La expedición de la Ahnenerbe nazi a los confines del Islam

Dos de los personajes más fascinantes del entramado místico que conformaba la Ahnenerbe de Himmler fueron los investigadores –espías y amantes– Franz Altheim y Erika Trautmann. Éstos serían los responsables de acercarse al mundo islámico para reclutar en sus filas combatientes contra los enemigos del nazismo, en lugares donde el antisemitismo era muy fuerte y el Mein Kampf ya todo un bestseller.

Óscar Herradón ©

El Gran Muftí de Jerusalén pasando revista a tropas nazis

Precisamente el doctor Altheim y su compañera Trauttmann eran los personajes más cualificados para realizar labores de espionaje en una expedición del instituto que les llevaría a los confines del antiguo imperio romano en Oriente Próximo, llegando hasta Beirut, Bagdad y Damasco, lugares de gran importancia geoestratégica por sus reservas petrolíferas.

Wüst

Tras leer el artículo sobre las investigaciones realizadas por éstos en Val Camonica, en los Alpes, Hermann Göering decidió presentar a la pareja de aventureros a Himmler. Fascinado con su teoría sobre el origen ario de los pueblos de la antigua Roma, el Reichsführer decidió financiar otro viaje a la pareja a Italia y la costa adriática de Dalmacia, en la actual Croacia, que partiría en busca de nuevas evidencias de la presencia de antiguos nórdicos en esas tierras. Desde allí enviarían nuevas informaciones que agradaron considerablemente a Himmler y al entonces director del instituto de investigación de las SS, Walter Wüst, y a su regreso el líder de la Orden Negra dio instrucciones específicas al retorcido Wolfram von Sievers, uno de los dirigentes de la organización de estudios ancestrales, para que incorporase a la pareja a las filas de la Ahnenerbe, algo que aceptaron sin reservas.

Altheim había pasado de mirar con recelo al nuevo gobierno y de no interesarse por la política a ser un ardiente ultranacionalista fascinado por el eterno tema de la raza; si aquello servía además para dotarle de un mayor prestigio académico, mejor que mejor. Su ambición era viajar a las antiguas fronteras de la Roma imperial, en Europa Oriental y Oriente Próximo –a dónde por fin se encaminaba–, con la intención de mostrar las complejas relaciones de los pueblos sometidos a su dominio en Asia y África durante siglos.

Altheim y Trauttmann, arqueólogos, amantes y espías nazis
Val Camonica

Según el propio Altheim, en el siglo III una gran lucha había enfrentado a «los pueblos indogermánicos del norte» contra «los semitas de Oriente» por el control del imperio, y en su viaje él pretendía demostrar que, evidentemente, había triunfado la raza nórdica en la lucha por el poder sobre el antiguo imperio romano. Walter Wüst –informador a su vez del servicio de inteligencia de la SS comandado por Heydrich, el SD–, creyó ver en la pareja a los sujetos ideales para recabar valiosa información en Oriente Próximo: poseían fácil acceso a los círculos académicos, lo que les brindaba también acceso a los gobernantes y podían fácilmente localizar a simpatizantes de la causa nazi en lugares remotos que después podrían pasar a formar parte del servicio de inteligencia nacionalsocialista.

Los alemanes estaban especialmente interesados en las reservas petrolíferas del Golfo Pérsico, pues dependían en gran medida de los campos petrolíferos de Ploesti, en Rumanía, donde había un movimiento de oposición cada vez mayor al nazismo. El Golfo Pérsico concretamente era el principal lugar de abastecimiento de los británicos, que ya antes del estallido de la guerra aparecían como enemigo del Reich.

Los investigadores en Val Camonica

Por la mente de los alemanes planeaba la idea de un sabotaje o la toma de control de la zona; esa era la gran misión Altheim y Trautmann, ahora reconvertidos en espías del Tercer Reich. La pareja de exploradores alemanes podría contactar con líderes beduinos en los desiertos de Siria e Irak que apoyasen la causa nazi y cuya valiosa información podrían hacer llegar hasta Alemania.

Hacia los confines del Imperio romano

Desde Berlín, Altheim y Trautmann pusieron rumbo a Transilvania, donde estudiaron fascinados las ruinas de los antiguos reyes dacios, que Altheim consideraba, cómo no, un pueblo nórdico, tan belicoso como los propios nazis. En toda Rumanía experimentaron la tensión que se vivía debido a los disturbios causados por la llamada Guardia de Hierro –Garda de Fier en rumano–, una organización paramilitar y ultranacionalista que había sido fundada por el feroz antisemita rumano Corneliu Zelea Codreanu en 1927, en el seno de la organización ultraortodoxa «Legión del Arcángel Miguel», que mantenía una lucha sin cuartel contra el despótico rey Carol II, que había instaurado en el país una monarquía de corte fascista junto a su favorita, Madame Lupescu.

