10 curiosidades sobre Bécquer

Hoy, 22 de diciembre, día de loterías y compras navideñas, pero en el que el dichoso Covid sigue cebándose con la población, se cumplen 150 años de la muerte de uno de los grandes autores de nuestras letras, Gustavo-Adolfo Bécquer. El autor de «Volverán las oscuras golondrinas…» es toda una caja de sorpresas. Un hombre lleno de claroscuros, de vida nada fácil y destino trágico del que anotamos unas cuantas anécdotas en el siguiente post, a modo de humilde homenaje a un poeta que nos hizo –nos hace– soñar en medio de la dura realidad que el tan bien conocía.

Óscar Herradón ©

–Como todo buen poeta, debía tener su musa. La suya fue la señorita Julia Espín, a la que dedicó sus primeras Rimas, como «Tu pupila es azul…». Pero como en toda buena historia romántica, fue un amor no correspondido: a la dama parece que no le gustaba la vida bohemia de escritor de su pretendiente.

–En este 2020, con la monarquía española en el punto de mira por los últimos escándalos del Emérito, sorprende saber que Gustavo-Adolfo y su hermano Valeriano parece que fueron casi con seguridad los autores de un álbum anónimo de láminas satíricas realmente escandaloso –y explícito–, pero de gran ingenio: Los Borbones en Pelota. Ciento cincuenta años antes de que varios trabajadores de la revista satírica El Jueves fuese condenada por la Audiencia Nacional por «vilipendiar» al entonces príncipe y hoy rey Felipe VI, a los periodistas españoles no les dolían prendas para condenar al poder y burlar la censura en una España católica, apostólica y monárquica. Hoy, en plena democracia, ¿acaso vamos hacia atrás?

–Hoy es imposible imaginar la lírica española sin las «Rimas» pero lo cierto es que a punto estuvieron de pasar al olvido más absoluto. Bécquer se las entregó al periodista y político Luis González Bravo, entonces Ministro de la Gobernación y protector del poeta, para que éste escribiera un prólogo al poemario, pero en aquellos años de movimientos revolucionarios, tensión política y mucha actividad en el Congreso, estalló «La Gloriosa» y el manuscrito se perdió. Por ello, el poeta romántico volvió a realizarlas –probablemente con notables cambios– para introducirlas después en El libro de los gorriones, que se publicó en 1871, un año después de su muerte.

Lámina satírica de «Los Borbones en pelota»

–Como buen exponente del Romanticismo, Gustavo Adolfo fue un joven azotado por la enfermedad: sufrió de tuberculosis, una de las principales afecciones que acabaron desembocando en su temprana muerte, menos trágica, no obstante, que la de otro de los grandes escritores románticos, Mariano José de Larra, que optó por el suicidio.

–En 1857, ya enfermo de tuberculosis, y a pesar de su creciente pesimismo, emprendió un ambicioso proyecto inspirado en la obra apologética El genio del Cristianismo, de su admirado François-René de Chautebriand, publicada por primera vez en 1802. Su intención: una visión global del arte cristiano español desde distintos ángulos, pues, según sus propias palabras: «La tradición religiosa es el eje de diamante sobre el que gira nuestro pasado. Estudiar el templo, manifestación visible de la primera, para hacer en un solo libro la síntesis del segundo: he aquí nuestro propósito». No vería la luz la obra completa, sino solo el primer tomo, bajo el título de Historia de los templos de España.

–Durante un corto periodo de tiempo, en torno al año 1859, ejerció como crítico en el diario conservador por antonomasia, el vespertino La Época, publicado en Madrid entre 1849 y 1936, el año del estallido de la Guerra Civil.

–Aunque destacó su prosa y su poesía, llevándole a la posteridad, también mostró una notable faceta como dibujante, sin duda influido por los lienzos y dibujos de su padre durante su niñez. Poseía una buena técnica donde reflejaba tanto la vida como la muerte y representó sus mundos imaginarios –que han sido tildados de posromanticismo–, muchos de ellos de influencia oriental, que salpicaron sus Rimas y Leyendas. Llegó a afirmar que la pintura es «un medio de expresión hacia lo inefable», superando a la escritura.

–Su obra está, como la de algunos de sus contemporáneos, muchos extranjeros, fuertemente influida por el género gótico y los movimientos románticos, destacando entre sus leyendas un fuerte influjo de las supersticiones, el orientalismo, la muerte y la vida de ultratumba, la religión o la vida animista.

