Nazis tras las huellas de la Atlántida (I)

Una de las mayores obsesiones de algunos líderes nazis, principalmente de Heinrich Himmler, fue hallar pruebas de la existencia de un continente o una isla perdida que corroborara la delirante teoría de que la raza aria tenía un origen divino que la convertía en superior al resto de los mortales. Una suerte de patria ancestral de semidioses y superhombres de la que partían los ancestros nazis. Varios guardias negros fueron tras su pista y también dejaron numerosos secretos en otras islas malditas…

Óscar Herradón ©

1 de julio de 1935. Cinco eruditos alemanes se reúnen con Heinrich Himmler en un espacioso despacho en la Prinz-Albrecht-Strasse de Berlín. Aquellos cinco estudiosos representaban a Walter Darré, dirigente de la Oficina de Raza y Reasentamiento (RuSHA), y a los paganistas del NSDAP. El Reichsführer de las SS pretendía crear un instituto de investigación que recuperase las huellas del pasado «glorioso» de Alemania.  Darré compartía su entusiasmo en la creación de dicho Instituto y a la siniestra reunión había sido invitado otro extraño personaje: Herman Wirth, uno de los prehistoriadores más célebres del país. Tras varias horas de apasionado debate, aquellos hombres decidieron fundar la Sociedad para el Estudio de la Herencia Ancestral Alemana, más conocida como la Ahnenerbe. Wirth sería su presidente y el Reichsführer asumiría el cargo de superintendente y el control del Consejo de Administración.

Wirth, el hombre al que Himmler encargó la dirección del Instituto, era uno de los más controvertidos folcloristas del Tercer Reich. Enormemente culto y entregado, aunque devoto de la parapsicología –aseguraba que su esposa, Margarethe Schmitt, podía leer la mente mediante la telepatía y que poseía dotes de clarividencia– y la vida sana, en 1928 había fundado la Herman Wirth Gesellschaft o «Sociedad Herman Wirth», antecedente directo de la futura Ahnenerbe. Una vez al mando, estaba plenamente convencido de que se hallaba a punto de realizar, según recoge la periodista Heather Pringle en El Plan Maestro, un descubrimiento que sería trascendental para la historia. Sus peculiares y poco ortodoxas teorías sobre el pasado, recogidas en su monumental obra La Aurora de la Humanidad (1928), le habían granjeado no pocas críticas de sus colegas, aunque también los elogios de los grupos nacionalistas.

Experto en escritura y símbolos antiguos, conocía el sánscrito a la perfección y varias lenguas muertas y había realizado tesis sobre las máscaras funerarias de los yupik –esquimales de Alaska– y sobre el significado funerario de los antiguos dólmenes de Irlanda. A esas alturas de su carrera creía haber descubierto una antigua escritura sagrada que habría sido nada menos que inventada por una civilización nórdica cuyos vestigios se perdían en el Atlántico Norte miles de años atrás; la escritura más antigua del mundo que para aquellos no podía ser sino aria.

La Atlántida: continente perdido, tierra prometida

Herman Wirth… ¿visionario o simple friki?

Muy influido por el mito de la Atlántida, Wirth creía que la primordial escritura que perseguía había sido precisamente inventada por los atlantes, para él, los primeros nórdicos. Fuera así o no, estaba seguro de que sería capaz de descifrarla, desentrañando de esa manera los misterios «de la ancestral religión aria». En La Aurora de la Humanidad catalogaba y analizaba millares de símbolos rúnicos de diversas culturas del norte de Europa. Inspirándose en Alfred Wegener, padre de la deriva continental, ideó una nueva teoría pseudocientífica, la de la «deriva polar», según la cual el polo helado habría sido la cuna de los pueblos arios del norte. Los polos a la deriva y los continentes errantes habrían acabado con esa «raza ártica» perfecta, aunque algunos de sus miembros se habrían refugiado en remotos lugares aislados como el mismo continente perdido.

