La Marca del Maligno (2)

Es una figura intemporal que causa temor allá por donde pasa pero que, a su vez, goza de una legión de seguidores. Con diversas máscaras e identidades a lo largo de la historia y las distintas culturas, el mal se humaniza adquiriendo su forma y tentando a las almas más endebles con sueños de dinero y poder. El diablo, y sus múltiples rostros, ha dejado señales de su existencia que van más allá de meras leyendas. En numerosos lugares aún puede verse y sentirse… LA MARCA DEL DIABLO

Óscar Herradón ©

Los objetos del maligno

Podríamos hablar de un «bestiario maldito» –los múltiples animales que se relacionaron de una u otra manera con el Innombrable– e incluso de Iglesias del Diablo como las que existen en Rumanía, conocida como Iglesias de madera de Maramures, concretamente en la Transilvania septentrional, tierra de no muertos y chupasangres, donde el maligno está representado de numerosas formas y muy presente, tanto, que parece más una antesala al infierno que la casa de Dios –eso sí, muy hermosa–.

También de carreteras malditas –la Ruta 666 en los EEUU; la «curva del Diablo» en Bolivia; la vía maldita que une Bremen y Bremerhaven en Alemania…–; de puentes del diablo –como el de Rakotzbrücke en Gablenz, Sajonia, aunque existen más de 50 repartidos por todo el mundo–, de ríos, cuevas… e incluso catedrales.

De todo, vamos, pero el espacio es, como siempre, limitado, incluso en un post. Existen además numerosos y variados objetos que se vinculan con el demonio, y uno de los más célebres se encuentra precisamente en España, se conoce como el «Sillón del Diablo», y hoy es una de las piezas más visitadas del Museo de Valladolid –en la sala 14–, pero en su día ocupó un espacio destacado en la Facultad de Medicina de la Universidad. Su leyenda se remonta a 1550, cuando se funda la primera cátedra española de anatomía y acude a la facultad un joven portugués de origen sefardí y de nombre Andrés de Proaza, de 22 años, y que mostraba un gran interés por la disección.

El sillón en cuestión no parece muy cómodo…

Pocos meses después se denunció la desaparición de un niño de nueve años y la alarma saltó cuando los vecinos de la calle Esgueva declararon que desde el sótano de la casa del estudiante salían gemidos, y extraños ruidos; además, a través del desagüe veían salir agua sanguinolenta. Cuando las autoridades acudieron al lugar, se hallaron con un escenario macabro: sobre una mesa de madera encontraron el cuerpo despedazado del pequeño, así como cadáveres de perros y gatos también diseccionados.

Durante su interrogatorio, que no debió ser lo que se dice suave, el estudiante confesó que tenía un pacto con el mismo diablo a través de una silla que estaba en su escritorio… Afirmó que aquella silla/sillón se la había dado un nigromante de Navarra al que salvó de la persecución llevada a cabo en 1527. Dijo que sentándose en él recibía “luces sobrenaturales para la curación de enfermedades”, pero añadió que quien se sentase sobre él tres veces y no fuera médico moriría. Condenado a morir en la hoguera, los muebles de Andrés fueron subastados, pero nadie los adquirió, debido a la fama nigromántica de su dueño.

Fachada del Palacio de Fabio Nelli (Valladolid)

Cuenta Saturnino Rivera Manescau en Tradiciones universitarias (Historias y fantasías), de 1948, que entonces fue colgado boca abajo en un rincón de la sacristía de la Capilla universitaria, fijado a la pared a considerable altura, para que nadie cometiera la imprudencia de sentarse de nuevo en él. ¿Y por qué? Pues porque la maldición acompañaba al objeto: tras la muerte de Andrés, un bedel encontró el sillón en un trastero y se sentó en él, muriendo tres días después. Lo mismo le sucedió al que lo sustituyó en su puesto.

Permanecería boca abajo hasta que fue derribado el antiguo edificio y el objeto pasó a formar parte de las colecciones del Museo Provincial en 1890. Según el antropólogo vallisoletano del CSIC Luis Díaz Viana, el sillón tiene mucho que ver con la leyenda de la Cueva de Salamanca donde, cuentan, el mismo Diablo impartió clases, también sentado en una silla…

En el siglo XIX era habitual colocar en los camposantos estadounidenses sillas talladas en piedra como decoración. Se las conocía como «sillas de luto». Con el tiempo, comenzaron a entrar en el imaginario colectivo como sillas del diablo o embrujadas, como la «silla del Diablo del Cementerio de Greenwood», en Decatur, (Georgia, Illinois); o la »Silla del Diablo del Cementerio de Kirksville» (Missouri), entre tantas otras.

