Orquestando el Día D. Los secretos del Desembarco de Normandía (III)

Fue un momento crucial en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial y a la hora de doblegar a las fuerzas de Hitler en el viejo continente. Ahora que Ático de los Libros publica el ensayo Normandía 1944, del prestigioso historiador y escritor británico James Holland, recordamos algunas anécdotas de aquella sangrienta y heroica jornada que cambió la historia para siempre.

Óscar Herradón ©

Desde el 17 de abril se impuso una estricta censura en las comunicaciones de los diplomáticos extranjeros y las salidas y entradas al país estaban rigurosamente controladas. Un buen espía enemigo podría dar al traste con la operación más importante de toda la contienda, que serviría para asestar un golpe mortal a Hitler y sus generales. Los agentes al servicio del Comité XX que habían sido «engañados» para transmitir información errónea a sus supervisores alemanes, y que tenían por objetivo generar mucho «ruido» y confusión, eran uno de los aspectos fundamentales de la denominada Operación Fortitude (Fortaleza), la medida de distracción más ambiciosa de la guerra, mayor incluso que el proyecto (maskirovka o «decepción militar») que por aquel entonces preparaba el Ejército Rojo para ocultar el verdadero objetivo de la Operación Bagration, la ofensiva militar de Stalin para cerca y aplastar en el verano de 1944 al Grupo de Ejércitos Centro de la Wehrmacht en Bielorrusia.

Operación Fortitude

Patton y Montgomery.

La Operación Fortitude estaba dividida en dos: Fortaleza Norte y Fortaleza Sur. La primera, que tenía como misión crear formaciones falsas en Escocia a partir del denominado 4º Ejército Británico, fingía estar preparando un ataque contra Noruega. Su intención: que Hitler mantuviera las divisiones alemanas destacadas allí y no las trasladase hasta la costa occidental. Fortaleza Sur era la operación de mayor envergadura. Su objetivo consistía en hacer creer al enemigo que cualquier desembarco en Normandía en una maniobra de desinformación gigantesca y perfectamente urdida para alejar a las divisiones alemanas de reserva del Paso de Calais.  La verdadera invasión se suponía que iba a tener lugar durante la segunda quincena de julio entre Boulogne y el estuario del Somme. El emblemático y controvertido general norteamericano George S. Patton, el militar más temido por los alemanes, fue puesto al frente de un hipotético I Grupo de Ejércitos de los Estados Unidos, que contaba con once divisiones al sureste de Inglaterra. Aquel ejército no existía pero había que hacer creer a la Inteligencia alemana y por tanto al OKW, que sí.

En la misma línea en la que Jasper Makelyne y su «Cuadrilla Mágica» (Magic Gang) crearon en el norte de África ejércitos enteros de cartón piedra en la lucha contra el Afrika Korps de Rommel, una serie de aviones de cartón piedras y tanques hinchables ­–montados sobre camiones, la mayoría similares a los Mark-I británicos–, junto a 250 lanchas de desembarco falsas, contribuirían a fabricar esa ilusión entre las filas enemigos.

Para aumentar dicho espejismo, dos cuarteles militares ficticios emitían constantemente mensajes de radio y un ingenioso sistema de sonido lanzaba al aire ruidos que simulaban movimientos de tropas, camiones y excavadoras en funcionamiento e incluso tanques que tomaban posiciones –sonidos que podían confundir a los espías que se hallasen en los alrededores, en un perímetro de varios kilómetros a la redonda–. Asimismo, se crearon incluso formaciones ficticias, como la 2ª División Aerotransportada británica.

La Red Garbo

La Red Garbo emitió hasta unos 500 mensajes. Estaba formada por 27 subagentes totalmente inventados que bombardeaban la central de inteligencia alemana en Madrid con informaciones minuciosamente preparadas por los servicios secretos aliados en Londres y que enseguida eran retransmitidas a Berlín.

