Héroes del Silencio. La chispa adecuada

El periodista musical Jesús Casañas publica en Alianza Editorial la biografía no autorizada de Héroes del Silencio, probablemente la más grande banda de rock que tuvo nuestro país, un libro sobre el grupo comandado por Enrique Bunbury de 1984 a 1996, que analiza su discografía disco a disco, canción a canción. ¿Preparados para la Avalanchaaa?

Óscar Herradón ©

Casañas se sumerge también en las armonías, letras, arreglos y producción de cada tema. Una doble vocación de crónica y análisis musical que distingue este trabajo de la enésima biografía de fan. El autor no es un recién llegado al oficio. Periodista y músico, licenciado en Economía y Periodismo, empezó a escribir sobre rock en 2006 en la revista Rock Estatal, de la que llegó a ser coordinador, y hoy firma en la decana Mondo Sonoro; antes de Héroes ya había publicado una biografía de Extremoduro, y a este le ha seguido Metallica: Nos veremos en el infierno, también publicado por Alianza y que reseñamos recientemente en el Pandemónium. Ese oficio se nota en la solidez documental del libro, aunque también arrastra el vicio de quien escribe para el lector ya convencido: da por sabidas muchas cosas que un lector no iniciado agradecería ver explicadas, quizá, con más calma. Pero es el único pero.

El libro organiza la historia del grupo capítulo a capítulo, álbum a álbum, desde el trío original (1984-1986) hasta Nunca fue tan breve una despedida (1995/1996), y cierra con una minibiografía de Enrique Bunbury a título de epílogo. La estructura funciona bien como armazón cronológico, pero es también la anécdota fundacional la que mejor resume el espíritu del libro: Héroes del Silencio nació en Zaragoza en 1984 como Zumo de Vidrio, formado por el guitarrista Juan Valdivia junto a su hermano Pedro y un primo, con Bunbury incorporado inicialmente como bajista. La leyenda –que Casañas recoge y contextualiza– cuenta que Valdivia decidió convertirlo en cantante después de escucharle interpretar una canción de David Bowie; un año después el grupo cambió de nombre y, tras quedar segundos en un concurso en Salamanca, llamaron la atención del productor de EMI Gustavo Montesano, que los firmó tras verlos en directo en la sala En Bruto de Zaragoza. Es el tipo de episodio fundacional que toda banda necesita y que el libro narra con oficio.

Una rock-band internacional

Donde el libro gana enteros es en el tramo internacional de la carrera, el menos conocido para el público español medio. Senderos de traición (1990) lo produjo Phil Manzanera, guitarrista de Roxy Music y fan confeso del grupo, y la gira posterior llevó a Héroes hasta México –donde conocieron al guitarrista Alan Boguslavsky, que terminaría integrándose en la banda– y hasta Alemania, donde una actuación en un concierto benéfico de Rock Against Racism les granjeó una legión de nuevos seguidores. El disco fue certificado triple platino en España y alcanzó el platino en Alemania y Suiza, un dato que sitúa a Héroes en un lugar casi único: el de banda hispanohablante capaz de vender en mercados no hispanos. El crítico angloparlante de AllMusic lo resume sin sentimentalismo alguno, calificando al grupo como una banda española cuyo virtuosismo e innovación impulsaron el resurgir del rock en español, un juicio que Casañas comparte pero que en el libro llega también recubierto de –merecida– épica.

Cómic de Héroes del Silencio actuando en Madrid en 1993, con público y texto: “HÉROES DEL SILENCIO”, “EL ESPÍRITU DEL VINO”, “YEEEEAHHH!!”, “ROCK!!”, “¡¡HÉROES!!!”, “¡AVALANCHA!”
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El clímax narrativo, inevitablemente, es Avalancha (1995), grabado en Los Ángeles con Bob Ezrin –productor de Pink Floyd y Alice Cooper– y con Boguslavsky ya coescribiendo temas. Los sencillos «Iberia sumergida» y «La chispa adecuada» encabezaron las listas españolas, y el tema título entró en rotación alta en MTV Europe; el disco debutó número uno en España y desató una gira de dieciocho meses y más de ciento cincuenta conciertos que, según reconoce el propio libro publicado por Alianza, terminó de desgastar a un grupo ya exhausto y en conflicto interno. El vídeo de «La chispa adecuada» fue elegido vídeo del año en los Billboard Latin Music Awards de 1996, la misma temporada en que la banda se disolvía. Ese contraste –el éxito comercial más alto coincidiendo con la implosión– es el mejor material dramático del libro, y Casañas lo sabe aprovechar con maestría. 

El epílogo está dedicado, como señalamos, a Bunbury. No podía ser de otra manera teniendo en cuenta la trayectoria de 30 años en solitario del cantante y compositor, muchísimo más longeva que la de los propios Héroes, con 15 discos de estudio. El volumen viene además ilustrado y acompañado de una playlist en Spotify (donde ahora la mayoría, reconozcámoslo, escuchamos la música; la era del streaming por mucho que nos gusten los surcos de los vinilos) y una selección de vídeos comentados en YouTube. El resultado es un productor realizado por el buen periodista musical, fiable, bien documentado, generoso en datos de ventas y giras. Aunque habríamos querido saber algo más sobre la verdadera causa de la disolución de los Héroes en el momento más alto de su carrera, como retrato de una década de rock en español contada con rigor de archivo, Héroes del Silencio. La chispa adecuada cumple sobradamente su función de libro de referencia.

La Cronografía de Miguel Pselo

Conocida en español como Vidas de los emperadores de Bizancio, es probablemente el texto más vivo que nos ha dejado la historiografía bizantina, que ahora publica Cátedra en la colección «Letras Universales» en una edición del helenista y bizantinista español Juan Signes Codoñer.

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Miguel Pselo y su alumno Miguel VII Ducas.

También es el texto más incómodo de clasificar, pues no es crónica al uso, ni memoria política, ni hagiografía cortesana, sino una sucesión de catorce retratos de emperadores escritos por alguien que fue, a la vez, testigo, cortesano y consejero de casi todos ellos. Conviene empezar por el autor, porque aquí la biografía del cronista explica el libro tanto como el libro explica a los emperadores. Nacido en Constantinopla en 1018 con el nombre de Constantino, Pselo lo cambió al ingresar en un monasterio a media carrera, ya consagrado como uno de los grandes prodigios intelectuales de su siglo.

Formado bajo la tutela de Juan Mauropo, futuro obispo, ascendió desde el modesto puesto de escribano judicial hasta convertirse en filósofo de cámara, orador oficial y, sobre todo, valido de varios soberanos sucesivos. Su erudición abarcaba filosofía, teología, retórica, derecho, medicina e historia, y se le atribuye buena parte del renacer del neoplatonismo bizantino, con Proclo como referencia constante. No es un dato menor: llegó a convencer a Constantino X Ducas de nombrar patriarca a Juan VIII Xifilino en 1064, después de haber contribuido él mismo a que Constantino accediera al trono. El cronista, en otras palabras, no observaba el poder desde fuera: lo fabricaba.

Mapa del Imperio bizantino con Basilio II.

Ese lugar privilegiado es lo que da al libro su rasgo más singular, y el que más suele sorprender a un lector moderno. Frente al patrón clasicista de la historiografía griega, centrado en guerras y conflictos civiles, Pselo desplaza el foco hacia la psicología de los gobernantes. Para él es el carácter de cada emperador, sus virtudes y sus manías, lo que explica el destino del imperio, mucho más que las batallas o la política exterior. El resultado se lee más como una galería de caracteres antes que como una crónica militar, y por eso Ediciones Cátedra no duda en afirmar en la sinopsis que, de haberla conocido, habría fascinado a biógrafos modernos como Marcel Schwob o Stefan Zweig, maestros ambos del retrato psicológico breve.

De Basilio II a Constantino Ducas

Constantino X Ducas.

El recorrido cubre desde el reinado de Basilio II, el llamado Bulgaróctono, en 976, hasta la proclamación de Constantino Ducas, pasando por figuras tan dispares como Romano Argiro, Miguel el Paflagonio, las porfirogénetas Zoe y Teodora o Isaac Comneno. Es, en el fondo, el relato de cómo Bizancio pasó de su apogeo territorial, que llegaba de Italia al Cáucaso y de Siria al Danubio, a una crisis cada vez más honda, narrada por alguien que vivió en primera persona ese declive. En su versión inglesa, de hecho, la obra circula bajo el título Fourteen Byzantine Rulers, que resume bien su estructura de catorce semblanzas encadenadas.

Choque entre los ejércitos de Esclero y Focas.

Hay pasajes que funcionan como set pieces por derecho propio, y el retrato de Basilio II es uno de los mejores ejemplos de las curiosidades que esconde el texto. Pselo cuenta cómo el joven emperador, entregado al principio a una vida de banquetes y amoríos, se transformó en un gobernante austero y desconfiado tras enfrentarse a las rebeliones de Bardas Esclero y Bardas Focas; abandonó el lujo, dejó de llevar joyas y clámides púrpuras y gobernó cada vez más solo, despreciando abiertamente a los letrados de su corte. La escena de la rendición de Esclero es de una teatralidad extraordinaria: el usurpador, ya anciano, se acerca a la tienda imperial escoltado y descalzo de sus zapatos púrpura, símbolo de la realeza que aún no quería soltar del todo, mientras Basilio, al verlo de lejos, cierra los ojos en señal de desagrado hasta que se despoja de toda insignia. Pselo incluso recoge una frase que atribuye al emperador ante la escena, convertida ya en un lugar común de la historiografía bizantina: la del hombre temido que ahora se aproxima como suplicante.

También resulta curioso el propio problema del título. El nombre Cronografía, con el que suele citarse la obra, ni siquiera es enteramente seguro. El filólogo alemán Diether Roderich Reinsch, autor de la edición crítica del texto griego de 2014, defendió que el propio Pselo se refiere a su obra como «historia» en un pasaje interno, lo que abriría la puerta a llamarla simplemente Historia de Miguel Pselo. Los títulos que dividen el relato en capítulos, además, no parecen ser del autor sino de un copista posterior, que resumía el contenido para orientar al lector, una práctica habitual en la transmisión manuscrita bizantina.

Lo que queda, en cualquier caso, es un texto excepcional dentro de la tradición historiográfica bizantina precisamente por lo que tiene de subjetivo, ya que Pselo no oculta su cercanía al poder ni disimula sus juicios morales sobre los emperadores a los que sirvió, y esa mezcla de intimidad cortesana y ambición literaria es lo que convierte a Vidas de los emperadores de Bizancio en algo más parecido a una colección de retratos morales que a una crónica política al uso, mil años antes de que ese género tuviera nombre en la literatura occidental.