La Marca de la Bestia

Así se conoce a un término bíblico del Apocalipsis de San Juan, incluido en el Nuevo Testamento, concretamente en el capítulo 13. En este texto que aventura el Armagedón y que ha sido interpretado a lo largo de los siglos como a cada uno le ha venido en gana –dependiendo de su fervor religioso e intereses varios–, nos encontramos con esa famosa «Marca de la Bestia» o «Número de la Bestia», que sería el archifamoso, temido y venerado a partes iguales, 666 –que, curiosamente, o no tanto, para los protestantes era representado por la Iglesia católica–. Sin embargo, nuevas investigaciones parecen apuntar que el número escrito por el evangelista representado por un águila no fue éste, sino el 616, al menos eso se desprende de los descubrimiento hace no muchos años en los papiros de Oxirrinco en el Ashmolean Museum de la Universidad de Oxford, y que parece indicar que en su primera redacción en griego del texto de San Juan éste debió contener el número 616 «para referirse al nombre de una persona a quienes los cristianos denunciaban como enemigo».

Controversias aparte, parece que este nuevo número no va a desbancar de su trono satánico a ese 666 que tenemos hasta en la sopa, la marca de la bestia, «Six, six, six, the number of the Beast…» que cantaban los británicos Iron Maiden allá por 1982 y que continúa siendo el himno de los «malvados», la misma cifra que muchas décadas antes adoptara como propia el gran mago y ocultista Aleister Crowley en su nuevo sistema religioso al que bautizó con grandilocuencia como Thelema. Como decía el personaje de Santiago Segura en El Día de la Bestia: «Soy satánico; y de Carabanchel». Siempre es mejor acercarse al maligno con algo de humor… por lo que pueda pasar.

Pactar con el Diablo

También se conoce como pacto fáustico, desde que el maestro de las letras alemán Goethe escribiera su obra cumbre, Fausto, ambientándola en la Noche de Walpurgis en la cima del monte Brocken. Otros hablan de «contrato con el demonio», que en estos tiempos mercantilistas quizá sea más acertado. Referencia cultural extendida por todo Occidente –y en otros rincones, aunque bajo diferentes formas y nombres–, hoy está más de moda que nunca, gracias, en gran parte, al cine de terror.

Según el cristianismo, el pacto se establece entre una persona y Satanás o cualquier otro demonio a cambio de favores que acaban costando muy caros, desde la omnisciencia hasta la eterna juventud, riquezas, amores, poder… Aunque siempre hay algún espabilado que logra burlar al Astuto…

Aunque Fausto y su pacto con Mefistófeles son sin duda el referente cultural occidental moderno, lo cierto es que su principal antecesor en la mitología cristiana es el clérigo Teófilo, que, infeliz y desesperado al no poder promocionarse debido a su enemistad con un obispo, decidió vender su alma al maligno; no obstante, acabará siendo redimido por la Virgen María. Lo narra un tal Eutychianus en una versión griega del siglo VI.

Pacto con el Diablo de Christoph Haitzmann (1669)

En el siglo IX, y en pleno fervor persecutorio, un texto cristiano introduce a un judío como intermediador del pacto diabólico, citando por primera vez el «libelo de sangre» o «calumnias de sangre» contra el pueblo hebreo. En los años en que se redactaron los inefables «Martillos de Brujas», los pactos ocuparon un importante papel en la literatura demoníaca, así como las «marcas del diablo» hechas por éste sobre la piel de las acólitas de Satán.

El imaginario del aquelarre –con descripciones muy detalladas– contribuyó a extender una imagen del diablo como un ser despreciable, caníbal e infanticida, que practicaba el incesto, obseso de las orgías desenfrenadas y con un aspecto grotesco.

Según la creencia más extendida, el pacto podía ser oral o escrito. El primero se realizaba mediante invocaciones y conjuros. La intención era que no quedasen pruebas –al menos evidentes– de aquel soterrado y vil trato. El pacto escrito atraía al Astuto de la misma forma, mediante invocaciones y conjuros, pero incluía, según la literatura demonológica, un contrato firmado con la sangre del nigromante o de la víctima sacrificial. Los inquisidores afirmaban que aquellos que habían pactado con el diablo habían escrito su nombre el llamado Libro Rojo de Satán. Dichos «contratos» solían incluir las firmas de los demonios en forma de signos extraños y símbolos ocultistas; cada uno con su propio sello.

Algunos casos célebres de pactos con el diablo, o al menos de personas a las que se les colgó la etiqueta de negociar con Satanás para obtener provechos varios, una rúbrica en pro de conocimiento, amor, eterna juventud o inusitado poder, fueron el padre del blues-rock Robert Johnson; la leyenda sureña cuenta que una noche, en los años 20, Johnson esperó al diablo en la encrucijada de las autopistas 61 y 69, en Mississippi. Era medianoche y le vendió su alma a cambio de tocar como un dios, escena que inspiró a los hermanos Coen uno de los personajes de Oh, Brother!

Pero el instrumento favorito del maligno no es la guitarra eléctrica. Su instrumento por antonomasia –eso sí, también de cuerda– es el violín. De hecho, ya aparece en algunos tratados medievales con un grotesco aspecto, tocándolo y cautivando a sus acólitos. En los textos se afirmaba que aunque sabía tocar todos los instrumentos, tenía predilección por el violín, y que con él podía empujar a ciudades enteras a bailar su melodía.

De hecho, dos de los más famosos «pactos con el diablo» en el imaginario colectivo afectan a dos violinistas: el primer caso es el del compositor y violinista italiano del Barroco Giuseppe Tartini. Virtuoso músico, se haría mundialmente famoso por La Sonata para violín en Sol menor, que pasaría a la historia como El Trino del Diablo. La historia de esta pieza se inicia con un sueño; al parecer Tartini le contó al astrónomo francés Joseph Jérôme Lalande que cuando tenía 21 años soñó que el diablo se le apareció pidiéndole ser su sirviente; el músico desafió al maligno a tocar una melodía romántica con su violín para probar sus habilidades, y así humillarlo: el diablo tocó con tanto virtuosismo que Tartini –decía– se quedó casi sin respiración y despertó. Según la versión en primera persona del italiano que recogió Lalande en su Voyage d’un François en Italie… (1765-1766), tras despertar, «Inmediatamente tomé mi violín con el fin de retener, al menos una parte, la impresión de mi sueño. ¡En vano! La música que yo en ese momento compuse es sin duda la mejor que he escrito, y todavía la llamo el Trino del Diablo, pero la diferencia entre ella y aquella que me conmovió es tan grande que habría destruido mi instrumento y habría dicho adiós a la música para siempre si hubiera tenido que vivir sin el goce que me ofrece».

El segundo caso es aún más singular, y fue precisamente el del único música capaz de igualar e incluso superar a Tartini tocando dicho instrumento: el también italiano Niccolò Paganini. Llamado «el violinista diabólico», de aspecto pálido y cadavérico y sus contorsiones casi imposibles durante el repertorio, llevaron a decir que había firmado un contrato en el averno. Él mismo contribuiría a extender dicha leyenda, al acudir a todos los sitios dentro de un carruaje oscuro tirado por caballos negros al más puro estilo de Drácula; fama que se potenció cuando, a punto de morir, se negó a recibir la extremaunción y su hijo tuvo que guardar su cadáver en un sótano durante cinco años… Hoy se cree que lo que en realidad le sucedía al músico y compositor italiano es que padecía Síndrome de Marfan, lo que explicaría sus movimientos «sobrenaturales».

Personajes históricos reales a los que se acusó durante su juicio de realizar un pacto con el demonio –algo recogido en las actas procesales–, fueron, además de millares de «brujas», el que fuera lugarteniente de Juana de Arco y mariscal de Francia Gilles de Rais (1405-1440), más conocido como Barbazul, con una espeluznante carrera criminal a su espalda. Y el sacerdote, también francés, Urbain Grandier (1590-1634), al que se acusó del polémico caso de las endemoniadas de Loudun. Su «pacto», de hecho, aún se conserva: escrito en latín, aunque probablemente falsificado para acelerar su condena, se considera la primera prueba histórica de este tipo y sirvió para ordenar su ejecución en la hoguera.

El «pacto» que supuestamente firmó el señor Grandier

Hoy, por los mentideros de Internet, época de creepypastas, memes y multifakes, circulan historias de supuestos «pactos» que protagonizan personajes populares como Charles Baudelaire, Charles Manson, Madonna o el que fuera líder del mítico grupo pionero del heavy metal Black Sabbath, Ozzy Osbourne; y en tiempos más recientes, rostros famosos de la música juvenil como Justin Bieber, Katy Perry, Rihanna, Beyoncé, Lady Gaga, Jay Z y un largo etc. Cosas de la globalización: incluso el contrato diabólico se ha convertido en viral.

Han quedado ya muy lejos los tiempos en que a uno le acusaban de satanista o brujo y sufría todo tipo de calvarios hasta su muerte, pero la figura del diablo es tanto o más venerada –y temida– que en el pasado. Hoy, la Iglesia de Satán es religión oficial en varios estados, y grupos luciferinos tienen templos consagrados al Astuto en lugares como Colombia o Detroit, fuente continua de polémicos titulares. En Asia y África está muy extendida la creencia en distintos tipos de mal y la Iglesia católica realiza –afirman algunos teólogos– más exorcismos que nunca. Para más inri, el infinito universo de las RRSS, las webs y derivados está lleno de historias difíciles de verificar sobre el maligno. El diablo y derivados, aunque sea de cartón piedra o hecho a base de píxeles, sigue dejando su MARCA allá por donde pasa. Si se presenta ante vosotros, obligadle a caminar hacia atrás. La creencia popular afirma que no puede…

La Marca del Maligno (I)

Es una figura intemporal que causa temor allá por donde pasa pero que, a su vez, goza de una legión de seguidores. Con diversas máscaras e identidades a lo largo de la historia y las distintas culturas, el mal se humaniza adquiriendo su forma y tentando a las almas más endebles con sueños de dinero y poder. El diablo, y sus múltiples rostros, ha dejado señales de su existencia que van más allá de meras leyendas. En numerosos lugares aún puede verse y sentirse… LA MARCA DEL DIABLO

Óscar Herradón ©

Agazapado en las sombras, silente –salvo cuando toca el violín–, puede permanecer horas, días y a veces siglos a la espera de una nueva presa, un incauto con ínfulas de grandeza, con sed de enriquecerse en un abrir y cerrar de ojos o de alcanzar la tan ansiada inmortalidad prometida –en vano– por los viejos alquimistas. Le gusta estampar su rúbrica en rojo sangre sobre un grimorio medieval, o su impronta –ya sea la mano o el pie, o más bien la pezuña– sobre el suelo y la piedra de una catedral.

El caso es que, sea cual sea el verdadero origen de su nombre, o si las primeras religiones monoteístas, como el judaísmo, lo adaptaron –y desvirtuaron– de cosmogonías anteriores, lo cierto es que el diablo, Satanás, la Bestia, Lucifer, y en pueblos lejanos Abbadon, Rakhasha, Asura, Vetala… tiene tantos nombres como adeptos, objetos y cultos de un rincón a otro del planeta. Es, por utilizar terminología contemporánea, una suerte de rock-star, más célebre aún que aquellos músicos a los que el folclore atribuye un pacto con el mismo para alcanzar «fortuna y gloria», como decía Indy.

No vamos a realizar un sesudo recorrido antropológico por el origen del mal, el infierno o los ángeles caídos, en cuya historia ya hemos gastado mucha tinta, sino a seguir la pista del «maligno», su fétido aliento y su dañina mirada y a conocer de primera mano los múltiples objetos, enclaves y obras que se atribuyen a su pérfida acción. Allí donde ha quedado grabada a fuego, desde tiempos antiguos, la Marca del Diablo

Los múltiples rostros del maligno

Aunque el miedo al diablo pueda parecer cosa del pasado, pergaminos amarilleados de un grimorio medieval escrito con una mezcla de fanatismo y temeridad ante Dios, lo cierto es que sigue estando muy presente en diversas formas en todo el mundo, tanto, que ahora se le rinde culto en iglesias edificadas ex profeso por grupos luciferinos y el Vaticano ha visto aumentar el número de demandas de exorcismos entre la población.

En la era de la tercera revolución industrial o científico-tecnológica, todavía se descuartiza a personas en África para fabricar amuletos y hacer pociones «mágicas» –principalmente a los albinos, una de las mayores aberraciones de estos tiempos–, en la India se considera que algunas enfermedades mentales o deformaciones son causa de la acción de los «demonios» y, en los países de este mal llamado primer mundo, donde no suelen ser la miseria y el analfabetismo los desencadenantes de la superstición, se realizan exorcismos en grupo que, en ocasiones, acaban en verdaderas desgracias …

Por su parte, la arqueología no deja de sorprendernos con nuevos hallazgos que nos descubren que el miedo al diablo, al demonio, a sus acólitos o a seres malévolos en general, está presente en todos los pueblos desde tiempos inmemoriales, como el descubrimiento en 1994 de representaciones de seres demoníacos y animales protectores en el que podría ser el primer santuario de la historia, Gobekli Tepe, en Turquía.

Más reciente fue un sorprendente hallazgo de 2014, cuando un grupo de arqueólogos ingleses, al levantar los tablones de una mansión abandonada y semiderruida en el condado de Kent, de nombre Knole, encontraron el lugar donde se grabaron líneas entrecruzadas talladas y símbolos indicativos de una «trampa para demonios».

Según Rossell Hope Robbins, los primeros cristianos no siempre concebían al diablo bajo forma humana. En la Vida de San Antonio, obra atribuida a Atanasio alrededor del año 360 d.C., los diablos aparecen bajo múltiples formas, entre ellas las de un muchacho negro y un hombre de gran envergadura. Hacían su aparición ante los aterrados testigos como «¡una bestia parecida a un hombre con patas como las de un asno!», y también como leopardos, osos, caballos, lobos y escorpiones. Curiosamente, para éstos estaban prohibidas –según el texto– las formas de la paloma y el cordero, símbolos de santidad. Era habitual que los diablos se transformaran con frecuencia, «adoptando la forma de mujer, bestia salvaje, seres reptantes, cuerpos gigantescos y legiones de soldados… otras veces asumían el aspecto de monjes y hablaban como hombres santos». Con los siglos, adoptaría formas más sutiles y actuaría de forma menos pendenciera, pero igual de letal…

Siguiendo la Vida de San Antonio, la aparición de los diablos solía ir precedida por un gran estruendo, «con ruidos y gritos como los que hacen los jóvenes toscos o los ladrones», o con «gemidos de niños, aletear de bandadas de pájaros, mugir de bueyes… el rugido de leones, el clamor de un ejército». El propio Atanasio dejaba constancia escrita de que estos seres entraban y salían a voluntad por puertas cerradas, a veces despedían un hedor repugnante, y por su parte san Hilario, con un agudo olfato, aseguraba ni corto ni perezoso que podía «distinguir por el olor de los cuerpos y las ropas (…) qué demonio importunaba al hombre» Esta imagen penetraría con fuerza en el imaginario colectivo de Occidente.

Contenedores de Demonios

La idea de atrapar y confinar a las fuerzas del mal en un “contenedor” u objeto se lleva intentando, de una forma u otra, desde tiempos pretéritos. Cuenta el grimorio anónimo del siglo XVII La Llave Menor de Salomón que el rey Salomón, gran conocedor de la magia, invocó y encerró a nada menos que 72 demonios de alta graduación en una vasija de bronce que selló con símbolos cabalísticos, obligándoles a trabajar para él. Ya en el Antiguo Testamento se menciona que el majestuoso Arcángel Miguel le dio al citado rey un anillo «inscrito con un sello mágico y llamado el Sello de Salomón», que aparentemente le daría el poder de controlar demonios.

Caja Dybbuk

Sería una de las primeras referencias históricas sobre el uso de lo que se ha dado en llamar «contenedor sobrenatural», y que puede que sea también el origen de la caja Dybbuk del judaísmo. Un objeto –aunque también puede ser un ser vivo– que serviría como envase para encerrar a un ser sobrenatural y que éste no pueda hacer ningún mal. Entre los siglos III y IV de nuestra era, los caldeos, los zoroastrianos y los judíos solían utilizar cuencos de terracota rebosantes de hechizos mágicos que después enterraban boca abajo en las esquinas de los cimientos. Se creía que estos cuencos protegían o atrapaban el mal en sus múltiples y espeluznantes formas, como demonios y espíritus malignos.

Pero no es algo particular del judaísmo, el cristianismo o sectas afines; otras culturas tenían objetos similares destinados a espantar o recluir entidades demoníacas, como los «ojos de Dios» de América Central, los Atrapasueños de los nativos norteamericanos, los árboles heint de América del Sur, con botellas en las que los demonios, al no poder evitar entrar –no sabemos muy bien por qué– quedaban atrapados; e incluso en el Tíbet se elaboraban trampas para demonios con cráneos de carnero.

