Rocky Balboa: The Real American Dream (I)

Ahora que Sly cumple 75 años, anuncia un nuevo montaje de la hiper-vitaminada Rocky IV y se celebra el 45 aniversario del estreno de la primera película, recordamos en «Dentro del Pandemónium» algunas de las anécdotas más suculentas del surgimiento, el rodaje y la repercusión de esta franquicia pugilística que levanta el ánimo al ritmo del icónico «Gonna Fly Now» de Bill Conti.

Óscar Herradón ©

Rocky cambió el cine de deportes y también causó un gran revuelo en la gala de los Premios Oscar de 1977 (la 49 edición). Nadie apostaba por que esta cinta sobre un perdedor de origen italoamericano que luchaba por alcanzar el tan ansiado «sueño americano» y que tenía un acusado aire del cine de Frank Capra (el mismo director de Sucedió una noche y ¡Qué bello es vivir! se declararía fan de la misma) se alzaría con la estatuilla a Mejor Película, algo nada baladí. Sobre todo porque competía con grandes títulos: Network. Un mundo implacable, Todos los hombres del presidente, Cara a cara al desnudo y una película subversiva y violenta, representativa del bautizado como Nuevo Hollywood, Taxi Driver, del también italoamericano Martin Scorsese.

La cinta sería el inicio de una longeva y muy rentable franquicia que dura hasta nuestros días (hemos visto envejecer a Sly a lo largo de 45 años en la gran pantalla, maldito paso del tiempo) y también la plataforma de lanzamiento de un Stallone que acabaría convirtiéndose en uno de los rostros más conocidos de la Meca del Cine. Y es que el guión, firmado por él, posee fuertes dosis autobiográficas. Pasó diez años realizando papeles pequeños e insustanciales, incluida una cinta de alto contenido erótico o soft-porn (que no pornográfica, como asegura la leyenda urbana), cuyas copias intentó destruir sin éxito (hoy se comercializa en DVD incluso en castellano, bajo el título de El semental italiano; su título real es The Party at Kitty and Stud’s), porque no tenía más que 20 dólares en el bolsillo. Y tras aquella insustancial carrera, Sly alcanzó el Olimpo de la cinematografía al ser nominada Rocky, su gran apuesta, al Mejor Guión Original y él mismo a la categoría de Mejor Actor.

No se llevó ninguna estatuilla a casa, pero su cachorro pugilístico se llevó el Oscar como Mejor Película, edición y director, John G. Avildsen, que dejó sin el ansiado galardón de la Academia al citado Scorsese, y también a grandes como Ingmar Bergman o Sidney Lumet. Scorsese se alzaría con el galardón unos años después, precisamente con una cinta de boxeo interpretada por un soberbio Robert DeNiro que encarnaba al púgil –también italoamericano– Jake LaMotta: Toro Salvaje, una cinta de indudable mayor calidad (no por ello más entretenida, ojo), mucho más oscura y violenta que la de Sly –también en el ámbito familiar, pues el protagonista es una auténtico misógino maltratador–.

Controversia racial

Rocky fue acusada de racista y algo reaccionaria. Estaba claro que el personaje de Apollo Creed (interpretado por solvencia por un Carl Weathers renacido gracias a la televisiva The Mandalorian) estaba más que inspirado en Muhammad Ali, el mejor boxeador de las barras y estrellas y también el más polémico y lenguaraz. El propio Stallone confesaría más tarde que la noche del 24 de marzo de 1975 le cambió la vida: el combate entre Ali y Chuck Wepner. El púgil afroamericano ganó por KO técnico, pero para la mayoría Chuck había sido el indudable vencedor del lance. Allí estaba la base de Rocky: se marchó a su casa y en tres días de inspiración desbordada tenía el libreto.

El crítico Peter Biskird definió así la cinta: «Una de la futura cosecha de películas post-Nuevo Hollywood, películas para sentirse bien, una vuelta a los años cincuenta y un atisbo de los ochenta, una bofetada racista a Muhammad Ali y todo lo que él representaba, una bofetada a la generación de negros con ínfulas y de chicos blancos pacifistas y admiradores de los negros, que los idolatraban». Quizá no le faltara razón, de hecho, en el guión original el entrañable personaje de Mickey tenía un fuerte componente racista que Sly se vio obligado a suavizar por consejo/exigencia de la United Artist.

