Lecturas para una crisis sanitaria global

Todo 2020 y lo que llevamos de 2021, con el coronavirus trastocando nuestras vidas y acabando con la de millones de personas indefensas, son numerosos los libros publicados sobre enfermedades y pandemias que han puesto en jaque a las civilizaciones desde tiempos inmemoriales, y la forma en que podemos hacerles frente, o al menos mantenerles el pulso. He aquí algunas de las más interesantes publicadas en castellano…

Por Óscar Herradón ©

Llevamos ya un larguísimo año sumidos en una pandemia mortífera, una pesada carga sobre nuestra espaldas, las de toda una humanidad que se ha visto vulnerada y vulnerable –al margen de posiciones, clases y privilegios– en lo que podríamos denominar «la democracia de la enfermedad». Y aunque algunos retorcidos hablen de una especie de «justicia divina», ser «iguales» en algo tan trágico no es ni mucho menos para celebrar: cuando escribo estas líneas se contabilizan en nuestro mundo más de dos millones de muertes de seres humanos, según cifras oficiales. Las «no oficiales», las no contadas, si es que algún día las conocemos, cosa difícil, serán mucho más estremecedoras. Personas con sus historias, sus amores, sus desventuras y sus familias.

Casi inmunizados ante las estadísticas –tras las que, reitero, hay personas de carne y hueso, cosa que tantas veces olvidamos– y habiéndonos familiarizado con términos como confinamiento, PCRs, test de antígenos, cuarentena o curva de contagios, en un eterno «año de la Marmota», un Déjà-vu desconcertante y convulso para todos –hasta para los inhumanos que no cumplen las reglas de la crisis sanitaria–, los días se van haciendo cada vez más cuesta arriba. Incluso teniendo ya ¿tres? vacunas aprobadas por Europa, y otras tantas a nivel mundial (la rusa, la china…), en un panorama empresarial digno de un espectáculo circense de intereses creados, medias verdades y cláusulas confidenciales que revuelve las entrañas. El negocio de la salud. Y de la muerte.

Pues bien, en medio de estos tiempos turbulentos y estrechos en muchos sentidos, donde tanta gente buena se marcha sin despedirse, se han publicado numerosos libros sobre la pandemia, algunos buenos y otros no tanto, unos reveladores y otros inocuos, también sobre otras enfermedades que atenazaron al hombre anteriormente (la peste, el cólera, el SIDA…) y acerca de las múltiples conspiraciones que rodean al dichoso «bichito» al que desde estas humildes líneas deseo la peor y más pronta de las muertes.

Libros que puede dar pereza comenzar a leer precisamente por ese hartazgo con el (o la) Covid-19, la enfermedad y la desolación, la crisis y los ERTEs, pero que animo humildemente a hacer –los buenos, claro– precisamente porque arrojan luz sobre el tiempo que nos ha tocado vivir, nos ilustran sobre qué hay de verdad detrás de esta crisis sanitaria mundial –desmontando así numerosas hipótesis negacionistas por un lado, conformistas por otro– y alumbrándonos no solo sobre lo débiles que podemos ser, también sobre nuestra fuerza y cómo superar escenarios a los que generaciones anteriores ya se enfrentaron, dejando también grandes pérdidas por el camino, pero sobreponiéndose.

Ni son todos los que están ni están todos los que son, pero en las próximas líneas recomiendo algunos de los títulos más notables publicados en castellano en los últimos –y, reitero, turbulentos– tiempos que nos ha tocado vivir, un primer post que irá acompañado de otras entregas con sugerentes novedades, pues han sido muchas, algo que sucede cuando la actualidad –en este caso trágica– se impone sobre todas las cosas.

Pandemia

Hace unos meses Capitán Swing, que cumplía diez años el pasado 2020, una década en que nos ha legado un catálogo de infarto, publicaba el libro Pandemia. Mapa del contagio delas enfermedades más letales del planeta, de la prestigiosa periodista de investigación neoyorquina Sonia Shah. Y no hablamos de un comunicador cualquiera: Shah es miembro de la Institución de la Nación y de la Fundación Puffin y ha publicado en medios tan prestigiosos como The New York Times, The Wall Street Journal, Scientific American, Foreign Affairs, CNN, Al Jazeera o la BBC, y conferenciado por las universidades y colegios más importantes del país de las barras y estrellas. Es además autora de varios libros aclamados por la crítica que han merecido distintos galardones, centrados en campos como la ciencia, los derechos humanos y la política internacional.

Pandemia: siguiendo el contagio de las enfermedades más letales del planeta es un texto absorbente y premonitorio –fue escrito antes del azote del Covid–, y una obra fundamental que explora los orígenes de las epidemias, trazando paralelismos entre el cólera y nuevas enfermedades. Con su característico estilo afilado y clarificador, Shah entrelaza la historia, el reportaje y la experiencia personal para analizar estos hechos. En su camino de investigación, informa sobre los patógenos que en la actualidad siguen los pasos devastadores del cólera, desde la bacteria SARM (MRSA por sus siglas en ingles), conocida comúnmente como estafilococo resistente a la meticilina  –y que conoce bien porque asedia a su propia familia–, hasta asesinos nunca antes vistos que salen de los húmedos mercados de china (no olvidemos que del de Wuhan partió hace ahora un año el coronavirus), las salas quirúrgicas de Nueva Delhi y los patios traseros suburbanos de la Costa Este norteamericana. Una obra de historia epidemiológica e investigación periodística única que plantea urgentes lecciones para el tiempo pandémico que nos ha tocado vivir.

El Mapa Fantasma

Para complementar esta lectura, nada mejor que sumergirnos en las páginas de El Mapa Fantasma. La epidemia que cambió la ciencia, las ciudades y el mundo moderno, de Steven Johnson, publicado también por Capitán Swing, que se centra en el brote de cólera que azotó Londres el verano de 1854, una enfermedad aterradora –más incluso de lo que ahora lo es el coronavirus– que sería derrotada gracias al tesón del anestesista John Snow y el reverendo Henry Whitehead. La primera noche que azotó la enfermedad murieron 500 personas. Era a causa de la bacteria Vibrio Cholerae, pero entonces se creía con lo que hoy se conoce como Miasma, con la falta de higiene entre las personas y con una salubridad muy deficiente que convertía las ciudades en lugares poco acogedores, más bien insufribles. La capital inglesa, Londres, era una city oscurecida por la combustión del carbón y una densidad de población enorme en reducidos espacios suburbiales en los que florecía el robo, la prostitución y el crimen –apenas 20 años después de estos hechos el tristemente célebre, y quizá todavía impune, Jack el Destripador sembraría el pánico en otro suburbio, White Chapel–.

Si alguien se hubiese atrevido a decir a mediados del siglo XIX, incluso entre los médicos más ilustres, que aquella mortandad que iba en ascenso estaba causada por un ser microscópico, le habrían tomado por loco. Solo los protagonistas de estas líneas supieron pasar por encima de las convenciones sociales y paliar la extensión de la enfermedad –el centro del brote era una frente situada en Broad Street–, llegando a una conclusión que cambiaría el tratamiento de epidemias y el concepto de ciudad que en aquel momento estaba completamente desdibujado y que haría cambiar radicalmente el círculo médico victoriano. Un texto ameno y didáctico, que se lee casi como una novela de suspense.

Virus (Espasa)

Y hace unos meses, también la editorial Espasa publicaba el libro Virus. La guerra de los mil millones de años. Por qué los humanos somos presas fáciles de las pandemias, de Juan Botas y J. J. Gómez Cadenas. En sus absorbentes y divulgativas páginas, y tomando como punto de partida nuestro letal compañero de fortuna en estos tiempos, el coronavirus SARS-COV-2, nos relatan increíbles historias que atraviesan el tiempo y la geografía del globo, cargadas de anécdotas, datos científicos y lo más importante: estrategias para luchar contra esas formas de vida parasitarias. Como bien apuntan sus autores, y a pesar del número incontable de muertos que arrastra desde que se conoció a comienzos de 2020, el Covid no es ni siquiera el episodio más trágico de esa lucha entre el ser humano y los virus, una guerra interminable que libramos desde hace varios miles de millones de años.

Entre los bloques tratados encontramos temas como la presencia de la viruela en Europa y el Nuevo Mundo durante el siglo XVIII, cómo desarrolló Edward Jenner la primera vacuna –ahora que se habla tanto de este mercado, de los «antivacunas» y de la pugna geoestratégica por desarrollar y comprar la que detenga al Covid–; la batalla contra la plaga blanca, la bacteria ESKAPE y la alianza con los fagos; la aparición del polifacético virus SV40; sin olvidar el VIH –la gran plaga del siglo XX–, la peste, la gripe española o la importancia de animales como los murciélagos en las mutaciones de los virus y en su traspaso a los humanos.

Este post continuará.

Berserker: los guerreros de Odín

Con este nombre tan extraño se conocía a la élite de las huestes vikingas. Estos guerreros actuaban como escudo de protección y se situaban en la vanguardia a la hora del ataque. Sin embargo, no tardarían en ser considerados prácticamente unos locos por sus congéneres. ¿La razón? Su cruenta forma de matar en el campo de batalla…

Óscar Herradón ©

Los guerreros Berserker eran los más temibles entre los vikingos, que no es que fueran precisamente delicados ni unas hermanitas de la caridad. Un grupo de élite, no muy numeroso –en ocasiones las crónicas hablan de sólo una pareja, probablemente hermanos, aunque a veces de una docena– pero de gran ferocidad. Aunque en su figura parecen darse la mano el mito y la realidad, confundiéndose –a lo que no han ayudado los fuertes componentes fantásticos de las sagas–, se tiene de ellos varias evidencias arqueológicas, las primeras, algunas piezas del ajedrez de la isla de Lewis (Escocia), que data del siglo XII (el más antiguo conocido) y que muestra a varios de estos soldados del Medievo mordiendo con afilados dientes sus escudos, prestos a no dejar a ningún enemigo con la cabeza sobre los hombros.

Siguiendo el trabajo del investigador Roderick Dale, del Centro de Estudios de la Era Vikinga de la Universidad de Nottingham, parece que el nombre Berserker proviene de la forma nórdica antigua berr, cuyo significado es «desnudo», y serkr, «camisola o prenda de pecho», aunque otra teoría aún más extendida señala que derivaría del término protogermánico berr, cuyo significado sería «oso», lo que no es extraño si tenemos en cuenta que estos guerreros rechazaban cualquier tipo de armadura, las cotas de malla o los yelmos para su protección –que consideraban una afrenta a su valentía– y vestían semidesnudos únicamente cubiertos con pieles, por lo general de este animal, aunque también de lobos; y precisamente en nórdico antiguo se les denomina Úlfhédinn o Úlfhédnar –cuya traducción literal es «piel de lobo»–. De hecho, una antigua leyenda que recorría los países nórdicos durante el Medievo aseguraba que eran capaces de convertirse en hombres lobo, lo que hacía que fuesen aún más temidos y, en tiempos de la implantación de las creencias cristianas, que producirían un sincretismo con las paganas, se consideraba que estaban poseídos por el diablo. Este punto, unido a que eran considerados prácticamente unos locos por los demás vikingos, una suerte de parias ­–está registrado que en el año 1015 el conde (jarl) Erik de Noruega declaró a éstos fuera de la ley y más tarde la ley escrita de Islandia, el gagrás, hizo lo propio–, no tardaron en ser acorralados para desaparecer por completo en el siglo XII.  

Rumbo al Valhalla

Al igual que piensan los yihadistas actuales, a los que les esperan nada menos que, según el Corán, 72 vírgenes en el Paraíso si mueren matando al infiel, los Berserker creían que cuantos más muertos hubiese en una batalla –y si entregaban su vida en el fragor de la misma, por eso era tan importante obtener la victoria– tenían garantizado su acceso al Valhalla, el paraíso de los guerreros del más allá. Un espacio divino donde les esperaba la gloria y grandes recompensas: en el gran salón de los héroes celebrarían un suculento banquete durante toda la noche, mientras que durante el día salían para luchar y prepararse para el ocaso de los dioses, el Ragnarok, la inexorable batalla final a la que estaban predestinados.

Valhalla, de Max Brückner (1896)

En un determinado momento, los Berserker alcanzaban el llamado Berserkergang o estado de furia guerrera, cuando mostraban prácticamente una fuerza sobrehumana que provocaba que siguieran batallando incluso tras sufrir graves heridas. No es de extrañar que sus enemigos pensaban que luchaban contra seres del otro mundo, pero, ¿qué les otorgaba esa fuerza y ferocidad descomunales?

Parece que luchaban en una suerte de trance psicótico, lo que les hacía invulnerables al dolor. Las sagas nórdicas señalan que en los momentos previos a entrar en combate, su furia ciega les hacía echar espuma por la boca como animales rabiosos, morder con fuerza sus grandes escudos llegando a arrancar algunos trozos de madera de los mismos –y no eran precisamente armas delicadas–, autolesionarse en los brazos y en el pecho con afilados cuchillos y aullar como lobos, lo que sin duda extendió la creencia de la licantropía entre las supersticiosas gentes del Medievo. Se creía que eran invulnerables y que poseían poderes de corte místico.

Sin embargo, los expertos mantienen hoy que realizaban, en honor de Odín, una suerte de ritos de corte chamánico en los que se rendía culto a los osos y los lobos, en la creencia de que los espíritus de éstos –en una línea muy similar a la forma totémica de ver el mundo de los indígenas norteamericanos–, podían ser transmigrados a sus cuerpos en una ceremonia de metamorfosis animal. Así, los Berserker serían mitad hombres, mitad lobos u osos. De hecho, las referencias a esos «cambiapieles» –hoy tan célebres gracias a la catódica serie Juego de Tronos, muy inspiradas dichos mitos–, son continuas en varias sagas escandinavas, como la de Egil Skallagrímsson, la de Hrólfr Kraki –donde el temible guerrero Bödvar Bjarki tiene la capacidad de transformarse en un gigantesco oso negro en plena batalla–, la Völsunga o el poema épico Hrafnsmál. También se recoge en la cultura anglosajona del siglo XI, concretamente en las narraciones de la Batalla de Stamford Bridge, donde se habla de un imponente Berserker de más de dos metros que servía al rey vikingo Harald III Hardrada, apodado nada menos que «el Despiadado».

Hipótesis diversas

Hoy son las teorías científicas las que explican esta fuerza «sobrehumana» y la creencia de los propios guerreros en su metamorfosis, asumiendo la identidad del animal y adoptando sus atributos para así llegar a la batalla con la fuerza y la ferocidad de dichos animales a los que rendían culto: la ingesta de diversas drogas, como la seta alucinógena Amanita Muscaria –también conocido como «matamoscas» o «falsa oronja»–, muy comunes en todo el hemisferio norte y en la región subártica. Poseen elementos de una fuerte droga psicoactiva que generaba dichos estados de éxtasis en los guerreros, práctica que también se haría en las guerras modernas, algo de lo que no tardaremos en ocuparnos en este blog. Debían prepararse de una forma concreta, siendo ingeridas en una bebida caliente después de triturarlas, tras mezclarlas con alcohol, lo que aumentaba sus efectos, probablemente con la célebre «aguamiel» o hidromiel.

Amanita muscaria

En los años 50 un estudio determinó que sería muy difícil que tras ingerir dichos hongos pudieran mantenerse en pie para luchar, pero existe otra hipótesis: parece que era uno de los guerreros el que ingería las setas y después los demás se bebían su orina, evitando así gran parte de los efectos secundarios –como náuseas, vómitos e incluso desmayos– pero manteniendo sus propiedades y aumentando incluso la potencia del químico.

Se baraja también la teoría de que podían haber tomado beleño negro, consumido habitualmente en la cerveza antes de la batalla, que producía sensación de ligereza e ingravidez, pero que tampoco explica el enajenado comportamiento de los Berserker, lo que ha llevado también a sugerir el uso de Belladona, la misma planta que parece utilizaban las «brujas» en los aquelarres y que les otorgaba la sensación alucinógena de que podían volar; de hecho, se utilizaba ya en el Antiguo Egipto como narcótico y en las orgías dionisíacas griegas como afrodisíaco.

El Síndrome Homicida

Una hipótesis que se añade a la lista, quizá la más sugurente, apunta que podría tratarse de guerreros trastornados por el conocido como «Síndrome de Amok», descubierto por el psiquiatra estadounidense Joseph Westermeyer en 1972, también llamado «síndrome homicida», consistente en una súbita explosión de rabia salvaje que hace que la persona afectada corra alocadamente y ataque indiscriminadamente con armas a los seres vivos que se encuentra a su paso, acabando brutalmente con sus vidas. El término Amok sería popularizado por los relatos coloniales del escritor inglés Rudyard Kipling.

Sea cual fuese la verdad, que continúa rodeada de sombras, como en tantas otras cosas que atañen al pasado, el caso es que en medio de dicho éxtasis guerrero, cuyo mejor símil actual podía ser la danza guerrera maorí haka, con los afrodisíacos corriendo por su torrente sanguíneo, los Berserker rara vez eran capaces de distinguir al enemigo de los otros guerreros de su propio clan y no era extraño que causasen bajas en sus propias filas. Tal era el estado de irrealidad y furia que les cegaba. A sus enemigos, por lo general campesinos o pescadores de las costas que asolaban, aquellos hombres les parecían bestias sobrehumanas y las leyendas sobre lo que eran capaces de hacer –con poderes sobrenaturales que no eran tal– no tardaron en circular y en convertirse en historias que las gentes no ponían en duda. Así se forjan las leyendas. Aunque algo de miedito sí debían causar…

BREAKING NEWS!

La Editorial Actas ha publicado recientemente un soberbio volumen en cartoné con sobrecubierta de casi 400 páginas: Vikingos. Historia de un pueblo guerrero. Está firmado por la joven investigadora María de la Paloma Chacón Domínguez, egresada en Historia por la Universidad Complutense de Madrid y especializada en Historia militar. Un ensayo en el que, con buen pulso narrativo y lenguaje sencillo la autora nos muestra quiénes eran, de dónde venían y cuáles eran las creencias y costumbres de este pueblo guerrero con orígenes nórdicos que pondrían en jaque durante tres siglos –a partir del año 793, que realizan su primera gran incursión, en la isla inglesa de Lindisfarne– a campesinos, clérigos y reyes de gran parte del Viejo Continente y del Próximo Oriente.

Pueblos (o más bien pueblos, en plural) lleno de claroscuros, salvajes guerreros cuasi demoníacos para unos, fueron sin duda también grandes navegantes (y descubridores), fructíferos granjeros y hábiles artesanos; colonos natos que expandieron las fronteras del mundo conocido más allá del Atlántico varios siglos antes de que lo hiciese Cristóbal Colón, de lo que dan cumplido testimonio yacimientos vikingos como L’Anse aux Meadows, en Canadá. Un viaje trepidante –y voluminoso– al corazón del pueblo guerrero. He aquí la forma de adquirirlo:

La galera de Cervantes en Lepanto

Miguel de Cervantes fue uno de los más ilustres de nuestras letras, y su monumental Quijote en dos partes es considerado por muchos el inicio de la novela moderna. Ahí es nada. Además, fue un valeroso soldado que luchó en la batalla de Lepanto contra los turcos, episodio bélico que él mismo describiría como «la más importante ocasión que vieron los tiempos». ¿Cuál fue su papel en este enfrentamiento en medio del mar que teñiría de sangre las aguas del Mediterráneo?

Óscar Herradón ©

Batalla de Lepanto (Antonio de Brugada, Wikipedia)

Como buen exponente del Siglo de Oro en que le tocó vivir, para Cervantes la profesión de soldado era probablemente aquello de lo que se sintió más orgulloso durante toda su ajetreada vida. Para el escritor, como buen caballero, las armas siempre fueron tan importantes como las letras, quizá más, como se desprende del famoso Discurso de las armas y las letras que recita don Quijote en su obra cumbre, pues sin acción, la teoría, está vacía de contenido:

«…dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados. A esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares de corsarios; y, finalmente, si por ellas no fuese, las repúblicas, los reinos, las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y tierra estarían sujetos al rigor y a la confusión que trae consigo la guerra el tiempo que dura y tiene licencia de usar de sus previlegios y de sus fuerzas. Y es razón averiguada que aquello que más cuesta se estima y debe de estimar en más. Alcanzar alguno a ser eminente en letras le cuesta tiempo, vigilias, hambre, desnudez, váguidos de cabeza, indigestiones de estómago, y otras cosas a éstas adherentes, que, en parte, ya las tengo referidas; mas llegar uno por sus términos a ser buen soldado le cuesta todo lo que al estudiante, en tanto mayor grado que no tiene comparación, porque a cada paso está a pique de perder la vida».

En dicho discurso, de una alta calidad literaria y reveladora elocuencia, Cervantes volverá sobre el recurrente tema de la llamada «Edad de Oro»:

«Bien haya aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención…».

No se trata sin embargo de ningún discurso pacifista, Cervantes lo que hace es reivindicar las antiguas armas de los nobles caballeros –espada, lanza– puras y sin la capacidad de exterminio de las modernas armas de artillería, que el autor aborrece, pues con ellas «no se puede demostrar la verdadera valentía de un guerrero». Hace 400 años el concepto de pacifismo actual –reivindicable y loable, por supuesto– habría sido considerado absurdo, probablemente cobarde.

No olvidemos que el ilustre don Miguel, aun con su evidente modernidad y amplitud de miras, fue un hombre de su tiempo, una época en la que los esquemas mentales de los hombres poco tenían que ver con los de hoy en día, otra de las razones por las que su obra se nos antoja más difícil de interpretar.

El caso es que en Lepanto el autor demostraría el valor de un auténtico héroe. Era el 7 de octubre de 1571 y cuando la flota en la que viajaba, en una galera conocida como La Marquesa, se enfrentó a las embarcaciones turcas, Cervantes se encontraba en el entrepuente que servía de enfermería, acechado por la malaria. La intensa fiebre y los vómitos que padecía no impidieron que ocupara una posición de gran riesgo en la celebérrima batalla, situándose en el esquife de la embarcación, donde corría el peligro de recibir fácilmente un proyectil o un arcabuzazo.

Tras largas horas de cruenta lucha cuerpo a cuerpo, reiterados abordajes y un inmenso océano teñido de sangre –el mismo autor así lo describiría–, la flota española consiguió vencer finalmente al Turco, no sin antes haber sufrido grandes pérdidas tanto uno como otro bando. Nuestro héroe sufrió también graves heridas de las que siempre se sentiría profundamente orgulloso: recibió tres arcabuzazos –sin duda por la posición de riesgo que ocupaba–, dos en el pecho y uno en la mano izquierda que le valdría el sobrenombre de «el manco de Lepanto». El «manco» que escribiría la obra cumbre de las letras hispánicas.

PARA INDAGAR ALGO (MUCHO) MÁS:

Para una visión global de la gran empresa de Lepanto, recientemente, y con motivo del 450 aniversario de tal acontecimiento, la editorial Edaf ha publicado el exhaustivo y apasionante ensayo Gloria imperial. La jornada de Lepanto, firmado por dos grandes conocedores de nuestro pasado, Carlos Canales y Miguel del Rey.

Una visión novedosa de un episodio clave del imperio español. Durante siglos, Lepanto se ha planteado siempre como una lucha religiosa –contra el Infiel–, pero este trabajo muestra también cómo dicha causa (de fe) estaba subordinada al poder y a mayores beneficios comerciales, pues como dice el refrán, no es oro todo lo que reluce, tampoco en las grandes gestas históricas. Al comienzo de la batalla que tiñó de rojo las aguas del Mare Nostrum, el imperio otomano poseía la armada más grande del mundo; cinco horas más tarde había dejado prácticamente de existir, y el enemigo de España perdido toda su hegemonía y poder marítimos. El Turco no estaba acabado tras el lance contra Juan de Austria (enviado por su hermano de padre Felipe II a comandar tal empresa), pero nunca volvería a ser el mismo ni a participar en un combate naval de tal importancia. En sus páginas conoceremos todo tipo de detalles, desde los políticos y económicos a los puramente militares y armamentísticos.

Aquí dejo el enlace para adquirir el libro en la web de la editorial:

https://www.edaf.net/libro/gloria-imperial_119387/

Recientemente, la editorial Almuzara, con una loable dedicación a la divulgación histórica, publicaba Galeras de Guerra. Historia de los grandes combates navales (480 a.C.-1571 d.C.), del autor Víctor Aguilar-Chang. Precisamente, el libro finaliza en el último de los grandes enfrentamientos de este tipo de embarcaciones, el de la Batalla de Lepanto, comandada por don Juan de Austria, hermano por parte paterna del mismísimo Felipe II. Pero este ameno y completo ensayo se encarga de hacer un exhaustivo repaso por los barcos icónicos en las guerras del Mediterráneo durante más de dos milenios, ese Mare Nostrum que vio tanta sangre vertida en sus agitadas aguas; una monografía que llevará al lector a recorrer la evolución de las galeras de guerra, sus tácticas de combate y las estrategias seguidas por sus comandantes a través de tres grandes batallas que dejaron una huella indeleble en el océano: además de Lepanto, la de Salamina (480 a.C.) y la de Ecnomus (256 a.C.) He aquí cómo adquirirlo: