Alejandro Magno y el oráculo de Amón

A través de los siglos el hombre ha mostrado un inusitado interés por conocer lo que le deparaba el futuro. En la antigüedad, los encargados de vaticinar el porvenir eran los sacerdotes y pitias que interpretaban las respuestas de los oráculos. Algunos tan célebres como el de Delfos o el de Siwa, al que acudió Alejandro Magno, permanecieron ocultos a los ojos de los hombres durante siglos. Ahora Edhasa publica una vibrante monografía sobre el macedonio, obra del británico Anthony Everitt, que revela, además de numerosos episodios oscuros de su frenética vida, lo que sucedió durante su visita al oráculo.

Óscar Herradón ©

Se conservan innumerables respuestas de los oráculos de la antigüedad, algunas de cuyas profecías han llegado a hacer historia, hasta el punto de que algunos de los hombres más poderosos llegaron a basar sus decisiones en las sentencias de los mismos, como siglos más tarde reyes y príncipes se basarían en los horóscopos trazados por los astrólogos y en las predicciones de sus magos para tomar decisiones de índole política y militar. En la era helenística la creencia en los milagros estaba muy arraigada, pero sería una constante a lo largo de la historia, al menos hasta que la ciencia tal y como hoy la conocemos hizo su aparición. Aún así, son muchos todavía hoy los que creen en vaticinios milenarios, baste recordar lo que sucedió hace casi una década con la dichosa profecía maya y el una y otra vez mancillado 2012. Y eso que 2020 y 2021 sí que se acercaron bastante más a un Armagedón a causa del dichoso Covid.

Cimón

Grandes líderes del mundo antiguo consultaron a los oráculos, en cuyas sentencias creían sin titubeos. El oráculo de Siwa se hizo mundialmente famoso en el año 450 a.C. por una profecía que afectaba directamente a Cimón, hijo de Milcíades, uno de los políticos y militares más importantes de Atenas, quien envió una delegación al Oráculo de Amón, en el oasis de Siwa, mientras asediaba con su flota la costa de Chipre. Mientras los delegados escuchaban la ambigua respuesta del oráculo, el mandatario moría, lo que fue interpretado como una señal de gran poder profético, noticia que rápidamente se extendió por toda Grecia, haciendo que Siwa se convirtiera en competencia directa de los de Dodona y Delfos. A partir de ese momento, enviados de muchos países emprendieron el duro camino a través del desierto libio, ofreciendo valiosos presentes y sacrificios, con la intención de que Amón les predijera el futuro.

La dinastía argéada y el oráculo

Pero lo que ha hecho que Siwa y su oráculo pasaran a la posteridad fue el interés que uno de los grandes militares de la historia, Alejandro Magno, mostró en él, y los supuestos vaticinios que éste le ofreció cuando acudió a su consulta. Alejandro, que fue educado desde los trece años en la rica cultura griega nada menos que por Aristóteles, era un ferviente creyente, algo que le habían inculcado en la corte de su padre, Filipo de Macedonia, en cuyo reinado, como en el de su hijo, desempeñaron un importante papel los sueños proféticos y los vaticinios oraculares.

Olimpia presenta a un joven Alejandro a Aristóteles, por Gerard Hoet (1648-1733)

Al parecer, tanto Filipo como su esposa, la hermosa Olimpia, habían tenido un extraño sueño de tipo profético antes del nacimiento de Alejandro. Un buen día, el rey envió a su hombre de confianza Querón a consultar el significado de sus sueños al oráculo de Delfos y la respuesta que al parecer le dio la Pitia es que ofreciera sacrificios a Amón y que venerara a éste sobre todos los dioses, lo que quizá provocara que Alejandro decidiera hacer una breve visita al oasis de Siwa. Asesinado su padre, en el 336 a.C., con apenas veinte años pretendía hacerse con la hegemonía sobre Grecia y conquistar nada menos que el poderoso imperio persa. Antes de emprender esta campaña, el joven Alejandro viajó personalmente a Delfos, pero la Pitia ignoró sus preguntas. O eso cuentan las crónicas de sus gestas.

Los oráculos persiguieron al mandatario macedonio durante toda su vida. En el invierno de 334-333 a.C., mientras realizaba de camino a Egipto conquistando una a una todas las ciudades del Asia Menor, en Gordio tuvo lugar el episodio del nudo gordiano; según una profecía oracular, aquel que fuera capaz de deshacer el enorme nudo que sujetaba el timón del carro de Gordias –padre de Midas– y fundador de la ciudad, conquistaría toda Asia. Un nudo casi imposible de deshacer debido al caos de fibras del mismo, que mantenía juntos el yugo y el timón. Alejandro no se lo pensó dos veces, desenvainó su espada y cortó de un tajo la enorme atadura. La fuerte tormenta de rayos y truenos que azotó la noche siguiente Gordio fue interpretada por éste como la aprobación de Zeus, y a causa de ello se proclamó rey de Asia.

