El «doble» de Paul McCartney

Una de las historias más alucinadas y alucinantes de los años en que triunfaban el ácido y la psicodelia es aquella que recibió el sugerente nombre de «Paul is dead» –PID, «Paul está muerto»–, que ha engrosado los anales de las leyendas urbanas míticas del rock. Bueno, de las leyendas en general, porque en el tiempo en que surgió, los alocados y añorados sesenta, no se las tildaba todavía de «urbanas». Una historia que parece contribuyó a extender, en cierto modo, el propio cuarteto de Liverpool y a la que hoy pondríamos la etiqueta de Fake News, pues no todo se ha inventado en la era de Internet.

Óscar Herradón ©

Hoy el bueno de Paul –no tan «bueno» si leemos declaraciones de Yoko y algún que otro productor–, lanzaba al mercado el álbum McCartney III, el cierre en forma de trilogía de un proyecto en solitario que inició tras la traumática separación de los Beatles un imborrable 10 de abril de 1970, cuando precisamente el bajista zurdo hacía público un comunicado anunciando la ruptura. Pues eso, este diciembre de 2020 lanzaba su nuevo disco, a los 78 años y todavía en plena forma, aunque con cierta dependencia del botox. Pues bien, tantos años después, y con este señor aún subido a un escenario, infatigable, tras haber escrito con mayúsculas parte de la MÚSICA del siglo XX, todavía hay quien cree que es… ¡un impostor!

Todo empezó el 12 de octubre de 1969, cuando un misterioso oyente de la emisora WKNR-FM de Dearborn, en el Estado de Michigan (EEUU), que respondía al nombre de Tom, dejó en el aire –nunca mejor dicho– un misterio que los más conspiranoicos, por no llamarlos de otra manera, se han empeñado en perpetuar: nada más y nada menos que el hecho de que el ex Beatle, en este caso Paul y no el siempre controvertido John Lennon que brindaría titulares en su corta vida y después, había fallecido en 1966.

Según esta leyenda, que el anónimo oyente se encargaría de moldear de forma minuciosa –y no poco ingeniosa–, el miércoles 9 de noviembre de 1966, concretamente a las 5 de la madrugada, McCartney, tras abandonar el estudio en el que se grababa el mítico álbum Sgt. Peppers Lonely Hearts Club Band, semidesnudo y al parecer acompañado de una misteriosa joven de nombre Rita, se introdujo en un Aston Martin que condujo a velocidad de vértigo hasta saltarse un semáforo y ser embestido por un camión –aquí las versiones se contradicen–, perdiendo literalmente la cabeza. Evidentemente, Paul había sido visto después, hasta 1969, en todo tipo de actos del grupo, en conciertos, ruedas de prensa, videoclips… Era imposible que hubiera dejado su vida en el asfalto… ¿o no?

Un señor con nombre de sopa

Según el citado Tom y otros teóricos de la conspiración –o más bien sembradores de la confusión, al menos en un primero momento–, el McCartney que se dejaba ver en público y ponía su voz a las nuevas canciones de The Beatles era ¡un doble! Y ese doble tenía nombre: un tal William Shears Campbell, ganador del concurso de dobles organizado por la banda de Liverpool en 1966 para sustituir al beatle zurdo, un policía canadiense aficionado a la música que no solo era clavadito a la star fallecida, lo cual ya era casualidad, sino que ¡tenía la misma voz! Y el/los forjadores de la leyenda aseguraban que los propios componentes del grupo daban pistas en sus álbumes de estudio posteriores a esa fecha en los que, sucintamente, insinuaban que McCartney había pasado a mejor vida.

Al parecer, cuando estaban en antena, el enigmático Tom pidió al conductor del programa, Russ Gibb, que reprodujese la canción Revolution 9 a la inversa, y el disc jockey creyó escuchar la frase «Turn me on, dead man» –traducida como «enciéndeme o excítame, hombre muerto»–. Poquito para pensar que el rumor fuese realidad, pero lo cierto es que dos días después, en el periódico Daily Michigan, fue publicado un artículo firmado por Fred Labour y John Gray, curiosamente también estudiantes de la misma universidad que Tom Zarski –la muy posible identidad del oyente «Tom»–, en el que realizaban una interpretación nada objetiva de lo que veían en el álbum recientemente publicado de la banda británica, el exitoso Abbey Road que hizo célebres los pasos de cebra en el merchand de medio mundo. Hasta hoy.

