El 4 de julio de 2026 se cumplen 250 años de la Declaración de Independencia de los EE.UU. de la Corona inglesa, y un revelador ensayo que acaba de publicar Edaf revela la trascendental contribución de la Corona española a la revolución y la financiación de la misma, hechos olvidados e incluso negados durante siglos por la Leyenda Negra antiespañola: Revolución, de Jorge Luis García Ruiz.
En coalición con la Francia borbónica (una «coalición» no siempre fácil y amistosa) el gobierno español, en cuyo trono se sentaba entonces el rey Carlos III, puso una ingente financiación y también envió grandes cantidades de materias primas y armas a los insurgentes americanos, algo generalmente olvidado y desconocido en el país de las barras y estrellas (que sí han agradecido la contribución francesa al proceso) en un tiempo en el que se fue forjando una suerte de «leyenda negra» antiespañola por parte de británicos, franceses y también colonos americanos.
Bernardo de Gálvez.
Entonces perdimos definitivamente Gibraltar (y a punto estuvo de hacerlo Menorca). Algunos congresistas y propagandistas de lo que más tarde serían los Estados Unidos de América (como John Jay, responsable de gran parte de esa publicidad negativa hacia España) o el venezolano Francisco de Miranda (que tras formar parte del Ejército español contribuiría precisamente a la independencia de lo que más tarde sería Venezuela de la Corona hispánica –con relativa ayuda de los congresistas estadounidenses–), intentaron dinamitar la historiografía sobre lo que realmente sucedió en relación con la Corona española y su contribución a la Revolución americana –y hay que decir que lo consiguieron–. En el libro, tiene una importancia capital el personaje, este sí, honorable, de Bernardo de Gálvez.
Navío Santísima Trinidad.
El oprobio fue doble, pues los congresistas estadounidenses volverían a contar más tarde con la protección de sus otrora «enemigos» ingleses invadiendo numerosas tierras que pertenecían a la Corona española (contribuyendo además a la independencia de las colonias) y no devolvieron una deuda que según los historiadores más fiables, no contaminados por el relato tergiversado de la realidad, probablemente habría hecho que España continuase teniendo parte de la hegemonía mundial. La historia, sin duda, sería muy distinta a la actual.
Presidio. El anterior trabajo del autor con Edaf.
El autor.
Es gran parte de lo que narra con una prosa sencilla y cercana, pero a la vez basándose en una ingente documentación (mucha de ella inédita) el autor, Jorge Luis García Ruiz, doctor en Estudios del Mundo Antiguo por la Universidad Complutense de Madrid. Español de nacimiento y norteamericano de adopción, reside en una de las ciudades con más historia hispana de los Estados Unidos de América, San Antonio, en Texas. Arqueólogo e historiador, pero sobre todo investigador, es profesor en la Texas Lutheran University y con Edaf ha publicado, con enorme éxito de crítica y público, el ensayo Presidio. La historia documentada de 300 años en la frontera norte, que también he leído a conciencia y puedo asegurar que arroja información reveladora sobre el papel de España en la configuración de los Estados Unidos y gran parte de la civilización del Nuevo Mundo.
¿Qué encontraremos en Revolución?
Declaración de Independencia.
El 4 de julio de 1776 se firmó la declaración de Independencia de los Estados Unidos. La asistencia española a la Independencia fue de tal importancia y magnitud que lo verdaderamente difícil es comprender cómo pudo haber sido ocultada durante 250 años. La historiografía estadounidense ha logrado, de manera sistemática y con notable éxito, oscurecer el papel de España en su Guerra de Independencia, pese a haber sido la ayuda más significativa que recibió.
Tropas españolas en la Batalla de Pensacola.
Esta obra arroja luz sobre aspectos aún desconocidos y aborda cuestiones de enorme relevancia: la negociación previa entre todas las partes, la siempre compleja relación con Francia y la ambigüedad de sus políticos y mandos militares, llevándonos a preguntarnos si fueron realmente aliados de España o sus peores enemigos y el comportamiento de los enviados estadounidenses ante la corte española. Desfilan por sus páginas todos los protagonistas, no solo las figuras principales, y los acontecimientos más importantes, evitando el triunfalismo y el victimismo, pues ambos son enemigos de la verdad.
