Alexandra Kolontái: la feminista revolucionaria

La editorial Crítica publica la crónica de una mujer excepcional, única y controvertida que luchó por la visibilidad de las mujeres y sus derechos en un tiempo y en un país –la vieja Rusia zarista que se asomaba al abismo de la revolución– en el que estos no eran precisamente una de las principales preocupaciones de una belicosa sociedad abierta a profundos cambios sociales e ideológicos. Una luchadora no exenta de sombras. Su título es Alexandra Kolontái. Una feminista en tiempos de la Revolución Rusa.

Óscar Herradón ©

De hecho, en relación con la población femenina, sucedía precisamente todo lo contrario, algo que por desgracia aún se mantiene en diversas sociedades bien entrado el siglo XXI: su opinión apenas era considerada, en la mayoría de países no podían votar, por supuesto no podían engrosar las filas de los ejércitos (algo que cambiaría con la Revolución Rusa, precisamente el movimiento en el que se haría un nombre nuestra protagonista), ni desafiar las normas de unas sociedades profundamente patriarcales y machistas.

Nacida en San Petersburgo en 1872, dos años antes de la citada Revolución Rusa Alexandra Kolontái estuvo en primera línea de los cruciales acontecimientos políticos de aquel convulso periodo que cambiaría el siglo XX: fue la primera mujer de la historia en estar al frente de un ministerio en el gobierno de una nación (el Sovnarkom, primer gobierno de Lenin). Y aunque se dejó cautivar en cuerpo y alma por el comunismo, en el que haría carrera, no era una hija del movimiento obrero, sino que pertenecía a una familia aristocrática.

Fue una abanderada de la libertad y la desobediencia desde muy joven. Desafiando a sus progenitores, se casó con el hombre al que ella había elegido, el ingeniero Vladímir Lúdgovich Kolóntai, del que conservaría toda su vida el apellido que la haría célebre a pesar de que se separaron pronto, cansada, según afirmó, del matrimonio, una vida que no era para ella (aunque se casaría nuevamente con el militar soviético Pável Dybenko). De aquella relación con Kolontái nacería su hijo Misha, este sí, el gran amor de su agitada vida.

Alexandra Kolontái en 1908.

Una profunda vocación revolucionaria

Alexandra experimentó una verdadera «redención» (no mística, sino política) cuando en 1896, en pleno zarismo, al visitar una enorme fábrica textil en Narva (hoy al noreste de Estonia, pero entonces perteneciente a la Gran Madre Rusia), donde su marido debía instalar un sistema de ventilación para los miles de obreros que se hacinaban en aquel maloliente espacio donde se mezclaba la pobreza con la servidumbre: supo que debía ponerse al servicio del proletariado, en defensa de los más débiles. Tenía 26 años cuando se separó de Vladímir y dejó a Misha al cuidado de sus abuelos para marcharse a Zúrich a estudiar en profundidad el pensamiento marxista.

Tras los eventos que tuvieron lugar el Domingo Sangriento o Domingo Rojo de 1905 –una despiadada matanza de manifestantes pacíficos perpetrada por la Guardia Imperial rusa–, Kolontái tomó partido por los mencheviques y su exultante oratoria dejaría atónitos a los obreros en las fábricas que visitaba con frecuencia. Entonces sería testigo de primera mano de la brutal represión del Ejército zarista y fue tempranamente perseguida por las autoridades rusas debido a sus artículos y a su actividad como agitadora. Por ello decidió huir a Europa, donde se fraguaría su leyenda a base de mítines y congresos y donde definió la posición ideológica que la caracterizaría de por vida: dar respuesta a los problemas de las mujeres obreras ante la indiferencia de sus compañeros de Partido, muy volcados con el derrocamiento del zarismo y la imposición de la dictadura del proletariado, pero a los que el feminismo y la igualdad entre sexos les traía sin cuidado –en muchos casos, incluso, estaban abiertamente en contra–.

Lenin

Alexandra defendía la causa de las mujeres junto a otras pioneras contemporáneas de izquierdas como las alemanas Rosa Luxemburgo y Clara Zetkin o la francesa Inessa Armard en un mundo accidentado que se resistía todavía al cambio pero que no podía frenarlo. Eso sí, en ocasiones a base de mucha sangre derramada. Tras el estallido de la Gran Guerra (como se conocería el conflicto europeo hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial), en 1914, Kolontái participaría activamente junto a Lenin en la defensa del pacifismo realizando incontables giras. Como políglota, Alexandra se desenvolvía con fluidez en varios idiomas (inglés, francés, alemán, finlandés y por supuesto ruso) ante auditorios encandilados con sus arengas.