El conquistador a las puertas del «más allá»

Parece ser que fue hacia el 331 a.C. cuando el Magno tomó la decisión de acudir personalmente al santuario oracular de Amón, en el desierto egipcio, al oeste, a las puertas de Libia, empresa harto peligrosa teniendo en cuenta que el rey persa Darío había reorganizado su ejército y pretendía contraatacar tras la derrota de Iso. Pero a Alejandro le apremiaba más saber lo que tenía que decir el oráculo.

Ruinas del oráculo de Amón, en Siwa

El historiador romano Quintio Curcio Rufo, en Historia de Alejandro Magno, señala que el rey macedonia sentía «un abrumador deseo» (pothos) de consultar uno de los más célebres oráculos del mundo antiguo, el radicado en el templo de Zeus-Amón. Y ello implicaba emprender un arriesgado viajes desde Egipto por la costa libia y cruzar más de 250 kilómetros de desierto para llegar al oasis de Siwa. Un lugar de especial significancia para Alejandro, pues dos de sus antepasados, imbuidos de la carga simbólica de la mitología y relacionados no solo con la línea genealógica de los hombres, sino también con la divinidad, Heracles y Perseo, lo habían visitado.

Heracles representaba a una figura que por su propia condición de héroe era medio humano y medio divino, ya que había sido engendrado por Zeus, el único humano al que se había concedido la inmortalidad; y Perseo, que había derrotado a la gorgona Medusa, capaz de transformar en piedra a todo aquel que le mantuviese la mirada, también pertenecía a la liga de los semidioses, y el macedonio era un apasionado de la mitología griega, hasta el punto de que consideraba la Ilíada de Homero una suerte de Biblia (y que guardaría con celo en uno de los tesoros más valiosos arrebatados a Darío: un cofre orlado de piedras preciosas que llevaba junto a él a las campañas militares).

Un día de marzo del 331, Alejandro decidió abandonar el campamento del lago Mariut con su escolta militar y adentrarse en terreno desconocido con camellos que transportaban sus víveres, y tras un dificultoso viaje por las condiciones climáticas (viento, aire frío, una feroz tormenta de arena). En cierto momento, cuando estaban sedientos y temerosos de perecer, un pequeño chaparrón permitió calmar su sed y poco después, según cuenta Everitt, pasaron dos cuervos batiendo rápidamente las alas por delante de la comitiva. Supusieron, acertadamente, que las aves se dirigían al oasis de Siwa y Alejandro tomó el mismo rumbo. Según aseguran varias fuentes, todavía hoy habitantes del palmeral consideran el vuelo de un par de cuervos como señal de buen augurio.  

La Pitia de Delfos

En un altozano se levantaba el templo de Zeus-Amón. Por regla general, las representaciones de Amón lo muestran con los rasgos de un hombres con cuernos de carnero, pero en Siwa, la imagen a la que se rendía culto era una piedra con forma de ombligo, el ónfalo, cuajada de esmeraldas y otras piedras preciosas. Cuando se consultaba el oráculo, ochenta sacerdotes escoltaban el sagrado objeto, previamente colocado en un barco de oro de cuyas borlas pendías copas de plata, dando la sensación de que se movía solo con la cadencia de los religiosos. Asimismo, un coro de mujeres seguía a la embarcación entonando himnos sagrados, mientras uno de los oficiantes interpretaba los desplazamientos que efectuaba la nave en respuesta a las preguntas que se le hacían al oráculo. Debió ser un espectáculo digno de contemplar.

En el interior del santuario

Plutarco

Una vez instalada la comitiva en el oasis, Alejandro ascendió por el sendero que conducía hasta el santuario y cruzó los umbrales de la primera de las dos salas que se abrían en él. Según narra Plutarco en Obras morales y de costumbres, salió a recibir al macedonio un anciano ungido con dotes de videntes y le dijo: «Regocíjate, hijo mío». Cuenta Everitt en su detallada monografía que era habitual que los altos dignatarios llamaran «hijo de Amón» a los sucesivos faraones, y Alejandro ya había sido ungido como tal en Egipto tras su conquista del país del Nilo. La fórmula respondía, por tanto, a la cortesía protocolaria.

Siwa

Acto seguido, el religioso indicó al Magno que «Amón [es decir, Zeus] es por naturaleza el padre de todos los hombres». Aunque probablemente no era más que una aseveración de carácter ceremonioso y habitual, destinada en este caso a agasajar al célebre consultante (sobre cuya existencia y gestas es posible que tuvieran ya noticia en un lugar tan apartado como Siwa), Alejandro entendió que se trataba de un mensaje directo del dios, lo que vino a reafirmarle en sus sospechas y creyó ser realmente el hijo de Zeus. A continuación, el guardián del templo lo condujo hasta el segundo vestíbulo; lo cruzó y lo introdujo en una suerte de pequeño tabernáculo. El tonsurado escuchó las preguntas del soberano y lo más probable –incide Everitt– es que abandonara un momento el oratorio para poder contemplar las evoluciones del navío divino para pasar después a exponer sus interpretaciones sobre ello.