En esta portada, en la que los cuatro músicos cruzan la carretera, Paul es el único que aparece descalzo, algo que, según algunas culturas –los autores no especificaban cuáles– es una alegoría de la muerte. La célebre matrícula que puede verse en el coche aparcado al fondo, 28 IF, haría referencia a la edad que tendría McCartney si –if– no estuviera muerto. Más retorcido, imposible. Pero hay más.

En 1967 se publicaba Sgt. Peppers Lonely Heart’s Club Band, por lo tanto, según la teoría la conspiración, sería el primero sin McCartney y con William Campbell como integrante. La explicación: en la psicodélica portada, el «doble de Paul» luce una insignia con las siglas O.P.D., que en inglés significan Officially Pronounced Dead –Declarado Oficialmente Muerto–, aunque la pura verdad es que eran las siglas de la Ontario Police Department; además, varias canciones harían alusión al día y a la hora de la muerte del beatle, según los conspiranoicos claro. Aparecía además una tumba hecha de flores y un bajo –instrumento que Paul tocaba– también hecho de flores al que le faltaba una de las cuatro cuerdas, lo que, una vez más, indicaría que uno de los cuatro de Liverpool había muerto. El hecho de que entre la amalgama de personajes que decoran la portada apareciera también el célebre ocultista inglés Aleister Crowley, alentó a los conspiradores a afirmar que The Beatles adoraban al diablo, como tantas otras estrellas del rock, tema que daría para mucho más.

El rumor se extiende como la pólvora

Abierta la caja de Pandora, el pinchadiscos Russ Gibb, que creyó a pies juntillas la historia del tal «Tom», o quiso imperiosamente creerla, acompañado de John Small y Dan Carlisle, comenzaron un programa en la WKNR-FM bajo el nombre de «Complot Beatle», un programa bastante radical de una hora de duración dedicado a corroborar la verdad de la historia que duró varios años en antena en Detroit.

No fueron los únicos. El rumor cobraría aún más fuerza cuando el pinchadiscos Ruby Yonge, que conducía un programa nocturno en la emisora WABC de Nueva York, comentó la noticia de la «muerte ocultada» de McCartney la noche del 21 de octubre de 1969, lo que le costó el despido inmediato y la suspensión de la emisión. La WABC tenía un radio de difusión enorme, podía ser escuchada en 38 de los 50 estados del país y su alcance llegaba incluso a la costa atlántica africana. Aquello provocó una oleada de rumores y conspiraciones de la que se hizo eco la prensa estadounidense. La beatlemanía resurgía con toda su fuerza pero esta vez en torno a la «defunción» de Paul, y no en su país natal, algo menos crédulo, sino al otro lado del Atlántico, tierra propicia a los rumores.

Y así una lista innumerable de supuestas pistas que los de Liverpool introducían en cada uno de sus trabajos –parecía como si, lupa en mano, los conspiracionistas esperasen a que los músicos publicaran un nuevo álbum para encontrar dichos indicios–. Letras de canciones, entrevistas… en cada uno de los movimientos y creaciones de los de Liverpool los amantes de la rumorología veían más y más pistas de que McCartney era un doble, una suerte de Döppelganger pero de carne y hueso: en el citado Abbey Road, Lennon vestía completamente de blanco –por lo que, según sus autores, asumía el rol de predicador–, Ringo Starr vestía el traje negro de los empleados funerarios, George Harrison, vestía ropa de trabajo –asumiendo el rol de enterrador–, mientras que el susodicho McCartney, a pesar de vestir también traje, aparecía con los ojos cerrados y los pies descalzos, algo habitual en los cadáveres que van a ser velados, caminando de forma distinta al resto y cogiendo el cigarrillo con la mano derecha, cuando de todos era sabido que Paul era el beatle zurdo, apareciendo a la derecha un coche fúnebre ¡El culmen del retorcimiento! Y así un largo etcétera de despropósitos.