–Tras su muerte, sin haber alcanzado ni mucho menos gran notoriedad literaria, sus buenos amigos no le olvidaron y al día siguiente de su entierro, comandados por el pintor Casado del Alisal, tomaron la decisión de recopilar, ordenar y finalmente publicar toda su obra. Sin este gesto, probablemente hoy no formaría parte del panteón de nuestros ilustres decimonónicos.

–Su muerte ha sido achacada a la tuberculosis, la sífilis o los problemas de hígado, pero el misterio continúa. Sus últimas palabras parece que fueron: «Todo mortal».

PARA SABER MÁS:

Está claro que para conocer a Bécquer lo mejor es sumergirse en su obra, tanto la más conocida –las Rimas y Leyendas– como su importante producción periodística y política. Sin embargo, si queremos profundizar en su convulsa vida y en la razón última de su producción literaria y su pensamiento, precisamente con motivo del 150 aniversario de su muerte la siempre exigente editorial Cátedra ha publicado la que es hasta el momento la más completa –y probablemente definitiva– biografía del poeta sevillano: Bécquer. Vida y época, Una monografía firmada por el filólogo e historiador Joan Estruch Tobella, quien huye de rumores y tópicos para ofrecernos al autor en su esencia, en su verdadero contexto histórico, alejado de lugares comunes y falsos convencionalismos.

Según el autor, esa visión «distorsionada» de su figura, como un poeta «del amor y el dolor» bañado en un «sentimentalismo casero» fue el motivo de su mistificación y por tanto de la malinterpretación de su obra, como sucedió por ejemplo con muchos de sus textos políticos, relegados a un segundo plano durante mucho tiempo precisamente porque no casaban con su imagen de poeta romántico y «angelical». Vamos, que Tobella pone los puntos sobre las íes acerca de las muchas sombras que rodean a uno de nuestros grandes literatos. D.E.P.

Prisiones siniestras de la historia (I)

En el siguiente post, realizamos un recorrido, desde la antigüedad a nuestros desconcertantes días, por los presidios y mazmorras más temibles erigidas por el hombre para el hombre. Algunas están impregnadas por la siempre presente huella de la leyenda, por lo general trágica, pero el misterio asoma también, cual intruso, cuando visitamos sus celdas, palpamos sus paredes, recorremos, como trasuntos de condenados en vida, sus polvorientos corredores de la muerte.

Óscar Herradón ©

Los gritos eran indescriptibles, el ambiente viciado y pestilente, las ratas, gigantescas, corrían a sus anchas, lacerando y comiendo la carne de los reos cuando éstos se descuidaban, agotados por la tiniebla; la cámara de torturas funcionaba a pleno rendimiento, el verdugo presto a desplegar toda su habilidad con artilugios que parecían ideados por la mano del mismo demonio… Celdas oscuras, llenas de humedad, sin comunicación posible con el exterior; la soledad, el hambre y la muerte inminente convertidas en única compañía. La falta de libertad como bandera.

Prisiones, presidios, cárceles… probablemente el lugar más temido por el hombre de todas las épocas, el reducto de piedra erigido para privar de libertad al ser humano, algo que hoy se hace más palpable ante el azote de la Covid-19 y el confinamiento obligado, lo que nos hace sentir un poquito cómo deben sentirse estos hombres, por desalmados que hayan sido. Un reducto pétreo en el que, por lo general, se cometieron atrocidades inimaginables con los congéneres y cuyas paredes, al menos aquellas de los que continúan en pie, son testigos mudos no solo del sufrimiento, que fue mucho, sino de episodios y sucesos cargados de misterio, el mismo misterio que sobrevolaba una atmósfera oscura, tétrica e impía de un rincón al otro del orbe azulado.

La Bastilla, prisión y símbolo regio

La Bastilla, símbolo del absolutismo francés, se ideó en 1356, en una época de gran convulsión política, en plena guerra contra los ingleses, a modo de recinto alrededor de París para proteger la ciudad de cualquier amenaza exterior, por orden de Etienne Marcel, en un momento en el que el rey galo era prisionero de los ingleses. La célebre torre de la prisión se comenzó a construir en la puerta de St. Antoine. La primera piedra fue colocada el 22 de abril de 1370 y en 1382, con Carlos VI sentado en el trono, se culminó su construcción; un impresionante edificio formado por ocho torres de 22 metros y unas paredes inexpugnables de cuatro metros de grosor.

