Jack Parsons. Científico, ocultista, outsider (II)

Pionero de la cohetería, multifacético, excéntrico, antisistema antes de que el mismo concepto existiera… y líder de una sociedad secreta que, en las noches de luna llena, realizaba rituales de corte satánico. Jack Parsons es uno de los personajes más singulares del pasado siglo XX, protagonista de una historia tan asombrosa como los relatos pulp que le apasionaban.

Óscar Herradón ©

Una vez que se unió a la Logia Ágape, Parsons pasó a ser conocido en el hermético círculo como «Frater T.O.P.A.N.», aunque para abreviar se hacía llamar Frater 210. Las iniciales del apodo mágico del científico reconvertido en ocultista, según el trabajo de Carter, «significaban Thelemum Obtentum Procedero Amoris Nuptiae», una expresión latina que significaba: «el logro de Thelema (deseo) mediante las nupcias del amor». A su vez, la OTO daba gran importancia a la numerología y Parsons no escogió la cifra 210 por casualidad. Era un homenaje al dios Pan, a quien el científico guardaba una gran veneración. Tanta, que sus más estrechos amigos dirían años después que, antes del lanzamiento de cada cohete, recitaba un poema pagano ideado por Crowley en honor de la deidad.

Entonces los avances del antiguo Suicide Squad eran notables, y Parsons logró un gran éxito con sus JATO (jet-assisted take offs, o «despegue ayudado por propulsores»), ingenios por los que se interesó la misma Fuerza Aérea de EEUU, con la que firmaron un contrato. En junio de 1942, John «Jack» y Helen Parsons alquilaron una vieja mansión en uno de los lugares más exclusivos de Pasadena, su particular «guarida de hedonismo».

El dormitorio de Parsons en el primer piso era la habitación más grande y hacía también de templo. En ella se encontraba la copia obligatoria de la Estela de la Revelación, una tablilla egipcia que había inspirado a Crowley durante su viaje al Cairo en 1904 (cuando pasó su noche nupcial en el interior de la cámara de la Reina de la Gran Pirámide), donde era el objeto número 666 del Museo de Antigüedades. Al parecer, la estela se le había revelado a su compañera, Rose Kelley, mientras se hallaba en trance.

La habitación (habitáculo central de la casa, que sería conocida como The Parsonage) también albergaba una enorme biblioteca con estanterías de madera repletas de libros de temática ocultista y la numerosa correspondencia intercambiada entre Jack y la Gran Bestia. Precisamente un gran retrato firmado por Crowley presidía la estancia. Pronto la mansión comenzó a ser un lugar de reuniones extrañas y numerosos escándalos –que las autoridades pasaban por alto precisamente por la protección de la que gozaba Parsons debido a su trabajo para el Gobierno–; y Jack pronto empezó a alquilar habitaciones a personajes extraños y «poco deseables». Varios testigos hablaban de cantantes de ópera, astrólogos, escritores de ciencia ficción, prostitutas… y extraños ritos a la luz de una hoguera por las noches. Los escándalos no dejaban de perseguirle.

Una vez que conocía su vida privada, el Gobierno no pudo disuadir a Parsons de que abandonara sus actividades nocturnas, y el FBI comenzó a vigilarlo más de cerca; de repente, sus actividades y comportamientos «mágicos» se convirtieron en un asunto de seguridad nacional, y realizaba sus numerosos viajes bajo protección gubernamental.

Hacia el verano de 1943, Parsons disponía de ingentes cantidades de dinero para sus actividades ocultas, pues Aerojet ganaba 650.000 dólares anuales. Ese mismo año se divorció de Helen, porque había comenzado una relación con su hermana menor, Sara Elizabeth Northrup, alias «Betty». El científico llegó a confesarle a su colega Rypinski: «Me libré de mi mujer (Helen) mediante brujería». Parsons, que había sustituido a Smith en la logia ante la caída en desgracia de este ante Crowley, convirtió a Betty en su nueva sacerdotisa de la Misa Gnóstica.

Darkhouse: la mansión de la magia negra

Las sesiones mágicas de Parsons y compañía en Pasadena causaron un fuerte escándalo. Un visitante dejó escrito que había presenciado cómo «dos mujeres con vestidos diáfanos bailaron alrededor de un bote de fuego, rodeado de ataúdes con velas encima… no pude pensar más que si las ropas se prendían, la casa entera volaría como un polvorín». De hecho, Jack solía almacenar en su casa artefactos explosivos para sus experimentos.

También se realizaban reuniones sobre ciencia ficción, y a las que acudieron escritores de renombre como Robert A. Heinlein. Uno de los más asiduos, Alva Rogers, escribió en 1962: «En los anuncios que puso en el periódico local Jack especificaba que sólo podían solicitar habitación los bohemios, artistas, músicos, ateos u otros tipos exóticos (…)». En la puritana América de los años 40 todo esto causó un gran revuelo.

The Parsonage, en Pasadena.

En 1942 fue la policía al 1003 S. Orange Grove a investigar una supuesta ceremonia en el jardín trasero en la que una mujer embarazada había saltado desnuda a través de una hoguera nueve veces, y un muchacho de 16 años denunció a Parsons, afirmando que tres de sus seguidores lo habían sodomizado a la fuerza durante una «Misa Negra» en la casa. El caso se desestimó al considerar dicho culto poco más que «una organización dedicada a la especulación religiosa y filosófica, con miembros respetables como el presidente del banco de Pasadena, médicos, abogados y actores de Hollywood». Hubo también acusaciones por «satanismo y orgías sexuales».