Es probable que los cuatro músicos, que evidentemente se habían hecho eco de la leyenda, contribuyeran a perpetuarla en sus siguientes discos, lo que para ellos sería simplemente un juego de confusión. Aún así, hay quien cree todavía que McCartney no es McCartney, sino un doble, un doble que habría tenido la suerte de vivir como una superstar, ganando bastante más dinero que trabajando como policía local. Bastante es un eufemismo claro. ¿Paul is Dead? Quién sabe… También hay quien afirma que Elvis sigue vivo y que todo fue un montaje para alejarse de la presión mediática y vivir una vida tranquila. Algo común entre las gentes cuando a alguien se le considera casi sobrehumano, aunque solo sea una estrella del rock; no hay que olvidar que hace siglos, cuando un rey moría, solía ser «visto» por numerosos testigos, como fue el caso de Federico de Hohenstaufen o Sebastián de Portugal; las gentes se negaban a creer que estos personajes, como el común de los mortales, podían fenecer. Pero, evidentemente, lo hacían. Que se lo digan a Lennon.

La leyenda de PID también tiene su versión patria: hay quien asegura que Los Bravos sustituyeron a su teclista, poco después de suicidarse, por un encapuchado al que hacían pasar por éste en los conciertos que daban en las salas de fiesta, eso que llamaban guateques y con los que han martilleado nuestros oídos los padres de toda una generación. El rumor comenzó tras el trágico suicidio de Manolo González, apenas unos días después de que su esposa Loti, con la que había aparecido en las revistas del corazón, muriera en accidente automovilístico. Ya que Los Bravos, cuando se formaron, habían realizado un ingenioso ejercicio de marketing que les funcionó a las mil maravillas –a la hora de elegir nombre y saltar a la fama–, en esta ocasión, y tras llorar la muerte de su amigo, decidieron presentarse en público con un nuevo teclista, pero sin revelar su verdadera identidad. Fake News en toda regla, y patria.

¿Quién «mató» a Michael Jackson?

Da igual la edad que uno tenga. Probablemente no haya nadie en todo el planeta que no sepa quién es Michael Jackson. Las últimas horas del músico reconvertido en mito y en diablo por sus muchos detractores a causa de escándalos que se multiplicaron el pasado año, cuando se cumplían diez años de su misteriosa muerte, con el estreno del documental Leaving Neverland, están rodeadas de contradicciones y silencios. Los últimos momentos del Rey del Pop, sus últimos años, se caracterizaron por la controversia, los excesos e incluso los complots…  Puede que muriera a causa de un trágico descuido o accidente, lo que indican la mayoría de líneas de investigación, pero, de una u otra forma, aunque solo fuera una autodestrucción causada por la fama, se hace obligado responder a la siguiente pregunta: ¿Quién «mató» a Michael Jackson?

Óscar Herradón ©

«Insisto, a mi hijo Michael lo mataron». Así de contundente se mostraba Joe Jackson, padre del Rey del Pop, en 2012, tres años después del fallecimiento de este último. Joseph Walter «Joe» Jackson moría también el miércoles 27 de junio de 2018 tras una vida marcada por los excesos, el éxito y los escándalos, acusaciones de abuso incluidas. Saldaba cuentas con Caronte el mismo mes que lo hacía su hijo, nueve años antes, un suceso que ha generado múltiples teorías de la conspiración que en muchos casos crecen con el tiempo, a pesar de haber sido ya juzgado el supuesto responsable.

El pasado 2019, cuando se cumplían 10 años desde que Michael fuera encontrado muerto en su cama, se publicaron numerosos libros, unos mejores y otros menos deseables, sobre la existencia –y los muchos misterios– que rodearon la vida y la muerte del creador, impulsados también por la repercusión mundial –fuertemente negativa hacia el músico– de la película documental Leaving Neverland, dirigida por Dan Reed. Al final del post citaré algunos de los títulos más interesantes publicados en español, pero centrémonos primero en el quid de la cuestión… ¿fue Michael «asesinado»?

Declaraciones inquietantes

En 2011 era condenado a cuatro años de prisión el doctor personal de «Jacko», Conrad Murray, por homicidio involuntario. Sin embargo, en las declaraciones citadas anteriormente, el patriarca de los Jackson 5 aseguró que «pronto saldrán a la luz las pruebas que demostrarán que su hijo fue asesinado como parte de una escalofriante conspiración en la que muchas personas están untadas».