Alejandro quiso saber luego si estaba destinado o no a gobernar el mundo. El clérigo, probablemente un adulador que conocía sus hazañas, quizá con cierto temor a su reacción, le respondió que el dios se mostraba de acuerdo en tales expectativas. Luego, el macedonio preguntó: «¿Han sido castigados ya todos los asesinos de mi padre?». Al escucharlo, el sacerdote se vio en la obligación algo temeraria de corregirlo, pues si Amón era quien lo había engendrado, resultaba evidente que no solo no podía ser acuchillado (como le sucedió a Filipo), sino que, en su divina condición, no conocía la muerte. En cualquier caso, el religioso confirmó que los magnicidas habían pagado por su execrable crimen, sin excepción.

Alejandro consultando el oráculo de Apolo, por Louis-Jean-François Lagrenée (1724-1805)

Everitt sugiere la posibilidad de una gran conspiración –nunca desvelada– según la cual Alejandro pudo estar involucrado en la muerte de su progenitor, e incluso que su propia Madre, Olimpia, que sugirió en más de una ocasión que el Magno pudo ser hijo del adulterio (disfrazado de alumbramiento divino) se hubiese hallado secretamente metida en el regicidio. Quién sabe. Todo cuanto se dijo entre aquellas paredes quedó entre Alejandro y el sacerdote visionario. Magno ofreció valiosas ofrendas a Amón y en otra ocasión volvió solo al templo. Tanto la pregunta como la respuesta que recibió entonces continúan siendo otro de tantos enigmas históricos. Según Plutarco, se llevó el secreto a la tumba, pues moría el año 323 a.C. en Babilonia.

Lo que sí es seguro es que después de su segunda consulta al oráculo de Amón, Alejandro estaba cada vez más seguro de su «ascendencia divina» y llegó a comunicar a un amigo que su deseo era ser enterrado cerca del templo de Amón, en Siwa, aunque parece ser que su deseo no se cumplió; ante el temor de los saqueos en el desierto, Ptolomeo I, general de los ejércitos de Alejandro y posterior mandatario de Egipto, erigió un mausoleo monumental en Alejandría, aunque todavía son muchos los que creen que el cuerpo del gran general permanece escondido en algún lugar desconocido del oasis. Como otros secretos de la historia, permanece sepultado por las arenas del tiempo.

PARA SABER MUCHO MÁS:

Alejandro Magno, de Anthony Everitt (Edhasa, 2021)

Como he señalado en el post, Edhasa acaba de publicar un sensacional ensayo sobre el conquistador macedonio. El académico inglés Anthony Everitt es especialista en literatura y en arte, a lo largo de su dilatada carrera ha ocupado diversos puestos directivos en instituciones como el Arts Council de Gran Bretaña o el Liverpool Institute of Performing Arts (LIPA). Colaborador habitual de medios como The Guardian, ha publicado otras biografías sobre grandes figuras de la antigüedad clásica, como el emperador Augusto o Cicerón, cuya publicación en castellano corrió a cargo también de Edhasa.

En la que probablemente sea la biografía definitiva de Alejandro Magno, Everitt responde a quién fue realmente el macedonio en su tiempo. Han sido muchas las teorías y estudios sobre el personajes, pero en este monumental ensayo biográfico el autor lo juzga conforme a los criterios de su época, considerando todas las posibles contradicciones.

Podemos, ahora sí, conocer al príncipe macedonio: naturalmente curioso y fascinado por la ciencia y la exploración, fue un hombre que disfrutaba de las artes. A medida que conquistaba más y más tierras y veía su imperio crecer, Alejandro mostró respeto por las tradiciones de sus nuevos súbditos y un juicio cuidadoso al gobernar sobre tan vastos territorios. Pero también su vida tuvo un lado oscuro: conquistador empedernido que construyó el imperio más grande de la historia hasta el momento, también glorificó la guerra y fue conocido por cometer actos de notable crueldad. Él confiaba en detenerse sólo al llegar al océano Pacífico, pero todo se acabó antes, con su prematura muerte a los treinta y tres años.

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https://www.edhasa.es/libros/1291/alejandro-magno

LOS DIOSES DE LOS GRIEGOS (ATALANTA)

Para una visión más global sobre la religiosidad griega, Atalanta lanza un portentoso volumen que analiza los aspectos más singulares del panteón de deidades de aquel tiempo: Los dioses de los griegos, del prestigioso erudito húngaro Karl Kerényi (1897-1973), precisamente una obra divulgativa orientada a todo curioso que quisiera conocer el profundo significado psicológico de los mitos más allá de su carácter narrativo. Así, este incombustible filólogo clásico, profesor universitario, mitógrafo e historiador de la religión rompía el corpus tradicional de que una mitología griega no estuviera destinada a especialistas en estudios clásicos, historia de las religiones o etnología.

