Ático de los Libros publica este monumental ensayo sobre la operación de conquista del Tercer Reich en el Este de Europa firmado por dos de los mayores especialistas franceses en el frente germano-soviético, Jean Lopez y Lasha Otkhmezuri. Una crónica total, el vibrante relato de la mayo campaña de la Segunda Guerra Mundial.
Barbarroja 1941. La guerra absoluta reconstruye en casi mil páginas, publicadas en castellano en una edición que corta el aliento por Ático de los Libros, una de nuestras editoriales favoritas, la campaña que abrió el frente del Este, y lo hace no como una crónica militar más sino como una síntesis de quince años de trabajo de estos autores, dos de los mayores especialistas franceses en el frente germano-soviético.
Zhúkov.
Este Barbarroja 1941 es uno de los ensayos de historia militar más ambiciosos publicados sobre el frente del Este en la última década. Jean Lopez dirige la revista francesa Guerres & Histoire y se ha especializado en la estrategia del frente oriental de la Segunda Guerra Mundial; antes de este libro ya había coordinado una infografía de gran éxito sobre el conflicto global. Lasha Otkhmezuri, antiguo diplomático, se asoció con Lopez en 2013 para firmar una biografía del mariscal soviético Gueorgui Zhúkov que tuvo notable repercusión, así como un estudio sobre el Ejército Rojo, y ese tándem es el que vuelve a trabajar aquí el terreno particularmente sangriento de la operación que Hitler bautizó con el nombre del emperador medieval Federico Barbarroja (Barbarossa).
El libro arranca el 22 de junio de 1941, día en que más de tres millones de soldados alemanes cruzaron la frontera soviética en la mayor ofensiva militar jamás desplegada hasta entonces, y cierra su relato el 31 de diciembre de ese mismo año, con la Wehrmacht detenida a las puertas de Moscú tras el fracaso de la operación Tifón. Pero el verdadero valor del libro no está solo en el relato de esos seis meses de combate, sino en cómo lo enmarca: los autores rechazan la tesis simplista de que la invasión de la Unión Soviética nace directamente de las páginas de Mein Kampf, el testamento político de Adolf Hitler, y prefieren rastrear sus raíces en una relación germano-rusa mucho más larga, que atraviesa la Primera Guerra Mundial y las convulsiones revolucionarias antes de desembocar en el ascenso paralelo del nazismo y el estalinismo de los años treinta.
Estructuralmente, la obra se organiza en varias partes que avanzan desde esa génesis lejana hasta el detalle casi hora a hora de las operaciones, y ese contraste de escalas es su seña de identidad. Por un lado hay una reconstrucción minuciosa de la toma de decisiones en Berlín y en Moscú, de las propagandas enfrentadas, de las disputas entre los altos mandos de ambos ejércitos y de la maquinaria política de los dos regímenes totalitarios. Por otro, un relato de guerra de enorme precisión técnica: cronologías de batalla, número de regimientos y nombres de sus comandantes, cifras de bajas, logística de material, movilización industrial y el papel de la retaguardia, las fábricas y los transportes.
Operación de exterminio y colonización
El libro insiste, además, en presentar Barbarroja como una guerra de exterminio y de colonización por parte de la Wehrmacht, frente a un Ejército Rojo que se desangra atrapado entre el fuego de un enemigo sin piedad y la propia represión estalinista, y dedica un espacio considerable a las masacres de población civil y a las cifras humanas del desastre: en apenas doscientos días murieron más de cinco millones de personas, entre soldados y civiles, mientras se enfrentaban unos diez millones de combatientes, treinta mil aviones y veinticinco mil carros de combate.
Firma del Pacto Ribbentropp-Mólotov.
Uno de los aspectos más comentados del libro es su voluntad de desmontar mitos consolidados sobre esa campaña. El más señalado es el del patriotismo ruso espontáneo como clave de la resistencia soviética: la idea, muy repetida, de que Stalin habría apelado con éxito al orgullo nacional ruso, incluso apoyándose en la Iglesia ortodoxa, para sostener la moral del país. Los autores matizan ese relato con documentación de primera mano, entre ella la llamada a las armas lanzada el mismo 22 de junio de 1941 por el metropolita de Moscú, y muestran que la relación entre el poder soviético y ese supuesto despertar patriótico fue mucho más ambigua y tardía de lo que la memoria oficial posterior quiso transmitir.