Codreanu en su boda (atención a la corona)

El movimiento de Codreanu aunaba misticismo y ultranacionalismo con un odio a los judíos tan visceral o más que el de los propios nazis. Corneliu era hijo del profesor nacionalista Ion Zelenski y de su esposa, de origen alemán, Elisabeth Brunner, En 1902 el progenitor cambió su apellido por el de Zelea, para que sonase más rumano, y añadiendo un segundo apellido, Codreanu, que remitía a sus orígenes forestales –precisamente codru significa «bosque» en rumano–. Obsesión ésta, la del regreso a la naturaleza y la exaltación del campesinado, que también caracterizaría a los ultranacionalistas alemanes.

A los 11 años Corneliu ingresó en el Liceo Militar Manastirea Dealului, donde estuvo hasta 1916, momento en el que Rumanía entró en la Primera Guerra Mundial. El joven nacionalista intentó alistarse pero como no tenía la edad reglamentaria, su solicitud fue desestimada, algo parecido a lo que le sucedería al propio Himmler. Aún así, Codreanu se uniría al 25 Regimiento de Infantería de Vaslui, donde su padre era capitán. Finalizada la contienda continuó su formación en el Liceo y en otoño de 1919 ingresó en la Universidad de Iasi para estudiar Derecho, momento en el que comenzó a formar parte de la Guardia de la Conciencia Nacional, una organización antirrevolucionaria que se enfrentaba a los grupos izquierdistas, reventaba huelgas y manifestaciones y repartía propaganda ultranacionalista, actividades que cada vez se volvían más agresivas y que recuerdan a los primeros tiempos del nazismo, movimiento prácticamente contemporáneo a éste. Codreanu, además, contaba con una ventaja: gozaba de la protección del rector de la Universidad, el antisemita Alexandru C. Cuza, su mentor.

Otro fascista con vocación mesiánica

Poco después pasó a estudiar a Jena, en Alemania, economía política y en 1922 estableció los primeros contactos con el NSDAP. De nuevo en Rumanía, Codreanu comenzó una política activista y planeaba cometer varios atentados contra personalidades de su país. Descubiertos él y sus camaradas por un chivatazo, fueron arrestados, aunque utilizaron su juicio en marzo de 1924 como un acto de propaganda, algo similar a lo que hizo Hitler tras el Putsch de Munich. Los virulentos jóvenes fueron finalmente absueltos.

A. C. Cuza

Mientras permanecían en prisión tuvo lugar el acontecimiento que llevaría al antisemita a crear su organización. Codreanu afirmaba que había tenido una visión en la capilla de la cárcel en la que nada menos que el arcángel Miguel le animaba a dedicar su vida a Dios. Pero no a través del amor ni la misericordia, no, sino a través de la lucha –el mesianismo rumano y el nacionalsocialista coincidían también en este aspecto–, creando la organización «Hermandad de la Cruz», cuyo objetivo era el renacimiento nacional. Poco tiempo después la policía detuvo a sus miembros y los torturó, lo que provocó que Codreanu asesinase al prefecto responsable de aquellas acciones.

El 24 de junio de 1927 fundó la «Legión de San Miguel Arcángel», en honor a su supuesta visión; cual iluminado, Corneliu se vistió de la cabeza a los pies con un traje blanco y montado sobre un caballo del mismo color recorría el país dando discursos a medio camino entre la predicación y la arenga política a los campesinos rumanos, a los que inculcaría ideas de corte místico, un fuerte nacionalismo y claro, antisemitismo.

Distinto sitio, mismo lugar

Como sucedía en Alemania, culpaba a los judíos de todos los males de su país y de la pérdida de valores cristianos. Instaba a las gentes a que recogieran puñados de tierra de los campos de batalla de Rumanía, en los que los héroes nacionales habían luchado y derramado su sangre, y a llevarlos colgados alrededor del cuello en unas bolsitas del tela. A tal punto llegaron su prédicas entre los humildes campesinos, tan convincente era en su oratoria y en su entrega a una causa fanática e irracional, que muchos creían ver en él efectivamente a un emisario del arcángel San Miguel.

Las palabras que dejó escritas en el Manual del Jefe, en el apartado «Deberes del Legionario», están impregnadas de un misticismo y fanatismo en cierta manera comparables a los que Hitler recogería en su Mein Kampf: «Un legionario mira directamente a los ojos. Los ojos no mienten. Su rostro está lleno de esperanza. Cuando habla y cuando escribe, debe ser breve, claro y preciso. (…). Hoy, nosotros estamos prestos a reunirnos alrededor de los altares como en los tiempos de los grandes peligros, para recibir de rodillas, la bendición de Dios. Las guerras las vencen aquellos que han sabido atraer de los cielos las fuerzas misteriosas del mundo invisible y asegurarse el concurso de ellas. Estas fuerzas misteriosas son los espíritus de nuestros antepasados, los que han estado también, en otro tiempo, y ligados a nuestra tierra y han muerto en su defensa, permaneciendo todavía hoy ligados a ella en el recuerdo de su vida terrena y por intercesión nuestra, sus hijos, nietos y biznietos (…). El que entra en esta lucha, debe saber desde el principio que habrá que sufrir. Después del sufrimiento, viene siempre la victoria (…)».

Codreanu y su Legión de San Miguel Arcángel

No obstante, el mismo año del viaje de Altheim y Trautmann a Rumanía sería el mismo del final de Codreanu. En abril, junto con sus comandantes legionarios, fue detenido y trasladado a prisión. Poco después, enfermo de tuberculosis, sus visiones místicas se acentuarían, llegando a afirmar que podía ver a Jesucristo y a sus compañeros legionarios caídos en combate en el interior de su celda. Codreanu se había convertido en un personaje muy incómodo para el rey Carol y el día 30 de ese mes el líder de la secta y otros 13 legionarios de su Guardia Negra eran estrangulados y tiroteados en medio de una fuga simulada organizada por sus captores.

Este post tendrá una inminente segunda parte, donde veremos la penetración de los espías de la Ahnenerbe en el mundo islámico.

PARA SABER (MUCHO) MÁS:

Sobre la Ahnenerbe, existen varios libros interesante, el más reciente editado por Espasa y escrito por el periodista Eric Frattini: Los científicos de Hitler. Historia de la Ahnenerbe. Edificado por Himmler, fue un departamento de las SS creado por Himmler bajo este nombre que en alemán significa «Sociedad de estudios para la historia antigua del espíritu». Tenía tres objetivos: investigar el alcance territorial y el espíritu de la raza ario-germánica; rescatar y restituir las tradiciones alemanas –que para el Reichsführer habían sido aniquiladas por el cristianismo, y por soberanos como Carlomagno, a quien odiaba profundamente–, y difundir la cultura tradicional alemana (mucha creada ex profeso por los investigadores afectos al régimen) entre la población en general.

Los trabajos más importantes sobre la institución y el papel de Himmler en el entramado místico del Tercer Reich son El Plan Maestro: arqueología fantástica al servicio del régimen nazi, de Heather Pringle (publicado en castellano por Debate en 2007) y Das «Ahnenerbe» der SS (1935-1945), del historiador alemán Michael H. Kater, publicado hasta el momento únicamente en lengua germana.

En mi trabajo La Orden Negra. El Ejército Pagano del Tercer Reich (Edaf, 2011) también dediqué un amplio espacio a la Sociedad Herencia Ancestral y a los delirios místicos del líder de las SS. En relación con la magia y el ocultismo, y cómo el Reichsführer-SS reclutó al astrólogo Wilhelm Wulff para que trazase horóscopos de los enemigos del Reich cuando éste comenzaba a claudicar en en la contienda, podéis consultar mi libro Los Magos de la Guerra. Ocultismo y espionaje en el Tercer Reich, editado por Libros Cúpula (Grupo Planeta) en 2014.

Por su parte, para estudiar en profundidad la relación del nazismo con el islam y la participación del mundo musulmán en la contienda del lado del Eje, os recomiendo Los musulmanes en la guerra de la Alemania nazi, del profesor de Historia en la London School of Ecomomics and Political Science (LES por sus siglas en inglés), un minucioso y documentado ensayo que acaba de publicar Alianza Editorial.

El libro narra parte de lo que contamos en el post: cómo en la fase más decisiva de la contienda, tras sufrir los reveses militares en la URSS, la Alemania de Hitler optó por el pragmatismo y, dejando de lado sus prejuicios racistas –algo impensable años atrás– a favor del avance geoestratégico, intentó instrumentalizar el Islam en su beneficio. Para ello, se distribuyó propaganda nazi entre los musulmanes de territorios tan dispares como el norte de África, los Balcanes o el Cáucaso (lugares todos ellos visitados por Altheim y Trauttmann y otros miembros de la Ahnenerbe precisamente con esa finalidad). Himmler, como venimos señalando, era uno de los más entusiastas partidarios de este proyecto que impulsaba la creencia de que los musulmanes eran una poderosa fuerza que tenía los mismos enemigos que Alemania: el Imperio Británico, la Unión Soviética y los judíos. A pesar de considerarlos «inferiores» en su escala racial, no olvidemos que el Reichsführer fue un entusiasta lector del Corán, y envió diversas expediciones en busca de vínculos pasados entre los arios y dicho pueblo ­–una auténtica majadería–.

Éste es el primer estudio exhaustivo de los ambiciosos intentos de la Cancillería berlinesa de forjar una alianza con el mundo islámico con el objetivo de reclutar, por un lado, el máximo de hombres para el esfuerzo bélico –los alemanes tenían cada vez más bajas y pérdida de armamento en el frente del Este–, y por otro, minar los imperios británico y soviético a los que combatían en la mayor sangría de la historia contemporánea. Podéis adquirirlo en el siguiente enlace:

https://www.alianzaeditorial.es/libro/alianza-ensayo/los-musulmanes-en-la-guerra-de-la-alemania-nazi-david-motadel-9788413621913/

Otto Skorzeny: un nazi en la corte de Franco (primera parte)

Llegó a ser considerado el hombre más peligroso de Europa. El laureado militar nazi Otto Skorzeny buscó refugio en la España franquista, un régimen que lo acogió con los brazos abiertos y donde el austriaco intentaría revitalizar un ejército de soldados de la esvástica contra el avance del comunismo. Un plan secreto que salió a la luz hace apenas unos años y que muestra los estrechos vínculos de la dictadura franquista con los nazis fugados tras la derrota del Tercer Reich.

