, la colocan dentro del cuarto o alcoba sobre cuatro cuñas de madera que la sostienen como dos o tres pulgadas levantadas del suelo, y en el momento los albañiles vuelven a formar el tabique doble que derribaron».

Los cuerpos regios permanecen en el interior del pudridero unos 30 o 40 años, hasta que ya se ha eliminado la corrupción y la humedad de los mismos y ya no desprenden mal olor, siendo trasladados al respectivo panteón. El objetivo del habitáculo es reducir los cuerpos de los cofres de plomo que el visitante puede observar en la cripta, de apenas un metro de largo por 40 centímetros de ancho que, una vez sellados, se introducen en uno de los 26 sarcófagos del Panteón Real, cada uno grabado con el nombre en latín de la persona regia.

El cronista sigue así el relato del proceso: «Las cajas exteriores de las personas Reales que han de pasar al de Infantes permanecen en la sacristía de dicho panteón, hasta que vuelve a colocarse en ellas la de plomo con el cadáver según vinieron. Las de los Reyes se deshacen y aprovechan para ornamentos, porque ya no han de tener uso, pues sus restos se colocan en las urnas de mármol».

¿Qué encontraremos en España Macabra. La cultura de la muerte entre el Medievo y la Modernidad?

La muerte siempre ha generado angustia, miedo e incertidumbre. Es inevitable, impredecible y, por encima de todo, indomable. Sin embargo, los seres humanos tenemos a nuestro alcance una herramienta poderosa y que no hemos dejado de utilizar a lo largo de los siglos: las imágenes. Con ellas podemos materializar nuestros miedos, exorcizarlos e incluso escenificar el destino que nos aguarda más allá de la vida. España macabra. La cultura de la muerte entre el Medievo y la Modernidad recorre las diversas estrategias con las que las personas nos hemos enfrentado a la muerte a través de una amplia selección de obras de arte medievales y modernas, tratando así de responder a una pregunta que no dejará de sobrevolarnos: ¿por qué se puso un énfasis tan marcado en crear imágenes sangrientas y crudas en lo formal y de tono melancólico en lo emocional?

Los autores de este libro, Gorka López de Munain y Miriam Beltrán Valiente, buscan desentrañar los mecanismos de lo macabro, comprender qué hay detrás de los cuerpos lacerados, las vísceras desparramadas o los borbotones de sangre que han salpicado las pinturas de vanitas o las esculturas de los santos mártires a lo largo de la historia. Para ello, hemos propuesto un viaje por la España más macabra, atravesando claustros, capillas, conventos, museos y cementerios, o panteones como el citado de El Escorial, con su singular Pudridero, tras los ecos de una estética que, a través de mecanismos cambiantes y refractarios a una definición cerrada, sigue agitando nuestras emociones. Veremos así cómo, de manera inesperada, el recurso a lo macabro terminará por encima de todo siendo una llamada de esperanza: Ubi est, mors, victoria tua? «¿Dónde está, muerte, tu victoria?».

Este post tendrá una inminente continuación en el Pandemónium *Texto publicado en su forma original en la revista Historia de Iberia Vieja por el autor y actualizado para el blog (todas las imágenes son de Wikimedia Commons de libre uso).

Orquestando el Día D. Los secretos del Desembarco de Normandía (III)

Fue un momento crucial en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial y a la hora de doblegar a las fuerzas de Hitler en el viejo continente. Ahora que Ático de los Libros publica el ensayo Normandía 1944, del prestigioso historiador y escritor británico James Holland, recordamos algunas anécdotas de aquella sangrienta y heroica jornada que cambió la historia para siempre.

Óscar Herradón ©

Desde el 17 de abril se impuso una estricta censura en las comunicaciones de los diplomáticos extranjeros y las salidas y entradas al país estaban rigurosamente controladas. Un buen espía enemigo podría dar al traste con la operación más importante de toda la contienda, que serviría para asestar un golpe mortal a Hitler y sus generales. Los agentes al servicio del Comité XX que habían sido «engañados» para transmitir información errónea a sus supervisores alemanes, y que tenían por objetivo generar mucho «ruido» y confusión, eran uno de los aspectos fundamentales de la denominada Operación Fortitude (Fortaleza), la medida de distracción más ambiciosa de la guerra, mayor incluso que el proyecto (maskirovka o «decepción militar») que por aquel entonces preparaba el Ejército Rojo para ocultar el verdadero objetivo de la Operación Bagration, la ofensiva militar de Stalin para cerca y aplastar en el verano de 1944 al Grupo de Ejércitos Centro de la Wehrmacht en Bielorrusia.

Operación Fortitude

Patton y Montgomery.

