Fugitivos nazis: Otto Skorzeny (I)

Llegó a ser considerado el hombre más peligroso de Europa. Tras el colapso del Tercer Reich, el laureado militar nazi Otto Skorzeny buscó refugio en la España franquista, un régimen que lo acogió con los brazos abiertos y donde el austriaco intentaría revitalizar un ejército de soldados de la esvástica contra el avance del comunismo. Al servicio de distintas potencias e intereses, es uno de los personajes que salpican el libro Fugitivos. La historia de los mercenarios nazis durante la Guerra Fría, que acaba de publicar la editorial Debate.

Óscar Herradón ©

Franco y Serrano Suñer con Himmler en España en 1940.

Cuando el régimen de Hitler estaba siendo cercado por todos sus frentes, fueron muchos los nazis que intentaron escapar a otros países, como el Portugal de Salazar, la Argentina de Perón… y, por supuesto, la España de Franco, cuya diplomacia supo jugar muy bien sus cartas alejándose –al menos en apariencia– de la orbe nacionalsocialista, manteniendo una falsa «neutralidad». El ensayo, firmado por Danny Orbach, profesor titular en la Universidad Hebrea de Jerusalén, cuenta la historia de cómo, tras el colapso del Tercer Reich, algunos de los oficiales más importantes del organigrama nazi que permanecieron con vida y lograron huir de la justicia vendieron sus servicios a las grandes potencias.

Grandes con uniforme de la Wehrmacht.

Muchos de los principales allegados al que se hizo llamar Generalísimo eran filonazis, como Serraño Suñer, y el mismísimo Heinrich Himmler, jefe de las SS y la Gestapo, realizó un viaje a nuestro país en 1940 rodeado de sombras. Incluso en los años finales de la guerra europea, cuando la Alemania nazi comenzaba a perder el conflicto en todos los frentes, ahogada por el invierno ruso, Franco envió a su División Azul, comandada por el general Agustín Muñoz Grandes, y en el que no todos fueron fervientes voluntarios de la causa fascista. Pues bien, como el régimen español comulgaba en muchos aspectos con el nacionalsocialista –salvo, principalmente, en el delicado tema de la religión, no olvidemos que España era «nacionalcatolicista»–, y por supuesto con la Italia fascista, no es de extrañar que nuestro país se convirtiera en uno de los lugares predilectos para los prófugos que escapaban de la justicia aliada.

Mengele.

De proteger y trazar una ruta de huida a criminales de guerra, la mayoría pertenecientes a las SS, se encargaría una red secreta que extraoficialmente (no hay documentos desclasificados que se refiera a ella como tal, pero sí suficientes evidencias de su existencia) recibió el nombre en clave de ODESSA, y que permitió a peligrosos personajes del régimen de la cruz gamada como el médico de las SS Josef Mengele, conocido como «el Ángel de la Muerte» o Adolf Eichmann, escapar hacia Sudamérica, algunos de ellos vía España, otros a través de la llamada Ruta de las Ratas, a través del cobijo de varios monasterios que les condujeron hasta el mismísimo corazón del Vaticano.

También esta organización sería la responsable de proteger a uno de los más temibles criminales nazis, Otto Skorzeny, quien llegaría a jactarse de ser uno de los principales impulsores de la red secreta encargada de dar cobijo a los antiguos miembros de la sanguinaria Orden Negra.

Soldado de Fortuna          

Veterano de guerra alemán mendigando en Berlín en 1923.

El que acabaría siendo considerado por los americanos como «el hombre más peligroso de Europa», nació el 12 de junio de 1908 en el seno de una familia de clase media de Viena, aunque tenía antepasados alemanes. Según su partida de nacimiento, su nombre completo era Otto Johann Bapt Anton Skorzeny, aunque adoptaría distintas identidades tras la caída del nazismo. Al igual que la mayoría de sus compatriotas, en su juventud sufrió los rigores del periodo de Entreguerras y la fuerte crisis que provocó en Austria y Alemania la derrota en la Gran Guerra, caldo de cultivo de los extremismos que desembocarían en el ascenso al triunfo del Partido Nazi.

Otto Skorzeny.

