Carlos II de Austria, conspiraciones y hechizos

Carlos II de Austria fue el último de una estirpe grandiosa y a su vez endogámica que rigió los designios del imperio español en su máximo esplendor. Desde que Carlos I llegó al trono, instaurando la dinastía en la Península, España se convirtió en el país más poderoso de su tiempo. Sin embargo, con los llamados «Austrias Menores», Felipe III, Felipe IV y el segundo Carlos, aquel gigante con pies de barro no hizo sino hundirse cada vez más por su propio peso y sus contradicciones.

Óscar Herradón ©

Carlos II de Austria, de evidente belleza.

Luchas por el poder, conjuras y una mala administración de un gigantesco  convirtieron la corte en un lugar complejo, lleno de intereses creados y en el que la magia y la superstición, confundidas con la religiosidad cristiana, cobraron una inusitada fuerza, hasta incluso decidir los designios de la corona.

Desde su infancia Carlos, el último hijo varón de Felipe IV, al que las malas lenguas afirmaban que era fruto «de su última cópula», fue un niño enfermizo y maltrecho, con graves problemas físicos y probablemente mentales fruto de siglos de política endogámica del que se esperaba que no superase la infancia. Contra todo pronóstico lo hizo, y dedicó todas sus fuerzas al ansiado sueño de engendrar un hijo varón que diese continuidad a una dinastía considerada divina.

A pesar de los numerosos brebajes que le administraron todo tipo de médicos –y charlatanes–, galenos y otros que no lo eran, de incluso financiar a alquimistas para que encontrasen un elixir vitae con el que recuperar su delicada salud, y a las numerosas reliquias de las que se rodeó durante toda su vida, el monarca mostraba cada vez signos de mayor debilidad.

Nada más cumplir la mayoría de edad, y ante la extraña actitud que mostraba, su confesor, fray Tomás Carbonell, inquieto, preguntó al monarca si éste se encontraba hechizado, a lo que el rey respondió, según señala el duque de Maura, que lo desconocía. Por aquél entonces planeó por la mente del religioso la idea de someterlo a una sesión de exorcismos, aunque poco después se desechó la idea y el asunto quedó en el olvido. Sin embargo, ya casado por segunda vez –su primera esposa, María Luisa de Orleans, había fallecido prematuramente y se unió a Mariana de Neoburgo–, y ante la evidente incapacidad de Carlos para engendrar un vástago, volvió a surgir el rumor, esta vez con mucha más fuerza, de que había sido hechizado.

María Luisa de Orleans, toda una hermosa princesa.

Los rumores de un posible hechizamiento despertaron por segunda vez cuando Carlos, tras nueve años de matrimonio con María Luisa de Orleáns, no conseguía dar un heredero a la corona; rumores que se incrementaron tras las confidencias de la propia reina, que afirmaba que Carlos no era impotente y, según los galenos de la época, la reina tampoco lo era ni estaba «defectuosamente formada», según el característico lenguaje de aquella época.

Solo podía por tanto atribuirse la esterilidad a una causa ajena a la pareja, a un maleficio que, según las malas lenguas, había sido propiciado por la condesa de Soissons, una agente del rey francés Luis XIV residente en la corte madrileña. Otros afirmaban que tal hechizo había sido obra del emperador Leopoldo –por lo que la trama adquiría de nuevo un evidente carácter político–, quien había mandado administrar un bebedizo esterilizante al monarca; mientras que también fueron sospechosas las criadas francesas de María Luisa de Orleáns, quienes, según la opinión de algunos cortesanos, administraban a la reina filtros y píldoras con efectos abortivos por orden de la misma Corona francesa.

El sastre de la reina

En 1695 y ya fallecida su primera esposa, el tema de los supuestos hechizos volvió a ser la comidilla de la corte cuando el sastre de la reina Mariana de Neoburgo fue procesado como presunto culpable de haber hechizado a los soberanos. En una manga de uno de los trajes que el desdichado hombre había confeccionado para la reina, se hallaron unas bolitas de plomo que servían para que, con el peso, diesen forma adecuada al vestido; sin embargo, y debido a la psicosis que se vivía en palacio, se creyó que dichas bolitas no eran sino amuletos con poderes maléficos que domeñaban la voluntad de la reina. Finalmente el sastre hubo de ser absuelto cuando se demostró la verdadera intencionalidad del plomo, aunque debió de pasar un auténtico infierno durante los tres días que permaneció en los húmedos y tenebrosos calabozos inquisitoriales.

Ante la falta de descendencia con su segunda esposa, el asunto de los hechizos cobraba cada vez más fuerza en palacio. Carlos II no era ajeno a los rumores de un hechizamiento y el hecho de que ni siquiera su segunda esposa, descendiente de un linaje notablemente fecundo, pudiese darle hijos, provocó que el débil soberano considerase la influencia de lo sobrenatural como una causa de gran peso. En medio de tal ambiente de crispación cualquier hecho susceptible de ser interpretado como posible acto de brujería o encantamiento, era considerado como muy relevante. Pronto el extravagante asunto salpicó también a la reina, de la que se decía que había sido también objeto de encantamiento.

A principios de 1698, en las postrimerías del reinado y en plena crispación política por la eterna cuestión de la sucesión, Carlos II sometió el tema de un posible hechizamiento de su persona al inquisidor general, fray Tomás de Rocaberti. Éste planteó la cuestión al Consejo de la Inquisición y, aunque sus miembros se mostraron reticentes a abrir un proceso, Rocaberti contó con el apoyo del confesor real, fray Froilán Díaz, quien también estaba convencido de la influencia del «maligno» sobre el monarca.

Díaz y Rocaberti decidieron pues pasar a la acción, aún sin el beneplácito de la Suprema. El confesor conocía a un afamado exorcista que actuaba en Asturias y que se creía un elegido de Dios para realizar la misión de «extraer demonios» del cuerpo de los inocentes, llamado fray Antonio Álvarez de Argüelles, perteneciente a la Orden de los dominicos y vicario de la iglesia de Cangas de Tineo. Allí al parecer había realizado con éxito varios exorcismos a un grupo de monjas del convento de agustinas recoletas de dicha localidad que, al igual que en el caso de las religiosas de San Plácido, se creían encontrar bajo posesión diabólica.

Fray Froilán Díaz escribió al citado fray Antonio una carta en la que le solicitaba que preguntase a las posesas si el rey y la reina habían sido objeto de un maleficio. No tardó el exorcista asturiano en realizar el ritual solicitado desde la corte y en responder afirmativamente a sus sospechas:

«El rey se halla, en efecto, doblemente ligado por obra maléfica, para engendrar y para gobernar. Se le hechizó cuando tenía catorce años con un chocolate en el que se disolvieron los sesos de un hombre muerto para quitarle la salud y los riñones, para corromperle e impedirle la generación. Los efectos del bebedizo se renuevan por lunas y son mayores durante las nuevas».

Como señala el Duque de Maura en una magnífica monografía –aunque evidentemente nada actualizada– sobre el soberano, se le recomendaron entonces una serie de remedios –al parecer también dictados por los demonios– con los que poder contrarrestar el hechizo, a saber, darle un cuartillo de aceite bendito en ayunas, ungir a su vez el cuerpo y la cabeza con dicho aceite, que realizase paseos frecuentes y se le purgase según lo marcado por los rituales de exorcismo con bendiciones y oraciones, además de separarle de la reina. Aquellas recomendaciones, solo realizadas en parte, no hicieron sino minar aún más la escasa salud del soberano en sus últimos años de vida.

En nuevas sesiones exorcísticas, Argüelles, a través de las religiosas supuestamente endemoniadas, obtuvo más información sobre los hechizos. Al parecer, el bebedizo antes citado se le había suministrado a Carlos II cuando aún vivía el conspirativo don Juan (José) de Austria por una mujer, con el fin de reinar. Según afirmaron los «demonios», la muerte del ambicioso bastardo fue también producto de maleficios, «pero más fuertes, pues le acabaron tan presto».

El asunto se complica

Las cosas comenzaron, sin embargo, a complicarse, cuando el «demonio» que tenía sometido al soberano parece que quería implicar a una serie de personas concretas en esta trama. El entrometido ente maligno parece que se preocupaba en demasía por los asuntos de Estado.