Manejando infinidad de fuentes clásicas, el autor ofrece una diáfana y a la vez erudita exposición de los mitos griegos más relevantes que en cierta manera han configurado la visión occidental del mundo (a través de la mitología romana, que los absorbió con distintos nombres y habilidades). Kerényi, con una prosa magistral y a la vez sencilla, nos sumerge en la compleja genealogía de las divinidades primordiales como Océano, la Noche y el Caos, y de los titanes.

También de las diosas olímpicas, entre ellas, los diversos aspectos de Afrodita; Zeus y todas sus esposas; Metis y Palas Atenea; Apolo y Ártemis; Hermes, Pan y las Ninfas; Poseidón y sus mujeres; el Sol y la Luna; Prometeo y la raza humana, los dioses ctónicos Hades y Perséfone o el inefable misterio de Dionisos. Un relato vibrante con el que Atalanta cierra de forma magistral un capítulo iniciado hace años con la publicación de otra de las obras de referencia de Kerényi: Los héroes griegos. Ambos volúmenes son necesarios en nuestra biblioteca para entender los mitos del pasado.

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Atlas Histórico del Mundo (Tikal)

Y para tener una visión general y concisa de la Historia con mayúscula, podemos acercarnos a las ilustradas páginas del Atlas histórico del mundo, que ha publicado Tikal (Susaeta Ediciones). Un recorrido vibrante por el pasado a través de 90 fichas temáticas, explicativas y acompañadas de numerosos mapas historiográficos y fabulosas ilustraciones. Un volumen de gran tamaño con cartografía del más alto nivel, textos complementados por síntesis cronológicas y recuadros temáticos. Además, va acompañado de líneas de tiempo y completo índice de lugares y personajes desde la Antigüedad hasta el siglo XX: Julio César, por supuesto Alejandro Magno, los celtas, los vikingos, los visigodos, la Edad Media o las dos guerras mundiales, entre muchos otros pasajes apasionantes del pasado.

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Guns N’ Roses: 30 años de «illusion» (Vol. 1)

Este 2021 se cumplieron 30 años del lanzamiento del doble disco de Guns and Roses Use Your Illusion, uno de los grandes acontecimientos del rock de principios de los 90 que contenía temas inolvidables como You Could Be Mine, Civil War, November Rain, Don’t Cry o Estranged, y potentes versiones de temas como Knockin’ On Heaven’s Doors de Dylan o Live and Let Die de McCartney. El doble plástico de mi adolescencia, y la banda sonora de toda una generación. Ahora que se publica la biografía en castellano de su bajista, Duff McKagan, de la mano de Libros Cúpula, éste es el particular y humilde homenaje desde las entrañas del Pandemónium.

Óscar Herradón ©

Su eslogan fue «la banda más peligrosa del mundo» y, de 1988 a 1993, año de su traumática disolución (traumática, se entiende, para sus millones de fans, un servidor incluido), se convirtieron nada menos que en el grupo de rock más importante del planeta. Ahí es nada. Más incluso que sus eternos competidores Metallica –me refiero a entonces, hoy la cosa ha cambiado– y aquella banda que revolucionó la música alternativa desde un lugar tan poco glamuroso como Seattle: Nirvana; grupos con los que, precisamente, los Guns N’ Roses comandados por Axl Rose no tendrían lo que se dice una buena relación.

Termina 2021, sacudido todavía por el dichoso Coronavirus (en su variante de ecos lovecraftianos «Ómicron»), el silencio aún humeante del volcán de La Palma y el primer año de decepcionante mandato de Joe Biden (menos tumultuoso, eso sí, que el de Trump, con quien Mr. Rose tuvo abiertos y sonados enfrentamientos en Twitter) y estas líneas las escribo, más con devoción que sabiduría de crítico musical, porque este mismo año se cumplieron 30 del lanzamiento del doble plástico que encumbró a los chicos malos de Hollywood: los Use Your Illusion.

Axl en 1993, cerca del final…

Treinta años… se me pone la piel de gallina, pero no por fascinación por aquel disco en dos partes (que la tengo), sino por hacerse palpable ese dicho tan manido y tan cierto de «qué rápido pasa el tiempo». Acabo de ser papá, y el tiempo, si cabe, pasa todavía más rápido… Qué razón tienen las abuelas. Tres jodidas décadas (no voy a andarme con remilgos y lenguaje comedido cuando hablo de unos tipos que lanzaban exabruptos cada dos palabras). Los mismos que hace que se lanzó otro disco emblemático, «disco de discos», el álbum negro de Metallica, némesis de los Guns por aquellos años y al que dedicaré también su pertinente post, el contundente Nevermind de Nirvana (que cambió el rock alternativo) y el menos ensalzado pero no por ello poco relevante (en lo que a la evolución del «ruido» se refiere), Blood, Sugar, Sex, Magik, de los californianos Red Hot Chili Peppers… y va triplete de la costa oeste, debe ser que el sol de Malibú inspiró a aquellos otrora jóvenes como hiciera décadas antes con Jim Morrison y Ray Manzarek. El trío de Seattle estaba en la costa opuesta, mucho menos soleada y con mayor tendencia a la melancolía. Eso explica algunas cosas.