Lo que empezó siendo una fortaleza que protegiera la ciudad de la luz acabó por convertirse en símbolo del poder real, en prisión de Estado en la que eran encerrado los reos por orden expresa del monarca, simplemente con carta sellada por Su Majestad –conocida como lettre de cachet. Un presidio que en numerosas ocasiones fue «alojamiento» de personas de renombre, como el cardenal del Balue, que fue encerrado en una jaula por orden del rey Luis XI, el mariscal de Biron, acusado de espía de los españoles, el célebre ministro de finanzas Fouquet, por orden de Luis XIV, o «inquilinos» tan célebres como Voltaire, que fue encerrado en ella dos veces y el enigmático hombre de la máscara de hierro, personaje cuya identidad aún hoy continúa siendo esquiva y ha dado pie a todo tipo de hipótesis: que si se trataba de un hermano del propio Rey Sol, que si era un hermano gemelo del monarca, que si Fouquet, e incluso el dramaturgo Molière o el propio mosquetero D’Artagnan, según la teoría esbozada por el historiador inglés Roger MacDonald.

En el siglo XVII, el temible cardenal Richelieu la utilizaría como cárcel de Estado, cuando tras sus gruesos muros se torturaba a los reos con crueldad hasta que confesaban sus «crímenes» –algo por otra parte habitual en aquel tiempo en cualquier prisión de cualquier país–. Algunas prisiones medievales contaban con algo que ya forma parte del museo de los horrores de la historia, un museo con demasiadas piezas; las denominadas oubliettes según la voz francesa, una palabra que deriva de oubli –olvido– y que consistía en pozos horadados en el suelo que servían de mazmorras, pero que acababan por convertirse en tumbas. Allí se arrojaba a los prisioneros más temidos –o a aquellos que simplemente se habían atrevido a desafiar el orden establecido–, donde eran relegados al olvido, alejados del mundo de los vivos hasta que morían de agotamiento, enfermedad o inanición. Aunque no se sabe con certeza si realmente existió, la oubliette más célebre según las crónicas fue precisamente la de la prisión «regia» francesa.

En el siglo XIX, el escritor galo Luis Blanc trazó un siniestro retrato de lo que fuera la Bastilla antes de la Revolución Francesa, un lugar ocupado por jaulas de hierro, calabozos subterráneos que eran «nido de sapos, lagartos, ratas monstruosas, arañas; una enorme piedra por todo mobiliario, cubierta con un poco de paja». Espacios donde el reo respiraba un aire viciado, pestilente, rodeado de las sombras del misterio y condenado a un encierro casi perpetuo, ignorante incluso de la pena por la que había sido condenado.

Una prisión que ha dado pie a numerosas leyendas y que en su día fue conocida como «el infierno de los vivos». Los reos sabían cuándo entraban, pero nunca cuándo habrían de salir. La Bastilla se convirtió así en símbolo del poder tiránico del rey, por lo que sería uno de los principales objetivos y símbolos de la Revolución Francesa, cuando fue tomada por una multitud enfervorecida que pretendía acabar con el símbolo del Antiguo Régimen. Aquello tuvo lugar el 14 de julio de 1789. El 21 de enero de 1793 era guillotinado el rey, Luis XVI, símbolo para los franceses de un tiempo de oscuridad y prisiones que, bajo el gobierno revolucionario y sus aniquilaciones en masa sería todavía más siniestro.

La Torre de Londres

Dos fueron las prisiones más célebres de Inglaterra durante siglos: la Marshalsea –donde sobre los reos generalmente pendían delitos financieros– y la Torre de Londres, todavía hoy símbolo de tortura y habitáculo pétreo para entidades atormentadas, quizá el más célebre presidio, junto a Alcatraz y la Bastilla, de la historia más oscura del hombre.