Richard Stein, en su reseña para la Fondation Charles de Gaulle, subraya que la obra no se limita a narrar los hechos militares sino que los cruza con un análisis económico, psicológico, político e ideológico de las decisiones tomadas en ambos estados mayores, y valora especialmente que Lopez y Otkhmezuri mantengan un paralelismo constante entre la acción y la reacción de los dos bandos, algo que Stein considera poco frecuente en una historiografía que suele mirar la guerra solo desde el lado alemán o solo desde el soviético, ya que estudiar el conflicto desde un único punto de vista pone en duda la neutralidad del historiador. Esa arquitectura, señala, dedica un tercio del libro, repartido en dos partes, a todo el camino que condujo hasta la guerra, antes de entrar en la campaña propiamente dicha
También es notable el retrato que los autores hacen, insisto, de Stalin como jefe de guerra, un juicio durísimo del gran líder soviético: Stalin apenas entendía cómo se desarrollaban realmente las operaciones, descuidaba la organización, imponía una rotación de mandos destructiva y mostraba un desprecio aterrador por las pérdidas humanas de sus generales. Frente a esa brutalidad, los autores sostienen una tesis casi sorprendente: la ofensiva alemana estaba condenada desde el primer día, no por la resistencia soviética en Moscú en diciembre, sino por el desgaste continuo de la Wehrmacht desde el 22 de junio. Es decir, la derrota de Hitler ya estaba inscrita en el propio plan Barbarossa («Barbarroja»), y la contraofensiva de Zhúkov ante Moscú no hizo sino revelar y agravar un fracaso que ya era evidente antes de ella. Esta lectura reduce, casi hasta anularlo, el papel de salvador paradójico que otros relatos atribuyen a Stalin.
La dimensión ideológica del conflicto
Esa dimensión ideológica del conflicto es, para varios críticos, el verdadero centro del libro. Benoît Rondeau señala que uno de los rasgos más marcados del texto es poner de relieve el componente ideológico de la guerra y sus consecuencias directas sobre el terreno, hasta el punto de que Barbarroja resulta ininteligible sin el proyecto de colonización hitleriano del Este y sin la voluntad de esclavizar a las poblaciones eslavas. Insiste en que ese marco ideológico explica también por qué no cabía ningún compromiso que pusiera fin a las hostilidades, ya que el objetivo alemán era la aniquilación lisa y llana de la Unión Soviética, y destaca además cómo los autores retratan la paranoia de Stalin, capaz de imaginar una connivencia secreta entre Londres y Berlín. Colosal y magistral son las palabras que vienen a la mente tras la lectura de esta suma extraordinaria, un libro que marcará un antes y un después en la bibliografía sobre el tema.
En el terreno académico, la revista quebequesa Cahiers d’histoire, a través de la reseña de Louis Marcoux, confirma que el libro se ha convertido en referencia obligada en los estudios universitarios sobre el frente del Este, lo que da una medida de su recepción fuera del circuito puramente divulgativo. Y el Webzine cultural Froggydelight resume el consenso general al describir la obra como un libro que recorre desde el Kremlin hasta el cuartel general del Führer, de los estados mayores de los frentes a los grupos de ejércitos, del NKVD a los Einsatzgruppen (escuadrones de ejecución itinerantes de las SS), de las columnas en marcha a las fábricas y a las fosas de ejecución, subrayando así la voluntad de los autores de abarcar tanto la dimensión militar como la genocida del conflicto.
Es, en definitiva, un libro pensado para el lector de historia militar dispuesto a sumergirse en el detalle extremo, apoyado en una masa ingente de fuentes, diarios personales, informes militares y análisis posteriores, y que reivindica el relato de las operaciones sin renunciar por ello a la pregunta política de fondo: por qué aquella campaña, y sobre todo su fracaso final ante Moscú, terminó siendo la matriz de algunas de las peores atrocidades del siglo veinte en el frente oriental.
La invasión de la URSS fue anunciada a bombo y platillo por la propaganda del Tercer Reich como la gran conquista del Este en pro del gran imperio que duraría mil años. Sin embargo, múltiples errores militares y el frío invierno ruso dieron al traste con los planes de conquista de Hitler. Cuando Stalingrado, el gran símbolo del poderío soviético, estaba prácticamente reducido a cenizas y su población aniquilada, el alto mando del Ejército Rojo orquestó una operación que cercaría al 6º Ejército alemán y supondría el principio del fin del poderío nazi en el frente oriental.
La Operación Barbarroja fue el más ambicioso despliegue militar de Adolf Hitler que, al no conseguir conquistar las islas británicas, lanzó sus ejércitos sobre el extenso y gélido territorio soviético en esa lucha atávica contra el enemigo bolchevique por la que clamaba en su Mein Kampf y neutralizar así a su antagonista Iósif Stalin, el mismo con el que apenas tres años antes había pactado el vergonzante reparto de Polonia en el marco del acuerdo Ribbentropp-Molotov, que fue considerado una traición imperdonable de Moscú por el comunismo internacional.
Y aunque la invasión nazi pilló desprevenido a Stalin, que en un primer momento, según sus allegados, se quedó paralizado y estupefacto (a pesar de los informes que distintos espías como el genial Richard Sorge enviaron al Kremlin sobre lo que se gestaba en Berlín), nada salió como se esperaba en la Cancillería alemana, y eso que antes de desplegar sus ejércitos ya hubo voces discordantes con tan ambicioso plan de la Wehrmacht y su más que posible fracaso, que serían silenciadas –y tildadas de derrotistas– por el todopoderoso aparato propagandístico nacionalsocialista.