Después del estallido de la revolución en 1917, fue elegida miembro del Comité Ejecutivo de los Sóviets, convertida en portavoz del propio Lenin, por lo que la prensa la bautizaría como «Valkiria de la Revolución», aprovechando su posición para luchar a favor de las mujeres de los soldados y su precaria situación. Nombrada Comisaria de Asuntos Sociales en el Consejo de Comisarios del Pueblo, el citado Sovnarkom, su defensa de las mujeres y los niños la llevaría a tener numerosos encontronazos con otros miembros del partido (varones, claro) y finalmente a dimitir de su cargo, aunque durante la guerra civil rusa que enfrentaría a los bolcheviques y al Ejército blanco se pondría nuevamente a las órdenes de Lenin.

Jenotdel

Mientras tanto, se las apañó para organizar el Congreso Panruso de Mujeres Trabajadoras, semilla de lo que sería el Departamento de Mujeres Trabajadoras y Mujeres Campesinas del Partido Bolchevique de la Rusia Soviética (el Jenotdel), poniéndose al frente de su consejo editorial para promover la participación de las mujeres en la vida pública y mejorar su educación en pro de su empoderamiento, haciéndolas partícipes también de diversos proyectos sociales. Más tarde Kolontái dirigiría el Jenotdel y defendería con fervor el divorcio y el aborto, así como la plena igualdad entre hombres y mujeres, incluyendo (algo inédito entonces) su plena libertad sexual, ganándose nuevamente enemistades en el Partido.

Una camarada incómoda

Desde el principio tuvo importantes encontronazos con Lenin. En 1922 Kolontái participó en la llamada Oposición Obrera, un grupo que acusó al mismo líder de la revolución de alejarse de la clase obrera y que se mostraba en contra de la llamada Nueva Política Económica impulsada por el gobierno, criticando que su gigantesca y enrevesada burocracia era ajena al movimiento obrero. Alexandra fue marginada y  atacada duramente durante los congresos del Partido, y en 1923 logró escapar in extremis de una oleada de detenciones gracias a la intermediación de Stalin, por el que conseguiría desempeñar una función en la misión diplomática soviética en Noruega.

Durante ese tiempo, sin embargo, no abandonó su credo político y mostró su fidelidad al Partido (que la había maltratado) y a la causa bolchevique en diversos países: Noruega, México y Suecia, siendo nombrada en 1924 embajadora de la URSS en Noruega y convirtiéndose, otro hito, en la primera mujer embajadora de la historia, sobreviviendo a las grandes purgas desatadas por Stalin y que condujeron al gulag o al paredón a sus antiguos compañeros de la Oposición Obrera, lo que sería motivo de controversia hasta el día de hoy: ¿cuál fue su verdadera relación con el «zar Rojo»?

Tumba de Alexandra Kolontái en el cementerio Novodévichy en Moscú.

Alexandra Kolontái moría el 9 de mayo de 1952 en Moscú, al día siguiente del Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Y a pesar de su papel fundamental en los momentos previos a la revolución, en el gobierno posterior, la guerra civil y los años duros del estalinismo, la cúpula soviética intentó borrarla de la historia del Partido: no se publicó ninguna necrológica oficial ni fue enterrada con honores, como merecía alguien de su categoría política, en el Kremlin. Stalin pasaba a mejor vida menos de un año después, el 5 de marzo de 1953.

El impacto de Kolontái por estas latitudes

Con su fulgurante ascenso en el movimiento revolucionario internacional, no tardó en difundirse su obra por la España previa a la Segunda República y la Guerra Civil en un ambiente revolucionario que se extendía por toda Europa empujado por las victorias de los bolcheviques frente al Antiguo Régimen ruso. En 1928 se publicaba La bolchevique enamorada y en 1930 La juventud y la moral sexual, que gozaría de un notable éxito tras el establecimiento de la Segunda República y el auge de las organizaciones de corte revolucionario y feminista que clamaba por la emancipación de la mujer en una sociedad fuertemente «chapada a la antigua» (y no precisamente en beneficio del género femenino).