Orgías y magia sexual

En 1946, Parsons protagonizaría junto al escritor de ciencia ficción y carismático artista pulp Ron L. Hubbard, con los años el cerebro de la Cienciología, una de las sesiones de magia ceremonial más famosas en la historia del ocultismo en Occidente: la denominaron «Los Trabajos de Babalon». Hubbard animó a Parsons a tratar de invocar a una diosa real en un extravagante ritual. Aquello provocó que Crowley, que no lo había autorizado, despidiese a Parsons, al que tildó de «tonto débil».

L. Ron Hubbard (Wikimedia Commons.)

El propósito de estas sesiones mágicas era «traer amor, entendimiento y libertad dionisíaca», además del «necesario contrapeso o correspondencia a la manifestación de Horus», lo que significaba continuar con los trabajos de Crowley, que décadas atrás había vaticinado la llegada del «Eón de Horus, el hijo lúdico y libre de las constricciones de épocas pasadas».

Precisamente para acelerar la llegada de ese nuevo Eón, y propiciar así la revelación del Apocalipsis, Parsons utilizó el llamado «lenguaje de los ángeles» o magia enoquiana, la misma que usara en el siglo XVI el mago inglés John Dee para invocar a los espíritus de los muertos, y el científico empleó a su vez «su varita mágica para levantar un vórtice de energía» e invocar al Elemental, la Mujer Escarlata, figura central de la cosmogonía crowleyana y portal sexual al mundo espiritual.

Consistió en que Frater 210 realizó una masturbación ritual mientras su colega Hubbard recibía mensajes del mundo astral que reproducía en una suerte de escritura automática. Durante aquellas sesiones también ingirieron, al parecer, pasteles que contenían sangre menstrual en medio de cánticos rituales, runas y extraños símbolos con espadas en el aire. Fueron once vertiginosos días de ritos mágicos que algunos relacionan con el comienzo del fenómeno OVNI.

Mientras tanto, Hubbard se había mudado unos meses antes a su mansión de Pasadena, pero lo que no esperaba Parsons es que su joven amante acabara cautivada por el escritor. Fue entonces cuando Parsons se entregó aún más a sus delirios ocultistas, intentando hallar su nueva compañera mágica, ritos que implicaban, incluso, masturbación sobre tablas mágicas al ritmo de música frenética. Por su parte, Hubbard hizo perder Jack una buena suma de dinero al hacerle invertir en una supuesta franquicia de yates. Éste no tardaría en fugarse con Sara, huyendo con gran parte del dinero del ingenuo científico, que denunció al futuro gurú por estafa y robo.

Mientras que la Mujer Escarlata de Crowley, su contrapartida femenina, fue el fascinante personaje de Leah Hirsig, alias Alostrael, Parsons, ya  casi en bancarrota, se convenció de que gracias a los «Trabajos de Babalon» había conocido a la transmigración de Babalon, su propia Mujer Escarlata en la figura de Marjorie Cameron, una arrolladora pelirroja de ojos verdes que cautivaría a Jack casi hasta locura. Nacida en Iowa en 1922, Marjorie había sido una joven rebelde con problemas familiares y varias relaciones, que había sufrido al menos un aborto provocado y un intento de suicidio. Durante la Segunda Guerra Mundial trabajó en un departamento de propaganda y entró en la Women Accepted for Volunteer Emergency Service, una sección de la marina de EEUU en febrero de 1943. Acabada la guerra, se encontró con Parsons. Al parecer, éste la dejó embarazada, pero ella decidió volver a abortar durante un breve viaje a Nueva York mientras Jack estaba en pleno litigio con Hubbard y Northrup.

Jack Parsons y Marjorie Cameron

Luego vendrían días de auténtica locura en «The Parsonage» y Parsons y Cameron se casaron el 19 de octubre de 1946. El interés por el ocultismo de ésta fue en aumento, debido a toda una serie de lecturas esotéricas que le sugirió su esposo. Se interesó en la  proyección astral y en el uso del tarot.

Un inesperado y acelerado final

Pero los días felices de Parsons, quizá el último «científico loco» (Mad Doctor) del siglo XX, estaba a punto de llegar a su fin. Tras distintos cambios de domicilio, disputas, y nuevas sesiones ocultistas, decidieron realizar un viaje a México. El día antes de marchar, el 17 de junio de 1952, cuando el científico apenas contaba 37 años, Jack recibió un pedido acelerado para preparar unos explosivos para el rodaje de una película; los manipuló en el laboratorio de su propia casa y una enorme explosión destruyó el edificio, dejando mortalmente herido al ingeniero místico. Aunque fue trasladado al hospital, poco después era declarado muerto.

Marjorie Cameron. La «Mujer Escarlata».

La propia Marjorie sostendría durante toda su inestable vida que Parsons había sido objeto de una conspiración: que lo había matado la policía o el FBI o incluso grupos antisemitas. Completamente iluminada, mientras realizaba ceremonias sangrientas con el deseo de comunicarse con él –momento en el que se autoproclamó como Hilarion, una nueva identidad mágica– llegó a afirmar que una serie de OVNIs que habían sido vistos sobre el capitolio de Washington estaban relacionados también con la muerte de Jack.

Afectada por problemas psicológicos y consumo de drogas, participó en la película de 1954 Inauguration of the Pleasure Dome, del también satanista y director underground Kenneth Anger, dibujó pinturas de corte y frecuentó la compañía de thelemitas como William Breeze, actualmente líder internacional de la OTO. Cameron moría a causa de un tumor cerebral el 24 de julio de 1995 y una alta sacerdotisa de la Orden se encargó de su ceremonia mortuoria. Su cuerpo fue cremado y sus cenizas esparcidas en el desierto de Mojave. Hasta el final de sus días siempre vistió de negro, luciendo su roja cabellera, y cuenta que a veces se la veía conduciendo un coche fúnebre. Ella misma se hacía llamar «La Mujer Escarlata», La Bruja Cameron y La Cenicienta del Yermo. Otra editorial de las que más me gustan, de esas a tener siempre en cuenta, la también «underground» La Felguera, publicó en 2018 una joya profusamente ilustrada sobre otro personaje notable de la OTO, la también «Mujer Escarlata» , en este caso la de Crowley –la original–, la ocultista suizo-estadounidense Leah Hirsig: La Mujer Escarlata y la Bestia: los diarios mágicos de Leah Hirsig.

La teoría de que Parsons pudo ser asesinado por el Gobierno sigue siendo uno de los grandes misterios de la Norteamérica de los 50. Hoy, un cráter lleva su nombre, como no podía ser de otro modo, en la cara oculta de la Luna, ese mismo lugar con el que no dejó de soñar en toda su vida y al que cantaron los británicos Pink Floyd en 1973. Un lugar ya no tan recóndito del Universo que cada vez arroja nuevas revelaciones que ni el propio Parsons imaginaría. No en vano, el cráter Parsons de nuestro satélite lleva ese nombre en su memoria. D.E.P.

PARA SABER MÁS:

Hay varios libros en inglés sobre los delirios ocultistas de Parsons y su genialidad en el campo de la cohetería, pero en castellano el mejor trabajo publicado hasta el momento se lo devemos a El Desvelo Ediciones, que nos trajo un edición alucinante de esta historia underground bajo el título de Sexo y cohetes. El mundo oculto de Jack Parsons, de John Carter, que ya había obtenido un considerable éxito en el universo literario anglosajón.

LOS OTROS VUELOS A LA LUNA (LIBROS CÚPULA, 2021)

Parsons fue un pionero de la cohetería y fundamental a la hora de allanar el terreno para los primeros vuelos espaciales que culminarían con la llegada y posterior alunizaje del Apolo 11 en nuestro satélite el 20 de junio de 1969. Ni siquiera Parsons habría soñado con un evento de tal magnitud, y su temprana y trágica muerte en 1952 le impidió disfrutar de tamaña epopeya. Pero tras la pionera gesta de Armstrong, Aldrin y Collins, hubo más vuelos a nuestro satélite, más desconocidos pero no por ello faltos de importancia en el marco de la astronáutica.

El ingeniero industrial y divulgador científico Rafael Clemente, que ya nos deleitó con el libro Un pequeño paso para [un] hombre. La historia desconocida de la llegada del hombre a la Luna, publica ahora, también de la mano de Libros Cúpula, Los otros vuelos a la Luna. Las historias y los secretos de las distintas expediciones al satélite lunar, un ensayo divulgativo preñado de anéctadotas que nos desvela los secretos de aquellos viajes llenos de riesgos.

Hace medio siglo, la NASA envió siete expediciones a la Luna. La primera de ellas –el Apollo 11– logró el sueño de que un hombre dejase su huella sobre el polvo de nuestro satélite.  Otra –el Apollo 13– falló. Las otras cinco, cada una más compleja y arriesgada que la anterior, han quedado diluidas en el imaginario colectivo, reducidas a un simple pie de página en los libros de historia.

Tripulación del Apollo 13 (Source: Wikipedia)

Este volumen relata las extraordinarias aventuras de los seis viajes que siguieron a aquel Apollo 11. Así, el énfasis se desplaza a las características propias de cada misión que la sucedió, sus objetivos y las peripecias sufridas: ningún vuelo estuvo libre de importantes contratiempos ni de brillantes soluciones. Se describen los equipos utilizados en cada viaje, incluidos tres automóviles eléctricos (y una carretilla), las tareas que realizaron los astronautas y los resultados de sus experimentos.

También se ofrece un detallado estudio del mítico accidente del Apollo 13 y los esfuerzos increíbles del Centro de Control para traerlo sano y salvo de regreso a la Tierra. Junto a las descripciones técnicas figuran también numerosos aspectos insólitos del programa y que a menudo han pasado injusta y extrañamente desapercibidos: la creación en la Luna de un pequeño museo de arte moderno; el caso del astronauta dispuesto a aterrizar a ciegas; el (no autorizado) experimento de percepción extrasensorial; la larga historia de las Biblias lunares; el asombroso procedimiento de emergencia para despegar desde la Luna si todo lo demás fallaba… y muchos otros detalles sorprendentes, y en buena parte desconocidos hasta el momento.