En la Edad Media, cuando comienza la salvaje caza de brujas, la obsesión por los demonios –de todo tipo y pelaje– se dispara, y también se hacen célebres la trampas demoníacas, consistentes en símbolos que supuestamente atraían la curiosidad de un demonio y luego eran sellados mediante una especie de ciclo infinito.

Y sería común en la Europa de los siglos XVI y XVII, el uso de trampas espirituales conocidas como «botellas de brujas» que servían –dicen– para capturar espíritus. Dichas botellas se llenaban con pelos, uñas y otras sustancias como sangre u orina –una suerte de señuelo para hacer creer al demonio, algo ingenuo él, que se trataba de una persona real–, y por lo general se cocían; cuando estos seres entraban en la botella, ésta se cerraba herméticamente, acompañada de vidrios y espejos para mantener encerrado al demonio y luego se quemaba, generalmente cerca de un río. La mención más antigua sobre este objeto la encontramos en un libro sobre brujería escrito en Inglaterra en 1680, aunque se cree que su antigüedad es mayor.

Hellboy, el «demonio rojo» de Mignola

En la ficción, el «contenedor sobrenatural» es un recurso bastante utilizado. Por citar un ejemplo del gusto de quien esto escribe, en la saga Hellboy de Mike Mignola, el demonio Samael permaneció encerrado dentro de la estatua de un santo hasta que fue revivido. Por cierto, sumergirse en las páginas de esta saga es algo que supongo que todo amante del cómic y de lo sobrenatural ya habrá hecho hace unos veinte años, pero si no es así, invito con vehemencia a hacerlo a todo neófito.

Norma Editorial publica en castellano los títulos que en EEUU lanza Dark Horse Comics. Desde los volumenes en rústica a los de tapa dura hasta lujosos volumenes en cartoné de Hellboy Integral, AIDP Integral –la Agencia para la Investigación y Defensa Paranormal en la que trabaja el «demonio rojo», en inglés BRDP– y desde hace poco la saga Abe Sapien en formato completo. Sus últimos títulos han sido AIDP. Demonio conocido 2. Pandemónium –me encanta el subtítulo– y AIDP Integral 7.

Y hablando del Malingo en estado puro, Mike Mignola –creador de Hellboy y otro largo abanico de (monster)héroes–, en colaboración con Johnson-Cadwell, Warwick, extiende un spin-off de este universo: Nuestros encuentros con el mal, que también acaba de publicar este mismo mes Norma Editorial, donde recupera a los personajes de El Sr. Higgins vuelve a casa. Con la ayuda de otra intrépida cazadora de vampiros, la señorita Mary Van Sloan el profesor J. T. Meinhardt y su ayudante el Sr. Knox continúan su lucha incesante contra no muertos, hombres lobo y otros horrores difíciles de explicar y que uno tiene que ver.

Volviendo tras este breve impás a las «botellas de brujas», lejos de pensar que esta práctica es algo del pasado, hoy en día hay gente que continúa fabricándolas, principalmente en el ambiente New Age, vendiéndose, incluso, por Internet a golpe de tarjeta. Se elaboran con jarras de cristal y en lugar de orina o sangre, introducen en el recipiente vinagre o vino purificador, añadiéndole agujas y clavos o incluso hojas de afeitar oxidadas, inciensos, flores, cenizas o monedas… Tras su sellado con cera o con lacre suelen ser enterradas en el jardín de la casa o en una maceta, siempre con el cuello de la botella o jarra hacia abajo.

V-Wars (Drakul)

Y si lo que queremos es acercarnos a unos de los grandes colaboradores del maligno desde tiempos pretéritos, los vampiros, nada mejor que sumergirnos en las páginas del cómic que ha inspirado una de las series de Netflix: V-Wars, editado por Drakul, cosecha de uno de los autores superventas del New York Times, Jonathan Maberry , junto con Alan Robinson y el artista visual Jay Fotos, un primer volumen que recopila los números 1 al 5 de la novela gráfica.

Con un dibujo descarnado y violento, y unos personajes muy bien perfilados, no es la típica historia post-apocalíptica, pues en ella se entreteje también una trama de intriga política y se aprecian claros elementos del género bélico. Como sucede con la exitosa e interminable The Walking Dead, según avanza el relato se evidencia cómo planea en el ambiente el miedo, los extremismos, la intolerancia e incluso el racismo; el hombre mucho más peligroso que la criatura. Sin embargo, personalmente me parece más adictiva que la saga creada por Kirkman y Moore.

La trama cobró todavía más interés con el trágico estallido de la pandemia de Covid que mostró lo vulnerables que somos los seres humanos a los virus (aunque éstos no nos conviertan, por suerte, en no muertos), al que se une el implacable azote del cambio climático. El deshielo del Ártico ha liberado un virus muy contagioso que desata una pandemia global que convierte lo que hasta entonces era un mito de algunos pueblos en una terrible realidad: el vampirismo. Para luchar contra la mayoría de personas cuyos genes han mutado en este sentido, convirtiéndose en criaturas depredadoras ansiosas de sangre fresca, el presidente de los sempiternos Estados Unidos contrata al profesor universitario Luther Swann, especialista en estas criaturas y toda la mitología –ahora realidad– que las envuelve. Sin embargo, el propio gobierno USA parece estar detrás de una compleja conspiración política en la que el investigador se verá envuelto.

Toda una guerra «sobrenatural» en la que se evidencia un discurso antibelicista (por parte no solo de humanos, sino también de algunos vampiros) y una advertencia sobre lo que puede avecinar un futuro no muy lejano. Una nueva lectura sobre la corrupción, la destrucción del planeta, las enfermedades y los miedos ancestrales compartidos por todos los pueblos.

He aquí el enlace para adquirir este sangriento volumen:

https://www.drakul.es/component/virtuemart/v-wars-1-la-reina-escarlata-detail

Este post continuará… al capricho del Innombrable.

Musashino, una pequeña joya literaria

Musashino, del escritor nipón Kunikida Doppo (1871-1908) máximo representante del naturalismo en su país, es un hermoso y pequeño gran libro que nos llevará, en una amalgama de géneros literarios, a lo más profundo de los paisajes del viejo Japón.

Óscar Herradón ©

Durante mucho tiempo, quizá demasiado, el grueso de la literatura japonesa, al margen de Murakami, Mishima y algunos nombres más, destacó por su ausencia en nuestro país. Se habían traducido, con mayor o menor acierto, autores importantes como Kobo Abe, o escritores occidentales influenciados sobremanera por su cultura, como Lafcadio Hearn, cuyos relatos basados en el folclore sobrenatural nipón son una delicia para cualquier lector apasionado del género oscuro.

Sin embargo, y aunque algunas pequeñas editoriales, como digo, se interesaran en la traducción de literatura e incluso poesía japonesa al castellano –léase también al gallego, al catalán o al euskera–, el volumen era más o menos escaso. En las últimas décadas, gracias en gran parte al enorme tirón del famoso cómic manga, al superventas y gran literato citado, Haruki Murakami, y al cine de terror de pelos negros y agua en abundancia patentado por The Ring hace dos décadas, miramos con mucha más atención al país del sol naciente, que en estos tiempos de globalización ya no nos parece tan lejano.

En la actualidad, en España hay varias editoriales independientes dedicadas prácticamente en exclusiva a la publicación de literatura oriental, principalmente nipona, aunque también china, coreana e incluso vietnamita. Destacan entre ellas, y tendrán sus correspondientes espacios dentro del «Pandemónium», Satori Ediciones, con un catálogo editorial de infarto, o Quaterni, con títulos que ya se han convertido en nuevos clásicos, muchos de ellos también relacionados con el universo de criaturas mágicas y demoníacas de la tradición nipona que siempre me han cautivado.

Chidori Books

Como digo, estas magníficas editoriales publican un material que nadie que se precie de ser buen lector debe obviar, pero en esta ocasión me encargaré de hablar de una modesta editorial que también publica obras singulares del país del sol naciente y a la que invito a acercaros desde estas modestas líneas: Chidori Books. Precisamente hace unos meses me llegó una de sus últimas novedades, un librito de perfecta factura y contenido impagable que escribiera en su día el autor Kunikida Doppo –léase así o al revés, Doppo Kunikida, por esa costumbre mal entendida en Occidente de marcar primero el apellido y después el nombre, lo que ha generado múltiples traducciones incorrectas–; el libro en cuestión: Musashino, que además del título del relato que da nombre al volumen también es una ciudad del viejo Tokio, y que trae una jugosa introducción firmada por Margarita Adobes que nos acerca a un autor poco conocido aquí por desgracia.

Logo de Chidori Books

Doppo, en realidad uno de sus trece pseudónimos literarios, de verdadero nombre Kumikida Tetsuo –apellido que los seguidores de Akira y del cine de terror de serie B no pasamos por alto–, nació probablemente, pues hay lagunas, el 15 de julio de 1871 en Choshi, en la prefectura de Chiba. De confesión cristiana –religión que abrazó en 1891, cuando fue bautizado por el prominente teólogo Uemura Masahisa– algo poco habitual en el Japón de entonces y confesión hartamente perseguida en otros tiempos y en aquellas latitudes, era hijo de un funcionario de la clase samurái, un tal Sempachi,  y de una camarera de una posada de nombre Man. Tras continuos cambios de residencia que le hicieron tomar contacto con numerosos lugares –aunque también le supusieron cierto desarraigo, pues realizó hasta catorce traslados en diez años–, ingresó, a pesar de haber tenido una educación irregular, en el College Tokyo Senmon Gakko, que actualmente es la Universidad de Waseda, para cursar estudios en lengua inglesa. Fue expulsado de ella y su anhelo por dedicarse a la política también se truncó. Entonces decidió dedicarse a la literatura, fundando en 1892 la revista literaria Seinen bungaku.

Una muerte prematura

De agitada y corta vida, fue profesor, corresponsal de guerra y editor, y a pesar de que moriría con tan solo 37 años, el 23 de junio de 1908 a causa de la tuberculosis, la enfermedad por antonomasia del Romanticismo, tuvo tiempo para dos matrimonios –ambos fallidos y parece que bastante traumáticos– y pudo escribir una fecunda obra literaria y creativa, hasta 70 composiciones, gracias en parte al mecenazgo del marqués Saionji Kinmochi, quien llegaría a ser príncipe y dos veces primer ministro de Japón.

En la misma, destacan su diario personal (Azamaukazaru no ki) que comenzó a escribir en 1892 y donde plasmaría sus vivencias y particularmente su primer matrimonio con  composiciones poéticas y relatos, de entre los que sobresale su obra cumbre, precisamente Musashino. Su obra posee, por supuesto, una marcada huella autóctona durante el periodo Meiji, es más, vital, pero en ella se hacen evidentes también influencias occidentales:  desde la más marcada, la del poeta romántico inglés William Wordsworth (1770-1850), a representantes del realismo como Turguénev, Tolstoi o Maupassant, a los que se acercaría tiempo después, aunque sin renegar de la deuda con Wordsworth.

Wordsworth

Se considera a Doppo pionero del naturalismo nipón, pero su evocadora obra supera con creces esta encorsetada clasificación –él mismo se sorprendió con tal encasillamiento–, por lo que sus apenas diez años de carrera literaria son difíciles de encuadrar dentro de una única escuela. Musashino fue su obra cumbre, su texto más emblemático, una suerte de diario de viaje formado por cinco relatos cortos unidos por la concepción de la naturaleza como extraordinaria manifestación divina, de un lirismo exquisito, y cierta extrañeza.

Consideradas por su propio autor como un poema, estas piezas que conducen al lector por sendas y caminos del viejo Japón, una naturaleza local tocada de un halo especial, casi mágico, sirven de escenario para llevar al lector, por el contrario, a una realidad desgarradora, de personajes que, en medio de su propia desesperación y desazón vital, heredera del Romanticismo, luchan contra las fuerzas de una omnipotente naturaleza que evidencia con su magnificencia la propia indefensión de los individuos, que intentan escapar, inútilmente, a su trágico destino. En toda su obra, Doppo se caracterizó por mostrar un cariño especial hacia los desamparados, hacia la humanidad que se desprende de la desgracia. A su vez, esa Naturaleza era su refugio, donde afirmaba «sentir a Dios».

Para este libro, compuesto además de por Musashino por los relatos cortos, también magistrales, El Viejo Gen –inspirado en un mendigo que conoció durante su estancia en Saeki–, Carne y patatas, Diario de un borracho y La puerta de bambú, no son una obra al uso. Lectura obligada  durante muchos años en las escuelas niponas, combina diferentes géneros narrativos con maestría, así como llamadas de atención al lector a través de estilos tipográficos y signos de puntuación, convirtiendo el texto en una obra que rebasa los géneros literarios.

Como anécdota, señalar que el nombre de Doppo Kunikida es ahora célebre porque así se llama un personaje del manga Bungo Stray Dogs, que trabaja para la ficticia Agencia Armada de Detectives. En definitiva, Musashino es un libro simplemente maravilloso que podéis adquirir en la página de Chidori Books:

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