No sé si la cinta desprende cierto tufillo racista, no me lo parece, pero coño, sí hace sentirse bien, muy bien, como escribió Biskird. Te hace creer que todo es posible, al menos cuando eres un mocoso imberbe asustado por el acecho de la adolescencia. Para eso está la magia del cine. Teniendo en cuenta la evolución del personaje de Apollo en las secuelas, o bien Stallone no tenía intención racista alguna cuando escribió el guión o bien cambió de enfoque y así silenció las críticas. Todo es posible. Sí es cierto que Sly había dibujado el personaje de Mickey como una marcada tendencia racial (que lo sea un personaje no quiere decir que lo sea ni el creador, ni el guionista, ni el propio Rocky Balboa, que convierte a Creed en uno de sus mejores amigos y entrenará a su hijo en las dos últimas entregas de la saga). Inolvidable, por cierto, la interpretación de Burgess Meredith.

Muhammad Ali, que era un gran púgil pero también un provocador nato al que le encantaba «chupar cámara» y ser el centro de atención de los medios (¿sería esa la verdadera crítica que se escondía tras el personaje de Apollo más que el color de su piel?), no iba a dejar pasar la oportunidad y dijo sobre Rocky: «No podía ganar el hombre negro. Que ganara estaría en contra de las enseñanzas de EEUU. He sido tan bueno en el boxeo que tuvieron que crear una imagen como Rocky, una imagen blanca en la pantalla, para contrarrestar mi imagen en América. Jesús, Wonder Woman, Tarzán y Rocky». Desde luego no tenía pelos en la lengua. Si tenemos en cuenta la brutal muerte de George Floyd y el consiguiente impulso del movimiento Black Lives Matters (nacido en 2013) en la América de Trump, las cosas no han cambiado tanto en casi cincuenta años en el país de las barras y estrellas.

Uno de los momentos más surrealistas –y disfrutables– de aquella 49 ceremonia de los Óscar, fue cuando Stallone y Muhammad Ali, por obra y gracia de los ingeniosos organizadores, compartieron escenario para presentar el galardón a la mejor actriz de reparto (que se llevó Beatrice Straight por Network). En un número coreografiado, Ali le espeta a un Stallone entre divertido y asustado (que sí, que es buen actor, o al menos decente, me da igual lo que diga la crítica): «Soy el auténtico Apollo Creed. Me robaste el guion». Las cosas no fueron a más, pero seguro que al (verdadero) púgil no le faltaron ganas de asestarle un directo al que sería pronto uno de los rostros más visibles de la gran pantalla gracias a otro personaje (bastante más reaccionario y vitaminado que el boxeador cargado de sueños), John Rambo.

USA: la tierra de las oportunidades

Desde luego, con Sly se cumplió en todo su esplendor esa máxima tan manida –y pocas veces realizada– de Norteamérica como la «tierra de las oportunidades». En 2020, la revista Forbes calculaba la fortuna del actor (también productor, guionista y director) en unos 325 millones de euros. No está mal para un tipo que, según él mismo confesó, cuando escribía el guion de Rocky apenas tenía 100 dólares en el banco y tuvo que vender a su perro Butkus, «su mejor amigo», porque no podía alimentarlo. En una tienda de licores un tipo le ofreció 25 dólares por él y lo hizo. Más tarde confesaría que fue uno de los peores días de su vida y que se marchó del local llorando. No sabemos si lo haría gritando ¡Adrian!…

Stallone con Butkus

Aunque le ofrecieron una cuantiosa cantidad de dinero por el libreto, Stallone se negó a venderlo si no era él quien lo protagonizaba. Podríamos pensar que era un poco pretencioso, pero acertó de pleno. Finalmente, United Artist apostó por él y su exigencia, desechando a posibles candidatos a interpretar al potro italiano de la talla de Robert Redford, James Caan (que en 1972 nos había regalado la interpretación de Sony Corleone en la fundacional El Padrino, de Francis Ford Coppola, harina de otro costal), Ryan O’Neal e incluso Burt Reynolds, el macho alfa del Hollywood setentero. Finalmente, le ofrecieron el papel a Sly cambió de darle solo 35.000 dólares por el guión –mucho menos del dinero ofrecido en un primer momento para que rechazara la idea de protagonizarlo, lo que finalmente se traduciría en un trato muy rentable para la productora–.