Éste ofrecía información cada vez más detallada sobre el asunto de los hechizos: el 24 de septiembre de 1694 el rey había sido nuevamente hechizado a través de su comida, que había sido mezclada con restos de un cadáver. El asunto se complicó aún más cuando en septiembre de 1699, con el monarca ya moribundo, llegaron a palacio tres mujeres supuestamente endemoniadas que afirmaban dominar la voluntad del rey. Durante el exorcismo al que fueron sometidas el demonio afirmó tajante que habían sido las personas cercanas a la primera esposa de Carlos, María Luisa de Orleans, las causantes del hechizo del monarca.

En algunas ocasiones el demonio, experto en política, se contradecía, llegando a hacer afirmaciones peligrosas, hasta el punto de que también Mariana de Austria, madre del rey, fue «salpicada» por sus declaraciones: al parecer, el hechizo de 1675 había sido suministrado por Fernando de Valenzuela –más conocido como «el duende de Palacio»–, siguiendo órdenes de doña Mariana. Según pudieron extraer en claro los exorcistas de las declaraciones de las posesas, el filtro fue preparado por una bruja de nombre Casilda por encargo del mismo valido. Para preparar dicho filtro la «bruja» se valió, según recoge el historiador José Calvo Poyato, autor de otra documentada biografía de Carlos II, del cadáver de un ajusticiado que ella misma sacó de la Casa de Misericordia tras la ejecución.

Fernando de Valenzuela.

El segundo encantamiento del rey tuvo lugar el 24 de septiembre de 1694, y había sido administrado por «uno que tiene gana y deseo de que venga a España la Flor de Lis y que en lo exterior hace muchas fiestas y cariños al Rey, pero en lo interior lo tiene como el último apóstol». El asunto era demasiado turbio y ponía en una delicada situación a los promotores de la práctica exorcística, pues las respuestas del «ente maligno» eran muy graves para que fueran pasadas por alto. Por aquel entonces, para complicar aún más el asunto, falleció Rocaberti, que fue sustituido por el cardenal de Córdoba, quien también se mostró interesado en los exorcismos.

Entonces sufrieron un giro los acontecimientos cuando, tras la muerte del inquisidor general, Argüelles vio como se alejaban sus pretensiones: la posibilidad de lograr una mitra episcopal tras los servicios prestados a Su Majestad. El «demonio» entonces comenzó a ser evasivo en las respuestas y llegó a afirmar incluso que el rey gozaba ya de buena salud y que únicamente necesitaba un nuevo médico para curarse por completo, que le cambiasen los colchones y que realizara un viaje fuera de los «malos aires» de la capital.

Quizá intuyendo el peligro que se avecinaba, Álvarez de Argüelles dejó sólo al confesor real, quien dio el asunto por clausurado ante el temor de posibles represalias de Mariana de Neoburgo. Pero era ya demasiado tarde; la enérgica reina, a través de un fraile de los Jerónimos famoso en Madrid por su «infinita piedad», puso el caso en conocimiento de la Inquisición –a pesar de que en ningún momento su persona fue implicada en las declaraciones de los «demonios», quizá temerosa de un giro en los acontecimientos que pudiera afectarle–. El Santo Oficio, que a pesar de la participación de su máximo representante, desconocía el asunto, encontró materia suficiente para abrir un proceso a fray Froilán, blanco de las iras de Mariana ante la ausencia de Rocaberti.

Mariana de Neoburgo.

El demonio vuelve a escena

En septiembre de 1699, cuando el asunto de los hechizos del rey parecía que había concluido, llegó a palacio una mujer dando alaridos y profiriendo improperios que pretendía personarse ante el rey, afirmando que estaba endemoniada. La susodicha fue rápidamente apresada por la guardia real pero debido al escándalo Carlos II, que había escuchado los gritos, se presentó ante ella; el rey trató de calmarla mostrándole una reliquia del lignum crucis que llevaba siempre encima, como buen católico que era.

Para exorcizarla se solicitaron los servicios de fray Mauro Tenda, un conocido capuchino y exorcista italiano que llevaba varios meses en la corte española y que conocía el tema de los hechizos regios tras algunos contactos previos que había mantenido con fray Froilán y el fallecido Rocaberti. El duque de Maura señaló que quizá Tenda perteneciera al servicio secreto diplomático del duque de Saboya, que también aspiraba a sentarse en el trono español, algo que no sería de extrañar en una corte tan dada a la conspiración y al secretismo. La trama se enrevesaba hasta límites insospechados y difíciles de diseccionar para el historiador.

Auto de Fe en la Plaza Mayor.

Fray Mauro Tenda afirmó que Carlos II no se encontraba endemoniado, sino tan solo hechizado, por lo que sería más fácil curarle. El maltrecho rey llevaba siempre sobre el pecho un saquito que, al acostarse, situaba debajo de su almohada, y el capuchino, tras examinar su contenido, señaló que el monarca se curaría si lo alejaba de sí. El saquito contenía, según los testigos que pudieron verlo, «todas las cosas que se suelen emplear en los hechizos: cáscaras de huevo, uñas de los pies, cabellos y otras por el estilo».

Tras someter a exorcismo a la desquiciada que había irrumpido en palacio, resultó que ésta era una bruja que vivía en compañía de otras mujeres, también brujas; durante el ritual afirmó que todas ellas tenían controlada la voluntad del rey. Los acontecimientos tomaron un cariz peligroso cuando la «energúmena» afirmó, ante las preguntas del exorcista, que Carlos II había sido hechizado por personas cercanas a su primera mujer, María Luisa de Orleans.

Los rumores se confirmaron cuando desde Austria llegó la noticia de que un «demonio vienés», por boca de un niño endemoniado, habló del hechizamiento del soberano. Este nuevo «invitado» a la trama demoníaco-política afirmó que el hechizo del rey había sido provocado por una bruja, de nombre Isabel, que vivía en la calle de Silva, en Madrid, y que los «instrumentos» maléficos que había utilizado para domeñar al monarca se encontraban en una de las habitaciones del palacio real y en el umbral de la casa que había servido de domicilio a la sospechosa. Los hechos dieron un giro cuando las declaraciones comenzaron a salpicar también a Mariana de Neoburgo y a su camarilla.

Para Jaime Contreras, autor de Carlos II el Hechizado. Poder y melancolía en la corte del último Austria (Temas de Hoy, 2003), la iniciativa de toda esta trama política partió del partido austracista y de la misma Mariana de Neoburgo, con las miras puestas en el trono de España frente a Francia, aunque, ironías del destino, el «demonio» acabó hablando en contra de los intereses de los austriacos, los mismos de los que había partido la idea de invocarle. A día de hoy todavía no está realmente claro de quién partió la iniciativa de generar aquel complot, pues en cierto momento quedó claro que más allá del posible hechizamiento del desdichado Carlos II, lo que interesaba era implicar en la trama a cualquier posible enemigo que pudiera someter la voluntad del monarca quien, ante la falta irreparable de un heredero, debía realizar su testamento y nombrar a un sucesor.

Ante el temor a posibles consecuencias incontrolables, la de Neoburgo decidió cerrar el proceso, colocando a uno de sus partidarios como inquisidor general, tras la extraña muerte de Alonso de Aguilar, que como sabemos había sucedido a Rocaberti, partidario de seguir con los exorcismos y que es posible que fuese envenenado por orden de la conspiradora y manipuladora reina, algo que quizá nunca sabremos.

Fray Froilán Díaz y fray Mauro Tenda fueron objeto de su ira y quienes pagaron por todo lo ocurrido. Díaz, contra el que estaba a punto de abrirse el proceso inquisitorial antes citado, logró huir a Roma, aunque fue detenido por el embajador español ante la Santa Sede, el duque de Uceda, quien lo devolvió a España. Fray Froilán fue declarado reo de fe y encerrado en las sombrías cárceles del Santo Oficio; su proceso se alargó hasta el reinado del borbón Felipe V, quien presionó para que fuese absuelto. Por su parte, a Tenda se le abrió también un proceso inquisitorial a principios de 1700, aunque logró salir absuelto pese a las presiones de Mariana de Neoburgo.

Quien salió peor parado de todo aquel embrollo no fue otro que el mismo Carlos II, quien llegó a creer firmemente que había sido hechizado y que su voluntad estaba sometida a las fuerzas malignas. Sus últimos meses de vida los pasos aquél pobre desdichado, víctima de su nefasto destino y de las circunstancias, desolado por no haber cumplido con los verdaderos deberes de un rey «elegido por la Providencia para dirimir los asuntos de España».