Beevor señala que «Esos comunicados ofrecían una serie de detalles que poco a poco iban tejiendo el entramado con el que el Comité de la Doble Equis quería persuadir a los alemanes de que el mayor ataque iba a tener lugar más adelante en el citado Paso de Calais». También se idearon otras tretas para impedir que los alemanes desplazaran a Normandía, el verdadero lugar de desembarco, tropas procedentes de otros enclaves de Francia. Así nació la Operación Ironside, cuyo objetivo era dar la sensación al enemigo de que dos semanas después de los primeros desembarcos se lanzaría una segunda invasión en la costa occidental francesa directamente desde los EE.UU. y las Azores.

Elvira Chaudoir.

Para impedir que los nazis desplegaran a Normandía, como medida de precaución, la 11ª División Acorazada, que se encontraba entonces en Burdeos, una agente doble destinada en Gran Bretaña, controlada por el Comité XX, conocida como «Bronx» –y cuyo verdadero nombre era Elvira Chaudoir–, envió el siguiente mensaje cifrado a su supervisor alemán en el Banco Espirito Santo de Lisboa: Envojez vite cinquante libres. J’ai besoin por mon dentiste («envíe rápidamente 50 artículos. Necesito para mi dentista»), cuyo significado en clave era: «en torno al 15 de junio se llevará a cabo una operación de desembarco en el golfo de Vizcaya». Era mentira, claro, pero puesto que el supervisor de «Bronx» ignoraba  completamente que esta formaba parte del Sistema de la Doble Cruz, envió su información puntualmente a Berlín y el resultado sería que la Luftwaffe comandada por Hermann Göering, que evidentemente temía un desembarco en la Bretaña francesa, ordenó la destrucción inmediata de cuatro aeródromos situados cerca de la costa. Aquello daba una ventaja considerable a los aliados. Una mentira dentro de otra mentira, una desinformación que confundía aún más la desinformación anteriormente enviada. Al igual que «Bronx», otra serie de agentes harían campaña común para la mayor operación de «decepción» de la historia bélica.

Operación Copperhead

Clifton James caracterizado como Montgomery.

A finales de mayo se puso en marcha otro plan de desengaño conocido con el nombre en clave de Operación Copperhead, una pequeña parte de Bodyguard, ideada por el oficial de inteligencia Dudley Clarke. La idea, que parece sacada del guion de una película, era que un actor, concretamente el australiano Mayrick Clifton James, se hiciera pasar por el general Bernard Law Montgomery, con el que tenía un asombroso parecido. El teniente coronel J. V. B. Jervis-Read, director del OPS (b) (Departamento de desinformación británico) vio una foto suya en el News Chronicle y supieron que el intérprete australiano, con 25 años de interpretación a sus espaldas cuando estalló la guerra era su hombre. Al reunirse con él le dijeron que se buscaba a un actor para una serie de películas propagandísticas que el Ejército tenía pensado rodar, un ingenioso plan de decepción. James aceptó, aunque la misión no fue tan sencilla como aparentaba. El falso Montgomery visitó Gibraltar y Argel para hacer creer al Eje que se preparaba un ataque contra la costa del Mediterráneo.

Dusko Popov.

Por su parte, el complejo secreto de decodificación de mensajes de Bletchley Park que tantos éxitos había cosechado en la sombra contra los alemanes, adoptó un nuevo sistema de observación, minucioso, para el éxito de Overlord; los expertos, a través de las interceptaciones «Ultra», la gallina «de los huevos de oro del premier», estarían preparados para descifrar cualquier cosa importante en cuanto tuvieran noticia de ella. Gracias a este sistema, los oficiales de inteligencia destinados en la campaña británica también podrían comprobar el éxito de la desinformación elaborada en el marco de Fortitude y transmitirla por Garbo y los principales agentes de la «Doble Equis, como Dusko Popov, alias «Triciclo» o el polaco Roman Garby-Czerniawski, alias «Brutus», entre otros.

Bletchley Park.