En 1931 se publicó La mujer nueva y la moral sexual y ya en plena Guerra Civil, en 1937, la Editorial Marxista publicaba en Barcelona El comunismo y la familia y el Secretariado Femenino del POUM (el Partido Obrero de Unificación Marxista que en Cataluña libraría una guerra abierta contra el comunismo estalinista), también en la ciudad condal, El amor y la moral sexual. Por supuesto, con el triunfo del bando sublevado y la instauración del franquismo, que duraría cuarenta largos años, la memoria de Kolóntai fue borrada y sus libros prohibidos en nuestro país hasta el año de la muerte del dictador, 1975, cuando se publicaron, y aún con el azote de una exhaustiva censura, varias de sus obras, que gozarían de un nuevo impulso tras la Transición y la recién nacida democracia.

d’Encausse

Kolontái fue acusada de blanquear a Stalin. Ahora, nos llega la que es probablemente la biografía definitiva de esta mujer arrolladora de la mano de la importante historiadora francesa Hélène Carrère d’Encausse, que precisamente fallecía en agosto de este 2023 dejando un profundo vacío en la historiografía contemporánea. Como señala la autora, que no escatima en elogios a la revolucionaria rusa (pero también muestra sin titubeos sus sombras y las contradicciones del régimen soviético), Kolontái vivía con miedo a ser difamada y no criticó nunca al sanguinario dictador ruso, ese «hombre de hierro» que no fue precisamente fiel a la memoria de su antecesor Lenin –que había sido, paradójicamente, el político que lo había creado–, en pos del poder absoluto, ese que siempre ciega a los estadistas de todos los tiempos.

Lo demás es historia, recuperada con maestría y un pulso narrativo encomiable por la citada d’Encause, quien precisamente se hacía este año con el Premio Princesa de Asturias de las Ciencias Sociales, que fue entregado a título póstumo a esta mujer, quien fuera la primera en ocupar el cargo de «secretario perpetuo» de la Academia Francesa. Toda una pionera como la protagonista de su magnífica biografía.

He aquí el enlace para hacerse con el libro:

https://www.planetadelibros.com/libro-alexandra-kolontai/382869

El ansiado regreso de Blacksad

Por fin se lanza, de la mano de Norma Editorial, la segunda parte de Todo Cae, el séptimo volumen de la saga protagonizada por John Blacksad, firmado por Juan Díaz Canales y Juanjo Guarnido, una de las series más brillantes y exitosas del cómic patrio. El regreso por todo lo alto del gato detective de la Norteamérica de posguerra curtido en mil batallas.

Óscar Herradón ©

Blacksad, la que es hoy una de las series noir gráficas más célebres no solo en España sino a nivel internacional, nació con el nuevo milenio, que parece que fue ayer, pero hace ya la friolera de 23 años. Cuando el guionista de historietas Juan Díaz Canales y el dibujante también patrio Juanjo Garnido se conocen, pergeñan el personaje de Blacksad, un detective antropomorfo (con forma de gato) de vuelta de todo y dispuesto a poner orden allá donde le es posible, en ocasiones, cual némesis del mejor detective del cine negro del Hollywood clásico, saltándose (solo un poquito) la ley.

Tras contactar con varias editoriales, y llevarse alguna que otra negativa (más de un editor estará hoy tirándose de los pelos) la francesa Dargaud da el visto bueno al proyecto y en noviembre de 2000 (hace justo ahora 23 años) se publica el primer volumen: Quel part entre les ombres (Algún lugar entre las sombras). A partir de ahí, su éxito será imparable y hoy la serie goza de numerosos reconocimientos internacionales, y lo más importante, el cariño de un nutrido público.

Diseccionando la América de posguerra

En sus aventuras Blacksad está acompañado –al menos desde la segunda parte, Arctic Nation, publicada en 2003, hace ahora dos décadas– del reportero Weekly (con forma de garduña), un periodista de raza (y sinvergüenza de espíritu) que lo acompañará en diversas aventuras –o desventuras más bien–. Juntos intentarán desmontar una oscura conspiración orquestada por las élites blancas en un escenario de marcada segregación racial, que no es sino la traslación a la viñeta del fuerte movimiento de extrema derecha y racista que cosechó éxito en tierras estadounidenses por aquel tiempo y que mantiene hoy, con fuertes vínculos con el Ku Klux Klan, una extensa ramificación en el país de las barras y estrellas (otro acierto más, a mi parecer, de la serie: el darle una impecable verosimilitud histórica a cada trama).