Óscar Herradón ©

Cuando el régimen de Hitler estaba siendo cercado por todos sus frentes, muchos fueron los nazis que intentaron escapar a otros países, como el Portugal de Salazar, la Argentina de Perón… y, por supuesto, la España de Franco, cuya diplomacia supo jugar muy bien sus cartas alejándose –al menos en apariencia– de la orbe nacionalsocialista, manteniendo una falsa «neutralidad».

Muchos de los principales allegados al que se hizo llamar Generalísimo eran filonazis, como Serraño Suñer, y el mismísimo Heinrich Himmler, jefe de las SS y la Gestapo, realizó un viaje a nuestro país en 1940 que pronto contaremos en «Dentro del Pandemónium». Incluso en los años finales de la guerra europea, cuando la Alemania nazi comenzaba a perder el conflicto en todos los frentes, ahogada por el invierno ruso, Franco envió a su División Azul, comandandada por el general Agustín Muñoz Grandes, y en el que no todos fueron fervientes voluntarios de la causa fascista.

Himmler en su visita a España en 1940

Pues bien, como el régimen español comulgaba en muchos aspectos con el nacionalsocialista –salvo, principalmente, en el delicado tema de la religión, no olvdemos que España era «nacionalcatolicista»–, y por supuesto con la Italia fascista, no es de extrañar que nuestro país se convirtiera en uno de los lugares predilectos para los prófugos que escapaban de la justicia aliada.

De proteger y trazar una ruta de huida a criminales de guerra, la mayoría pertenecientes a las SS, se encargaría una red secreta que extraoficialmente (no hay documentos desclasificados que se refiera a ella como tal, pero sí suficientes evidencias de su existencia) recibió el nombre en clave de ODESSA, y que permitió a peligrosos personajes del régimen de la cruz gamada como el médico de las SS Josef Mengele, conocido como «el Ángel de la Muerte» o Adolf Eichmann, escapar hacia Sudamérica, algunos de ellos vía España, otros a través de la llamada Ruta de las Ratas, a través del cobijo de varios monasterios que les condujeron hasta el mismísimo corazón del Vaticano.

También esta organización sería la responsable de proteger a uno de los más temibles criminales nazis, Otto Skorzeny, quien llegaría a jactarse de ser uno de los principales impulsores de la red secreta encargada de dar cobijo a los antiguos miembros de la sanguinaria Orden Negra.

Soldado de Fortuna          

El que acabaría siendo considerado por los americanos como «el hombre más peligroso de Europa», nació el 12 de junio de 1908 en el seno de una familia de clase media de Viena, aunque tenía antepasados alemanes. Según su partida de nacimiento, su nombre completo era Otto Johann Bapt Anton Skorzeny, aunque adoptaría distintas identidades tras la caída del nazismo. Al igual que la mayoría de sus compatriotas, en su juventud sufrió los rigores del periodo de Entreguerras y la fuerte crisis que provocó en Austria y Alemania la derrota en la Gran Guerra, caldo de cultivo de los extremismos que desembocarían en el ascenso al triunfo del Partido Nazi.

El Tratado de Versalles

Cuando el dinero austríaco apenas valía el coste del papel en el que estaba impreso, Otto y sus hermanos pudieron sobrevivir gracias a la ayuda de la Cruz Roja Internacional. Su padre grabó a fuego en la mente del joven la necesidad de la autodisciplina y le recomendó una vida austera. A los 18 años, Otto se matriculó en la Universidad de Viena para estudiar ingeniería. Allí se inscribiría en una de las muchas Studentenverbindung, unas sociedades estudiantiles donde se practicaba el Mensur –un combate de esgrima con reglas específicas–, que constituía un paso fundamental (e iniciático) de la adolescencia a la madurez, capital para muchos otros nazis de alto grado como Reinhard Heydrich.

Mensur

Según cuenta el historiador y militar Charles Whiting, Skorzeny tuvo el primer duelo el mismo año en que se matriculó en la facultad. Para él fue un tema angustioso y que puso a prueba sus nervios, pero se convirtió también en una de sus pasiones. Al primer lance seguirían trece duelos más durante los cuales finalmente recibió las llamadas Schmisser, las cicatrices de honor que marcarían su fisonomía de por vida. Con los años, el esbelto austríaco –medía más de un metro noventa– sería conocido como «cara cortada» (scarface en su forma inglesa) por la enorme cicatriz que recorría parte de su rostro hasta la barbilla. Una vez graduado, consiguió reunir el dinero necesario para iniciar un negocio propio en Viena. Entonces toda Europa estaba expectante ante los movimientos cada vez más temerarios de Hitler y su Partido Nazi. Tras el Anchluss, la anexión de Austria, ante la mirada pasiva de los líderes internacionales en el marco de la llamada (y desastrosa) «política de apaciguamiento», Skorzeny no esperó a ser llamado a filas y se presentó en la primera división de las SS, la Leibstandarte-SS Adolf Hitler.