Fiedrich Paulus
Y lo que en un comienzo se concibió en el marco de la Guerra Relámpago –Blitzkrieg– que hizo caer a una velocidad de vértigo Polonia, Dinamarca, Noruega, Bélgica, Holanda, Luxemburgo y Francia, se convirtió en una salvaje lucha de desgaste y emboscada. El grueso del 6º Ejército alemán, comandado por el general Friedrich Paulus (que acabaría cayendo en desgracia ante el Führer), se vio cercado por el plan soviético de contraofensiva que se configuró a mediados de septiembre de 1942, durante la fase crítica de la defensa de Stalingrado (hoy Volgogrado), una operación basada precisamente en el método de la Blitzkrieg germana y que combinaba de forma brillante fuerza, velocidad y sorpresa para rodear al invasor alemán.
Cerco al 6º Ejército
A la vez que algunos comandantes germanos en posiciones inferiores pensaron que era necesario evacuar Stalingrado, mientras aún fuese posible retroceder hacia el oeste, el alto mando alemán –OKW–, siguiendo las indicaciones de un Hitler reconvertido en jefe militar que no escuchaba los consejos de sus expertos, insistió en permanecer allí y seguir la lucha, así que Paulus insistió en la necesidad de defender la retaguardia de su ejército, un requisito imprescindible para emprender cualquier futura acción contra el Ejército soviético.
Aquella operación de cerco que condujo al embolsamiento del 6º Ejército germano sería bautizada con el nombre en clave de Operación Urano, y ese es precisamente el título del tercer volumen de la monumental Tetralogía de Stalingrado compuesta por los prestigiosos historiadores militares estadounidenses David M. Glantz y Jonathan M. House que publica con su habitual buen hacer Desperta Ferro Ediciones. Glantz continúa con su ambiciosa obra sobre el épico choque que marcó el fracaso de Alemania en el frente oriental. Tras A las puertas de Stalingrado, que abrió la tetralogía y terminaba con el 6º Ejército de Von Paulus ya desviado de su objetivo original, que eran los campos petrolíferos del Cáucaso, y su continuación, Armagedón en Stalingrado, en el que el grueso militar nazi se vio arrastrado a una infinita guerra de desgaste dentro de una ciudad devastada (donde las gentes se morían de hambre y los invasores, desamparados, eran objetivo de los francotiradores(as) soviéticos.), en este Desenlace en Stalingrado (I) Glantz y House nos muestran cuáles fueron las consecuencias de tensar al límite sus fuerzas.
Tras tantear y errar sucesivas veces para encontrar las debilidades en las defensas del Eje, la Stavka, el alto mando del Ejército Rojo, contra toda previsión alemana, cada vez más sofisticado, pudo aprovechar sus intentes recursos humanos para lanzar la devastadora y audaz contraofensiva a mediados de noviembre de 1942. Así, los sitiadores de Stalingrado se convirtieron en sitiados y las tropas alemanas, rumanas y croatas sufrirían en carne propia la extraordinaria presión sufrida por el 62º Ejército soviético pero en un grado mucho mayor, pues el frío era más intenso (y los germanos lo soportaban peor que sus enemigos), circunstancia por la que no tardarían en sumarse el hambre y la desesperación.
Hacia el desenlace en el frente oriental
Glantz hace un detallado y vívido relato (con infinidad de fuentes de primera mano y también secundarias) sobre cómo los tres frentes del Ejército Rojo derrotaron y destruyeron a dos ejércitos rumanos y rodearon al 6º Ejército alemán y a la mitad del 4º Ejército Panzer en la bolsa de Stalingrado en una titánica operación que dinamitaría la estrategia de guerra alemana (sacando de sus casillas a Adolf Hitler, cuyo declive físico y psicológico se evidenció a partir de entonces) y supondría un punto de inflexión fundamental en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial en el frente oriental.
Como en los dos completos volúmenes anteriores, en Desenlace en Stalingrado (I) Operación Urano, el autor (con la inestimable ayuda de House y tras una titánica labor de investigación y documentación) utiliza fuentes antes vetadas o que se presumían perdidas, por ejemplo informes del diario de combate del 6º Ejército germano y registros soviéticos recientemente publicados tras permanecer clasificados durante más de siete décadas. Reveladores materiales que ayudan a argumentar una interpretación sorprendentemente nueva de la planificación y ejecución de esta crucial campaña por ambos contendientes, en el que muy probablemente sea el relato definitivo de Stalingrado, al menos para esta generación.
A la espera del lanzamiento del cuarto y último volumen de esta vibrante tetralogía, podéis adquirir la tercera parte en el siguiente enlace:
Para un relato clásico pero capital en la comprensión de lo que sucedió tras las líneas en Stalingrado, Galaxia Gutenberg publicó en 2020 un majestuoso volumen que recuperaba las vivencias a pie de calle del periodista soviético Vasili Grossman en la ciudad cercada por el Tercer Reich. En la Segunda Guerra Mundial (que en la URSS se dio en llamar Gran Guerra Patriótica) Grossman perdió a su madre y a su hijastro y ejerció como corresponsal de guerra en algunos de los sitios más inhóspitos de la contienda, en el ámbito de esa Operación Barbarroja que para los mandamases de Berlín pretendía arrasar por completo los enormes y gélidos territorios del Este que finalmente serían la tumba del nazismo.
Grossman abordó así un ambicioso proyecto novelístico en dos partes, basado en sus vivencias y en numerosos hechos reales, algunos estremecedores. La primera la inició en 1943, todavía en plena contienda, y publicada en 1952 bajo el título de Una causa justa. La segunda, escrita a partir de 1949, con los mismos protagonistas, daría como fruto una de las grandes novelas (y casi ensayo historiográfico) del siglo XX, Vida y destino, que en castellano también se encargó de publicar Galaxia Gutenberg en una cuidadísima edición.
La primera parte fue considerada como una novela de menor rango, pero en realidad se trataba de un documento de gran valor que ahora se recupera con el título original que para ella quiso su autor y que prohibió la rígida censura del régimen soviético, Stalingrado. Una novela que en principio parece casi antagónica a Vida y Destino que, en palabras de Efim Etkind y Simon Markish, dos de las personas que más hicieron por salvar el manuscrito de Vida y Destino (que vería la luz por primera vez en Occidente en 1980), «pudo haber ganado un merecido Premio Stalin, porque rebosaba amor por el régimen estalinista…». ¿Por qué Grossman hizo dos novelas tan desiguales, con un mensaje aparentemente tan contradictorio, cuando las concibió como un todo y las redactó seguidas una tras otra?
La presente dedición responde a esta pregunta y reconstruye por vez primera el texto original con los más de cien fragmentos que la censura soviética, implacable, obligó a suprimir. El resultado es una obra llena de matices que en conjunto es muy diferente a la que hasta el momento se había podido leer, y por tanto resuelve tantas dudas surgidas durante décadas. En palabras de The Economist, «igual que Vida y destino, la nueva Stalingrado es una obra maestra», y arroja a su vez información capital sobre lo sucedido durante el cerco que cambió el curso de la más sanguinaria guerra de la historia contemporánea.
Y para un acercamiento puramente historiográfico y periodístico, alejado de las posibilidades –y a veces elucubraciones– de la ficción narrativa, Galaxia Gutenberg también compiló las crónicas realizadas por Grossman durante el tiempo que permaneció en Stalingrado. Veterano corresponsal de guerra, ninguna pluma supo mejor que la suya captar lo que sucedió en aquellos 163 días en los que el infierno parecía haberse hecho carne en el corazón de la Unión Soviética. Los textos que componen Stalingrado. Crónicas desde el frente de batalla, están extraídos del libro Años de Guerra y narran lo que vivió el autor en primera persona desde la llegada del grueso de las tropas soviéticas a la ciudad en los primeros días de septiembre de 1942, hasta diciembre de ese año, cuando la batalla comenzó a decantarse claramente del lado soviético, que finalmente vencería, allanando el camino hacia la victoria contra el hasta entonces implacable Tercer Reich.
Stalingrado. La ciudad que derrotó al Tercer Reich
Tiempo antes, en 2018, la misma editorial publicaba otro ensayo que clarificaba muchas de las incógnitas sobre aquella batalla eterna: Stalingrado. La ciudad que derrotó al Tercer Reich, del prestigioso historiador alemán Jochen Hellbeck. La batalla de Stalingrado fue la más letal y feroz de la historia de la humanidad. Ahí es nada. Con una cifra de muertos estimada en más de un millón de personas en seis meses, algo inaudito, gracias a la labor realizada por historiadores moscovitas enviados por el Kremlin para registrar las voces de los defensores de Stalingrado, hoy tenemos testimonios que no solo conmueven sino que muestran la perseverancia de un pueblo que no estaba dispuesto a claudicar.
Debido a la férrea cerrazón del régimen soviético, cuya censura era inexpugnable, digna de la de su antagonista el Tercer Reich, ningún extranjero obtuvo permiso para viajar a Stalingrado (hoy Volgogrado). Aquello, junto a la imposibilidad de acceder hasta fechas muy recientes a los archivos rusos que hoy, a causa de la infame guerra de Ucrania (¡qué pronto se olvida el pasado y se cometen los mismos errores!) vuelven a estar cerrados a cal y canto para los occidentales, provocó que numerosos estudios sobre la batalla la presentaran a través únicamente de los ojos de los alemanes que se quedaron atrapados en la ciudad.
Cuando la apertura de archivos fue mayor, Hellbeck penetró en ellos realizando una increíble labor de investigación y documentación y dio forma a esta verdadera joya historiográfica de más de 600 páginas donde los testimonios de los soviéticos acercan al lector a la batalla desde un punto de vista muy diferente, con una información no comparable a la de ninguna otra fuente conocida y ayudan también a responder a no pocas cuestiones sobre cómo fueron capaces los soviéticos de dar la vuelta a la situación y acorralar a los hasta entonces imbatibles ejércitos de la Wehrmacht. Con la publicación por primera vez de las entrevistas recogidas en Stalingrado, que habían estado sepultadas hasta ahora, este revelador ensayo supone una gran aportación a la literatura sobre la Segunda Guerra Mundial.
Esta joya bibliográfica se complementa con fragmentos de cartas y declaraciones de los soldados alemanes hechos prisioneros por los soviéticos, inéditas hasta ahora.
Fue uno de los grandes agentes de inteligencia del siglo XX, y sin embargo es un gran desconocido en Occidente. De origen alemán, trabajó para los rusos en Japón, donde obtuvo una relevante y delicada información vital para el esfuerzo de guerra aliado, aunque el país del sol naciente sería también su tumba. Ahora, la editorial Crítica publica un ensayo que devuelve al personaje a su justo lugar en la historia contemporánea.
Durante ocho largos años, el círculo Sorge operará con impunidad, con una excepción: los especialistas nipones en comunicaciones interceptan en una ocasión varios mensajes de radio, pero no pueden identificar la fuente. No disponen de la tecnología que tienen los técnicos del Abwehr o los agentes del MI5. No obstante, el cerco se va estrechando y la organización corre cada vez más riesgos, peligro que aumenta exponencialmente con el estallido de la Segunda Guerra Mundial.
Cuando en 1939 se intensifican las relaciones entre la Alemania nazi y el Japón imperial, Sorge informa a sus superiores en Moscú que lo primero que están considerando es la guerra con Gran Bretaña, y no con la URSS, pero Stalin hace oídos sordos a sus agentes en relación a Reino Unido, representante para éste del imperialismo y el capitalismo más abyectos. Dichos informes influirían en la decisión de postergar la guerra con el Tercer Reich, lo que a la larga costaría millones de muertos a la URSS. Será entonces cuando los rusos firmen el Pacto de No Agresión con Berlín, en agosto de ese año, que supondrá una afrenta al comunismo internacional y que logrará tan sólo retrasar la guerra, durante veintiún largos meses.
En mayo de 1941, Sorge visitará una vez más Shanghái para estudiar la actitud hacia la mediación norteamericana de las autoridades japonesas en China. El embajador alemán le ruega, una vez más, que le informe, ya que él no puede analizar los pormenores de tan delicado asunto desde Tokio. Por insólito que pueda parecer, Sorge viaja como mensajero de la Embajada alemana con pase diplomático otorgado por el ministerio de Asunto Exteriores japonés, para llevar despachos al mismo cónsul alemán en Shanghái. Ello demuestra su genialidad como espía y la fuerza de su tapadera. El enviado de Moscú ha logrado colocarse en una posición envidiable y asegura al Centro que las conversaciones americano-japonesas fracasarán. Ocho meses después se producirá el ataque de Pearl Harbor, un episodio que provocará la entrada en la guerra de los Estados Unidos de parte de los aliados.
Mayday Mayday: se avecina la Operación Barbarroja
Desde abril de 1941, Sorge tiene la absoluta certeza de que Berlín ya ha decidido la fecha del ataque hacia el Este: a la Unión Soviética. Informará presto que de 170 a 190 Divisiones han sido concentradas en el frente oriental europeo. En mayo sabe la fecha exacta de la invasión, que será bautizada por los nazis como «Operación Barbarroja»: 22 de junio de 1941. Sin embargo, Moscú no parece creerle a pesar de que llegan informaciones procedentes de más fuentes: Leopold Trepper y su Orquesta Roja y los estadounidenses. Stalin desconfía de la información proveniente de Tokio, cree que la inminente invasión es una operación de desinformación de los británicos. El hombre de hierro al frente del comunismo internacional yerra en su pronóstico y continúa obcecado frente al Imperio de Su Majestad. No tardará en tener que aliarse con sus odiados ingleses para combatir el avance inmisericorde de la cruz gamada.
Aquello será un golpe tremendo para Sorge, que se siente traicionado por sus jefes de Moscú. La que acabaría por ser su amante, Hanako, confesó lo siguiente cuando el espía supo la reacción del Kremlin: «Solo una vez le vi perder el control, y fue cuando el ataque alemán a la Unión Soviética. ¡Aquel día se puso a llorar como un niño!». Las revelaciones y los reiterados mensajes de la inminente invasión constituyeron la culminación de la obra del «grupo Sorge». Matas apunta que: «Nunca en la historia del espionaje se habían conseguido revelaciones tan sensacionales». Sorge dio el día exacto de la invasión, el 22 de junio, mensaje que se envió por radio desde el domicilio de Klausen en una fecha tan temprana como el 15 de mayo. De nuevo el silencio de sus superiores.
El Pacto Ribbentrop-Mólotov. El día de la infamia (Source: Wikipedia)
Al producirse finalmente la invasión del Este de Europa, Alemania presionó a Japón para que se sumase al ataque, pero la Marina nipona estaba más interesada en el Sur que en Siberia, algo que ya había deducido con exactitud Sorge: gracias a sus informes, los soviéticos pudieron trasladar tropas apostadas en el Este, en el lago Baikal, a Occidente. Ahora sí escuchaban sus «vaticinios», que no tenían nada de sobrenatural, sino que se basaban en datos, como buen materialista histórico. Sin duda, algunas de sus filtraciones lo convierten, si no en el único, sí en uno de los «espías del siglo XX».
En agosto de 1941, Tokio espera la derrota de Stalin y la caída de Moscú en poder de los alemanes. Berlín se lo asegura a sus embajadas: «El domingo entramos en Moscú». Aquello jamás sucederá: la heroica resistencia soviética echará por tierra los planes de conquista de Hitler y desanima a su vez al Estado Mayor japonés. Sorge informa al Cuarto Buró de que la resistencia rusa desalienta a Tokio. En diciembre podrá afirmarse que la capital soviética ya no corre peligro. El gran revés del Estado Mayor alemán, el OKW, que ve lejanos los días en los que la Blitzkrieg conquistaba terreno cual una apisonadora.
Por aquel entonces Richard Sorge ha demostrado ser una pieza de incalculable valor para los Servicios de Inteligencia soviéticos. Es, sin duda, uno de los mejores agentes que informan a Moscú. Sin embargo, pronto el cerco se estrechará en torno a él. Pero a pesar de la presión de aquel trabajo en la clandestinidad, hubo tiempo para el amor. Para Sorge siempre lo había: en octubre de 1935, durante una fiesta que organizó por su cuarenta cumpleaños, conoció a una joven de nombre Miyake Hanako, que acabaría por ser su amante –y viviría con él durante cinco años en casa del espía, en el número 30 de Nagasaka-cho, Azabu, en Tokio, una casita de estilo japonés donde el espía dormía sobre un colchón puesto en las esteras del suelo y con la cabeza apoyada en una almohadilla dura, al estilo japonés. Hanako permaneció allí hasta poco antes de su detención, en octubre de 1941.
Cerco a la Red Sorge
Richard Sorge mantenía grandes medidas de seguridad con respecto al blindaje de su organización para que no hubiera filtraciones. No daba a sus colaboradores muchas explicaciones y evitaba que sus miembros mantuvieran entre sí muchos contactos. Deakin y Storry señalan en su libro que «Klausen, como radiooperador y tesorero, conocía los apodos y los nombres cifrados de cada miembro, pero hasta los últimos días de la existencia del círculo no supo de la identidad verdadera de Ozaki y únicamente se enteró del nombre de Miyagi después de ser detenido. Ozaki se reunió con Klausen una sola vez, desconociendo su nombre. Nunca conoció a Vukelic».
Todas aquellas medidas no sirvieron para evitar que la red fuera desarticulada finalmente por los japoneses. El gran peligro radicaba en el registro, más o menos casual, de algún coche o domicilio, y el descubrimiento por parte de la policía de informes secretos. En este sentido, era Klausen el que corría un mayor peligro, pues tenía que viajar mucho en su coche, trasladando el transmisor dentro de un saco, para enviar mensajes desde un piso franco u otro. Éste era un auténtico maestro de la técnica de la retransmisión. La estación clandestina de Tokio, a manos de Klausen, cumplía una misión decisiva.
Konoe
Cuando Sorge podía sacar de la Embajada alemana los documentos que debían fotografiar, se los pasaba a Vukelic para que los filmara. En caso contrario, era el propio espía quien se encargaba de dicha operación dentro de los muros del edificio oficial. Las noticias que Ozaki recogía de los círculos gubernamentales del príncipe Fumimaro Konoe, a la sazón primer ministro, se los transmitía de forma oral a Sorge, que redactaba poco después un informe que entregaba a su vez a Klausen para que lo radiara a Moscú. El mayor riesgo provenía de conservar documentos comprometedores, que era preciso guardar hasta la ocasión en que un correo humano pudiera trasladarlos de forma segura a su destino en la URSS.
Sorge comenzaba a acusar los estragos de aquella vida en la semiclandestinidad, de inestabilidad en todos los sentidos, cuando comenzó el principio del fin de su organización.
Sorge durante su convalecencia en la Gran Guerra (Source: Wikipedia)
La caída de la red comenzó por una desgraciada casualidad: el 18 de septiembre de 1941 era arrestara una modista de nombre Kitabayashi Tomo y su marido, quienes fueron inmediatamente conducidos a Tokio. Los había denunciado un tal Ito Ritsu, que en 1932 había pertenecido a la Liga Japonesa de la Juventud Comunista, lo que provocó que tuviera que cumplir dos años de condena por pertenecer a una organización ilegal. En 1939 era detenido nuevamente por sus actividades comunistas y, tras un duro interrogatorio, acabó pronunciando el nombre de aquella mujer, a la que había conocido años atrás en Los Ángeles y quien estaba relacionada con la Sección Japonesa del Partido Comunista Norteamericano.
Kitabayashi Tomo sería la primera pieza que haría caer todo el dominó de la red Sorge, una vez que pronunció el nombre de Miyagi, que fue detenido a su vez el 11 de octubre. Acto seguido, las autoridades se personaron en su domicilio: en su casa los agentes nipones encontraron, entre varios documentos traducidos al inglés, un memorando confidencial de la oficina del Ferrocarril del Sur de Manchuria. Miyagi fue conducido por los agentes a la comisaría Tsukiji, donde parece ser que fue sometido a un terrible interrogatorio. Aunque negó que fuese espía, no pudo mantener mucho tiempo el dominio de sí mismo. Antes de delatar a sus compañeros y se arrojó a la calle por la ventana del segundo piso de la comisaría, un árbol frenó su caída y únicamente se fracturó una pierna. Gravemente enfermo de tuberculosis, acabó por derrumbarse y confesar pertenecer al círculo de espionaje soviético que actuaba en Tokio y que estaba formado por Sorge, Vukelic, Ozaki y Klausen.
