Sor Patrocinio. La consejera iluminada de Isabel II (2)

4 11 2020

Fue un personaje anacrónico en una España, la del siglo XIX, abierta a convulsos cambios. Consejera espiritual de Isabel II y su marido Francisco de Asís, provocaría un auténtico vendaval político cuando afirmó padecer en su cuerpo los estigmas de Cristo. Aquel y otros hechos «prodigiosos» desembocaron en un proceso judicial que hizo historia y que fue impulsado por el político Salustiano Olózaga, receloso con esta singular religiosa cuya figura está rodeada, todavía hoy, de claroscuros.

Óscar Herradón ©

Sor Patrocinio –según afirmaría en varias ocasiones, muy a su pesar– se haría célebre por sus estigmas, esto es, por mostrar en su cuerpo las llagas que padeció Jesús durante la Pasión. La primera llaga se le abrió en julio de 1829, aunque al parecer la priora no lo advertiría hasta bien entrado el año 1830, cuando Sor Patrocinio tenía dieciocho años. La religiosa padecerá nada menos que las cinco llagas del «Salvador», algo inaudito incluso para el santoral de la Iglesia.

El 10 de octubre de 1830 nacía la que sería la reina más castiza de nuestra historia, Isabel II, en un tiempo convulso para las Órdenes eclesiásticas y con un enfermo Fernando VII que debido a la aprobación de la Pragmática Sanción –que convertía a su hija en heredera directa al trono– sería el responsable de una terrible guerra civil que asolará España, una España no recuperada aún de las terribles secuelas de la Guerra de la Independencia.

«La muerte de Fernando VII». F. de Madrazo (1833)

La reina niña será afín toda su vida a la Monja de las Llagas, y ésta llegará incluso a ser consejera no solo espiritual, sino en ocasiones también política, de la soberana, cuya imagen con las manos cubiertas con paños para ocultar sus heridas se haría célebre en toda España.

Mientras la religiosa vivía supuestas experiencias místicas y su cuerpo mostraba estigmas sangrantes –hasta el punto de que algunas de sus hermanas afirmaban que en el suelo quedaban charcos de sangre–, el vengativo Olózaga, ahora ocupando el cargo de gobernador civil de Madrid, decidió presionar al Congreso para que se abriera una causa contra Sor Patrocinio, su antiguo amor no correspondido.

El 7 de noviembre de 1835, poco después del mediodía, llegaba a las puertas del convento del Caballero de Gracia un piquete de la Guardia Nacional, y algo más tarde el juez, el secretario, una escolta y muchos curiosos que se arremolinaron en los alrededores del edificio sacro. El día 9, tras el rezo y después de una dura pugna con la abadesa y el prior, que no querían dejar escapar a su religiosa favorita, «la sacaron entre bayonetas», trasladándola no a prisión, sino a una casa que supliría dicha función, en la calle de la Almudena, 119, regentada por doña Manuela Peirote, y donde la visitará el receloso enamorado instándola a que deje, una vez más, la clausura. Ella no cederá. LLa acusada permanecerá cuatro meses en dicho domicilio, entre inacabables rezos y numerosas presiones de los políticos, cuando tendrá lugar el proceso en el que será juzgada por falsificar sus llagas y ser favorecedora de la causa carlista –una acertada estrategia de sus detractores para mancillar su hasta el momento buen nombre–.

El proceso judicial comenzó el 6 de noviembre de 1835, en el que, entre otras cosas, un grupo de facultativos médicos, entre ellos el célebre doctor Diego de Argumosa, debía examinar con minuciosidad las llagas de supuesto origen sobrenatural que nuestra protagonista por aquel entonces mostraba en las manos, los pies, el costado izquierdo –herida abierta que supuestamente reproducía la que el centurión romano Longinos asestó a Jesús en el Gólgota con la famosa “Lanza del Destino”- y en la cabeza, diversas incisiones en forma de corona de espinas. El 21 de febrero, en presencia de varias autoridades, entre ellas el principal impulsor de la causa, Olózaga, los médicos citados certificaron la completa cicatrización de los “estigmas” que desde ese momento y hasta la muerte de la sospechosa serían simplemente mitones –que en ocasiones, no obstante, según el testimonio de varias religiosas, volvieron a sangrar-.

