Sor Patrocinio. La consejera iluminada de Isabel II (I)

3 11 2020

Fue un personaje anacrónico en una España, la del siglo XIX, abierta a convulsos cambios. Consejera espiritual de Isabel II y su marido Francisco de Asís, provocaría un auténtico vendaval político cuando afirmó padecer en su cuerpo los estigmas de Cristo. Aquel y otros hechos «prodigiosos» desembocaron en un proceso judicial que hizo historia y que fue impulsado por el político Salustiano Olózaga, receloso con esta singular religiosa cuya figura está rodeada, todavía hoy, de claroscuros.

Óscar Herradón ©

María Josefa de los Dolores Anastasia, más conocida como Sor Patrocinio o «La Monja de las Llagas», sería uno de los personajes más singulares, paradójicos y atractivos de la convulsa España del siglo XIX, un país abierto al cambio y a las libertades que, no obstante, se enfrentaba al viejo orden, aquel marcado por la superstición, la devoción extrema y los añejos y entonces intocables valores del pasado. Nuestra protagonista, que viviría ochenta años y conocería algunos de los episodios más importantes del diecinueve de primera mano, varios reinados y un par de guerras, sufriría en carne propia las consecuencias de esa profunda división espiritual y política del país, una división a la que ella misma contribuyó.

Vino al mundo –un mundo que para ella sería de marcada austeridad y no poco sufrimiento– un 27 de abril de 1811 cerca de la Venta del Pinar, en San Clemente (Cuenca) y su mismo nacimiento ya estuvo rodeado, cuentan, de hechos «prodigiosos», pues como señala con acierto el historiador Pedro Voltes, para intentar comprender a esta singular mujer hay que recurrir en ocasiones a los supuestos prodigios y hechos sobrenaturales que rodearon su devenir vital desde el principio hasta el fin y que serían ensalzados en las numerosas hagiografías que le dedicaron y servirían a sus muchos detractores para ridiculizarla y mostrarla ante el mundo como una farsante.

Un nacimiento «milagroso»

Demos, pues, rienda suelta a la imaginación para hablar sobre su llegada a esta tierra de penurias. Cuentan las historias prodigiosas sobre su vida que debido a que en plena Guerra de la Independencia los franceses iban y venían por los páramos manchegos en busca de españoles que ajusticiar, Dolores Cacopardo del Castillo, acompañada de un sirviente, se adentró en el campo huyendo de las huestes galas y allí, bajo las estrellas, dio a luz a quien sería personaje de renombre en el Madrid decimonónico.

Narra la citada historia, siempre jugando a las damas con la leyenda, que la madre, pensando que la criatura había nacido muerta, la abandonó en el prado; las malas lenguas afirmaban que la había dejado allí para que muriera, pues la señora Quiroga, y esto es cierto, nunca mostraría un gran aprecio hacia su hija; no obstante, y aunque dicho suceso, casi con claridad apócrifo, fuera cierto, dudo que la madre llegara hasta ese punto de retorcimiento tras haberla llevado en su vientre durante nueve meses. Demasiados adornos, unos hermosos, otros siniestros, en torno a la vida de nuestra protagonista.

Al parecer, poco después de quedar «abandonada» en la finca de la Venta del Pinar, apareció allí por casualidad –o más bien por capricho de la Divina Providencia–, a caballo –mientras huía de los franceses–, el progenitor, que según las piadosas crónicas escuchó una voz, tres veces, que le llamaba «padre» –sorprendente teniendo en cuenta que provenía de un bebé recién nacido–, y el señor Quiroga, sospechando que se trataba de su propia hija, se la llevó con ella a casa, para sorpresa de su mujer.

Partida de bautismo de Diego Quiroga

Don Diego Quiroga y Valcárcel, natural de Lugo, era un alto empleado de la administración de las rentas de la Casa Real, lo que explica la huida de los franceses. Anécdotas devocionales aparte, la niña fue bautizada en la iglesia parroquial de Santo Domingo de Silos, en Valdeganga (Albacete), el 5 de mayo de 1811, con los nombres de María Josefa de los Dolores, Anastasia y Cacopardo.

El crédito de la familia Quiroga en la corte venía de antiguo. El abuelo paterno, Fernando Quiroga y Bussón, era personaje de renombre en palacio e íntimo del rey Carlos IV; el soberano recompensaría su fidelidad nombrando a su hijo Diego para un cargo en la Hacienda Real en Madrid.