La configuración de un espía

Más tarde, iniciada ya la Segunda Guerra Mundial, pasó a la división Das Reich de las Waffen-SS. Ya entonces destacó por no cumplir estrictamente las órdenes de sus superiores. Sin embargo, la guerra seguía su curso  los acontecimientos se desarrollaban frenéticamente: Skorzeny fue destinado a los Balcanes, participó en la marcha sobre Rumanía y Hungría y después en la Operación Barbarroja, el plan del Führer para invadir la Unión Soviética, entonces su aliada tras el pacto Ribbentropp-Molotov para repartirse Polonia.

La Operación Barbarroja, el mayor despliegue nunca visto hacia el Este

Sería en la gigantesca y helada tierra de Stalin donde recibió la Cruz de Hierro y, tras caer enfermo, enviado de vuelta a Viena. Era diciembre de 1941. Una vez en el Gran Reich, fue ascendido a capitán de Reserva. Su destino: trabajar como una suerte de espía para los Servicios Secretos de Inteligencia de la Oficina Central de Seguridad del Reich (R.S.H.A., por sus siglas en alemán). Aquel trabajo le serviría para desenvolverse muy bien en el campo de la diplomacia durante sus largos años de exilio. Después, fue destinado como Jefe de Comandos con la misión de entrenar tropas especiales cuyo cometido sería la guerra de guerrillas y el sabotaje en el frente, además del secuestro y la tortura. El 25 de julio de 1943, con la guerra ya en contra, gracias a su historial militar Hitler le mandó llamar a la Guarida del Lobo  y lo puso a cargo de la operación de rescate de Benito Mussolini, que acababa de ser arrestado en Italia y del que se desconocía el paradero. Los servicios secretos alemanes dieron con su pista en el Hotel Campo Imperatore, en el macizo de los Apeninos conocido como Gran Sasso, una zona de difícil acceso.

Aquella misión fue bautizada como «Operación Roble» y se programó para el 12 de septiembre de 1943. Al mando de un escuadrón de las Waffen-SS se hallaba el capitán Otto Skorzeny. Doce planeadores DFS 230 sobrevolaron la zona montañosa donde estaba recluido el Duce y un grupo de expertos paracaidistas descendió sobre el complejo hotelero. Los italianos que custodiaban al líder fascista fueron cogidos por sorpresa y parece que no ofrecieron resistencia alguna.

Skorzeny con Mussolini tras la liberación en el Gran Sasso

Este éxito –que en parte el propio Otto le escamoteó a los paracaidistas de la Kurt Student, comandante de la fuerza aerotransportada de la Luftwaffe, la Fallschirmjäger, poniendo incluso en peligro la operación al exigir que Mussolini volase únicamente en su aparato– hizo que Skonerzny pasase del anonimato a convertirse en un auténtico héroe de guerra. Hitler le otorgó, insólitamente, la Cruz de Caballero y lo ascendió a Sturmbannführer –comandante o jefe de unidad de asalto– de las Waffen-SS.

Durante el tiempo que restaba de la contienda, a Skorzeny se le encargaron importantes misiones, como capturar al jefe de los partisanos yugoslavos, el mariscal Tito –misión que fracasó– o doblegar al regente de Hungría, el almirante Miklós Horthy. Después, cuando tuvo lugar el más célebre atentado contra el Führer, la «Operación Valkiria» comandada por el laureado militar Claus von Stauffenberg, Skorzeny ayudó en Berlín a poner fin a la rebelión, estando 36 horas a cargo del centro de mando de la Wehrmacht –llegaría a afirmar, en otra de sus habituales fanfarronadas, que por media hora no fue él mismo quien ejecutó a Stauffenberg– antes de ser relevado de sus funciones.

Este post, con las andanzas del bravucón conspirador que se codeó con lo más granado del espionaje internacional y la flor y nata del régimen franquista, tendrá en breve su continuación en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Para profundizar en la escurridiza figura de Skorzeny, principalmente en sus años en España realizando numerosas intrigas, entramados mercantiles, todo tipo de conspiraciones –incluso la creación de la llamada «Legión Carlos V»–, así como sus numerosos alias, sus documentos secretos y sus contubernios con la CIA y el Mossad israelí –sí, aunque parezca contradictorio, expedientes desclasificados muestran que es así–, nada mejor que sumergirse en las páginas de una de las últimas novedades de la Editorial Almuzara: Otto Skorzeny. El nazi más peligroso en la España de Franco.

Un trabajo que denota dedicación y un amplio manejo de fuentes documentales. Obra del periodista Francisco José Rodríguez de Gaspar, redactor jefe del periódico La Tribuna de Toledo, aclara en ella los muchos matices que rodearon a esta figura capital del sombrío pasado reciente de España.

Uno también puede leer los libros firmados por el propio Skorzeny sobre sus «gestas» (Vive peligrosamente, Luchamos y perdimos, Misiones Secretas y La Guerra Desconocida), otra cosa es creer en su fidelidad a los hechos narrados por quien ha sido considerado por algunos un mentiroso patológico y por los más un calculador y eficiente espía. O visualizar el estupendo documental estrenado en 2020 El hombre más peligroso de Europa, Otto Skorzeny en España, obra de Quindrop Producciones Audiovisuales, con coproducción de RTVE y la televisión balear IB3, codirigido por Pedro de Echave y Pablo Azorín.

La Guerra de Mussolini:

Y para conocer en profundidad el papel capital desempeñado en la Segunda Guerra Mundial por el hombre al que tuvo que liberar Skorzeny, Benito Mussolini, principal aliado occidental de Hitler, La Esfera de los Libros publica la que probablemente sea la monografía definitiva sobre el Duce en la contienda: La Guerra de Mussolini. La Italia fascista desde el triunfa hasta la catástrofe 1935-1943, y que muestra con reveladora precisión el largo alcance de la ineptitud estratégica italiana en la contienda, sin olvidar también el episodio del Gran Sasso en el marco de la Operación Roble.

Hasta el verano de 1940, al mismo tiempo que permanecía estrechamente alineado con Hitler, Mussolini se mantuvo prudentemente neutral. Sin embargo, a raíz del hundimiento repentino e inesperado de los ejércitos franceses y británicos, el Duce declaró la guerra a los Aliados con la esperanza de obtener ventajas territoriales en el sur de Francia y en África. Fue un terrible error de cálculo que abocó a Italia a una guerra prolongada e imposible de ganar.

La Esfera ©

Este nuevo trabajo de John Gooch, catedrático emérito de la Universidad de Leeds y uno de los mayores expertos en Italia y las dos guerras mundiales, es la crónica definitiva de la experiencia italiana en la contienda. Por todas partes (en la URSS, en el desierto entre Libia y Egipto y en los Balcanes), las tropas italianas tuvieron que enfrentarse a enemigos mejor equipados o más motivados. El resultado fue una serie de improvisaciones a la desesperada frente a unos aliados ante los que el país se mostró impotente.

El líder fascista moriría finalmente el 28 de abril de 1945, ejecutado sumariamente por un partisano comunista de un disparo en la cabeza. Existe controversia sobre la identidad de dicho magnicida, y todavía hoy se cuestiona la autoría, aunque comúnmente se acepta la versión dada por Walter Audisio, un hombre que se hacía llamar «comandante Valerio» y que se atribuyó la ejecución.

Mussolini y Hitler. El final de ambos dictadores llegaría en abril de 1945

El 25 de abril de 1945, en los estertores de la guerra en Europa (Hitler se suicidaría unos días después, el 30 de abril, en parte impresionado por la brutal muerte de su antiguo aliado), Mussolini había huido de Milán, donde residía entonces, junto a su amante Claretta Petacci, e intentaron escapar a la frontera suiza. Fueron interceptados y capturados el día 27 por partisanos locales cerca del pueblo de Dongo. Un grupo comandado por Audisio los subió bordo de un Fiat 1100 (el Duce creía entonces que venían a liberarlos), hasta la aldea de Giulino di Mezzegra donde, junto a la vía XXIV Maggio, a las puertas de Villa Belmonte, fueron fusilados el día 28 de abril.

Ambos cuerpos fueron trasladados esa misma tarde en un camión a Milán. Durante el trayecto no se permitió que nadie se acercara a los mismos, pero el día 29 fueron depositados en la Plaza Loreto y sometidos a todo tipo de ultrajes por la muchedumbre. El cuerpo de Mussolini quedó tan desfigurado que era prácticamente imposible la identificación post-mortem. Luego, el servicio de policía, compuesto de partisanos y bomberos, colgó los cadáveres cabeza abajo en una gasolinera de la misma plaza (junto a los de ), algo considerado simbólico por la forma en que los fascistas trataban los cuerpos de sus enemigos.

Una vez trasladados a la morgue, continuaron las vejaciones y se tomaron imágenes del cuerpo de Mussolini y de Petacci, a los que colocaron abrazados; instantáneas terribles que pueden verse en Internet y que muestran la violencia y el ensañamiento de las gentes con el líder fascista. El pasado año se cumplieron 75 años de aquel suceso.

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Espías atómicos: agentes soviéticos en el Proyecto Manhattan (II)

En un reciente reportaje en «Dentro del Pandemónium» hablábamos sobre la implacable vigilancia a la que durante décadas el FBI sometió a Albert Einstein. Pues bien, aunque la fijación de J. Edgar Hoover con la llamada «infiltración roja» rayaba en la paranoia, lo cierto es que no iba tan desencaminado. Y es que en el corazón mismo del ultrasecreto proyecto atómico estadounidense se infiltró el mismísimo Kremlin, cuyos altos cargos estuvieron informados de los avances con uranio enriquecido que se llevaron a cabo en la base no tan «blindada» de Los Álamos.

Según apunta en su magnífico libro Fred Jerome, Hoover y su oficina también se enfrentaban a las potenciales repercusiones del caso Fuchs: «Después de todo, el proyecto Manhattan había estado bajo vigilancia intensa y constante del FBI y el G-2. Las declaraciones oficiales de la Oficina insistían en que ésta había proporcionado a Scotland Yard informaciones vitales que permitieron detener a Fuchs»*.

En su confesión jurada, Fuchs también implicó a un contacto estadounidense anónimo. Para Hoover era una prioridad encontrarlo. Con los focos de los medios pendientes de su actuación y deseosos de historias de espías, el jefe de los federales movilizó equipos especiales de agentes por todo el país para que realizaran exhaustivas investigaciones. Pocos días después, la Agencia tenía una lista de más de 500 sospechosos, algunos basados en los papeles Venona. Entre los detenidos, hubo uno al que Hoover definiría como «el crimen del siglo», un químico de nombre Harry Gold.

La operación más secreta del mundo

Hoover aprovechó el caso Fuchs para renovar y reforzar su Oficina. Durante la semana que siguió a la detención del espía atómico en Londres, el jefe del FBI mantuvo tres reuniones con el subcomité de asignaciones del Senado estadounidense para pedir más financiación, en particular para la contratación de nuevos agentes, y convenció a éstos y a la prensa de que vendieran la historia de que solo él y los federales podrían proteger a EE UU, que ahora permanecía «bajo el asedio de los espías comunistas y la creciente amenaza roja». Unos días después, el Chicago Tribune publicaba: «Hoover dice a los senadores que hay 540.000 rojos en Estados Unidos. Al parecer, un senador dijo al tribunal que a la vista del peligro que suponían los espías, Hoover podía conseguir «prácticamente todo lo que quisiera». Así se aceleraba la máquina conspirativa del macartismo, alimentada por los titulares sobre casos de espionaje, que contribuyeron, según Jerome, al creciente número de soplos y pistas sobre «espías» que afluían a las oficinas federales a comienzos de 1950.

Harry Gold, alias «Raymond»

Incluso, aprovechando la fiebre anticomunista, Hoover intentó vincular el caso Fuchs con su eterno objetivo: Albert Einstein, aunque no sirvió de mucho, y el premio Nobel pasó a mejor vida el 18 de abril de 1955, mientras Fuchs y Gold permanecían en prisión. Durante la friolera de nueve largos años, Fuchs había pasado información sobre el desarrollo del proyecto atómico norteamericano a los científicos soviéticos sin pedir nada a cambio. Continuó espiando tras el lanzamiento de Fat Man sobre Hiroshima y desde el otoño de 1947 a mayo de 1949 dio a su oficial de enlace, Aleksandr Feliksov, el principal esbozo teórico para crear una bomba de hidrógeno y los bosquejos iniciales para su desarrollo, según el estado en que se encontraba el proyecto de colaboración entre Inglaterra y Estados Unidos en 1948 y suministró también los resultados de las pruebas de las bombas de plutonio y uranio realizadas en el atolón de Eniwetok. Parece que se encontró con Felíksov al menos en seis ocasiones.

Feliksov

Además, es muy probable que suministrara datos clave sobre la producción de Uranio 235, revelando que la producción en EE UU era de cien kilogramos de U-235 y 20 kg de plutonio por mes. Aunque no se puede afirmar de forma categórica, casi con seguridad con esos datos la URSS pudo calcular el número de bombas atómicas que poseía su principal enemigo durante la Guerra Fría, concluyendo –a pesar de la propaganda que incidía en lo contrario– que Norteamérica no estaba preparada para una guerra nuclear a finales de las década de 1940 e incluso a comienzos de la siguiente; algo que coincidía con los informes enviados por otro espía atómico, Donald Duart Maclean, desde Washington.

Gracias a aquella privilegiada información robada, la URSS pudo saber que EE UU no tenía suficientes armas nucleares para afrontar el bloqueo de Berlín –en unos años en los que hasta el mismísimo Churchill se planteó declarar una guerra a los soviéticos*– y la victoria de los comunistas en China al mismo tiempo.

Valorando la información secreta

Maclean

A día de hoy continúa habiendo controversia entre los estudiosos acerca de la importancia de la información robada y filtrada por Fuchs a sus superiores en Moscú. Mientras que el físico Hans Bethe, director de la división técnica del Proyecto Manhattan, y quien le conocía bien, llegaría a decir que el alemán fue el único físico que conoció que realmente cambió la historia, físicos soviéticos declararían más tarde que los diseños iniciales propuestos por Fuchs y Edward Teller eran inútiles. Además, se ha insistido en la poca importancia que dio a tal filtración el director administrativo del proyecto soviético, Lavrenti Beria, responsable de leer la correspondencia de Fuchs y dársela a terceros para su verificación. Beria desconfiaba de la información facilitada por científicos, y más extranjeros, y parece –como es lícito– que tampoco comprendía muy bien el contenido de dichos informes, por lo que quizá no tuvo un impacto sustancial sobre los planes atómicos soviéticos. La duda sigue en el aire.

Por su parte, el también físico soviético German Goncharov, quien tenía, a diferencia de los norteamericanos, acceso a material confidencial sobre el caso, señaló en varios trabajos de archivo que si bien el trabajo inicial de Fuchs no ayudó a Estados Unidos en sus esfuerzos por lograr una bomba de hidrógeno, estaba mucho más cerca de la solución correcta final de lo que se reconoció en aquel tiempo, teniendo en cuenta que el mismo Kremlin, en una forma habitual de actuar en inteligencia, negó cualquier vínculo con la labor llevada a cabo por el físico alemán en Los Álamos. De hecho, para Goncharov, éste estimuló a los investigadores soviéticos para tratar problemas útiles que acabarían proporcionando una solución correcta y por ende la obtención de la bomba atómica por la URSS.

No obstante, la mayor parte del trabajo de Fuchs continúa siendo confidencial en Estados Unidos, y teniendo en cuenta la cerrazón habitual del gobierno ruso, no es ni mucho menos fácil para los historiadores determinar cuál fue la verdadera influencia de su labor como espía. Quizá haya que esperar aún varias décadas. De lo que no cabe duda es de que su epopeya fue una de las más apasionantes en el campo de la inteligencia del pasado siglo XX.

Fuchs permaneció en prisión nueve de los 14 años a los que había sido condenado por espionaje en un juicio que apenas duró 90 minutos y en el que se adujo que sufría «esquizofrenia calculada». Salió por buena conducta. Tras ello, vivió en la República Democrática Alemana, donde fue considerado un héroe por el régimen soviético, y allí pudo desarrollar distintos trabajos académicos, siendo condecorado con la Orden de Karl Marx y la Orden Patriótica del Mérito por sus hazañas. Murió en Berlín en 1988, llevándose, muy probablemente, numerosos secretos a la tumba, como tantos y tantos agentes que actuaron en la Segunda Guerra Mundial y en la Guerra Fría.

PARA SABER UN POCO/MUCHO MÁS:

  • JEROME, Fred: El Expediente Einstein. El FBI contra el científico más famoso del siglo XX. Planeta, 2002.

Historia Secreta de la Bomba Atómica, de Peter Watson

Recientemente la Editorial Crítica publicaba un vibrante ensayo que nos viene que ni pintado al asunto que hemos tratado en este post: Historia secreta de la bomba atómica. Cómo se llegó a construir un arma que no se necesitaba, del historiador y periodista británico Peter Watson.

Un autor que sabe de lo que habla como pocos, y es que Watson tiene una larga carrera en el campo del periodismo de investigación, siendo uno de los primeros espadas de este campo en Reino Unido en las últimas seis décadas. Fue editor de New Society y formó parte durante cuatro años del grupo de investigación «Insight» de The Sunday Times, un proyecto iniciado en 1963 y que entre otras importantes revelaciones en 1967 informó que el espía prófugo a la URSS Kim Philby, un turbio y apasionante asunto de espionaje que no tardaremos en abordar en el blog, era nada menos que el tercero de los llamados «Espías de Cambridge». A su equipo de investigación se debe también la investigación del «Caso Profumo (The Profumo affair)», un escándalo político sin precedentes en Reino Unido, la controversia sobre el fármaco Talidomida o la fabricación secreta de armas nucleares por el Estado de Israel.

Watson, además, ha sido corresponsal de The Times en Nueva York y ha escrito crónicas y opiniones para medios de tanto prestigio como The Observer, The New York Times o The Spectator. Autor de nada menos que trece libros, entre los que destacan Historia Intelectual del siglo XX (2004), La gran divergencia (2014), La Edad de la Nada (2014) o Convergencias. El orden subyacente en el corazón de la ciencia (2017), todos ellos publicados en castellano por Crítica. Es uno de los más agudos observadores de la historia social del siglo XX. Nadie mejor que él, pues, para hablarnos de lo que sucedió entre bambalinas en relación al proyecto atómico.

Con un pulso narrativo impagable, propio solo de los mejores, y un ritmo endiablado, cual si se tratara de un thriller, pero escrupulosamente verídico, y apoyado en una profusa documentación, mucha de ella inédita hasta el momento, el británico nos muestra cómo surgió, y cómo en un principio fue desechada por los científicos, la idea de construir un arma nuclear. ¿Entonces, por qué prosperó? En la línea en la que venimos hablando sobre Los Álamos y los oscuros personajes que rodearon al proyecto, Watson nos revela cómo un pequeño grupo de conspiradores, asentados en el poder y que controlaban los pasillos de Washington, tomó por su cuenta la decisión de construir y emplear la bomba atómica, algo que, contrariamente a lo que se suele admitir, no era necesaria para poner fin a la Segunda Guerra Mundial. Y qué fin… Un ensayo controvertido que no solo desvela un pasado desconocido: ilumina un presente sujeto todavía a una amenaza nuclear latente. He aquí cómo adquirirlo:

https://www.planetadelibros.com/libro-historia-secreta-de-la-bomba-atomica/311813