Tanto Wirth como Himmler, al igual que el teórico y ocultista nazi Alfred Rosenberg, estaban convencidos de que la Atlántida era un continente real, cuna de los antiguos arios, y que aún existían vestigios del mismo en el océano Atlántico, donde la raza nórdica habría evolucionado hace unos dos millones de años. El continente perdido de Wirth había ocupado en su momento de esplendor un territorio que se extendería desde Islandia hasta las Azores; asimismo, el profesor creía que en 1935 solo algunos fragmentos del mismo permanecían a flote tras milenios de fuerte actividad tectónica: las españolas Islas Canarias, que también fueron centro de la investigación de los guardias negros, fascinados con los guanches, y las islas de Cabo Verde.

Alfred Rosenberg tras su ejecución en 1945. El imperio que pronosticó no duraría mil años.
Rudbeck

El erudito había bebido de fuentes anteriores e incluso de los ariosofistas como Guido von List o Lanz von Liebenfels, y precisamente este último aseguraba en sus textos racistas y ocultistas que la última Thule se correspondía a la Atlántida. En el siglo XVII, el historiador y naturalista sueco Olof Rudbeck había emplazado la esquiva Atlántida en Escandinavia en su obra Atlantica. Según éste, precisamente en este país habría florecido la cultura más antigua de la humanidad, algo que sostuvieron más tarde muchos ideólogos nazis al relacionar a los arios con los nórdicos. Y afirmaba sin contemplaciones que nada menos que el sueco era la lengua hablada por Adán en el Paraíso. Más tarde sería la ocultista rusa Madame Blavatsky quien reavivaría el mito en La doctrina secreta (1888), al dividir la historia del hombre en siete grandes ciclos marcados por el ascenso y la caída de siete grandes razas. La cuarta de éstas, que consideraba antecesora de la raza aria, era la de los atlantes, gigantes con grandes poderes psíquicos que poseerían una tecnología superior obtenida a través del denominado Fohat, «energía cósmica» o luz primordial, quienes, tras la desaparición de su célebre continente, habían dado origen a la raza aria –la quinta en sus cálculos «revelados»–.

Por su parte, el citado Guido von List, en La escritura ideográfica de los ariogermanos (1910), consideraba a los atlantes los descendientes del gigante Bergelmir, la versión nórdica del mito bíblico de Noé, recogida por Snorri Sturluson en el siglo XIII en su obra mitológica seminal Edda Mayor y Edda Menor.

En otra obra publicada en 1914, El protolenguaje de ariogermanos, List afirmaba que los megalitos prehistóricos de la Baja Austria demostraban la pervivencia en pleno continente europeo de una «isla» que habría formado parte en tiempos antiguos de la misma Atlántida. El propio Wirth insistía en destacar el carácter sagrado de estas construcciones de piedra. Liebenfels, por su parte, consideraba que los «sobrehumanos» atlantes fueron los primeros ancestros de la actual raza aria y ubicaba el continente perdido en el norte del océano Atlántico, teoría que haría suya el investigador de la Ahnenerbe.

Según Rosa Sala Rose, autora del Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo (Acantilado, 2003), la tergiversación del mito ofrecía numerosos atractivos para la asimilación ideológica nazi, pues por una parte ofrecía a éstos «la posibilidad de ubicar histórica y geográficamente el origen de la raza aria en un universo legendario y ennoblecido por la tradición (…). Por otra, permitía elevar a una dimensión cuasi-religiosa el peligro de la mezcla de razas, otro de los dogmas fundamentales del nazismo», ya que el declive de los atlantes y de la raza aria –creían– había venido precisamente por mezclarse con «razas inferiores» y esta creencia alentaba la idea de regresar a la perfección perdida por medio de la eugenesia y la depuración racial. Nazismo en su pura esencia, vamos.

