Chucho Feúcho (Nuevo Nueve)

El clásico juvenil de Daniel Pennac Cabot-Caboche («Chucho Feúcho»), publicado en los años 80 con ilustraciones de Catherine Reisser, fue convertido en fábula gráfica por Grégory Panaccione en 2021, y ahora nos llega en castellano de la mano de Nuevo Nueve Editores, una historia muy querida por el público francés y destinada a pequeños lectores de entre ocho y doce años.

Óscar Herradón ©

Pennac, más conocido en el circuito adulto por su serie de novela negra protagonizada por Benjamin Malaussène, escribió Cabot-Caboche (el título en español es Chucho Feúcho) pensando en lectores de ocho a doce años, y la historia lleva décadas reeditándose en colecciones juveniles como Pocket Jeunesse o Nathan, lo que la convierte en un texto que cualquier lector francés de mediana edad reconoce de memoria. Ahora le toca el turno al público de nuestro país.

La trama sigue a un cachorro sin nombre, como reza el título en castellano feo hasta el punto de resultar invisible para quien busca mascota, y que es abandonado en un vertedero. Allí lo recoge una perra vagabunda de nombre Gueule Noire, que le enseña a sobrevivir en la calle; a su muerte, el cachorro, ya convertido en Chien, tiene que elegir él mismo a su dueña, y la encuentra en Pomme, una niña de carácter tan difícil como el suyo propio. Gran parte del libro, tanto en la novela como en su adaptación a viñetas, se construye sobre esa inversión de roles: no es el cánido el que busca ser domesticado, sino el animal quien decide, con paciencia y astucia, «domesticar» a la niña.

Contra el maltrato animal

Panaccione, que antes de este álbum ya se había especializado en la narración protagonizada por animales, con especial atención al punto de vista canino en libros mudos como Toby mon ami, encontraba aquí un material a medida: buena parte de Chucho Feúcho está narrada desde la percepción sensorial del perro, algo que su estilo, muy físico y muy atento al lenguaje corporal, sabe trasladar al cómic sin necesidad de saturar la página de texto.

El volumen no rehúye la parte más incómoda del material original: la crueldad hacia los animales, el maltrato, el abandono y la pregunta, nada ingenua para un público infantil, de qué hace que un perro sea «feo» y por tanto desechable a ojos de los humanos. Pennac escribía contra esa lógica, y Panaccione conserva esa columna vertebral moral sin edulcorarla, apoyándose en un elenco de perros callejeros secundarios que actúan casi como un coro que enseña al protagonista las reglas no escritas de la supervivencia urbana. Es, en definitiva, una adaptación que respeta el tono agridulce de un clásico francés poco conocido fuera de su idioma original, y que en español llega por fin con el título que mejor resume su premisa: un «Chucho Feúcho» al que nadie quería y que termina, contra todo pronóstico, escogiendo él mismo a su familia.

Malas Hierbas (Nuevo Nueve)

Nuevo Nueve nos trae esta cautivadora novela gráfica que tiene como trasfondo la brujería como signo de la intolerancia y la misoginia de siglos pasados, una historia de esperanza inquebrantable, de destinos entrelazados, de autoafirmación en un mundo que busca arrebatarnos la libertad de ser quienes realmente somos (una lectura que puede perfectamente trasladarse a nuestros tiempos, menos sanguinarios, pero también inciertos).

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En 1630, en algún lugar de Francia, una niña llamada Ávila ve morir en la hoguera a su madre, herbolaria y sospechosa de brujería. Sin embargo, la pequeña sabe algo que nadie más sabe: que su madre no ha muerto de verdad. Ese secreto pone en marcha Malas Hierbas, la última colaboración del matrimonio italiano formado por Teresa Radice y Stefano Turconi, que en España nos llega, gracias a la labor editorial de Nuevo Nueve, como una novela gráfica de gran formato, tapa dura y color luminoso. Sin embargo, Ávila desconoce su paradero, los recuerdos de su madre se desvanecen poco a poco y se verá obligada a emprender un viaje con el ratero Timo, siguiendo la pista de su progenitora mientras que figuras misteriosas y poderosas con oscuras intenciones la persiguen.

Radice y Turconi se conocieron trabajando para el Topolino italiano, la revista semanal de Mickey Mouse, y coincidieron en cabeceras como W.I.T.C.H. y X-Mickey antes de convertirse en pareja tanto en la vida como en el oficio. Turconi se formó en la Academia de Bellas Artes de Brera y en la Escuela Superior de Artes Aplicadas del Castello Sforzesco de Milán, y entró como alumno de Alessandro Barbucci en la Academia Disney antes de dibujar cómics clásicos de Minnie y Mickey para Disney Italia; en 2001 fundó el Studio Settemondi, y su trazo arrastra desde entonces una influencia declarada del cómic franco-belga y una atracción constante por los paisajes orientales. Radice, por su parte, llegó a la escritura por consejo de la guionista de Disney Barbara Slade, tras pasar por cursos de idiomas y de escritura creativa, y se incorporó a la redacción en 2002.