Foto Óscar Herradón (noviembre de 2014)

Situada a orillas del Támesis, fue fundada hacia el año 1066 por los normandos, con piedras blancas traídas de Francia. Sería Guillermo el Conquistador, en 1078, el encargado de construir la denominada Torre Blanca, comienzo de una edificaciónn que llamada posteriormente Palacio Real y Fortaleza de Su Majestad, sería utilizada tempranamente como prisión, convirtiéndose en símbolo de la opresión real. La Torre es un complejo fortificado de varios edificios situados dentro de dos anillos concéntricos de muros defensivos y un foso alrededor, y que sería ampliado en varias ocasiones durante los siglos XII y XIII, disposición que prácticamente se mantendría inalterable a partir de entonces. A partir del siglo XIV, con motivo de la coronación de un nuevo rey, una procesión partía desde este símbolo del poder de Inglaterra hasta la Abadía de Westminster, donde se realizaba la ceremonia en sí. Desde su construcción hasta el siglo XV fue utilizada también como residencia real, pero los Tudor preferirían utilizarla básicamente como fortaleza y prisión, una prisión rodeada de leyendas, estandarte del sufrimiento y la sinrazón humanas.

A lo largo de su historia, parece que solo unas siete personas fueron ejecutadas dentro de sus gruesos muros; lo común era trasladar a los condenados hasta una colina denominada Tower Hill, situada al norte de la fortaleza, donde a lo largo de cuatro siglos fueron ejecutadas al menos 112 personas, pero no sería raro que el número fuera mucho mayor. 

Foto Óscar Herradón (noviembre de 2014)

Es célebre también su Torre Sangrienta –Bloody Tower–. En principio, dicha cámara era una especie de estancia «de lujo», donde eran retenidos personajes de renombre como el arzobispo de Canterbury Thomas Cranmer, siendo quemado en la hoguera por orden de María Tudor al haber validado el matrimonio de su padre con Jane Seymour –no debemos olvidar que María era la hija de Catalina de Aragón, primera consorte y única legítima a ojos de los católicos del fallecido monarca inglés–. Pero más tarde pasaría a ser conocida con el escalofriante nombre actual, según la tradición, porque Ricardo III mandó asesinar en ella a sus sobrinos, aunque nunca se supo el verdadero destino de estos príncipes.

La Torre de Londres fue célebre en tiempos precisamente de los Tudor, con el citado monarca, tan pasional como depravado, su hija la católica María Tudor, y con su hermana, la protestante Isabel I –que curiosamente había estado encerrada varios años en dichas fortaleza–, cuando los espías a sueldo del secretario de Estado Francis Walsingham perseguían católicos con denuedo.

Máquinas de tortura, jaulas de hierro, una humedad y olor fétido que condenaba a los reos a un calvario constante… Durante el reinado del despiadado Enrique VIII, el verdugo más célebre de la fortaleza fue Sir Leonard Skevington, teniente de la Torre, quien ideó una máquina de tortura atroz y célebre desde entonces en Inglaterra: la llamada «hija de Scavenger –o Skevington–». Cuenta la tradición que durante un interrogatorio a un traidor al rey, en 1581, Skevington se encontró con el problema de que el reo medía más de dos metros, por lo que no podía ser torturado en el potro, la gran especialidad del jefe de los verdugos; fue así como a Leonard se le ocurrió crear un artilugio cuyo funcionamiento era precisamente el contrario al del potro: mientras este último se construyó para estirar las extremidades hasta casi desmembrarlas, la «hija de Scavenger» consistía en comprimir los miembros; era un dispositivo con dos grandes brazos que forzaban al reo a colocarse en posición fetal. Al ceñirlos podían destrozar la espalda y fracturar brazos y piernas; a medida que el acero presionaba la caja torácica, las costillas se fracturaban y dislocaban, los pulmones se comprimían y, en el momento culmen, la sangre brotaba a chorros por los orificios del cuerpo. Otra víctima de este terrible artefacto, poco usado por otra parte en los interrogatorios, fue Thomas Cottam, un sacerdote católico que fue ejecutado en tiempos de Isabel I de Inglaterra.

Famosa es también en la fortaleza la llamada «Puerta de los Traidores», que hoy puede verse en las visitas guiadas que se llevan a cabo en la fortaleza y que constituyen uno de los mayores atractivos turísticos de Londres. Construida por Eduardo I, en un primer momento esta, situada en la llamada Torre de St. Thomas, era una de las principales entradas fluviales del castillo, que cambió de nombre cuando se convirtió en el acceso por el que eran conducidos reos acusados de alta traición como Tomás Moro o Ana Bolena, cuya sombra, alargada, dicen que aún puede verse en su interior…

(Foto Óscar Herradón. Noviembre de 2014)

