Malleus Maleficarum: el libro más peligroso de la historia (I)

La obsesión de la iglesia por erradicar los cultos paganos de brujas y hechiceros, a los que consideraba enemigos mortales de Dios, necesitaba dotarse de un texto que convirtiese en oficial el procedimiento a seguir para la lucha contra el Maligno. En este contexto apareció un libro que ha sido descrito en numerosas ocasiones como «el más funesto de la historia literaria». Con motivo de la publicación de Brujas. La locura de Europa en la Edad Moderna (Debate), recordamos el origen de este pérfido volumen.

Óscar Herradón ©

Krämer

Conocido popularmente como «Martillo de Brujos» –Hexenhammer–, fue obra de los inquisidores dominicos Heinrich Krämer –pseudónimo de Enrique Institoris– y Jacob Sprenger. Su maléfica obra se comenzó a escribir a raíz de que el pontífice Inocencio VIII publicase en Estrasburgo su bula Summis desiderantes affectibus, conocida también como «Bula Bruja» y tradicionalmente «Canto de guerra del infierno», el 9 de diciembre de 1484, dirigida, según el vicario de Cristo, a subsanar los errores que el Tribunal del Santo Oficio había cometido en torno a los procesos de brujería.

Reproduciré a continuación algunos extractos de dicha bula que no tienen desperdicio donde se puede apreciar claramente la línea que, a partir de entonces, seguirán los manuales conocidos como «martillos de brujas» y que marcarían el inicio de una política de terror en toda Europa:

Bula de Inocencio VIII

«Nos anhelamos con la más profunda ansiedad, tal como lo requiere Nuestro apostolado, que la Fe Católica crezca y florezca por doquier, en especial en este Nuestro día, y que toda depravación herética sea alejada de los límites y las fronteras de los fieles, y con gran dicha proclamamos y aun restablecemos los medios y métodos particulares por cuyo intermedio Nuestro piadoso deseo pueda obtener su efecto esperado […]».

«Por cierto que en los últimos tiempos llegó a Nuestros oídos, no sin afligirnos con la más amarga pena, la noticia de que en algunas partes de Alemania septentrional […] muchas personas de uno y otro sexo, despreocupadas de su salvación y apartadas de la Fe Católica, se abandonan a demonios, íncubus y súcubus, y con sus encantamientos, hechizos, conjuraciones y execrables embrujos y artificios, enormidades y horrendas ofensas, han matado a niños que estaban aún en el útero materno, lo cual también hicieron con las crías de los ganados; que arruinaron los productos de la tierra, las uvas de la vid, los frutos de los árboles; más aún, a hombres y mujeres, animales de carga, rebaños […] estos desdichados, además, acosan y atormentan a hombres y mujeres y animales con terribles dolores y penosas enfermedades…; impiden a los hombres realizar el acto sexual y a las mujeres concebir…; por añadidura, en forma blasfema, renuncian a la Fe que les pertenece por el sacramento del Bautismo, y a instigación del Enemigo de la Humanidad no se resguardan de cometer y perpetrar las más espantosas abominaciones y los más asquerosos excesos […]».

«…y otorgamos permiso a los antedichos Inquisidores –Heinrich Kramer y Jacobus Sprenger- […] para proceder, en consonancia con las reglas de la Inquisición, contra cualesquiera personas, sin distinción de rango ni estado patrimonial, y para corregir, multar, encarcelar y castigar según lo merezcan sus delitos, a quienes hubieran sido hallados culpables, adaptándose la pena al grado del delito. […] Por Nuestra suprema Autoridad, les garantizamos nuevamente facultades plenas y totales».

Inocencia VIII

El pontífice continúa, en los mismos términos de credulidad supersticiosa, con su sermón antiherético para concluir ofreciendo a los inquisidores todos los medios a su alcance en la lucha contra el mal. Esta iniciativa, por la que se equiparaba el maleficio al grado de herejía, recayendo en la esfera competencial de la Inquisición, servirá de incentivo a las calenturientas mentes eclesiásticas para llevar a cabo un genocidio sin precedentes, basado  únicamente en la creencia en antiguas leyendas y supersticiones grecorromanas adaptadas al Medievo –tales como la capacidad de volar de dichas brujas o su gusto por la carne de los infantes– y en un miedo irracional fruto más del desconocimiento y del temor supercheril que del análisis.