Aquel teatro del absurdo en el que vivía la corte española durante la última década del siglo XVII, fue el escenario final en el que se movieron los Austrias, el ocaso de una de las dinastías «sagradas» más prósperas y poderosas que había dado la Historia de España. Los graves problemas físicos de Carlos II y sus terribles cargos de conciencia hicieron que fuera el más interesado en proseguir con los exorcismos. No pudo ver, sin embargo, cumplidos sus deseos, y moría, rodeado de la fastuosidad característica de los funerales regios, el 1 de noviembre de 1700. El trono español esperaba, tras una cruenta guerra civil, al primero de los Borbones hispanos: Felipe V, hoy tan odiado por los catalanes independentistas, así como su estirpe de origen galo.  

PARA SABER MÁS:

–CALVO POYATO, José: Carlos II el Hechizado. Planeta, 1998.

–CONTRERAS, Jaime:, Carlos II el Hechizado. Poder y melancolía en la corte del último Austria. Temas de Hoy, 2003.

–HERRADÓN AMEAL, Óscar: Historia oculta de los reyes. Magia, herejía y superstición en la corte. Espejo de Tinta 2007.

–MAURA GAMAZO, Gabriel: Carlos II y su corte. Ensayo de reconstrucción biográfica. Boletín Oficial del Estado Publicaciones 2018.

–RUIZ RODRÍGUEZ, Ignacio: Fernando de Valenzuela. Orígenes, ascenso y caída de un Duende de la corte del rey hechizado. Editorial Dykinson. Universidad Rey Juan Carlos, 2008.

En un aspecto totalmente ajeno a esta entrada, en el campo puramente estratégico y militar, quiero destacar una joya bibliográfica que acaba de editar Desperta Ferro y que ofrece una visión única y poco conocida del reinado del último Austria hispano: Los últimos Tercios. El ejército de Carlos II, de uno de los mayores expertos en los ejércitos imperiales, el profesor de historia moderna en la Univesidad de Pavía David Maffi. Y es que a pesar de reinar sobre un imperio presto a desaparecer, la monarquía hispánica era aún bajo su cetro una de las más importantes de todo Occidente, y sus despliegues militares, impresionantes, todavía obtuvieron, en medio de numerosos fracasos, algunos sonados éxitos que podemos descubrir en las páginas de este riguroso ensayo.

Carlos V contra el Papa (El Saco de Roma)

En 1527 tuvo lugar el saqueo de Roma, centro de la cristiandad, por las tropas imperiales al servicio de Carlos V. Aquel fatídico episodio cargado de violencia y crueldad, aún rodeado de múltiples sombras, durante el cual la vida del mismo Papa estuvo en peligro, marcaría el principio del fin del Renacimiento romano y significaría un antes y un después en el complejo juego de alianzas y fuerzas de su tiempo.

Óscar Herradón ©

En la segunda década del siglo XVI, España y Francia, las dos grandes potencias del momento, se hallaban enfrentadas por la hegemonía europea. Tras la aplastante derrota en Pavía el 24 de febrero de 1525 de los ejércitos del rey francés Francisco I, y su posterior encierro en España, tanto Italia como Inglaterra veían con temor la supremacía de Carlos V, vencedor en la batalla, y la expansión imparable de su imperio.

Una vez liberado de su prisión tras firmar el Tratado de Madrid –cuyos compromisos nunca se avendría a cumplir–, era cuestión de tiempo que el monarca galo sellara un pacto con otras potencias para acorralar a su principal enemigo en el complejo escenario de su tiempo. La Europa de principios del siglo XVI era un polvorín a punto de estallar. A los problemas políticos, económicos y militares que asolaban el Viejo Continente se sumaba la profunda confrontación religiosa surgida con la Reforma de Lutero, que proclamaba desde Alemania la corrupción de Roma y la desobediencia al poder papal utilizando como poderosa arma de propaganda la imprenta y el nacimiento de la primera prensa de masas.

Con esta compleja amalgama de poderes, abatiéndose implacables, como una sombra, sobre la Santa Sede, el pontífice, Clemente VII –de verdadero nombre Julio de Médicis–, dejó claras sus pretensiones de seguir manteniendo el poder espiritual y temporal de la Cristiandad (de nuevo se convertía en tema de debate el delicado asunto de las Dos Espadas) en un breve publicado el 23 de junio de 1526, donde, en un claro desafío al poder de Carlos de Austria, recordaba los derechos indiscutibles e inviolables del Papado.

La respuesta llegaría el 17 de septiembre, bajo el título de Memorial de Granada, donde el emperador, a través de su secretario Alfonso de Valdés, hábil propagandista de la política imperial, insistía en que el lenguaje del pontífice «no era cristiano» y que debía ser corregido por el emperador y reformado en un concilio que, de celebrarse, supondría la destitución del Papa, con el consecuente vendaval en todo el orbe católico. El terreno estaba abonado para que se produjera el tristemente célebre saqueo o «Sacco» de Roma, y aún echaba más leña al fuego el hecho de que muchos oficiales al servicio del emperador eran luteranos y creían ver en el Papa al anticristo, como proclamaban Lutero y los reformistas, y equiparaban la Ciudad Eterna con la antigua Babilonia, cuna de depravación, pecado y prostitución.

La Liga de Cognac

Tras la liberación de Francisco I, no tardarían en llegar a la corte francesa delegados pontificios y venecianos que, si bien oficialmente acudían a felicitar al monarca por su regreso sano y salvo, pretendían negociar una alianza que sirviese como contrapeso a la excesiva fuerza que Carlos de España había adquirido en Italia, lo que preocupaba sobremanera a la Curia.

El resultado fue la formación de la llamada liga de Cognac o clementina el 22 de mayo de 1526, que pretendía la expulsión de los ejércitos imperiales del norte de Italia y la devolución del ducado de Milán a Francisco Sforza. Francia por su parte obtenía, como pago por su colaboración, la soberanía sobre Génova y Asti y le exigía a Carlos V el cumplimiento de estas decisiones y la liberación de los hijos de Francisco I, retenidos en Madrid, mediante su correspondiente rescate monetario. De no aceptar el acuerdo, se le declararía la guerra y se le despojaba del reino de Nápoles.

Guerra de la Liga de Cognac

El pontífice había hecho oídos sordos a los llamamientos pacíficos del emperador que desde España le trasladaba el nuncio Baltasar de Castiglione (el célebre autor de El Cortesano), lo que a la larga sería nefasto para su política. El acuerdo entre el Papa y los franceses resultó escandaloso para el Carlos V y sus ministros, que no estaban dispuestos a tolerar aquel desafío del príncipe de la Iglesia, quien precisamente debía clamar por la paz entre las potencias cristianas.

Carlos V ordenó a Hugo de Moncada, enviado especial a Roma, presentarse ante Clemente VII para que se aviniese a tomar el camino de la paz y el sentido común; en caso contrario, tenía órdenes expresas de apoyar al cardenal Colonna, enemigo acérrimo del pontífice, que llegó a proponer al emperador una alianza para expulsarlo de la silla de Pedro. Pero un rey de la piedad de Carlos de Austria no estaba dispuesto a tomar una decisión tan drástica. Pesaroso, se quejaba a sus íntimos de que aquella situación beneficiaba a los enemigos de la cristiandad, los turcos, que avanzaban imparables por el Mediterráneo y ya penetraban en Hungría por el continente.

Hugo de Moncada

Los coaligados no se echaron atrás y la consecuencia fue el estallido de una guerra que tuvo como escenario principal Italia. Tras varias luchas en el norte que favorecieron a los ejércitos imperiales frente a las tropas aliadas, Hugo de Moncada realizó su labor diplomática de acercamiento a los Colonna (ambas partes, la española y la pontificia, recurrieron a todo tipo de argucias, estratagemas y engaños para inclinar la balanza a su favor). Clemente VII, dejando a un lado la excesiva prudencia que le caracterizaba, creyó las palabras del diplomático español, firmó con los Colonna una tregua y licenció, debido a la falta de dinero, a la mayoría de los mercenarios a su servicio. Pero el pontífice, como buen príncipe maquiavélico del Renacimiento, volvió a dar la espalda a las negociaciones y ofreció a Francisco I el Molanesado a cambio de su intervención en Italia.

Así se produjo el que ha sido llamado el «primer Saco de Roma» de aquel tiempo, cuando los imperiales lograron apoderarse de varias puertas de la Ciudad Eterna, poniendo al Pontífice en una delicada situación y llegando incluso a saquear la basílica de San Pedro. Refugiado en el castillo de Sant’ Angelo, Clemente VII hubo de negociar con Moncada una tregua de cuatro meses. Lo peor, sin embargo, para el centro de la cristiandad, estaba por llegar.