Y lo primero que hizo con el dinero en la mano fue intentar recuperar a Butkus. Pasó tres días en la licorería esperando al tipo al que se lo vendió, un hombre no muy comprensivo que no se conmovió con su historia y que no aceptó devolverle el perro hasta que le pagó nada menos que 15.000 dólares. Eso sí que se llama hacer negocio. En los créditos de Rocky I y su secuela aparece el cánido como Butkus Stallone, ese precioso bullmastiff que vive en la tienda de animales en la que trabaja Adrian hasta que el boxeador decide comprarlo. Eso, algo más que toques autobiográficos que le salieron redondos…

Retoques y retoques de guión

Al parecer, el texto original era mucho más oscuro y pasó por hasta nueve reescrituras. Sly tuvo que renunciar a un final en que Balboa abandonaba el combate al querer dejar el turbio mundo del boxeo profesional, y le tocó suavizar el barniz racista del personaje de Mickey por imposición de la UA. Se rodaron escenas en lugares míticos de Philadelphia, como el puerto o los mercados, sin permisos, según confesaría John G. Avildsen, de forma espontánea e improvisada en muchas ocasiones. Uno de los momentos improvisados más sorprendentes e icónicos de la cinta es el monólogo que se marca Stallone cuando rechaza la oportunista colaboración de Mickey. Tenía muchos elementos autobiográficos, de ahí la espontaneidad, pero reitero, no se le puede negar a Sylvester cierto oficio ya en un lejano 1976, mal que le guste a los expertos.

Por otro lado, Stallone quería contar con actores a los que no podía pagar el caché: pensó en Harvey Keitel (inolvidable proxeneta de la coetánea Taxi Driver, a la que arrebató el galardón a Mejor Película) para el papel del cuñado Paulie, que finalmente recayó en Burg Young, y aunque no cabe duda de que Keitel nos habría brindado un papelón, fue un acierto, pues es uno de los personajes más carismáticos de la longeva franquicia.

Para el papel de Adrian la primera opción que se barajó fue Susan Sarandon, a la que se descartó… ¡por ser demasiado guapa!, y también a Carrie Snodgress, célebre por Diario de una esposa desesperada (1970), con la que no se llegó a un acuerdo económico. Al parecer la actriz rechazó la propuesta para participar en la película Búfalo Bill y los indios en la que tampoco participaría. Finalmente se hizo con el papel Talia Shire (cuyo nombre real es Talia Rose Coppola, algo a tener en cuenta), la emblemática Connie Corleone que compartió pantalla con James Caan en El Padrino, un papel diametralmente opuesto al de la entregada y servicial novia de Balboa.

Solo en Estados Unidos la película, que tardó tan solo 28 días en rodarse, recaudó más de 115 millones de dólares. Ahí es nada.

Este post tendrá una inminente continuación.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Antes del potro italiano, mucho antes, se hicieron joyas de la gran pantalla, más admiradas por los que se dedican a tan honorable y violento deporte, joyas que recoge de forma detallada (y entretenidísima) –así como las subsiguientes, hasta el día de hoy– Alfonso Bueno López en Sangre, sudor y puños. El boxeo en el cine, una de las novedades de una editorial que me encanta, porque adora también el cine en general, y el ochentero en particular, como ya mostré en un post sobre la saga Regreso al Futuro: Diábolo Ediciones, novedad de la que ya hablamos en otro post: El cuadrilátero en la gran pantalla. Todo lo relacionado con el pugilismo y el celuloide se cuenta en sus páginas con pelos y señales, guantes, sangre, sudor, puños y mucho espectáculo. Del mismo autor, también en Diábolo, podemos disfrutar de los títulos ¡Desenfunda, forastero! Clásicos perdidos y nuevas joyas del wéstern y Más allá del arco iris. Clásicos perdidos y nuevas joyas del cine musical.

He aquí el enlace para adquirir Sangre, Sudor y Puños:

https://www.diaboloediciones.com/sangre-sudor-y-punos-el-boxeo-en-el-cine/

Y para quien pueda permitírselo, la lujosa edición XXL que lanzó Taschen sobre la saga: Rocky. The Complete Films, limitada a 1.926 ejemplares y de 1.250 dólares (hasta que se agote, que subirá mucho más).

Richard Sorge: un espía impecable (II)

Fue uno de los grandes agentes de inteligencia del siglo XX, y sin embargo es un gran desconocido en Occidente. De origen alemán, trabajó para los rusos en Japón, donde obtuvo una relevante y delicada información vital para el esfuerzo de guerra aliado, aunque el país del sol naciente sería también su tumba. Ahora, la editorial Crítica publica un ensayo que devuelve al personaje a su justo lugar en la historia contemporánea.