El «espectro» más célebre que aseguran se pasea por las dependencias de la Torre londinense, como digo, es el de Ana Bolena, decapitada por orden de su marido, Enrique VIII –quien tenía especial devoción por enviar a sus cónyuges al cadalso–, acusada de adulterio, incesto –con su hermano– y alta traición, quien permaneció encerrada en la prisión hasta su ejecución, en 1536. Cuentan que ha sido vista numerosas veces por miles de testigos en más de 100 lugares distintos de la fortaleza y la torre. Uno de los testimonios más célebres fue el de un joven centinela que 1864 hacía guardia debajo de la llamada «Casa de la Reina», quien aseguraba haberla visto recorrer los pasillos: de la niebla surgió una figura ataviada de blanco que, presurosa, se dirigía hacia él, traspasándole. Otra cosa es que aquella «visión» fuera fruto de la sugestión que y el temor que ya atenazaba a los guardianes, si no fuera porque la figura fue también vista por otros dos soldados, que aseguraron haber presenciado la escena. Otras leyendas del folclore inglés afirman que la madre de Isabel I, la Reina Virgen, solía aparecerse a los testigos sin cabeza, lo que se era fruto de la forma en la que había sido ajusticiada: decapitada por el verdugo.

Aunque parece no ser el único «fantasma» que se pasea a sus anchas por este símbolo londinense. Diversos testimonios afirman que también se aparece el de Lady Jane Grey, conocida como “la reina de los nueve días” –el escaso tiempo que reinó– quien también fue ejecutada en la Torre de Londres, donde fue encerrada por orden de la católica María Tudor al no renunciar a su credo protestante, acusada de participar en una rebelión de la que al parecer la desdichada ni siquiera había formado parte. Jane Grey fue sentenciada en febrero de 1554 y decapitada en la explanada que se hallaba en frente de la Torre. En 1957, en el aniversario de su ejecución, aseguran que un guardián vislumbró una masa blanquecina que acabó tomando la forma de Lady Jane, suceso corroborado por otro testigo.

(Fotografía Óscar Herradón. Noviembre de 2014. Con Teresa Nieto).

Otros «espectros célebres» son los de Thomas Beckett –quien aparece golpeando uno de los muros con su crucifijo–, o una procesión fantasmal que al parecer puede verse en el aniversario de la ejecución de Margarita Pole, ordenada por el sanguinario Enrique VIII que ya he citado anteriormente. Las extrañas apariciones han llegado a afectar a un edificio de oficinas de lujo situado frente a la fortaleza, cerca del Tower Bridge, donde los operarios de mantenimiento y limpieza afirman haber observado la aparición de una dama en la primera planta, junto al hall y también en los pasillos de la segunda planta. No obstante, la tradición fantasmagórica está fuertemente asentada en Inglaterra y Escocia, y fue impulsada por los escritores románticos, que dejaron una huella indeleble en sus gentes, muy predispuestas a observar «fenómenos extraños» que quizá no hayan tenido jamás lugar. Ya sabemos del fuerte poder de la sugestión…

Sea como fuere, la Torre de Londres y aledaños es un lugar misterioso y extraño que aún conserva entre sus muros el aroma de un tiempo de injusticia y temor en el que los monarcas dictaban sus órdenes implacablemente, por lo que se quizá se escuchen los lamentos eternos de los que allí fueron sacrificados sin compasión bajo el hacha del verdugo. Si alguien se aventura a visitarla, que le dedique al menos medio día entero, pues la visita el larga, fascinante, obligada para los apasionados de la historia.

La Isla del Diablo

Como en la archifamosa serie Perdidos, pero con un argumento tristemente real, los habitantes de la isla del diablo estaban prisioneros en un paraíso del que no podían escapar; su ubicación, el agua que la rodea, eran sus verdaderos barrotes. Una colonia penal en Panamá en la que tuvieron lugar hechos terribles, luctuosos, que todavía se palpan en ese ambiente por lo demás paradisíaco. Pero la exuberante vegetación no es capaz por sí sola de ocultar el sufrimiento y la muerte que allí tuvieron lugar, los miles de cadáveres que descansan bajo su tierra tras años de padecimientos indescriptibles.

La Isla del Diablo –nombre que también se daría a la estadounidense Alcatraz– es la más pequeña de las tres Islas de Salvación y se halla a 11 km de la costa de Guayana francesa, con una extensión de 0,14 km2. Rocosa y cubierta de vegetación tropical, se encuentra a unos 40 metros sobre el nivel del mar.

