Superman contra el Ku Klux Klan (I)

En 1946 un valiente norteamericano que se había infiltrado en la peligrosa organización racista, quiso sacar a la luz sus oscuros rituales. Ante la indiferencia de las autoridades, tuvo que utilizar la fama del superhéroe de DC Cómics para lograr su objetivo.

Óscar Herradón ©

DC ©

Superman siempre está de actualidad. Ayer mismo DC Cómics anunciaba, coincidiendo con el «Día Internacional de Salir del Armario» en EEUU, que el nuevo hombre de acero es bisexual y luchará para frenar el cambio climático. Jonathan Kent –hijo de Clark Kent y Lois Lane– iniciará una relación con un amigo reportero en el nuevo número que se lanzará el 9 de noviembre dentro de la serie Superman: Son of Kal-El.

También se baraja que Henry Cavill vuelva a ponerse las mayas del hombre de acero, a pesar de su apretada agenda, que incluye el rodaje de la segunda temporada de la catódica The Witcher y otros proyectos como repetir en el papel de Sherlock Holmes en Enola Holmes 2 (protagonizada por Millie Bobby Brown, la carismática «Eleven» de Stranger Things) mientras rueda Argylle, de Matthew Vaugn.

Y se habla además en los medios del impacto que tendrá la nueva serie en torno al personaje en HBO Max que, siguiendo las últimas noticias será, según sus creadores, «muy pasada» y buscará la calificación R (que alude a «Restricted», en películas no aptas para menores de 17 años).  El show televisivo no seguirá a Clark Kent, sino a Val-Zod, el Superman afroamericano, interpretado por Michael B. Jordan.

Aprovechando el eterno tirón del superhéroe, recordamos en este post una singular historia del hombre de acero y una de las más deleznables sociedades secretas contemporáneas, el Ku Klux Klan. La misma tuvo al hombre de acero como indirecto protagonista de la misma –o para ser más correctos, vehículo para darla a conocer– y penetra de lleno en ese mundo «discreto» que tanto nos fascina en el interior del Pandemónium preñado de conspiraciones, códigos secretos y organizaciones clandestinas: la historia de cómo un norteamericano se infiltró entre los miembros de una de las sociedades más temibles de la historia moderna: el Ku Klux Klan.

Activismo por los derechos humanos en la América profunda

Su nombre es William Stetson Kennedy y su proeza todavía hoy es toda una declaración de intenciones. Fue el primer estadounidense que se infiltró en el Klan, arriesgando su vida para sacar a la luz pública los ritos de lo que él consideraba una ignominiosa organización –y lo era– en un tiempo en el que, sin embargo, muchos de sus compatriotas miraban a la misma de otra manera, incluso con cierta simpatía.

Miembros del Klan, algunos de corta edad (Source: Wikipedia).

Stetson Kennedy nació el 5 de octubre de 1916 en Jacksonville, Florida, y ya en su adolescencia sintió una gran afición hacia el folclore en sus distintas formas. Estudió en la Universidad de Florida y tras licenciarse se puso a trabajar para una editorial donde se puso a cargo de la sección de historia, tradición y estudios étnicos, que le cautivaron definitivamente, empezando a viajar para escribir en primera persona sobre las culturas con las que se encontraba. Pronto, comenzó también a destacar como activista y defensor de los derechos humanos en una sociedad marcada por la segregación racial, las injusticias sociales y la fiebre anticomunista.

Stetsonkennedy.com

Pionero de la investigación sobre las tradiciones de los pueblos durante la primera mitad del siglo pasado, su nombre pasaría a engrosar la lista de valientes del siglo cuando decidió hacer frente a una de las organizaciones más temibles de su tiempo. Stetson se convirtió en parte fundamental de la abolición del denominado impuesto al sufragio y para que se modificaran las llamadas «primarias blancas», una fórmula norteamericana que impedía votar a los afroamericanos.

Infiltrado en el Klan

A comienzos de la década de 1940, cuando el mundo estaba pendiente de la guerra que asolaba Europa y más tarde el Pacífico, Stetson decidió infiltrarse en el Ku Klux Klan, algo para lo que había que tener arrestos. Y lo hizo. Se las ingenió de tal manera para engañar a los orgullosos supremacistas blancos que pronto acabó formando parte de sus tenebrosos rituales: cruces ardiendo, túnicas y capirotes que parecían cubrir la ignominia, saludos fascistas, símbolos fundacionales de corte místico…

El arriesgado activista pasó un año entero dentro de la organización, recopilando información sobre la jerarquía, las funciones de los altos mandos del Klan, las obligaciones con las que debían cumplir sus miembros, las contraseñas que utilizaban entre ellos para pasar desapercibidos y los citados rituales, muy elaborados para causar impresión entre los neófitos. Todo ello acabaría por salir a la luz gracias a Stetson para vergüenza de una sociedad que no acababa de ser la meca de la libertad por mucho que se empeñaran en ello los propagandistas. De todas maneras, no fue fácil para nuestro hombre que sus relevantes informes sobre la «Gran Hermandad Aria» llegaran a la opinión pública.

Túnica del Klan utilizada por Kennedy y que se conserva en el Smithsonian Institute.

En 1946, año en que salió de la peligrosa organización para hacer pública su investigación, el gobierno estadounidense comenzaba a sumirse en la histeria anticomunista: el senado no tardaría en estar tomado por un señor de nombre Joseph McCarthy, azote de todo lo que no oliera a patriotismo recalcitrante. Fueron los años de las listas negras, el acoso a actores, guionistas y directores de Hollywood –al punto de que se produjeron no pocos suicidios– e incluso, pocos años después, la ejecución del matrimonio Rosenberg por espionaje atómico al servicio de la URSS, uno de los episodios más ignominiosos de la historia estadounidense tras la Segunda Guerra Mundial.

McCarthy con Roy Cohn, quien sería con los años abogado de Donald Trump.

Unos cuantos miles de hombres encapuchados, a pesar de sus linchamientos entre la comunidad negra sureña y sus ataques a los derechos civiles, no quitaba el sueño a las autoridades; es más, muchos de los que formaban parte del status quo simpatizaban en cierta manera contra estos nuevos «soldados arios de Dios» que también perseguían a los comunistas con inquina –de hecho, algunos miembros del Comité de Actividades Antiamericanas, la temida HUAC, eran simpatizantes del KKK–. Así que los ruegos de Stetson Kennedy no fueron escuchados. De poco sirvió que se presentase ante los mandamases de la HUAC –convertida en Comité Permanente desde el año anterior–, que no tenía ojos más que para el color rojo y hacía caso omiso al impoluto blanco de la organización.

Ni siquiera obtuvo repercusión alguna cuando, ataviado como un miembro del Klan, túnica y capucha incluidas, luciendo en la pechera el escudo de la Orden, se presentó en Washington con una maleta llena de informes: lo único que consiguió fue ser detenido y pasar un día entero en el calabozo. Mientras tanto, las vías legales se agotaban.

Este post tendrá una inminente continuación en Dentro del Pandemónium donde contaremos cómo el hombre de acero sería el vehículo para dar a conocer la historia del activista infiltrado.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Recientemente, Tikal (Ediciones Susaeta) publicaba un volumen con un gran despliegue gráfico: Sociedades Secretas en la Historia. En sus páginas se dedica espacio al Ku Klux Klan, su inquietante origen, sus acciones más sanguinarias y su posición en la política estadounidense en la actualidad.

En todas las épocas ha habido hombres que por afinidades ideológicas, religiosas, delictivas o de cualquier otro tipo han sentido la necesidad de asociarse en secreto para perseguir juntos determinados objetivos. Muchas de ellas tuvieron una vida breve. Otras sobrevivieron siglos o permanecen aún activas. Su lado oscuro suscitaba, y sigue suscitando, sospechas. En este detallado libro se exponen la historia y finalidad de las más destacadas, muchas con presencia en «Dentro del Pandemónium».

De los carboneros a la Filikí Eteria, la masonería, los caldereros, la Joven Italia, Propaganda Due (y sus turbias relaciones con el Vaticano y la «muerte» de Juan Pablo I, el Papa de la sonrisa), los sempiternos templarios, los Illuminati, La Garduña, las organizaciones criminales (Cosa Nostra, Yakuza, Tríadas…), Thule y el origen del nazismo o los Pitagóricos, entre muchas otras sociedades en la sombra.

He aquí el enlace para adquirir el libro:

https://www.editorialsusaeta.com/es/esoterismo-y-otras-dimensiones/12396-sociedades-secretas-en-la-historia-9788499284903.html

Superman en ECC Cómics

Y si lo que queremos es volver al origen del superhéroe, nada mejor que acercarnos al universo de las viñetas, donde nació. Recientemente, ECC Cómics (que publica el inmenso catálogo de DC en castellano en unas ediciones de infarto) lanzaba Superman Hijo Rojo, surgida de la mente de Mark Millar (autor de las aclamadas The Authority y Wanted), una visión extrañamente diferente sobre el mito del hombre de acero. En este caso, la acción se desarrolla en la Unión Soviética, pues el cohete originario de Krypton con un bebé en su interior no se estrella en Smallville, Kansas (EEUU), sino en una granja colectiva de la URRS. El extraño visitante de otro planeta, como campeón de los obreros, librará una batalla interminable por Stalin, el socialismo y la expansión internacional del planeta.

He aquí la forma de adquirir tan singular historia que el pasado año fue adaptada como película de animación por Sam Liu y que en papel, en castellano, ya va por su quinta edición:

https://www.ecccomics.com/comic/superman-hijo-rojo-quinta-edicion-4246.aspx

Y en Liga de la Justicia: Doom Metal, una de las últimas y más potentes novelas gráficas lanzadas también por ECC Cómics, Nightwing deberá liberar a la Legión de la condena de las garras de Perpetua, pero tendrá que contar con la ayuda nada menos que del antagonista de Superman, el retorcido Lex Luthor. Junto a una nueva Liga de la Justicia, deberán abrirse paso a través de una Tierra conquistada por Multiverso Oscuro.

Por fin llegan en castellano los numerosos cruces de la colección Liga de la Justicia con Noches oscuras: Death Metal en un tomo único recopilatorio escrito por el guionista Joshua Williamson (Flash) y dibujado por Xermánico (El Green Lantern) y Robson Rocha (Aquaman: Primera Temporada – Aguas Silenciosas).

Podéis adquirir el volumen en el siguiente enlace:

https://www.ecccomics.com/comic/liga-de-la-justicia-doom-metal-9689.aspx

Los Protocolos de los Sabios de Sión: la farsa que cambió la historia de Europa (II)

Las teorías de la conspiración no son inocuas. Algunas pueden ser muy dañinas, e incluso criminales. En estos tiempos cibernéticos de trolls, foreros de doble identidad, fake-news e información globalizada muchas veces sin control, éstas campan a sus anchas por la Red… Puede parecer algo moderno, lo de usar la conspiranoia para cosechar poder y derrocar al adversario, pero lo cierto es que es algo bien antiguo, y unos de los máximos exponentes a la hora de utilizar falsas historias para sacar rédito político fueron los nazis, a través de un texto envenenado que hoy reivindican de nuevo grupos de extrema derecha.

Óscar Herradón ©

(Viene de Los Protocolos de los Sabios de Sión I)

Desde la publicación de la «Carta de los Judíos de Constantinopla», del abate Chauty (inspirada en una falsificación de la España de Felipe II), en toda Europa surgieron adeptos de esta enrevesada farsa, hasta que a finales del siglo XIX el antisemitismo adquirió connotaciones dramáticas en Rusia, el país en el que finalmente tomarían forma los Protocolos.

Nicolás II

Alejandro III y su hijo Nicolás II eran fanáticos antisemitas, hasta el punto de que durante sus reinados se expulsaba a los judíos a las zonas rurales o se les impedía encontrar trabajo en las ciudades. Los servicios secretos del zar utilizaron la conspiración judeomasónica en su propio beneficio, e hicieron creer a la opinión pública que toda la oposición al régimen, y en especial el terrorismo, era fruto de la conspiración judía mundial; los judíos se convertían así en los chivos expiatorios de todos los males de Rusia y de ello se encargaría un siniestro personaje del que enseguida hablaré.

Osman-Bey

Otro feroz antisemita fue Frederick Millingen, alias (Mayor) Osman-Bey, un estafador internacional de origen precisamente judío que en el libro La consquista del mundo por los judíos esbozaba todas las invenciones que sesenta años después desembocarían en la mayor de las matanzas: en un mundo sin judíos las guerras serían menos frecuentes y cesarían el odio de clases y las revoluciones. Como solución esgrimía llevar a los judíos «a África», como Hitler barajaría la posibilidad de trasladarlos a alguna colonia, quizá a la isla de Madagascar, y en otras ocasiones apuntaba que «la única forma de destruir la Alianza Israelita Universal es mediante el exterminio total de la raza judía», estremecedor vaticinio del Holocausto nazi.

El Diálogo en el Infierno

Otro de los textos que influirían en los autores de los Protocolos fue El Diálogo en el Infierno, de Maurice Joly, escrito en 1870. El autor francés había concebido una obra basada en un diálogo ficticio entre Montesquieu y Maquiavelo, en el que el primero defendía la causa del liberalismo –que abrazaba ciegamente el autor– y el segundo un despotismo cínico que denunciaba veladamente los métodos despóticos del emperador Napoleón III, entonces en el trono francés.

Maurice Joly

Paradójicamente, el discurso del ficticio Maquiavelo, que insiste en que la masa es incapaz de gobernarse a sí misma y necesita a un hombre fuerte que la controle, que para hacerse con el poder pueda remitir sus propuestas a una asamblea popular, que luego no le costará disolver, censurar la prensa, controlar a los adversarios políticos mediante la policía… Un texto incisivo, ingenioso, maravillosamente construido, que ofrece una defensa brillante del liberalismo, acabaría, tristemente, constituyendo la base de la farsa reaccionaria mal escrita que fueron Los Protocolos de los Sabios de Sión, cuyo autor copiaría deliberadamente la obra de Joly introduciendo ingredientes antisemitas de las obras citadas. Y curiosamente, la falaz falsificación dio la vuelta al mundo y alcanzó una fama sin precedentes.

Los Protocolos constan de 24 capítulos, el Diálogo de 25; lo que Joly ponía en boca de Maquiavelo, el falsificador lo ponía en boca de un misterioso conferenciante, el anónimo Sabio de Sión, que delineaba una profecía siniestra para el futuro.

Los Protocolos consisten en una serie de conferencias, en las que un miembro del gobierno secreto judío, el de los Sabios de Sión, explica una conspiración para lograr la dominación mundial; 24 «protocolos» de estilo pomposo y difuso que, mediante argumentos tortuosos e ilógicos, en palabras de Norman Cohn, atacan al liberalismo, explicando los métodos mediante los cuales los judíos pretenden conquistarlo todo, destruyendo la fe cristiana, controlando la política, la educación, etc.

La primera publicación de la falsificación tuvo lugar en la prensa rusa entre 1903 y 1907, primero en el periódico de San Petersburgo Znamya (La Bandera), dirigido por el antisemita militante P.A. Krushevan, que había llegado a instigar un pogromo en Kishiner, Besarabia, en el que habían muerto 45 judíos, otros 400 resultaron heridos y se destruyeron 1.300 casas y tiendas pertenecientes a éstos.

Policía, espía, falsificador

A finales del siglo XIX, cuando los Protocolos comenzaron su andadura en Rusia, dirigía la policía secreta un siniestro personaje, Pyotr Ivanovich Rachkovsky, un individuo obeso, de vetusto bigote, sumamente elocuente, que tras su eterna sonrisa ocultaba a un auténtico sádico que disfrutaba torturando y acorralando a los enemigos del decadente imperio ruso. Es sumamente curiosa sin embargo la manera en la que acabó erigiéndose en policía del zar, pues en 1879, fue detenido por la Tercera Sección de la Cancillería Imperial –futura Okhrana–, acusado de actividades contra la seguridad del Estado ruso, acusado de dar refugio a un terrorista; cierto o no, sólo le quedaban dos alternativas: o ser exiliado a Siberia, donde muy pocos sobrevivían, o pasar a formar parte de la policía política. Ni qué decir tiene que escogió la segunda opción.

Emblema de la Okhrana, la policía secreta zarista
Centurias Negras

Su carrera fue meteórica: apenas dos años después realizaba actividades secretas en una organización derechista rusa, Santa Druzhina, más tarde reconvertida en Unión del Pueblo Ruso; en 1883 se convertía en ayudante del jefe de los servicios de seguridad de San Petersburgo y en 1884 dirigía en París las operaciones secretas de la policía fuera de Rusia. Tal era su destreza, que no tardaría en organizar meticulosamente una red de policías-espías en Francia, Suiza, Londres y Berlín, para seguir la pista de los planes orquestados por los revolucionarios y terroristas rusos, en un tiempo de proliferación del terrorismo anarquista en toda Europa.

Rachkovsky

Conspirador nato, era un experto en falsificar documentos y en provocar atentados de los que acusaba a grupos revolucionarios para generar cambios políticos, algo en lo que serían expertos también los nazis. Rachkovsky, ambicioso e implacable, se hizo rico en operaciones de especulación en la Bolsa y nada en la Rusia zarista escapaba a su control. Y lo más importante: se hizo experto, como señala el autor citado, en presentar el movimiento revolucionario y progresista ante la burguesía como si fueran un mero instrumento en manos de los judíos, desviando hacia este sector de la población el descontento generado por la propia política absolutista del zarismo.

Maestro del engaño, Maquiavelo renacido, el delincuente reconvertido en policía utilizó falsificaciones, habló de Ligas Patrióticas falsas para engañar a rusos y franceses, distribuyó propaganda confusa para enfrentar a distintas facciones… fue un maestro de la propaganda negra varias décadas antes de que lo fuera Joseph Goebbels en el Tercer Reich.

La Okrana (también Ojrana)
Trepov

En 1905 el general Dmitrii Fedorovich Trepov fue nombrado Superintendente de Palacio y para sofocar las actividades revolucionarias, que eran cada vez más habituales, asumió poderes casi dictatoriales y nombró a Rachkowsky director adjunto del Departamento de Policía; ahora con un gran poder, se mostraría implacable con sus enemigos políticos. De nuevo falsificando folletos y documentos que atribuía a organizaciones inexistentes, instaba al pueblo y a los soldados rusos nada menos que a matar a los judíos.

Poco tiempo después, el ahora director de la Policía formaba una peligrosa liga antisemita que respondía al nombre de Unión del Pueblo Ruso, cuyo principal cometido era apoyar financieramente a grupos armados que practicarían a partir de ese momento un tipo de terrorismo político con matanzas de judíos cuyos terribles métodos influirían directamente en nuestros siniestros protagonistas. No es de extrañar por tanto que fuera el verdadero impulsor de una de las falsificaciones más peligrosas de la historia del hombre: Los Protocolos de los Sabios de Sión.

Este post tendrá una inminente tercera y última entrega en «Dentro del Pandemónium».

PARA INDAGAR MUCHO MÁS:

El origen de estas actas bautizadas como Los Protocolos de los Sabios de Sión son oscuros y dudosos; existen mil y una teorías sobre el mismo pero estudiosos de la talla de Norman Cohn, que en los años sesenta llevó a cabo la más minuciosa investigación sobre su origen y difusión a través del análisis de miles de documentos y de numerosas entrevistas a miembros de las SS y a antiguos nazis, han contribuido a arrojar algo de luz sobre su forja e inusitado éxito posterior, rodeados, no obstante, insisto, de múltiples sombras. Ahora han sido publicados importantes trabajos que recojo al final del artículo.

Recientemente, con la reactivación de tamaña farsa en el universo cibernético por grupos extremistas y herederos del viejo nacionalsocialismo, se han publicado nuevos y documentados trabajos sobre el asunto. Uno de los más importantes es Los Protocolos de los Sabios de Sión. Una historia infame, y salió hace apenas unos meses al mercado de mano de una de las editoriales que más cuidan las publicaciones de historia, Marcial Pons. He aquí la portada y la forma de adquirirlo en la web:

Evans

El otro es el último trabajo de uno de los mayores expertos en historia contemporánea y en la Segunda Guerra Mundial, el británico Richard J. Evans y se centra en exclusiva en ese pensamiento conspirativo y antisemita que invadía toda la ideología nazi y que le serviría para justificar sus atrocidades con los judíos y otras minorías, entre ellos, principalmente, una creencia férrea en el contenido de los Protocolos.

En Hitler y las teorías de la conspiración. El Tercer Reich y la imaginación paranoide, Evans propone una mirada crítica a la era de la «posverdad» en la que los «hechos alternativos» han ido ganando terreno, algo muy similar a lo que sucedió en la Europa de Entreguerras y en la Alemania nazi. Para situarnos en la materia, el autor escoge cinco de las teorías conspirativas más duraderas sobre el Tercer Reich y las analiza con el rigor que le caracteriza para explicar cómo éstas puedes no solo movilizar a las masas, sino instalarse como verdades históricas oficiales de un régimen.

Por supuesto, comienza con Los Protocolos de los Sabios de Sión, esa supuesta conspiración del pueblo judío para socavar la civilización –y que recuerda, mucho, a discursos actuales sobre el inmigrante y el diferente–, el mito del «Puñal por la Espalda», según el cual los socialistas y los judíos fueron los responsables de impulsar al ejército alemán de aceptar la derrota en la Gran Guerra, en base a oscuros intereses creados; el incendio del Reichstag, que aunque se trató realmente de una operación de «falsa bandera» (fue realmente provocado por los nazis para instalarse en el poder, pero se acusó del mismo al joven comunista Marinus van der Lubbe, drogado y puesto en el lugar de los hechos) estuvo siempre rodeada de un aura de conjura y complot que se instaló con fuerza entre los alemanes; el misterioso vuelo del viceführer Rudolf Hess a Reino Unido en 1941 supuestamente con la intención de firmar la paz con el imperio británico a espaldas (o no) del Führer; y el eterno rumor de que Hitler huyó del Führerbunker en 1945, en un Berlín sitiado, y escapó a Sudamérica para vivir el resto de sus días oculto y sin ser juzgado, rumor que impulso por interés estratégico el propio Stalin y el Kremlin y que llegaría a barajar como posible el mismo FBI, que posee un informe en dicho sentido.

Evans, con una quirúrgica observación de los hechos, investiga sus orígenes y la causa de su permanencia para demostrar que «la explotación consciente de los mitos y las mentiras con fines políticos no resultan ser una creación del siglo XXI». De hecho, se remontan mucho más atrás de los nazis, hasta la antigüedad, al origen de las civilizaciones y al ansia del hombre por mantener o alcanzar el poder. He aquí la forma de adquirirlo:

https://www.planetadelibros.com/libro-hitler-y-las-teorias-de-la-conspiracion/330637

Los Warren: su historia contada por ellos mismos

Me apasiona el cine de terror. No es extraño teniendo en cuenta el nombre del blog «Dentro del Pandemonium». El cine de terror bueno, añadiría, cual cinéfilo –o más bien cinéfago– pedante, que soy un poco…

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…pero, ¿cuál es el bueno? También disfruto con el cine de serie B, y con el de serie Z… y otro más inclasificable, y no son cintas que gocen precisamente de una posición envidiable entre la crítica más exigente –no así entre el público, menos encorsetado y sometido a los cánones de lo «políticamente correcto»–. En las próximas líneas no entraré en esa discusión que daría para varios post y de la que otros de mis colegas de profesión saben mucho más, infinitamente más.

Comienzo así esta entrada porque lo cierto es que hacía años que me daba pereza visionar nuevos lanzamientos del género (con numerosas aristas que escapan a dicha clasificación, insisto) porque, salvo una o dos excepciones, me parecía más de lo mismo, abuso de las nuevas tecnologías, los primeros planos o los travelling hasta volverte loco, de lo que ya se había hecho en este campo.

Es más, sigo disfrutando mucho más viendo El Exorcista de Friedkin o La Profecía de Donner –sí, lo reconozco, algo de nostalgia– que de estar a la última en cintas slasher, de zombies y derivados, algo imposible ahora que las plataformas de streaming te ofrecen un catálogo infinito, producciones propias incluidas. Y eso que ver, veo unas cuantas.

Cine de terror de nuevo cuño

Hace unos años, no obstante, y cuando aún no pegaban tan fuerte, al menos en España, HBO y otras, ni se oía hablar de Netflix o Amazon Prime, y tras negarme a ir al cine casi por convicción personal a ver algo que llevase el marchamo de «terrorífico» en el cartel, decidí ver en DVD Expediente Warren: The Conjuring, del malayo-australiano James Wan.

Sabía, por supuesto, que aquella cinta se basaba en unos personajes de carne y hueso que conocía bien de mis muchos años trabajando en el periodismo llamado «de misterio», en la redacción de mi añorada revista ENIGMAS y en las filas de Año/Cero. Pero aparte de eso, no esperaba mucho de un título de gran presupuesto con el sempiterno recurso de «basado en hechos reales» que explotaban hasta la saciedad los telefilmes y las cintas generalmente limitadas al servicio del espectáculo en los que aquella historia «real», gerny las cintas generalmentedesvirtuados en los que aquella historia «real saciedad los telefilmes y las cintas generalmente» se desvirtuaba por completo. No fue el caso.

No es Expediente Warren una de mis películas favoritas, pero me gustó bastante, y desde ese momento puse el foco en el trabajo de Wan y seguí con atención su ristra de secuelas, precuelas y spin-off… que, todo hay que decirlo, ya saturan. A Expediente Warren le siguió una secuela muy loable, a la misma altura de la primera cinta, y aún más inquietante, también inspirada en los periplos de esta pareja de investigadores del misterio de la que enseguida hablaré: El Caso Enfield se basaba, pues, en «hechos reales» –que fuesen fruto de una manipulación o no es algo que no me compete, ni tampoco me importa en este caso– sobre unos estremecedores fenómenos poltergeist que de forma continuada acosaron a una familia de clase trabajadora en la Inglaterra de finales de la década de los setenta.

Pues bien, ahora podemos conocer mucho mejor la trayectoria vital del matrimonio formado por Ed y Lorraine Warren gracias a la publicación de sus obras en castellano por Ediciones Obelisco, títulos fascinantes –seamos crédulos o escépticos a más no poder– que hasta ahora solo era posible devorar en inglés. Escepticismo y acusaciones de fraude aparte, esta pareja de norteamericanos investigó durante nada menos que cincuenta años más de 4.000 casos relacionados aparentemente con lo sobrenatural, algunos tan sonados que removieron conciencias y sacudieron la prensa de la época –por supuesto con una ristra de acólitos y aún mayor de detractores– y que son la base de las citadas películas y algunas otras que no forman parte del repertorio productivo de Wan, quien elevó al matrimonio de demonólogos al nivel de superestrellas.

Ed y Lorraine Warren en tiempos no tan mozos

Pioneros y valientes para quienes creen en el más allá y lo sobrenatural, o al menos lo temen –la actitud más recomendable–, gracias a la saga cinematográfica los Warren, ya conocidos, como digo, en los ambientes del misterio, saltaron a la fama internacional, trascendiendo con mucho los límites de su Connecticut natal.

Lucha a muerte contra las fuerzas del mal

Ed Warren no llegaría a ver la adaptación a pantalla grande de sus (des)venturas con el otro lado, y no disfrutaría del éxito que sí experimentó unos cuantos años su esposa. Ed murió el 23 de agosto de 2006 tras sufrir un accidente cerebro vascular en su mítica casa rural. Lorraine, por su parte, moría hace relativamente poco, en abril de 2019, a los 92 años, tras haber hecho mil y una entrevistas gracias al empujón mediático de la saga.

Annabelle, la joya de la corona

En The Conjuring tiene gran relevancia el museo de «objetos malditos» del matrimonio, sito a buen recaudo –o no tanto– en el sótano de su hogar de Connecticut. Un museo de los escabroso y lo singular que existe realmente y que, a pesar de los caprichos de los diseñadores de producción –como en el caso de la réplica de la famosa muñeca Annabelle–, se muestra bastante fiel al verdadero. Una colección digna de la AIDP de Mignola, pero real, en la que se dan la mano el espejo «maldito» de la Plantación Myrtles, pedazos de la lápida de la bruja Bathsheba Sherman –responsable al parecer de los terribles sucesos en Rhode Island–, el vestido de novia «embrujado» de la difunta Anna Baker o el inquietante muñeco Shadow, entre mil y un artefactos recogidos por sus viajes por medio mundo.

Y al fondo, dentro de una vitrina de cristal con candado y la advertencia «¡No abrir!» («Warning! Positively do not open»), la estrella de la corona: la muñeca Annabelle, con muy poco parecido a la aterradora figura con ecos de ventriloquía de las cintas, una muñeca de trapo enorme, marca Raggedy Ann, que fue creada en 1915 por Johnny Gruello y luego comercializada con mucho éxito. Muy risueña y de tosco diseño, pero casi más aterradora que la de la película, y eso sin conocer previamente su historia –ver imagen–. Se haría tristemente célebre en 1968 cuando Donna, una estudiante de enfermería, la recibió como regalo de su madre. La joven, que vivía con su compañera Angie y que verán cómo la inquieta Annabelle cambia de postura y lugar sin que nadie la toque y empieza a causar un verdadero quebradero de cabeza a las chicas, cada vez más desesperadas. Tras solicitar, sin mucho éxito, la ayuda de un sacerdote, aparecieron los Warren, que estaban convencidos –y lo estarían hasta su muerte– de que en la muñeca moraba un espíritu maligno que pretendía poseer a la desdichada Donna. Tras combatir el mal, la encerraron en su Museo del Ocultismo.

Un romance atípico

Ed y Lorraine, que se conocían desde los 16 años, se casaron en un momento de permiso del primero, que combatía nada menos que en Europa en la Segunda Guerra Mundial, y Lorraine no tardaría en desarrollar su «don», afirmando, como se muestra en las películas con el rostro de la actriz Vera Farmiga, que encarna a la demonóloga, que era capaz de saber si una casa estaba o no encantada, entablando contacto con entidades espirituales y fantasmas y experimentando una suerte de revelaciones que han dado, y siguen dando, mucho que hablar. Era médium y clarividente. Casi nada. Así se complementaba con Ed, quien afirmaba también ser capaz de ver fantasmas –aunque no interactuar con ellos– y comenzó la historia de amor más prolífica del mundo de lo paranormal.

En 1952, ya con cierto renombre, fundaron la Sociedad para la Investigación Psíquica de Nueva Inglaterra –NESPR por sus siglas en inglés–, que sería la primera fundación dedicada ex profeso a investigar fenómenos paranormales, en palabras de Ed Warren, «a investigar fantasmas y a buscar demonios». Luego vinieron sus grandes investigaciones, que se recogen en los films y con mucho más detalle en los libros recientemente editados en castellano y que desmenuzo –grosso modo– en las próximas líneas.

Sus investigaciones más notables, en sus propias palabras

Uno de los casos estrella investigado por los Warren y que ya fue llevado al cine con cierto éxito en 1979, apenas tres años después de los sucesos, y que ha tenido varios remakes, a cual más mediocre, fue el que tuvo lugar en la ya celebérrima casa de estilo colonial sita en el 112 de Ocean Avenue en la localidad estadounidense de Amityville en 1976. Los hechos se narran en Cazadores de Fantasmas (Obelisco, 2019), un libro publicado con la colaboración del periodista Robert David Chase, que reúne otras investigaciones como las que dieron lugar a Expediente Warren y también a Annabelle y sus juegos caprichosos.

En La Casa Embrujada, editado por Obelisco en febrero de este año, en colaboración con el periodista Robert Curran, Ed y Lorraine Warren cuentan la historia que vivieron en casa de Jack y Janet Smurl en West Pittston, Pensilvania (EEUU): una infestación aterradora que incluía, según los testigos y más tarde los investigadores, sonidos, olores y apariciones inexplicables. Tras instalarse allí, los Warren declararon que la casa estaba «ocupada por tres espíritus menores y también por un demonio» que aparentemente abusó sexualmente del matrimonio Smurl, en una historia que recuerda a la cinta El Ente, también basada –supuestamente, como siempre– en hechos reales, los escalofriantes sucesos experimentados por Carla Moran, que en la película de 1982 era interpretada por una bellísima y atormentada Barbara Hershey.

La sinopsis de La Casa Embrujada no puede ser más atractiva –o aversiva si eres miedoso–: «Insoportables olores de matadero. Ruidos ensordecedores. Una criatura con pezuñas que recorre el pasillo. Ataques físicos, despiadados estrangulamientos, exorcismos fallidos, súcubos… y el terror definitivo que continúa atormentado a la familia Smurl».

En El Cementerio. Apariciones reales en un antiguo cementerio de Nueva Inglaterra, escrito en colaboración también con Robert David Chase, recogen hechos sobrenaturales investigados en camposantos como el de Unión o el de Hillpointe, ambos en dicho estado norteamericano, a través de la Sociedad para la Investigación Psíquica de Nueva Inglaterra: desde aterradores «demonios sexuales» y apariciones fantasmagóricas a historias de venganza de ultratumba. Nada menos.

El último libro editado, En la Oscuridad, al que los Warren dieron forma con la colaboración de Carmen Reed, Al Snedeker y Ray Garton, se centra en la historia del caso más aterrador de posesión demoníaca que azotó los EEUU y que serviría de base para el argumento de otra película que no forma parte de la saga Wan: Exorcismo en Connecticut, dirigida en 2009 por Peter Cornwell. El ensayo recoge aquellos hechos: los que experimentó otra familia más, en este caso los Snedeker, cuando se mudaron a una nueva casa que había sido una antigua funeraria –algo que desconocían–: siniestras presencias, incidentes salvajes, oscuras fuerzas supuestamente «infernales»… una historia sobrecogedora que tuvo lugar en 1986 y que consistió, según los autores, en una infestación demoníaca.

Lo dicho, los Warren desde su propia óptica, con sus palabras en un testimonio de primera mano que puedes amar u odiar –también no creer–, pero que no te dejará indiferente. Para echarse a temblar.

La ubicación del Museo del Ocultismo de los Warren: 30 Knollwood St, Monroe, CT 06468, United States.