La infancia de Sor Patrocinio no sería fácil. Tenía otros cuatro hermanos pero al parecer era el ojito derecho del padre, que le prestaba todo tipo de atenciones, algo que no gustaba a la madre ni a su hermana, Ramona, que solían tratarla con hostilidad. En este marco, una historia, otra probablemente apócrifa, afirma que la señora Quiroga intentó envenenar a la pequeña con una tortilla o guiso de setas venenosas que acabaría por ingerir, por casualidad, el gato de la familia, por lo que Don Diego descubrió el complot.

Desde temprana edad Sor Patrocinia mostraba afición por vestir muñequitas con hábito de monja, muñecas que su hermana Rafaela le robaba y tiraba a un pozo atadas por el cuello de una soga. La mayoría de biografías –muchas de ellas muy subjetivas, casi todas piadosas y algunas contradictorias– aluden a que ya desde su niñez el demonio la acechaba, lo que compensaba la devota muchacha con las visiones celestiales que experimentaba. Al parecer, a los dos años «ya dialogaba con la Virgen María». Agraciada ella.

En 1813 Don Diego decidió enviarla con su abuela a San Clemente de la Mancha (Cuenca), mientras él se trasladaba a Cádiz a ponerse a disposición de la Regencia Española. Con Fernando VII de nuevo ciñendo la Corona, seguiría ocupando importantes cargos en la Administración.

San Clemente de la Mancha (Cuenca)

Con tan solo seis años, Dolores recibió la Primera Comunión. El padre Casanova escribiría que «siendo aún muy niña se le apareció la Virgen Santísima a veces y le enseñó a escribir y hacer labores». Sin duda la pequeña Dolores era una privilegiada, con ventaja «divina» sobre los demás niños de su edad. Sus supuestas visiones sacras y su marcada devoción y amor al Santísimo serían una de las principales razones de que reyes como Isabel II o su esposo Francisco de Asís la tuvieran por santa y la elevaran al puesto de consejera de la Corona. Pero no voy a adelantar acontecimientos.

De la vida acomodada a los rigores del claustro

Tras la muerte de su progenitor, la persona que más la había protegido de los tejemanejes de su madre y su hermana Ramona, la familia Quiroga se trasladó, con escasos recursos económicos, a la capital de España, donde la abuela paterna se encargaría de su educación. En aquel Madrid de principios del XIX la hermosura de la joven Dolores, que de niña tocada por la gracia de Dios se convirtió en una preciosa adolescente de quince años, no pasaría desapercibida para nadie; una hermosura que fue digna de elogio en toda la Villa y Corte. Muchos fueron sus pretendientes, y de ello quería aprovecharse su madre.

Cuentan que entre los que cortejaron a Dolores se contaban personajes de la talla de Mariano José de Larra y José de Espronceda, pero el que daría más que hablar y le causaría mayores desdichas sería Salustiano Olózaga, un joven abogado que más tarde alcanzaría los puestos más relevantes del poder en esa España convulsionada políticamente, incluso, en 1843, el puesto más alto, el de Presidente del Consejo de Ministros. Dolores, que tenía clara su vocación, lo rechazó y decidió encaminar sus pasos al mundo eclesiástico.

Ella se casaría, sí, pero únicamente con Dios, para pesar de la madre, que consideraba a Olózaga un gran partido y una ocasión brillante para escalar posiciones en aquel Madrid de zarzuela, taberna y conventículo. A pesar de la insistencia del joven abogado, perdidamente enamorado de la Quiroga, ésta decidió convertirse en novicia. Aquello nunca se lo perdonaría el orgulloso y vengativo Salustiano, con graves consecuencias futuras.

A entrar en la vida conventual contribuyó la tía de la joven, la marquesa de Santa Coloma, que tenía su residencia en la Calle Mayor, la misma en la que vivía la familia Quiroga. Allí, tras enviudar, se recogió como señora de piso en la casa de las Comendadoras de Santiago; precisamente arregló el ingreso de su sobrina en esta Orden, en calidad de «pisadora», donde se refundía el papel de educanda para novicia y el de servidora de la señora a la que acompañaba.

Convento de las Comendadoras de Santiago

La abadesa tenía en el convento una hermana, doña Petronila Zurita, que sería la encargada de su educación y la primera en divulgar la noticia de sus primeros prodigios. Precisamente entre los muros de ese edificio sacro «Lolita» experimentó sus primeras experiencias místicas, o al menos las primeras que han sido registradas documentalmente. No obstante, aunque se convertirá en monja, no lo hará en esta Orden, sino en otra de normas mucho más rígidas, la de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora, en el convento de Jesús, María y José del Caballero de Gracia, también en Madrid.  Para aquel entonces, contaba con diecisiete años. El 19 de enero de 1829 ingresó en el convento, un convento que, perteneciente a los franciscanos, era dirigido por el padre Riaza y por sor María Benita de Nuestra Señora del Pilar. Ellos serán los encargados de convertir a la joven en sor María Rafaela de los Dolores y Patrocinio.

