La conspiración del rock (II)

Desde que los Rolling Stones se autoproclamaron «Sus Satánicas Majestades», el mundo del rock ha sido relacionado con el Maligno y su cohorte de acólitos que, guitarra en mano, realizaban su particular aquelarre musical para invocar –y deleitar– al príncipe de las tinieblas.

Óscar Herradón ©

El «pacto con el diablo» ha sido una de las leyendas rockeras más habituales entre conspiracionistas, que en una época tan lejana como principios del siglo pasado, ya se atribuía al guitarrista de blues Robert Johnson, quien, para alcanzar el estrellato, habría llegado a un acuerdo con el diablo en un cruce de caminos de vaya usted a saber dónde. Probablemente en algún descampado de la América oriunda. La lista de personajes marcados por el malditismo satánico es extensa: los rockers Eddie Cochran, Gene Vincent, Buddy Holly, Johnny Burnette y Vince Tayler, ninguno de los cuales alcanzó la edad adulta, falleciendo fatalmente, algunos de ellos en extrañas circunstancias; ni qué decir tiene en los tiempos en los que el rock se erigió en la música de la contracultura.

Black Sabbath coqueteó con el satanismo –que utilizó a modo de marketing de forma brillante– en todos sus años en activo, y su líder, Ozzy Osbourne, gustaba de aparecer, en su época en solitario, ataviado en las portadas de sus discos cual émulo del maligno, con cuernos y todo. Pero los años pasan factura, y los excesos, por muchos «pactos malignos» que uno haya hecho… En los Premios Grammy de este 2020, que tuvieron lugar en el Staples Center de Los Ángeles el 26 de enero, cuando nadie pensaba aún que la pandemia de Covid-19 se abatiría implacable sobre un mundo todavía centrado en espectáculos de masas y premios, el bueno de Ozzy lucía un bastón, en su primera aparición ante los medios desde que hiciese público que padece Parkinson. No obstante, al extravagante músico aún le queda cuerda para rato.

Otro de los personajes que se vinculan al satanismo es el inefable Charles Manson, músico frustrado antes de ser el gurú de un grupo de chalados que, esperando el Apocalipsis, acabaron con la vida de Sharon Tate y otras cuatro personas en el 10050 de Cielo Drive, en Beverly Hills. Lo menciono porque su sueño, al parecer, y la razón de que acabara enviando a su Familia a aquella mansión aquel fatídico día de finales de los sesenta fue precisamente su carrera frustrada en el mundo de la música. En 1993, los Guns N’ Roses previos a su separación versionaban la canción Look at your game girl en el álbum The Spaguetti Incident? escrita por el propio Manson, lo que les valió una buena demanda. Puestos a provocar… La forma de burlar la censura fue incluir el tema al final del disco, aunque sin citarlo en los títulos de crédito. Quizá aquella fue la razón del ocaso de una de las grandes bandas de rock de finales de los 80 y principios de los 90.

El discípulo de La Bestia

Pero la leyenda urbana que relaciona rock y satanismo de forma más elaborada es la que tiene como protagonista a la influyente banda de rock progresivo Led Zeppelin. Ello se debió principalmente a que el brillante guitarrista de la banda, Jimmy Page, mostró toda su vida afición por el ocultismo y el esoterismo. Al margen de que el lector pierda el tiempo escuchando Stairway to Heaven al revés, por si se encuentra oculta una letanía diabólica, lo  cierto es que Page abrió una librería especializada en esoterismo a principios de los años 70 en Londres, cuyo nombre era The Equinox Booksellers and Publishers –«Vendedores de libros y editores del Equinoccio»–, que llegaría a publicar, entre otros, el libro The Goetia, de Aleister Crowley, en su edición de 1904, librería que el guitarrista acabaría cerrando por el tiempo que le ocupaban las giras con los Zeppelin cuando ya se habían convertido en un mega grupo.