En la misma línea se había pronunciado su hija Latoya Jackson en julio de 2009, apenas unas semanas después de la misteriosa muerte de su hermano: «Sé quién asesinó a Michael. Hubo una conspiración. Creo que fue todo por dinero. Michael valía más de 1.000 millones de dólares en activos por derechos de difusión musical y alguien lo mató por eso. Valía más muerto que vivo». Aunque no dio nombres, sus palabras, tan solos dos días después de que el jefe de la policía de Los Ángeles admitiera que el asesinato era una de las líneas de investigación, no hicieron sino echar más leña al fuego siempre avivado de los conspiracionistas.

La última en la saga familiar en alimentar las sospechas al insistir en este mismo punto fue Paris Jackson, la hija mayor del Rey del Pop, en incendiarias declaraciones a la revista Rolling Stone en 2017.  Según la joven, su padre le dijo en varias ocasiones que estaba sentenciado, algo que –afirma– a sus 11 años no entendía pero que ahora –en 2017– comprendía a la perfección: «Estoy convencida (de que lo asesinaron). Sé que suena a teoría conspirativa, pero sus fans y su familia sabemos que todo fue un engaño. Quiero vengarme, pero esto es como el ajedrez y voy a intentar jugar mi partida de la mejor manera posible. Eso es todo lo que puedo decir ahora». Además de contribuir a engordar la teoría del complot, Paris reveló en la misma entrevista detalles delicados de su vida privada, y afirmó que fue violada a los 14 años por un desconocido, lo que la llevó a varios intentos de suicidio que dejaron marcas en su cuerpo que ocultó con más de 50 tatuajes.

Sobre Michael, afirmó que era «el mejor padre del mundo», y añadió: «Perdí la única cosa que más me importaba (…) Así que de ahora en adelante, nada malo puede suceder. (…) Lo siento conmigo todo el tiempo». Hace unas semanas los medios de todo el mundo anunciaban que Paris iniciaba su carrera musical con su disco debut Wilted. Veremos qué le depara el ser la hija de uno de los músicos más importantes de todos los tiempos.

El doctor «Muerte»

Pero, ¿qué sucedió realmente el día que falleció Michael Jackson, hace once años? Según declaró en el juicio el doctor Conrad Murray, contratado ex profeso por el propio Michael como médico personal para su gira frustrada This is It! –recomiendo encarecidamente ver el fantástico documental homónimo estrenado en octubre de ese mismo año con imágenes detrás de la escena rodadas unos meses antes y donde se ve a un Michael ilusionado y en plena forma a sus 50 años, dispuesto a recuperar el cetro perdido de Rey del Pop–, el 25 de junio de 2009 encontró al cantante tendido sobre su cama, sin respirar y con escaso pulso. A pesar de sus intentos por reanimarle –afirmó– no lo logró. La causa principal del fallecimiento, señaló Murray, había sido una intoxicación aguda de propofol y benzodiacepinas. En un primer momento se pensó que la causa había sido una inyección de petidina, un analgésico al que Jackson al parecer había sido adicto en los años 90, algo que desmintió la autopsia.

Finalmente, el 28 de agosto de aquel año, el facultativo fue acusado de homicidio involuntario por haber suministrado al artista, efectivamente, propofol, un fuerte analgésico que debe administrarse con un equipo de monitorización y resucitación muy preciso del que no disponía. Condenado a cuatro años de prisión en noviembre de 2011, salió bajo libertad condicional en 2013, pero su condena no consiguió acallar las voces de quienes afirmaban que hubo algo más tras la extraña muerte del Rey del Pop.

Escándalo tras escándalo

Lo cierto es que en las últimas décadas el escándalo no dejó de salpicar al pequeño de los Jackson Five, desde su extraño cambio de apariencia y su delicada salud hasta sus múltiples excentricidades, entre ellas, aparecer siempre en público con una mascarilla… ¡adelantándose al futuro! Hoy todos la llevamos y ya no miramos al autor de Thriller como un bicho raro en ese sentido. Si es que era un visionario…

Ante tanta controversia por su «cambio de piel», una de las leyendas urbanas más extendidas de los últimos 30 años, juntos a los cambios de sangre de los Rolling o el retiro dorado de Elvis tras fingir su muerte, el propio Jackson llegó a declarar que su apariencia se debía a una enfermedad de la piel, el vitíligo, que causa despigmentación, por lo que utilizaba el maquillaje para darle un tono acorde a su rostro. Aquello, qué decir tiene, no convenció a muchos.

Pero lo más duro vino en 2004, cuando era acusado de haber construido su millonario parque de atracciones, Neverland (Nunca Jamás), en Santa Bárbara, «para seducir y abusar sexualmente de niños». Finalmente, se demostró que todo era falso, pero erosionó su imagen pública de manera inexorable hasta su muerte. En 2019, el documental citado, con declaraciones de dos de los chicos –hoy adultos– que en su día pusieron la demanda y la retiraron, afirmando que realmente sí fueron sometidos a abusos sexuales, ha vuelto a revolucionar las aguas siempre turbias de un hombre/niño que hombre que para muchos sufría el llamado «Síndrome de Peter Pan», un miedo patológico a crecer. Su vida y su final parecen formar parte del retorcido argumento de un Thriller. D.E.P.

PARA SABER MÁS:

–El pasado año el sello Arcopress, del Grupo Almuzara, publicaba el libro Objetivo Michael Jackson. La conspiración para acabar con el Rey del Pop, de la periodista Concha Calleja. En este controvertido pero magnético libro, muy documentado, la autora habla más de ocultación pública que de conspiración, como reza el título, y se centra en los múltiples interrogantes que rodean al caso. Todo muy turbio. Todo comienza con la llamada que el Rey del Pop recibió la noche del 24 de junio de 2009 (moría al día siguiente, el 25, lo que pone los pelos de punta). Nada más colgar el teléfono, según revelaría su hijo Prince, bajó las escaleras totalmente compungido y dijo: «¡Me van a matar!». Palabras que tristemente se convertirían en ¿proféticas? No era la primera vez que decía que iban a acabar con él. Su hermana Latoya y su hija Paris también ofrecieron declaraciones en esta línea.

Concha Calleja, que afirmaba en una entrevista a Vanitatis que no era ni mucho menos una fan de Jackson, se acercó al personaje cuando investigaba otra extraña muerte de un famoso: la de Lady Di, amiga del Rey del Pop. Publicado el pasado año, cuando se cumplía el décimo aniversario de la muerte de Michael, en sus páginas se analizan las causas del sucesos, explorando testimonios forenses, pruebas federales y documentos inéditos. Fue el primer libro en castellano publicado en Estados Unidos sobre el asunto.

–Por las mismas fechas, una pequeña gran editorial como Sexto Piso, una de mis favoritas del panorama literario actual, publicaba ¿Quién mató a Michael Jackson? Cómo la sociedad crea y destruye ídolos, del reputado crítico musical inglés Paul Morley. Un trabajo punzante, de prosa afilada y ritmo frenético que cualquier fan de Jackson no podrá dejar de leer, ni aquel interesado en el fenómeno de las «celebrities» y en cómo este mundo globalizado y contradictorio ensalza y sepulta a las personas de un día para otro. Con la distancia que procuraban diez años desde su muerte, Morley reflexiona en las páginas de este atípico ensayo sobre la cultura mediática y la obsesión que la mayoría tiene sobre las celebridades, y cómo y por qué el mayor músico de finales del siglo XX se convirtió –o más bien convertimos todos, con mayor o menor implicación– en un personaje grotesco y atormentado. Un trabajo impecable que desbroza el mito de uno de los grandes iconos del espectáculo a cuchilladas.

La «Procesión de la Sangre» del Partido Nazi (1920-1939)

Una vez que Adolf Hitler se hizo con el control del Partido Obrero Alemán fundado por el cerrajero Anton Drexler y lo reconvirtió en el NSDAP –Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores–, se entregó por completo a crear toda una simbología de ecos trágicos y grandilocuentes, con un fuerte componente místico-religioso. La temible esvástica fue su emblema, y la religión de la sangre, esbozada por el racista y teórico nazi Alfred Rosenberg, su credo.

Óscar Herradón ©

El nuevo régimen necesitaba, como nueva religión, sus propios mártires, y éstos fueron, además del «camisa parda» Horst Wessel, los 16 miembros del NSDAP caídos el 9 de noviembre de 1923 durante el fracaso del Putsch de la Cervecería, símbolo del sacrifico para la redención del pueblo alemán.

En palabras de Éric Michaud, director de estudios en la École des hautes études en sciences sociales (EHESS) de París, autor de La estética nazi, un arte de la eternidad: «esa sangre confiscaba progresivamente la de los mártires de la Gran Guerra».

Se convirtieron en los 16 mártires sangrantes –Blutzeugen– y la conmemoración de su muerte se convirtió en una de las festividades más importantes del Tercer Reich junto al cumpleaños del Führer, el 20 de abril. En 1933, en la Feldherrnhalle de Munich, donde cayeron sus hombres, Hitler hizo erigir una gran placa de bronce con el nombre de los muertos caídos en el combate por la «libertad».

Precisamente a los «mártires del Movimiento», Adolf Hitler había dedicado el primer volumen de Mein Kampf, cuyas primeras ediciones reproducían sus nombres y sus correspondientes retratos, señalando que habían caído «en la fiel creencia en la resurrección de su pueblo».

El día 9 de noviembre se conmemoraba a la vez la muerte y la resurrección de los caídos. Se celebraba una marcha solemne que recordaba a las procesiones cristianas con los «Viejos Combatientes» del Partido, ataviados con sus vestidos de 1923 –que una tienda especial se había encargado de fabricar iguales–, que partían de la Bürgerbräukeller y llegaban hasta el Feldherrnhalle, recordando el recorrido hecho aquel ya lejano día del Putsch muniqués en que Göring fue herido y el ahora todopoderoso Hitler huyó y estuvo a punto de suicidarse. ¡Qué rápido olvida el hombre sus miedos y debilidades pasadas cuando está en la cima de su poder!

Los Templos de los Héroes

Para la conmemoración de estos «caídos», ritual que el Führer inauguró en 1935 y que permanecería inmutable hasta los años de la guerra, se erigieron los dos templos de los Héroes (Ehrentempel) sobre la Königsplatz, edificios concebidos por el propio Hitler y el arquitecto Ludwig Troost, destinados a recibir cada uno ocho sarcófagos de bronce, templos que simbolizaban «el pueblo resucitado y redimido». El recorrido hasta allí estaba jalonado de 240 altos pilones envueltos en paño rojo, coronados de vasos donde ardía la «llama del recuerdo». A medida que avanzaba la solemne comitiva, los nombres de los muertos del Movimiento eran recitados mientras se escuchaban cantos solemnes y una vez en la Köningsplatz se depositaban los ataúdes ante los dos templos.

Templos de los Héroes en la Feldherrnhalle, en Múnich

Hitler, que en Mein Kampf plasmaba su indignación porque el Gobierno de Weimar hubiera rechazado una sepultura común para estos «héroes» (lo cual no era de extrañar, pues pretendieron precisamente acabar con ese Gobierno por la fuerza), hizo exhumar sus cuerpos y exponerlos en la Feldherrnhalle el 8 de noviembre, el día antes de la procesión. Ya entrada la noche, acudió al lugar en un imponente descapotable, pasando lentamente por la puerta de la victoria, atravesando las obligadas antorchas, las banderas con la esvástica y la multitud reunida.

En silencio subió, solo, los peldaños tapizados de rojo que separaban a esa multitud del recinto sagrado. Se recogió durante bastante tiempo ante cada uno de los féretros en un momento de gran solemnidad, incrementado por los pilones hinchados en lo alto de los dieciséis catafalcos y las teas de las SA y las SS que emanaban un humo eterno. Una vez allí, retumbaban dieciséis cañonazos, uno por cada caído, y se recordaban los nombres de los «mártires».

Hitler, que había comparado en 1923 la Alemania vencida al Cristo moribundo sobre la cruz, en palabras del citado Michaud, «reaparecía entonces transfigurado. Restauraba la gloria de los mártires y, providencial sobreviviente escapado del reino de los muertos, llevaba con él la salvación del Reich eterno». La edición del día siguiente del Völkischer Beobachter decía: «Él se yergue ante nosotros, como una estatura, ya más allá de la dimensión terrestre».

La bandera de sangre

Así, Hitler volvía a traer del reino de los muertos los mandamientos de la sangre para que su pueblo los obedeciera. Setenta mil miembros del Partido desfilaron después como su séquito ante los caídos. Como reliquia por antonomasia del NSDAP estaba la llamada «bandera de la sangre» (Blutfhane), conducida por la Orden de la Sangre, una bandera recogida el día del Putsch fallido y salpicada por la sangre de los mártires. Desde el segundo Congreso del Partido en 1926,  a la bandera se atribuía la virtud de transmitir fuerzas por contacto, aunque eran pocas las veces que tal reliquia –tan importante– era mostrada en público. Cada vez que se consagraba una nueva bandera del partido o de organizaciones como la Orden Negra, con sus runas sieg (SS), ésta debía ser consagrada por Hitler con la Blutfhane en un ritual de fuerte contenido simbólico.

Como colofón a la solemne ceremonia, Goebbels hacía un último recital de los nombres de los caídos que imitaba el ritual de los fascistas italianos, uno tras otro, como si hubieran resucitado, seguidos de un ¡Presente! que entonaba el coro de las Juventudes Hitlerianas. Luego los ataúdes eran bajados al corazón de los dos templos y Hitler, visiblemente emocionado, decía: «Para nosotros ellos no están muertos. Estos templos no son sepulturas, sino una Guardia eterna. Ellos están allí para Alemania y velan por nuestro pueblo. Reposan aquí como los verdaderos mártires del Movimiento».

Los nacionalsocialistas ya tenían la liturgia y los lugares de rezo del régimen, sus propias reliquias y símbolos. La Sangre y el Suelo proclamada por Rosenberg era su religión, la esvástica su emblema, Hitler su dios reencarnado. Necesitaban también un enemigo atávico en consonancia con su visión dualista de la historia y ese no podía ser otro que el judío, al que culpaban de todos los males de Alemania.

PARA SABER MÁS:

–HERRADÓN AMEAL, Óscar: La Orden Negra. El ejército pagano del Tercer Reich. Edaf 2011.

–MICHAUD, Éric: La estética nazi, un arte de la eternidad. Adriana Hidalgo Editora 2009.

–SALA ROSE, Rosa: Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo. Acantilado 2003.

EL LIBRO RECOMENDADO:

Hace apenas unas semanas Alianza Editorial publicaba el ensayo El culto a los mártires nazis Alemania, 1920-1939. Un libro centrado completamente en el contenido del post y cómo el NSDAP forjó una cuasi religión y unos «mártires» de su lucha sangrienta para convencer a sus millares –luego millones– de seguidores de que su causa era poco menos que «sagrada». Una minuciosa a la par que divulgativa obra de un gran conocedor del nazismo: Jesús Casquete, profesor de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos en la Universidad del País Vasco, y fellow (miembro) del Centro de Investigación sobre Antisemitismo de Berlín.

«Una muerte ejemplar tiene aún más valor que una vida ejemplar», decía un manual de conducta de las SA, los «camisas pardas». En el curso de tres lustros, los nazis se hicieron con el control de las calles en Alemania y acabaron con la victoria –bastante irregular, todo sea dicho– en las urnas. En un principio su ideología no era original (se basaba en la tradición nacionalista y antesemita alemana del siglo XIX y también en los movimientos ariosofistas), y, sin embargo, conquistaron a una parte sustancial de la población. Y es que ese triunfo en el voto se debió a que supieron mejor que las demás fuerzas políticas agitar los sentimientos y las emociones de los alemanes a los que prometieron una Edad Dorada en forma de Tercer Reich, un «Reich de los Mil Años» que engrandecería como nunca antes a una nación abatida por la derrota en la Gran Guerra y las reparaciones bélicas, sumida en una crisis abismal y una ruptura de los modos de vida anteriores.

Uno de los grandes mitos era el sacrificio por la patria, como los «16 mártires del Partido Nazi» citados arriba, y por el culto a los muertos, una suerte de héroes sacrificados en pos de la redención nacional, como Horst Wessel.  Este magnífico trabajo aborda dicho discurso propagandístico que cautivó a millones de almas para acabar siendo la causa de la muerte de otros muchos millones en una lucha desesperada y fanática por la nación soñada.