El Sacco di Roma

Faltando de nuevo a su palabra, el pontífice, creyéndose a salvo, recurrió de nuevo a Francisco I y encargó a Juan de Médicis que reuniera el mayor número de tropas posibles. Fortificada Roma, quiso castigar a los Colonna y los soldados del Papa protagonizaron escenas de pillaje y muerte que serían el siniestro preludio de las que sufrirían poco después los ciudadanos romanos a manos de los imperiales.

Fernando I

A pesar de los intentos de acercamiento entre Carlos V y el Papa, que los hubo, la traición de este último y los sucesos posteriores terminaron por dinamitar un posible entendimiento. A principios de noviembre de 1526, a pesar de avanzado el invierno, se reunieron al Sur del Tirol más de 10.000 lansquenetes alemanes, todos ellos protestantes –con sus vestidos abombados y de colores similares a los de la guardia suiza- que, dirigidos por Jorge Frundsberg a instancias de Fernando de Austria, hermano del césar Carlos, tomaron el camino hacia Lombardía.

Pero había dos grupos más que formaban el heteróclito ejército imperial y que se hallaban en constante pugna: el segundo grupo estaba formado por entre cinco y seis mil hombres que conformaban los tercios españoles, quienes habían llegado vía Génova, y un tercer grupo de irregulares italianos, muchos de ellos mercenarios y aventureros que se unieron a las tropas anhelando un suculento botín y que serían los más importantes instigadores del saqueo final. El grueso de este ejército servía bajo las órdenes del intrépido Carlos III de Borbón y Montpensier, más conocido como condestable de Borbón, comandante en jefe de los ejércitos de Francisco I que había cambiado de bando tras enemistarse con su señor por un delicado problema de confiscación de tierras.

Carlos de Montpensier

El único general capaz de dirigir con eficacia las tropas pontificias era Giovanni delle Bande Nere, un joven oficial de 28 años, sobrino de Clemente VII, que había sido herido de muerte en noviembre de 1526 en los primeros enfrentamientos en el norte de Italia; en un principio los coaligados, comandados por el duque de Urbino, lograron varias victorias sobre los imperiales, inferiores en número, pero finalmente lograrían imponerse, cruzar los pasos de los Alpes y franquear el Po. En medio de las escaramuzas perdería la vida Juan de Médicis, capitán de las célebres “Bandas Negras”.

Ya en el norte de Italia, según el genial historiador Manuel Fernández Álvarez, se pueden calcular en unos 25.000 el número de soldados que se pusieron en marcha aquel invierno para invadir los Estados Pontificios. El príncipe de Orange iba al frente de la caballería ligera y Fernando Gonzaga lideraba a los contingentes italianos; todos obedecían al condestable de Borbón.

Viendo acercarse el peligro, Clemente VII negoció con el antiguo virrey de Nápoles, Lannoy, que acaudillaba a parte del ejército imperial, quien llegó a Roma el 25 de marzo de 1527 en medio de una lluvia torrencial que muchos consideraron de mal augurio. Debido a esa tregua, el pontífice, confiado –lo que muchos historiadores consideran uno de sus mayores errores–, licenció a sus mercenarios, que apenas unas semanas antes habían defendido con éxito varias plazas fuertes y mantuvo alejado al ejército imperial a cambio de una fuerte indemnización.

Sin embargo, el condestable de Borbón no tenía forma de pagar las soldadas a los miles de oficiales que se concentraban al norte de la península itálica. El desánimo comenzaba a hacerse notar entre las tropas, acampadas desde principios de marzo en las cercanías de Bolonia, casi sin víveres, expuestas a las inclemencias del invierno alpino. Ludwig Pastor señala que «Hacía cuatro meses que venían sufriendo con paciencia la pobreza, el hambre (…). Las nieves y lluvias en gran cantidad habían convertido la región casi en un pantano, y los soldados acampaban allí, más cubiertos por vestidos calados por el agua, en parte sin calzado y todos sin salario ni mantenimientos suficientes».

Carlos de Borbón prometió un suculento botín una vez penetrasen en Roma, única forma de mantener a sus soldados controlados. Cuando llegó el rumor de que a sus espaldas los diplomáticos negociaban una tregua, la soldadesca se sintió engañada y se produjo un verdadero motín. La propia tienda del duque de Borbón fue saqueada y los lansquenetes amenazaron a Frundsberg, que les había exigido disciplina. Aquella situación descontrolada produjo tal impresión al capitán alemán que a los pocos días murió.

Castel Sant’Angelo

El condestable, viéndose entre las cuerdas, rechazó la tregua de Lannoy con el Papa y exigió al pontífice primero 240.000 ducados y más tarde 300.000 a cambio de la retirada de sus tropas. Finalmente, y sin llegar a un acuerdo, cruzó los Apeninos y se presentó a las puertas de la Ciudad Eterna. El domingo 5 de mayo los soldados tomaron posiciones alrededor del Borgo. A la vista del ejército enemigo, Clemente VII se había mostrado exultante, convencido de una victoria segura. No sabía lo que le esperaba.

Días atrás, ante las noticias del avance, el Papa había mandado alistar al mayor número de tropas posibles, ordenó reparar las defensas y organizar milicias ciudadanas. Sin embargo, las tropas pontificias no pasarían los 5.000 milicianos al mando de Renzo da Ceri y Guido Rangoni, uno de los capitanes de la Liga de Cognac que había sido enviado en auxilio del Vaticano, y la guardia suiza al servicio de Clemente VII. Las defensas principales se situaron en el interior del citado Sant’ Angelo, que se erigía orgulloso sobre el Borgo.

Pero la población romana no estaba preparada para reaccionar con presteza; además, un gran número de romanos deseaba la llegada del ejército imperial, unos debido a su hostilidad hacia el pontífice, que había subido recientemente los impuestos, otros porque eran aliados de los Colonna, quienes habían convertido en su cuartel general las termas de Diocleciano y el palacio de los Santos Apóstoles. A pesar de que la ciudad contaba con buenas murallas y defensas de siglos anteriores, la estrategia de defensa italiana fracasó.

La mañana del lunes día 6 supuso otro golpe de suerte para los imperiales, pues el Tíber amaneció cubierto por una espesa niebla, lo que dificultaba la visibilidad a las defensas papales. Los escopeteros estaban situados sobre los muros del castillo de Sant’ Angelo al mando de Benvenuto Cellini, el célebre escultor, que sería uno de los protagonistas indiscutibles del histórico episodio.

Carlos I de España y V de Alemania

Mientras corría de boca en boca la noticia del asedio, el pánico se apoderó de las gentes, que ponían a buen recaudo sus riquezas y alhajas; otros habían desobedecido las órdenes de Clemente VII y en lugar de alistarse a las milicias huían como podían de la ciudad, aterrorizados. Falto como estaba de artillería, el duque de Borbón decidió lanzar el ataque desde varios frentes: los españoles se dirigieron a la puerta Torrione y los lansquenetes lanzaban su ataque por la del Santo Spirito.

Fatídicamente, el condestable fue herido de muerte al lado de la puerta Torrione en una segunda embestida, tras haber fracasado la primera. El mismo escultor Benvenuto Cellini se atribuiría más tarde la autoría del disparo de arcabuz que acabó con la vida del comandante de los ejércitos imperiales, cosa poco probable. Así caía el verdadero artífice del Saco –saqueo– de Roma, voz española de «Sacco di Roma»; todavía en el siglo XIX se asustaba a los niños romanos con el «coco Barbone», el malvado duque de Borbón. Juan de Urbina le sustituiría al frente de las tropas, cada vez más descontroladas, mostrando gran animosidad en la batalla –más tarde sería uno de los más implacables durante el saqueo-.

Pillaje, crimen, sacrilegio

En poco tiempo, las tropas comandadas por Urbina, que al contrario de lo que podría creerse, se habían envalentonado con la muerte de su líder, se hicieron con el Borgo y apenas Clemente VII tuvo tiempo de refugiarse en Sant’Angelo, junto a algunos de sus cardenales y lo más granado de sus tropas, encargadas de proteger los angostos muros de la fortaleza –cuando cayeron los rastrillos, cuenta André Chastel que había cerca de 3.000 personas en su interior–.

Asedio al castillo de Sant’Angelo en 1527

Cuando los imperiales tomaron los puentes del Tíber comenzó verdaderamente el Sacco. Durante ocho días se sucedieron los incendios, los pillajes, las matanzas y las violaciones –sin duda exageradas después por los cronistas–, a manos de una tropa enfervorecida y ávida de botín.  Roma se enfrentaba a sus horas más terribles, ni siquiera lejanamente comparables a los destrozos causados en otras invasiones, como la de los godos de Alarico siglos atrás o la promovida poco antes por los Colonna.

Los españoles ocuparon la plaza Navona, los lansquenetes Campo dei Fiori y el destacamento italiano se posicionó a los pies de Sant’ Angelo. Al no haber un líder claro entre las tropas por la muerte de Borbón, el pillaje fue sin duda mucho mayor, llegando a saquear hasta en dos ocasiones a la misma víctima. Los secuestros y rescates fueron tan habituales que el trasiego de oro, riqueza y obras de arte era apabullante. La primera consecuencia fuera de Roma de la noticia del saqueo fue la revolución de Florencia, donde se despertó un violento movimiento que rechazaba la autoridad de los Médicis –familia a la que, no lo olvidemos, pertenecía el pontífice–.

Una cantidad inconmensurable de obras de arte, monumentos, reliquias y documentos de la Curia fue destruida. Casas quemadas, conventos, iglesias…Los armarios de marquetería que cubrían los muros de la Segnatura, obra de Giovanni da Verona y de Gian Basili, desaparecieron; se quemaron puertas y ventanas, plintos de madera que, junto a obras de arte, servirían para alimentar el fuego que calentaría a las tropas. Las vidrieras del Vaticano, obra del francés Guillaume de Marcillat, fueron destruidas y las ventanas hechas añicos para fabricar con el plomo balas de arcabuz.

Es imposible cuantificar los daños. Muchos lansquenetes dieron rienda suelta a su pasión iconoclasta mancillando y destruyendo las imágenes sacras y también muchos de los monumentos de la Roma clásica, que para ellos simbolizaban nada menos que el «paganismo» de la Curia. Babilonia-Roma, cual señal del Cielo, estaba siendo, a sus ojos, destruida.

Existe una gran controversia entre los historiadores sobre el verdadero papel que desempeñó Carlos V en el incidente. Algunos autores, principalmente de la esfera francesa e italiana, le hicieron culpable del saqueo; otros, benévolos en exceso, le eximen de cualquier responsabilidad en el mismo, y ponen como excusa el hecho de que el emperador, cuando tuvo noticia de los hechos, vistiera luto durante bastantes tiempo en recuerdo de las víctimas.

Lo cierto es que la respuesta de Carlos fue ambigua; tardíamente impresionado por el desastre, en un primer momento pareció denunciarlo pero poco después acabó por ver en la victoria contra Clemente VII la mano de Dios, lo que no era de extraer teniendo en cuenta su visión providencialista de la historia. Lo cierto es que todo apunta a que la verdadera razón del asalto descansaba en el descontrol de un ejército mercenario al que se debían meses de soldada, pero aquella «victoria», que tendría nefastas consecuencias para todo el orbe cristiano, se vio después como una gran victoria del Sacro Imperio sobre la autoridad del Papado, lo que indica cierta permisibilidad o quizá un plan preconcebido del césar Carlos. No obstante, el saqueo conmocionó a la opinión pública de toda Europa, que veía aquellos hechos como una especie de Apocalipsis.

Aunque los lansquenetes luteranos pedían la destitución del pontífice acorralado, Carlos V no se atrevió a dar ese delicado paso. Era peligroso, en el momento en el que Lutero «el hereje» atraía toda la atención en Alemania y los turcos amenazaban por el Mediterráneo, declarar que el Papa de Roma alteraba el orden de la cristiandad. Situación harto compleja y de difícil resolución que ha hecho correr ríos de tinta desde entonces.

Mientras tanto, el 5 de junio se lograba un acuerdo entre Clemente VII y los capitanes imperiales: el pontífice y trece de sus cardenales permanecerían en el castillo de Sant’Angelo, donde penetraría una guarnición imperial hasta que las plazas fuertes del Estado pontificio se rindieran y se pagaran las oportunas indemnizaciones (la increíble cantidad de 70.000 ducados de oro). El resto se convertían en rehenes de los imperiales. El 6 de junio el Papa se rindió y se comprometió a pagar un rescate de 400.000 ducados a cambio de su vida y de la cesión al Sacro Imperio Romano Germánico de Parma, Piacenza, Civitavecchia y Módena.

El final de una catástrofe para Occidente

El verano fue terrible, la ciudad no tenía prácticamente víveres, sus habitantes, retenidos por la fuerza, eran utilizados como criados. Todo el mundo debía pagar tributos a cada contingente. Se utilizaban los llamados tributos –taglie– para obtener importantes sumas y riquezas acordes al rango de cada ciudadano, por medio de amenazas y el uso de la violencia.

En la Ciudad Eterna, donde causaba estragos la endémica malaria, poco después se desató una epidemia de peste, a causa al parecer de la destrucción de las fuentes, que causó numerosas bajas entre los soldados imperiales, cargados de oro pero sin nada que llevarse a la boca. Uno de los capitanes imperiales dejó escrito el siguiente testimonio, un documento de gran valor que muestra como pocos la brutalidad del asalto:

«El 6 de mayo tomamos Roma por asalto, matamos a 6.000 hombres, saqueamos las casas, nos llevamos lo que encontramos en las iglesias y demás lugares, y finalmente prendimos fuego a buena parte de la ciudad (…)». Según el mismo testigo, dos meses después del asalto murieron 5.000 imperiales debido a la citada peste, “pues no se enterraban los cadáveres”. En julio evacuaron la ciudad debido a la epidemia, dejando atrás un paisaje desolador, pero en septiembre los imperiales regresaron de nuevo y tuvo lugar por segunda vez un saqueo de la ciudad, en medio de un clima de tremenda anarquía, según el historiador del arte francés André Chastel, «con el ir y venir de grupos rivales, deserciones, desórdenes y tráfico de personas».

Las tropas no abandonarían por completo Roma hasta febrero de 1528, tras varios meses sembrando el terror entre las gentes, en el que fuera el mayor ataque contra el centro espiritual de la cristiandad, luego de que el Papa hubiese logrado huir a la ciudad fortificada de Orvieto y adquirido allí cierta apariencia de autoridad. Nunca la tiara y la espada de la misma confesión religiosa habían librado una lucha de esas características.

Para saber más: la joya bibliográfica Memorias del Saco de Roma, de Antonio Rodríguez Villa, recuperada por la Editorial Almuzara en 2011.

Los secretos de la Operación Carne Picada

Una de las operaciones secretas más extrañas y decisivas de la Segunda Guerra Mundial, orquestada por el MI5, tuvo a la «neutral» España como eje para su consecución. El protagonista involuntario de esta singular historia fue el cadáver de un mendigo inglés al que se haría pasar por un alto oficial de la marina británica, y cuyo cuerpo, vestido con uniforme y portando valiosos documentos, fue arrojado frente a las costas de Huelva. Esta es la historia de la conocida como «Operación Carne Picada».

Por Óscar Herradón ©

Conferencia de Casablanca. 1943

La Segunda Guerra Mundial no sólo se libró en los frentes de batalla. Para su desenlace también fue decisivo el papel de los servicios de Inteligencia de cada contendiente y las operaciones orquestadas entre bambalinas por los mejores espías de aquel tiempo. Ya lo hemos señalado en varias ocasiones. Sus actos fueron tanto o más valiosos que los llevados a cabo por las unidades militares en batallas que han pasado a la historia por ser una verdadera masacre que regó los campos de Europa de rojo sangre.

Precisamente, las operaciones de engaño y desinformación fueron vitales en el éxito de futuras invasiones. La que nos ocupa fue una operación de alto secreto cuyo éxito permitiría un avance importantísimo para la victoria aliada en el Viejo Continente. Pero vayamos al comienzo de esta historia llena de interrogantes.

El origen de uno de los más brillantes señuelos del espionaje británico lo encontramos en la Conferencia de Casablanca –celebrada entre el 14 y el 24 de enero de 1943–, cuando se decide que la invasión de Europa a través de las islas del Mediterráneo (la que sería conocida con el nombre en clave de Operación Husky), tendría lugar en el mes de julio de ese mismo año. Así lo decidieron los mandatarios reunidos en el marroquí Hotel Anfa: Franklin Delano Roosevelt, Winston Churchill, Charles de Gaulle y el general galo Henri Giraud. Un movimiento minuciosamente estudiado para asestar un golpe mortal a los ejércitos de Hitler.

El canciller alemán, y su Alto Estado Mayor –el OKW–, eran conscientes de la inminencia de un desembarco en el Viejo Continente, sin embargo, la topografía del terreno favorecería a los defensores, por lo que ingleses, franceses y norteamericanos debían mantener en secreto el lugar exacto del mismo, dando forma a un elaborado plan de engaño que desde el principio se topó con no pocas dificultades y sí mucho escepticismo.

Tras la derrota de los ejércitos de Erwin Rommel, el Zorro del Desierto, y finalizada con éxito la campaña del norte de África, la llamada Operación Torch (Antorcha), Sicilia se había convertido en un lugar estratégico fundamental, pues era el punto más indicado para iniciar una invasión del Sur de Italia y de allí del continente, hacia el centro de la Europa ocupada por los nazis. Esto también lo sabían los ejércitos del Eje, por lo que dotaciones alemanas e italianas permanecían en constante alerta. En la isla, la Luftwaffe de Göering tenía allí una de sus principales bases, desde las que hostigaban las posiciones enemigas en Malta.

Existía también la posibilidad, aunque menor, de que el desembarco aliado se realizara en otro lugar y precisamente esa sería el objetivo de los servicios secretos ingleses: desviar la atención de los alemanes de Sicilia a otros supuestos puntos de acceso. La idea era hacer creer a Hitler y al Abwehr, el servicio de espionaje alemán comandado por el almirante Canaris, que las primeras incursiones que darían paso a la invasión se producirían simultáneamente por Grecia y Cerdeña, en ningún caso por Sicilia, que, tratándose del lugar exacto, serviría para fingir una maniobra de distracción. Ello, a pesar de que a comienzos de febrero un informe de los servicios de Inteligencia alemanes redactado para el Oberkommando der Wehrmacht (OKW), el Alto Estado Mayor del Ejército, indicaba en relación a las intenciones aliadas que «Sicilia se presenta automáticamente como el primer objetivo».

Era necesario, pues, que la operación de engaño hiciera cambiar a Hitler de opinión en dos direcciones diferentes: reducir sus temores acerca de Sicilia y aumentar su preocupación por Cerdeña, Grecia y los Balcanes.

Gestando un plan perfecto

Serían dos oficiales ingleses los encargados de dar forma a la que acabaría siendo conocida con el nombre en clave algo escatológico de Operación Carne Picada o Picadillo (Mincemeat Operation). Se trataba del capitán de la RAF (Fuerza Aérea Británica) Sir Charles Cholmondeley, que trabajaba en la sección B1A del MI5, y del capitán de corbeta Ewen Montagu, que pertenecía entonces a la División de Inteligencia Naval del Almirantazgo, y para el ultrasecreto Comité XX (también conocido como “Doble Cruz” –Double Cross–).

Ewen Montagu

Este último daría a conocer dicha operación a la opinión pública en 1953 en un libro que tituló El hombre que nunca existió –que se convertiría en película homónima en 1956–, pero en virtud del Acta de Secretos Oficiales y el hecho de que los servicios secretos de su país se hallaran en plena Guerra Fría, Montagu hubo de omitir no pocos detalles, cambiando a su vez fechas y nombres de los personajes involucrados en una trama digna de la mejor novela negra, y es que, como enseguida podrá comprobar el lector, precisamente en algo similar podemos rastrear su origen. De hecho, había sido el propio Comité Conjunto de Inteligencia británico quien encargó al oficial escribir el libro, ante el riesgo de que apareciesen en la prensa informaciones fuera de control.

En 2010 sería el periodista británico del diario The Times, Ben Macintyre, autor de reveladores libros sobre operaciones secretas en tiempos bélicos, quien arrojaría luz definitiva sobre uno de los episodios más singulares de la Segunda Guerra Mundial. Es el propio autor quien señala que la idea original surgió de la imaginativa mente del escritor Ian Fleming, creador de James Bond y quien mucho sabía de espionaje, pues trabajaba entonces, como Montagu, para la Oficina de Inteligencia Naval británica. Al parecer, se inspiro en la trama de una novela de detectives publicada en la década de los 30, escrita por Basil Thomson, a su vez también oficial de Inteligencia y policía que en sus ratos libres se dedicaba a escribir y que falleció tiempo antes de dar luz verde al proyecto, en 1939.

La idea, retomada por Cholmondeley, consistía en enviar información falsa a los alemanes a través de un oficial muerto en combate, o como finalmente se decidiría, fallecido durante un accidente aéreo mientras transportaba información vital a los altos mandos aliados en el norte de África.

Cholmondeley, cerebro de la operación con Montagu.

Una operación similar había sido llevada a cabo en 1942, en la batalla de Alam Halfa, según cuenta Milagros Soler siguiendo el trabajo del británico: un cadáver se había abandonado en un coche que explotó –o eso se hizo creer– cuando atravesaba un campo de minas. Dicho cuerpo llevaba consigo un mapa falsificado de otros supuestos campos minados. El plano se le entregó de forma inmediata a Rommel, que parecer ser mordió el anzuelo y sus temibles panzers, los camuflados y letales carros de combate alemanes, quedaros atrapados en las abrasadoras arenas del desierto.

«Carne Picada» era mucho más ambiciosa y comportaba mayores riesgos. Los aliados sabían que de ser hallado el cadáver, éste sería sometido a una minuciosa autopsia y los documentos que portaba, bajo el marchamo de “Alto Secreto”, sometidos a un meticuloso análisis para detectar cualquier fraude, por pequeño que fuera. De fracasar la operación, los alemanes sabrían que se hallaban ante un engaño y no les sería difícil prever el verdadero punto de la invasión. Algo muy parecido sucedería un año después, en el marco del Día-D, el espectacular desembarco de Normandía que ahora no nos ocupa.

El plan orquestado por Ewen Montagu consistía en hacer llegar hasta las costas de Huelva el cuerpo sin vida de un alto oficial de la Marina que había muerto ahogado al estrellarse su avión. Y es aquí donde entra en liza nuestro país. El MI5 decidió escoger las costas onubenses por varias razones: entre otras, las corrientes de la zona, que podían trasladar el cuerpo sin demasiadas dificultades hacia la costa. Además, Huelva quedaba de paso en la ruta aérea entre Londres y el cuartel general aliado en Argel, dando consistencia a la hipótesis de un supuesto accidente. Otra de las razones esgrimidas era que, a pesar de ser oficialmente neutral, como ya hemos visto en artículos anteriores, nuestro país era campo abonado para las maniobras de los nazis, pues todo el mundo sabía que el general Franco daba cobertura a los servicios secretos de Hitler.

La última y más importante razón, quizá, era que precisamente en Huelva operaba uno de los más eficientes espías del Abwehr en el sur de Europa, Adolf Clauss, cuyo padre ejercía como cónsul en la región y, por tanto, mantenía importantes contactos con los altos mandos del gobierno franquista, que no le hacían ascos a la esvástica. Hacia 1920 ya se había convertido en el principal agente del servicio de Inteligencia del ejército alemán en Huelva, donde en teoría trabajaba como técnico agrícola –se había formado en Alemania como arquitecto e ingeniero industrial hasta que estalló la Gran Guerra–. Bajo esta falsa apariencia, y desde su residencia en La Rabita, llegaría a organizar sabotajes de los barcos ingleses.

Durante la década de los 30, se casó con la hja de un importante oficial del ejercito español, lo que permitió a Clauss introducirse en Falange. Cuando estalló la Guerra Civil, se alistó inmediatamente como capitán en la Legión Cóndor, la unidad de voluntarios alemanes que combatió por el bando franquista. Para 1943, cuando se desarrollan los hechos que venimos narrando, el agente dirigía la red de espionaje más grande y eficaz de la costa española. Situada entre la frontera portuguesa y Gibraltar, Huelva adquirió una importancia estratégica clave durante el conflicto.

La última y más importante razón, quizá, era que precisamente en Huelva operaba uno de los más eficientes espías del Abwehr en el sur de Europa, Adolf Clauss, cuyo padre ejercía como cónsul en la región y, por tanto, mantenía importantes contactos con los altos mandos del gobierno franquista, que no le hacían ascos a la esvástica. Hacia 1920 ya se había convertido en el principal agente del servicio de Inteligencia del ejército alemán en Huelva, donde en teoría trabajaba como técnico agrícola –se había formado en Alemania como arquitecto e ingeniero industrial hasta que estalló la Gran Guerra–. Bajo esta falsa apariencia, y desde su residencia en La Rabita, llegaría a organizar sabotajes de los barcos ingleses.