Óscar Herradón ©

(Viene de Parte I). Pronto empezaría a trabajar para el Servicio de Inteligencia Ruso. Era abril de 1925 cuando Sorge se alojaba con su esposa en el Hotel Lux. Un mes antes, había ingresado oficialmente en el Partido Comunista Soviético, y en su carnet de militante figuraba el número 0049927, siendo destinado a la División de Inteligencia del Komintern, para trabajar en la Oficina de Organización, el conocido como Orgburó, creado recientemente, sección que se ocupaba de actividades ilegales en el extranjero que pronto contó con una subsección: la Sección de Comunicaciones Internacionales. Su principal tarea consistiría en servir de vínculo entre el comité ejecutivo del Komintern y los partidos comunistas en el extranjero.

Gran mujeriego y bebedor empedernido –al igual que otro de los grandes espías de la guerra, Eddie Chapman–, Sorge se fue alejando cada vez más de su mujer, que se sentía terriblemente sola y aislada en una sociedad como la soviética, lo que provocó que decidiera marcharse de Moscú, quedando su esposo libre para entregarse a todo tipo de excesos y, sobre todo, a la causa ideológica que constituía su razón de ser.

Con frecuencia, los informes que guarda la policía de un país sobre él, varían con los que obran en poder de otra policía, sobre todo en lo referente a sus viajes y a la naturaleza de sus «trabajos». No debemos de olvidar que un espía siempre intenta dejar el menor rastro posible de sus acciones. Así, no se ponen de acuerdo los historiadores acerca de su «misión» a los países escandinavos, pues existen varias versiones de dónde se encontraba en esos momentos.

Sorge y el químico Erich Correns en 1915

Estuviera donde estuviese, en julio de 1928 se hallaba presente en el Sexto Congreso Mundial del Komintern, del que Stalin saldría, en medio de una lucha feroz para suceder a Lenin, el triunfador absoluto. Entonces Sorge recibió instrucciones de viajar a Inglaterra. En las islas, el agente alemán visitó las zonas mineras y tuvo ocasión de descubrir la magnitud del impacto generado por la crisis económica de 1929 que en Alemania aprovecharía el NSDAP para hacerse mucho más fuerte.

Rumbo al gigante asiático

Fue entonces cuando surgió el descontento de Sorge con sus jefes, puesto que el Komintern había sufrido una fuerte remodelación que trajo consigo el apartamiento de casi todos los miembros extranjeros del Partido, convirtiéndose en un kaltgestellt, un miembro «congelado», lo que implicaba prácticamente encontrarse sin empleo y sin salario. Adaptado a la nueva situación, pues no le quedó más remedio, el agente se preparó minuciosamente para un difícil misión secreta en China, bajo el control del Cuarto Buró, que formaba parte de una ofensiva secreta en el Lejano Oriente.

Una victoria revolucionaria en China minaría las bases de la economía de los países capitalistas, que, según creían, perderían el suministro de productos imprescindibles que obtenían en sus colonias. La misión del agente sería estudiar la situación en China, las relaciones con Japón –tan tensas que estaban al borde de la guerra– y la efectividad de la infiltración comunista en aquellas extensas regiones.

Berzin

Su primera reunión giró en torno al espionaje político y durante sesiones posteriores finalmente Sorge fue destinado a China, siendo totalmente independiente de la disciplina del Komintern, dejando de tener contacto con las células del Partido por el peligro que corría de ser descubierto. El Cuarto Buró, dirigido por el general Jan Karlovich Berzin, tenía como misión crear redes de espionaje en países extranjeros, le dio un nuevo nombre en clave, «Ramsay», y fue aleccionado por los mayores expertos del servicio secreto y por especialistas de la Sección del Lejano Oriente.

Su superior en aquella misión era Borovich, un judío soviético, antiguo comisario en la guerra civil rusa, cuyo nombre en clave era «Alex». Los biógrafos de Sorge, Deakin y Storry, apuntan que éste «…tenía que concentrar las encuestas en la estructura político-  social del gobierno de Chiang Kai-chek, con sede en Nanking, en particular sobre su fuerza militar (…) sobre la política de Gran Bretaña y los Estados Unidos en China y, de forma general, tenía que informar sobre la agricultura e industrias chinas», aunque la misión fundamental era la de «estudiar los recursos y política del gobierno de Chiang».

Sorge fue adiestrado en el manejo de la radio y de las claves para transmitir, aunque en dicha tarea sería ayudado por un operador con el que se encontraría en Berlín: Seber Weingarten o Weingart. El agente partió de Moscú rumbo a la capital alemana en noviembre de 1929. Allí estaría a su disposición un pasaporte del gobierno alemán, completamente legal y a su nombre. Se haría pasar por escritor y periodista independiente y así entró en contacto con una revista de sociología y un periódico especializado en agricultura, el Getreide Zeitung, con el que llegó a un acuerdo para enviarles artículos desde Asia.