Su historia como presidio comienza en 1851, cuando el emperador francés Napoleón III decidió utilizarla para enviar lejos del país a prisioneros de todo tipo, desde criminales y asesinos a presos políticos. El presidio era administrado desde Korou, en tierra firme, pero las condiciones en la isla eran estremecedoras, en condiciones sanitarias y alimenticias infrahumanas, de ahí su significativo nombre. Desde 1852 hasta 1938 fueron enviados al lugar más de 80.000 prisioneros, la mayoría de los cuales no salía jamás con vida.

El penal fue clausurado en 1946, siendo repatriados a Francia la mayoría de sus presos, algunos tan célebres como Alfred Dreyfus, que pasó allí cuatro años hasta que fue declarado inocente en 1906 a raíz del «Caso Dreyfus», el anarquista Clément Duval, quien escribiría en sus Memorias acerca de su paso por la isla, describiéndola como «uno de los barrios bajos de Sodoma, construida en la sombra de la bienintencionada burguesía de la Tercera República, un tributo a su modesta moralidad y su positiva ciencia penal». Al margen de esta descripción, influenciada sin duda por su pensamiento político, lo cierto es que la Isla del Diablo fue un lugar sobrecogedor. Quien mejor plasmó sus vivencias en aquel paraíso tropical que tras su exuberante vegetación ocultaba lo más sórdido de la humana, fue Henri Charrière, quien a través de su célebre novela Papillon –llevada también con éxito al cine por Franklin J. Schaffner en 1973– narraba sus numerosos intentos de fuga de las Islas de Salvación y también de la Isla del Diablo, describiendo algunas de las atrocidades que allí se cometían. Un historia cuya veracidad ha sido cuestionada numerosas veces, pero que no desmerece la siniestra fama de un lugar que, como bien indica su nombre, parecía haber sido construido y custodiado por los lugartenientes del príncipe de las tinieblas.

Este post continuará, tras los barrotes…

PARA CURIOSEAR UN POCO MÁS:

Tras el éxito cosechado con el libro La vuelta al mundo en 80 cementerios, el autor Fernando Gómez publica también con Ediciones Luciérnaga su nuevo trabajo, que nos viene que ni pintado para la temática de este post: El mundo a través de sus cárceles, un inquietante y tenebroso paseo por los presidios más emblemáticos, algunos de ellos citados en estas líneas: desde la Cárcel Mamerina de Roma o la Prisión de los Plomos de Venecia a la cárcel de Reading, en Inglaterra, la prisión australiana de Port Arthur o la siempre sugerente Alcatraz, «la Roca», que preside la sugerente portada del ensayo que podéis ver bajo estas líneas. En tiempos de confinamiento forzoso, no esta mal ver cómo han malvivido los reos, por muy temibles o despreciables que fueran, de un rincón al otro de este planeta (in)humano.

Payasos «asesinos»: algo más que una moda pasajera (II)

Este año no han causado los mismos estragos, quizá porque ya se ha encargado el Covid de desconcertarnos en un grado mucho mayor, y por desgracia más mortífero. No obstante, ante el debate en redes sobre si realmente se está trabajando en el proyecto de It capítulo 3, con regreso delirante del Pennywise de Stephen King, y con la resaca de un Halloween con mascarillas sanitarias en detrimento de terroríficas máscaras de látex o maquillajes imposibles, más por obligación que por placer, el fenómeno de los «payasos asesinos» vuelve a estar de actualidad. Recordamos sus excesos

Óscar Herradón ©

Pexels (Free License) Cottonbro

Pronto la CNN, aquel 2016, informaba de que la psicosis colectiva había saltado a Europa y que la moda «payasa» había causado numerosos incidentes en diversas localidades de Reino Unido: en Cumbria, por ejemplo, se los pudo ver en distintos lugares portando cuchillos y otras armas. En Durham, las autoridades investigaron la persecución de un hombre disfrazado que persiguió a cuatro niños con un cuchillo en lo que parece ser una grotesca broma globalizada. La policía de la región de Thames Valley, al oeste de Londres, registró hasta 14 casos en un solo fin de semana.

Por otro lado, un usuario de Facebook de la localidad de Leicestershire señaló que: «Estaba caminando por el cementerio de Shelthorpe en la acera junto a la escuela y se me acercó lo que solo puede ser descrito como un payaso con un hacha. Nunca he estado tan aterrorizado en mi vida».