La mañana del 15 de octubre de 1941 era detenido Ozaki por una patrulla de procuradores. La red había sido completamente descubierta. Finalmente, éste también confesaría, por lo que no quedaba duda alguna de que Sorge espiaba para la Unión Soviética. En un primer momento, el Ministerio del Interior se negó a autorizar la detención del periodista por motivos diplomáticos, pero unas horas después, el príncipe Konoye dimitía y el general Tojo nombraba ministro de Justicia a Iwamura Michio, quien no dudó en firmar la orden. Sorge era apresado en pijama y zapatillas a las cinco de la madrugada del sábado 18 de octubre por el detective Ohashi de la Policía Especial Superior. Poco después eran detenidos Vukelic y Klausen. Nuestro protagonista fue trasladado en un principio a la comisaría Toriizaka y unas horas después, ante el temor de que los periodistas se entrometieran, a la prisión de Sugamo, en el distrito de Ikebukuro.
Sugamo
Richard Sorge aceptó desde el principio de su interrogatorio haber recogido información secreta, aunque no para los rusos, sino para el embajador alemán, pidiendo a su vez permiso para ver al general Eugene Ott, aunque su solicitud no sería atendida en un principio. Finalmente, acabaría reuniéndose con él durante apenas cinco minutos, bajo estrictas condiciones impuestas por Yoshikawa; momento durante el cual, mirando a los ojos al amigo que había traicionado, le espetó antes de despedirse: «Esta es la última vez que nos vemos».
Sorge en sus días felices en Japón
En el registro de su domicilio la policía nipona encontró «dos páginas de un borrador escrito a máquina, en inglés, del mensaje final con los resultados que debían enviar a Moscú el 15 de octubre». A su vez, en el domicilio de Klausen se descubrió una copia del mismo mensaje, cifrado a medias. En el domicilio de Sorge se hallaron también numerosos gadgets: «…tres cámaras, un aparato para sacar copias con accesorios, tres lentes fotográficas (una telescópica), un equipo para revelar (…) contactos con agentes y cuentas (…) una lista de los afiliados al Partido en Japón, dos volúmenes del Anuario Estadístico Alemán (que servían para cifrar y descifrar), siete páginas de informes y cartas en inglés…». La policía japonesa se asombró de los más de mil volúmenes que poseía Sorge, donde primaban los libros de historia y literatura japonesas.
Un interrogatorio implacable
Desde el principio, fue interrogado por la Policía Superior Especial, bajo la dirección del procurador Yoshikawa Mitsusada, de la Sección Ideológica del Departamento de Procuradores de la Corte de Tokio. Aunque las fuentes sobre lo que sucedió entonces se contradicen –algunas afirman que los japoneses respetaron su condición de personaje relevante y no le sometieron a tortura–, otros autores, como Héctor Anabitarte, apuntan que «no hay duda de que es torturado». La tortura era un procedimiento habitual de la Policía japonesa, en cuyas sesiones no era raro que algunos detenidos muriesen.
Ott
Sorge se vino abajo cuando le mostraron las declaraciones inculpatorias de Klausen y los demás acusados. Durante un tortuoso periodo de ocho meses y medio, desde septiembre de 1941 hasta junio de 1942, fueron detenidos treinta y cinco hombres y mujeres directa o indirectamente relacionados con la red, que serían juzgados a puerta cerrada. Tras meses de duros interrogatorios, un buen día, de pronto, el espía pidió papel y lápiz a sus carceleros y escribió en alemán: «Desde 1925, soy un comunista internacional». Después de que confesara ser un espía soviético, Yoshikawa buscó aclarar si éste trabajaba para el Komintern o para el Cuarto Buró del Ejército Rojo, porque no convenía abrir enfrentamientos con la URSS.
El Ministerio de Justicia Japonés y el Ministerio de Asuntos Exteriores, así como el Tribunal Supremo, redactaron conjuntamente un comunicado oficial para la prensa sobre el tema, que había alcanzado proporciones de asunto de Estado. En dicho documento no se mencionaba a las altas personalidades japonesas o de la embajada que habían estado relacionadas de una forma u otra con el espinoso asunto. Se cargaban las tintas sobre el propio espía. En el informe, los japoneses se cuidaron también de no ofender no solo a sus amigos germanos, sino también a los rusos, con quienes por entonces tenían un tratado de no agresión que les dejaba las manos libres para su lucha contra los EEUU en el Pacífico –también se investigó, curiosamente, si Sorge había espiado para Roosevelt–. Declaraban textualmente que el grupo Sorge era «un círculo de espías rojos bajo órdenes del Cuartel General del Komintern», juzgándolo como comunista internacional y dejando al margen al Cuarto Buró, eximiendo así a la URRS de cualquier tipo de responsabilidad. Sus camaradas nunca le salvarían.
¡Adiós, camarada!