Durante la década de los 30, se casó con la hja de un importante oficial del ejercito español, lo que permitió a Clauss introducirse en Falange. Cuando estalló la Guerra Civil, se alistó inmediatamente como capitán en la Legión Cóndor, la unidad de voluntarios alemanes que combatió por el bando franquista. Para 1943, cuando se desarrollan los hechos que venimos narrando, el agente dirigía la red de espionaje más grande y eficaz de la costa española. Situada entre la frontera portuguesa y Gibraltar, Huelva adquirió una importancia estratégica clave durante el conflicto.

Era vital que una vez se descubriera el cadáver, los documentos que éste portaba no fueran directamente enviados a la embajada británica, como requería el procedimiento oficial en un país neutral, sino inspeccionados primero por los hombres del Abwehr antes de ser devueltos a sus dueños. Existía la posibilidad de que el cadáver fuese enviado de forma casi inmediata a Gibraltar, colonia británica, para rendirle honores y darle sepultura, pero entonces la misión fracasaría, así que se puso en alerta a varios altos cargos ingleses tanto de Huelva como del Peñón.

Un cadáver sin identidad

Líneas más adelante recogeré cómo se las ingeniaron los agentes ingleses para lograrlo, pero veamos antes quién era «el hombre que nunca existió».

Cuenta Montagu en su libro citado de 1953 que se puso en contacto con el prestigioso patólogo forense sir Bernard Spilsbury, quien aconsejó el cuerpo de una víctima de neumonía, «que presentan un encharcamiento de los pulmones similar al de los ahogados por líquido pleural», siendo así muy difícil de detectar por otro patólogo forense al servicio de los alemanes que se trataba de alguien fallecido previamente.

sir Bernard Spilsbury

Montagu apunta que lograron localizar a un hombre que había muerto por neumonía en un hospital londinense, tras obtener el permiso oficial de su familia, a la que dijeron que daría un gran servicio a su país, aunque sin especificar los pormenores de la misión. Lo único que sus parientes pidieron a cambio, según el oficial de Inteligencia, fue que se le diera cristiana sepultura. La realidad era algo distinta, y hoy por fin conocemos la verdadera identidad de aquel héroe de guerra sin vida.

El mismo Winston Churchill, muy interesado en las operaciones de Inteligencia, dio luz verde a la operación el 15 de abril de 1943 y los hombres al servicio de Montagu se dedicaron a la minuciosa tarea de construir una identidad al cadáver. El premier lo hizo no sin antes obtener la colaboración y el apoyo del general Eisenhower, comandante supremo del ejército aliado en África, que obtuvo instantáneamente. Los encargados del rebuscado ardid sabían que cualquier pequeño error de cálculo o incongruencia sería detectado por los alemanes. Nacía así el capitán de los Royal Marines con función de Mayor William Martin, nacido en Cardiff, Gales, en 1907 y con 36 años en el momento de su supuesta muerte, que estaba destinado en el Cuartel General de Operaciones Combinadas. Era un capital eventual habilitado como “comandante” para aquella misión, puesto que nadie con una graduación inferior hubiese podido llevar documentos de alto secreto como los que portaba si querían que los alemanes se tragaran el engaño.

Se le construyó una personalidad hecha a medida, una historia con algún que otro claroscuro e incluso una relación ficticia, mientras los departamentos especializados en falsificaciones preparaban a conciencia los documentos que lo identificaban y aquellos que había de portar en su ficticio viaje hasta Argel, destino al que nunca llegaría.

La identidad del personaje creado por Montagu, aprobada por el Departamento de Inteligencia Naval fue el siguiente: un oficial de enlace destinado en la Marina Real que prestaba entonces un gran servicio realizando correos de conexión entre las tropas de África y la dirección en Londres, y que encontraría la “muerte” en un accidente aéreo durante el viaje Gibraltar-Londres mientras transportaba información vital para el desarrollo de la guerra en el Mediterráneo.

Pam

Para dotar de credibilidad a la misión de contrainteligencia, se le inventó una relación formal con una joven bautizada como Pam –que en realidad era la agente del MI5 Jean Leslie, muerta en 2012, que posó para un par de fotografías que se guardaron en la cartera de Martin como si formaran parte de su vida privada–, a las que acompañaban también cartas de amor que estaban desgastadas para dar la apariencia de que habían sido releídas muchas veces. Entre sus pertenecías se incluyeron un juego de llaves, entradas de teatro recientes de una función londinense, una factura por el alojamiento de su club en Londres e incluso un descubierto del Lloyds Bank en el que se le apremiaba a reingresar el dinero debido. Montagu y su equipo querían hacer creer que se trataba de un oficial responsable pero a la vez algo descuidado, para lo que facturas sin pagar y una tarjeta de identidad duplicada que servía para reemplazar la que había perdido, así como un pase caducado del Cuartel General de Operaciones Combinadas.

Era la forma para poder explicar que la maleta que portaba estuviese atada mediante una cadena a su gabardina, dando la impresión de que quería estar cerca del material a lo largo del trayecto pero también de su tendencia al descuido –lo que podía jugar en su contra, porque la Inteligencia alemana podía haber dudado de que se eligiese para una tarea de alto secreto a un hombre de estas características, cosa que por suerte no sucedió–.

Lo más importante de todo, una vez definida su identidad, fue preparar toda una serie de documentos que convenciesen a los alemanes de que el desembarco aliado se iba a efectuar en algún otro punto que no fuese Sicilia. Se optó para ello no por documentos oficiales, sino por cartas entre altos cargos del ejército donde destacaban opiniones y sugerencias sobre el desembarco.

Los falsos planes se sugerían por medio de una carta personal del teniente general sir Archibald Nye, segundo jefe del Estado Mayor General Imperial, dirigida al general sir Harold Alexander, comandante británico en el norte de África, donde el primero le decía al segundo por cauces no oficiales –off the record–, que se llevarían a cabo dos operaciones conjuntas: mientras Harold Alexander atacaba con sus tropas Córcega y Cerdeña, el general Henry Wilson desplegaría las suyas en Grecia. Maestros en el arte de la desinformación, los agentes del MI5 indicaban en la carta que se estaban elaborando planes «para engañar a los alemanes» y convencerlos de que el desembarco se haría en Sicilia. Así, obligaban a la Wehrmacht a dispersar sus fuerzas.

Pasaporte de William Martin

Pero aquella no era la única misiva que incluía el maletín del Mayor Martin: en otra, dirigida por Lord Louis Mountbatten, Jefe de Operaciones Combinadas, al almirante Sir Andrew Cunningham. Comandante en Jefe del Mediterráneo, se ensalzaba la habilidad de Martin en operaciones de tipo anfibio, y el ficticio Mountbatten señalaba que era una información tan delicada que no podía seguir el curso oficial, de ahí el motivo del vuelo del hombre que nunca existió. En una hábil maniobra se apuntaba como centro de la invasión la isla de Cerdeña.

Un ahogado en Huelva

El cadáver de William Martin fue vestido con el uniforme de los Royal Marines –algo que no fue sencillo debido a su rigidez–, e introducido en un contenedor estanco conservado en hielo seco. El tubo metálico fue introducido en el submarino HMS Seraph, al mando del teniente comandante N. A. Jewell, que partió a las 18 horas del 19 de abril de 1943 de la base de Holy Loch con rumbo a la isla de Malta.

HMS Seraph

El día 30 de abril, a una milla marina de la costa onubense, el submarino subió a la superficie. Sobre las 4.30 horas, subieron el contenedor a cubierta y Jewell procedió a abrirlo en presencia de los oficiales de a bordo. Puesto que Jewell era el único que conocía la verdad hasta ese momento, tomó en aquel instante juramento de silencio a sus subordinados. Ante el peculiar catafalco, se celebró un responso fúnebre. El comandante pronunció el Salmo 39, «Caducidad de la vida»; luego, le colocaron al cadáver, ya muy deteriorado, un salvavidas de la RAF para que pareciera la víctima de un accidente aéreo y arrojaron sus restos al agua, con la esperanza de que las corrientes del Estrecho arrastraran el cuerpo a tierra. Una vez que el submarino se hubo alejado lo suficiente, Jewell informó a sus superiores en Londres con el mensaje «Carne Picada completada».