También se asoman a la caza de brujas promovida por el senador Joseph McCarthy en una fiebre anticomunista que azotó principalmente a los creadores de Hollywood y que sembró un estigma generacional que todavía pudo comprobarse en la reacción del público en 1999 cuando la Academia le concedió el Oscar honorífico a Elia Kazan y media platea no se levantó porque el realizador había sido uno de los delatores. Al margen de la política, fue uno de los grandes directores de todos los tiempos. Tanto daño hizo aquella persecución…

Canales y Guarnido nos sumergen igualmente en el sórdido mundo de la noche (en este caso en la mítica Nueva Orleans) donde se dan la mano clubes de jazz, tipos peligrosos –una vez más– y la heroína, ese «polvo mágico» que hoy vuelve a estar tristemente de moda entre los sectores más bajos de las sociedad estadounidense junto al fentanilo; crímenes de todo tipo, guiños a la generación beat… todo un fresco de la América de finales de los cuarenta y la década de los cincuenta. Noir «de raza» (en este caso gatuna) en su más pura esencia.

Todo Cae, segunda parte

Ahora, Norma Editorial nos brinda la oportunidad de acercarnos a la nueva aventura del gato con gabardina y mucho arrojo: lanza la segunda parte de Todo Cae. En la primera entrega, nuestro (anti)héroe gatuno recibe el encargo de proteger a un líder sindical de trabajadores del metro que está bajo amenaza de la mafia de las comadrejas (otro claro guiño a la parte más turbia de la historia estadounidense, la de los sindicatos, en este caso de camioneros, controlados por Jimmy Hoffa, con importantes vínculos con el crimen organizado). Su investigación se topará entonces con una enrevesada trama que involucra a las altas esferas de la sociedad. ¿Hay algo más actual que la corrupción y el poder político en cualquier rincón del planeta?

Misma elegancia en cada página, igual mimo en el tratamiento del dibujo (¡qué maravilla de color!) y los personajes y el guion dignos del mejor creador de thrillers del siglo XX, incluso un Marlowe o un Hammett (a los que sin duda homenajean sus creadores en cada página). ¿Qué más se puede pedir? Para aquellos que no se hayan sumergido todavía en el rico y adictivo universo de esta serie de la viñeta (pocos, seguro, entre los amantes del noveno arte), Norma Editorial también dispone de un maravilloso volumen integral de Blacksad que integra los cinco primeros títulos previos a Todo Cae. Una joya gráfica que sin duda merece la pena.

He aquí el enlace para adquirir el segundo tomo de Todo Cae, y eso… dejarse caer a plomo en sus maravillosas páginas:

https://www.normaeditorial.com/ficha/comic-europeo/blacksad/blacksad/blacksad-7-todo-cae-segunda-parte

Luces y sombras de la Inquisición española

La editorial Edaf acaba de publicar un exhaustivo y a la vez entretenidísimo ensayo que sitúa a la Inquisición española en su justo lugar en la historia. Un tribunal, el del Santo Oficio, que durante siglos fue objeto de grandilocuentes ataques por los partidarios de la llamada «Leyenda Negra» que tanto daño ha hecho al estudio del imperio español (lo que forjó un desvirtuado imaginario colectivo sobre su proceder), y cuyos procesos –del comienzo de las pesquisas al dictamen de las sentencias– son explicados con detalle en sus muy documentadas páginas.

Óscar Herradón ©

No es un tribunal que despierte simpatía. Obvio: perseguía prácticas y creencias y fue el responsable de castigos que en muchos casos implicaban la pena de muerte. Cuando te delataban y ya eras sospechoso, nada bueno cabía esperar (aunque también se leyeron sentencias exculpatorias y se persiguió la falsa delación, como bien indican las Instrucciones del organismo). Hay que tener en cuenta que se estableció, y desarrolló, en un tiempo donde Dios y la Iglesia tenían la entidad que hoy tiene la política, algo que no es fácil de comprender para la mentalidad actual, y eso es capital a la hora de estudiar sus acciones, que es lo que hace el autor de La Inquisición Española. Realidad y procedimiento del Santo Oficio, Darío Madrid.