De comerse el mundo al letargo musical

Fue el grupo de mi primera adolescencia, y de muchos años después. Todavía hoy «uso mi ilusión» cuando escucho cada acorde de aquel LP. Tenía unos doce años, allá por 1992, cuando me quedé paralizado por primera vez ante el irreverente Axl Rose, su voz rasgada y la guitarra hipnotizante de Slash; hacía solo unos meses que habían lanzado aquel disco. Fue gracias a un colega del colegio, Paul, el primer «rockero» con el que me topé en mi vida. Luego, aquel verano, mis primos gallegos mayores que yo tenían el doble cassette del «Illusion» (comprado en Círculo de Lectores, o a través de la revista Tipo, qué tiempos). No dejé de escucharlos una y otra vez. Creo que desgasté algo las cintas, aunque no recibí reprimenda alguna por ello. Y empezó una historia de amor que no terminaría nunca.

Guns and F*** Roses (Imagen promocional de la banda en los Illusion)

Otros tuvieron la suerte de conocer a los Guns antes, con el lanzamiento de un disco debut que hoy se mantiene como uno de los más exitosos (y brillantes) de todos los tiempos, Appetite for Destruccion; pero un servidor tenía entonces 7 años, y no sabía qué demonios era eso de los pantalones de cuero, las botas de vaquero, el pelo cardado o las botellas de Jack Daniels (¡y menos mal!). Podría elucubrar durante horas y llenar este blog de flashes y recuerdos sobre lo que significó para mí Guns N’ Roses. No tendría mucho sentido.

Todo el que me conoce relaciona mi persona con aquel grupo que se merendó el mundo, cautivó a millones de jóvenes (y no tan jóvenes) y que después se quedó más como un recuerdo de otra Era del rock duro. Al contrario que Metallica, que han mantenido el tipo, a pesar de los altibajos, algunos graves, desde entonces hasta el día de hoy. Lo de los Guns tampoco fue un adiós definitivo, aunque quizá hubiese sido lo correcto, como hicieron Héroes del Silencio apenas tres años después, en 1996. Vaya década… de infarto.

Sí, Axl siempre dijo que regresaría. Lo hizo, con él y solo él (y algunos músicos de «sesión») y acompañado únicamente de un Dizzy Reed a los teclados que al margen de los fans no conocía ni su P.M. Trece años y más de trece millones de dólares de producción le costó al oriundo de Laffayette (donde, según su compañero de infancia y miembro fundador de los Guns, Izzy Stradlin, nadie le hacía ni puñetero caso, razón por la que siempre buscó convertirse en un semi dios tras alcanzar la fama), lanzar al mercado Chinese Democracy en 2008, cuando ya ni el mismo Dios al que cantaban las provocadoras camisetas del músico creía que aquello fuera a ser real. Era un disco con algunos temas buenos, trabajado, pero estaba a años luz del Appetite o los Illusion. Y desde luego no necesitaba tamaño desfalco de dinero.

Un par de años antes del lanzamiento, en 2006, se cumplía uno de mis sueños de adolescencia: ver a los dichosos Guns N’ Roses (o lo que quedaba de ellos). Fue en el auditorio del recinto ferial Juan Carlos I, y aunque muy decepcionante en comparación con aquella gira de 1991-1993 con escenarios de vértigo y la atención focalizada de los medios musicales de todo el orbe –otra Era–, que no pude disfrutar debido a mi corta edad (algo que nunca le «perdonaré» a mi madre), hubo momentos en que volví a soñar despierto. Lo hice observando con precisión de cirujano a un Axl entrado en carnes (y con la frente más despejada), que se movía por el escenario en un estilo más parecido al de la Pantoja (sin desmerecer con estas palabras a la folclórica, ni mucho menos) que con la rabia y energía atlética de principios de los noventa.

Madrid 2006, Appetite for Destruction…

Antes de que el señor Rose, mi ídolo de juventud (hoy tengo unos cuantos ídolos más, qué voy a hacerle, soy un mitómano sin remedio), hiciera acto de presencia ante una multitud mucho menos multitudinaria que en los tiempos de un Vicente Calderón ya desaparecido y entonces afectado de aluminosis (lo que obligó a cancelar el ansiado concierto en Madrid de 1992 para tocarlo en 1993), se repitió un mantra de su carrera musical: llegar tarde, cabrear a todo el mundo y erigirse en diva rockera, pero mucho más crepuscular que en los tiempos del accidentado concierto de Chicago del 91 que merece entrada aparte.