Oratorio del Caballero de Gracia

Será en el Caballero de Gracia donde sor Patrocinio mantenga una pugna cada vez mayor con el «demonio», según las crónicas hagiográficas: un día el maligno la arrojó escaleras abajo, otro, le vertió una olla de lejía hirviendo sobre su cuerpo. Nada menos. Episodios fruto, quizá, de un tiempo teñido por la superstición y la oscuridad, a pesar de hallarnos a las puertas de la modernidad. Lo que parece cada vez más evidente, y contradice a sus numerosos detractores, es que sor Patrocinio no fue una farsante, sino una víctima de las circunstancias y del ambiente proclive a la histeria en el que se convirtió en una mujer, un convento marcado por una regla estricta que incluía el ayuno y una férrea clausura –que, no obstante, le impedirían cumplir sus numerosos destierros, como enseguida veremos–, hasta el punto de que el rigor de la penitencia, según varios registros, hizo sucumbir a varias internas.

En otra ocasión el «demonio» fue aún más allá y elevó por los aires a la beata, dejándola después en un alero; serían sus hermanas de confesión las que la rescatarían del tejado a través de una buhardilla. Palabras textuales de sus cronistas. Leer para creer –o no–. Aquel viaje por los aires sería aprovechado por los detractores de la monja, que pretendieron escuchar en un supuesto diálogo entre Satán y la religiosa, unas molestas declaraciones de esta última hacia la reina gobernadora, María Cristina –madre de la futura Isabel II–, episodio que sor Patrocinio negaría rotundamente, pero que daría mucho que hablar.

Está claro que la monja no comulgaba con los liberales, más amigos de la desamortización que del confesionario –y partidarios de la regente–, pero la verdad es que parece que nunca estuvo demasiado interesada en la política, que consideraba mundana. No obstante, a lo largo de más de sesenta años, desde que cumplió apenas los veinte, se vio inmersa en un torbellino político de facciones enfrentadas, conspiraciones, camarillas y vaivenes ideológicos.

Este piadoso post continuará…

PARA SABER MÁS:

Recientemente, la editorial Ariel (Grupo Planeta) publicaba una detallada y amena monografía: Isabel II. Una reina y un reinado, del catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Sevilla José Luis Comellas, autor de importantes ensayos como Cánovas del Castillo o Los moderados en el poder. En su nuevo ensayo, aborda la figura de la reina «de los Tristes Destinos», como la definió su amigo Benito Pérez Galdós, desde una perspectiva completamente novedosa, recuperando facetas desconocidas o aspectos de la «Niña Bonita» apenas vistos antes, en un intento, claramente logrado, por reconstruir la personalidad humana e histórica de un mujer, contrariamente a la crónica negra, extraordinariamente compleja y llena de matices. Por supuesto, el libro no olvida el importante papel de Sor Patrocinio en la corte y en el reinado.

Hace unos meses Taurus (Penguin Random House) reeditaba una obra emblemática y monumental –por extensión– acerca de la soberana más importante del XIX español: Isabel II. Una biografía (1830-1904), de Isabel Burdial, quien recientemente ha publicado en la misma editorial una biografía de Emilia Pardo Bazán.

Para Burdiel, «la extraordinaria capacidad de desestabilización política y moral de la reina no fue la causa última de la falta de consenso del liberalismo isabelino, sino su mejor exponente». Este exhaustivo ensayo analiza, como nunca antes, la forma específica que adoptó la tensión entre la monarquía y el liberalismo decimonónico, algo que no solo se plasmó en España sino en otros países del Viejo Continente. Por supuesto, en sus casi mil páginas también se aborda de forma detallada la figura de Sor Patrocinio y su relevancia para con el régimen –en contraposición con los vientos liberales y el anticlericalismo de gran parte del sakdfj del país– y la Corona.

Exclusivamente sobre la protagonista del post:

JARNÉS. Benjamín: Sor Patrocinio, la Monja de las Llagas, Austral, 1971.

VOLTES, Pedro: Sor Patrocinio, la Monja Prodigiosa, Planeta, 1994.


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