No es que fueran dignos de elogio muchos de sus procesos ni que haya que cantar las glorias de un tribunal constituido para castigar la herejía (en ocasiones con la pena capital –no, no había eso que hoy llamamos libertad de conciencia ni de religión–), pero tampoco fue el organismo aterrador, siniestro y despiadado que vendieron los enemigos de España, que eran muchos, ni el único de este tipo que funcionó en aquellos tiempos (incluidos los de la órbita protestante, en algunos casos mucho más sanguinarios). Ya sé, lo de «mal de muchos…» no es lo mejor a lo que agarrarse, pero es que era como funcionaba el sistema, nos gustase o no. Y no solo en Occidente.

Tampoco la Inquisición nació en estas latitudes, como cree erróneamente un amplio número de personas, sino que debemos remontarnos a tiempos medievales (a raíz de la herejía cátara) para ver su origen, aunque bajo el orbe de los Reyes Católicos Roma otorgaría privilegios especiales a los inquisidores de los reinos hispánicos que harían que la institución gozara por estos lares de gran popularidad (y a su vez fuera fruto de numerosos ataques, la de todos los enemigos de una Corona cada vez más poderosa) y se impulsara su expansión. Aquel proceso no estuvo exento tampoco de problemas y diferencias entre la corte española y el Vaticano.

Leyenda Negra VS Leyenda Rosa

Durante siglos la llamada Leyenda Negra vomitó pestes (y falsedades) contra diversas instituciones españolas, entre ellas, ocupando un lugar de honor, el Santo Oficio. Yo mismo, hace bastantes años, en un reportaje sobre instrumentos de tortura inquisitoriales, cometí el error de repetir datos –en gran parte erróneos– que se han divulgado hasta la saciedad sobre artefactos que jamás utilizó la Inquisición española (y sí, en varios casos, las «inquisiciones» de la órbita protestante); leer un libro así sirve para solventar errores de este tipo, de los que ninguno estamos a salvo, menos ahora con la información sin control que agita la red.

El autor incluye un amplio y detallado epígrafe, muy clarificador, sobre este punto, donde señala que la mayoría de instrumentos atribuidos al Santo Oficio son falsos, creaciones decimonónicas creadas para los llamados «Museos de la Inquisición» que pretendían aterrorizar a los visitantes, pero no siendo precisamente históricamente rigurosos; museos que hoy en día se pueden ver en muchos puntos de España, como Toledo o Cantabria.

No, la Inquisición Española no usó las llamadas «damas o doncellas de hierro», que parece que fueron un invento tardío inspirado en la denominada «capa de la infamia», usada en Alemania, ni tampoco artilugios como el «aplastacabezas» o la «pera vaginal u anal». Una de las directrices del Santo Oficio, recogida en sus Instrucciones, era precisamente que el reo, durante el tormento, no debía sangrar, y tampoco (en la medida de lo posible, aunque no siempre se lograba) se debía dañar ningún miembro, pues la finalidad última era la confesión. Entonces, ¿qué sentido tendría sacarle a un acusado literalmente los sesos o reventarle los intestinos?

El Auto de Fe de 1680 en la Plaza Mayor de Madrid.

No, no se usaban dichos artilugios, lo que no quiere decir que no se hiciera uso del tormento ni que no hubiese un procedimiento que el derecho actual no podría siguiera plantearse: «En el caso de que la denuncia tuviera verisimilitud, cierta gravedad a ojos de los inquisidores y no fuera anónima, se procedía a la detención preventiva del acusado. Debemos partir del hecho, al contrario de lo que es norma para el derecho penal actual, de que por aquel entonces se presumía que las denuncias eran ciertas. No regía el principio en base al cual el denunciado no era culpable hasta que se demostraran los hechos de que le acusaban. Era al revés: se presumía que el denunciado era culpable hasta que se demostrara su inocencia». Para más inri, el acusado no conocía la identidad de sus acusadores, aunque le quedaba el recurso del llamado «escrito de tachas», que explica muy bien el autor en estas páginas.

Aquello, claro, dificultaba las cosas para el que se encontraba en el punto de mira del Santo Oficio. Como cuenta Darío Madrid, fueron tres los colectivos que más denuncias presentaron ante la Inquisición: los vecinos y conocidos de los denunciados, los religiosos y sacerdotes, y personas que se encontraban detenidas que, en el curso de sus interrogatorios, ya fuera por los tribunales seglares o de la Inquisición, denunciaron a otras personas.