Shanghái hacia 1930

En Berlín se reunió con Weingart y con un misterioso personaje de nombre «Alex», no el anteriormente citado Borovich, sino un agente experimentado que cargaría con la responsabilidad de la misión china y que sería el superior de Sorge. Los tres hombres desembarcaron en Shanghái en enero de 1930. Aunque no se conocen muy bien los movimientos de Sorge durante sus primeros meses allí, parece que a los siete días de su llegada se personó en el consulado general alemán, entregando la carta de recomendación y manifestando su intención de estudiar la situación agrícola china y escribir artículos que enviaría a Europa. No despertó ninguna sospecha. Se alojó en un humilde apartamento de un barrio retirado y apenas salía del domicilio. Hasta que el 9 de mayo se trasladó a Cantón, donde estuvo cinco meses y realizó varios viajes de investigación por el sur del gigante asiático cuyo cometido era, realmente, el espionaje.

Realizaba su trabajo de recopilación precisa de información para Moscú cuando recibió la orden de regresar de inmediato a Shanghái. Allí conoció a la escritora norteamericana de izquierdas Agenes Smedley, corresponsal en la ciudad del Frankfurter Zeitung, una revolucionaria con numerosos contactos en los herméticos círculos comunistas chinos. Una vez que estuvo seguro de que no se trataba de una espía, le pidió que le ayudase a crear una pequeña red y ésta le puso en contacto con el periodista japonés Ozaki Hotsumi, corresponsal en China del diario Asahi de Osaka, también izquierdista.

La librería Zeitgeist: punto de encuentro

El punto de reunión de europeos y asiáticos simpatizantes del comunismo, así como lugar de transmisión de mensajes secretos y depósito clandestino de correos y documentos era la librería Zeitgeist, que dirigía la señora Irena Wiedemeyer, lugar donde Sorge haría varios contactos que le pasarían información importante.

El ambiente se volvió más peligroso tras el enfrentamiento en Shanghái, el 28 de enero de 1932, entre la guarnición naval japonesa y el Decimonoveno Ejército chino. En aquel momento, Sorge informaba a Moscú que resultaba imposible discernir si los nipones presionarían hacia el Norte, con dirección a Siberia –algo que obligaría a la URSS a intervenir– o hacia el sur, con dirección a China. Descubrir cuáles era los verdaderos objetivos de los japoneses, y estudiar a su vez sus tácticas militares, serían la prioridad: «Pude ver las posiciones defensivas chinas, la aviación japonesas y la infantería de marina en acción (…)».

Gracias a la labor de Osaki obtuvo otros informes, como noticias secretas sobre el régimen de Chiang Kai Chek o los sentimientos anti-japoneses de los comerciantes chinos–; otras fuentes de documentación eran los contactos con periodistas, con comerciantes alemanes, los asesores militares y los funcionarios consulares, documentación secreta que Sorge enviaba a Moscú y que habría de caracterizar notablemente la actitud del Komintern hacia el Partido Comunista Chino.

Después de pasar tres largos años en China, durante los cuales realizó una importante labor de espionaje que satisfizo a los altos cargos del Cuarto Buró, consiguiendo reunir información, incluso, de la industria de armamentos y obtener la heliografía del arsenal de Nanking, además de granjearse gran prestigio como periodista, dejó Shanghái en diciembre de 1932. Había sido reclamado desde Moscú. Instalado en el Hotel Novaya Moskva, cuando se reunió con sus superiores éstos ya le habían designado una nueva misión. Pero antes, debió responder a numerosos interrogatorios del Cuarto Buró, conversando igualmente con representantes del Ministerio de Asuntos Exteriores y del GPU (Directorio Político Unificado del Estado, más tarde conocido como OGPU).

Le preguntaron también si tenía alguna preferencia a la hora de elegir el nuevo país en el que debía actuar. Al parecer, el espía, que había realizado un viaje a Japón durante su estancia en Asia que le había impresionado, señaló que no le importaría viajar hasta Tokio. Aquello marcaría su trágico destino.

Este post tendrá una inminente continuación en «Dentro del Pandemónium»

PARA SABER UN POQUITO (MUCHO) MÁS:

–HERRADÓN, Óscar: Espías de Hitler. Las operaciones de espionaje más importantes y controvertidas de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga (Gruplo Planeta), 2016.

–MATAS, Vicente: Sorge. Los Revolucionarios del Siglo XX. 1978.

–WHYMANT, Robert: Stalin’s Spy: Richard Sorge and the Tokyo Espionage Ring. I. B. Tauris and & Co Ltd, 2006.

UN ESPÍA IMPECABLE:

Y para ahondar en la figura de Sorge con datos completamente actualizados (basados en informes confidenciales recientemente desclasificados y nueva documentación reveladora), nada mejor que sumergirnos en las páginas de Un espía impecable. Richard Sorge, el maestro de espías al servicio de Stalin, que acaba de publicar Crítica en una alucinante edición en tapa dura. Su autor, Owen Matthews es un periodista de dilatada trayectoria que ha estado en primera línea de fuego en diferentes conflictos como corresponsal de la revista Newsweek en Moscú. Nadie mejor que él, pues, para hablarnos de un agente secreto en nómina del Kremlin que también fue un aventurero y también arriesgó su seguridad en pos de un ideal.

Con formación en Historia Moderna por la Universidad de Oxford, antes de entrar en Newsweek, al comienzo de su carrera periodística, Matthews cubrió la guerra de Bosnia y ya en las filas de dicha publicación cubrió la segunda guerra chechena, la de Afganistán y la de Irak, así como el conflicto del este de Ucrania. Ha sido colaborador también de medios tan importantes como The Guardian, The Observer y The Independent y ganó varios premios con su libro de 2008 Stalin’s Children. Un espía impecable ha sido elegido libro del año por The Economist y The Sunday Times. He aquí el enlace para adquirirlo:

https://www.planetadelibros.com/libro-un-espia-impecable/324957

Rodolfo II de Habsburgo: el emperador de las sombras (II)

Introvertido y extravagante, Rodolfo II convirtió la ciudad de Praga en un hervidero de cultura donde se dieron cita científicos, artistas y matemáticos pero también magos, nigromantes, charlatanes y vividores que hicieron de la vieja Bohemia un lugar tan fascinante como lúgubre.

Óscar Herradón ©

Muchos farsantes se codearon con el monarca. Pero su afán de mecenazgo y protección frente a los rigores de la Inquisición hizo que se reunieran en Praga auténticos expertos que escribieron tratados sobre la materia y otros que, según sus biógrafos, llegaron a proveerle de grandes cantidades de oro para pagar a sus ejércitos, algo difícil de creer hoy en día. Pero lo cierto es que durante su reinado se produjo el máximo esplendor del arte alquímico en Chequia. No solo el castillo de Praga fue un centro de reunión de iniciados y sopladores; los aristócratas Guillermo de Rozmberk y Jan Zbynek de Hazmburk también promovieron esta práctica.

En la corte trabajaron importantes alquimistas como Martin Ruland el Joven, entre cuyas obras destacan un tratado sobre la piedra filosofal y una enciclopedia del saber alquímico de la época. A él se atribuye, además, un tratado sobre el infierno. El emperador también tenía a su servicio alquimistas hebreos. El más importante fue el converso Mardochaeus de Delle, quien compiló sus vastos conocimientos en un libro que desapareció siglos después.

Aunque los más destacados, quienes ya gozaban de renombre antes de formar parte del círculo rodolfino, fueron Michael Maier y Michael Sedivoj. Maier llegó a ser conde palatino y secretario privado del emperador y dejó un importantísimo tratado de alquimia, el célebre Atalanta Fugiens. El polaco Michael Sedijov, más conocido como Sendivogius, publicó numerosos trabajos sobre la ciencia sagrada.

Michael Maier

Sopladores, embaucadores, falsos médiums…

Pero entre estos grandes sabios también se mezclaron charlatanes y embaucadores. Es el caso del inglés Edward Kelley, que se aprovechó de las creencias del emperador para enriquecerse. Junto a él estuvo un personaje más respetable y rodeado de misterio, el inglés John Dee, cuyos artilugios mágicos tuve la ocasión de observar de cerca durante una visita al British Museum en 2014, y que volverá a aparecer en «Dentro del Pandemónium». Ambos, supuestamente, vendieron al soberano uno de los libros más misteriosos de todos los tiempos: el Voynich.

A diferencia de este último, Kelley se quedó sirviendo a Rodolfo, obteniendo grandes riquezas. Éste hizo creer al monarca que había logrado la transmutación de los metales, el ansiado oro que iba a traer la bonanza al Imperio. Kelley se convirtió en consejero imperial y en 1588 fue nombrado caballero de Bohemia. Adquirió una serie de casas en Praga, incluyendo una que según la leyenda había ocupado el legendario Fausto: la Faustum Dum. A partir de entonces algunos decían haber visto al nigromante volando a la grupa de Mefistófeles. Confiado por sus riquezas y su poder, Kelley dejó de persuadir al emperador con falso oro e incluso llegó a matar a un noble durante un duelo. Acabó en la cárcel y, mientras intentaba escapar, se fracturó una pierna. La gangrena se apoderó de ella y tuvieron amputársela. Permaneció en prisión hasta que un veneno preparado por su esposa acabó con su vida en 1597.