Este post tendrá al menos un par de continuaciones… en breve, en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Para descubrir qué hay detrás de la búsqueda de esos «continentes perdidos» y los muchos eruditos que postularon su existencia, nada mejor que sumergirse en las páginas de una de las últimas novedades de mi preciada La Esfera de los Libros, un libro cargado de anécdotas y de lectura absorbente: Colega, ¿dónde está mi urbe? La Atlántida y otras ciudades perdidas en la historia y el tiempo, del joven divulgador Andoni Garrido, célebre por el canal de YouTube «Pero eso es otra historia», donde recoge casi 40 leyendas sobre este asunto: desde la citada Atlántida que obsesionó a los teósofos y a los ariosofistas y más tarde a algunos nazis a El Dorado, cuya búsqueda costaría la vida a más de uno y a más de dos, pasando por Lemuria, Hiperbórea, Shambhala, Yamatai, Cíbola o Aztlán, entre otras. La intención: descubrir qué hay de verdad y qué de mentiras tras todas estas historias y buscar un posible origen para estos mitos que se encuentran en numerosas culturas, algunas con milenios de antigüedad. He aquí la forma de adquirirlo:

http://www.esferalibros.com/libro/colega-donde-esta-mi-urbe/

Otto Skorzeny: un nazi en la corte de Franco (Parte III)

Llegó a ser considerado el hombre más peligroso de Europa. El laureado militar nazi Otto Skorzeny buscó refugio en la España franquista, un régimen que lo acogió con los brazos abiertos y donde el austriaco intentaría revitalizar un ejército de soldados de la esvástica contra el avance del comunismo. Un plan secreto que salió a la luz hace apenas unos años y que muestra los estrechos vínculos de la dictadura franquista con los nazis fugados tras la derrota del Tercer Reich.

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Sobre Skorzeny planea la sombra de haber trabajado en secreto para la CIA, algo que no era nuevo para la Agencia estadounidense (en breve hablaremos en el Pandemónium de la «Operación Paperclip»), en un tiempo en el que el enemigo en Europa ya no era la derrotada (aunque no borrada) esvástica sino la amenaza del avance del comunismo soviético. Así, el historiador suizo Daniele Ganser, en su libro Los ejércitos secretos de la OTAN. La Operación Gladio y el terrorismo en la Europa occidental, señala que el oficial alemán de la Wehrmacht Reinhard Gehlen también trabajó para la CIA a la vez que ocupaba el puesto de jefe de los servicios secretos de la República Federal alemana tras la guerra. Al parecer, y por encargo de la inteligencia estadounidense, éste contrató a Skorzeny en la década de los 50 para entrenar al ejército egipcio, en unos años en los que ya se había fundado en tierras palestinas el Ejército de Israel, cuyo servicio secreto, el implacable Mossad, también seguía los pasos del libertador de Mussolini.

Y es muy probable que Skorzeny formara parte también de Gladio, una red clandestina anticomunista que operó en Italia durante la Guerra Fría, ideada por la CIA y el MI6 británico con el objetivo de prepararse para una eventual invasión soviética de Europa occidental a través de fuerzas armadas paramilitares secretas de élite diseminadas por distintos países, entre ellos España.

La Tercera Guerra Mundial

Uno de los proyectos más increíbles que estuvo cerca de hacerse realidad y tuvo a Otto Skorzeny como protagonista fue la intención de crear una fuerza militar en nuestro país en previsión del estallido de una Tercera Guerra Mundial. El proyecto personal de Skorzeny era crear, con antiguos militares nazis protegidos entre otras instancias por la Santa Sede, una especie de «ejército alemán en el exilio», según publicó en 2011 La Vanguardia. Un contingente de hasta 200.000 hombres que adoptaría el simbólico nombre de Legión Carlos V, de ecos marcadamente fascistas.

El objetivo de esta fuerza de choque de nostálgicos de la esvástica era contraatacar tras una eventual ofensiva militar comunista que hubiese culminado con éxito en Europa occidental, algo que no parecía imposible en los años duros de la Guerra Fría. Ni el proyecto fructificó ni, por suerte, se desencadenó un conflicto de tales dimensiones, aunque la tensión política –y los conflictos consecuentes en diversos países– se prolongaron durante décadas, lo que explica el mantenimiento del régimen franquista por las potencias occidentales tras la caída del Tercer Reich.

El plan implicaba a altos cargos del régimen franquista y a otros generales alemanes; al parecer, también contaba con el visto bueno de parte de la Curia romana e incluso de la mismísima embajada de Estados Unidos, donde el miedo al avance del comunismo se había convertido poco menos que un delirio en amplios sectores.

Hoy el archivo de Skorzeny es un verdadero sanctasanctórum para el historiador que indaga en el colaboracionismo de muchos de los hombres de Franco –y del propio dictador–, para ofrecer identidades falsas y un cómodo lugar de retiro a aquellos criminales. El mismo Skorzeny poseía una propiedad en Mallorca, en Alcudia, donde vivía en medio de todo tipo de lujos, como si jamás hubiese participado de la barbarie nazi.

Sus planes, para alegría del mundo libre, nunca se hicieron realidad. El libertador de Mussolini, «Caracortada», moría en Madrid, en una cama de la habitación 388 de la ciudad sanitaria Francisco Franco el 7 de julio de 1975 –paradojas del destino apenas cuatro meses después moría el dictador español–, abatido finalmente por un cáncer de pulmón causado por su adicción al tabaco, que no dejó ni en los momentos de mayor agonía.

The Black Crowes: difíciles de manejar

La historia de The Black Crowes recuerda la de una gran bola de nieve de todo grupo icónico de rock de los 70: con un ascenso imparable y un éxito arrollador, al que seguiría un olvido inmerecido y una traumática separación unida a un frustrado intento de reunión a la desesperada. Una suculenta biografía de su miembro fundador y ex batería Steve Gorman, recientemente editada en castellano por NeoSounds, recuerda el ascenso y la caída de estos irreemplazables músicos.

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Y es que no solo en la estética sino también en su poderosa música –y efectivamente, en su evolución misma–, los norteamericanos fueron en esencia una banda de los 70, aunque fuera de época (triunfaron a principios de los 90, cuando el grunge y el Nu-Metal parecían haber arrinconado al hard rock, el heavy metal y otros estilos largamente instalados).

Neo-Person Ediciones, dentro de la imprescindible colección Neo-Sounds (ambos del grupo editorial Gaia Ediciones) realiza un magistral retrato del grupo de Atlanta (Georgia) en el libro Difíciles de Manejar (Hard to Handle). Vida y muerte de The Black Crowes: la explosión y decadencia del que fuera probablemente el combo de rock más auténtico de su época, sin menospreciar, por ejemplo, a mis idolatrados Guns ‘N Roses, pero el meteórico éxito que obtuvieron los de Axl Rose (razón también de su acelerado declive y pronta desaparición) les hizo jugar en otra liga, un espacio multimasas donde se movían solo unos cuantos elegidos, léase Metallica, que han sabido gestionar su marca 25 años más que los de Hollywood.

Tras numerosos altibajos, cabreos y desastres y como si el mal fario echase de menos volver a sus brazos tatuados, cuando los cuervos negros iban a iniciar su gira mundial para celebrar el 30 aniversario del lanzamiento de su álbum debut, publicado en 1990 (Shake Your Money Maker), reuniéndose de nuevo quizá para recordar glorias pasadas o para coger unos dólares, vino el condenado COVID y obligó a cancelar aquella gira de grandes expectativas que pudo ser apoteósica a pesar de las diferencias entre sus miembros, lugar común de las grandes bandas de rock. Hoy intentan retomarla…

Semillas de rencor

El ex batería de The Black Crowes, Steve Gorman (en colaboración con el crítico musical Steven Hyden, quien realmente ha sido el encargado de dar forma de libro a las confesiones, muchas y afiladas, del percusionista), retrata la locura del rock and roll –su autenticidad salpicada incluso de toques esquizoides, envidias, malos rollos y momentos de gloria oscurecidos instantes después– en estas vibrantes páginas aptas para todo fan y también para cualquier aficionado a  la música en general. En un verdadero ejercicio de sinceridad, confiesa: «En The Black Crowes, un buen día era cualquiera que no fuera del todo malo. Esa era la sensación que yo tenía». ¿No os parecen familiares estas palabras?

Fundados en 1986 por los hermanos Chris y Rick Robinson con el nombre inicial de Mr. Crowe’s Garden, The Black Crowes lanzaron su citado álbum debut logrando un considerable éxito gracias al hit que da título a esta biografía, Hard to Handle, un tema original del cantante de soul Otis Redding, y al lanzamiento del sencillo She talks to Angels, destacando por su estilo propio, nada convencional y la capacidad de su cantante para generar polémica a su alrededor.

Todavía recuerdo cómo me impacto, siendo un chaval, esa portada de Amorica que sería censurada: el tanga de un biquini estampado con la bandera norteamericana y una mata de vello púbico saliendo de ella. Aquella portada dio que hablar, y se censuró de un rincón a otro del planeta: primero en el Metro de Londres, donde los carteles exhibidos fueron censurados por empleados de seguridad de la compañía (que por supuesto recibían órdenes de los de arriba) con bandas adhesivas que tapaban estratégicamente los vellos púbicos, y después incluso en el Metro madrileño, cuando la empresa Publi Sistemas se negó a promocionar la gira de la banda por nuestro país (corría 1995) si no se quitaba la polémica imagen. Ni siquiera una nueva campaña con el vello rasurado fue aprobada y finalmente la compañía discográfica optó por un triángulo con la bandera sobre fondo negro. Todo muy políticamente correcto. Como no hay mal que por bien no venga, la compañía discográfica quiso aprovechar el filón de la controversia y añadió al cartel un rótulo que rezaba: «Atención: portada censurada. Busca el original en tu tienda de discos».

También en Estados Unidos, la revista Rolling Stone tuvo que rechazar una suculenta campaña de promoción del álbum después de que varias empresas automovilísticas amenazaran con retirar sus anuncios si lo publicaban. Finalmente, se optó por el mismo triángulo «discreto» con los colores yankees usado en Europa.

Rebeldes sin causa

Como si se tratara de un guiño al inolvidable bailecito del personaje de Billy El Niño en el tramo final de El Silencio de los Corderos, de Jonathan Demme, hay quien dijo que en realidad la portada de Amorica se trataba del pubis de un hombre que oculta sus genitales entre las piernas. La banda desmintió este punto en un tiempo menos «aperturista» que estos nuevos «locos años 20», y señaló que la imagen fue copiada de un ejemplar de la revista erótica norteamericana Hustler de 1977 –la década que siempre quisieron emular, u homenajear, según se mire–. Esa doble moral tan «Made in USA» donde no hay problema (y menos en los noventa) en promocionar la venta de armas o la construcción de un muro con México pero se forma un escándalo al descubrir un pecho (léase teta) o un pubis, con vello o sin él. Sobre aquello, el cantante, Chris, se refería a esa hipocresía del establishment con estas palabras al preguntarle sobre si creía que la imagen sería censurada –cosa que finalmente sucedió–: «¿Qué  hay de malo en un cuerpo de mujer con un poco de pelo púbico? Habrá gente que dirá: ‘Oh, Dios mío, qué horror, una vagina’. ¡Qué pasa! Todo el mundo tiene una».

Amorica, lanzado en noviembre de 1994, supuso una nueva orientación musical del grupo: mucho más psicodélico, como si quisieran retrotraerse una década más atrás de su sonido setentero, a los 60. Fue su álbum más experimental y aquello les hizo perder numerosos fans, como confiesa con pesar Gorman, al que parece que nunca tuvieron demasiado en cuenta. Luego vinieron los problemas, los altibajos y los discos que no acababan de convencer a sus seguidores, también ser teloneros de Jimmy Page y Robert Plant en su esperada reunión en 1996. Ahí es nada. Y es que el entonces espigado y nervioso frontman (hoy se mantiene bastante bien, a pesar del inexorable paso del tiempo, y de una vida de notables excesos) no tuvo jamás problema en divulgar sus opiniones sin titubeos, y a pesar de las cifras que obtuvo la banda desde la publicación de Shake your money maker, insistía en rechazar los muchos condicionantes de la industria con declaraciones como la siguiente: «Nosotros imponemos nuestras propias reglas, que, básicamente, son precisamente las de no tener reglas».

Compartiendo escenario con Jimmy Page

¿Fue acaso esa ausencia «normativa» la causa de su decadencia? De las palabras del batería suponemos que moldeadas por su amanuense Hyden, parece desprenderse que sí. Pero solo es la opinión –su punto de vista, como él mismo señala– de uno de los ex miembros (relevante, eso sí, y fundador) de The Black Crowes. Solo –o todo– eso.