El libro incluye asimismo numerosos documentos y esquemas casi inéditos de diversos equipos así como fotografías originales que recrean los paisajes que acogieron a aquellos primeros exploradores y que tanta fascinación ha despertado en el ser humano. He aquí el enlace para adquirirlo en papel (recomendado por su espectacular apoyo visual) o en versión digital:

https://www.planetadelibros.com/libro-los-otros-vuelos-a-la-luna/328335

Jack Parsons. Científico, ocultista, outsider (I)

Pionero de la cohetería, multifacético, excéntrico, antisistema antes de que el mismo concepto existiera… y líder de una sociedad secreta que, en las noches de luna llena, realizaba rituales de corte satánico. Jack Parsons es uno de los personajes más singulares del pasado siglo XX, protagonista de una historia tan asombrosa como los relatos pulp que le apasionaban.

Óscar Herradón ©

El singular protagonista de este post vino al mundo un 2 de octubre de 1914 en Los Ángeles y fue bautizado con el nombre de Marvel Whiteside Parsons. Su padre era Marvel H. Parsons y su madre Ruth Whiteside, quienes no tardaron en divorciarse por a las infidelidades del primero. Debido a ello, Ruth dejó de llamar al niño «Marvel» y comenzó a referirse a él como «John», razón por la que existe cierta confusión sobre cuál fue su verdadero nombre. Con los años, la familia acabaría llamándolo «Jack» y es así como es más conocido en la actualidad.

Parece que su infancia fue inestable, siendo acosado por otros chicos. Según afirma él mismo en uno de sus textos, The Book of Antichrist, Parsons habría invocado a Satán cuando tenía 13 años, a finales de 1927 o en 1928, «asustándose cuando apareció». Aunque no refiere la causa de la invocación, pudo estar relacionada con lo que hoy conocemos como bullying. Curioso, no obstante, su temprana afición a ese otro mundo oculto y peligroso.

Por aquel entonces conoció a Edward «Ed» S. Forman, un compañero que se convirtió en su sombra y con el que compartía su interés por las historias de ciencia ficción como las recogidas en la revista Amazing Stories o la visionaria obra de Julio Verne De la Tierra a la Luna. Aficionados a los petardos y las explosiones, ya en 1928 comenzaron a experimentar con pequeños cohetes de combustible sólido en el jardín trasero de los Parsons. En 1932 ambos realizaron un experimento bastante exitoso que anunciaba que su pasión por los cohetes era algo más que un hobbie.

Ese mismo año, Jack comenzó a trabajar en la Hercules Powder Company of Pasadena y un año después se graduó en la University School, una pequeña academia privada. Luego, ambos ingresaron en la University of Southern California, aunque ninguno se graduó.

Willy Ley

Entonces comenzaron a cartearse con algunos especialistas en el campo de la cohetería, como el norteamericano Robert Goddard, que cosechó numerosas críticas de sus compatriotas y con algunos alemanes y rusos que trabajaban en ese campo, como Willy Ley, quien huiría más tarde de los nazis a EEUU y quien era miembro de la German Rocket Society en Berlín, al igual que otro de los grandes genios de este campo, de oscuro pasado, Wernher von Braun.

La curiosidad de los jóvenes pronto tornó en una ambición científica seria que tomaría forma definitiva con la suma al grupo del joven Frank Malina, un estudiante recién graduado en el Instituto Tecnológico de California. Los tres formaron el conocido como «Escuadrón Suicida» (Suicide Squad) –nada que ver con la serie de villanos de DC– en referencia a la peligrosa naturaleza de su trabajo. A finales de los años 30, la cohetería era considerada poco menos que ciencia ficción. Aunque nadie daba un duro por sus esfuerzos, realizaron sorprendentes avances en la creación de combustibles para cohetes, un delicado proceso que exigía la mezcla exacta de sustancias químicas fuertemente inflamables. Desarrollos de combustibles que con los años serían utilizados por la propia NASA.

Miembros de «Suicide Squad» en 1936.

Un laboratorio especial

A finales de 1940, Malina ingresó en la National Academy of Sciences para financiar el estudio de la propulsión a chorro. En 1943, los miembros del Suicide Squad fueron rebautizados con el nombre oficial de Aerojet Engineering Corporation, viendo su trabajo legitimado, tanto que desempeñaron un rol crucial en el seno del Jet Propulsion Laboratory de la NASA, el centro de investigación responsable de enviar artefactos a lugares alejados del espacio. Este laboratorio de la Agencia Espacial comenzó a funcionar en 1920 con el nombre de Guggenheim Aeronautical Institute of Tecnology (GALCIT) financiado por un miembro de la célebre familia Guggenheim. En 1926 se puso bajo la dirección del profesor húngaro Theodore von Kármán, que no tardaría en conocer a Parsons y compañía y en facilitarles para sus pruebas de cohetería unos terrenos de la ciudad de Pasadena, en el Arroyo Seco, justo encima de la conocida como Puerta del Diablo, un nombre que le veía a Jack que ni pintado… Hoy estos terrenos están ocupados por el Jet Propulsion Laboratory de la NASA, que mantiene en silencio cualquier cosa relacionada con el incómodo Parsons.

Jet Propulsion Laboratory

Personaje inquieto y abierto a la experimentación, al mismo tiempo que desarrollaba vanguardistas diseños de propulsión a chorro, con el sueño de que algún día el hombre alcanzara la Luna, Parsons llevaba una doble vida: estaba sumergido en todo un submundo de sociedades secretas, ocultismo y rituales a la luz de ese mismo satélite que anhelaba conquistar con la ingeniería aeroespacial. Unas actividades que, de conocerse en la puritana América de los años 40, le condenarían al ostracismo. O a algo peor.

Y eso no tardaría en pasar. Los medios de comunicación sensacionalistas comenzaron a publicar rumores –eso sí, bastante cercanos a la verdad–, etiquetando al científico prácticamente de «loco», como le sucediera tiempo atrás al pionero Robert Goddard. Pero, ¿qué escondía realmente Jack Parsons?

Visionario, outsider, satanista

A pesar de sus tempranos devaneos en invocaciones diabólicas, parece que lo que dio comienzo a la deriva ocultista de Parsons fue el hallazgo fortuito de un libro en la biblioteca de su colega Robert Rypinski: una copia del texto de Aleister Crowley Konx Om Pax (1907), que se puede conseguir en castellano gracias a una edición bastante reciente de mi querida editorial Valdemar. En palabras del propio Rypinski, aquello significó para Parsons «como agua de verdad para un hombre sediento». Le regaló la copia y éste no tardó en comenzar a cartearse con el que por aquellos años era un paria en su país natal, Inglaterra, y fue tildado por las autoridades británicas como «el hombre más peligroso del mundo».

Líder de la Ordo Templi Orientis –OTO–,  su representante en la zona era Wilfred Talbot Smith. Talbot se había trasladado a Los Ángeles en 1930 y a su llegada empezó a trabajar en la reapertura de la logia Ágape, la primera logia norteamericana de la OTO que fundara el “Frater Achad”, alias ocultista de Charles Stansfeld Jones.

Talbot Smith

La colega de Smith era Regina Kahl, quien actuaba como su Alta Sacerdotisa de la llamada Misa Gnóstica que ideó el propio Crowley y que se detalla en su libro Magick, Liber ABA, Libro IV. Jack Parsons entró en contacto con el hermético círculo de la OTO cuando un colega científico del que se desconoce el nombre le llevó a una reunión en la casa de Smith en Hollywood, tras lo que el científico y su primera mujer, Helen, comenzaron a acudir a los encuentros de la logia y a la Misa Gnóstica semanal. Así, Parsons era, durante el día, estudiante de ciencias físicas, y por las noches, aprendiz y luego adepto a las ciencias ocultas. En palabras de John Carter, uno de sus mejores biógrafos, “esta enigmática fusión de ‘sexo y cohetes’ iba a constituir un desarrollo fascinante en la historia de la industria aeroespacial de Estados Unidos”.

Mientras las mejores revistas científicas comenzaban a hacerse eco de los progresos del grupo de GALCIT (y mientras Malina se distanciaba cada vez más de Parsons y Forman), la National Academy of Sciences duplicó el presupuesto del grupo. Era 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, y mientras Europa se desangraba era cada vez más evidente que EEUU jugaría un papel decisivo en la contienda; también los avances de Parsons.

La iniciación en la logia

Mientras Parsons recibió elogios de gran parte de la industria aeroespacial, entablaba nuevas amistades en su círculo ocultista privado. Conoció a la actriz de cine mudo Jane Wolfe, quien había elegido el nombre mágico de Soror Estai y había llegado a compartir estancia con Crowley en su abadía de Thelema, en Cefalú, Sicilia, de donde tuvo que regresar cuando Mussolini ordenó cerrar el complejo. Wolfe dejó escrito el enorme potencial que tenía Parsons e incluso sobre los “viajes astrales” realizados por éste.

El 15 de febrero de 1941, John y Helen Parsons se unieron a la logia Ágape. Pocas semanas después, Smith escribía lo siguiente al propio Crowley: «Tiene una mente excelente y un intelecto mucho mejor que el mío… John Parsons va a ser valioso».

Continuará en un próximo post. Winter is coming

PARA SABER MÁS:

Hay varios libros en inglés sobre los delirios ocultistas de Parsons y su genialidad en el campo de la cohetería, pero en castellano el mejor trabajo publicado hasta el momento se lo devemos a El Desvelo Ediciones, que nos trajo un edición alucinante de esta historia underground bajo el título de Sexo y cohetes. El mundo oculto de Jack Parsons, de John Carter, que ya había obtenido un considerable éxito en el universo literario anglosajón.

Nazis en el Tíbet: la expedición secreta de Himmler

Uno de los episodios más desconocidos del Tercer Reich fue la expedición alemana que envió al Tíbet el líder de la Orden Negra en 1938 bajo la dirección de su retorcida Ahnenerbe. A través de aquella odisea los nazis intentaban descubrir, cómo no, una vez más, los orígenes de la raza aria; un origen de tintes míticos y connotaciones esotéricas que los dirigentes de las SS creían poco menos que sobrenatural. ¿Cuál fue la verdadera intención de aquella arriesgada epopeya?

Óscar Herradón ©

Parece ser que los expedicionarios pretendían, a instancias de Heinrich Himmler, hallar también referencias a Shambhala, un reino mítico que según diversas tradiciones se hallaría escondido en algún lugar más allá de los bastiones nevados del Himalaya, cobijo, quizá, del esquivo «Rey del Mundo», el cual un día, cerca de la perdición –no olvidemos que Europa estaba a punto de enfrentarse al mayor conflicto de la historia– saldrá de su ciudad secreta con un gran ejército para eliminar el odio y comenzar una nueva era dorada de paz y prosperidad –para los nacionalsocialistas, claro, regida por arios–.

Poco después de su vertiginoso ascenso al poder, el Reichsführer tuvo conocimiento de la existencia de un joven oficial alemán cuyos libros sobre sus arriesgados y poéticos viajes por Asia estaba causando furor en Berlín. Se llamaba Ernst Schäfer y ya había llevado a cabo dos peligrosas expediciones a las lejanas tierras del Tíbet, lugar donde Himmler, siguiendo los trabajos de Madame Blavatsky, entre otros, creía que podrían hallarse los orígenes míticos de su «raza divina» que, no obstante, se buscaron en lugares tan remotos como Escandinavia, la propia Alemania e incluso Oriente Medio a instancias de la Ahnenerbe, la Sociedad Herencia Ancestral Alemana, un instituto de investigación creado ex profeso para dar rienda suelta a las obsesiones paganas y ocultistas de Himmler.

En las entrañas del Reich milenario

Consumado cazador, Schäfer fue el primer occidental que abatió a un oso panda y en sus viajes se hizo con especímenes prácticamente desconocidos en Europa que engrosarían los museos de ciencias naturales que comenzaron a construirse en el siglo XIX. A su regreso publicó varios libros; lo que no sabía entonces es que realizaría una tercera expedición a aquella misteriosa tierra, esta vez completamente alemana, y Alemania, en los años 30, era el reinado del Tercer Reich.

Ernst Schäfer, al frente de la expedición.

Era ya oficial de las SS, cuando Heinrich Himmler, profundamente interesado en su trabajo, llamó a Schäfer para reunirse con él. Corría el año 1936 cuando Ernst, subteniente de la Orden Negra, entró en el despacho del Reichsführer en Prinz-Albrecht-Strasse, su cuartel general en Berlín, que pude visitar en 2017 y del que solo quedan los cimientos, sobre los que se ha edificado una suerte de museo de la memoria en el corazón de la capital alemana. Cuando Schäfer fue a reunirse con él acababa de fundar la Ahnenerbe y sentía verdadera fascinación por las religiones y la mitología oriental. Al parecer, según su masajista, Felix Kersten, llevaba siempre consigo, como El Corán, un cuaderno en el que había reunido textos del Bhadavad Gîta, la «Canción del Señor» hindú. La lectura de las novelas Demian y Siddhartha de Herman Hesse en su juventud, le llevaron hasta este texto sacro hindú, cuyo mensaje de reencarnación –él que se creía la de Enrique el Pajarero- y karma, abrazó gustoso. Estaba fascinado por el sistema de castas y por su élite, los brahmanes y los kshatriyas guerreros, que aplicaría también a su Orden Negra.

Prinz-Albrecht-Strasse

En 2017 la editorial Pasado & Presente publicó una magnífica edición en tapa dura de las memorias del masajista anotadas y ampliadas por su hijo –pues existe una versión previa de los años sesenta–, Arno Kersten, Las confesiones de Himmler. Diario inédito de su médico personal, donde el lector podrá conocer a fondo la estrecha relación que el médico mantuvo con el Reichsführer y que supuestamente le serviría, en los estertores de la Segunda Guerra Mundial, para convencer al líder de las SS de liberar a numerosos presos judíos de los campos de concentración, sobre lo cual hay cierta controversia histórica entre estudiosos.

Había, además, un importante matiz para que las SS pusieran sus ojos en el Tíbet; desde el siglo XIX, como ya vimos, los alemanes miraron hacia Asia Central como cuna de esa raza aria que obsesionaría a los nazis, la tierra de la Gran Hermandad Blanca de Blavatsky. Precisamente allí los investigadores de la calavera debían encontrar vestigios de esa raza “divina”, comprobar teorías como la Cosmogonía Glacial que tanto fascinaba a Himmler y al Führer o la más extravagante de la Tierra Hueca –hoy, tristemente, asistimos a un auge de terraplanistas y otros iluminados, generalmente acólitos de Trump y la ultraderecha–, e investigar sobre exóticas leyendas orientales como Shambhala y Agartha, que habían contribuido a extender en Occidente la citada ocultista rusa y exploradores como el polaco Ferdinand Ossendowski o el también ruso Nicholas Roerich.

En busca de la Arcadia perdida

Capitaneada por Ernst Schäfer la expedición contaba también entre sus filas con Bruno Beger, un joven y aplaudido antropólogo también buscaba los orígenes de esa obsesiva «raza superior», los arios, un pueblo al que él mismo llamaba los «európidos». Desde principios del siglo XIV se había difundido en Alemania la creencia de que las razas arias se habían expandido desde Asia Central, probablemente desde el Tíbet.

El profesor Günther.

El profesor que inculcó a Beger su fanatismo fue Hans F. K. Rassen Günther, para quien el noroeste de Europa era la cuna de los nórdicos. Como en el mito de la Atlántida que cautivó a Wirth, los nórdicos de los que hablaba este personaje se habían llevado con ellos la ciencia de la construcción y un sofisticado sistema social, dejando a su paso dólmenes y círculos de piedra en distintos lugares del mundo. Para Rassen Günther, en la India habían compuesto los Vedas hindúes. Nada menos.