Rodolfo II hacia 1593, por Lucas van Valckenborch

A diferencia de este último, Kelley se quedó sirviendo a Rodolfo, obteniendo grandes riquezas. Éste hizo creer al monarca que había logrado la transmutación de los metales, el ansiado oro que iba a traer la bonanza al Imperio. Kelley se convirtió en consejero imperial y en 1588 fue nombrado caballero de Bohemia. Adquirió una serie de casas en Praga, incluyendo una que según la leyenda había ocupado el legendario Fausto: la Faustum Dum. A partir de entonces algunos decían haber visto al nigromante volando a la grupa de Mefistófeles. Confiado por sus riquezas y su poder, Kelley dejó de persuadir al emperador con falso oro e incluso llegó a matar a un noble durante un duelo. Acabó en la cárcel y, mientras intentaba escapar, se fracturó una pierna. La gangrena se apoderó de ella y tuvieron amputársela. Kelley permaneció en prisión hasta que un veneno preparado por su esposa acabó con su vida en 1597.

Mecenas de la ciencia y la cultura

Aunque Rodolfo promocionó los estudios ocultistas, algunos eruditos de renombre que sentarían los pilares de la ciencia y la astronomía modernas también tuvieron un lugar en su corte. Uno de los astrónomos patrocinado por Rodolfo fue Tycho Brahe. Éste llegó a Praga en 1599, y se convirtió en el más brillante de los astrónomos pretelescópicos. Descubrió la ecuación anual de la Luna y determinó la desigualdad principal de la órbita lunar con referencia al plano de la elíptica. Gracias a sus conocimientos consiguió convertirse en astrólogo y matemático imperial, obteniendo grandes riquezas y un observatorio. Pero lo que más llamó la atención del emperador fue la capacidad profética de Tycho. Nadie dudaba entonces que predecía el futuro y que era capaz de penetrar en los misterios celestes, además de curar las enfermedades. De hecho, comenzó a venderse un elixir que llevaba su nombre y que, supuestamente, tenía virtudes terapéuticas. Brahe también preparó un brebaje milagroso para Rodolfo que contenía melaza, oro potable y tintura de coral.

El astrónomo y profeta Tycho Brahe
Rodolfo II

El emperador se guió siempre por las predicciones del astrólogo, que fueron normalmente de signo funesto. Brahe predijo que Rodolfo moriría poco después que su león, la mascota imperial, asesinado por un hombre de la Iglesia, lo que provocó un auténtico delirio en el soberano, que siempre se creyó perseguido, y tuvo también consecuencias diplomáticas nefastas, cuando expulsó a los capuchinos de Praga, al creer que tramaban un complot para asesinarlo.

Más relevante aún para la ciencia moderna fue la llegada de Johannes Kepler, quien trabajó con Brahe. Kepler afirmaba que la Tierra giraba alrededor del Sol y que no era el centro del universo, corriendo el peligro de ser quemado por hereje. Tras la muerte de Brahe –que nunca aceptó los postulados de su pupilo, aun sabiendo que eran correctos–, Kepler, nuevo astrónomo y matemático imperial, publicó Astronomia Nova, enunciando las dos primeras leyes que permitirían a Newton proponer el principio de atracción universal.

Un trágico y anunciado final

Al no ocuparse de los asuntos de Estado, la administración central del Imperio quedó paralizada por completo. Como anteriormente hizo su padre Maximiliano, Rodolfo II jamás volvió a recibir a un sacerdote y cogió un auténtico pánico a Dios y a los sacramentos (una de los principales «pruebas», según los nuncios papales, que demostraban que el emperador estaba endemoniado es que éste blasfemaba en numerosas ocasiones y palidecía ante la cruz).

Rodolfo II, por Giuseppe Arcimboldo
Matías

En esta lamentable situación, alimentada por la superchería de los que le rodeaban, pasó el emperador de los alquimistas y mecenas de los sabios sus últimos años de vida. Su hermano Matías, que se aliaba con católicos o protestantes según soplara el viento, logró finalmente su objetivo: movilizó un gran ejército que se situó a la mismas puertas de Praga y consiguió que Rodolfo renunciara a los tronos de Hungría, Bohemia y Moravia. El 11 de noviembre de 1611, Matías le obligó a que firmase su abdicación.

Rodolfo II de Habsburgo, desolado y triste, estaba cada vez más enfermo; sufría de terribles dolores y sus piernas se hincharon tanto que no pudo quitarse las botas durante dos días. Cuando los médicos de cámara decidieron rajárselas, la gangrena ya había hecho acto de presencia. No obstante, siguiendo con su habitual e intransigente comportamiento, se negó a que le vendaran las heridas y rechazó los remedios de los médicos. Solo ingería un elixir preparado por el alquimista Sethon, compuesto de ámbar y bezoar. Sin embargo, ningún elixir pudo burlar al destino y Rodolfo II moriría, destronado y abandonado por todos, el 20 de enero de 1612, a las siete de la mañana, poco después de su león y sus dos águilas imperiales negras, como había profetizado años atrás Tycho Brahe.

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

Y para una visión global de la estirpe regia a la que pertenecía Rodolfo II, la misma dinastía que trajo a España monarcas del calado de Carlos V o su hijo Felipe II, entre otros, nada mejor que sumergirse en las páginas del voluminoso ensayo Los Habsburgo. Soberanos del Mundo, publicado recientemente por Taurus, la primera historia global de la dinastía que dominó gran parte del planeta durante siglos.

De orígenes modestos, los Habsburgo ganaron el control del Imperio romano en el siglo XV y, en tan solo unas décadas, se expandieron rápidamente hasta abarcar gran parte de Europa, desde Hungría hasta España, y crear un imperio en el que nunca se ponía el sol, de Perú a Filipinas, bajo el cetro de Carlos V y después de su hijo Felipe II. Precisamente el autor, Martyn Rady, catedrático de Historia de Europa Central en la Escuela de Estudios Eslavos y de Europa del Este (SSEES), concede una importancia especial a la rama española de los Austrias, la más poderosa y la más decisiva de la historia moderna. En un relato de pulso envidiable, narra con magistral claridad la construcción y la pérdida de su mundo, un mundo que duró novecientos años, tiempo durante el cual los Habsburgo dominaron Europa Central hasta la Primera Guerra Mundial.

Precisamente, uno de los detonantes de la Gran Guerra fue el asesinato del archiduque Francisco Fernando, heredero al trono austrohúngaro. Un magnicidio de cariz política que ya se había cebado con otro miembro de la dinastía, la emperatriz Sisí (Isabel de Baviera), asesinada por un anarquista el 10 de septiembre de 1898. Pero el libro recoge infinidad de nombres (en función de su importancia historiográfica, por supuesto).

Entre los numerosos personajes que conforman la historia de los Habsburgo, nada menos que 900 años, hubo de todo: personajes extravagantes y variados, desde guerreros a contemplativos, unos de viva inteligencia, otros con poca perspicacia, unos valientes, otros tendentes a la traición, pero a todos les impulsó el mismo sentido de misión familiar, como le sucedía al protagonista de este post, Rodolfo II.

Con su masa aparentemente desorganizada de territorios, su maraña de leyes y su mezcolanza de idiomas, el Sacro Imperio Romano-Germánico suele parecer caótico e incompleto. Pero gracias a la labor de Rady, con una ingente cantidad de información y un trabajo de documentación y análisis de las fuentes ciclópeo, descubrimos el secreto de la perseverancia de este largo linaje: sus miembros estaban convencidos de su predestinación para gobernar el mundo como defensores de la Iglesia católica (aunque algunos, como el propio Rodolfo II, fuesen excomulgados, y otros, como Carlos V, enviase sus tropas contra la Santa Sede, el célebre Sacco di Roma); garantes de la paz (pese a las numerosas guerras que libraron), y mecenas de la ciencia y la cultura, algo en lo que coincidieron todos, contribuyendo, en tiempos de Felipe II, al esplendor del Renacimiento, y siglos después, a la expansión de otras corrientes de pensamiento aun a pesar de ser una institución del Ancien Régime

El libro de Martyn Rady es el ensayo más ambicioso –y completo– dedicado a esta dinastía hasta la fecha. Un texto que ha recibido todo tipo de elogios y del que el crítico Alan Sked, del Times Literary Supplement, ha dicho: «Probablemente el mejor libro jamás escrito sobre los Habsburgo en cualquier idioma». Se puede adquirir en la web de Taurus (Penguin Random House) en papel y en versión digital:

https://www.penguinlibros.com/es/historia/38916-los-habsburgo-9788430623334