Gorman cuenta que se encumbraron gracia a A&M y al productor discográfico Georges Drakulias (para muchos, un protegido del todopoderoso Rick Rubin). Y a pesar del éxito y de su actitud «auténtica», de pura banda de rock and roll en medio de la apoteósica mercadotecnia de la industria, lo echaron todo a perder como otras bandas a las que repudiaban. Causaron escándalos, insultando en más de una ocasión a los grandes grupos de los que eran teloneros, cambiaban continuamente de productor y obligaban a la prensa, entre otras lindezas, a comprar entradas para asistir a sus conciertos. Muy pocos se han atrevido a hacer algo así. Ni los más grandes.

Drogas, egos y chantajes

También hubo, como en toda banda de rigor, numerosas drogas, al parecer hasta niveles desorbitados, en una amplia y confusa variedad que iba del alcohol a la heroína, pasando por la marihuana, como si de verdad hubiesen vuelto a los 70, tiempo en que grandes iconos de la escena como los Rolling, Grateful Dead y muchos otros se sumergieron en los delirios del «jaco», cuyos estragos se mostraban en nuestro país, en la recién inaugurada democracia, a través del llamado «cine quinqui». Por la misma época en que empezaron a tocar, comenzaban también los primeros pasos de banda muy diferentes, de esa escena llamada Glam Metal, como los Motley Crüe, que en su magnífico biopic producido por Netflix, The Dirt, narran cómo la «piedra marrón» casi acaba con sus vidas –en concreto, la de Nikki Sixx, que llegó a estar unos cinco minutos clínicamente muerto por culpa de una sobredosis–. La misma historia, distintos (¿o iguales?) actores.

Lo peor de los cuervos negros vino con la guerra de egos entre los hermanos Chris y Rick Robinson, enfrentados en una lucha sin cuartel entre ellos mismos (con algunas increíbles reconciliaciones) y con el mundo entero. Según opinión generalizada, algo que apoyan también las reflexiones del ex batería, el mayor responsable de la locura, la pérdida del 90 por ciento de su sus fans, y finalmente la disolución, fue de Chris Robinson.

En los grandes (aunque también oscuros) tiempos

En el prefacio, justo al abrir este vibrante libro que te mantiene con los ojos abiertos de par en par página tras página, y tras contar cómo fue la despedida «definitiva» del grupo tras 27 años en la carretera… ¡con un email!, Gorman se sincera con estas reveladoras palabras que salpican toda la obra: «Creo que The Black Crowes rindieron siempre más de lo que se esperaba de nosotros. No hay ni una sola razón en este mundo para que ‘esas personas’ llegáramos a tener ‘esa trayectoria’. Simplemente no estábamos hechos de la pasta que hace falta para tener éxito a largo plazo. Éramos demasiado autodestructivos, sobre todo cuando estábamos juntos».

En Hard to Handle Gorman también escribe: «Hasta donde yo sé, Chris y Rick no han vuelto a hablarse. Yo tampoco he hablado con Chris. No creo que volvamos a hacerlo nunca». El libro fue lanzado en su edición inglesa en 2019 y en noviembre de ese año saltaba una noticia que parecía imposible: que los hermanos Robinson volvían a unir a The Black Crowes para la gira que paró el COVID. ¿Tuvo el controvertido libro algo que ver? El 12 de febrero de este 2021 los cuervos negros –sin Gorman, claro–, lanzaban el vídeo «Charming Mess» que precedía al lanzamiento de la edición especial 30 aniversario de Shake Your Money Maker, repleto de material adicional, calentando motores para su gira internacional. Estarán –o al menos esa es la idea–, si virus y egos lo permiten, en el WiZink Center madrileño el 10 de noviembre de este año (la fecha ya ha tenido que ser pospuesta al menos una vez). En este caso, el viejo batería se equivocó.

The Black Crowes quisieron «salvar el rock» (acudiendo también a géneros como el soul y el blues de los setenta) pero acabaron por convertirse en una de las bandas más disfuncionales de un tiempo de profundo y vertiginoso cambio en el panorama musical. A pesar de ello, cuánto deben haber experimentado.

 ¡Larga vida al rock and roll!

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