Era evidente que los alemanes habían mordido el anzuelo: el 22 de abril fue descifrado en el complejo de Bletchley un comunicado alemán que identificaba al «4º Ejército», con su cuartel general cerca de Edimburgo y dos de sus divisiones situadas en Stirling y Dundee. Otros mensajes secretos interceptados evidenciaban que la Wehrmacht creía que la División Lowland se estaba preparando para lanzar un ataque contra Noruega, como preveía el plan Fortaleza Norte. Ello condujo a que los alemanes –según se dedujo una vez más a través de «Ultra»– llevaran a cabo ejercicios de maniobras antiinvasión, basándose en el supuesto de que los desembarcos tendrían lugar entre Ostende y Boulogne.

El final de la cuenta atrás

Alan Turing.

El 2 de junio, considerando que tenían los datos suficientes, los oficiales al mando de la mansión en la campiña inglesa donde trabajaban Alan Turing y otros eminente criptoanalistas y matemáticos en la lucha contra Hitler, emitieron el siguiente comunicado: «Las pruebas más recientes indican que el enemigo supone que los aliados ya han finalizado todos los preparativos. Espera que un primer desembarco tenga lugar en Normandía o en Bretaña, y que a continuación se materialice el grueso de la operación en el Paso de Calais». El camino hacía el Día D parecía estar completamente despejado… ¿o no?

Sala del Teléfono.

Las cosas se complicaban con los informes meteorológicos citados. A primera hora del 2 de junio, Eisenhower se subía a su caravana, oculta en el parque de Southwick bajo redes de camuflaje, y a la que llamaba «mi carromato de circo», esperando los últimos informes. Allí, en los escasos momentos que tenía libres, intentaba mitigar sus nervios leyendo novelas del oeste –que, curiosamente, también apasionaban a Hitler–, o fumando echado en su camastro. Churchill, bajo su búnker de la City, hacía lo propio, apurando su coñac y fumando sus puros, a veces pintando, una de sus grandes pasiones, a la espera del momento definitivo, el momento en el que la Historia, con mayúscula, decidiría el porvenir del mundo libre. Mientras llegaba la hora, el orondo premier mantenía un contacto continuo con el ya muy enfermo presidente estadounidense Roosevelt, a través de su línea secreta en su «Sala del Teléfono». La espera comenzaba a hacerse cada vez más angustiosa.

Como ya hemos señalado, el Día D, el momento decisivo de la invasión de Europa, se programó en un momento para el 5 de junio, cuando se consideró por los informes meteorológicos que era la fecha más probable para poder contar con aguas tranquilas, así como luna llena y marea baja con las primeras horas del sol, sin embargo, una serie de tormentas obligó a retrasar la ambiciosa operación un día, por lo que las tropas se movilizaron finalmente el 6 de junio, la fecha que pasaría a la Historia. Era el final de la cuenta atrás: el Día D desembarcaron simultáneamente centenares de decenas de miles de tropas británicas, estadounidenses y canadienses (y algunas francesas)  en cinco playas separadas de Normandía.

¿Qué encontraremos en el libro de James Holland Normandía 1944. El Día D y y la batalla por Francia?

En esta nueva historia del Día D y las batallas en Normandía (que Ático de los Libros publica en rústica con solapas tras el éxito de su edición en tapa dura), James Holland, el principal exponente de la nueva generación de historiadores que están reinterpretando la Segunda Guerra Mundial, nos ofrece una visión global que cuestiona mucho de lo que creemos saber sobre esta campaña. Muchos relatos anteriores han ignorado la escala y complejidad del esfuerzo bélico aliado, así como las limitaciones tácticas, operativas y estratégicas de las fuerzas alemanas.

A partir de archivos y testimonios inéditos que van desde soldados rasos hasta generales, pasando por pilotos de bombarderos, enfermeras o miembros de la Resistencia, el autor nos brinda, con una prosa palpitante, el relato épico de la campaña que supuso el principio del fin de la guerra en Europa. Normandía 1944 es una historia de lucha y superación, un relato del Día D y la campaña de los Aliados en Normandía que integra los niveles operacional, estratégico y táctico en una obra escrita con el magistral estilo que caracteriza a Holland.

Orquestando el Día D. Los secretos del Desembarco de Normandía (I)

Fue un momento crucial en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial y a la hora de doblegar a las fuerzas de Hitler en el viejo continente. Ahora que Ático de los Libros publica el ensayo Normandía 1944, del prestigioso historiador y escritor británico James Holland, recordamos algunas anécdotas de aquella sangrienta y heroica jornada que cambió la historia para siempre.

Óscar Herradón ©

Existe un episodio clave que daría inicio a la fase final de la guerra en Europa y el principio del fin del Tercer Reich. Dejando al margen las derrotas infligidas por los soviéticos a los alemanes en Stalingrado o Kursk, sin las que el avance desde el este hacia Berlín habría imposibilitado la victoria, los aliados asestaron un golpe mortal a la Alemania nazi el 6 de junio de 1944, el conocido como «Día D», en el que un impresionante contingente de fuerzas británicas y estadounidenses desembarcaron en el Viejo Continente para avanzar sin parangón hacia el corazón del régimen nazi.

Todavía quedaba mucha sangre por derramar y espantosas batallas por librar, pero aquella operación, probablemente la más importante de la contienda, fue algo más que decisiva, pues contribuyó a escribir la Historia con mayúscula del pasado siglo XX. Sin ella puede que la guerra hubiese durado algunos años más –Churchill creía que se habría alargado al menos dos años– o, lo que es aún más estremecedor, que finalmente ese Reich de los Mil Años que proclamaban a los cuatro vientos los cantos de sirena de la propaganda hitleriana hubiese doblegado Europa al completo.

Sin embargo, existen numerosas sombras sobre aquel desembarco considerado hoy, no sin razón, la operación bélica  más brillante de la guerra y que es celebrada cada año en Francia, Estados Unidos o Londres entre grandes desfiles –en los que unos y otros hacen gala, una vez más, de su potencial, por lo que pudiera venir, y más en estos tiempos tan revueltos, más agitados que nunca tras el fin de la Segunda Guerra Mundial– y festejos regados de entusiasmo mezclado con la añoranza de aquellos, tantos, que perdieron su vida.

Juan Pujol, «Garbo».

Y es que el trabajo previo de un grupo de espías sensacionales, cuyas acciones permanecieron, una vez más, silenciadas durante décadas, fueron capitales para que el Día D llegara, nunca mejor dicho, a buen puerto. Aquellos «soldados» que libraban su particular guerra en sótanos, pisos francos de países ocupados por las fuerzas nazis o italianas, y oficinas secretas de diferentes organizaciones de Inteligencia, contribuyeron al éxito de la misión tanto o más que aquellos que, dispuestos a morir por un ideal, saltaron de sus lanchas de desembarco en las cinco playas que recibieron el nombre en clave –en parte homenaje a los hogares de muchos de los invasores aliados– de Utah, Omaha, Gold, Juno y Sword, con las balas silbando en sus oídos, exponiendo sus indefensos cuerpos a las minas, las ametralladoras y las bombas incendiarias para arrancar aunque solo fuera un palmo de terreno a los ejércitos de Hitler. Lo narra con maestría Ben Macintyre en La historia secreta del Día D: la verdad sobre los superespías que engañaron a Hitler (Crítica, 2013).

Los búnkeres de Overlord

El baile de informaciones falsas, verdades encubiertas y contactos con una u otra agencia de Inteligencia, en ambos bandos, fue tal, que resulta una madeja difícil de desenredar aun tantos años después y disponiendo de gran cantidad de documentación. Han tenido que pasar más de ocho décadas, desclasificarse infinidad de archivos y entregarse a una laboriosa tarea algunos de los mejores historiadores y periodistas especializados en aquel periodo decisivo, para que se pongan los puntos sobre las íes y se cuente toda la verdad sobre uno de los episodios capitales de nuestra historia. Toda, o al menos una gran parte, porque la Historia siempre está llena de subterfugios, rincones olvidados e intereses del que la escribe o la difunde, sea quien sea.