La Operación Fortitude estaba dividida en dos: Fortaleza Norte y Fortaleza Sur. La primera, que tenía como misión crear formaciones falsas en Escocia a partir del denominado 4º Ejército Británico, fingía estar preparando un ataque contra Noruega. Su intención: que Hitler mantuviera las divisiones alemanas destacadas allí y no las trasladase hasta la costa occidental. Fortaleza Sur era la operación de mayor envergadura. Su objetivo consistía en hacer creer al enemigo que cualquier desembarco en Normandía en una maniobra de desinformación gigantesca y perfectamente urdida para alejar a las divisiones alemanas de reserva del Paso de Calais.  La verdadera invasión se suponía que iba a tener lugar durante la segunda quincena de julio entre Boulogne y el estuario del Somme. El emblemático y controvertido general norteamericano George S. Patton, el militar más temido por los alemanes, fue puesto al frente de un hipotético I Grupo de Ejércitos de los Estados Unidos, que contaba con once divisiones al sureste de Inglaterra. Aquel ejército no existía pero había que hacer creer a la Inteligencia alemana y por tanto al OKW, que sí.

En la misma línea en la que Jasper Makelyne y su «Cuadrilla Mágica» (Magic Gang) crearon en el norte de África ejércitos enteros de cartón piedra en la lucha contra el Afrika Korps de Rommel, una serie de aviones de cartón piedras y tanques hinchables ­–montados sobre camiones, la mayoría similares a los Mark-I británicos–, junto a 250 lanchas de desembarco falsas, contribuirían a fabricar esa ilusión entre las filas enemigos.

Para aumentar dicho espejismo, dos cuarteles militares ficticios emitían constantemente mensajes de radio y un ingenioso sistema de sonido lanzaba al aire ruidos que simulaban movimientos de tropas, camiones y excavadoras en funcionamiento e incluso tanques que tomaban posiciones –sonidos que podían confundir a los espías que se hallasen en los alrededores, en un perímetro de varios kilómetros a la redonda–. Asimismo, se crearon incluso formaciones ficticias, como la 2ª División Aerotransportada británica.

La Red Garbo

La Red Garbo emitió hasta unos 500 mensajes. Estaba formada por 27 subagentes totalmente inventados que bombardeaban la central de inteligencia alemana en Madrid con informaciones minuciosamente preparadas por los servicios secretos aliados en Londres y que enseguida eran retransmitidas a Berlín.

Beevor señala que «Esos comunicados ofrecían una serie de detalles que poco a poco iban tejiendo el entramado con el que el Comité de la Doble Equis quería persuadir a los alemanes de que el mayor ataque iba a tener lugar más adelante en el citado Paso de Calais». También se idearon otras tretas para impedir que los alemanes desplazaran a Normandía, el verdadero lugar de desembarco, tropas procedentes de otros enclaves de Francia. Así nació la Operación Ironside, cuyo objetivo era dar la sensación al enemigo de que dos semanas después de los primeros desembarcos se lanzaría una segunda invasión en la costa occidental francesa directamente desde los EE.UU. y las Azores.

Elvira Chaudoir.

Para impedir que los nazis desplegaran a Normandía, como medida de precaución, la 11ª División Acorazada, que se encontraba entonces en Burdeos, una agente doble destinada en Gran Bretaña, controlada por el Comité XX, conocida como «Bronx» –y cuyo verdadero nombre era Elvira Chaudoir–, envió el siguiente mensaje cifrado a su supervisor alemán en el Banco Espirito Santo de Lisboa: Envojez vite cinquante libres. J’ai besoin por mon dentiste («envíe rápidamente 50 artículos. Necesito para mi dentista»), cuyo significado en clave era: «en torno al 15 de junio se llevará a cabo una operación de desembarco en el golfo de Vizcaya». Era mentira, claro, pero puesto que el supervisor de «Bronx» ignoraba  completamente que esta formaba parte del Sistema de la Doble Cruz, envió su información puntualmente a Berlín y el resultado sería que la Luftwaffe comandada por Hermann Göering, que evidentemente temía un desembarco en la Bretaña francesa, ordenó la destrucción inmediata de cuatro aeródromos situados cerca de la costa. Aquello daba una ventaja considerable a los aliados. Una mentira dentro de otra mentira, una desinformación que confundía aún más la desinformación anteriormente enviada. Al igual que «Bronx», otra serie de agentes harían campaña común para la mayor operación de «decepción» de la historia bélica.

Operación Copperhead

Clifton James caracterizado como Montgomery.

A finales de mayo se puso en marcha otro plan de desengaño conocido con el nombre en clave de Operación Copperhead, una pequeña parte de Bodyguard, ideada por el oficial de inteligencia Dudley Clarke. La idea, que parece sacada del guion de una película, era que un actor, concretamente el australiano Mayrick Clifton James, se hiciera pasar por el general Bernard Law Montgomery, con el que tenía un asombroso parecido. El teniente coronel J. V. B. Jervis-Read, director del OPS (b) (Departamento de desinformación británico) vio una foto suya en el News Chronicle y supieron que el intérprete australiano, con 25 años de interpretación a sus espaldas cuando estalló la guerra era su hombre. Al reunirse con él le dijeron que se buscaba a un actor para una serie de películas propagandísticas que el Ejército tenía pensado rodar, un ingenioso plan de decepción. James aceptó, aunque la misión no fue tan sencilla como aparentaba. El falso Montgomery visitó Gibraltar y Argel para hacer creer al Eje que se preparaba un ataque contra la costa del Mediterráneo.

Dusko Popov.

Por su parte, el complejo secreto de decodificación de mensajes de Bletchley Park que tantos éxitos había cosechado en la sombra contra los alemanes, adoptó un nuevo sistema de observación, minucioso, para el éxito de Overlord; los expertos, a través de las interceptaciones «Ultra», la gallina «de los huevos de oro del premier», estarían preparados para descifrar cualquier cosa importante en cuanto tuvieran noticia de ella. Gracias a este sistema, los oficiales de inteligencia destinados en la campaña británica también podrían comprobar el éxito de la desinformación elaborada en el marco de Fortitude y transmitirla por Garbo y los principales agentes de la «Doble Equis, como Dusko Popov, alias «Triciclo» o el polaco Roman Garby-Czerniawski, alias «Brutus», entre otros.

Bletchley Park.

Era evidente que los alemanes habían mordido el anzuelo: el 22 de abril fue descifrado en el complejo de Bletchley un comunicado alemán que identificaba al «4º Ejército», con su cuartel general cerca de Edimburgo y dos de sus divisiones situadas en Stirling y Dundee. Otros mensajes secretos interceptados evidenciaban que la Wehrmacht creía que la División Lowland se estaba preparando para lanzar un ataque contra Noruega, como preveía el plan Fortaleza Norte. Ello condujo a que los alemanes –según se dedujo una vez más a través de «Ultra»– llevaran a cabo ejercicios de maniobras antiinvasión, basándose en el supuesto de que los desembarcos tendrían lugar entre Ostende y Boulogne.

El final de la cuenta atrás

Alan Turing.

El 2 de junio, considerando que tenían los datos suficientes, los oficiales al mando de la mansión en la campiña inglesa donde trabajaban Alan Turing y otros eminente criptoanalistas y matemáticos en la lucha contra Hitler, emitieron el siguiente comunicado: «Las pruebas más recientes indican que el enemigo supone que los aliados ya han finalizado todos los preparativos. Espera que un primer desembarco tenga lugar en Normandía o en Bretaña, y que a continuación se materialice el grueso de la operación en el Paso de Calais». El camino hacía el Día D parecía estar completamente despejado… ¿o no?

Sala del Teléfono.

Las cosas se complicaban con los informes meteorológicos citados. A primera hora del 2 de junio, Eisenhower se subía a su caravana, oculta en el parque de Southwick bajo redes de camuflaje, y a la que llamaba «mi carromato de circo», esperando los últimos informes. Allí, en los escasos momentos que tenía libres, intentaba mitigar sus nervios leyendo novelas del oeste –que, curiosamente, también apasionaban a Hitler–, o fumando echado en su camastro. Churchill, bajo su búnker de la City, hacía lo propio, apurando su coñac y fumando sus puros, a veces pintando, una de sus grandes pasiones, a la espera del momento definitivo, el momento en el que la Historia, con mayúscula, decidiría el porvenir del mundo libre. Mientras llegaba la hora, el orondo premier mantenía un contacto continuo con el ya muy enfermo presidente estadounidense Roosevelt, a través de su línea secreta en su «Sala del Teléfono». La espera comenzaba a hacerse cada vez más angustiosa.

Como ya hemos señalado, el Día D, el momento decisivo de la invasión de Europa, se programó en un momento para el 5 de junio, cuando se consideró por los informes meteorológicos que era la fecha más probable para poder contar con aguas tranquilas, así como luna llena y marea baja con las primeras horas del sol, sin embargo, una serie de tormentas obligó a retrasar la ambiciosa operación un día, por lo que las tropas se movilizaron finalmente el 6 de junio, la fecha que pasaría a la Historia. Era el final de la cuenta atrás: el Día D desembarcaron simultáneamente centenares de decenas de miles de tropas británicas, estadounidenses y canadienses (y algunas francesas)  en cinco playas separadas de Normandía.

¿Qué encontraremos en el libro de James Holland Normandía 1944. El Día D y y la batalla por Francia?

En esta nueva historia del Día D y las batallas en Normandía (que Ático de los Libros publica en rústica con solapas tras el éxito de su edición en tapa dura), James Holland, el principal exponente de la nueva generación de historiadores que están reinterpretando la Segunda Guerra Mundial, nos ofrece una visión global que cuestiona mucho de lo que creemos saber sobre esta campaña. Muchos relatos anteriores han ignorado la escala y complejidad del esfuerzo bélico aliado, así como las limitaciones tácticas, operativas y estratégicas de las fuerzas alemanas.

A partir de archivos y testimonios inéditos que van desde soldados rasos hasta generales, pasando por pilotos de bombarderos, enfermeras o miembros de la Resistencia, el autor nos brinda, con una prosa palpitante, el relato épico de la campaña que supuso el principio del fin de la guerra en Europa. Normandía 1944 es una historia de lucha y superación, un relato del Día D y la campaña de los Aliados en Normandía que integra los niveles operacional, estratégico y táctico en una obra escrita con el magistral estilo que caracteriza a Holland.