Cuando el dinero austríaco apenas valía el coste del papel en el que estaba impreso, Otto y sus hermanos pudieron sobrevivir gracias a la ayuda de la Cruz Roja Internacional. Su padre grabó a fuego en la mente del joven la necesidad de la autodisciplina y le recomendó una vida austera. A los 18 años, Otto se matriculó en la Universidad de Viena para estudiar ingeniería. Allí se inscribiría en una de las muchas Studentenverbindung, unas sociedades estudiantiles donde se practicaba el Mensur –un combate de esgrima con reglas específicas–, que constituía un paso fundamental (e iniciático) de la adolescencia a la madurez, capital para muchos otros nazis de alto rango como Reinhard Heydrich.

Emblema de la Leibstandarte-SS Adolf Hitler.

Según cuenta el historiador y militar británico Charles Whiting, Skorzeny tuvo el primer duelo el mismo año en que se matriculó en la facultad. Para él fue un tema angustioso y que puso a prueba sus nervios, pero se convirtió también en una de sus pasiones. Al primer lance seguirían trece duelos más durante los cuales finalmente recibió las llamadas Schmisser, las cicatrices de honor que marcarían su fisonomía de por vida. Con los años, el esbelto austríaco –medía más de un metro noventa– sería conocido como «cara cortada» (scarface en su forma inglesa) por la enorme cicatriz que recorría parte de su rostro hasta la barbilla. Una vez graduado, consiguió reunir el dinero necesario para iniciar un negocio propio en Viena. Entonces toda Europa estaba expectante ante los movimientos cada vez más temerarios de Hitler y su Partido Nazi. Tras el Anchluss, la anexión de Austria, ante la mirada pasiva de los líderes internacionales en el marco de la llamada (y desastrosa) «política de apaciguamiento», Skorzeny no esperó a ser llamado a filas y se presentó en la primera división de las SS, la Leibstandarte-SS Adolf Hitler.

La configuración de un espía

Skorzeny en 1943.

Más tarde, iniciada ya la Segunda Guerra Mundial, pasó a la división Das Reich de las Waffen-SS. Ya entonces destacó por no cumplir estrictamente las órdenes de sus superiores. Sin embargo, la guerra seguía su curso y los acontecimientos se desarrollaban frenéticamente: Skorzeny fue destinado a los Balcanes, participó en la marcha sobre Rumanía y Hungría y después en la Operación Barbarroja, el plan del Führer para invadir la Unión Soviética, entonces su aliada tras el pacto Ribbentropp-Molotov para repartirse Polonia.

Con Mussolini, tras su liberación del Gran Sasso.

Sería en la gigantesca y helada tierra de Stalin donde recibió la Cruz de Hierro y, tras caer enfermo, enviado de vuelta a Viena. Era diciembre de 1941. Una vez en el Gran Reich, fue ascendido a capitán de Reserva. Su destino: trabajar como una suerte de espía para los Servicios Secretos de Inteligencia de la Oficina Central de Seguridad del Reich (R.S.H.A., por sus siglas en alemán). Aquel trabajo le serviría para desenvolverse muy bien en el campo de la diplomacia durante sus largos años de exilio. Después, fue destinado como Jefe de Comandos con la misión de entrenar tropas especiales cuyo cometido sería la guerra de guerrillas y el sabotaje en el frente, además del secuestro y la tortura. El 25 de julio de 1943, con la guerra ya en contra, gracias a su historial militar Hitler le mandó llamar a la Guarida del Lobo y lo puso a cargo de la operación de rescate de Benito Mussolini, que acababa de ser arrestado en Italia y del que se desconocía el paradero. Los servicios secretos alemanes dieron con su pista en el Hotel Campo Imperatore, en el macizo de los Apeninos conocido como Gran Sasso, una zona de difícil acceso.

DSF 230

Aquella misión fue bautizada como «Operación Roble» y se programó para el 12 de septiembre de 1943. Al mando de un escuadrón de las Waffen-SS se hallaba el capitán Otto Skorzeny. Doce planeadores DFS 230 sobrevolaron la zona montañosa donde estaba recluido el Duce y un grupo de expertos paracaidistas descendió sobre el complejo hotelero. Los italianos que custodiaban al líder fascista fueron cogidos por sorpresa y parece que no ofrecieron resistencia alguna

Stauffenberg en la Guarida del Lobo el 15 de julio de 1944.

Durante el tiempo que restaba de la contienda, a Skorzeny se le encargaron importantes misiones, como capturar al jefe de los partisanos yugoslavos, el mariscal Tito –misión que fracasó– o doblegar al regente de Hungría, el almirante Miklós Horthy. Después, cuando tuvo lugar el más célebre atentado contra el Führer, la «Operación Valkiria» comandada por el laureado militar Claus von Stauffenberg, Skorzeny ayudó en Berlín a poner fin a la rebelión, estando 36 horas a cargo del centro de mando de la Wehrmacht –llegaría a afirmar, en otra de sus habituales fanfarronadas, que por media hora no fue él mismo quien ejecutó a Stauffenberg– antes de ser relevado de sus funciones.

Este post, con las andanzas del bravucón conspirador que se codeó con lo más granado del espionaje internacional y la flor y nata del régimen franquista, tendrá en breve su continuación en «Dentro del Pandemónium».

¿Qué encontraremos en las páginas de Fugitivos. La historia de los mercenarios nazis durante la Guerra Fría?

Cuando Alemania se rindió, miles de antiguos oficiales del régimen se esfumaron en la confusión de la posguerra. Algunos fueron juzgados y otros escaparon, pero muchos fueron reclutados. Reinhard Gehlen, general de inteligencia nazi, creó la organización de espionaje de Alemania Occidental con la ayuda de exagentes de las SS, mientras los servicios estadounidenses y soviéticos competían por hacerse con los servicios de los mismos hombres.

Desde restaurantes de lujo en Múnich hasta puertos yugoslavos infestados de contrabandistas, pasando por casas francas en Damasco, clubes de campo en El Cairo o refugios fascistas en la España de Franco, estos fugitivos tejieron una red secreta de tráfico de armas, espionaje y poder que sirvió indistintamente a Washington, Moscú o Tel Aviv. Basado en archivos inéditos del Mossad, la CIA y el espionaje alemán, Fugitivos revela una historia envuelta en secretos, mitos y propaganda: la de los nazis que sobrevivieron a Hitler para convertirse en piezas clave de la Guerra Fría. Con un vigoroso pulso narrativo y gran rigor, Danny Orbach reconstruye el lado más oscuro de esa época, cuando la lealtad era un lujo y la supervivencia una forma de traición.

Aquí se pudren los reyes de España (II)

Es uno de los rincones más herméticos del majestuoso monasterio de El Escorial, en la localidad madrileña del mismo nombre. Se conoce como el Pudridero Real, y es uno de los lugares que recogen Gorka López de Munain y Miriam Beltrán Valiente en el ensayo España Macabra. La cultura de la muerte entre el Medievo y la Modernidad, que acaba de publicar Desperta Ferro Ediciones.

Óscar Herradón ©

El actor Paul Naschy, referente del cine de terror patrio durante décadas, quien falleció en 2009, refirió en sus memorias una anécdota que tenía que ver con el pudridero. Según dejó escrito, durante un rodaje para una productora japonesa de unos documentales sobre historia de España, se perdió y acabó en aquella tétrica estancia –no cuenta cómo logró entrar allí, si supuestamente estaba cerrada–, en la que recordó haber respirado un olor nauseabundo, el de dos cuerpos en descomposición. Puesto que existe una cancela cuya llave la guardan con mimo los agustinos, sus únicos propietarios, es de suponer que se la enseñaron debido a su prestigio.

Sin embargo, lo que vio Naschy no fue el pudridero en sí, sino una estancia abovedada, porque hay un tabique que nadie puede atravesar realizado por los operarios cuando comienza y culmina el proceso de descomposición. El actor afirmó que olía fatal, y no es de extrañar porque, a pesar del tabique, existe una ventana de ventilación, y en el momento en que hizo aquella «visita», hacía poco tiempo que habían introducido allí el cadáver de la condesa de Barcelona. Quién sabe, aunque en los mentideros de Internet los internautas no se ponen de acuerdo en este punto, ni sobre la fecha ni sobre los cuerpos que debían permanecer en la estancia.

Entonces, ¿por qué se pueden hallar en internet fotos que dicen ser del Pudridero, donde se ven varios ataúdes? La razón es que esa imagen pertenece a la antesala de «pasos perdidos», donde se encuentran los féretros vacíos de los cuerpos que ya han sido depositados en el lugar. Tan solo la pared tapiada del fondo que puede apreciarse corresponde al Pudridero en sí, puesto que está prohibido realizar fotografías, lo que continúa contribuyendo a aumentar su aura de misterio.

Sarcófagos regios

Don Juan.

En 24 de sus 26 sarcófagos descansan todos los soberanos de España fallecidos desde Carlos I, así como las reinas madres de reyes, con algunas excepciones. Los dos que están vacíos esperan para albergar los cuerpos de los condes de Barcelona, Don Juan de Borbón y María de las Mercedes, que en la actualidad se encuentran en el pudridero, ya que su hijo, Juan Carlos I, quiso honrarlos con exequias reales a pesar de no haber ostentado nunca la Corona de España por decisión del dictador Francisco Franco.

La reina Victoria Eugenia.

Los restos de la abuela del rey emérito, Victoria Eugenia de Battenberg, esposa de Alfonso XIII, fueron trasladados en octubre de 2011 al Panteón de los Reyes, ocupando el sarcófago número 24, frente a Alfonso XIII, situado bajo la de su suegra, la reina María Cristina, esposa de Alfonso XII, esposa y madre de reyes ambas, como reza la tradición para ocupar tan luctuoso honor. Su cadáver fue repatriado en 1985 por decreto real, aunque había fallecido en Lausana en 1969, permaneciendo en la antesala del panteón, el citado Pudridero, durante 26 años hasta su traslado al sarcófago. Hoy permanecen en la tétrica sala del Pudridero los cuerpos de don Juan de Borbón y María de las Mercedes, que descansan en el Monasterio de El Escorial desde abril de 1993 y enero de 2000 respectivamente.

Panteón de Infantes.

Por su parte, el llamado Pudridero de los Infantes alberga a día de hoy los cuerpos de Jaime de Borbón – segundo hijo de Alfonso XIII–, Luis Alfonso de Baviera y Borbón e Isabel Alfonsa de Borbón y Borbón –ambos nietos de Alfonso XII–. Los últimos infantes en abandonar aquel sitio de tránsito mortuorio fueron Alfonso de Borbón Dos Sicilias y el hermano de Juan Carlos I, Alfonso de Borbón y Borbón. Estos fueron los últimos en ser trasladados al Panteón de inmaculado mármol blanco destinado a príncipes, infantes y reinas que no fueron madres de reyes. Actualmente aún permanecían 24 tumbas vacías…

Un nuevo panteón en el horizonte

El rey emérito.

En la actualidad, surge el debate de qué ocurrirá con Juan Carlos I y doña Sofía tras su deceso. Y es que el rey emérito, que se encuentra residiendo en Abu Dabi (sitio bastante agitado en medio de la guerra de Irán) y ha manifestado su deseo de regresar a España, ya tiene 88 años de edad, y su esposa 87. Y es que una vez que los padres de don Juan Carlos abandonen el Pudridero y ocupen sus respectivos féretros en el Panteón de los Reyes, los 26 habrán sido ocupados y los reyes eméritos deberán buscar otro mausoleo para su descanso eterno. De momento, no sabemos cuál será la elección, o si se podrá realizar algún tipo de remodelación –poco probable– en el monasterio filipino. Hasta ahora, una de las posibilidades que tiene mayor peso es la de que se decanten por su descanso eterno en la Catedral de la Almudena.

Doña Sofía.

Según se hacía eco en 2018 el diario El Español, al parecer Patrimonio Nacional ya está buscando una solución a este problema. Mientras, como digo, se baraja la posibilidad de habilitar un espacio en la cripta de la catedral de La Almudena para albergar el cuerpo de Juan Carlos I. En cuanto a su esposa, la reina emérita, doña Sofía ha manifestado en alguna ocasión que le gustaría que sus restos fuesen repatriados a su tierra natal, Grecia. La incógnita sigue en el aire.

Sepulcro de los Reyes Católicos, y de Felipe el Hermoso y Juana I.

Informaciones más recientes, de marzo de este 2026, sugieren que el Rey Emérito ha manifestado su deseo de ser enterrado en la Capilla Real de Granada, junto a los Reyes Católicos, según han confirmado fuentes de su entorno y sus últimos biógrafos. El debate sobre qué pasará con sus restos en relación con el Escorial se avivó de nuevo cuando, en septiembre de 2024, durante una de sus escalas en España, Juan Carlos I realizó una visita «secreta» al monasterio. Curiosamente, según revelaba a El Español Marina Fernández, directora del Grupo Escuela Internacional de Protocolo, el mismo Rey Emérito «sentó un precedente cuando aprobó que su padre, don Juan de Borbón, el conde de Barcelona, fuera enterrado en la Cripta de El Escorial sin haber sido formalmente rey de España».

Ahora mismo Juan Carlos I no es rey reinante, sino formal king (rey emérito), pero según sus directrices en relación con su progenitor, debería ser enterrado allí. El problema, como ya hemos señalado y también matizaba al citado rotativo Marina Fernández, es la falta de espacio: «el problema es que el Panteón de los Reyes del Monasterio de El Escorial está completo. No hay sitio. Y, además, es esa decisión de don Juan Carlos, la de enterrar a sus padres en el Panteón de los Reyes, la que le deja sin sitio a él y a la reina Sofía»; y añade: «Hay que buscar otro sitio y no hay nada cien por cien definido. Se baraja la posibilidad de ampliar el Panteón, de hacer una especie de cripta adyacente porque no caben Juan Carlos, Sofía, ni tampoco Felipe y Letizia… ampliar sería la idea primaria, pero de momento nada se sabe».

Y es la propia experta quien matiza que, efectivamente, los cuerpos de los condes de Barcelona, padres del Emérito, continúan en el Pudridero, probablemente a donde sean trasladados los restos de Juan Carlos I. Se calcula que entre 25 y 40 años es el tiempo que se necesita para que sea eliminada la humedad y el mal olor de los cuerpos, con el objetivo final de momificarlos finalmente.

¿Qué encontraremos en España Macabra. La cultura de la muerte entre el Medievo y la Modernidad?

La muerte siempre ha generado angustia, miedo e incertidumbre. Es inevitable, impredecible y, por encima de todo, indomable. Sin embargo, los seres humanos tenemos a nuestro alcance una herramienta poderosa y que no hemos dejado de utilizar a lo largo de los siglos: las imágenes. Con ellas podemos materializar nuestros miedos, exorcizarlos e incluso escenificar el destino que nos aguarda más allá de la vida. España macabra. La cultura de la muerte entre el Medievo y la Modernidad recorre las diversas estrategias con las que las personas nos hemos enfrentado a la muerte a través de una amplia selección de obras de arte medievales y modernas, tratando así de responder a una pregunta que no dejará de sobrevolarnos: ¿por qué se puso un énfasis tan marcado en crear imágenes sangrientas y crudas en lo formal y de tono melancólico en lo emocional?

Los autores de este libro, Gorka López de Munain y Miriam Beltrán Valiente, buscan desentrañar los mecanismos de lo macabro, comprender qué hay detrás de los cuerpos lacerados, las vísceras desparramadas o los borbotones de sangre que han salpicado las pinturas de vanitas o las esculturas de los santos mártires a lo largo de la historia. Para ello, hemos propuesto un viaje por la España más macabra, atravesando claustros, capillas, conventos, museos y cementerios, o panteones como el citado de El Escorial, con su singular Pudridero, tras los ecos de una estética que, a través de mecanismos cambiantes y refractarios a una definición cerrada, sigue agitando nuestras emociones. Veremos así cómo, de manera inesperada, el recurso a lo macabro terminará por encima de todo siendo una llamada de esperanza: Ubi est, mors, victoria tua? «¿Dónde está, muerte, tu victoria?».

*Texto publicado en su forma original en la revista Historia de Iberia Vieja.

Aquí se pudren los reyes de España (I)

Es uno de los rincones más herméticos del majestuoso monasterio del Escorial, en la localidad madrileña del mismo nombre. Se conoce como el Pudridero Real, y es uno de los lugares que recogen Gorka López de Munain y Miriam Beltrán Valiente en el ensayo España Macabra. La cultura de la muerte entre el Medievo y la Modernidad, que acaba de publicar Desperta Ferro Ediciones.

Óscar Herradón

No está clara la fecha precisa en que se habilitó el llamado pudridero, pero no fue durante el reinado de Felipe II, el Rey Prudente, artífice del monasterio escurialense, cuyos arquitectos no contaron con un habitáculo apropiado para tal fin cuando erigieron el edificio, a la vez palacio y a la vez centro religioso. Sería con Felipe IV y la creación del Panteón Real, que se inauguró en 1654, cuando este lugar que aún hoy permanece en funcionamiento tomó forma.

La Cripta Real del monasterio, conocida como Panteón de los Reyes, sería construida por Juan Gómez de Mora, artífice también de la Plaza Mayor de Madrid, siguiendo los planos de Juan Bautista Crescenzi. Pero en tiempos de Felipe II, el espacio, mucho más reducido, fue ideado por el arquitecto Juan de Herrera siguiendo las indicaciones del soberano que, a su vez, quería cumplir la última voluntad de su padre Carlos V. El arquitecto y divulgador Juan Rafael de la Cuadra Blanco afirma en un artículo publicado en ABC en 1998 que «Carlos V dejó claro en su testamento que quería estar medio cuerpo debajo del altar y medio debajo de los pies del sacerdote».

El principal cronista de la época de Felipe II, el padre fray José de Sigüenza, ya dejó escrito que el monarca «quiso hacer un cementerio de los antiguos donde estuviesen los cuerpos reales sepultados y donde se les hiciesen los oficios y misas y vigilias, como en la primitiva Iglesia se solía hacer con los mártires». El lugar original donde Felipe II quiso enterrar a sus progenitores, a sus tías, a tres de sus mujeres y a su hijo Don Carlos –trágicamente fallecido a los 23 años tras una conducta muy inestable–, fue en una pequeña bóveda bajo el altar y bajo las estatuas orantes del presbiterio, y ligeramente encima del actual Panteón de los Reyes. Así descansaron sus restos hasta 1654, año del traslado y creación del nuevo espacio fúnebre, tal y como se encuentra en la actualidad. Aunque en las memorias de aquellos tiempos no se menciona el pudridero ni el origen de su construcción.

Acceso a la cripta.

En las mismas escaleras que bajan al Panteón Real, un espacio dotado de un ambiente y luminosidad que invitan al recogimiento y al misterio, en el segundo descanso, a mano derecha, se halla un pasadizo cerrado por una puerta de madera que da a un espacio cerrado, incluso hoy, para el común de los mortales; más aun para el visitante; y eso que el monasterio recibe una media de 700 mil visitantes cada año. Se conoce desde hace siglos como el Pudridero Real: las paredes son de piedra, el suelo de granito y el techo abovedado, 16 metros cuadrados por donde han pasado los restos mortales de la mayoría de los soberanos después de Felipe IV y donde todavía se encuentran los restos de los dos últimos Borbones fallecidos.

Leyendas macabras

Aquel espacio dio lugar a numerosas leyendas y rumores durante siglos que intentó desmontar fray José Quevedo, bibliotecario del edificio, en su Historia y descripción de El Escorial, en 1849, siendo el primero en hablar del pudridero propiamente dicho: «Las puertas que están en el segundo descanso de la escalera conducen a los pudrideros, cuyo uso explicaré para desvanecer las muchas patrañas que sobre ellos se cuentan. Son tres cuartos a manera de alcobas, sin luz ni ventilación ninguna. Luego que se concluyen los Oficios y formalidades de entrega del Real cadáver que ha de quedar en uno de los panteones, el prior, acompañado de algunos monjes ancianos, baja al panteón del cadáver llevando consigo los albañiles y algunos otros criados».

En este punto, cabe reseñar que solo los 51 miembros de la comunidad de los agustinos que custodian el monasterio desde 1885 tienen acceso a este habitáculo que parece salido de un cuento de Poe, en una ceremonia que se repite desde hace siglos y de la que estaban encargados antiguamente los monjes jerónimos, un ceremonial que comienza así: «Padre prior y padres diputados, reconozcan vuestras paternidades del cuerpo de (…) que conforme al estilo y la orden de su majestad que os ha sido dada voy a entregar para que lo tengáis en vuestra guarda y custodia».

Momia de Carlos V.
Vista del Panteón, 1830.

Una vez cerrado de nuevo el féretro y levantada un acta de entrega, los monjes agustinos correspondientes se hacían cargo de la llave del ataúd y el cuerpo pasaba al pudridero. Quevedo continúa afirmando que «estos –los criados– sacan de la de tisú o terciopelo que la cubre, la caja de plomo sellada que contiene el cadáver y la conducen junto al pudridero. Mientras los albañiles derriban el tabique, los otros abren cuatro o más agujeros en la caja de plomo, la colocan dentro del cuarto o alcoba sobre cuatro cuñas de madera que la sostienen como dos o tres pulgadas levantadas del suelo, y en el momento los albañiles vuelven a formar el tabique doble que derribaron».

Los cuerpos regios permanecen en el interior del pudridero unos 30 o 40 años, hasta que ya se ha eliminado la corrupción y la humedad de los mismos y ya no desprenden mal olor, siendo trasladados al respectivo panteón. El objetivo del habitáculo es reducir los cuerpos de los cofres de plomo que el visitante puede observar en la cripta, de apenas un metro de largo por 40 centímetros de ancho que, una vez sellados, se introducen en uno de los 26 sarcófagos del Panteón Real, cada uno grabado con el nombre en latín de la persona regia.

El cronista sigue así el relato del proceso: «Las cajas exteriores de las personas Reales que han de pasar al de Infantes permanecen en la sacristía de dicho panteón, hasta que vuelve a colocarse en ellas la de plomo con el cadáver según vinieron. Las de los Reyes se deshacen y aprovechan para ornamentos, porque ya no han de tener uso, pues sus restos se colocan en las urnas de mármol».

¿Qué encontraremos en España Macabra. La cultura de la muerte entre el Medievo y la Modernidad?

La muerte siempre ha generado angustia, miedo e incertidumbre. Es inevitable, impredecible y, por encima de todo, indomable. Sin embargo, los seres humanos tenemos a nuestro alcance una herramienta poderosa y que no hemos dejado de utilizar a lo largo de los siglos: las imágenes. Con ellas podemos materializar nuestros miedos, exorcizarlos e incluso escenificar el destino que nos aguarda más allá de la vida. España macabra. La cultura de la muerte entre el Medievo y la Modernidad recorre las diversas estrategias con las que las personas nos hemos enfrentado a la muerte a través de una amplia selección de obras de arte medievales y modernas, tratando así de responder a una pregunta que no dejará de sobrevolarnos: ¿por qué se puso un énfasis tan marcado en crear imágenes sangrientas y crudas en lo formal y de tono melancólico en lo emocional?

Los autores de este libro, Gorka López de Munain y Miriam Beltrán Valiente, buscan desentrañar los mecanismos de lo macabro, comprender qué hay detrás de los cuerpos lacerados, las vísceras desparramadas o los borbotones de sangre que han salpicado las pinturas de vanitas o las esculturas de los santos mártires a lo largo de la historia. Para ello, hemos propuesto un viaje por la España más macabra, atravesando claustros, capillas, conventos, museos y cementerios, o panteones como el citado de El Escorial, con su singular Pudridero, tras los ecos de una estética que, a través de mecanismos cambiantes y refractarios a una definición cerrada, sigue agitando nuestras emociones. Veremos así cómo, de manera inesperada, el recurso a lo macabro terminará por encima de todo siendo una llamada de esperanza: Ubi est, mors, victoria tua? «¿Dónde está, muerte, tu victoria?».

Este post tendrá una inminente continuación en el Pandemónium *Texto publicado en su forma original en la revista Historia de Iberia Vieja por el autor y actualizado para el blog (todas las imágenes son de Wikimedia Commons de libre uso).