No podemos, en la brevedad de un post (aunque sea en varias partes) abordar la complejidad de una operación de tal calado como el desembarco de Normandía en 1944, por lo que recomendaremos uno de los libros que en los últimos meses arrojan información sobre aquel episodio clave de la historia mundial, aunque daremos unas pequeñas pinceladas a modo de anécdota histórica de cómo se gestó tan ambicioso –y a la vez arriesgado– plan de conquista, objeto de infinidad de libros, artículos, documentales y películas (de El día más largo a Salvar al soldado Ryan, de La americanización de Emily a Overload, pasando por otro buen puñado de títulos).

Churchill en 1940.

Vayamos por un momento al inicio de los preparativos que acabarían dando forma a la denominada Operación Overlord, nombre en clave de la invasión de Europa por el oeste. Durante dos años Inglaterra libró prácticamente la guerra en solitario en el oeste, pero tras el ataque japonés a Pearl Harbor, Churchill aprovechó la buena relación que mantenía con Roosevelt (con quien hablaba prácticamente a diario desde su «habitación del teléfono», sita en las Churchill War Rooms, en el corazón de la City londinense y que permanece aún en pie bajo el suelo en una muestra museística que ningún amante de la historia de este periodo debería perderse) para obtener el compromiso de una coalición aliada contra Alemania, Japón y la Italia fascista.

Von Braun en 1964.

Lejos quedaba la viabilidad de la Operación León Marino (Operation Sea Lion en inglés, Unternehmen Seelöwe en alemán), por la que Hitler pretendía invadir Inglaterra, pero la Wehrmacht seguía queriendo neutralizar a las islas británicas, y, para ello, se crearían las llamadas «Armas Secretas», los cohetes V-1 y V-2, letales ingenios ideados por ingenieros que, paradójicamente, acabarían pasando a trabajar para los Estados Unidos en su lucha contra el comunismo durante la Guerra Fría, como el oficial alemán Wernher von Braun, héroe de la carrera espacial norteamericana y figura capital de la Operación Paperclip de la OSS, antecesora de la CIA. Tras declarar la guerra a Alemania, Italia y Japón, Roosevelt encargó al general Dwight D. Eisenhower, alias «Ike», diseñar una gran ofensiva en el oeste europeo.

Ike.

Para ello, el brillante militar que años más tarde ocuparía el mismo sillón presidencial en la Casa Blanca, hubo de desplazarse a Londres, una ciudad a merced de los aviones y las bombas alemanas. El Gabinete de Guerra era consciente del peligro que corría el general estadounidense y para ello se construyó ex profeso otro búnker dentro de la red de refugios secretos del gobierno, que a día de hoy se mantiene en pie pero continúa siendo uno de los lugares más blindados de toda Inglaterra, al que han tenido acceso muy pocos investigadores ajenos a los servicios secretos de Su Majestad o a las Fuerzas Armadas.

Southwick House

Southwick House.

Para preparar la que acabaría por ser la operación estratégica más importante de la historia bélica, la Marina Real Británica tomó posesión del edificio de Southwick House, una soberbia mansión con fachada de estuco y entrada porticada, en 1940. Se hallaba a unos 8 kilómetros al sur de la base naval de Portsmouth y en sus fondeaderos había todo tipo de embarcaciones destinadas al que habría de ser conocido como «el día más largo», programado, en un principio, para el 5 de julio de 1944: buques de guerra, barcos de transportes y centenares de barcas de desembarco que inmortalizaría años después el cine bélico, que encontró en aquella colosal operación un verdadero filón.

Emblema del SHAEF.