Aún en la capital inglesa, en el cuello de Martin habían colocado una cadena con una cruz de plata y placas de identificación en la que podía leerse: «Mayor Martin, R.M., R/C», cuyo significado era el siguiente: «Mayor Martin. Royal Marine. Roman Catholic». Esto último se incluyó para que, si todo salía según lo previsto en el plan secreto, el cuerpo fuera enterrado en el cementerio católico de Huelva y no en la colonia inglesa de Gibraltar, lo que daría al traste con la operación. Además. Los espías alemanes controlados por Crauss se movían con gran facilidad en el camposanto onubense y tendrían un acceso casi directo a la información del maletín.

El cuerpo de Mayor Martin fue encontrado cerca de la playa de Mata Negra. El descubrimiento fue puesto en conocimiento de las autoridades pertinentes y la autopsia corrió a cargo del forense Eduardo Fernández del Torno, quien, contrariamente a la opinión del británico Spilsbury, realizó un análisis preciso y muy profesional del cuerpo, determinando que llevaba fallecido entre cinco y diez días. Si los alemanes le hubiesen prestado más atención a su informe, se habrían percatado de que Martin no podía haber estado en el teatro la noche del 22 de abril, como indicaban los resguardos de las entradas que portaba en su uniforme, pues en dicha fecha debía llevar varios días muerto. Del Torno dejó constancia de su extrañeza ante el hecho de que el Mayor no mostrase las habituales mordeduras de peces. Aun así, determinó que había muerto de «asfixia por inmersión».

Hillgarth

La operación estuvo a punto de irse al traste cuando el maletín que portaba el cadáver iba a serle entregado por el juez instructor de la Marina de Huelva, Mariano Pascual de Pobil, al vicecónsul británico, Francis Haselden, evitándose así el molesto papeleo. Haselden, sin embargo, estaba al corriente de la Operación Micemeat gracias a Alan Hug Hillgarth, agregado naval de la embajada británica en Madrid, y le indicó a Pobil que debía seguir los cauces oficiales. Por ello, el maletín estuvo trece días en manos de las autoridades franquistas, tiempo más que suficiente para que los «zorros» del Abwehr accedieran a la información clasificada.

Para dar más cobertura al engaño, el nombre del Mayor Martin apareció incluido en una lista de bajas publicada por el diario británico The Times en 4 de junio, junto al de otros oficiales que, efectivamente, habían muerto en un accidente aéreo sobre el mar. Para que el engaño se viera reforzado, se enviaron una serie de mensajes de máxima urgencia del propio Almirantazgo al agregado naval británico en Madrid, pidiéndole la devolución «a cualquier precio» de los documentos que portaba el cadáver. Así –sabedores de que la inteligencia española seguía de cerca las comunicaciones británicas– alertarían a las autoridades franquista sobre la importancia capital de los papeles.

Cuando el maletín regresó a Londres tras pasar por manos de Hillgarth, trece días después, el examen microscópico reveló que los alemanes habían abierto y vuelto a cerrar las cartas. En otro alarde de genialidad, que planeó sobre toda la operación, Montagu había dejado unas minúsculas pestañas dentro de los sobre que, aunque parecían intactos, podía comprobarse que se habían manipulado al caerse estas. La misión parecía haber salido bien, y la confirmación llegó con las escuchas descifradas en Bletchley Park, las emisiones Ultra descifradas a la máquina Enigma alemana: indicaban que los nazis estaban desviando fuerzas para defender Córcega, Cerdeña y la costa griega. A raíz de esta noticia, se envió un breve despacho telegráfico a Churchill sobre el éxito de la operación: «Carne Picada tragada entera» (Mincemeat Swallowed Whole).

Montagu y Cholmondeley trasladando el cuerpo.

Morder el anzuelo                     

Tan solo quedaba esperar los resultados. La noche del 9 al 10 de julio de 1943, alrededor de 160 mil soldados aliados desembarcaron en Sicilia. El alto mando alemán –OKW– había determinado el traslado desde territorio siciliano a Kalamata y Cabo Aroxos, en Grecia, de varias divisiones acorazadas. Una división de panzers se desplazó desde Francia al frente del Egeo y otras fueron dirigidas a los Balcanes cuando se estaba librando en el Este una de las batallas decisivas de toda la guerra, la de Kursk. Córcega y Cerdeña fueron fortificadas, dejando Sicilia prácticamente desguarnecida.

Tras las guerra, se realizó una investigación en los archivos del Tercer Reich –los que no habían sido destruidos, que fueron muchos–, y en los de la Kriegsmarine se encontró el diario del almirante Karl Dönitz, más tarde sucesor del Führer antes de la derrota final como Reichspräsident, quien, en una entrada del 15 de mayo, señalaba: «El Führer no está de acuerdo con la idea del Duce de que la punta más probable de invasión sea Sicilia. Según su opinión, los documentos anglosajones encontrados en España confirman que el desembarco se producirá en la isla de Cerdeña y el Peloponeso». En aquel caso, Mussolini llevaba toda la razón.

Aquel fue uno de los golpes más efectivos de los aliados y sin duda acortó la duración de la guerra, contribuyendo a la agonía del Tercer Reich que, por suerte, jamás duraría Mil Años como rezaba la propaganda del régimen. Hoy, una lápida en el cementerio onubense de Nuestra Señora de la Soledad sigue recordando a aquel héroe post-mortem de la contienda. En ella puede leerse sobre el mármol los nombres de William Martin y el de Glyndwr Michael –que se añadió hace pocos años–, con la inscripción horaciana: Dulce et decorum est pro patri mori («Dulce y honroso es morir por la patria»).

El verdadero «hombre que nunca existió»

Desde que se dio a conocer a la opinión pública la existencia de la Operación Carne Picada a través del libro de Ewen Montagu de 1953 El hombre que nunca existió, la verdadera identidad del teniente William Martin ha sido objeto de numerosas controversias. El agente de la Inteligencia Naval señaló que era el cuerpo un hombre sin identificar de 34 años, muerto de neumonía, a cuya familia se le pidió el correspondiente permiso, señalando que realizaría una verdadera gesta por su patria. En 1996, el ejército británico desclasificó varios documentos en relación a este hecho, documentos que analizó el historiador aficionado Roger Morgan, quien llegó a la conclusión de que Martin fue en realidad un vagabundo galés, alcohólico y con problemas mentales, que al parecer se suicidó –o ingirió por error– raticida en un almacén de la capital londinense. Se trataba del galés Glyndwr Martin, de entre 30 y 34 años de edad cuyo cuerpo se encontraba en la morgue del hospital Saint Pancrass, a cargo de W. Bantley Purchase, Jefe del Servicio Forense de Londres y que estaba al tanto de la operación secreta. Los síntomas de muerte por envenenamiento podrían, en opinión de los forenses, confundirse con un ahogamiento, haciendo que los pulmones presentaran una semejanza con patologías de fallecimientos producidos por inmersión.

Sin embargo, hay autores que no están conformes con dicha hipótesis. Esgrimen el hecho de que parece poco probable que el fallecido por ingesta tóxica fuera el elegido, ya que esa circunstancia podría detectarse en la autopsia –de todas maneras, no debemos olvidar que Martin no fue sometido a una autopsia exhaustiva precisamente porque era “católico”, y es que a Montagu no se le escapó ningún detalle–.

En su libro Los secretos del HMS Dasher, escrito por John y Noreen Steele, dedicado al portaaviones británico que fue hundido en un error bélico fatal por los propios aliados el 27 de marzo de 1943, que se cobró 379 muertos, trágico suceso que se ocultó a la opinión pública para no minar la moral de los ingleses, los autores señalan que el cuerpo que se dejó flotando frente a Punta Umbría no era el del vagabundo galés Glyndwr Michael, sino el de una de las víctimas de dicho accidente. La razón: que el cuerpo de vagabundo fue obtenido en enero de 1943 y que, pese a estar conservado en hielo, debía estar en un avanzado estado de descomposición para cuando “Carne Picada” se llevó a cabo. Afirman que lo lógico habría sido que Montagu y Cholmondeley trasladaran el cuerpo directamente al puerto de Blyth, donde estaba amarrado el Seraph, sin embargo, el submarino recibió órdenes de acudir a la costa este de Escocia, hacia el norte, para luego dirigirse hacia el sur, al Flirth of Clyde, lugar del accidente del Dasher. ¿Extraño, verdad? La hipótesis de los autores citados es que se necesitaba un nuevo cuerpo para el éxito de la operación y que el contenedor que Montagu llevó a Holy Loch estaba vacío. El misterio «hombre que nunca existió» sigue vivo.

Otros libros relacionados:

Clauss. Un agente alemán en la Huelva de la II Guerra Mundial, de Enrique Nielsen y Jesús Copeiro, editado por Niebla.