Lo cierto es que la figura del ocultista británico fascinaba a Page, que compró la residencia de Crowley en Escocia, la Boleskine House. Siempre que tenía alguna temporada libre viajaba a los lugares en los que había vivido el adepto de la Golden Down. Precisamente en una de estas ocasiones se sobredimensionaría la leyenda negra de Led Zeppelin: en 1975, mientras Robert Plant, el cantante, y Jimmy Page, se hallaban de vacaciones en Rodas con sus respectivas familias, el guitarrista hizo un viaje hasta las proximidades de Cefalú, en Sicilia, para visitar la morada de Crowley en el lugar: la abadía de Thélema. Justo al día siguiente, los Plant sufrieron un accidente de coche en el que Robert resultó herido grave y su esposa estuvo a punto de morir. Apenas dos años después, el 26 de julio de 1977, su hijo pequeño, Karac Plant, falleció de una fulminante infección de estómago. Para los teóricos de la conspiración, todo era culpa de Page y su afición a lo oculto, leyenda que se sobredimensionó con la muerte en casa del propio guitarrista de John Bonham, batería de Led Zeppelin, según cuentan, ahogado en su propio vómito de una ingesta brutal de vodka.

Algo más que un símbolo

Como sucede con los discos de los Rolling, los Beatles o el primero de Black Sabbath –en el que aparece una mujer que, cuenta la rumorología, se trataría nada menos que de un espíritu–, los discos de los Zeppelin también tienen su historia negra. Precisamente en el punto álgido de su carrera, en 1971, la banda publicaba Led Zeppelin IV, el álbum de la polémica en el que se incluyeron cuatro símbolos rúnicos con el que se identificaba cada uno de los miembros del grupo. El que más llamó la atención, por ser desconocido, era el de Page, que respondía a las siglas ZoSo, y que pronto desataría rumores de todo tipo, a cual más enrevesado.

Portada del discazo Led Zeppelin IV (1971)

A partir de entonces, Jimmy Page solía aparecer en escena con los símbolos del zodíaco bordados en sus setenteros ropajes, con el ZoSo destacando sobre todo lo demás. Teorías hay para todos los gustos: que si se trataba de un símbolo cabalístico, que si podía derivar de un estilizado «666», el número de la Bestia –el propio Crowley se autodefinía como La Gran Bestia–, o de un signo que apareció por primera vez en un texto distribuido en su librería esotérica: Zos Speaks, del artista esotérico londinense Austin Osman Spare.

La teoría más creíble es que tuviera su origen en un grimorio de 1557, Ars Magica Arteficii, escrito por el astrónomo y médico renacentista Gerolamo Cardano, donde se identifica el símbolo ZoSo como satánico, quizá un simple entretenimiento de Page que, no obstante, era bastante versado en ciencias ocultas. Lo que me cuesta mucho creer es que fuera un brujo al estilo de su querido Frater Perdurabo, o que realizara misas satánicas como se han atrevido a decir los más incautos. Sea como fuere, ahí tenemos su música, demoníaca o no, para seguir deleitándonos cincuenta años después.

Y aunque el satanismo continúa siendo un recurso manido de parte de la escena musical más extrema –en los noventa recurrió a él Marilyn Manson para provocar, en los 2000 otras numerosas bandas deudoras de su estilo y en la actualidad otras de gran celebridad como Ghost, cuyo cantante, Tobias Forge (quien ocultó su identidad durante los primeros años del grupo) se hace llamar Papa Emeritus IV (o Nihil) y además de maquillaje siniestro, luce vestiduras papales y ¡mitra! Cosas del espectáculo. Pues eso, que aunque continúa siendo un filón, mención aparte merece el llamado Inner Circle noruego y cómo a unos cuantos de la escena Black Metal nórdica se les fue algo la pinza y el asunto de las manos a principios de los noventa del siglo pasado. No obstante, no hay que olvidar que el satanismo es, para todo un tropel de adeptos, religión –en algunos sitios incluso oficial– y poco tiene que ver con hacer el mal y sí más con disfrutar de los «placeres de la vida». No tardaremos en sumergirnos en el Inner Circle en «Dentro del Pandemónium». Miedito da lo que hicieron aquellos tipos…

PARA CURIOSEAR MÁS:

Ediciones Luciérnaga acaba de publicar un libro que le viene que ni pintado a esta segunda parte conspirativa del guitarreo. Lo ha escrito el divulgador Javier Ramos de los Santos y lleva por título, precisamente, Historia maldita del rock. En sus páginas, llenas de curiosidades de esas que tanto nos gustan en «Dentro del Pandemónium», podrás saber más sobre las historias narradas en el blog, como la leyenda «Paul is Dead», que los propios Beatles, no tan inocentes como pudiera parecer, pues eran mucho más que los «chicos buenos» del rock, contribuyeron a expandir; el club «maldito» de los 27 formado por grandes como Jim, Janis o Jimi –las tres «J»–, Kurt Cobain o Amy Winehouse, entre otros; si es cierto que existen canciones de rock que «incitan» al suicidio –al menos de esos se ha acusado a algunos grupos, que incluso han sido llevados a juicio– o si es cierto que el guitarrista de los Zeppelin, el virtuoso de ojos rasgados Jimmy Page, hizo un pacto con el diablo… entre otras perlas rockeras de las que venimos hablando en este post.

Unas páginas cargadas de decibelios en las que canciones de ultratumba se dan la mano con muertes extrañas y desapariciones que hacen las delicias de los movimientos conspirativos, alguna que otra leyenda urbana –como esa de que Elvis sigue vivo o que Michael Jackson se cambió el color de la piel porque «odiaba ser negro»– y verdades como puños que uno ni siquiera podría imaginar que fueran reales. He aquí la portada:

Rebeldes del Rock (Ma Non Troppo)

Uno de los libros más sugerentes de los últimos meses es también cosecha de Redbook Ediciones a través de su sello Ma Non Troppo: Rebeldes del Rock, de Manuel López Roy. Un interesante y novedoso acercamiento a las estrellas del acorde precisamente analizando lo que este género de masas tiene de transgresor –característica que forma parte de su nacimiento y de su mismo ADN–, un viaje psicodélico por su intrahistoria.

El autor muestra el rock en su más pura esencia desde sus inicios: es contestatario, irreverente y/o juvenil (aunque no siempre: el que ama el rock lo hace de por vida, también en la senectud). Roy habla del género como una manifestación de la música popular que, desde sus comienzos, «ha sido uno de los vehículos fundamentales para expresar el descontento y la protesta, tanto política como social, de los ciudadanos». Y sitúa el nacimiento del género, en los 50, unido a la rebeldía como aspecto destacado de los músicos que lo tocaron y cantaron, sin olvidar otros géneros como el punk, el rap e incluso el pop. Una forma de rebelarse contra el status quo.

El volumen habla de músicos (por sus páginas desfilan desde Jerry Lee Lewis a John Lennon, de Gil Scott-Heron a Bruce Springsteen, de Patty Smith a Dead Kennedys, de los Teddy Boys a Van Rock, entre muchos otros), pero también los movimientos que nacieron a su cobijo, como los pandilleros: los greasers, los mods, los hippies o los teddy boys, y se analiza la sociedad de cada década tomando como referencia las grandes figuras que emergieron en cada momento, la mayor de las veces como forma de desobediencia.

A pesar de que autores anteriores como Peter Seeger o Woody Guthrie, así como el «maldito» Robert Johnson ya mostraron dicha actitud, será con Elvis y Sun Records cuando comience la verdadera eclosión del rock and roll. Y a partir de ahí, ya no habrá forma de pararlo, ni desde las grandes instituciones ni desde los gobiernos más implacables. Puesto que el rock creaba no solo tendencias, sino estilos de vida, las autoridades se echaban a temblar. Chuck Berry, Little Richard, Jerry Lee Lewis, John Lennon… todos ellos fueron objeto de vigilancia del FBI y otras autoridades estadounidenses.

Así, el libro está salpicado de anécdotas fascinantes y poco divulgadas en relación con grandes estrellas: el FBI contra Jimi Hendrix, el experimento de rebeldía interracial que supuso a finales de los 60 y principios de los 70 la Coalición Arco Iris, la persecución del rock tras el telón de acero y hasta la convulsa disolución de la URSS o los sonidos de la antiglobalización. Una historia ampliamente documentada y de prosa excitante sobre el rock contestatario, un viaje fascinante por su turbulenta historia y la lucha contra la injusticia, los totalitarismos –fascistas y comunistas– y el poder establecido, del color que sea.

He aquí el enlace para adquirir este imprescindible volumen:

Long Live Rock ‘n’ Roll!!!!!!

El «doble» de Paul McCartney

Una de las historias más alucinadas y alucinantes de los años en que triunfaban el ácido y la psicodelia es aquella que recibió el sugerente nombre de «Paul is dead» –PID, «Paul está muerto»–, que ha engrosado los anales de las leyendas urbanas míticas del rock. Bueno, de las leyendas en general, porque en el tiempo en que surgió, los alocados y añorados sesenta, no se las tildaba todavía de «urbanas». Una historia que parece contribuyó a extender, en cierto modo, el propio cuarteto de Liverpool y a la que hoy pondríamos la etiqueta de Fake News, pues no todo se ha inventado en la era de Internet.

Óscar Herradón ©

Hoy el bueno de Paul –no tan «bueno» si leemos declaraciones de Yoko y algún que otro productor–, lanzaba al mercado el álbum McCartney III, el cierre en forma de trilogía de un proyecto en solitario que inició tras la traumática separación de los Beatles un imborrable 10 de abril de 1970, cuando precisamente el bajista zurdo hacía público un comunicado anunciando la ruptura. Pues eso, este diciembre de 2020 lanzaba su nuevo disco, a los 78 años y todavía en plena forma, aunque con cierta dependencia del botox. Pues bien, tantos años después, y con este señor aún subido a un escenario, infatigable, tras haber escrito con mayúsculas parte de la MÚSICA del siglo XX, todavía hay quien cree que es… ¡un impostor!

Todo empezó el 12 de octubre de 1969, cuando un misterioso oyente de la emisora WKNR-FM de Dearborn, en el Estado de Michigan (EEUU), que respondía al nombre de Tom, dejó en el aire –nunca mejor dicho– un misterio que los más conspiranoicos, por no llamarlos de otra manera, se han empeñado en perpetuar: nada más y nada menos que el hecho de que el ex Beatle, en este caso Paul y no el siempre controvertido John Lennon que brindaría titulares en su corta vida y después, había fallecido en 1966.

Según esta leyenda, que el anónimo oyente se encargaría de moldear de forma minuciosa –y no poco ingeniosa–, el miércoles 9 de noviembre de 1966, concretamente a las 5 de la madrugada, McCartney, tras abandonar el estudio en el que se grababa el mítico álbum Sgt. Peppers Lonely Hearts Club Band, semidesnudo y al parecer acompañado de una misteriosa joven de nombre Rita, se introdujo en un Aston Martin que condujo a velocidad de vértigo hasta saltarse un semáforo y ser embestido por un camión –aquí las versiones se contradicen–, perdiendo literalmente la cabeza. Evidentemente, Paul había sido visto después, hasta 1969, en todo tipo de actos del grupo, en conciertos, ruedas de prensa, videoclips… Era imposible que hubiera dejado su vida en el asfalto… ¿o no?

Un señor con nombre de sopa

Según el citado Tom y otros teóricos de la conspiración –o más bien sembradores de la confusión, al menos en un primero momento–, el McCartney que se dejaba ver en público y ponía su voz a las nuevas canciones de The Beatles era ¡un doble! Y ese doble tenía nombre: un tal William Shears Campbell, ganador del concurso de dobles organizado por la banda de Liverpool en 1966 para sustituir al beatle zurdo, un policía canadiense aficionado a la música que no solo era clavadito a la star fallecida, lo cual ya era casualidad, sino que ¡tenía la misma voz! Y el/los forjadores de la leyenda aseguraban que los propios componentes del grupo daban pistas en sus álbumes de estudio posteriores a esa fecha en los que, sucintamente, insinuaban que McCartney había pasado a mejor vida.

Al parecer, cuando estaban en antena, el enigmático Tom pidió al conductor del programa, Russ Gibb, que reprodujese la canción Revolution 9 a la inversa, y el disc jockey creyó escuchar la frase «Turn me on, dead man» –traducida como «enciéndeme o excítame, hombre muerto»–. Poquito para pensar que el rumor fuese realidad, pero lo cierto es que dos días después, en el periódico Daily Michigan, fue publicado un artículo firmado por Fred Labour y John Gray, curiosamente también estudiantes de la misma universidad que Tom Zarski –la muy posible identidad del oyente «Tom»–, en el que realizaban una interpretación nada objetiva de lo que veían en el álbum recientemente publicado de la banda británica, el exitoso Abbey Road que hizo célebres los pasos de cebra en el merchand de medio mundo. Hasta hoy.

En esta portada, en la que los cuatro músicos cruzan la carretera, Paul es el único que aparece descalzo, algo que, según algunas culturas –los autores no especificaban cuáles– es una alegoría de la muerte. La célebre matrícula que puede verse en el coche aparcado al fondo, 28 IF, haría referencia a la edad que tendría McCartney si –if– no estuviera muerto. Más retorcido, imposible. Pero hay más.

En 1967 se publicaba Sgt. Peppers Lonely Heart’s Club Band, por lo tanto, según la teoría la conspiración, sería el primero sin McCartney y con William Campbell como integrante. La explicación: en la psicodélica portada, el «doble de Paul» luce una insignia con las siglas O.P.D., que en inglés significan Officially Pronounced Dead –Declarado Oficialmente Muerto–, aunque la pura verdad es que eran las siglas de la Ontario Police Department; además, varias canciones harían alusión al día y a la hora de la muerte del beatle, según los conspiranoicos claro. Aparecía además una tumba hecha de flores y un bajo –instrumento que Paul tocaba– también hecho de flores al que le faltaba una de las cuatro cuerdas, lo que, una vez más, indicaría que uno de los cuatro de Liverpool había muerto. El hecho de que entre la amalgama de personajes que decoran la portada apareciera también el célebre ocultista inglés Aleister Crowley, alentó a los conspiradores a afirmar que The Beatles adoraban al diablo, como tantas otras estrellas del rock, tema que daría para mucho más.

El rumor se extiende como la pólvora

Abierta la caja de Pandora, el pinchadiscos Russ Gibb, que creyó a pies juntillas la historia del tal «Tom», o quiso imperiosamente creerla, acompañado de John Small y Dan Carlisle, comenzaron un programa en la WKNR-FM bajo el nombre de «Complot Beatle», un programa bastante radical de una hora de duración dedicado a corroborar la verdad de la historia que duró varios años en antena en Detroit.

No fueron los únicos. El rumor cobraría aún más fuerza cuando el pinchadiscos Ruby Yonge, que conducía un programa nocturno en la emisora WABC de Nueva York, comentó la noticia de la «muerte ocultada» de McCartney la noche del 21 de octubre de 1969, lo que le costó el despido inmediato y la suspensión de la emisión. La WABC tenía un radio de difusión enorme, podía ser escuchada en 38 de los 50 estados del país y su alcance llegaba incluso a la costa atlántica africana. Aquello provocó una oleada de rumores y conspiraciones de la que se hizo eco la prensa estadounidense. La beatlemanía resurgía con toda su fuerza pero esta vez en torno a la «defunción» de Paul, y no en su país natal, algo menos crédulo, sino al otro lado del Atlántico, tierra propicia a los rumores.

Y así una lista innumerable de supuestas pistas que los de Liverpool introducían en cada uno de sus trabajos –parecía como si, lupa en mano, los conspiracionistas esperasen a que los músicos publicaran un nuevo álbum para encontrar dichos indicios–. Letras de canciones, entrevistas… en cada uno de los movimientos y creaciones de los de Liverpool los amantes de la rumorología veían más y más pistas de que McCartney era un doble, una suerte de Döppelganger pero de carne y hueso: en el citado Abbey Road, Lennon vestía completamente de blanco –por lo que, según sus autores, asumía el rol de predicador–, Ringo Starr vestía el traje negro de los empleados funerarios, George Harrison, vestía ropa de trabajo –asumiendo el rol de enterrador–, mientras que el susodicho McCartney, a pesar de vestir también traje, aparecía con los ojos cerrados y los pies descalzos, algo habitual en los cadáveres que van a ser velados, caminando de forma distinta al resto y cogiendo el cigarrillo con la mano derecha, cuando de todos era sabido que Paul era el beatle zurdo, apareciendo a la derecha un coche fúnebre ¡El culmen del retorcimiento! Y así un largo etcétera de despropósitos.