Está claro, por lo que se desprende del revelador contenido de este ensayo, que el autor no pretende ni mucho menos ensalzar la otra leyenda, la «rosa», que tiende a blanquear, también de manera fraudulenta, el pasado, pero la historia de hace cinco siglos no puede narrarse desde el punto de vista de los derechos humanos actuales (que no existían) ni las guerras desde el punto de vista (por otro lado loable) de un pacifismo que en siglos pretéritos no se concebía, pues la guerra formaba parte del desarrollo mismo de los estados.

Las persecuciones protestantes

En las páginas de este trabajo, que viene con un pliego central de fotografías que resumen a la perfección lo más notable de su contenido, Darío Madrid también nos sumerge en esa otra historia oscura de aquel tiempo en el que no solo la Inquisición española actuaba de forma implacable: también lo hacían –en ocasiones con muchos menos miramientos y sin ajustarse a norma alguna– las autoridades (por lo general civiles) de los países protestantes. Así, cuenta el martirio y ejecución del español Miguel Servet por la inquina de Juan Calvino (Servet había sido declarado hereje tanto por la Inquisición romana como por los protestantes), la persecución de los católicos en tiempos de Enrique VIII y su hija Isabel I (sin obviar la persecución protestante durante el reinado de la medio hermana de esta, María Tudor, quien llegaría a casarse con el español Felipe II), las guerras de religión en Francia o casos celebérrimos de brujería que afectaron al Santo Oficio (pocos), el más tristemente célebre el de las brujas de Zugarramurdi, que se materializó en el Auto de Fe de Logroño de 1606.

Como colofón, el autor nos ofrece sucintos apéndices, nada menos que las Instrucciones del Santo Oficio de Tomás de Torquemada así como las que fueron redactadas casi un siglo después por el también inquisidor general Fernando de Valdés.

He aquí el enlace para adquirirlo en la página de la editorial:

https://www.edaf.net/libro/la-inquisicion-espanola_149696/

PARA SABER (MUCHO) MÁS:

Imperiofobia y Leyenda Negra (Ediciones Siruela)

Aunque es habitual atribuir el término «leyenda negra» en relación a la manipulación de la historiografía hispánica al historiador y periodista madrileño Julián Juderías (1877-1918), no se sabe con exactitud su origen. Hay registros de que lo utilizaron antes que él escritores de la talla de Emilia Pardo Bazán (durante una conferencia en París) o Vicente Blasco Ibáñez. No obstante, las obras de Juderías (La leyenda negra y la verdad histórica y La leyenda negra: estudios acerca del concepto de España en el extranjero, entre otros títulos) contribuyeron como ninguna a extender el concepto por toda la comunidad hispanohablante.

Dando un salto a la actualidad, un libro que en los últimos años ha contribuido como pocos a internacionalizar dicha idea y a desmontar falsos mitos sobre nuestro pasado es un auténtico éxito de ventas que publicó (y ha reeditado numerosas veces en distintos formatos) Ediciones Siruela: Imperiofobia y Leyenda Negra: Roma, Rusia, Estados Unidos y el Imperio español, de la prestigiosa filóloga Elvira Roca Barea, con prólogo de Arcadi Espada, un ensayo que ha cosechado ya más de 150.000 lectores.

La autora acomete en este portentoso y revelador libro la cuestión de delimitar las ideas de imperio, leyenda negra e imperiofobia. De esta manera el lector podrá entender qué tienen en común los imperios y las leyendas negras que irremediablemente van unidas a ellos, cómo surgen creadas por intelectuales ligados a poderes locales y cómo los mismos imperios las asumen. El orgullo, la hybris, la envidia, no son ajenos a la dinámica imperial. La autora se ocupa de la imperiofobia en los casos de Roma, los Estados Unidos y Rusia para analizar con más profundidad y mejor perspectiva el Imperio español. El lector descubrirá cómo el relato actual de la historia de España y de Europa se sustenta en ideas basadas más en sentimientos nacidos de la propaganda que en hechos reales.

La primera manifestación de hispanofobia en Italia surgió vinculada al desarrollo del humanismo, lo que dio a la leyenda negra un lustre intelectual del que todavía goza. Más tarde, la hispanofobia se convirtió en el eje central del nacionalismo luterano y de otras tendencias centrífugas que se manifestaron en los Países Bajos e Inglaterra. Roca Barea investiga las causas de la perdurabilidad de la hispanofobia, que, como ha probado su uso consciente y deliberado en la crisis de deuda, sigue resultando rentable a más de un país. Es sabido por todos que el conocimiento de la historia es la mejor manera de comprender el presente y plantearse el futuro.