Arranca el juicio contra Steve Bannon por desacato

El que fuera el principal ideólogo de la campaña de Trump a las presidenciales de 2016, y que la revista Time llegaría a calificar como «el segundo hombre más poderoso del mundo», vuelve a sentarse en el banquillo. ¿Desvelará alguna información que pudiera comprometer al magnate en el asalto al Capitolio tras la victoria electoral de Joe Biden? No parece…

Por Óscar Herradón ©

Steve Bannon (Wikipedia. Free license)

Los telediarios de medio mundo abrían esta semana con la noticia de que comenzaba el juicio al asesor de Trump por desacato al Congreso de Estados Unidos. Concretamente este lunes, en una corte federal del Distrito de Columbia. Bannon se sienta ante el banquillo por negarse a colaborar con el comité de la Cámara de Representantes que investiga el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021, mientras el Congreso trataba de certificar la victoria electoral del ahora presidente Joe Biden que, contrariamente a lo que sostuvo Trump (y sigue haciendo en distintas comparecencias), fue completamente legal.

La última jugada de Steve Bannon, quien fuera vicepresidente de Cambridge Analytica y dueño del incendiario medio de comunicación (con infinidad de seguidores) Breitbart News, ha sido transmitir este mes al comité que estaba dispuesto a declarar, algo que hizo después de que Trump le confirmara la retirada del «privilegio ejecutivo» que protege las comunicaciones de un presidente con su equipo –y eso que Bannon no ocupaba ya ningún puesto en la Administración. ¿Tendría información delicada que era mejor ocultar?–.

A su salida del tribunal, el antiguo miembro del Tea Party y uno de los principales ideólogos de la denominada alt-righ (derecha alternativa), modelo de partidos ultraderechistas a uno y otro lado del Atlántico, ha dicho, en declaraciones a los periodistas, que el proceso sería «más productivo» si se celebrara en el Capitolio «con los micrófonos abiertos», para poder dirigirse a la nación –algo que le encanta, dado su don de persuasión– en lugar de ser «una tontería, un montaje», insistiendo por tanto en las teorías de la conspiración que mantienen los seguidores de Trump en torno al asalto de la democracia USA, desinformación en la que Bannon es maestro de maestros.

El comité quería que el ex asesor testificara porque cree que pudo tener algún conocimiento previo sobre la insurgencia del 6 de enero, el asalto que hizo tambalearse al mundo durante horas, y por no querer entregar documentos, puesto que el político (que en aquel momento ya no formaba parte del equipo del ex presidente, que lo había destituido malamente después de haberle llevado directamente a la Casa Blanca con sus estrategias) se reunió con Trump al menos dos veces la víspera del ataque, y ese mismo 5 de enero aseguró en su pódcast (con millones de descargas) que al día siguiente se desataría «un infierno».

El magistrado Carl Nichols, de la corte federal del Distrito de Columbia, ha desestimado todos los argumentos defensivos propuestos por Bannon hasta el momento. Por ello, su abogado, David Schoen, ha declarado: «¿De qué sirve ir a juicio si no hay defensa?». Por ahora la suerte de quien ha llegado a ser definido como «paleoconservador», pende de un hilo. Ya no podrá amnistiarle, como hizo en 2020, el propio Donald Trump, que entonces tenía aquella prerrogativa como presidente del país de las barras y estrellas.

El pasado mes de junio el gran jurado imputó también por desacato a otro ex asesor de Trump, Peter Navarro, quien también se negó a declarar ante el comité alegando que el ex presidente había invocado igualmente el «privilegio ejecutivo». Desde noviembre de 2021, Bannon, de 68 años, se enfrenta a dos cargos penales, por no comparecer y por no entregar los documentos solicitados. Cada causa podría suponerle entre 30 días y un año de prisión y una multa de hasta 100.000 dólares.

Azote de los demócratas

Bannon no ha dejado de estar en el foco mediático. En el momento en que ponía fin al libro La Gran Conspiración de QAnon y otras teorías delirantes de la Era Trump, publicado por Edaf hace unos meses, se hacía público que el antiguo estratega de Trump se había entregado a la oficina del FBI en Washington. Fue el 15 de noviembre de 2021. Una semana antes había sido acusado por un gran jurado federal de esos dos delitos de desacato ante la Cámara de Representantes de EEUU. Horas después, la jueza de instrucción Robin Meriweather lo dejaba en libertad aunque tuvo que entregar su pasaporte para evitar una fuga del país y bajo la condición de que notificara con anterioridad a las autoridades cualquier viaje por el interior de la nación.