Es probable que los cuatro músicos, que evidentemente se habían hecho eco de la leyenda, contribuyeran a perpetuarla en sus siguientes discos, lo que para ellos sería simplemente un juego de confusión. Aún así, hay quien cree todavía que McCartney no es McCartney, sino un doble, un doble que habría tenido la suerte de vivir como una superstar, ganando bastante más dinero que trabajando como policía local. Bastante es un eufemismo claro. ¿Paul is Dead? Quién sabe… También hay quien afirma que Elvis sigue vivo y que todo fue un montaje para alejarse de la presión mediática y vivir una vida tranquila. Algo común entre las gentes cuando a alguien se le considera casi sobrehumano, aunque solo sea una estrella del rock; no hay que olvidar que hace siglos, cuando un rey moría, solía ser «visto» por numerosos testigos, como fue el caso de Federico de Hohenstaufen o Sebastián de Portugal; las gentes se negaban a creer que estos personajes, como el común de los mortales, podían fenecer. Pero, evidentemente, lo hacían. Que se lo digan a Lennon.

La leyenda de PID también tiene su versión patria: hay quien asegura que Los Bravos sustituyeron a su teclista, poco después de suicidarse, por un encapuchado al que hacían pasar por éste en los conciertos que daban en las salas de fiesta, eso que llamaban guateques y con los que han martilleado nuestros oídos los padres de toda una generación. El rumor comenzó tras el trágico suicidio de Manolo González, apenas unos días después de que su esposa Loti, con la que había aparecido en las revistas del corazón, muriera en accidente automovilístico. Ya que Los Bravos, cuando se formaron, habían realizado un ingenioso ejercicio de marketing que les funcionó a las mil maravillas –a la hora de elegir nombre y saltar a la fama–, en esta ocasión, y tras llorar la muerte de su amigo, decidieron presentarse en público con un nuevo teclista, pero sin revelar su verdadera identidad. Fake News en toda regla, y patria.

¿Quién «mató» a Michael Jackson?

Da igual la edad que uno tenga. Probablemente no haya nadie en todo el planeta que no sepa quién es Michael Jackson. Las últimas horas del músico reconvertido en mito y en diablo por sus muchos detractores a causa de escándalos que se multiplicaron el pasado año, cuando se cumplían diez años de su misteriosa muerte, con el estreno del documental Leaving Neverland, están rodeadas de contradicciones y silencios. Los últimos momentos del Rey del Pop, sus últimos años, se caracterizaron por la controversia, los excesos e incluso los complots…  Puede que muriera a causa de un trágico descuido o accidente, lo que indican la mayoría de líneas de investigación, pero, de una u otra forma, aunque solo fuera una autodestrucción causada por la fama, se hace obligado responder a la siguiente pregunta: ¿Quién «mató» a Michael Jackson?

Óscar Herradón ©

«Insisto, a mi hijo Michael lo mataron». Así de contundente se mostraba Joe Jackson, padre del Rey del Pop, en 2012, tres años después del fallecimiento de este último. Joseph Walter «Joe» Jackson moría también el miércoles 27 de junio de 2018 tras una vida marcada por los excesos, el éxito y los escándalos, acusaciones de abuso incluidas. Saldaba cuentas con Caronte el mismo mes que lo hacía su hijo, nueve años antes, un suceso que ha generado múltiples teorías de la conspiración que en muchos casos crecen con el tiempo, a pesar de haber sido ya juzgado el supuesto responsable.

El pasado 2019, cuando se cumplían 10 años desde que Michael fuera encontrado muerto en su cama, se publicaron numerosos libros, unos mejores y otros menos deseables, sobre la existencia –y los muchos misterios– que rodearon la vida y la muerte del creador, impulsados también por la repercusión mundial –fuertemente negativa hacia el músico– de la película documental Leaving Neverland, dirigida por Dan Reed. Al final del post citaré algunos de los títulos más interesantes publicados en español, pero centrémonos primero en el quid de la cuestión… ¿fue Michael «asesinado»?

Declaraciones inquietantes

En 2011 era condenado a cuatro años de prisión el doctor personal de «Jacko», Conrad Murray, por homicidio involuntario. Sin embargo, en las declaraciones citadas anteriormente, el patriarca de los Jackson 5 aseguró que «pronto saldrán a la luz las pruebas que demostrarán que su hijo fue asesinado como parte de una escalofriante conspiración en la que muchas personas están untadas».

En la misma línea se había pronunciado su hija Latoya Jackson en julio de 2009, apenas unas semanas después de la misteriosa muerte de su hermano: «Sé quién asesinó a Michael. Hubo una conspiración. Creo que fue todo por dinero. Michael valía más de 1.000 millones de dólares en activos por derechos de difusión musical y alguien lo mató por eso. Valía más muerto que vivo». Aunque no dio nombres, sus palabras, tan solos dos días después de que el jefe de la policía de Los Ángeles admitiera que el asesinato era una de las líneas de investigación, no hicieron sino echar más leña al fuego siempre avivado de los conspiracionistas.

La última en la saga familiar en alimentar las sospechas al insistir en este mismo punto fue Paris Jackson, la hija mayor del Rey del Pop, en incendiarias declaraciones a la revista Rolling Stone en 2017.  Según la joven, su padre le dijo en varias ocasiones que estaba sentenciado, algo que –afirma– a sus 11 años no entendía pero que ahora –en 2017– comprendía a la perfección: «Estoy convencida (de que lo asesinaron). Sé que suena a teoría conspirativa, pero sus fans y su familia sabemos que todo fue un engaño. Quiero vengarme, pero esto es como el ajedrez y voy a intentar jugar mi partida de la mejor manera posible. Eso es todo lo que puedo decir ahora». Además de contribuir a engordar la teoría del complot, Paris reveló en la misma entrevista detalles delicados de su vida privada, y afirmó que fue violada a los 14 años por un desconocido, lo que la llevó a varios intentos de suicidio que dejaron marcas en su cuerpo que ocultó con más de 50 tatuajes.

Sobre Michael, afirmó que era «el mejor padre del mundo», y añadió: «Perdí la única cosa que más me importaba (…) Así que de ahora en adelante, nada malo puede suceder. (…) Lo siento conmigo todo el tiempo». Hace unas semanas los medios de todo el mundo anunciaban que Paris iniciaba su carrera musical con su disco debut Wilted. Veremos qué le depara el ser la hija de uno de los músicos más importantes de todos los tiempos.

El doctor «Muerte»

Pero, ¿qué sucedió realmente el día que falleció Michael Jackson, hace once años? Según declaró en el juicio el doctor Conrad Murray, contratado ex profeso por el propio Michael como médico personal para su gira frustrada This is It! –recomiendo encarecidamente ver el fantástico documental homónimo estrenado en octubre de ese mismo año con imágenes detrás de la escena rodadas unos meses antes y donde se ve a un Michael ilusionado y en plena forma a sus 50 años, dispuesto a recuperar el cetro perdido de Rey del Pop–, el 25 de junio de 2009 encontró al cantante tendido sobre su cama, sin respirar y con escaso pulso. A pesar de sus intentos por reanimarle –afirmó– no lo logró. La causa principal del fallecimiento, señaló Murray, había sido una intoxicación aguda de propofol y benzodiacepinas. En un primer momento se pensó que la causa había sido una inyección de petidina, un analgésico al que Jackson al parecer había sido adicto en los años 90, algo que desmintió la autopsia.

Finalmente, el 28 de agosto de aquel año, el facultativo fue acusado de homicidio involuntario por haber suministrado al artista, efectivamente, propofol, un fuerte analgésico que debe administrarse con un equipo de monitorización y resucitación muy preciso del que no disponía. Condenado a cuatro años de prisión en noviembre de 2011, salió bajo libertad condicional en 2013, pero su condena no consiguió acallar las voces de quienes afirmaban que hubo algo más tras la extraña muerte del Rey del Pop.

Escándalo tras escándalo

Lo cierto es que en las últimas décadas el escándalo no dejó de salpicar al pequeño de los Jackson Five, desde su extraño cambio de apariencia y su delicada salud hasta sus múltiples excentricidades, entre ellas, aparecer siempre en público con una mascarilla… ¡adelantándose al futuro! Hoy todos la llevamos y ya no miramos al autor de Thriller como un bicho raro en ese sentido. Si es que era un visionario…

Ante tanta controversia por su «cambio de piel», una de las leyendas urbanas más extendidas de los últimos 30 años, juntos a los cambios de sangre de los Rolling o el retiro dorado de Elvis tras fingir su muerte, el propio Jackson llegó a declarar que su apariencia se debía a una enfermedad de la piel, el vitíligo, que causa despigmentación, por lo que utilizaba el maquillaje para darle un tono acorde a su rostro. Aquello, qué decir tiene, no convenció a muchos.

Pero lo más duro vino en 2004, cuando era acusado de haber construido su millonario parque de atracciones, Neverland (Nunca Jamás), en Santa Bárbara, «para seducir y abusar sexualmente de niños». Finalmente, se demostró que todo era falso, pero erosionó su imagen pública de manera inexorable hasta su muerte. En 2019, el documental citado, con declaraciones de dos de los chicos –hoy adultos– que en su día pusieron la demanda y la retiraron, afirmando que realmente sí fueron sometidos a abusos sexuales, ha vuelto a revolucionar las aguas siempre turbias de un hombre/niño que hombre que para muchos sufría el llamado «Síndrome de Peter Pan», un miedo patológico a crecer. Su vida y su final parecen formar parte del retorcido argumento de un Thriller. D.E.P.

PARA SABER MÁS:

–El pasado año el sello Arcopress, del Grupo Almuzara, publicaba el libro Objetivo Michael Jackson. La conspiración para acabar con el Rey del Pop, de la periodista Concha Calleja. En este controvertido pero magnético libro, muy documentado, la autora habla más de ocultación pública que de conspiración, como reza el título, y se centra en los múltiples interrogantes que rodean al caso. Todo muy turbio. Todo comienza con la llamada que el Rey del Pop recibió la noche del 24 de junio de 2009 (moría al día siguiente, el 25, lo que pone los pelos de punta). Nada más colgar el teléfono, según revelaría su hijo Prince, bajó las escaleras totalmente compungido y dijo: «¡Me van a matar!». Palabras que tristemente se convertirían en ¿proféticas? No era la primera vez que decía que iban a acabar con él. Su hermana Latoya y su hija Paris también ofrecieron declaraciones en esta línea.

Concha Calleja, que afirmaba en una entrevista a Vanitatis que no era ni mucho menos una fan de Jackson, se acercó al personaje cuando investigaba otra extraña muerte de un famoso: la de Lady Di, amiga del Rey del Pop. Publicado el pasado año, cuando se cumplía el décimo aniversario de la muerte de Michael, en sus páginas se analizan las causas del sucesos, explorando testimonios forenses, pruebas federales y documentos inéditos. Fue el primer libro en castellano publicado en Estados Unidos sobre el asunto.

–Por las mismas fechas, una pequeña gran editorial como Sexto Piso, una de mis favoritas del panorama literario actual, publicaba ¿Quién mató a Michael Jackson? Cómo la sociedad crea y destruye ídolos, del reputado crítico musical inglés Paul Morley. Un trabajo punzante, de prosa afilada y ritmo frenético que cualquier fan de Jackson no podrá dejar de leer, ni aquel interesado en el fenómeno de las «celebrities» y en cómo este mundo globalizado y contradictorio ensalza y sepulta a las personas de un día para otro. Con la distancia que procuraban diez años desde su muerte, Morley reflexiona en las páginas de este atípico ensayo sobre la cultura mediática y la obsesión que la mayoría tiene sobre las celebridades, y cómo y por qué el mayor músico de finales del siglo XX se convirtió –o más bien convertimos todos, con mayor o menor implicación– en un personaje grotesco y atormentado. Un trabajo impecable que desbroza el mito de uno de los grandes iconos del espectáculo a cuchilladas.