La Bula Summis Desiderantis fue el empujoncito que necesitaban los autores de los «martillos» para dar forma a unas obras enfermas, incoherentes, retóricas y pedantes (aunque fascinantes para el investigador) que, por desgracia, fueron tenidas muy en cuenta durante siglos como códigos a seguir para torturar y asesinar a personas, en su gran mayoría inocentes, al menos de delitos sobrenaturales.

Un exitoso engaño para burlar la censura

El citado Enrique Institor, un teólogo de avanzada edad que había ejercido como inquisidor para el sur de Alemania desde el año 1474, incluyó la polémica Bula contra brujas de Inocencio III al comienzo del «Martillo». De esta forma, el dominico se aseguró la eficacia de su distribución, simulando una autorización papal que no era tal y que brindaba a la obra una oficialidad que, de no existir, hubiese provocado su secuestro en las máquinas de la imprenta. El invento de Gutenberg constituyó una auténtica revolución en la edición de libros, que debían mucho, en el desorbitado aumento de su difusión, al todavía reciente y revolucionario descubrimiento. Dicho avance en el mundo editorial supo aprovecharlo ingeniosamente Institor, como buen propagandista, al igual que la reciente aparición de la prensa, en una época en la que todavía se dejaban ver los efectos que causara, a lo largo de muchos siglos, el oscurantismo medieval, en el que el saber estaba reservado a unos pocos, en su mayoría eclesiásticos.

El éxito del «Martillo» fue enorme. Publicado en 1486, dos años después de que viese la luz la bula Summis desiderantes affectibus, en menos de dos siglos el Malleus Maleficarum contó con 29 ediciones. En 1520 ya contaba con 13 ediciones, mientras que entre 1547 y 1669 llegó a 16, si bien no constan el lugar ni la fecha de publicación. La obra de Krämer se erigió como fuente de inspiración de todos los tratados posteriores sobre el tema, a pesar de que su propia composición debía casi todo a textos previos tales como el Formicarius (1435) y el Praeceptorium, del teólogo alemán y prior dominico Johannes Nider.

Este post tendrá una inminente continuación en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Llevo una buena cantidad de años sumergiéndome en todo tipo de literatura relacionada con la brujería, la Inquisición y el ocultismo, pasión que comenzó con la llegada a la redacción de mi añorada revista Enigmas hace la friolera de casi 20 años. Así que cuando se publica un nuevo título centrado en el tema suelo estar atento y no tardar en hincarle el diente, y aunque abundan los textos superficiales o «corta-pega» en este mundo de edición a veces sin control física y digital, lo cierto es que algunos trabajos sorprenden por su meticulosidad y buen hacer.

Es el caso del ensayo Brujas. La locura de Europa en la Edad Moderna, que acaba de lanzar la editorial Debate, uno de los paladines de la divulgación histórica en nuestro país, de la autora Adela Muñoz Páez que, curiosamente, no es ni antropóloga ni historiadora, ni siquiera periodista, sino catedrática de Química Inorgánica en la Universidad de Sevilla, eso sí, responsable de exitosos libros de divulgación como Historia del Veneno (2012), Sabias (2017) y Marie Curie (2020), todos ellos publicados en Debate.

Muñoz Páez explora el proceso por el que a comienzos de la Edad Moderna, en el Viejo Continente hoy asolado por nuevas e incomprensibles guerras, se persiguió a centenares de miles de personas, la mayoría mujeres, y se asesinó, que quede constancia documental, a unas 60.000, en el marco de una sociedad patriarcal y temerosa de Dios, profundamente machista, en la que la Iglesia católica (y también la protestante, en cuyo seno se produjo una persecución mucho más virulenta y sanguinaria, mal que le pese a la leyenda negra) decidiría el rumbo a seguir de toda la sociedad, de reyes a labradores.

Alonso de Salazar y Frías

Una institución gobernada por hombres profundamente misógina y que convirtió a la mujer en el chivo expiatorio de todos los males, los del «averno» incluidos. Un libro, además, que desmonta mitos, como que España fue una de las naciones más intolerantes en este punto (fruto nuevamente de la leyenda negra, lo que no exime a nuestro país de ser uno de los principales azotes de protestantes y judaizantes), que las penas más crueles las impuso la Iglesia (no fue así, sino los tribunales civiles) o que la Inquisición fue el principal brazo ejecutor de la caza, pues, curiosamente, se erigió en uno de sus principales opositores (no en vano, fue precisamente el inquisidor burgalés Alonso de Salazar y Frías, que se incorporó al tribunal que juzgó el caso de las brujas de Zugarramurdi cuando ya se habían impuesto la mayoría de penas, el responsable de echar el freno a la Caza de Brujas en nuestro país).

Un completo recorrido por la brujería en la historia moderna que a pesar de su título no se circunscribe únicamente al continente europeo y también se ocupa de casos trasatlánticos como el de Salem, que tiene algunos puntos en común con el de Zugarramurdi (ficciones, presiones eclesiásticas, envidias, teriantropía…) aunque tuvo lugar casi 100 años después y a miles de kilómetros de los frondosos bosques navarros.

He aquí la forma de adquirir el ensayo:

https://www.penguinlibros.com/es/historia/276340-libro-brujas-9788418619571#

La Marca del Maligno (2)

Es una figura intemporal que causa temor allá por donde pasa pero que, a su vez, goza de una legión de seguidores. Con diversas máscaras e identidades a lo largo de la historia y las distintas culturas, el mal se humaniza adquiriendo su forma y tentando a las almas más endebles con sueños de dinero y poder. El diablo, y sus múltiples rostros, ha dejado señales de su existencia que van más allá de meras leyendas. En numerosos lugares aún puede verse y sentirse… LA MARCA DEL DIABLO

Óscar Herradón ©

Los objetos del maligno

Podríamos hablar de un «bestiario maldito» –los múltiples animales que se relacionaron de una u otra manera con el Innombrable– e incluso de Iglesias del Diablo como las que existen en Rumanía, conocida como Iglesias de madera de Maramures, concretamente en la Transilvania septentrional, tierra de no muertos y chupasangres, donde el maligno está representado de numerosas formas y muy presente, tanto, que parece más una antesala al infierno que la casa de Dios –eso sí, muy hermosa–.

También de carreteras malditas –la Ruta 666 en los EEUU; la «curva del Diablo» en Bolivia; la vía maldita que une Bremen y Bremerhaven en Alemania…–; de puentes del diablo –como el de Rakotzbrücke en Gablenz, Sajonia, aunque existen más de 50 repartidos por todo el mundo–, de ríos, cuevas… e incluso catedrales.

De todo, vamos, pero el espacio es, como siempre, limitado, incluso en un post. Existen además numerosos y variados objetos que se vinculan con el demonio, y uno de los más célebres se encuentra precisamente en España, se conoce como el «Sillón del Diablo», y hoy es una de las piezas más visitadas del Museo de Valladolid –en la sala 14–, pero en su día ocupó un espacio destacado en la Facultad de Medicina de la Universidad. Su leyenda se remonta a 1550, cuando se funda la primera cátedra española de anatomía y acude a la facultad un joven portugués de origen sefardí y de nombre Andrés de Proaza, de 22 años, y que mostraba un gran interés por la disección.

El sillón en cuestión no parece muy cómodo…

Pocos meses después se denunció la desaparición de un niño de nueve años y la alarma saltó cuando los vecinos de la calle Esgueva declararon que desde el sótano de la casa del estudiante salían gemidos, y extraños ruidos; además, a través del desagüe veían salir agua sanguinolenta. Cuando las autoridades acudieron al lugar, se hallaron con un escenario macabro: sobre una mesa de madera encontraron el cuerpo despedazado del pequeño, así como cadáveres de perros y gatos también diseccionados.

Durante su interrogatorio, que no debió ser lo que se dice suave, el estudiante confesó que tenía un pacto con el mismo diablo a través de una silla que estaba en su escritorio… Afirmó que aquella silla/sillón se la había dado un nigromante de Navarra al que salvó de la persecución llevada a cabo en 1527. Dijo que sentándose en él recibía “luces sobrenaturales para la curación de enfermedades”, pero añadió que quien se sentase sobre él tres veces y no fuera médico moriría. Condenado a morir en la hoguera, los muebles de Andrés fueron subastados, pero nadie los adquirió, debido a la fama nigromántica de su dueño.

Fachada del Palacio de Fabio Nelli (Valladolid)

Cuenta Saturnino Rivera Manescau en Tradiciones universitarias (Historias y fantasías), de 1948, que entonces fue colgado boca abajo en un rincón de la sacristía de la Capilla universitaria, fijado a la pared a considerable altura, para que nadie cometiera la imprudencia de sentarse de nuevo en él. ¿Y por qué? Pues porque la maldición acompañaba al objeto: tras la muerte de Andrés, un bedel encontró el sillón en un trastero y se sentó en él, muriendo tres días después. Lo mismo le sucedió al que lo sustituyó en su puesto.

Permanecería boca abajo hasta que fue derribado el antiguo edificio y el objeto pasó a formar parte de las colecciones del Museo Provincial en 1890. Según el antropólogo vallisoletano del CSIC Luis Díaz Viana, el sillón tiene mucho que ver con la leyenda de la Cueva de Salamanca donde, cuentan, el mismo Diablo impartió clases, también sentado en una silla…

En el siglo XIX era habitual colocar en los camposantos estadounidenses sillas talladas en piedra como decoración. Se las conocía como «sillas de luto». Con el tiempo, comenzaron a entrar en el imaginario colectivo como sillas del diablo o embrujadas, como la «silla del Diablo del Cementerio de Greenwood», en Decatur, (Georgia, Illinois); o la »Silla del Diablo del Cementerio de Kirksville» (Missouri), entre tantas otras.

La Marca de la Bestia

Así se conoce a un término bíblico del Apocalipsis de San Juan, incluido en el Nuevo Testamento, concretamente en el capítulo 13. En este texto que aventura el Armagedón y que ha sido interpretado a lo largo de los siglos como a cada uno le ha venido en gana –dependiendo de su fervor religioso e intereses varios–, nos encontramos con esa famosa «Marca de la Bestia» o «Número de la Bestia», que sería el archifamoso, temido y venerado a partes iguales, 666 –que, curiosamente, o no tanto, para los protestantes era representado por la Iglesia católica–. Sin embargo, nuevas investigaciones parecen apuntar que el número escrito por el evangelista representado por un águila no fue éste, sino el 616, al menos eso se desprende de los descubrimiento hace no muchos años en los papiros de Oxirrinco en el Ashmolean Museum de la Universidad de Oxford, y que parece indicar que en su primera redacción en griego del texto de San Juan éste debió contener el número 616 «para referirse al nombre de una persona a quienes los cristianos denunciaban como enemigo».

Controversias aparte, parece que este nuevo número no va a desbancar de su trono satánico a ese 666 que tenemos hasta en la sopa, la marca de la bestia, «Six, six, six, the number of the Beast…» que cantaban los británicos Iron Maiden allá por 1982 y que continúa siendo el himno de los «malvados», la misma cifra que muchas décadas antes adoptara como propia el gran mago y ocultista Aleister Crowley en su nuevo sistema religioso al que bautizó con grandilocuencia como Thelema. Como decía el personaje de Santiago Segura en El Día de la Bestia: «Soy satánico; y de Carabanchel». Siempre es mejor acercarse al maligno con algo de humor… por lo que pueda pasar.

Pactar con el Diablo

También se conoce como pacto fáustico, desde que el maestro de las letras alemán Goethe escribiera su obra cumbre, Fausto, ambientándola en la Noche de Walpurgis en la cima del monte Brocken. Otros hablan de «contrato con el demonio», que en estos tiempos mercantilistas quizá sea más acertado. Referencia cultural extendida por todo Occidente –y en otros rincones, aunque bajo diferentes formas y nombres–, hoy está más de moda que nunca, gracias, en gran parte, al cine de terror.

Según el cristianismo, el pacto se establece entre una persona y Satanás o cualquier otro demonio a cambio de favores que acaban costando muy caros, desde la omnisciencia hasta la eterna juventud, riquezas, amores, poder… Aunque siempre hay algún espabilado que logra burlar al Astuto…

Aunque Fausto y su pacto con Mefistófeles son sin duda el referente cultural occidental moderno, lo cierto es que su principal antecesor en la mitología cristiana es el clérigo Teófilo, que, infeliz y desesperado al no poder promocionarse debido a su enemistad con un obispo, decidió vender su alma al maligno; no obstante, acabará siendo redimido por la Virgen María. Lo narra un tal Eutychianus en una versión griega del siglo VI.

Pacto con el Diablo de Christoph Haitzmann (1669)

En el siglo IX, y en pleno fervor persecutorio, un texto cristiano introduce a un judío como intermediador del pacto diabólico, citando por primera vez el «libelo de sangre» o «calumnias de sangre» contra el pueblo hebreo. En los años en que se redactaron los inefables «Martillos de Brujas», los pactos ocuparon un importante papel en la literatura demoníaca, así como las «marcas del diablo» hechas por éste sobre la piel de las acólitas de Satán.

El imaginario del aquelarre –con descripciones muy detalladas– contribuyó a extender una imagen del diablo como un ser despreciable, caníbal e infanticida, que practicaba el incesto, obseso de las orgías desenfrenadas y con un aspecto grotesco.

Según la creencia más extendida, el pacto podía ser oral o escrito. El primero se realizaba mediante invocaciones y conjuros. La intención era que no quedasen pruebas –al menos evidentes– de aquel soterrado y vil trato. El pacto escrito atraía al Astuto de la misma forma, mediante invocaciones y conjuros, pero incluía, según la literatura demonológica, un contrato firmado con la sangre del nigromante o de la víctima sacrificial. Los inquisidores afirmaban que aquellos que habían pactado con el diablo habían escrito su nombre el llamado Libro Rojo de Satán. Dichos «contratos» solían incluir las firmas de los demonios en forma de signos extraños y símbolos ocultistas; cada uno con su propio sello.

Algunos casos célebres de pactos con el diablo, o al menos de personas a las que se les colgó la etiqueta de negociar con Satanás para obtener provechos varios, una rúbrica en pro de conocimiento, amor, eterna juventud o inusitado poder, fueron el padre del blues-rock Robert Johnson; la leyenda sureña cuenta que una noche, en los años 20, Johnson esperó al diablo en la encrucijada de las autopistas 61 y 69, en Mississippi. Era medianoche y le vendió su alma a cambio de tocar como un dios, escena que inspiró a los hermanos Coen uno de los personajes de Oh, Brother!

Pero el instrumento favorito del maligno no es la guitarra eléctrica. Su instrumento por antonomasia –eso sí, también de cuerda– es el violín. De hecho, ya aparece en algunos tratados medievales con un grotesco aspecto, tocándolo y cautivando a sus acólitos. En los textos se afirmaba que aunque sabía tocar todos los instrumentos, tenía predilección por el violín, y que con él podía empujar a ciudades enteras a bailar su melodía.

De hecho, dos de los más famosos «pactos con el diablo» en el imaginario colectivo afectan a dos violinistas: el primer caso es el del compositor y violinista italiano del Barroco Giuseppe Tartini. Virtuoso músico, se haría mundialmente famoso por La Sonata para violín en Sol menor, que pasaría a la historia como El Trino del Diablo. La historia de esta pieza se inicia con un sueño; al parecer Tartini le contó al astrónomo francés Joseph Jérôme Lalande que cuando tenía 21 años soñó que el diablo se le apareció pidiéndole ser su sirviente; el músico desafió al maligno a tocar una melodía romántica con su violín para probar sus habilidades, y así humillarlo: el diablo tocó con tanto virtuosismo que Tartini –decía– se quedó casi sin respiración y despertó. Según la versión en primera persona del italiano que recogió Lalande en su Voyage d’un François en Italie… (1765-1766), tras despertar, «Inmediatamente tomé mi violín con el fin de retener, al menos una parte, la impresión de mi sueño. ¡En vano! La música que yo en ese momento compuse es sin duda la mejor que he escrito, y todavía la llamo el Trino del Diablo, pero la diferencia entre ella y aquella que me conmovió es tan grande que habría destruido mi instrumento y habría dicho adiós a la música para siempre si hubiera tenido que vivir sin el goce que me ofrece».

El segundo caso es aún más singular, y fue precisamente el del único música capaz de igualar e incluso superar a Tartini tocando dicho instrumento: el también italiano Niccolò Paganini. Llamado «el violinista diabólico», de aspecto pálido y cadavérico y sus contorsiones casi imposibles durante el repertorio, llevaron a decir que había firmado un contrato en el averno. Él mismo contribuiría a extender dicha leyenda, al acudir a todos los sitios dentro de un carruaje oscuro tirado por caballos negros al más puro estilo de Drácula; fama que se potenció cuando, a punto de morir, se negó a recibir la extremaunción y su hijo tuvo que guardar su cadáver en un sótano durante cinco años… Hoy se cree que lo que en realidad le sucedía al músico y compositor italiano es que padecía Síndrome de Marfan, lo que explicaría sus movimientos «sobrenaturales».

Personajes históricos reales a los que se acusó durante su juicio de realizar un pacto con el demonio –algo recogido en las actas procesales–, fueron, además de millares de «brujas», el que fuera lugarteniente de Juana de Arco y mariscal de Francia Gilles de Rais (1405-1440), más conocido como Barbazul, con una espeluznante carrera criminal a su espalda. Y el sacerdote, también francés, Urbain Grandier (1590-1634), al que se acusó del polémico caso de las endemoniadas de Loudun. Su «pacto», de hecho, aún se conserva: escrito en latín, aunque probablemente falsificado para acelerar su condena, se considera la primera prueba histórica de este tipo y sirvió para ordenar su ejecución en la hoguera.

El «pacto» que supuestamente firmó el señor Grandier

Hoy, por los mentideros de Internet, época de creepypastas, memes y multifakes, circulan historias de supuestos «pactos» que protagonizan personajes populares como Charles Baudelaire, Charles Manson, Madonna o el que fuera líder del mítico grupo pionero del heavy metal Black Sabbath, Ozzy Osbourne; y en tiempos más recientes, rostros famosos de la música juvenil como Justin Bieber, Katy Perry, Rihanna, Beyoncé, Lady Gaga, Jay Z y un largo etc. Cosas de la globalización: incluso el contrato diabólico se ha convertido en viral.

Han quedado ya muy lejos los tiempos en que a uno le acusaban de satanista o brujo y sufría todo tipo de calvarios hasta su muerte, pero la figura del diablo es tanto o más venerada –y temida– que en el pasado. Hoy, la Iglesia de Satán es religión oficial en varios estados, y grupos luciferinos tienen templos consagrados al Astuto en lugares como Colombia o Detroit, fuente continua de polémicos titulares. En Asia y África está muy extendida la creencia en distintos tipos de mal y la Iglesia católica realiza –afirman algunos teólogos– más exorcismos que nunca. Para más inri, el infinito universo de las RRSS, las webs y derivados está lleno de historias difíciles de verificar sobre el maligno. El diablo y derivados, aunque sea de cartón piedra o hecho a base de píxeles, sigue dejando su MARCA allá por donde pasa. Si se presenta ante vosotros, obligadle a caminar hacia atrás. La creencia popular afirma que no puede…