Un proceso judicial atípico

Sin duda el proceso abierto contra Sor Patrocinio fue tan insólito como célebre en toda Europa en aquellos tiempos –lejos quedaban ya los procesos por temas similares en los que el demonio, los estigmas, los vaticinios y los vuelos misteriosos se daban la mano en los tribunales del Santo Oficio–.

Como ya señalé, varios facultativos examinaron las «llagas» de la procesada y siguieron su evolución hasta que fueron curadas. En su declaración, del 7 de febrero de 1837, viéndose acorralada por las evidencias de las pruebas, Sor Patrocinio confesó que un buen día, en los tiempos en los que se encontraba en el convento de Caballero de Gracia, un tal padre Alcaraz, religioso capuchino del Prado, sermoneó a la joven novicia, y viendo en ella una mujer de gran devoción le dijo que «San Pablo en sus cartas exhortaba mucho la penitencia, y en seguida sacó de la capilla una bolsita, en que dijo conservaba una reliquia que aplicada a cualquier parte del cuerpo causaba una llaga, que debía tenerse abierta para seguir padeciendo y teniendo tal mortificación, ofreciendo a Dios los dolores como penitencia de las culpas cometidas y que pudiera cometer, y alcanzaría el perdón de ella».

Y continúan las actas del proceso: «sobre esto la hizo un terrible encargo, mandándola aplicase a las palmas de las manos y al dorso de ellas, a las plantas y parte superior de los pies, en el costado izquierdo, y alrededor de la cabeza en forma de corona, encargándola muy estrechamente bajo de obediencia y las más terribles penas en el otro mundo, que no manifestase a nadie de qué la habían provenido, y que si la preguntaban debería decir que sobrenaturalmente se había hallado en ellas».

Dicho religioso, además, instó a Sor Patrocinio a que mantuviese aquello en secreto, «sin que se lo manifestase ni a la abadesa, ni a su confesor, ni a persona alguna (…)». Al parecer, nada sobrenatural rodeó a los estigmas de Sor Patrocinio, que debido a su ciega fe se dejó embaucar por otros religiosos que pretendían sacar provecho de aquellas «milagrosas» llagas. La sentencia fue dictada el 25 de noviembre de 1836, y se condenaba a la religiosa a ser trasladada a otro convento «que se halle al menos a distancia de 40 leguas de esta corte», encargándose a la abadesa del mismo que la vigilase concienzudamente. Finalizaba así uno de los procesos judiciales más extraños de la España decimonónica.

El proceso fue tristemente célebre, dio mucho que hablar en la Villa y Corte y fue el motivo del primer destierro de Sor Patrocinio, que se vería obligada a lo largo de su vida a abandonar en varias ocasiones, y muy a su pesar, la clausura, para, petate en mano, marchar a un destino en ocasiones incierto. La religiosa fue enviada el 26 de abril de 1837 –tras residir hasta entonces en un convento de Arrepentidas de la madrileña calle de Hortaleza– a Talavera de la Reina, a cumplir su pena de destierro, concretamente al convento de Concepcionistas calzadas de la Madre de Dios.

El primer exilio y la Corte

En dicho convento cayó enferma y se solicitó al Gobierno su traslado a otro más cálido y acogedor; gracias a la intercesión de la reina gobernadora, se permitió a Patrocinio trasladarse hasta Torrelaguna, donde permanecería durante cinco años.

Regresará entonces a Madrid, ya con Isabel II como reina de pleno derecho; la reina niña comenzaba a ser comidilla en los mentideros de la capital y daría mucho que hablar durante décadas a los amantes de las historias de folletín.

Isabel II, la Niña «Bonita»

De nuevo en Madrid, Sor Patrocinio, con cuarenta y tres años, vuelve a su comunidad, que ahora está alojada en el Convento de La Latina, ya que el edificio del Caballero de Gracia se cerró con el proceso. Por aquel tiempo moriría su madre y tendría lugar el primer encuentro entre la religiosa e Isabel II, que visitó el edificio sacro junto a su madre y su hermana María Luisa Fernanda. Hasta el 29 de octubre de 1845 Patrocinio permanecería allí, hasta que se traslada al de Jesús Nazareno, cedido por el duque de Medinaceli, donde sería nombrada maestra de novicias.