La curiosidad editorial es que, pese a conocerse tan pronto, la pareja tardó más de una década en firmar su primera novela gráfica conjunta al margen de Disney: Il porto proibito (Bao Publishing, 2015), una aventura de naufragio y folletín decimonónico que la crítica italiana recibió como un regreso al relato de gran aliento, con enredos, amores y agniciones al viejo estilo y que les abrió la puerta a colaboraciones posteriores como Non te canses de caminar, La tierra, el cielo, los cuervos o Lila trotamundos, esta última traducida al inglés por Europe Comics. En una entrevista concedida en el festival de Angulema, Turconi explicaba que aprendió a dibujar copiando a Astérix y al propio Topolino, mientras que Radice se definía como alguien a quien el cómic encontró y no al revés. Ese doble origen, el de él en la tradición Disney y franco-belga, el de ella en la escritura de formación clásica, sigue siendo la argamasa de casi todo lo que firman juntos, y Malas hierbas no es una excepción: personajes de raigambre folletinesca, un dibujo de línea clara y paleta muy saturada, y una estructura que avanza por golpes de aventura más que por introspección.

Sortear la caza de brujas

El asunto de fondo, la caza de brujas como telón histórico de una novela de aventuras, sitúa la trama en un siglo XVII europeo que fue, efectivamente, el momento álgido de los procesos por brujería en buena parte del continente, aunque el libro, como suele ocurrir en el género, usa ese contexto como escenario emocional antes que como reconstrucción documentada: lo que interesa a Radice es la orfandad de Ávila y su negativa a aceptar la versión oficial de la muerte materna, no el detalle procesal de la Francia de Luis XIII, donde también tuvieron lugar célebres y controvertidos casos de posesión demoníaca de congregaciones de religiosas como las de Aix-en-Provence y las endemoniadas de Loudun, que abordamos en su momento en el Pandemónium y que rescataría del olvido el filósofo y escritor británico Aldous Huxley.

La parte gráfica vuelve a estar por encima de la media del oficio, con una paleta de color que varios críticos especializados en novela gráfica han destacado como el elemento más logrado del álbum. Junto a ello, Radice y Turconi vuelven a manejar con soltura los ingredientes que los han hecho populares, el viaje iniciático, la orfandad, la esperanza tozuda. Un relato antiguo y a la vez terriblemente moderno, estructurado como una aventura trepidante. Otra pequeña joya de esta dupla creativa que por fin podemos disfrutar por estos lares.

Gaudí: el soñador de Barcelona

Bruguera publica la biografía ilustrada con la que el valenciano Max Vento se suma a las celebraciones del centenario de la muerte del genio catalán, una historia que se centra en los orígenes y la juventud que dieron forma a la figura del gran arquitecto.

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Antoni Gaudí murió tres días después de que un tranvía lo atropellara a las puertas de su propia obra inacabada, el 7 de junio de 1926 –lo cuento ampliamente en un reportaje en Muy Interesante publicado cuando se cumplió el centenario–. Cien años después, ese mismo accidente sirve de umbral narrativo a esta obra que nos brinda Bruguera, Gaudí: el soñador de Barcelona, donde el autor aborda una tradición que domina mejor que casi nadie en el panorama español: la de la novela gráfica biográfica sobre artistas, un género que en Francia y Bélgica lleva décadas consolidado y que Vento ha cultivado desde dentro.

Conviene situar al autor antes que al libro. Vento no llega a Gaudí como turista del formato. Antes de esta biografía firmó en Francia, con la editorial Steinkis, Kokoschka: portrait d’un amour expressionniste, un retrato del pintor vienés y de su tormentosa relación con Alma Mahler: el artista como personaje romántico, la creación como consecuencia directa de la herida sentimental. Ese oficio previo se nota en cómo está construido este Gaudí, que no aspira, según ha explicado el propio autor, a funcionar como manual de su obra ni como guía turística de Barcelona, sino a reconstruir una biografía admitiendo que en los huecos documentales entra la ficción.

El niño observador reconvertido en genio «loco»

El libro se mueve, de hecho, en el terreno que la crítica francófona suele llamar biographie romancée: los hechos verificables (la infancia enfermiza, el paso por la escuela de arquitectura, la fama de dandi, el amor no correspondido, el giro místico que lo lleva a entregarse por completo a la Sagrada Familia) conviven con escenas y diálogos inventados para dar continuidad emocional a lo que la documentación deja fragmentado. Es la misma apuesta que sostenía su Kokoschka y que, como en aquel álbum, funciona mejor cuando el objetivo es la caracterización psicológica que cuando se le pide precisión histórica. El propio Vento lo asume al presentar la obra como «basada en hechos reales»: una fórmula que en el cómic biográfico opera igual que en el cine, como aviso de que la fidelidad es de espíritu, no de acta notarial.

La ambición del libro, según se desprende de su planteamiento, es acumulativa: no un Gaudí sino varios, el niño observador de las formas en el taller familiar de su padre calderero, el estudiante al que sus profesores no sabían si tomar por loco o por genio, el hermano, el profesional cuestionado y aplaudido a partes iguales, el místico que termina por desaparecer dentro de su obra. Esa multiplicación de registros es la principal virtud del planteamiento y también su mayor riesgo. El marco que elige Vento, arrancar y cerrar con el accidente del tranvía, ayuda a contener ese riesgo, porque convierte el resto del álbum en una larga mirada retrospectiva desde la muerte, un recurso ya probado en otras biografías dibujadas de artistas y que aquí funciona como columna vertebral. Y lo hace a la perfección.