El catedrático Ikoma, que haría de intérprete del juez Nakamura, encargado del proceso, y del procurador, recordaría una vez acabada la guerra que cuando le comentó a Sorge la derrota de los nazis en Stalingrado el espía festejó la victoria soviética y llegó a pensar en la posibilidad de un canje por otros agentes enemigos detenidos en Moscú. El 29 de noviembre de 1943, el Tribunal del Distrito de Tokio sentenciaba a Richard Sorge, «el espía del siglo», a la pena de muerte. El escueto informe oficial señala que «Sorge se condujo con compostura hasta el lugar de la ejecución». Fue ahorcado a las 10.20 horas del 7 de noviembre de 1944, ya cercano el final de la guerra que contribuyó a ganar, y, por un curioso capricho del destino, en el 27 aniversario de la Revolución rusa, por cuyo ideario había llegado hasta el verdugo. En 1964, el Sóviet Supremo de la URSS le condecoró de forma póstuma con el título de «Héroe de la Unión Soviética». Sin duda había sido uno de los más grandes de su breve historia.
Hanako-San, la última amante de Sorge en Tokio, fue detenida tras éste aunque dejada en libertad poco después. En 1943, todavía sospechosa, era detenida nuevamente y retenida durante cinco días. Sin embargo, sus captores comprobaron que no estaba involucrada en actividades de espionaje y respetaron la ley, sacándola de prisión. Después de la guerra, ésta decidió recuperar los restos de su antiguo amante. Según las fuentes oficiales, el cuerpo de Sorge estaba enterrado en el cementerio de Zoshigaya, perteneciente a la cárcel donde fue ejecutado. Sobre su sepultura se había colocado una humilde placa de identificación de madera, aunque alguien la robó más tarde, por lo que se perdió el paradero de los restos.
Hanako-san no cejó en su empeño de descubrir el cuerpo de su amado y se puso en contacto con el abogado encargado de la defensa de Sorge, Asanuma Sumiji, quien durante dos años insistió ante las autoridades del presidio para saber qué había sucedido con el cadáver. Finalmente, se descubrió el ataúd del espía en una sección reservada a los vagabundos sin hogar. El esqueleto pertenecía a un extranjero –lo que dedujeron por la forma del cráneo– y los huesos de una pierna presentaban marcas claras de heridas que correspondían con las que sufrió Sorge en la Gran Guerra. Con los empastes de oro de sus dientes, Hanako-san mandó realizar una alianza que jamás se quitaría. Hizo llevar el ataúd al tranquilo cementerio de Tama, a las afueras de Tokio, que visitó hasta su muerte llevándole flores frescas. Hizo grabar la siguiente inscripción sobre su lápida: «Aquí descansa un valiente guerrero que consagró la vida a luchar contra la guerra y a favor de la paz en el mundo».
Tumba de Sorge en el cementerio de Tama, en Tokio.
Y para ahondar en la figura de Sorge con datos completamente actualizados (basados en informes confidenciales recientemente desclasificados y nueva documentación reveladora), nada mejor que sumergirnos en las páginas de Un espía impecable. Richard Sorge, el maestro de espías al servicio de Stalin, que acaba de publicar Crítica en una alucinante edición en tapa dura. Su autor, Owen Matthews es un periodista de dilatada trayectoria que ha estado en primera línea de fuego en diferentes conflictos como corresponsal de la revista Newsweek en Moscú. Nadie mejor que él, pues, para hablarnos de un agente secreto en nómina del Kremlin que también fue un aventurero y también arriesgó su seguridad en pos de un ideal.
PARA SABER UN POQUITO (MUCHO) MÁS:
–HERRADÓN, Óscar: Espías de Hitler. Las operaciones de espionaje más importantes y controvertidas de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga (Gruplo Planeta), 2016.
–MATAS, Vicente:Sorge. Los Revolucionarios del Siglo XX. 1978.
–WHYMANT, Robert: Stalin’s Spy: Richard Sorge and the Tokyo Espionage Ring. I. B. Tauris and & Co Ltd, 2006.
Y para ahondar en la figura de Sorge con datos completamente actualizados (basados en informes confidenciales recientemente desclasificados y nueva documentación reveladora), nada mejor que sumergirnos en las páginas de Un espía impecable. Richard Sorge, el maestro de espías al servicio de Stalin, que acaba de publicar Crítica en una alucinante edición en tapa dura. Su autor, Owen Matthews es un periodista de dilatada trayectoria que ha estado en primera línea de fuego en diferentes conflictos como corresponsal de la revista Newsweek en Moscú. Nadie mejor que él, pues, para hablarnos de un agente secreto en nómina del Kremlin que también fue un aventurero y también arriesgó su seguridad en pos de un ideal.
Con formación en Historia Moderna por la Universidad de Oxford, antes de entrar en Newsweek, al comienzo de su carrera periodística, Matthews cubrió la guerra de Bosnia y ya en las filas de dicha publicación cubrió la segunda guerra chechena, la de Afganistán y la de Irak, así como el conflicto del este de Ucrania. Ha sido colaborador también de medios tan importantes como The Guardian, The Observer y The Independent y ganó varios premios con su libro de 2008Stalin’s Children. Un espía impecable ha sido elegido libro del año por The Economist y The Sunday Times. He aquí el enlace para adquirirlo: