AIDP Integral 10

Llega el esperado final de la saga de El Infierno en la Tierra, que Norma Editorial nos brinda en una lujosa edición en tapa dura, la décima de la serie, Cartoné forrado con tela –verde, en la línea tan característica de los volúmenes anteriores– y con cinta marcapáginas.

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AIDP son las siglas con las que Norma Editorial bautizó en castellano a la B.P.R.D., la Agencia de Investigación y Defensa Paranormal que Mike Mignola desgajó del universo de Hellboy para narrar lo que ocurre cuando el propio Hellboy deja de estar al mando. El décimo y último tomo de la reedición integral en cartoné cierra quince años de continuidad ininterrumpida: recoge el tramo final de la serie, conocido en inglés como B.P.R.D.: The Devil You Know, y que en la vieja colección en rústica de Norma ocupaba los números 33 a 35, bajo el título común de Demonio conocido, dividido en Mesías, Pandemónium y Ragna Rok.

La trama cierra el ciclo apocalíptico que arrancó con el llamado Infierno en la Tierra: Nueva York se ha convertido en el epicentro del delirio de Varvara, la deidad demoníaca que atrae a miles de fieles hacia su propia versión del fin del mundo, mientras ejércitos de zombis y monstruos invaden lo poco que queda de sociedad organizada. La curiosidad mayor de este cierre es que Hellboy, ausente de la serie desde su marcha de la agencia años atrás, reaparece para la batalla final junto a Abe Sapien y Liz Sherman, en un gesto que Mignola reserva deliberadamente para el desenlace. El propio tomo termina con una página que, más que cerrar la historia, la reabre: una insinuación de reinicio del mundo que el propio autor ha descrito como el germen de una nueva etapa del universo Hellboy, y que explica por qué la serie nunca se sintió del todo terminada pese al título de la colección.

Colapso total

En lo gráfico, esta etapa final recae sobre todo en Laurence Campbell, que sustituye el trazo más limpio de Guy Davis por una textura sucia, pictórica, casi expresionista, muy acorde con el tono de colapso total del relato; Dave Stewart, coloreador de cabecera de todo el «Mignolaverso» desde el primer tomo, es quien mantiene la coherencia visual pese al desfile de dibujantes que ha tenido la colección a lo largo de sus treinta y cinco entregas originales. Otra curiosidad de la edición española es que, mientras que las portadas americanas de este tramo final corrieron a cargo del propio Campbell, Norma encargó nuevas cubiertas para su edición de lujo al ilustrador argentino Julián Totino Tedesco, conocido por su trabajo en Marvel, lo que da a esta reedición una identidad visual distinta, y por supuesto meritoria, de la original estadounidense.

El balance entre los lectores españoles de la colección es elocuente sobre la naturaleza de esta serie: se valora mucho el conjunto del universo Hellboy, pero hay quejas recurrentes sobre lo dependiente que resulta AIDP de series paralelas como el propio Hellboy o Abe Sapien para que ciertos hilos argumentales cuadren del todo, algo que se nota especialmente en este tramo final, escrito a cuatro manos entre Mignola y Scott Allie. También hubo quejas, ya de tipo editorial, por los largos parones entre tomos de la colección de lujo, que tardó varios años en completarse desde que arrancó. No obstante, es AIDP, y los fanáticos han de hacerse con su última entrega.

Como cierre de una saga que empezó siendo un spin-off casi accidental de Hellboy y terminó convirtiéndose en la columna vertebral de todo el llamado «Mignolaverso», este volumen funciona más como gran final de temporada que como historia autoconclusiva: exige haber recorrido los nueve tomos anteriores, pero recompensa esa paciencia con una de las imágenes de cierre más desoladoras y a la vez abiertas de todo el cómic de terror americano reciente. Como reza el lema latino de la Agencia: In Absentia Luci, Tenebrae Vincunt («En ausencia de luz, la oscuridad vence»).

La historia económica de la humanidad (contando con las mujeres)

Ático de los Libros publica Económica. Una historia global de mujeres, riqueza y poder, de la economista británica Victoria Bateman, que nos acerca el crucial –e injustamente olvidado– rol económico de las mujeres en el progreso humano.

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Bateman recorre doce milenios, desde la Edad de Piedra hasta la informática, para demostrar que las mujeres nunca estuvieron ausentes de la economía, sino ocultas en los relatos. Es un libro de divulgación ambicioso, con anécdotas memorables y una tesis que crítica y público ha acogido con entusiasmo.

Bateman enfrenta tres ideas preconcebidas: que la mujer trabajadora es un fenómeno moderno, que la prosperidad fue obra de los hombres y que la producción femenina se limitó durante siglos a la reproducción. El libro (una voluminosa edición en tapa dura con sobrecubierta que quita el aliento) sostiene que las mujeres han estado siempre en el centro del progreso económico como empresarias, comerciantes e industriales. Es el desarrollo natural de The Sex Factor (2019), donde defendía que la libertad de las mujeres fue un factor clave del ascenso económico de Occidente, una tesis que Foreign Affairs describió entonces como una crítica feminista al sesgo masculino de gran parte de la teoría económica.

Un desfile de mujeres olvidadas

Boda de Mahoma con Khadijah.

Y en ello descansa el mayor atractivo del libro. Aparecen Phryne, la mujer más rica de la Atenas antigua, que ofreció pagar la reconstrucción de las murallas de Tebas tras su destrucción por Alejandro Magno; Khadijah, la comerciante que empleó a Mahoma antes de proponerle matrimonio; y Ching Shih, prostituta convertida en pirata que dominó el comercio en el mar de China Meridional. Junto a ellas, Priscilla Wakefield, que fundó el primer banco inglés para mujeres y niños, y la zapatera del siglo XVIII Ann Askew. Y el trabajo anónimo: mujeres que participaron en la construcción de la Gran Pirámide y en la fontanería de la Roma antigua, tejedoras de seda de la Ruta de la Seda y cerveceras que dominaron el comercio londinense medieval.

En una entrevista con The New Feminist, la autora, que ha enseñado historia económica en Oxford y Cambridge y es miembro de la Royal Historical Society, menciona a las mujeres lidias y a las neandertales que eran más cazadoras que recolectoras, y subraya que leemos el pasado desde un guion occidental y patriarcal. Recuerda además una frase de su abuela: las mujeres de clase trabajadora siempre han trabajado. Sostiene que la figura del ama de casa a jornada completa es un invento del siglo XIX, y que la cerveza, hoy asociada a lo masculino, fue durante siglos un negocio de mujeres. Su ejemplo más provocador es el de Roma, donde, según cuenta, mujeres que comerciaban con aceite de oliva por todo el Mediterráneo se vieron empujadas hacia el hogar por las leyes natalistas de Augusto, un movimiento que ella compara con el conservadurismo social actual y con el mito de las tradwives.

Es una mujer singular, y activista: llegó a protestar desnuda en congresos académicos y en directo en televisión, en horas de máxima audiencia, contra el Brexit (en la imagen de la izquierda), que ella misma explicó como una doble protesta contra la sexualización del cuerpo femenino y a favor de reconocer el valor económico que el mercado del sexo le pone. Ante la pregunta de si es valiente, responde que solo es ella misma, con o sin ropa. Económica es una lectura vívida y bien documentada, que gana enteros por las historias, muchas de ellas insólitas, que rescata.

De la dictadura a la democracia

Comares y Ediciones de la Universidad Castilla-La Mancha publica un monumental estudio coral que llena un vacío regional en la historiografía: De la dictadura a la democracia: la Transición vista desde Castilla-La Mancha, un volumen colectivo compuesto por veintisiete voces.

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Proclamación de Juan Carlos I como rey de España en 1975.

Su principal interés está en una pregunta que la historia general suele saltarse: qué pasó cuando la democracia llegó a lugares donde ni siquiera existía todavía la comunidad autónoma que la iba a gobernar. La obra, coordinada por Francisco Alía Miranda, Juan Carlos Buitrago Oliver y José Antonio Castellano López, aparece cuando se cumplen cincuenta años de la Ley para la Reforma Política y con un objetivo concreto: estudiar la Transición en Castilla-La Mancha. A partir de 1976 no solo se recuperaban las libertades, sino que casi a la vez arrancaba la construcción de una nueva comunidad autónoma, posible gracias a la Constitución de 1978. Es una combinación poco habitual, porque la mayoría de las síntesis sobre la Transición tratan el proceso autonómico como un capítulo aparte, y aquí ambos procesos se leen a la vez. El arco cronológico, de 1976 a 1983, coincide con las primeras elecciones autonómicas de mayo de 1983, en las que José Bono obtuvo mayoría absoluta.

Veintisiete autores del ámbito universitario analizan el periodo con estudios especializados de alcance nacional y regional. Reconoce sin rodeos que la bibliografía sobre esta región era muy escasa, lo que explicaría su poca presencia en los estudios generales. Añade que se abordan las cuestiones económicas, sociales y culturales para lograr una visión interdisciplinar. Uno de los capítulos se ocupa del movimiento feminista entre 1978 y 1983, lo que da idea de que no es un libro de política institucional en sentido estrecho.

La tesis de fondo

El proceso estuvo lleno de incertidumbres y de improvisación, lo cuestionaron tanto la extrema derecha, por nostalgia del franquismo, como la extrema izquierda, que temía que el modelo de que la ley permitiera a las instituciones franquistas sobrevivir dentro de la democracia. Frente a ambas, el libro subraya el empuje de buena parte de los españoles hacia el cambio, un factor sin el cual es difícil entender las actuaciones del rey y de las autoridades que guiaron el proceso. Es una posición reconocible: la de quienes sitúan la presión social como motor de la democratización y no solo la voluntad de las élites.

Esa perspectiva tiene una escuela detrás. El Seminario de Estudios de Franquismo y Transición de la propia Universidad de Castilla-La Mancha, activo desde 2002, defendía ya en 2009 que la Transición no fue un proceso dirigido por una élite, sino uno en el que intervinieron muchos más agentes, con el papel de los viejos y nuevos movimientos sociales en la crisis de la dictadura. El precedente más directo es el trabajo de Óscar J. Martín García, A tientas con la democracia. Movilización, actitudes y cambio en la provincia de Albacete, 1966-1977 (Catarata, 2008), que Francisco Sevillano reseñó en Pasado y Memoria como ejemplo de un giro de perspectiva muy extendido en los estudios sobre la Transición. A escala nacional, la misma línea la representan Carme Molinero (ed.), La Transición, treinta años después (Península, 2006), que quería superar los tópicos, y la crítica más radical de Ferran Gallego en El mito de la Transición (Crítica, 2008). En el otro extremo, el relato clásico de Raymond Carr y Juan Pablo Fusi, España, de la dictadura a la democracia (Planeta, 1979), y en el polo institucional, la obra de Santos Juliá, Transición. Historia de una política española (1937-2017), que pone en el centro las voces y los pactos.

Un volumen de veintisiete autores tiene las virtudes y los riesgos de toda obra colectiva: riqueza de miradas y desigualdad de niveles. Lo más valioso, en principio, es el ejercicio de escala regional, que permite comprobar si los grandes relatos, ya sean el pacto consensuado o la ruptura frustrada, se sostienen cuando se miran desde una provincia de interior. Veredicto provisional. Es una obra necesaria por su objeto, oportuna por la fecha y coherente con una tradición historiográfica sólida en la universidad que la respalda. Su contenido tiene rigor académico y voluntad de llegar a un público amplio, el que vivió esos años y el joven que los estudia como historia.