Isabel y Francisco

Tiempos relativamente tranquilos hasta que tiene lugar el precipitado matrimonio de la reina niña con su primo Francisco de Asís. Se cree que la monja fue quien convenció a Isabel II de que le tomara en matrimonio, algo a lo que Isabel era reticente debido a los rumores de la supuesta homosexualidad de Asís, comidilla de los círculos cortesanos. Después, Sor Patrocinio se convertiría en un personaje asiduo a la soberana y a su esposo, lo que le costaría nuevas críticas y ataques. Junto al padre Claret, confesor de la reina, la religiosa se encargaría de velar por la salud espiritual de aquella llamada a regir los destinos, a menudo tristes, de los españoles. Y falta hacía. Porque vendrían tiempos difíciles…

En 1849, Sor Patrocinio sufrió un atentado con arma de fuego del que saldría ilesa. Años después un segundo encapuchado intentaría de nuevo matarla, sin conseguirlo. Ese mismo año, el 21 de octubre, hubo un cambio ministerial y Ramón María Narváez, jefe de Gobierno, culpó a la monja de ello, quien pagaría sus supuestos tejemanejes con un nuevo destierro, esta vez a Badajoz, aunque poco después reconsideraría su decisión y le permitiría el regreso a la capital. Un continuo ir y venir, alternado con el claustro y la Corte, sería su vida.

Narváez

El día 2 de febrero de 1852, la princesa de Asturias iba a ser presentada a Nuestra Señora de Atocha, cuando tuvo lugar el intento de regicidio del cura Martín Merino sobre Isabel II que asesta una puñalada a la soberana que milagrosamente, gracias a las ballenas de su corsé, sale levemente herida de la que habría sido una incisión mortal. En aquellos tiempos de habladurías y bajezas políticas de todo tipo, algunos quisieron ver la responsabilidad de Sor Patrocinio en el atentado, una auténtica falacia de la que años después de la muerte de la monja hablaría la propia reina española, al igual que de otros asuntos relacionados con la que había sido su consejera espiritual junto al padre Claret. También ella había sido objeto de las iras de los terroristas, pero eso nadie quiso recordarlo entonces.

Algunos no perdonaban a la monja el hecho de que en los tiempos de la reina gobernadora y de la minoría de edad de Isabel II, Sor Patrocinio predijera el triunfo del ejército carlista el día en que el pretendiente al trono español nombró a la Virgen de los dolores generalísima de las huestes rebeldes, virgen que sería bordada en el estandarte de los sublevados, y que sería causa del llamado «Debate memorable», cuando en 1862 el viejo y rencoroso Olózaga incluyó el nombre de su antigua amada en los graves folios del Diario de Sesiones, donde se debatiría, una vez más, el papel de Sor Patrocinio en la vida política del país. Continuaban sin dejarla tranquila en su labor devocional.

Nuevos exilios y penalidades

Nuevos destierros forzosos; debido a su influencia en la corte y a su fama cada vez mayor de visionaria, Sor Patrocinio sería llevada primero a Baeza y después a Benavente, al convento del Sancti Spiritus, perteneciente a la Orden de las dominicas calzadas y donde sería enclaustrada una vez más por orden del Gobierno, ingresando el 19 de septiembre de 1855.

Convento del Santi Spiritu

Desde allí mantendría una fluida correspondencia con palacio, con Isabel II y Francisco de Asís e incluso la princesa de Asturias, a los que seguía asesorando desde su exilio en diferentes asuntos, al parecer, algunos de ellos incluso políticos, al igual que hiciera la venerable madre Sor María de Ágreda, la «Dama Azul» –a quien Sor Patrocinio veneraba y llegaría a afirmar que se le había aparecido en una ocasión–, consejera espiritual del rey Felipe IV. Sor Patrocinio no se sentía a gusto con dicha comunidad, a la que, según sus cartas, consideraba extraña, y con cuyos miembros ni siquiera comía.