También hubo notables incidentes en Australia y Canadá, donde se reportaron avistamientos en Quebec, Halifax, Gatineau, Ontario, Toronto y Ottawa, entre otros populosos lugares.

Pexels (Emre Kuzu)

En Mexicali, Baja California, era detenido a primeros de octubre de aquel año un menor de 15 años de edad ataviado con una máscara de payaso –bastante cutre, todo sea dicho– y un hacha, por la Dirección de Seguridad Pública en el Valle de Puebla. Fue identificado como Víctor Javier y, por gracioso, no tardó en tener su propia ficha policial y su posado ante las cámaras dio la vuelta al mundo.

También en México, en la ciudad de Querétaro, fueron detenidos el 18 de octubre de aquel año cinco adolescentes disfrazados de clowns que según la policía amenazaban a las personas con golpearlas con bates de béisbol, aunque no se les pudo importar cargos por ser todos menores.

Una cuenta de Twitter llamada Clown Sightings («Avistamientos de payasos») contaba entonces con casi 100.000 seguidores y compartía decenas de vídeos y fotos de casos en Norteamérica y otros lugares del orbe, extendiendo la fiebre coulrofóbica como nunca antes.

Pero el incidente más grave relacionado con el asunto fue el ataque a un payaso asesino en Berlín: un joven de 14 años apuñalaba a un chico de 16 que le asustó disfrazado de tal guisa, resultando que era un conocido de su colegio. Era el 24 de octubre de 2016 y el portavoz de la policía berlinesa Thomas Neuendorf lamentó el suceso en unas declaraciones a la emisora pública regional radioeins: «Ayer pasó lo que nos estábamos temiendo, que todo esto escalase», informaba al día siguiente EFE.

Y es que los creepy clowns consiguieron en muchos sitios el efecto contrario al de su intención primera: en vez de asustar a las gentes, fueron objeto de todo tipo de agresiones por parte de sus «víctimas», hasta el punto de que se han hicieron virales también los vídeos en los que estos incautos eran golpeados. Es más, en algunos lugares aparecieron una suerte de justicieros que, también disfrazados, en este caso de sus superhéroes favoritos, a cuál más hortera, se pusieron a patrullar las calles en busca de «payasos asesinos». A la aparición del payaso diabólico catalán, que utilizaba la cuenta de Instagram #LleidaClown y amenazaba con salir a sembrar el terror bajo el lema «Andad de día, que la noche es mía», colgando hasta 14 tétricas fotografías nocturnas merodeando por las calles del centro de la ciudad, antes de dar de baja la cuenta, le salió un competidor: un Batman justiciero que afirmó que saldría a darle caza, algo que ya pasara también en Inglaterra o, semanas después, cuando la policía de Fairport (Nueva York) hizo público un comunicado en el que, irónicamente, afirmaba que había pedido la ayuda del hombre murciélago para perseguir a los killer clowns. Ya había pasado Halloween y seguían dando que hablar.

La de Berlín no fue la única agresión con arma blanca. En Suecia, concretamente en la localidad de Tvaaker, un desconocido vestido de clown se acercó a un hombre y le apuñaló en el hombro. Sin embargo, también se acumularon en medio de aquella ola de histerismo las denuncias falsas. Por ejemplo, durante días en nuestro país corrió la noticia de que un grupo de «payasos diabólicos» habían agredido a un joven de 19 años con una llave inglesa. Finalmente, la policía descubrió que se había infligido las heridas y lo había hecho a modo de «broma», asegurando que nunca imaginó sus consecuencias.

Antes del Halloween de hace cuatro años, se sucedieron altercados que incrementaron la histeria por la viralización del fenómeno: en la ciudad valenciana de Paterna, la Jefatura de Policía llegó a emitir un comunicado con una serie de recomendaciones a los vecinos de cómo actuar ante los avistamientos de «payasos diabólicos». El Jefe de la Policía Local, Rafael Mestre, señaló que éstos «pueden convertirse en un riesgo debido a su rápida propagación por Internet». Los incidentes fueron incontables…

Tras la noche del 31 de octubre al 1 de noviembre, los incidentes se siguieron sucediendo: en León era golpeado en la boca un chico disfrazado de payaso por un grupo de jóvenes. Y las noticias no dejaban de surgir: el día 2, la Policía Municipal de Pamplona acudía a una llamada de unas jóvenes de 13 años que aseguraban haber sido amenazadas por un clown que esgrimía un cuchillo.