Dólar (1804).
Nos aclara qué se pagó, quién lo pagó, a quién se entregó y, sobre todo, quién tuvo que sacrificarse para que hoy los Estados Unidos puedan seguir celebrando su independencia. Y por último, se examina cómo se negoció la paz y quiénes fueron sus artífices, así como los agradecidos por tan oportuno y desinteresado gesto y qué obtuvo España a cambio de tanta generosidad. Si recuperar la deuda financiera es imposible, al menos es necesario seguir exigiendo el reconocimiento de la enorme deuda moral.
Edaf publica un alucinante volumen profusamente ilustrado –e ilustrativo–, Infografías del imperio español, confeccionado a cuatro manos por dos de los mejores divulgadores de nuestro pasado, Carlos Canales y Miguel del Rey. En las próximas líneas, y con este documentado ensayo que ha visto recientemente la luz como timonel, nos sumergimos en algunas curiosidades de aquel tiempo, más o menos por las fechas en las que el insigne Miguel de Cervantes escribió aquello de «la más grande ocasión que vieron los tiempos».
Hace unos 20 años que conozco a Carlos Canales. Entonces formaba parte del equipo de «La Rosa de los Vientos» (Onda Cero) y un servidor, que era becario de Año/Cero (y después pasó a engrosar las filas de la redacción de la revista Enigmas), todo un mozuelo de veintipocos ahora cuarentón, acudía a los conocidos como «Sertaos» donde se juntaba una buena panda de periodistas y divulgadores a los que unía la pasión por eso que llamamos misterio y que tiene mil y una bifurcaciones: el propio Canales, Jesús Callejo, Lorenzo Fernández Bueno, Enrique de Vicente, Miguel Blanco, Nacho Ares, Pablo Villarrubia, David Sentinella, Juan Ignacio Cuesta, Miguel Pedrero, Juan José Revenga, Javier García Blanco, Josep Guijarro, Janire Rámila, otro gran conocedor de los temas tratados en este post como Fernando Martínez Laínez y otros tantos amigos (o al menos conocidos) de lo insólito y la historia entre los que de cuando en cuando se dejaban caer compañeros de otras latitudes como Fernando J. López del Oso, Mariano Fernández Urresti o Miguel Aracil, entre otros.
Hace ya muchos años que no veo al señor Canales, y creo que la última vez que hablamos fue para una entrevista que me hicieron en el programa de referencia «La Escóbula de la Brújula» sobre el libro Espías de Hitler, tiempo ha, pero recuerdo las numerosas conversaciones sobre historia (y también desmenuzando la «realidad» que nos rodeaba por aquel entonces); yo con un nivel de conocimientos, por supuesto, a años luz de este hombre de memoria cuántica que contaba tantas cosas que uno era incapaz de asimilarlas todas. Así que lo mejor era acudir a sus numerosos ensayos. Desde entonces –y ha llovido sobre mojado y sobre secano–, su obra ha crecido de forma más que notable, casi exponencial.
Ahora que ha llegado a mis manos su último trabajo, con una editorial bien conocida de un servidor, Edaf (con la que he publicado La Orden Negra. El ejército pagano del Tercer Reich un ya lejano 2011 y La Gran Conspiración de QAnon y otras teorías delirantes de la Era Trumphace poquito, el pasado 2022, sobre un personaje que sigue dando que hablar, y tanto, semana tras semana), me vienen al recuerdo aquellos encuentros y me sirven como nostálgica introducción, de pincelada, a varias curiosidades englobadas en ese gigante con pies de barro pero injustamente tratado por la historiografía más reciente (y, por el contrario, exaltado en demasía por nostálgicos de arcabuz y florete) que es el imperio español. Veamos…
–A finales del siglo XVIII, los dominios del imperio español superaban los 20 millones de kilómetros cuadrados, repartidos en tres continentes, por lo que fue nada menos que el primer imperio global de la historia. Su máximo esplendor llegó bajo el reinado de Felipe II, momento en el que el reino llegó a tener el control de extensos territorios ubicados prácticamente en todo el planeta. Y aunque los ingleses derrotaron a la «Grande y Felicísima Armada», llamaban a nuestro soberano «el demonio del Mediodía»– (en contraposición a como conocíamos por estos lares a la Reina Virgen, «la Jezabel del Norte»), y sufrimos varias bancarrotas, basta con darse un paseo por el monasterio escurialense que el monarca mandó edificar en base a numerosas claves herméticas para ser conscientes de la magnificencia de aquel personaje «más allá de la Historia» bajo cuyos dominios, efectivamente, «no se ponía el Sol».
–Durante los tiempos de Felipe II, la Corona hispánica se planteó conquistar China, entonces bajo la longeva dinastía Ming, como ya hicieran con los imperios mexica e inca. Tan ambiciosa posibilidad tomó mayor entidad cuando se conquistó Portugal, que tenía puertos comerciales en aquella zona de Asia. El jesuita Alonso Sánchez (quien fue enviado por el gobernador de Filipinas a China, realizando dos viajes diplomáticos a Macao en 1582 y 1583) explicó que para la campaña se necesitaban 15.000 hombres venidos de todos los confines del imperio, así como 6.000 soldados de Manila y 6.000 japoneses, enemigos históricos de los chinos, y la incursión se realizaría desde las Filipinas, que debe su nombre precisamente al rey español. Un plan que Felipe II no autorizó finalmente tras la derrota de la Armada (In)vencible, prefiriendo optar por los intercambios comerciales.
–El símbolo del dólar viene del español y procede del siglo XVII, cuando las monedas del imperio eran una parte muy importante del comercio mundial y estaban extendidas por lo que después sería Estados Unidos ante la política monetaria restrictiva del Imperio británico sobre sus colonias. Aunque la mayoría cree que el símbolo del dólar procede de la abreviatura US (United States), una teoría bastante plausible afirma que su origen es el escudo que aparecía en los reales de plata (real de a ocho), la S como representación del emblema «Non Plus Ultra» –límite del mundo conocido en la Antigüedad, Gibraltar– y las dos barras que lo cruzan simbolizando las dos columnas de Hércules.
–Y ya que hablamos de tal expresión, Nos Plus Ultra («No más allá»), tan célebre o más como «Tanto monta» de sus católicas majestades, viene de la antigua Grecia, concretamente donde se sugería que finalizaba el mundo. Expresión que se atribuye al héroe clásico de los Doce Trabajos con la que describía los pilares que marcaban el fin del mundo conocido en el extremo occidental mediterráneo y que erigió, según la mitología, en Gibraltar y en Ceuta. Fernando de Aragón eligió aquel símbolo al conquistar Gibraltar. Aunque sería bajo Carlos V, consolidado el imperio y tras el descubrimiento de América, cuando Plus Ultra (ya sin el Non) se extendió a través de las monedas como símbolo de su poder.
–En tiempos de Carlos III, durante el último cuarto del siglo XVIII, había una fuerte presencia española en California por medio de las misiones evangelizadoras y, ante los rumores de que los rusos –y también los británicos– estaban realizando incursiones ilegales en la zona helada de Alaska (territorio que según una bula papal de 1493 era de soberanía española, que se otorgó a toda la costa noroeste del Pacífico, derechos contenidos un año después en el Tratado de Tordesillas) desde Madrid llegó la orden de colonizar dicha zona del Pacífico para frenar el avance ruso y a la vez descubrir nuevos territorios para la Corona hispánica. Se impulsó la conquista con la idea de comprobar si existía realmente el llamado Estrecho de Anián, un paso que conectaba el Atlántico con el Pacífico por vía marítima que los exploradores buscaban sin éxito desde el siglo XVI.
Bodega
Hubo varias expediciones, como la de Pérez Hernández, la de Bruno de Heceta y Juan Francisco de La Bodega y Quadra, y la de Ignacio de Arteaga (en la que también participó Bodega y Quadra) cuyas embarcaciones subieron más hacia el norte con varios objetivos: evaluar la penetración rusa en tierras alaskeñas, la búsqueda de un paso del Noroeste y apresar al explorador y cartógrafo británico James Cook si lo encontraban en aguas pertenecientes a la Corona hispánica.
Entonces comenzó una lucha por hacerse con unos territorios ricos para el comercio de pieles de nutria, pero los 10 años de ausencia de los españoles (que se centraron en la evangelización) hicieron perder la oportunidad de conquista. No obstante, el nombre de ciertas localidades de aquellos lares, como Valdez o Cordova, evoca aquel efímero pasado español.
–Felipe II fue conocido como «el Rey Prudente» pero sin duda tal apelativo no se debía precisamente a los títulos que ostentaba. Fue «Duque de Milán» (1540-1598), Rey de Nápoles, Rey de Inglaterra e Irlanda (1554-1558), Duque de Borgoña, Rey de España, Rey de Cerdeña, Rey de Sicilia, soberano de los Países Bajos y Rey de Portugal (1580-1598). Fue también rey de Jerusalén, de las islas y tierra firme del mar océano, del Perú, así como Conde de Barcelona, Señor de Vizcaya y de Molina de Aragón, Duque de Atenas y de Neopatria, Conde de Rosellón y de Cerdaña, Marqués de Oristán y de Gociano, Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Brabante, de Milán, Conde de Flandes y de Tirol, entre otros.
–Como cuenta Infografías del Imperio Español, a comienzos del siglo XIX la Corona perdió áreas de territorio extraordinarias que hoy ni recordamos que le pertenecieron, como todo el oeste de Estados Unidos (de California a Tejas), la citada Alaska, Luisiana, la Florida o las islas Carolinas, Marianas y Palaos. En 1898 se producía el «Desastre» por el que España perdía sus tres últimas ricas colonias, Cuba y Puerto Rico en el Caribe y el archipiélago de Filipinas en el Pacífico, cuyas islas superaban el número de 3.000.
–Uno de los emblemas de la grandeza del Imperio Español (símbolo recuperado del olvido en los últimos tiempos por patriotas y nostálgicos de pro), es la Cruz o Aspa de Borgoña. Fue la enseña de los ejércitos del Imperio hispánico, una representación de la cruz de San Andrés, dos aspas rojas anudadas cruzadas. Puesto que San Andrés era el patrón de Borgoña, fue el emblema utilizado por las tropas de Juan I de Borgoña (que pasaría a la historia como Juan sin Miedo) en la Guerra de los Cien Años (que en realidad duró 116). Luego, sería la cruz que ostentaba en los uniformes y banderas de su séquito Felipe de Borgoña, primogénito de María de Borgoña y Maximiliano I de Habsburgo. Cuando «el Hermoso» contrajo matrimonio con Juana de Castilla (mal llamada «la Loca»), trajo aquel emblema a la península ibérica y fue heredado y adoptado de forma expresa por su hijo, Carlos I de España.
Desde 1785, la Cruz de Borgoña fue el símbolo más utilizado en las banderas españolas. Curiosamente, durante la guerra carlista de 1833-1840 continuaba siendo la bandera del Ejército español, de las fuerzas regulares liberales (que no adoptaron la rojigualda hasta 1843).
–El Imperio español, integrado por un conjunto de territorios europeos, americanos, asiáticos, africanos y de Oceanía, fue desde el siglo XVI al XIX el primero de alcance global, al abarcar inmensas extensiones muy alejadas de la metrópoli imperial. A diferencia de otros grandes imperios anteriores, sus amplias posesiones no siempre se comunicaban por tierra, por lo que exigieron el mantenimiento constante de un importante poder marítimo. Las llamadas flotas de Indias fueron el sostén de tan inmenso poderío, pues permitieron mantener un despliegue territorial de tales dimensiones y la infraestructura política, económica y militar. Un esfuerzo colectivo que se mantuvo durante casi tres siglos y desarrolló una auténtica revolución a través de las rutas marítimas que conectaron Europa, América y Asia; una suerte de primera globalización geográfica, económica y política. Constituían todo un monopolio comercial controlado a través de la llamada Casa de Contratación de Sevilla, puerto de donde partían y arribaban las flotas, siendo muchas veces acechadas por piratas y corsarios ingleses como el legendario sir Francis Drake o Walter Raleigh.
–Los célebre tercios, que alcanzaron una mayor popularidad gracias a la saga de novelas del capitán Alatriste, fueron la piedra de toque de la hegemonía terrestre del imperio español y los amos de la guerra de la Europa moderna. Creados por Carlos I de España en 1536 a través de la llamada ordenanza de Génova, constituyeron la élite de los ejércitos españoles entre los siglos XVI y XVII al ser la primera fuerza que combinó en una misma unidad armas blancas y de fuego, lo que convirtió a sus soldados prácticamente en invencibles durante más de un siglo en los campos de batalla del viejo continente.
Los tercios (los primeros fueron el Tercio Viejo de Sicilia, el Tercio Viejo de Nápoles y el de Lombardía) estaban formados íntegramente por soldados profesionales, en su mayoría hijos no primogénitos de la baja nobleza (aunque su grueso procedía de todos los dominios hispánicos) que solían hacer gala de un marcado orgullo y un concepto del honor que no concebía la rendición y buscaba permanentemente la gesta militar. Y aunque alguna sonada derrota eclipsó sus hazañas, como la de Rocroi, frente a las tropas francesas al servicio de Luis XIV (el 19 de mayo de 1643), lograron muchas de las mayores victorias de aquel tiempo: la batalla de Pavía (1523), la de Mühlberg (1547), la de San Quintín (1557) o la de Breda (1624).
PARA SABER MÁS (DE AQUELLA ÉPOCA):
Puesto que el Imperio Español y sus siglos de historia se encuadran dentro de lo que se denomina «Historia Moderna», nada mejor que acercarnos a este concepto a través de las páginas de un particularísimo ensayo recientemente publicado por Alianza Editorial: Historia moderna. Siglos XV al XIX, hecho a cuatro manos por Manuel Rivero Rodríguez y José Martínez Millán.
El concepto de Historia Moderna ha tenido distintas interpretaciones a lo largo de los siglos. En este documentado trabajo se estudia el periodo que va de los siglos XV al XIX, estructurado en cuatro bloques que proponen una relectura de la cronología tradicional. En primer lugar, «La crisis de la estructura de la Cristiandad», partiendo de Italia, como antiguo campo de batalla entre los poderes universales del Papado y del Imperio en las guerras de las investiduras, porque el vacío que ambos provocan permite que se produzcan los cambios culturales, sociales y políticos de la modernidad, la importancia decisiva de sus comerciantes y navegantes en la expansión ultramarina y su centralidad política, pues fue el campo de batalla en el que las potencias compitieron para hacerse con la hegemonía en Europa.
La segunda parte, «La Lucha por la Monarchia Universalis», analiza y describe la evolución de estas premisas, el desarrollo de las cortes europeas y la complejidad que va adquiriendo el gobierno de los estados, la división religiosa y la compartimentación de Europa en confesiones, el alcance y efecto de la expansión europea en el mundo en la manera en que América, África y Asia se transforman con el contacto de los europeos.
La tercera parte estudia el comienzo del cambio de paradigma a finales el siglo XVII, «La ruptura del concepto Monarchia Universalis y la búsqueda de un equilibrio político», el sistema post westfaliano que afecta en su ideal de equilibrio tanto al orden interno de las monarquías y su reconfiguración como a la creación de los cimientos del moderno sistema internacional de estados. Los seis últimos capítulos constituyen un bloque marcado por la crisis del Antiguo Régimen, un término empleado para significar un nuevo modelo de sociedad, la sustitución del «sistema cortesano» por el paradigma del «Estado nacional». Lo que se sitúa entre los años 1735 y 1820 en que concluye esta «Historia Moderna».