En sus misivas solicitaba insistentemente que la trasladaran, debido al clima frío y húmedo del lugar y a que su salud se resentía constantemente, padeciendo extraños vómitos de sangre en los que algunos quisieron ver también la huella divina. Las quejas constantes de la monja aludiendo a su precaria salud hicieron que fuera trasladada al convento de Torrelaguna, más cerca de la Corte y en compañía de sus hermanas, aunque los rigores de este desangelado convento no le iban a la zaga al de los anteriores, un edificio sin muebles, casi en ruinas, al que Sor Patrocinio llamaba «su Portalico de Belén» y que sostenía gracias a donaciones particulares; un buen día Narváez, entonces jefe de Gobierno y responsable de su destierro, quien pensaba que quizá la encontraría rodeada de lujos y comodidades, se presentó de improviso en el mismo y comprobó, conmovido, la lamentable situación de la religiosa, que pasaba un frío terrible en invierno, lo que provocó que el político informase a la reina sobre la conveniencia de trasladarla a un lugar más decoroso, en este caso a Aranjuez.

Isabel II se preocuparía entonces de que su consejera espiritual fundase conventos en los reales sitios de La Granja, el Escorial, El Pardo y Lozoya y reformase conventos como el de Manzanares, en Ciudad Real. La energía vital de la protagonista de este post era sorprendente.

El cambio de régimen, la enfermedad y la muerte

En 1868 triunfó la revolución que envió al exilio a Isabel II, episodio que al parecer había vaticinado años atrás la propia Sor Patrocinio, incluida la llegada al trono –también bastante compleja– de su hijo Alfonso XII tiempo después. En tales circunstancias, el cardenal Cirilia la envió a Francia para ponerla a salvo de los revolucionarios, entre los que tenía mala fama, donde continuaría su labor fundadora a la espera de regresar a España, escribiendo la regla de una nueva Orden que sería aprobada por el obispo de París. En 1870 se desencadenó la guerra franco prusiana que pondría en dificultades a la comunidad de religiosas españolas, que habrían de trasladarse a diferentes conventos. Todo eran sobresaltos.

Nuevas idas y venidas. En 1874, con la Restauración y la llegada al trono de Alfonso XII, se permitiría el regreso de la madre Patrocinio a nuestro país donde, a pesar de su edad, continuaría incansable su labor fundadora.

Alfonso XII

Este singular personaje estuvo en el punto de mira de los más importantes políticos del siglo XIX, Olózaga, Narváez, los propios reyes; a pesar de su deseo de querer pasar desapercibida, fue víctima de todo tipo de difamaciones, escarnios y como hemos visto, constantes destierros, hasta el punto de que llegaría a decir: “¡Pobre de mí, sin meterme en nada, cómo me traen y me llevan cada uno para sus fines particulares…!”. Para otros, sin embargo, Sor Patrocinio nunca fue tan inocente.

Sea como fuere, tan singular religiosa dejó este mundo en 1891, en el convento del Carmen de Guadalajara, tras una dilatada existencia llena de luces y sombras y después de un tiempo muy enferma de disnea. No obstante, hasta el último año de su vida proyectó fundar una comunidad en San Clemente de la Mancha. Poco antes de fallecer recibió un telegrama de León XIII –que sustituyó en el trono pontificio a su amigo Pío Pío IX–, donde el Santo Padre le daba la bendición. Según uno de sus mejores biógrafos, Benjamín Jarnés, besó el papel varias veces. La monja ya estaba más cerca de alcanzar el cielo.

En 1907 comenzó su proceso de beatificación, en el que se consultó incluso a la propia Isabel II, una larga batalla por elevarla a los altares que aún no ha concluido. Actualmente, está considerada «sierva de Dios» y la Congregación para las Causas de los Santos mantiene su proceso abierto en busca de los milagros que atestigüen su carácter «divino».

PARA SABER UN POCO MÁS:

–JARNÉS. Benjamín: Sor Patrocinio, la Monja de las Llagas, Austral, 1971.

–VOLTES, Pedro: Sor Patrocinio, la Monja Prodigiosa, Planeta, 1994.

–Hace un par de años la editorial Almuzara publicaba Isabel II. Historia de una gran reina, una completa biografía de la tantas veces vapuleada –en ocasiones injustamente– reina por antonomasia del XIX español. El autor, Eduardo Rodríguez López, realiza un estudio didáctico, exhaustivo a la vez que ameno y de fácil lectura sobre la vida de la soberana, detallando los avatares políticos del reinado de «la de los Tristes Destinos» y el contexto en el que se tomaron las decisiones y su porqué, huyendo de conclusiones simplistas.

Podéis adquirir el libro aquí:


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