Coulrofobia, algo más que temor

El miedo irracional a los payasos y mimos tiene su origen en una palabra griega, según la cual el prefijo coulro proviene de un término cuyo significado era «aquél que va sobre zancos», puesto que antiguamente eran numerosas las ocasiones en las que los bufones –antecesores de los payasos– y más tarde éstos, como puede apreciarse aún hoy en circos y desfiles carnavalescos, iban precisamente sobre zancos, causando un mayor pavor entre las gentes.

Un estudio de la Universidad de Sheffield incide en que es a los niños a quien más afecta, aunque también hay casos, dignos de estudio, de coulrofobia entre adolescentes y adultos. Al parecer, según documentó el periodista Finlo Rohrer en 2008 en un artículo para la BBC titulado Why are clowns scary?, a los niños les asusta, por ejemplo, que las habitaciones de hospital estén decoradas con muñecos o dibujos que representan a estos personajes, y eso que es un lugar habitual al que acuden los Clowns para amenizar las enfermedades de los pequeños. Y por lo general, su efecto es muchísimo más positivo que negativo.

A esta fobia han contribuido sin duda el cine y la literatura de terror, así como la industria del videojuego, que han explotado la figura del clown como un ser maligno que poco tiene que ver con la realidad.

Por otra parte, hay exégetas que rastrean el origen de la palabra inglesa clown en el antiguo vocablo clod, cuyo significado es «aldeano», y que aludía a que los primeros payasos de circo utilizaban grotescas vestiduras de origen campesino generando parodias con la intención de arrancar el regocijo de los espectadores durante los festejos populares, que acompañaban de cabriolas, volatines, saltos y acrobacias varias, según señala el libro El maravilloso mundo del circo.  En relación con este origen de la palabra clown, se puede encontrar en la Red una historia que huele a creepypasta originada a raíz de la psicosis generada en todo el mundo con los payasos cuatro años atrás y que toma algo de sus verdaderas raíces, mezclándolo con ingredientes del más puro género gore.

A pesar de su tufillo apócrifo, el relato no desmerece de lo que venimos contando en este artículo: según una creencia popular, clown proviene de un antiguo vocablo cuyo significado, como dije, era aldeano, y su origen se rastrea hasta tiempos inmemoriales –lo que da que pensar–, en las zonas altas de las montañas heladas de una villa europea de nombre Momokha –de la que no he hallado referencias tangibles–, donde existían unos seres alargados y deformes conocidos como Crathull o Clouides que salían de las oquedades de las montañas para secuestrar y devorar niños, pues pensaban que su pureza les daba a la carne un sabor único y especial.

Las crónicas, si es que realmente existen más allá de la Red de Redes, señalan que su piel era verdosa pero con el rostro blanco y la nariz roja por el frío extremo, grandes ojos amarillentos por su adaptación a la oscuridad, dientes enormes y torcidos, con el cabello alborotado de color rojizo a causa de las abundantes salpicaduras de sangre de sus execrables crímenes. Además, sus pies eran largos y deformes.

Existen dos versiones sobre quiénes eran realmente: una afirma que las gentes llegaron a pensar que se trataba de demonios del inframundo que surgieron de las cavernas subterráneas para devorar a los infantes, los únicos que les daban vitalidad para sobrevivir en la superficie. Otra versión señala que eran una familia de hombres deformes provenientes de circos clandestinos que, en la línea de la película Las colinas tienen ojos, escogieron el interior de las montañas como hogar, desarrollando «una alimentación salvaje y carnívora».

Durante el invierno o en medio de fuertes tormentas, los crathull bajaban a los pueblos cercanos durante la noche, disfrazados de aldeanos para pasar desapercibidos, acercarse a los niños y, tras estrangularlos, llevarse sus cuerpos. Pasados los años, los lugareños, dejando el temor a un lado, comenzaron a perseguirlos. Después los degollaban, los desollaban y se colocaban su piel encima imitando su modo de caminar, para burlarse de ellos, celebrando así su victoria sobre el mal. La costumbre fue pasando de generación en generación y el disfraz de Crathull, con nuevos aderezos, se fue convirtiendo en algo familiar, y, contrariamente a los personajes amenazantes de los que nació, se convirtieron en sujetos estrafalarios y graciosos, adaptando sus vestimentas según la época.

Este post continuará, muy a pesar del acecho de los enojosos crathull