Llegó más de dos horas y media tarde cuando una gran parte de la gradería, literalmente hasta los huevos –y algo sobrada de alcohol y lo que se terciara– había comenzado a arrancar los asientos de un auditorio tornado inaudito. Un servidor estaba junto a varios compañeros –otros mitómanos–, «Muis» y Ramón, en la pista, como creíamos que debían verse los conciertos de rock (éramos jóvenes, hoy prefiero el asiento). Desde entonces, el auditorio permanece en ruinas, olvidado por la administración, aunque la concejala madrileña del PP Andrea Levy ha manifestado su intención de rehabilitarlo para 2023.

El caso es que al final el bueno de Axl llegó y dio su concierto; y no fue inolvidable ni nada parecido, pero sí una forma de quitarme media espina del corazón barnizado aún de pintura adolescente. No obstante, los Guns fueron mucho más que un grupo de moda (mal que le pese a algunos) o un fenómenos de masas juvenil. Fue toda una banda de rock en el más amplio sentido de la palabra (algunos críticos hablaban de ella como la última gran banda de esas características), y aunque ahora el señor Rose no sea físicamente ni su sombra (el tipo va para los sesenta, todo un abuelete), muy lejos de aquella imagen de sex-symbol de portadas de revistas (que empapelaban, literalmente, los kioscos, allá por 1992, nunca lo olvidaré, esos mismos que ya apenas existen) y carpetas de instituto, sigue siendo el artífice de aquellas multitudinarias ilusiones. He recortado tantas fotos de revistas y guardado tantos póster que ni me acuerdo. Y los libros de la editorial La Máscara… joyazas hoy muy buscadas (en Wallapop, el «desván de la Red», por un precio considerable, pero asequible, se pueden encontrar la mayoría de números).

Los excesos de la última gran banda de rock and roll los dejo para un siguiente e inminente post, mientras tanto, recomiendo algunas novedades editoriales para saber más de los chicos malos de Hollywood.

Créditos de imágenes: Wikipedia (Free Use), LP covers and magazines & marketing posters.

PARA SABER ALGO (MUUUCHO) MÁS:      

En 2007 Slash, con la batuta del periodista neoyorquino Anthony Bouza, publicaba sus memorias, traducidas al castellano en 2010 bajo el título de Slash: de Guns and Roses a Velvet Revolver. La Autobiografía, de la mano de Es Pop Ediciones, y este mismo año ha salido publicada de mano de Libros Cúpula (Grupo Planeta) la susodicha del bajista y también miembro de Velvet Revolver, Duff McKagan: It’s So Easy (Y Otras Mentiras). Sigue la estela de las biografías de los malditos rock-star (qué coño, él fue uno de ellos, y de los grandes), pero sin aditamentos ni ensoñaciones: muchas drogas y demasiado descontrol que no arregla la creatividad (o al menos no siempre). Y aunque pueda parecer más de lo mismo, lo cierto es que es una muy buena traducción, y además se nota que McKagan es un tipo con una importante cultura, y mucha honestidad, algo que se respira en cada párrafo, sin miedo a ser juzgado. En este caso no ha contado (o al menos no oficialmente) con la colaboración –o la autoría– de un periodista musical, sino que todo surge de su inquietud y sus vivencias –muchas y a veces al límite–, y eso se nota a la hora de comprobar la autenticidad de este libro frente a otros similares.

En este sentido, es tanto o más cautivador que la biografía de otro bajista emblemático, Flea, de los Red Hot Chili Peppers, cuyo libro Acid for the Children. Memorias, fue publicado hace unos meses también por Libros Cúpula y de cuyo lanzamiento nos hicimos eco en este blog.  

Duff, que originalmente publicó el libro en 2015 bajo el título de How to be a Man (Cómo ser un hombre), no se anda con pelos en la lengua, y narra en primera persona, con gancho y cierta «macarrería», reconociendo sus errores pero sin ningún atisbo de autocompasión, su participación en Guns N’ Roses, sus excesos (y los problemas de salud ocasionados por éstos), las contradicciones de una banda llena de egos comandada por un megalómano (de innegable creatividad y estilo, eso no puede negársele a Mr. Rose) y la dificultad para mantener vivo el colosal mecanismo del grupo, un gigante con los pies de barro.

Duff se encarga de recordar el lamentable episodio que tuvo lugar entre Nirvana y los Guns, que recogeré en el siguiente post, y, caprichos del destino, cómo años después coincidió en un vuelo con Kurt Cobain, compartió asiento con él y charlaron de numerosas cosas. Fue en 1994, apenas dos días antes de que el frontman de Nirvana se descerrajaba un tiro en la cabeza (al menos si no hacemos caso a los conspiracionistas más recalcitrantes, que los hay, sobre que aquello no fue un suicidio…). En definitiva, una autobiografía memorable de uno de los tipos más auténticos , «punkis» y relevantes de la escena rockera de las últimas tres décadas.

He aquí el enlace para adquirirla, una gran idea para regalar en Reyes:

https://www.planetadelibros.com/libro-its-so-easy/323828

Los Guns, también en cómic…

De mano de Redbook Ediciones podemos disfrutar de la historia de Guns N’Roses en versión gráfica, y una versión gráfica de infarto, dentro de su colección «La Novela Gráfica del Rock» (Ma Non Troppo) que a los mitómanos y apasionados del cómic nos ha brindado biografías en imágenes de otros dioses de la música como Metallica, The Ramones, Led Zeppelin, The Who o Sex Pistols, entre otros. A cuál mejor.

Guns N’ Roses. Reckless Life es una delicia para fans que abarca desde los humildes orígenes de William Bruce Rose Jr. (de nombre artístico W. Axl Rose) y su amigo Jeffrey Dean Isbell (alias Izzy Stradlin) en Laffayette, Indiana, o la acomodada vida en Londres de Saul Hudson (Mr. Slash), hijo de una diseñadora afro-estadounidense y del artista inglés Anthony Hudson –diseñador de cubiertas de álbumes musicales de artistas como Joni Mitchell («Court and Spark») o Jackson Browne («For Everyman»)–, hasta los años del grupo malviviendo en las calles de Los Ángeles y Hollywood, a principios de los 80, la fundación de Guns N’ Roses (tras la escisión de dos bandas en las que se movió Axl, Hollywood Rose y L.A. Gun), tomando el testigo de los desenfrenados Motley Crüe, el estrellato y la caída.

Obra del dibujante Marc Olivent (cuyas impresionantes ilustraciones parecen en ocasiones fotografías reales) junto a los guiones incisivos, a veces sarcásticos y nada complacientes de Jim McCarthy, captan a la perfección el espíritu rebelde y peligroso de la banda –principalmente del Sr. Rose–, el ascenso al Olimpo del rock and roll como solo lo hicieron bandas como Led Zeppelin, Black Sabbath, Pink Floyd o Queen, y el colapso de algo demasiado ambicioso para durar. Una historia de excesos y descontrol por cuyas páginas desfilan trifulcas, personajes controvertidos como Charles Manson, las groupies (millones alrededor del globo), y, ante todo, la MÚSICA con mayúsculas. Una novela gráfica épica para una banda de rock legendaria. He aquí el enlace para hincarle el diente:

GUNS N’ ROSES (NOVELA GRÁFICA)

Piratas y filibusteros: los saqueadores del océano (I)

Hermandades secretas, maravillosos tesoros escondidos, mapas imposibles, barcos encantados… y al margen de la leyenda, mucha historia. Hace tiempo que el tema de la piratería pasó de ser un recurso romántico de la literatura y el cine a convertirse en objeto de estudio de los historiadores más prestigiosos. Ahora, la editorial Crítica publica el que puede ser el ensayo definitivo sobre estos «outsiders» del pasado… y del presente, pues la piratería vuelve a ser algo trágicamente común en ciertas partes del planeta.

Aunque casi todo el mundo asocia a estos personajes con el estereotipo romántico –que reimpulsaría la exitosa y longeva saga Piratas del Caribe–, que se ajusta al aventurero por lo general inglés que comenzó a saquear a partir del siglo XVI hasta bien entrado el XVIII, habitualmente en las costas del Caribe o de las Antillas, lo cierto es que nos podemos remontar muchos siglos atrás para encontrar a los primeros de ellos. Desde el mismo momento en que el hombre empezó a navegar, surgieron individuos que adoptaron como «profesión» desvalijar los cargamentos de otras embarcaciones y a veces convertir a sus tripulantes en esclavos.

Hace más de cuatro milenios que las naves egipcias y fenicias eran acechadas por estos primeros bandidos del mar, pero no sería hasta el siglo VI a.C. en Samos (Grecia), cuando aparecerían los primeros «piratas» propiamente dichos: el más cruel y ambicioso de ellos respondía al nombre de Polícrates, quien fundó un auténtico «estado pirata» en la zona, dominando importantes zonas costeras del Peloponeso y del Asia Menor.

Drake

Muchos siglos después nos encontramos con el que sería uno de los piratas más famosos de la historia, el inglés Francis Drake, quien tras una exitosa carrera desvalijando navíos enemigos, obtuvo «patente de corso» de la propia reina de Inglaterra, Isabel I, por lo que podía abordar los buques –desvalijar, vamos–, de forma oficial. Sus éxitos le granjearían ser nombrado Sir por la soberana. Drake se convertiría en el azote de los españoles en ultramar y en el enemigo número uno de la Corona española ceñida por Felipe II. Hizo carrera en las Indias, pero sus navíos llegaron a desembarcar en las costas de Vigo y Cádiz, entre otros puertos patrios, sembrando el terror entre los habitantes de la Península y granjeándose una leyenda que todavía hoy permanece muy viva en nuestras costas.

Otros célebres piratas fueron Henry Morgan y su asalto a Panamá, y el capitán William Kidd, quien se haría célebre gracias al escritor Robert Louis Stevenson y su novela La isla del tesoro, y quien sería el primero en extender la leyenda –o no– de un fabuloso tesoro escondido en… ¿el mar de la China? Existen numerosas teorías sobre el mismo y muchos han sido los buscadores que han ido tras él, sin éxito. Esos, y otros muchos «tesoros malditos» codiciados por bucaneros, buscavidas, corsarios, arqueólogos y meros sinvergüenzas continúan muy vivos en el folclore de distintos pueblos. También Oak Island, a la que algunos se refieren como la verdadera «isla del tesoro», que oculta un supuesto secreto templario. 

Orígenes intemporales

La palabra «pirata» deriva del griego peiratés y tenía el significado de «bandido» o «saqueador», ya que con este vocablo los helenos se referían a los saqueadores de navíos. Con el paso del tiempo términos como «filibustero» o «bucanero» han pasado también a ser sinónimos de pirata, pero lo cierto es que existen matices diferenciadores. Los primeros piratas franceses del Caribe fueron llamados «bucaneros» ––del francés boucaniers–– porque solían alimentarse de carne ahumada –(viande boucanée)–, mientras que los marineros de varios países que se asociaban para navegar de forma libre en busca de un botín –(en inglés booty)– fueron designados por los ingleses como freeboters, palabra que pasó al francés como flibustiers y al castellano como filibusteros.

La Gran Armada

En el siglo XVI, bajo el reinado de la inglesa Isabel I, se pasó a utilizar la denominación «corsario» para definir a los piratas «legales», aquellos que pasaron a servir a la Corona atacando navíos de países enemigos –los españoles de Felipe II fueron los que más abordajes sufrieron–. Fue el momento histórico en el que surgieron las conocidas como «patentes de corso», documentos oficiales que se presentaban a la hora de demostrar que uno tenía licencia real para «hacer un corso» (del latín cursus, carrera)–, es decir, autoridad legal para perseguir y saquear naves enemigas. Aunque dichos ataques no se consideraban acciones de guerra, eran autorizados por el gobierno. El citado Drake fue uno de sus máximos exponentes.

Polícrates, el primer «pirata» del Viejo Continente

Samos

A mediados del siglo VI a.C. desembarcaron en Samos tres hermanos con una partida de marineros curtidos en batallas navales contra los persas. El más cruel y ambicioso de ellos, de nombre Polícrates, tomó el poder a base de derramar sangre y fundó un auténtico «estado pirata» en la zona. Con su imponente poderío naval, eje central de su fuerza, proclamó una tiranía unipersonal con la que consiguió dominar importantes zonas costeras del Peloponeso y del Asia Menor.

La crucifixión de Polícrates, de Salvator Rosa (1615-1673)

Como anécdota podemos resaltar que a pesar de su crueldad, Polícrates era un apasionado de la poesía, y favoreció en las artes y las letras, siendo amigo del famoso poeta Anacreonte. Su vida estuvo llena de sobresaltos, como era de esperar, y tampoco tuvo una buena muerte: terminó sus días crucificado por los persas tras una trampa que le tendió Darío I.

Este post tendrá una inminente continuación en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

La editorial Crítica lanzó recientemente un vibrante ensayo que lleva ya varias ediciones. Se trata del libro Piratas. Una historia desde los vikingos hasta hoy. Su autor es Peter Lehr, profesor de estudios sobre terrorismo en The Handa Centre for the Study of Terrorism and Political Violence de la Universidad de St. Andrews, en Escocia. Ha firmado otros exitoso ensayos, como Counter-Terrorism Technologies: A Critical Assessment o Militant Buddhism: The Rise of Religious Violence in Sri Lanka.

En su último libro, de espíritu fundamentalmente divulgativo, lo que logra gracias a su facilidad de lectura y un ritmo que no cae en ninguna de sus páginas, aunque aportando la precisión del especialista, aborda la piratería desde tiempos inmemoriales hasta la misma actualidad, donde, debido a diversas circunstancias de este tumultuoso siglo XXI, ha resurgido con fuerza. Y Lehr sabe de lo que habla, pues uno de sus trabajos más exitosos se centraba precisamente en este punto, el terrorismo marítimo: Violence at Sea: Piracy in the Age of Global Terrorism.

Desde los vikingos y los piratas Wako medievales hasta los asaltantes somalíes de la actualidad, Lehr analiza la motivación que lleva a algunos individuos a convertirse en piratas, así como su organización, la violencia en el mar y las tácticas de terror utilizadas para saquear barcos y regiones costeras. También se ocupa del papel del Estado en el desarrollo de la piratería desde los corsarios que actúan bajo una autoridad legítima hasta los piratas que operan tomándose la justicia por su mano, y explora cómo la combinación de factores estructurales como la debilidad de la vigilancia marítima y la liberalización del comercio ha hecho posible que la piratería persista hasta nuestros días.

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