Según cuenta Antony Beevor en otro de los libros de referencia sobre aquella gesta, El Día D. La batalla de Normandía (Crítica, 2017), los hermosos jardines de la mansión estaban entonces plagados de barracones, tiendas de campaña y caminos de ceniza. Se trataba del Cuartel General del almirante sir Bertram Ramsay, comandante en jefe de las fuerzas navales para la invasión de Europa, así como el puesto de mando avanzado del SHAEF (Supreme Headquarters Allied Expeditionary Force, «Cuartel General Supremo de las Fuerzas Expedicionarias Aliadas»). En las estribaciones de Portsmouth se habían colocado estratégicamente baterías antiaéreas cuya misión era defender la zona, así como un arsenal naval a los pies de la montaña, ante posibles incursiones de la Luftwaffe, que tantos estragos había causado hasta entonces.

El general Eisenhower ordenó al equipo meteorológico al servicio del Cuartel General, bajo las órdenes del Dr. James Stagg, recién nombrado capitán de grupo de la RAF para evitar conflictos por «intrusismo» entre los herméticos cuadros militares, previsiones meteorológicas para tres días que debían consignarse todos los lunes para ser contrastadas posteriormente con la realidad. Nada podía quedar al azar, puesto que la marejada en el Canal de la Mancha a causa del mal tiempo podía mandar a pique las lanchas de desembarco, atestadas de soldados apiñados a bordo. De hecho, el día 1 de junio, un día antes del fijado para que los buques de guerra zarparan de Scapa Flow, en el noroeste de Escocia, las estaciones meteorológicas indicaban que se estaban formando áreas de depresión al norte del Atlántico que podrían dificultar mucho las cosas. Para más inri, los expertos meteorológicos ingleses y norteamericanos no se ponían de acuerdo sobre sus previsiones en un tiempo en el que no había satélites capaces de arrojar informaciones certeras.

Tanto Eisenhower como Churchill estaban sumidos en un estado de «nerviosismo previo al Día D», razonable teniendo en cuenta lo que se jugaban en aquella ofensiva secreta: si triunfaba, asestarían el primer golpe mortal a Hitler; si fracasaba, todo sería incierto y casi con seguridad la guerra se prolongaría mucho más tiempo, una guerra que ya había costado millones de bajas. (Este post tendrá una segunda e inminente continuación).

¿Qué encontraremos en el libro de James Holland Normandía 1944. El Día D y y la batalla por Francia?

En esta nueva historia del Día D y las batallas en Normandía (que Ático de los Libros publica en rústica con solapas tras el éxito de su edición en tapa dura), James Holland, el principal exponente de la nueva generación de historiadores que están reinterpretando la Segunda Guerra Mundial, nos ofrece una visión global que cuestiona mucho de lo que creemos saber sobre esta campaña. Muchos relatos anteriores han ignorado la escala y complejidad del esfuerzo bélico aliado, así como las limitaciones tácticas, operativas y estratégicas de las fuerzas alemanas.

A partir de archivos y testimonios inéditos que van desde soldados rasos hasta generales, pasando por pilotos de bombarderos, enfermeras o miembros de la Resistencia, el autor nos brinda, con una prosa palpitante, el relato épico de la campaña que supuso el principio del fin de la guerra en Europa. Normandía 1944 es una historia de lucha y superación, un relato del Día D y la campaña de los Aliados en Normandía que integra los niveles operacional, estratégico y táctico en una obra escrita con el magistral estilo que caracteriza a Holland.

Al día siguiente de la conquista

Ahora que están las aguas tan revueltas en relación al abuso –o no– del Imperio español durante la Conquista, más de cinco siglos después de que se produjera el que sin duda es uno de los grandes momentos históricos de la historia moderna, La Esfera de los Libros publica un ensayo que pone los puntos sobre las íes a nivel historiográfico en relación a asunto tan controvertido.

Óscar Herradón ©

Felipe VI.

Ayer la web de la Casa Real publicaba un vídeo en el que se veía a Felipe VI decir ante el embajador de México en España, Quirino Ordaz, que «hubo mucho abuso» durante la Conquista de América y que «Hay cosas que desde el punto de vista actual no pueden hacernos sentir orgullosos». Fue en el marco de una visita privada, sin prensa, a la exposición «La mitad del mundo. La mujer en el México indígena». Destacando únicamente estas palabras, suena a disculpa rotunda, pero lo cierto es que en su declaración el monarca dijo más cosas (entre ellas, habló de la legislación a favor de los indígenas que solo tenía la monarquía hispánica en aquel tiempo): «También ha habido luchas, digamos, controversias morales y éticas en cuanto a cómo se ejerce el poder. Desde el primer día, es decir, los propios Reyes Católicos con sus directrices, las leyes de indias, por el proceso legislativo, hay un afán de protección, que luego la realidad hace que no se cumpla como se pretende y hay mucho, mucho abuso y también, como decía antes, valorar el hecho de que de ahí, de ese conocimiento, pues nos apreciaremos más».

Y añadió aún más, insistiendo en la necesidad de que «las dos partes del Atlántico puedan conocer la historia común porque esa cultura mestiza es lo que nos define hoy», porque «conociendo la antigüedad es la manera que tenemos de valor lo que ocurre hoy»; y que «hay cosas que cuando las conocemos, cuando las estudiamos, en nuestro criterio de hoy en día, con nuestros valores, pues no pueden hacernos sentir orgullosos, pero hay que conocerlos, y en su justo contexto, no con excesivo presentismo».

Todo esta polémica comenzó hace unos años, en 2019, cuando el entonces presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, exigió por carta a los reyes de España que pidieran perdón «por la conquista» (exigencia que reiteró en mayo de 2024). Curioso, teniendo en cuenta que uno de sus abuelos era cántabro. La Casa Real no contestó, y como represalia, Felipe VI no fue invitado a la toma de posesión de la nueva presidenta, Claudia Sheinbaum. Estas declaraciones del jefe del Estado se enmarcan en una política enfocada en suavizar las tiranteces con el país hermano en aras de fomentar la concordia, una suerte de gesto de reconciliación que ha sido bien visto al otro lado del Atlántico. ¿Y por qué ahora? Probablemente porque España acoge el próximo mes de noviembre la Cumbre Iberoamericana y existe una intención de acercamiento.

Leyenda Negra VS Leyenda Rosa

Ilustración del siglo XVI de Theodor de Bry.

Sin embargo, las palabras de Felipe VI levantaron un gran polvareda mediática –no parece ser que calibraran muy bien en prensa la repercusión que podrían tener tales declaraciones por parte del Jefe del Estado–, un nuevo encontronazo entre las fuerzas políticas, en este caso entre los partidarios de la leyenda negra sobre la Conquista (particularmente los grupos de izquierda y republicanos, gobierno de Sánchez incluido), y los que abrazan con entusiasmo la versión contraria, la exaltación de las glorias imperiales (que las hubo, claro, y no pocas), en parte engordadas por la llamada leyenda rosa.

Mapamundi de Juan de la Cosa (1500).

No, no todo fue maravilloso, pacífico y altruista, está claro, por mucho que la portavoz de Vox en el Congreso, Pepa Millán, diga que la conquista de América «fue la mayor obra civilizadora de la historia y se respetaron los derechos de los súbditos». El Imperio español, el más grande de su tiempo y uno de los mayores de la historia, se enriqueció muy mucho con el oro de Indias y con el trabajo (o explotación, según se mire), de los indígenas y de sus tierras, hubo matanzas y opresión, como ha sucedido siempre en toda conquista, invasión, colonización, etcétera.

Llegada a América (1923). Óleo sobre lienzo de Camilo Egas.
Virgen de los Navegantes, de Alejo Fernández (1531-1536).

Pero no todo fue masacre, agresión y esclavitud, como quieren hacernos creer diversas facciones políticas y el propio gobierno mexicano actual, cuyos integrantes, no lo olvidemos, son los verdaderos descendientes de esos mismos españoles que se lanzaron a hacer carrera en el Nuevo Mundo. Porque sí hubo mestizaje, cosa que no pasó prácticamente en otras conquistas (o invasiones, depende del discurso) llevadas a cabo por ingleses o franceses un poco más al norte, en territorios que, curiosamente, fueron descubiertos por españoles, aunque la historiografía estadounidense ahora lo olvide, como olvida la crucial colaboración de la Corona española, entonces ceñida por Carlos III, a la Revolución e Independencia del pueblo norteamericano, a unos meses de que se cumpla el 250 aniversario de la Independencia, el 4 de julio de este 2026.

Matanza de Cholula.

Así, las palabras del presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, principal líder de la oposición, tildadas por otros grupos políticos poco menos que de reaccionarias por afirmar que se siente orgulloso de la Conquista, en cierta manera, y lejos de polémicas vacías, tienen sentido, porque efectivamente, no se pueden juzgar el pasado y la historia bajo el prisma de nuestra actualidad o los valores –o falta de ellos– de un hombre del siglo XXI: «Hacer ahora un examen de las cosas que ocurrieron en el siglo XV es un disparate» –al fin y al cabo, un poco lo mismo que vino a decir Felipe VI, cuyas palabras se descontextualizaron por interés partidista, por unos y por otros–.

El encuentro entre Cortés y Moctezuma. Pintura del siglo XVII.

Y es que ni el concepto de guerra ni el de raza ni el de religión eran iguales en los siglos XV, XVI o XVII (ni siquiera a comienzos del siglo XX). Tampoco el de los derechos humanos que, aunque sea muy loable y un deber democrático defenderlos, no existían en la concepción del hombre renacentista, nos guste o no. Hoy tampoco podemos comprender una institución como el Santo Oficio, pero en el marco de una sociedad donde Dios era tan importante como el mismo Estado (o más), tenía su razón de ser –al margen de si eran justos o no sus procedimientos, como la tortura o la delación, por supuesto terribles a ojos de la jurisprudencia actual–. Porque si no, la historia deja de ser una ciencia social y se convierte en una suerte de ucronía más acorde a la ficción que a la realidad.

¿Qué encontraremos en este ensayo?

Para saber qué sucedió realmente justo después de que los españoles pusieran por primera vez sus pies (y sus mosquetes, sus morriones y sus Biblias) en el Nuevo Mundo, eso que descubrió por casualidad (¿o no tanta?) Cristóbal Colón cuando pretendía viajar por una nueva ruta a las Indias, nada mejor que acercarnos a las reveladoras páginas de una de las novedades de La Esfera de los Libros: Al día siguiente de la conquista. La historia de lo que España construyó en América, del historiador e hispanista mexicano Juan Miguel Zunzunegui. 

Vista de la Plaza Mayor de México (1695).

Según se detalla en el libro, castellanos, tlaxcaltecas y texcocanos comenzaron a construir la hispanidad: pueblo mestizo, cristiano y humanista, mágico y místico que dio la vuelta al mundo y engendró la primera globalización, una cultura que dejó un continente sembrado de vestigios de grandeza. Zunzunegui firma su primera obra en España –tras ser un superventas en su país de origen, no, no todos los mexicanos odian el Descubrimiento–, para contar sin odios ni rabia lo que verdaderamente ocurrió en América.

Un ensayo, sí, que desmiente la Leyenda Negra, pero que no teme señalar las faltas cometidas –insisto, un poco lo mismo que ha afirmado Felipe VI–. La historia de cuanto fuimos como imperio, unos y otros: «Qué hermosa civilización construimos, pero qué terrible historia nos contamos. Qué grandeza llegamos a crear, pero dejamos que las narrativas de conquista nos impidan ver las maravillas que están frente a nuestros ojos», escribe.

Pues eso, algo más de imparcialidad, aceptación del pasado y alejamiento de los discursos gloriosos y, por contra, tremendistas, que llevan o bien a la glorificación únicamente de la patria y la bandera frente a la justicia o bien a la decapitación de estatuas de personajes españoles de calado histórico en el Nuevo Mundo como Hernán Cortés,  fray Junípero Serra, Bernardo de Gálvez o el mismo artífice del Descubrimiento, Cristóbal Colón, algo tristemente cada vez más habitual.