Tras la audiencia, el estratega político declaró ante los reporteros: «Les digo ahora mismo, este será un delito menor frente al infierno para Merrick Garland, Nancy Pelosi y Joe Biden. Y vamos a pasar a la ofensiva. Estamos cansados de jugar a la defensiva. Nunca voy a dar marcha atrás. Esta vez se enfrentaron al tipo equivocado». No parece que finalmente haya sido así. Aprovechando una transmisión en vivo para el sitio web de redes sociales GETTR, Bannon aseguró que «estamos derribando el régimen de Biden», y añadió que «tenemos encuestas. Datos económicos. Todo. Una vez más, quiero que estén concentrados en el mensaje. Señal, no ruido. Todo esto es ruido».

Por su parte, Donald Trump, que le debe a su viejo «amigo» unos cuantos favores, expresó en un comunicado emitido poco después que «este país probablemente nunca le ha hecho a nadie lo que le ha hecho a Steve Bannon y está buscando hacérselo a otros también».

Todas las comparecencias en la comisión que investiga los hechos parecen indicar que el magnate, que parece que podría optar por presentarse a la elecciones de 2024, habría instigado un complot para permanecer en el poder –incluida la colaboración con las milicias de los Proud Boys– y habría azuzado a los grupos extremistas para el convulso asalto al Congreso aquel 6 de enero de 2021. Veremos cómo evolucionan los acontecimientos y qué sucede finalmente con la implicación –o no– del multimillonario neoyorquino en el gran complot contra la democracia estadounidense.

Para conocer más sobre la trayectoria de este oscuro personaje de la trastienda política USA, el señor Bannon, podéis leer La Gran Conspiración de QAnon y otras teorías delirantes de la Era Trump (Edaf, 2022). He aquí el enlace:

https://www.edaf.net/libro/la-gran-conspiracion-de-qanon_136657/

El Gran Reemplazo: la última falacia cibernética (II)

Vivimos tiempos de crisis económicas endémicas, globalización e incertidumbre social que ha aumentado con la pandemia, generando una polarización de la sociedad que también vemos en España. Con la migración masiva en el punto de mira y un éxodo de migrantes que ha aumentado exponencialmente tras la invasión rusa de Ucrania, algunos grupos vinculados a la extrema derecha extienden en RRSS la teoría conspirativa de «El Gran Reemplazo»: los occidentales blancos estarían siendo sustituidos por la multiculturalidad en un genocidio largamente encubierto. Una postura que han defendido algunos de los seguidores más radicales de Donald Trump, pero que encuentra eco también en Europa, donde precisamente nació. Tras los últimos tiroteos masivos en EEUU, esta conspiranoia vuelve a estar en primera línea de actualidad.

Por Óscar Herradón ©

En dos días se han perpetrado nuevos tiroteos masivos en EEUU y sus responsables parecen pertenecer a esta ola de seguidores de la llamada teoría conspirativa de «El Gran Reemplazo», sin duda muy peligrosa y una suerte de adaptación moderna de viejas conspiranoias como la mantenida en Los Protocolos de los Sabios de Sión, según la cual los judíos fueron los responsables del colapso del cristianismo occidental y que sería libro de cabecera de los nazis, que ahora también recuperan los seguidores de QAnon y otros extremistas.

Tan solo unas horas después del tiroteo en Búfalo, en el supermercado Tops, que dejó 10 muertos, en el salón de eventos de la iglesia presbiteriana de Laguna Woods, a 80 kilómetros al sureste de Los Ángeles, un grupo de fieles taiwaneses celebraba el regreso de un pastor muy querido cuando irrumpió en el lugar David Chou, un individuo de origen asiático y 68 años de edad que, tras confundirse con los feligreses, sacó dos armas de nueve milímetros y comenzó a disparar. Impidió una masacre el médico de familia y vecino de Laguna Woods, John Cheng, de 52 años, que sin pensárselo dos veces se abalanzó sobre el tirador tras haber realizado el primer disparo. En ese momento, el médico recibió un primer impacto de bala y la pistola del lobo solitario se atascó cuando éste intentaba rematarlo. El doctor perdía la vida poco después.

John Cheng evitó una masacre

El valiente acto de aquel ciudadano que había acompañado a su anciana madre al evento, sirvió para que el resto de la congregación pudiera reducir al agresor: el pastor le golpeó en la cabeza con una silla y otros feligreses lo ataron de las extremidades con un cable, hasta que llegó la policía poco después. La idea, frustrada, era cometer una matanza, la enésima en territorio estadounidense en los últimos años y la segunda en apenas dos días: Chon había cerrado por dentro las puertas de la iglesia con cadenas y puso pegamento en las cerraduras para evitar que alguien saliera.

Al parecer, según declaró el sheriff del condado de Orange, Don Barnes, «el sospechoso estaba molesto por las tensiones entre China y Taiwán». Guardia de seguridad que radicaba en Las Vegas, el pasado sábado Chon condujo cuatro horas y media desde Nevada hasta la pequeña comunidad para causar el mayor daño posible, en un viaje premeditado por varios estados en lo que ya parece un lugar común de estos personajes frustrados.

Taiwán

En las evidencias halladas en su teléfono móvil (que aún sigue analizando el FBI), y en notas en su vehículo, se desprende que el atacante, que nació en China, emigró «hace varios años a Estados Unidos», donde obtuvo la ciudadanía. Al parecer, Chon, que vivió en Taiwán, no fue «bien recibido» allí y ello despertó su odio hacia la comunidad. La policía recuperó del templo dos bolsas: una cargada de municiones para sus dos pistolas (compradas legalmente en 2015 y 2017 respectivamente, uno de los grandes problemas de la nación, la venta de armas) y otra con cuatro bombas tipo molotov. Según el sheriff citado: «Este fue un incidente aislado donde el sujeto actuó solo, pero es un acto de odio contra la comunidad taiwanesa».

En este caso el tirador era también de origen asiático, pero desde el inicio de la pandemia los delitos de odio contra la comunidad asiática en EEUU han aumentado considerablemente. No han ayudado a calmar las aguas, sin duda, declaraciones como las de Donald Trump tildando el Covid de «virus chino», una calificación que tuvo réplica en nuestro país por parte de algún partido político. Un informe publicado a principios de 2022 y elaborado por la Universidad del Estado de California en San Bernardino, indica que estos ataques crecieron entre 2020 y 2021 un 339%, siendo los asiáticos los segundos más afectados detrás de los afroamericanos en medio de un contexto en el que, según señala el diario El País, los incidentes racistas han crecido a nivel nacional un 11%.

El Gran Reemplazo, detonante de la masacre de Búfalo

La masacre del día anterior se saldó con un número mucho más trágico de víctimas: al menos diez personas muertas y otras tres heridas, en su mayoría negros, durante un tiroteo perpetrado por un joven blanco en un supermercado de la localidad estadounidense de Buffalo (Nueva York). El atacante viajó varias horas hasta llegar al supermercado «Tops», hacia las 14.30 hora local. Según declaró el comisionado de policía del condado, Joseph Gramaglia, cuando salió del vehículo «estaba fuertemente armado con equipo táctico. Llevaba puesto un casco militar y una cámara que estaba trasmitiendo en directo lo que estaba haciendo».

El tirador, que tras apuntarse al cuello con su arma al verse rodeado, terminó por rendirse ante la policía, era el joven supremacista blanco de 18 años Payton S. Gendron, creyente en la teoría conspirativa de el gran reemplazo. Provisto de un rifle de asalto y dos armas y equipamiento militar, entró decidido al establecimiento. La plataforma de vídeo Twitch, perteneciente a Amazon, cortó la retransmisión en directo del tiroteo a los dos minutos de iniciarse. Cuatro de los muertos cayeron en el parking, el resto dentro del supermercado, donde quedó una escena dantesca con cuerpos por todos los pasillos.

Logo de 4Chan

En mayo de 2020, Gendron, cansado de los confinamientos por la pandemia, empezó a frecuentar foros como 4Chan (clave en la difusión de los primeros mensajes del enigmático «ciudadano Q», como cuento en La Gran Conspiración de QAnon), donde tuvo conocimiento de la teoría conspirativa del genocidio blanco. Según relató en un manifiesto de 180 páginas que colgó en Internet, un procedimiento ya habitual de estos «lobos solitarios» racistas y profundamente frustrados, y cuyos detalles divulgó el rotativo The New York Times, Gendron se preparó para el ataque durante años, comprando municiones y equipamiento y practicando tiro con frecuencia.

El escrito es un detallado plan para matar al mayor número posible de negros en la ciudad con más población afroamericana de su Estado, un relato pormenorizado sobre dónde aparcar, dónde comer antes de perpetrar la masacre, cómo recorrer con eficacia y la mayor rapidez posible todos los pasillos del supermercado y rematar, si podía, «a cada negro con un tiro en el pecho». Todo muy similar a masacres anteriores como las que tuvieron lugar en 2019 en El Paso y en Nueva Zelanda, o en Las Vegas en 2017. De hecho, en su declaración de intenciones subida a la red de redes, Gendron señaló una especial conexión con el supremacista australiano Brenton Tarrant: «El que más me radicalizó».

El gran reemplazo es una teoría que lleva años asentada entre los grupos de ultraderecha pero que se ha hecho popular al otro lado del charco gracias a «telepredicadores» como el populista Tucker Carlson, comentarista de Fox News, y algunos políticos republicanos, así como por conspiracionistas como Alex Jones, que comandaba InfoWars. Gendron ya había dado un aviso de su comportamiento perturbado: en 2021 fue detenido por la policía tras proferir «amenazas generalizadas» contra su instituto. Por ello, y siendo menor, fue derivado a un hospital donde se le sometió a una evaluación psiquiátrica, se ve que sin mucho acierto pues día y medio después fue dado de alta y la policía dejó de seguirle la pista. Un error fatal en un país en el que en 2022 se ha vivido una auténtica epidemia de tiroteos masivos: hasta 107 en abril, antes de los últimos atentados.

El precedente de Christchurch (Nueva Zelanda)

El mediodía del 15 de marzo de 2019 se produjo un tiroteo masivo en la mezquita Al Noor y el Centro Islámico Lindwood en la localidad neozelandesa de Christchurch. Tras los ataques fue detenido el australiano Brenton Tarrant, vinculado a la extrema derecha. 51 muertos tras el asalto a dos mezquitas de la zona que el tirador difundió en directo a través de Facebook Live. Ataviado con ropa negra de asalto y fusiles automáticos, disparó contra todo lo que se movía un viernes, el día del rezo entre los musulmanes. El atacante llevaba escritos en las armas numerosos nombres que hacían referencia a la lucha histórica contra los musulmanes, entre ellos el de nuestro patrio Don Pelayo, paladín de la Reconquista. Lo emuló el pasado sábado 14 de mayo Payton S. Gendron en el tiroteo de Búfalo: en su rifle se podía leer, en letras blancas, palabras como «nigger» («negrata»), y nombres de sus «héroes» supremacistas como John Earnest (que realizó un tiroteo en una sinagoga en 2019), con un tachón y una corrección, y el neonazi noruego Anders Breivik.

Antes, Tarrant difundió un manifiesto en RRSS de 74 páginas titulado «El Gran Intercambio» (El Gran Reemplazo – Hacia una nueva sociedad), donde se refería a los preocupantes problemas ambientales y al cambio climático. Se definía así: «Soy un eco-fascista etnonacionalista», un confuso conglomerado de teorías raciales y ambientales donde afirmaba (aunque decía no pertenecer a ninguna organización en particular) que quería despertar el miedo entre los musulmanes radicales e hizo alusión al llamado Plan Kalergi, antecesor de la teoría conspirativa del genocidio blanco según el cual se está trabajando en un «gran intercambio» de la población blanca en Europa hacia una «población musulmana», vertiendo en RRSS y plataformas como Reddit o 8Chan (canales de comunicación favoritos de los seguidores de QAnon), comentarios despectivos contra la religión islámica y los inmigrantes musulmanes que llegan al país; además, definía a la entonces canciller alemana, Angela Merkel, como la madre de todos los acontecimientos «anti-blancos y anti-germánicos».

Describió además a los musulmanes radicales como un peligro que debía ser eliminado y como «los mayores enemigos de los valores occidentales». También señalaba que obtuvo una gran inspiración (uno inspira a uno, el uno al otro…) de Anders Breivik, que asesinó a 77 personas en una isla noruega en 2011, y que, al igual que Tarrant, citó la «defensa contra los intrusos» como el motivo central de su acción asesina.

Bajo el Muro de Berlín

A 60 años de la construcción del que fue bautizado como «El Muro de la Vergüenza», muchos de los escenarios que configuran nuestra actualidad tienen su origen precisamente en aquel acontecimiento que supuso la desintegración de la URSS y el fin de la Guerra Fría. Tantas décadas después, en la capital alemana rinden homenaje a aquellos que perdieron su vida cruzándolo, con una serie de tours por los túneles subterráneos (reconstruidos) que unían las dos Alemanias, y varios trabajos editoriales arrojan luz sobre aquellos turbios momentos de la historia del convulso siglo XX.  

Óscar Herradón ©

Fue uno de los mayores símbolos de la ignominia del siglo XX. Si bien es cierto que si Hitler y su Tercer Reich no hubiesen desencadenado la Segunda Guerra Mundial, Alemania jamás habría sido partida en dos, lo que sucedió durante la ocupación soviética de Berlín constituyó una de las mayores aberraciones contra la dignidad humana en suelo europeo. Un reflejo de que esa «justicia» social por la que clamaban los primeros bolcheviques y el fin del autoritarismo del Ancien Régime tan solo había cambiado de forma y nombre, y el comunismo fue readaptado por los regímenes del siglo XX como otra forma de gobierno no tan diferente al fascismo que decían combatir.

Tenía apenas diez años cuando, en medio de esa Perestroika que surgió a la luz de la decadencia y el colapso de una URSS azotada por el desastre de Chernóbil, cayó el Muro de Berlín. Recuerdo las imágenes en el telediario, vívidas todavía, con las gentes derribando el hormigón y el ladrillo preñados de grafitis a martillazos; fue un acontecimiento que cambiaría nuestro mundo, el fin de una era y el inicio de algo muy diferente, quién sabe si mejor… Desde luego, sí para los que habían visto sus vidas quebradas por una separación aleatoria, «a escuadra y cartabón», como décadas antes se repartiera el continente africano por el todopoderoso Occidente. Muchas familias rotas, hermanos que tuvieron que esperar casi 30 años para reencontrarse, alambradas, lágrimas, el sinsentido del poder a toda costa, el disparo frío del francotirador… El «Muro de la Vergüenza» caía y atrás quedaba el recuerdo –a veces largamente ocultado– de millones de vidas atrapadas.

Momento de la Caída del Muro (Source: Wikipedia. Free License).

Recuerdo esas imágenes, aunque no tenía ni idea de qué significaban, ni de qué era eso de la política o qué demonios se nos había perdido en Berlín, una capital que solo me sonaba de las primeras clases de geografía. Tampoco me importaba demasiado. Si eso te importa con 10 años es que no tienes infancia. Pero sí que era algo bueno, o al menos eso me decían mis padres. Y lo que dice un padre, va a misa. Así que fue uno de esos momentos televisivos que no se olvidan, cuando la televisión de dos canales también experimentaba su propio cambio: acababa de empezar a emitir Telecinco –el mes de marzo de ese 1989– y Antena 3 lo haría en diciembre, vestigios de ese «nuevo mundo» mediatizado y vagamente globalizado que se avecinaba imparable.

No hay que olvidar, no obstante, la responsabilidad de los países occidentales en esa forma de actuar del régimen soviético en los años más duros de la Guerra Fría. El otro lado del cinturón de acero tampoco estaba regido por angelitos –es más, muchos antiguos nazis pasaron a trabajar, tras la derrota, al servicio de la CIA y de la inteligencia de la República Federal, siguiendo órdenes de Washington– en uno de los episodios más oscuros de la posguerra. Lo que no excusa un padecimiento tal de varias generaciones de alemanes, pisoteados primero por las botas de la Gestapo y más tarde de la Stasi. El país teutón sería el cruento escenario de una guerra no declarada entre dos potencias antagónicas, los Estados Unidos capitalistas y la Unión Soviética comunista que hoy se ha dejado cautivar por las mieles del capital, el consumo y el comercio internacional, pero sin dejar de mirar con cierta nostalgia al esplendor de sus tiempos soviéticos, reivindicando incluso, en algunos casos, la figura del «hombre de hierro» Iósif Stalin desde el mismo Kremlin comandado por Vladimir Putin, el nuevo zar ruso.

Túneles secretos bajo el muro

El 13 de agosto de 1961 comenzaba la construcción del Muro de Berlín y el 9 de noviembre de 1989 caía definitivamente. Y aún así, hubo que esperar 30 años para que salieran a la luz los túneles por los que miles de alemanes escaparon –o al menos lo intentaron– de las garras soviéticas. En 2019, la organización cultural Berliner Unterwelten («Mundo Subterráneo de Berlín») inauguró un nuevo tour por las entrañas de la capital alemana: invirtió más de 300.000 euros en reproducir ese túnel que evoca el que en su día construyeron los fugitivos. Y asegura haberlo hecho a mano, como el original.

La labor pedagógica e historiografía de esta organización es prodigiosa, y nos permite acercarnos de primera mano a escenarios durante mucho tiempo olvidados de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. En mayo de 2017, durante un viaje a Berlín que realicé con mi infatigable compañera Tere Nieto, tuve la ocasión de realizar una de esas rutas subterráneas por un viejo refugio antiaéreo construido por los nazis y la experiencia, que reservaré para una futura entrada, fue realmente satisfactoria.

Marcas del Muro. Foto del autor.