En su camino los arios más débiles habían cedido a la tentación y se habían fusionado con las razas inferiores, derrumbándose el gran imperio nórdico. En los Vedas, afirmaban, resuena el lamento por esa inmoral mezcla de razas, al igual que en el sistema de castas. De aquella «contaminación» de la sangre el profesor culpaba al budismo, como lo haría también Schäfer.

Himmler, que había bebido de las publicaciones de la Sociedad Teosófica alemana y de las descabelladas teorías de la rusa Helena Petrovna Blavatsky, estaba convencido de que en algún lugar del Himalaya podían esconderse refugiados arios. Junto a Schäfer y Beger partirían hacia el Tíbet Karl Wienert, geofísico y Ernst Krause, entomólogo y fotógrafo, y el experto en técnica y organización era Edmund Geer, mano derecha del propio Schäfe

Sin embargo, los preparativos para el viaje no fueron fáciles. En el otoño de 1937, la mujer de Ernst, Hertha, murió de forma accidental durante una cacería, cuando se le disparó un rifle a su marido. Aquella pesada carga agriaría el carácter del alemán, quien tendría problemas con su equipo durante su epopeya. Luego, Ernst tuvo que viajar a Londres para convencer a las autoridades británicas de que les concedieran los permisos para cruzar los territorios pertenecientes a la Corona. Y las autoridades británicas no hacían lo que se dice buenas migas con los alemanes a las puertas de la mayor contienda de la historia contemporánea.

Mientras se hallaba en las oficinas de la Ahnenerbe, Karl María Wiligut, el Rasputín de Himmler, en otro de sus arranques de extravagancia, le pidió que descubriera cuanto pudiese sobre las costumbres matrimoniales en el Tíbet, que quería aplicar en el Reich. A oídos del místico había llegado una leyenda fascinante: las mujeres tibetanas alojaban piedras mágicas en la vagina, y Beger debía «investigar» si era cierto. De si lo hizo o no, y de cómo llevó a cabo tal extravagancia, no tenemos datos.

Una vez en Asia y tras no pocas dificultades, desde la Indian Office enviaron un telegrama en el que se prometía a Schäfer y compañía viajar al norte de Sikkim, pero no más allá. Sir Basil Gould, funcionario político destinado en Gangtok, debía vigilarlos, pero el éxito de los alemanes sería mayor del esperado por los miembros del Foreign Office. Sikkim era un reino montañoso muy pequeño y apartado, pero era una puerta de entrada al Tíbet. Una vez allí, el antropólogo Beger se dedicaría a realizar sus poco éticas mediciones, y es que entre las diferentes tribus del lugar se encontraban los buthia, la élite del Tíbet; la aristocracia tibetana era la que más atraía la atención de los alemanes, pues creían que en ella podría hallarse, quizá, el eslabón perdido de la raza aria ancestral.

El antropólogo racial Bruno Beger.

Beger haría minuciosos análisis de los rasgos físicos de los lugareños –color de ojos, cabello, piel…– y realizaría siniestras «mediciones craneales»: medía la longitud, anchura y circunferencia de sus cabezas, la altura y la anchura de su frente, boca, nariz, pómulos… según la ciencia racial imperante en el Reich, los nórdicos, la raza superior, se distinguían por un frente ancha y un rostro alargado, rasgos que Beger afirmaría encontrar en algunos miembros de la nobleza tibetana.

Utilizaba también máscaras faciales de yeso, material que esparcía sin miramientos sobre el rostro de los tibetanos, que les provocaba ahogamiento, escozor e incluso quemaba su piel. En una ocasión estuvo a punto de provocar la muerte de un joven, Passang, uno de los sherpas de la expedición, quien sufrió convulsiones cuando la pasta de yeso penetró por sus fosas nasales y su boca.

Rumbo a la ciudad sagrada

Gracias a la diplomacia y a sus dotes para la persuasión, Schäfer obtuvo el permiso del Consejo de Ministros tibetano para acceder a la ciudad sagrada de Lhasa. Ningún alemán había logrado tamaña proeza. Fue su primera gran victoria. La larga comitiva iba presidida por banderas con la esvástica  nazi, a pesar de la exigencia de Himmler de que fueran discretos por aquellas tierras.

Durante la mística travesía por Asia, Karl Wienert también trabajaba sin descanso intentando medir el misterioso poder «magnético» de la Tierra, y Sikkim y el Tíbet meridional eran un enigma para los geofísicos. Es posible que Wiener participara del entusiasmo de Himmler por la teoría de la Cosmogonía Glacial de Hans Hörbiger; según él, la raza ancestral aria había descendido a la Tierra envuelta en un manto de hielo, y pensaba que lo había hecho en el Tíbet, donde se hallaban ahora sus oficiales de las SS.

Entretanto, Ernst Schäfer se entregaba de forma enfermiza a la caza para conseguir exóticos especimenes para los museos del Reich. Bruno Beger confirmaría más tarde que Schäfer, realmente fuera de sí, en ocasiones llegaba a beber la sangre de algunas de sus presas tras haberlas degollado. Según éste, le conferían fuerza y potencia, rasgos distintivos de esa raza aria de tintes míticos.

Estaba decidido a llegar hasta el Tíbet, a pesar de los inconvenientes, y mientras se hallaban en Gangtok abasteciéndose de provisiones, les llegó una carta oficial de Himmler que, como recompensa por sus logros, les había ascendido en el seno de la Orden Negra. La expedición, pletórica, partió hacia Lhasa y la noche del 21 de diciembre de 1938 los miembros del equipo celebraron la llegado del solsticio de invierno realizando un ritual pagano: encendieron una hoguera con troncos y ramas secas y cantaron una vieja marcha militar alemana, Flamme Empor «Álzate llama», una especie de talismán del Tercer Reich.

Réting Rinpoché

La mañana del 19 de enero de 1939, la expedición contempló maravillada el palacio de Potala, la fabulosa morada del Dalai Lama en Lhasa. Ahora, sin embargo, la reencarnación del jefe espiritual y político del Tíbet era un pequeño que se encontraba retenido en un monasterio alejado, y en su lugar gobernaba el país un Consejo de Ministros y el poderoso regente Réting Rinpoche, que acabaría recibiendo a los alemanes.

La expedición permaneció en Lhasa mucho más tiempo del que en principio les habían concedido, y pudieron filmar, fotografíar y obtener miles de muestras que servirían para las investigaciones «científicas» de la Ahnenerbe y del retorcido Himmler. Entre otras festividades, pudieron grabar la espectacular ceremonia de celebración del Año Nuevo, con magníficos bailes y mascaradas que mostraban la lucha entre el bien y el mal. Además, Schäfer recolectó numerosas semillas con la intención de sembrar nuevas variedades más duras y resistentes de cereales en el Reich –como sabemos, otra de las obsesiones del Reichsführer desde sus tiempos como estudiante de agronomía–.

Lhasa, Hakenkreuz-Bildhauerei

Durante su estancia, Beger se hizo con una valiosa copia de una enciclopedia del lamaísmo en 108 volúmenes, textos prohibidos a los extranjeros, y hojas sueltas sobre tablillas que –pensaba– podrían arrojar luz sobre la presencia de los antiguos señores arios en el Tíbet. De allí partieron hacia el valle de Yarlung, donde los tibetanos creían que se hallaba el origen divino de sus primeros reyes, que gobernaban desde una gran fortaleza llamada Yumbulagang. Para Schäfer, era un lugar ideal donde buscar los indicios de los primeros señores nórdicos, indicios que los nazis parece que no hallaron.

Después se dirigieron rumbo a Xigaze, la segunda capital más importante del Tíbet; pero el viaje estaba llegando a su fin, pues con los ojos de Hitler puestos en Polonia, era muy posible –como finalmente sucedió– que estallara una guerra en Europa; entonces, los científicos alemanes pasarían de ser incómodos visitantes a enemigos de guerra de los británicos.

Así que, gracias a la ayuda de Heinrich Himmler, que envió fondos, pusieron rumbo a Alemania. Llevaban consigo cientos de pieles, especímenes disecados e incluso animales vivos, entre ellos razas de perros para el Führer, 1.600 variedades de cebada y 700 de trigo y avena… Beger había medido a 376 personas y sacado moldes de cabezas y rostros de otras 17, incluyendo la de dos de las personas más poderosas del Tíbet. Basándose en sus mediciones, el antropólogo, que tiempo después sería uno de los responsables de las atrocidades de la Ahnenerbe en los campos de concentración, como veremos, creía muy probable que la raza nórdica hubiera cambiado el curso de la historia asiática; la prueba residía en los supuestos rasgos nórdicos de los nobles tibetanos: «elevada estatura con largos cabellos», «pómulos retraídos», «nariz muy prominente, recta o ligeramente curvada», «cabello liso y la percepción de sí mismos como dominantes».

A su regreso, los expedicionarios se convirtieron en auténticos héroes. A Schäfer, Himmler le regaló un anillo con la calavera de las SS y la espada ceremonial de la organización, la Ehrendegen, que llevaba grabado un doble rayo rúnico. Ernst aún no tenía 30 años y ya se había convertido en uno de los hombres más célebres del Reich. Sin embargo, no había conseguido llevar a cabo sus planes de emplear Afganistán y el Tíbet como trampolines para el ataque al Imperio británico. Su faceta de explorador era sin duda mucho más eficiente que su faceta de espía del Reich –aspectos que en los miembros de la Ahnenerbe iban muchas veces unidos–.

A su regreso a Alemania, Schäfer montó el documental Geheimnis Tibet, a través de la compañía cinematográfica Tobis, un documento de gran valor hoy en día realizado con las espectaculares imágenes tomadas en los bastiones helados del Himalaya, donde se podía ver la ceremonia sagrada de Lhasa, a Bruno Beger realizando mediciones craneales y máscaras de yeso de los tibetanos o las banderas con la esvástica ondeando en un paisaje helado y prácticamente desconocido para los occidentales de los años treinta del siglo pasado.

Los héroes alemanes del Tíbet no imaginaban lo que les esperaba en tiempos de guerra; algo muy diferente a su epopeya asiática, algo que contaré en otro post.

PARA SABER MÁS:

–HALE, Christopher, La Cruzada de Himmler. La verdadera historia de la expedición nazi al Tíbet. Tempus 2007.

–ENGARHALDT, Isrun: Tibet in 1938-1939: photographs from the Ersnt Schäfer expedition to Tibet. Serindia Publications, 2006.

–HERRADÓN, Óscar: La Orden Negra. El ejército pagano del Tercer Reich. Edaf 2011.

–MARTÍNEZ PINNA, Javier: Los Exploradores de Hitler. SS-Ahnenerbe. Nowtilus, 2017.