La línea divisoria por la que pasaba el muro está señalizada a conciencia en las calles berlinesas, para el turista, pero también para luchar contra el olvido de la población. Me impactó cómo el museo erigido sobre los antiguos cuarteles de la Gestapo, en la Prinz-Albrecht-Strasse, se encuentra justo frente a una parte considerable del antiguo muro edificado por la RDA, no muy lejos del célebre Checkpoint Charlie. Un guiño del pasado en el que dos regímenes totalitarios e implacables se dan la mano, aunque el nacionalsocialista se llevase la palma en lo que respecta a la mecanización de la muerte.

Parte de los cimientos del cuartel de la Gestapo. Detrás puede verse el Muro (foto del autor)
Siekmann

Un túnel de 30 metros de longitud, 2,05 metros de altura y 7,5 de profundidad que homenajea a las miles de personas que lograron escapar con el único anhelo de vivir al lado de sus seres queridos; y también, por supuesto, a aquellos que no lo lograron: 140 personas que murieron intentando escapar (al menos oficialmente, pues las cifras pueden ser incluso mayores), entre ellas la enfermera de 58 años Ida Siekmann, la primera en perder la vida apenas una semana después de que se levantaran las alambradas.

En aquel primer momento varios edificios de apartamentos del lado este quedaron prácticamente sobre la línea divisoria en el Mitte (Centro) a lo largo de varios kilómetros de la Bernauer Strasse. Desesperados por la situación, muchos ciudadanos de la Alemania oriental comenzaron a saltar por las ventanas para no quedarse aislados en la zona comunista, y se produjo la tragedia: Siekmann tiró un colchón por la ventana de su piso, un tercero, y se arrojó, pero no consiguió caer sobre el jergón y murió por las heridas camino del hospital. No fue la única. Los bomberos de la zona oriental se organizaban para abrir redes y amortiguar la caída de las gentes en un escenario rocambolesco, pero no siempre lo conseguían.

Liftin

Dos días después de la muerte de Siekmann, Günter Litfin, un sastre de 25 años murió frente a la actual estación central de trenes de Berlín, en Humboldt Harbor del SpreeKanal, de un disparo efectuado por un guardia cuando había alcanzado la orilla del río. El motivo: trabajaba del lado occidental y le habían revocado el permiso para cruzar la frontera. Era una cuestión de supervivencia. Su verdugo recibió del gobierno una medalla y un reloj de oro por sus servicios al Estado.

Miles de berlineses marcharon en masa a protestar en el lugar de su muerte, pero el régimen de Berlín Este reaccionó deteniendo a su hermano Günther, requisando el apartamento de su madre y divulgando una información falsa (sí, las fake news no son algo nuevo, ni mucho menos): que se trataba de un homosexual al que llamaban «Muñeca» que había querido escapar para reencontrarse en el otro lado con su amante. Ni qué decir tiene que aquello era para el régimen una «desviación» y un delito estatal. Unos días después, otro joven berlinés moría también por disparos en el canal de Treptow. Otros tres la semana siguiente que habían saltado por la Bernauer Strasse… Una lista trágica y vergonzante.

Ciclista, vendedor de periódicos y héroe nocturno           

Uno de los primeros valientes al que se le ocurrió llevar a personas y familias enteras lejos de la mirada de las autoridades pro-soviéticas fue el ciclista profesional Harry Seidel. De reconocido prestigio internacional, lo que le facilitó cierta indulgencia de los policías del muro, por las noches simulaba que entrenaba con su bicicleta para ayudar a sus conciudadanos a cruzar desde la República Democrática Alemana a la República Federal. Primero se llevó a su mujer y a su hijo: tres meses después de la construcción del muro, tras muchas noches indagando a lo largo de toda la línea de separación (en los rincones que no había vigilancia, se entiende). Seidel salió a dar un paseo con su esposa y su pequeño por la orilla del río Spree. Para evitar problemas si eran detectados, no les había dicho nada de sus planes: los condujo a un pasadizo y unos minutos más tarde estaban ya en Berlín occidental. Sin embargo, a pesar del peligro que implicaba su nuevo «trabajo», renunció a una vida en libertad al lado de su mujer e hijo y, tras dejarlos a salvo, decidió regresar para liberar a todas las personas de que fuera capaz.

Seidel había sido ganador de dos medallas en el campeonato de Alemania del Oeste en 1959 y se hizo con otros numerosos galardones más en distintas competiciones estatales. Durante años fue uno de los niños mimados del régimen, hasta que pronto fue perdiendo el favor del gobierno, por negarse a tomar esteroides para mejorar su rendimiento, y lo peor, el gran pecado que te convertía en «enemigo del pueblo»: se negó a ingresar en el Partido Comunista, lo que le hubiera facilitado mucho la vida: quedó fuera del equipo olímpico en 1960 y le arrebataron suciamente el subsidio, por lo que pudo mantener a su familia –en condiciones muy precarias– repartiendo diarios en un barrio de la zona occidental. Hasta que se erigió el muro de la ignominia.

Seidel en su juicio

En 1962, las autoridades de la RDA atraparon finalmente al ciclista reconvertido en libertador. Fue declarado culpable y condenado a cadena perpetua, pero la RFA llegó a un acuerdo para obtener su liberación en 1966. Aquellos cuatro años que pasó en prisión supo aprovecharlos, inquieto como era, e ideó una nueva estrategia que pronto puso en funcionamiento: en lugar de saltar el muro o cruzar el río, atravesarlo por debajo. Y lo excavarían precisamente en la citada Bernauer Strasse regada por la sangre de los inocentes a manos de los guardias de la frontera artificial; en 350 metros se llegaron a excavar hasta siete túneles subterráneos que comunicaban ambas Alemanias. Debían hacerse a mano, en la más completa oscuridad y haciendo el mínimo ruido, por lo que su construcción sería ardua y lenta.

El autor ante el Puente de Oberbaum, al lado de una de las zonas más emblemáticas del antiguo muro.
Palacio de la República

Se calcula que a lo largo de 28 años, tiempo que permaneció en pie la línea divisora, se excavaron hasta 75 túneles completos, sin tener en cuenta los que no llegaron a finalizarse. Pronto, desde la zona occidental varios ingenieros llevaron a cabo sus propias mediciones y comenzaron a excavar túneles desde el otro extremo del muro para facilitar el escape de sus compatriotas, hermanos y amigos. Así se terminaron los conocidos como «túnel 29» y «túnel 57», nombres que se les puso como homenaje al número de personas que lograron cruzar bajo tierra el «Muro de la Vergüenza» en un solo día. Por supuesto, no todo fueron victorias y dulces reencuentros; los túneles solían estar activos poco tiempo porque las autoridades de la RDA terminaban conociendo su existencia de boca de «chivatos» en nómina del Palacio de la República, que abundan en todo tiempo y lugar, e incluso encuentros casuales en plena huida.

Para el recuerdo queda también el mastodóntico concierto que Pink Floyd celebró ante más de 400.000 personas bajo el título de «The Wall Live in Berlin», la noche del 21 de julio de 1990, diez meses después de la caída del Muro, donde atronó su «profético» himno de 1979 «Another Brick in the Wall». El rock psicodélico de los británicos cautivó a los berlineses, en un espacio entre Potsdamer Platz y la Puerta de Brandenburgo, lugar que durante la división se conocía como «tierra de nadie».

En 2019 se cumplieron tres décadas del derribo del muro, y desde entonces se han publicado distintos trabajos sobre la intrahistoria de aquella Alemania dividida, algunos muy recientes, en este 2021. Recomiendo a continuación varios de ellos…

Después del Muro

Para una visión global, profusamente documentada y reveladora sobre lo que sucedió tras el derrumbe, Taurus ha publicado recientemente una voluminosa monografía firmada por la politóloga alemana Kristina Spohr: Después del Muro. La reconstrucción del mundo tras 1989, un recorrido fascinante por aquel complejo período elaborado a partir de fuentes oficiales y extraoficiales, muchas de ellas inéditas hasta el momento. El resultado es un relato detallado y de gran pulso periodístico, lo que convierte su lectura en toda una aventura… muy real.

La autora analiza, con precisión de cirujana y desde una perspectiva novedosa, el papel del presidente estadounidense George H. W. Bush (Bush Padre), así como el de Mijaíl Gorbachov, Margaret Tatcher, Hetmut Kohl y François Mitterrand, enmarcando a su vez la transformación europea dentro del contexto global, entrelazando con pericia detectivesca las líneas temporales occidental y asiática al comparar los sucesos de Berlín y Moscú con los de Pekín: mientras el Muro de Berlín se derrumbaba, se aplacaron a la fuerza las protestas en la plaza de Tiananmén, en Pekín. El mundo cambió drásticamente pero, al menos en China, el comunismo no sucumbió a las protestas del movimiento prodemocrático, que fue brutalmente reprimido por Deng Xiaoping dando impulso a otro tipo de comunismo (capitalista en lo económico) que ha llevado al gigante asiático a convertirse en la segunda potencia a nivel mundial.

Aquella salida global de la Guerra Fría fue el origen del mundo de Putin, Trump y Xi, con una Unión Europea frenética (de la que se desmarcó el Reino Unido con lamentables consecuencias, un euroescepticismo impulsado por la pandemia del coronavirus y una visión distinta de la democracia entre los países miembros, casos por ejemplo de Ucrania, Polonia o Bielorrusia), estados corruptos y una terrible crisis migratoria y económica.

En una entrevista al diario ABC en mayo de este 2021, con motivo del lanzamiento del libro en castellano, su autora sentenció: «Los auténticos ganadores de la Guerra Fría fueron los ciudadanos de Europa del Este que exigieron libertad».

He aquí el enlace para adquirirlo en papel (tapa dura con sobrecubierta) y en eBook:

https://www.penguinlibros.com/es/historia/38874-despues-del-muro-9788430622108

La caída del imperio soviético:

La editorial Actas publicó recientemente este monumental y minucioso volumen sobre el fin de la Guerra Fría y la caída de la URSS, escrito por un testigo de excepción: el español nacido y criado en Rusia Boris Gutiérrez Cimorra, quien durante años compaginó su trabajo como ingeniero aeronáutico–se graduó en el Instituto de Aviación de Moscú–, con colaboraciones periodísticas y programas de radio, hasta convertirse en 1972 en una de las voces más emblemáticas de Radio Moscú, la cadena que emitía programas para América Latina. Se instaló definitivamente en España con su familia en 1977, emprendiendo una nueva carrera profesional en el mundo de las finanzas y más tarde se volcó en su faceta como novelista y ensayista. 

El 25 de diciembre de 1991, el líder aperturista Mijaíl Gorbachov, que intentó modernizar el país sin éxito, dimitió de todos sus cargos entregando el poder y dando por concluida la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. La URSS, un gigante implacable que poco antes parecía imbatible para los más avezados observadores internacionales, se derrumbaba estrepitosamente tras 70 años de un régimen totalitario que nació de la esperanza de acabar con el gobierno zarista y terminó en el mayor de los fracasos. Ni siquiera la esperanza en la Perestroika logró consolidar las nuevas expectativas: una gran crisis endémica, heredera de las profundas carencias de tiempos anteriores, la eclosión de los nacionalismos, y a juicio del autor, una estrategia política profundamente equivocada, dieron al traste con el proyecto de Reconstrucción pero dieron paso también a una época renovada de la mano de nuevos líderes como Borís Yeltsin al frente de la Federación Rusa, quien encabezó con acierto la oposición al golpe de Estado de agosto de 1991. El comienzo de una nueva era.

El enlace para adquirilo en papel (tapa dura con sobrecubierta y más de 32 fotografías):

En el Muro de Berlín: la ciudad secuestrada

El español Sergio Campos Cacho lleva veinte años viviendo en Alemania, donde trabaja como bibliotecario, y es el autor de un documentado trabajo recientemente publicado por Espasa: En el Muro de Berlín. La ciudad secuestrada (1961-1989). En sus páginas, el autor reconstruye la historia de la muralla de hormigón de 156 kilómetros que cercaba completamente la zona occidental para impedir que los habitantes de Alemania Oriental abandonaran el país. Conoceremos con detalle el plan que desarrollaron los dirigentes comunistas de la RDA para controlar la libertad y movimientos de sus ciudadanos, los puntos álgidos de desencuentro y conflicto de ambas y antagónicas sociedades, aunque pertenecientes a la misma nacionalidad. Y, sobre todo, rememora 60 años después de la construcción del Muro la trayectoria vital de esas 140 personas que perdieron su vida intentando cruzarlo.

Campos Cacho está preparando actualmente la biografía y la edición de las obras del renegado comunista español Enrique Castro Delgado (1907-1965). Metalúrgico y periodista de profesión, durante la Segunda República participó activamente en el Comité Central del Partido Comunista y fue uno de los líderes de las Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas (MAOC), así como redactor de noticias del área local del periódico Mundo Obrero. Cuando estalló la Guerra Civil, participó en la creación y organización del llamado Quinto Regimiento, del que sería su primer comandante en jefe. Ocupó distintos cargos de importancia en el seno de las organizaciones comunistas durante la contienda y finalmente tuvo que optar por la vía del exilio, primero a Francia y después a la Unión Soviética, siendo el representante del PCE en la Internacional Comunista –Komintern– hasta su caída en desgracia. Regresó a España en 1963 tras una estancia en México y pasó a colaborar para el llamado segundo franquismo, siendo muy crítico con el comunismo y con sus antiguos correligionarios, escribiendo dos obras: Hombres made in Moscú (1960) y Mi fe se perdió en Moscú (1964). Estaremos atentos a su lanzamiento. Mientras tanto, he aquí el enlace para adquirir En el muro de Berlín:

https://www.planetadelibros.com/libro-en-el-muro-de-berlin/331426